El TPP-11, el gobierno saliente y la “utopía-invertida”

 Por José Gabriel Palma

Como se sabe, la utopia es aquel escenario en el cual no es posible hacer lo que uno se imagina. Lo opuesto (y quizás lo más característico de la “nueva-izquierda” y no sólo en Chile), se podría llamar “la utopía-invertida”: cuando aparentemente uno no es capaz de imaginar ni siquiera lo que está haciendo. Esto es, en Chile (como en tantas otras partes del mundo), no mucho tiempo después de haber llegado al gobierno esta fuerza política, dejó de seguir “abriendo el tiempo” para lograr nuevos objetivos estratégicos (especialmente en lo económico), para más bien comenzar a “pasar el tiempo” en dichas materias.

Esto llegó a tomar dimensiones casi apolíticas, pues se transformó en un intento de pura extensión temporal del poder, y ahora a la nueva izquierda (ya no tan) le están pasando la cuenta por eso en (literalmente) todo el mundo. En lo fundamental, en la “utopía-invertida” se llega hasta a perder la noción de lo que se está realmente haciendo, en especial en materias de economía política.

Por razones complejas, la actitud es diferente en lo relacionado a la agenda valórica, donde pasa casi lo opuesto: la centro-izquierda es la que se puede imaginar perfectamente las implicancias de lo que hace, y es la derecha la que actúa como si no le diese mayor relevancia a los alcances de sus actos. Por ejemplo, la derecha puso mucho más energía e imaginación en su lucha contra la reforma tributaria, que contra la ley que permitía el aborto en tres causales.

El principal objetivo de esta columna es analizar las implicancias económicas y políticas del nuevo Tratado Transpacífico (al que llamaremos TPP-11, pues Estados Unidos ya no es miembro), en especial, cómo éste va a reducir substancialmente el rango de maniobra de futuros gobiernos en una amplia gama de materias. Un tema del que el gobierno saliente prefiere no darse cuenta.

Este aspecto de la columna va a requerir un análisis relativamente detallado del nuevo tratado. A su vez, analizaremos cómo llegó a ser posible que un gobierno de centro-izquierda firmase un tratado de esta naturaleza, cuando hasta hace no mucho la ideología de todos sus partidos miembros enfatizaba (y su discurso actual lo sigue haciendo, como muestra la reciente campaña presidencial) la necesidad de buscar formas de mayor autonomía nacional y estrategias alternativas de desarrollo. Hoy, en cambio, le da la bienvenida en forma exuberante a un tratado que busca exactamente lo contrario. Como si no se diese cuenta que el TPP-11 no es más que un seguro para fortalecer el inmovilismo económico y socavar nuestra soberanía.

El TPP-11 Y LA “UTOPÍA-INVERTIDA”

Creo que esta perspectiva (“la utopía-invertida”) nos puede ayudar a entender por qué el gobierno saliente llegó incluso al extremo de firmar (casi como sonámbulo) el nuevo TPP-11, pretendiendo que es un mero tratado comercial (como tantos otros ya firmados); y, además, supuestamente “progresista”. Pero eso sería así simplemente porque se le agregó esa palabra a su nombre y ahora pasó a llamarse Tratado Integral y “Progresista” de Asociación Transpacífico.

José Gabriel Palma
José Gabriel Palma

En lo fundamental, y a diferencia de lo que dice (y parece hasta creer) el ministro de Relaciones Exteriores firmante, solo en vitrina el TPP-11 es “una señal de apertura en medio de presiones proteccionistas en otros países”. Lo que realmente buscan las corporaciones que lo delinearon, es cambiar el antiguo “proteccionismo país” (como el que ahora resucita en el Estados Unidos de Trump con el acero), por un nuevo “proteccionismo corporativo”.

NUEVO “PROTECCIONISMO CORPORATIVO”

Este nuevo proteccionismo es el que le asegura a dichas corporaciones multinacionales (y a las domésticas “internacionalizadas” que se suben al carro) el poder seguir operando en el futuro de la misma forma como lo hacen ahora, pase lo que pase, cueste lo que cueste.

Como Chile ya tiene amplios tratados comerciales con los otros 10 países del TPP-11, dicho tratado le permite avanzar poco o nada en materias relevantes para nosotros. De hecho, Chile es el único de los 11 países que ya tiene acuerdos comerciales con todos los demás. Por eso, los supuestos avances fantásticos en esa materia es puro mumbo jumbo (o hot air, como dicen en inglés). No es de extrañar, entonces, que incluso en los estudios internacionales que más idealizan el impacto económico del TPP-11, Chile sería uno de los países menos beneficiados con dicho acuerdo.

QUÉ HAY DE NUEVO EN EL TPP-11

Lo que sí es nuevo y relevante para Chile en el TPP-11, son cuatro cosas. Las tres primeras agregan a nuestros tratados comerciales existentes un capítulo (muy controversial) sobre comercio electrónico; otro con cláusulas nuevas que restringen los requerimientos indirectos de contenido local; y un tercero que restringe fuerte (y absurdamente) las actividades de las empresas públicas (ver aquí un análisis de las implicancias de las restricciones a la operación de empresas públicas).

¡Pero qué modernidad! No se nos vaya a ocurrir algún día seguir el ejemplo arcaico de China en esas tres materias, pues (dice la “utopía-invertida”) supuestamente China podría haber crecido incluso más rápido de lo que lo hizo si hubiese seguido estas nuevas reglas del TPP-11. Si creer eso es ser “progresista”, también habría que llamar así a Cristián Larroulet, pues ideas como las suyas son las que estampan el tratado. Los tres aspectos mencionados no estaban ni siquiera incluidos en el tratado comercial con Estados Unidos.

Como si lo anterior no fuese suficiente auto-apocamiento, para consentir aún más a las multinacionales (ahora esto también incluye a las nacionales “internacionalizadas”), en nuestras relaciones con estos 10 países del TPP-11 se refuerzan las famosas cláusulas para resolución de disputas entre Estados, y entre “inversionistas” y Estados (en lo fundamental, por “inversionista” léase depredadores, especuladores, extorsionadores, rentistas y traders).

Con eso, Chile, voluntariamente, se va a auto-imponer una camisa de fuerza para así hacer casi imposible que un futuro gobierno implemente algún cambio significativo, por razonable que sea, en nuestro ya tan añejo “modelo”, tan ineficiente como concentrador. Primero va a haber que pedir permiso a las multinacionales, y si no se obtiene, se va a tener que pagar compensación.

Si todo lo anterior no es ceder soberanía por secretaría, habría que redefinir dicho concepto.

COMPETENCIA PARA TRIBUNALES “MICKEY-MOUSE”

tpp-mickymouseCon el TPP-11, las áreas en las cuales otros Estados o “inversionistas” van a poder demandar a Chile en los nuevos tribunales tipo “Mickey-Mouse”, incluye una amplia gama de materias que va a hacer extremadamente difícil (sino imposible) mejorar nuestra protección al medioambiente; civilizar lo laboral; afinar la regulación de las finanzas (tanto las que operan en el país, como a los capitales especulativos internacionales, ya desatados en su locura; implementar (los tan necesarios) controles de capital, incluso del tipo Ffrench Davis-Zahler, implementados con tanto éxito en nuestro país en los ’90, que hasta el Fondo Monetario Internacional dijo que eran el ejemplo a seguir en los países en desarrollo (ver); recuperar nuestro derecho de propiedad sobre las rentas de nuestras materias primas (reconocidos incluso en la actual Constitución, que por ilegítima que sea, en eso es clara); implementar algo de reingeniería en nuestra rancia política económica, o implementar cambios en tantos otros aspectos de nuestra vida económica.

BIENVENIDO EL INMOVILISMO

El inmovilismo permanente en dichas materias va a ser the name of the game. Por supuesto, esto también incluye a las AFP e Isapres, muchas de las cuales están ahora controladas por multinacionales (incluidos capitales chilenos, que han hecho un viaje de ida y vuelta a algún paraíso fiscal para volver disfrazado de capital extranjero, con anteojos de color y camisas tropicales).

De ahora en adelante, para cualquier cambio significativo en cualquiera de esas materias va a haber que pedir permiso y “compensar”; sino se termina en las cortes “Mickey-Mouse” con jueces llenos de conflictos de interés. Incluso las multinacionales van a poder también demandar a los Estados por el “costo moral” que les puede significar haber tenido que demandar a un Estado (capaz que mi tocayo García Márquez se reencarnó como abogado de multinacional, aquellos que redactaron el tratado).

Como decíamos en una columna reciente, el TTP-11 no es más que una camisa de fuerza (disfrazada de tratado comercial), destinada a impedir que gobiernos futuros puedan hacer algo efectivo respecto de tantas “verdades mentirosas” (en el sentido de Foucault), que glorifican a nuestro ineficiente, concentrador y añejo modelo neoliberal. Una vez firmado el TPP-11, si se busca el cambio, ahora se nos va a venir encima otro “tribunal constitucional” que nos va a bajar la línea en dichos temas.

TRIBUNALES “DE AMARRE”

Como ya es bien conocido, después de perder el plebiscito la dictadura nos llenó de este tipo de “tribunales de amarre” para asegurarse de que el rango de maniobra de futuros gobiernos fuese mínimo. Como decía tan claramente Jaime Guzmán, “la Constitución debe procurar que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque – valga la metáfora – el margen de alternativas que la cancha imponga de hecho a quienes juegan en ella sea lo suficientemente reducido para hacer extremadamente difícil lo contrario”.

Con el retorno a la democracia, la Concertación dejó intactos dichos cuerpos de “supra-vigilancia”, pero pretendió democratizarlos vía cuoteo con la derecha, y con la “legitimación” de sus miembros vía confirmación de sus nombramientos en el Senado. Estamos hablando de instituciones como el Tribunal Constitucional, el Banco Central “independiente”, el Consejo Nacional de Educación y el Consejo Nacional de Televisión (ver, por ejemplo).

Y ahora, ¡como si ya no tuviésemos suficientes!, la centro-izquierda (en su “utopía-invertida”) crea como sonámbulo uno nuevo para todas las materias relevantes para las multinacionales (y las de acá “internacionalizadas”).

LA DES-SINCRONIZACIÓN ENTRE DESARROLLO E IMAGINACIÓN

Lo que hemos vivido como resultado de la evidente atrofia imaginativa de la Nueva Mayoría (o lo que quede de ella) es, en lo fundamental, una des-sincronización entre el empuje del desarrollo de las fuerzas productivas (ahogadas por la ineficiencia del “modelo” actual) y la imaginación social. Entre otras consecuencias, esto lleva a un proceso de des-democratización continuo, pues para poder mantener el status quo se llega a tomar decisiones de la magnitud y forma del TPP-11.

Presidenta Bachelet en la ceremonia de firma del TPP-11
Presidenta Bachelet en la ceremonia de firma del TPP-11

Así, el gobierno de la Nueva Mayoría firma feliz este acuerdo sin ningún debate nacional. Incluso el texto del tratado se mantuvo en secreto hasta hace pocos días, con la excusa absurda de que se estaba traduciendo, para lo cual se demoraron una eternidad a pesar de que el documento tenía menos de 10 páginas. Además, por decir lo obvio, eso de ninguna manera excluía la posibilidad de publicar la versión original en inglés…

Así, el TPP-11 pasa a ser otro volador de luces de la última semana de este gobierno, excepto que en este caso -y solo en este caso- la gran mayoría del nuevo parlamento va a estar feliz de tramitarlo. Otro ejemplo que nos recuerda a Nicanor Parra cuando nos decía que “la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”.

En la “utopía-invertida” poco importa que esta decisión tenga implicancias casi ilimitadas para el país, cuyo rango va desde el ámbito de la eficiencia económica hasta el de nuestra soberanía nacional, incluido el hecho de que se deja fuera de la cancha a nuestro sistema judicial como árbitro de conflictos que envuelven al Estado y sus decisiones en una amplia gama de materias.

En este punto, sorprende su silencio cuando se les dice en la cara que no se confía en ellos para dirimir materias de este tipo. Si hasta Trump exige en la renegociación del NAFTA con México y Canadá, que tienen que ser los Estados los que decidan en qué tribunales se van a dirimir las disputas, en este caso, las cortes de su país. ¡Quién hubiese pensado que se podría llegar a una situación tal, que hasta podrían dar ganas de que Estados Unidos volviese al TPP!

LA VIOLENCIA EXTREMA LOGRÓ SU OBJETIVO

De alguna forma, todo esto muestra el éxito real de los golpes militares que vivió Latinoamérica en un pasado no tan lejano. Su característica fue que fueron ejecutados con un grado de violencia muy superior a la que se requería militarmente para llevar a cabo dichos actos de insurrección.

Puede caber poca duda que ello buscaba asegurar que al menos por un par de generaciones nadie pudiese ni siquiera imaginar una alternativa distinta a la impuesta. Había que terminar con la capacidad de la gente incluso para soñar con otro tipo de sociedad y economía. Hasta enseñar filosofía ha pasado a ser una pérdida de tiempo…

CAMBIO GENERACIONAL

Por eso hoy más que nunca necesitamos un cambio generacional radical del liderazgo político, pues mi generación y la siguiente siguen pegadas en el pasado. Ya llegó la hora del relevo político: de generaciones esterilizadas en lo ideológico por la violencia del pasado, a nuevas generaciones con capacidad de imaginación social. El inmovilismo de la centro-izquierda, peor en nuestros países por lo ya dicho, ya les pasa la cuenta en todo el mundo, incluidos los que hasta hace poco llamábamos “desarrollados”.

stop-tppEn Italia, por ejemplo, en la elección reciente la centro-izquierda no solo casi desaparece como fuerza política relevante, sino que en las grandes ciudades, como Roma y Milán, solo es capaz de ganar en los barrios más acomodados. Esto es, no solo perdió a los trabajadores, sino también a amplios sectores de las capas media. Y ahora es reemplazada por alternativas medio realistas-mágicas, como el Movimiento Cinco Estrellas.

Por el otro lado, la derecha tradicional también pierde terreno frente a fuerzas extremas, incluso neo-fascistas, como la Liga del Norte en Italia, que ya se identifica con el Frente Nacional francés y otros partidos de extrema derecha europeos, con sus nacionalismos extremos y sus posiciones abiertamente racistas. La reacción a la llegada de casi un millón de inmigrantes a Italia en los últimos cuatro años, ayuda a su causa, como a la del AfD en Alemania.

Como decía Walter Benjamin (de la famosa Escuela de Frankfurt), en este contexto, con tantos extremos y payasos, pronto vamos a necesitar un freno de emergencia para poder parar el tren que va al abismo. El Che Copete en el país del norte ya no parece accidente histórico; su homólogo en la República Checa, por ejemplo, cuando fue a la reelección, sacó como slogan de campaña “muerte a los abstemios y a los vegetarianos” (si fuese chiste sería hasta divertido). A eso súmele Berlusconi y Duterte. Entre todos ellos nuestro presidente electo, con todos sus defectos, parece un estadista.

LA “NUEVA” Y LA “VIEJA” IZQUIERDA

Si bien siempre es difícil idealizar algo sin demonizar sus alternativas, en América Latina (como he dicho en otras columnas) mientras la “nueva izquierda” busca construir un futuro que no es más que el opuesto a un pasado demonizado, la “vieja” busca construir uno que no es más que la reproducción de un pasado idealizado. En esta perspectiva, el común denominador de ambas izquierdas es seguir igual de pegadas en el pasado, y eso nunca ha sido una buena receta para la imaginación social.

Entonces, para nuestra nueva izquierda y su TPP-11, si lo que se buscaba en el pasado era fundamentalmente autonomía nacional y estrategias de desarrollo alternativas, hoy le da la bienvenida a un tratado que busca exactamente lo opuesto.

Como decía, la piedra angular de este tratado “comercial” es asegurar la continuidad del escenario actual (ineficiencia estructural), uno donde las tensiones entre la organización del modelo y el desarrollo productivo no se resuelven avanzando. Si el primero sofoca al segundo, gana el primero: y el TPP-11 es para asegurar eso. Y así va a continuar nuestra falta de diversificación económica, bajísimo crecimiento de la productividad y alta desigualdad (todo esto bien ilustrado en el último informe de la OECD sobre la economía chilena).

Quizás esto es lo que más nos diferencia con el Asia emergente, donde para resolver tensiones del tipo mencionado, son capaces de imaginar salidas “con avances”, las cuales son diferentes tanto a lo que se era antes, como a lo poco que ofrece en la actualidad el neoliberalismo occidental y su financialización enloquecida. Los resultados están a la vista. Pero, como se sabe, no hay peor ciego que el que no quiere ver.

CANADÁ AL MENOS INTENTA

Justin Trudeau
Justin Trudeau

En esta perspectiva, si bien el TPP-11 -gracias a Canadá- ha “suspendido” (pero no eliminado) unas 20 disposiciones del TPP original, mantiene más de mil de las anteriores. Pero las que están “suspendidas” se pueden reintegrar en cualquier momento si los 11 países están de acuerdo. Entre las “suspendidas”, están al menos algunas muy controversiales vinculadas con una visión muy peculiar de la propiedad intelectual, antes impuestas por Estados Unidos, y dos vinculadas a disputas por contratos de inversión y autorizaciones de inversión. Pero en las que no se suspenden están muchos de los componentes más criticados de la versión anterior (para un análisis detallado de algunos de estos puntos ver aquí).

Desde esta perspectiva, el Primer Ministro canadiense (Justin Trudeau) tiene al menos algo de razón cuando dice: “Nuestro gobierno defendió los intereses canadienses (suspendiendo esas cláusulas draconianas)”. Incluso, en noviembre de 2017 estuvo dispuesto a abandonar las negociaciones del TPP en Da Nang si no se hacía eso.

Qué diferencia con nuestro gobierno, dispuesto a firmar cualquier cosa con tal de tener algo que mostrar al final de su mandato. Y lo que quedó todavía es desastroso para nuestra autonomía nacional y la capacidad para imaginarnos modelos de desarrollo alternativos, más eficientes y menos concentradores, con, por ejemplo, componentes del así llamado Modelo Nórdico y del asiático.

DERECHOS DE “INVERSIONISTAS Y CORTES “MICKEY-MOUSE”

Como muchos de los peores aspectos del TPP los hemos analizado en otras columnas (ver por ejemplo), no es necesario repetir dicho análisis aquí. Sin embargo, desde la perspectiva de esta columna hay un par de hechos que es importante volver a enfatizar: en especial, aquellos que se refieren a los mecanismos de solución de disputas entre Estados y, peor aún, entre inversionistas y Estados.

En esta perspectiva, lo peor de la versión anterior del TPP no ha cambiado. Por ejemplo, si bien se “suspenden” un par de áreas menores por las cuales las corporaciones podían demandar a un Estado, se mantiene una amplia gama de materias que deberían ser inaceptables para un país que tenga un mínimo de respeto por sí mismo (uno que no solo quiere ser país, sino nación).

Peor aún, las corporaciones pueden llevar a los Estados a tribunales internacionales tipo “Mickey Mouse” cada vez que -según ellas- se vean afectadas “sus expectativas razonables de retorno”. Incluso pueden forzar a que las disputas sean dirimidas en este tipo de tribunales en lugar de los “internacionales” ya establecidos (como los del Banco Mundial o del sistema de Naciones Unidas). Todo esto dentro de un contexto burlesco llamado “expropiación indirecta”: la idea de que también se considerará como expropiación “la medida en la cual la acción del gobierno interfiere con expectativas inequívocas y razonables en la inversión“.

Como explicábamos en la columna ya mencionada, aquí hay tres palabras clave; la primera se refiere a la “interferencia” del gobierno. ¿Cuál va a ser la diferencia, por ejemplo, entre una “interferencia”, y una acción de orientación keynesiana de un gobierno democrático que, representando la voluntad popular, busque la estabilidad macroeconómica con controles al movimiento especulativo de capital, y un tipo de cambio relativamente estable y competitivo; que busque la defensa de los derechos de los trabajadores, de los consumidores, del acceso a la salud y a la educación; o a la vivienda? ¿O a la defensa verdadera del medioambiente? Por absurdo que parezca, por un tratado similar, otro gobierno ya tuvo que compensar a las multinacionales por haber subido el salario mínimo más allá de lo que éstas consideraban “razonable”.

Canciller Heraldo Muñoz
Canciller Heraldo Muñoz

Segundo, ¿quien va a definir qué es lo “razonable”? Por decir lo obvio, no hay área más relativa que esa. Hoy por hoy, según los mercados financieros, lo razonable son retornos tan exuberantes que llevan a los accionistas (y ejecutivos) a “auto-canibalizar” las propias corporaciones). Y tercero: ¿qué es una “inversión”, a diferencia de, por ejemplo, actividades puramente especulativas, movimiento de capitales golondrinas, y actividades de traders que sólo buscan beneficiarse explotando fallas de mercado (muchas veces en el área gris de lo legal, como un trader local, famoso por eso)?

¿Son cortes del tipo “Mickey Mouse”, pobladas de jueces como aquél que continuamente fallaba a favor de los “fondos buitres”, y de jurisprudencia hecha a la medida para eso, las más indicadas para dirimir estos temas?

Ya se sabe que el TPP-11 establece claramente que las multinacionales pueden exigir que los litigios vayan a estos tribunales “Mickey-Mouse” (llamarlas “cortes” sería un absurdo), aún en los casos donde ya exista un tratado entre un país y multinacionales que diga lo contrario: que diga que dichos problemas sólo pueden ser resueltos en cortes nacionales (como es el caso del tratado entre Exxon y el gobierno de Malasia). El TPP-11 hace irrelevante cualquier acuerdo ya existente que diga lo opuesto.

Además, los tribunales que van a dirimir esos litigios serán integrados por jueces y abogados que van a alternarse en sus funciones. Esto es, rotarán entre servir como jueces en los tribunales, y actuar en representación de las corporaciones que llevan sus causas a dichos tribunales. Si como jueces son afectuosos con las multinacionales, podrán esperar jugosos contratos cuando se reencarnen en el periodo siguiente como litigantes en representación de las multinacionales. Si hay algo que la ideología neoliberal domina a la perfección es la tecnología del poder.

Como curtidos vendedores ambulantes, los que redactaron el tratado agregaron disposiciones que, aparentemente, atenuaban el impacto de lo anterior, pero todas tienen sus “normalizadores”. Por ejemplo, un artículo afirma: “No hay nada en este capítulo que impida a un país miembro regular el medio ambiente, la salud u otros objetivos de esta naturaleza”. Pero de inmediato se agrega: “Pero tal regulación debe ser compatible con las otras restricciones del tratado”.

Monsanto, por ejemplo, no tendrá problema alguno para demandar -y pedir compensación- a cualquier país que se oponga al uso de sus productos genéticamente modificados, diga lo que diga la regulación existente en dicho país sobre el medioambiente o la salud. Por definición, lo sensato se define como aquello que Monsanto crea “razonable”.

Hasta para el New York Times lo que ponía en evidencia dicha cláusula era evidente: “la prioridad [en el TPP] es la protección de los intereses corporativos, y no el promover el libre comercio, la competencia, o lo que beneficia a los consumidores”.

En buen castizo, uno va a poder hacer lo que quiera, como quiera y cuando quiera, siempre que lo que quiera sea lo que el TPP (y sus cortes versallescas) estipulen como “razonable” (en lugar de “interferencia”), aún en el caso de que ello se refiera a actividades puramente especulativas, destructivas del medioambiente o indebidas en tantos sentidos.

protesta.tppPara decir lo obvio, la modernidad neoliberal no es más que transformar lo que Abraham Lincoln llamó “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, en el gobierno “de las oligarquías (nacionales y extranjeras), por las oligarquías y para las oligarquías”. Y para consolidar esta nueva realidad se requiere de muchas cosas, incluida una nueva jurisprudencia (escrita a la medida por abogados y lobistas de multinacionales, los cuales, a diferencia del resto de los mortales, tuvieron acceso a las negociaciones). Si el TPP fuese un contrato financiero, se podría llamar el “put” de las multinacionales.

TPP-11 COMO SEGURO DEL INMOVILISMO

Eso es el TPP-11: un seguro al inmovilismo. El problema fundamental para este modelo neoliberal (especialmente en su versión anglo-ibérica) es que no hay muchas formas de ordenar el puzzle para que el resultado sea obtener los retornos corporativos absurdos de hoy. Recordemos que en los últimos 12 años solo las multinacionales del cobre han sacado de Chile como repatriación de utilidades (en moneda de igual valor) más que todo lo que costó el Plan Marshal de la post-guerra, aquel programa para la reconstrucción de toda la Europa devastada por la guerra. Y se llevan eso por molestarse en hacer cosas como el concentrado de cobre. ¿Qué pasó con nuestro derecho de propiedad sobre la renta de nuestros recursos naturales? Si comienza a haber temblores, hay que recurrir a tratados tipo TPP-11 para asegurar que este abuso siga igual, año tras año.

Un problema fundamental de las políticas públicas es sincronizar dos lógicas distintas: la del desarrollo nacional y la del capital globalizado (nacional y extranjero). El supuesto implícito con el que se ha trabajado en Chile desde las reformas, tanto en dictadura como en democracia, es que ambos intereses son prácticamente idénticos. Como cada día es más evidente que eso no es así, un TPP es muy bienvenido para asegurar la primacía del segundo.

Antes de las reformas, la hipótesis de trabajo en política económica fue que ambas lógicas eran contradictorias; ahora: que ellas son indistinguibles. ¿Por qué será que en lo ideológico la tradición iberoamericana solo puede avanzar con saltos mortales, siempre buscando el opuesto, siempre multiplicando por menos 1?

Albert Hirschman nos decía que la formulación de políticas económicas tiene un fuerte componente de inercia -y en pocas partes tan fuerte como en América Latina-. Por tanto, a menudo éstas se continúan implementando rígidamente aunque ya haya pasado su fecha de vencimiento, y se transformen en contra-productivas. Esto lleva a tal frustración y desilusión con dichas políticas e instituciones que es frecuente tener posteriormente un fuerte “efecto rebote”. Ya pasó con el modelo económico anterior (el sustitutivo de importaciones, en un modelo de industrialización liderado por el Estado).

Por eso, quizás lo único que va a lograr el TPP-11 -y la “utopía invertida” de la (no tan) “nueva” izquierda- va a ser postergar el siguiente “efecto rebote” (pero quizás haciéndolo más probable). Y así vamos a seguir, de opuesto en opuesto… Con una imaginación social que solo es capaz de multiplicar por menos 1. Ya es hora que Conicyt mande becarios a Asia.

TPP, QEPD

Qué perdida de tiempo y recursos va a significar el TPP (Trans-Pacific Partnership). Más de cinco años de negociaciones. Más de 600 lobistas y abogados corporativos (muchos a mil dólares la hora) representando a las multinacionales en los debates y escribiendo los textos de la nueva jurisprudencia e institucionalidad del TPP (incluido el modus operandi de las nuevas cortes que hasta el Financial Times las ha llamado “opacas”). Todo el silencio de nuestro Poder Judicial, a pesar de que las multinacionales le decían en su cara que quieren un TPP porque no tienen confianza en su imparcialidad, integridad o jurisprudencia.

Todo el esfuerzo del gobierno para colocar en vitrina, y en la forma más vistosa posible, los pequeños avances comerciales del tratado (en nuestro caso, algo irrelevante por tratados anteriores), para así pretender que el TPP es un tratado comercial y no uno cuya verdadera finalidad es proteger los intereses de cuanto especulador, rentista, depredador y extorsionador (como en los medicamentos) existe en este mundo. La idea fue que así nadie se fijaría en lo que había detrás de la vitrina, en especial en la trastienda. Tanta declaración gubernamental siguiendo la “lógica-Peña” (mientras no haya una intención directa y maliciosa de mentir, todo vale). Tanto concierto de los Rolling Stones perdido. Y ahora todo para nada.

José Gabriel Palma (Foto de Rafael Palma)
José Gabriel Palma (Foto de Rafael Palma)

Bastó el oportunismo narcisista de un payaso estadounidense, y la filtración (gracias a Greenpeace) de las presiones inaceptables de Estados Unidos en la negociación del tratado gemelo con Europa (The Transatlantic Trade and Investment Partnership, TTIP), para que tanto por las elecciones en EE.UU., como por el rechazo a las tácticas de intimidación estadounidenses en Europa, se moviera el centro de gravedad respecto a estos tratados en forma sísmica. Y ahora el TPP y el TTIP se desmoronan como si fuesen una reforma de nuestro gobierno.

Hay que recordar que en cuanto al Trans-Pacífico, el escollo fundamental siempre iba a ser la ratificación en el Parlamento de Estados Unidos. Pero la ingeniería de Obama parecía tenerlo todo controlado, con los republicanos a bordo y suficientes demócratas como para generar mayorías y aprobar el TPP -y si fuese posible, también el TTIP- antes del término de su mandato (de la misma forma como había logrado aprobar el fast track para el TPP, el cual obligaba al parlamento a aprobarlo o rechazarlo cuando estuviese listo, sin dejar espacio para modificaciones). Era la última guinda en el pastel de su legado internacional.

LA JUGADA DE TRUMP

Todo iba como reloj, incluido el apoyo incondicional de nuestros cheerleaders criollos (siempre incondicionales a la nueva modernidad neoliberal). Sin embargo, y para sorpresa de todos, the joker in the pack (el bufón del grupo) en la primaria republicana comenzó a enredar todo. Los otros 16 contendores estaban alineados con la posición oficial del partido (a favor de este tipo de tratados). Pero, como vendedor ambulante experimentado, Donald Trump supo leer lo que querían sus clientes (the silent majority), y se dio cuenta de que un segmento importante quería terrorismo para los terroristas; quería reconstruir (a cualquier precio) el antiguo orden internacional (la no tan “Pax” Americana), amenazada por el tsunami asiático, el polvorín del medio oriente, y la falta de resolución del problema Palestino; quería levantar murallas contra la inmigración y deportación de ilegales; y quería recuperar en forma indiscriminada cuanta industria fuese posible (en especial las asociadas al antiguo paradigma tecnológico y mientras más viejas y contaminantes mejor).

Hay que recordar que en cuanto al Trans-Pacífico, el escollo fundamental siempre iba a ser la ratificación en el Parlamento de Estados Unidos, pero la ingeniería de Obama parecía tenerlo todo controlado…

El problema básico de Estados Unidos es que su economía cada día más inmovilista (marca registrada del neoliberalismo desatado), deja atrás a una proporción cada vez mayor de su población al ser incapaz de adaptarse a los nuevos desafíos económicos. Su elite capitalista prefiere la financiarización, el rentismo y la depredación a la diversificación productiva, la absorción tecnológica y la competencia en manufacturas. ¿Suena conocido? Y en ese contexto, un discurso paranoico contra chinos, mexicanos y musulmanes, tiene un atractivo altamente seductor para aquellos grupos que quedaron sobrando en el nuevo modelo de acumulación.

El inesperado triunfo de Trump en las primarias republicanas colocó a su partido en un duro aprieto. En su discurso al ganar la primaria en Indiana, lo que confirmó su victoria (obligando a Ted Cruz a tirar la toalla), ya dejó en claro lo que iba a ser su estrategia de campaña contra Hillary Clinton. El problema para el establishment republicano era que Trump escogió como caballo de batalla un discurso anti-NAFTA, opuesto a la línea oficial del partido (olvidando mencionar que el 40% de las exportaciones mexicanas a Estados Unidos están hechas de piezas y partes made in America). Como dicho tratado había sido ratificado por Bill Clinton y explícitamente apoyado por Hillary, era un tema ideal para separar aguas entre ambas candidaturas.

Otro tema era los crecientes conflictos de interés entre la política y las finanzas (donde Hillary también era vulnerable). Por supuesto que el NAFTA tiene una variedad de problemas, como también lo tiene la creciente influencia de las finanzas y la desregulación financiera llevada a cabo durante el gobierno de Bill Clinton, impulsada por su ministro de Hacienda Robert Rubin y su discípulo Larry Summers (Rubin, quien era ex-chairman de Goldman Sachs y futuro chairman del Citigroup, llegó a recibir US$126 millones como remuneración por sus servicios, incluido el llevar a su banco a una inminente quiebra, como por la negociación del mega-rescate del banco después de la crisis de 2008 por parte de sus ex-subordinados). Pero un debate serio sobre tratados comerciales y la puerta giratoria (cada vez más corrupta) entre la política y las finanzas es algo que sobrepasa a la chabacanería de un populista de opereta.

La oposición de Trump al NAFTA y al TPP no pudo quedar más clara en su discurso luego de ganar el último round de primarias: No vamos a aprobar el TPP, que es un desastre, un desastre para nuestro país; es casi tan malo como el NAFTA -firmado por Bill Clinton- que ha desmantelado nuestra manufactura, trasladando nuestras fabricas a otros lugares, en particular a México”.

El problema básico de EE.UU. es que su economía cada día más inmovilista (marca registrada del neoliberalismo desatado), deja atrás a una proporción cada vez mayor de su población al ser incapaz de adaptarse a los nuevos desafíos económicos

Al discurso de Trump se sumó el de Bernie Sanders por el lado demócrata, quien a otro nivel y por razones muy distintas, también se oponía al TPP y al TTIP, y a la influencia nefasta de las finanzas en la política. Con eso Hillary quedó en la mitad del sándwich, y no tuvo más alternativa que nadar con la corriente. Primero, criticó el secreto de la negociación y luego el contenido del TPP (a pesar de haberse declarado a favor de negociar un tratado tipo-TPP cuando era secretaria de Estado). De hecho, el Partido Demócrata acaba de nombrar un “Drafting Committee” para elaborar el programa del próximo gobierno con una clara mayoría antagónica al TPP y al TTIP, y con el abierto apoyo de Hillary.

En cuanto al TTIP, todo indica que ya pasó a la historia, pues agoniza en Europa camino a su muerte natural. En Europa habrá mucho “renovado”, pero aun así causó consternación cuando se revelaron las presiones norteamericanas para relajar los estándares europeos (ya insuficientes) de protección al medio ambiente, de respeto a los consumidores, de defensa a la competencia, de regulación agrícola respecto a productos con denominación de origen y del derecho a tener sistemas de salud pública de cobertura universal.

Un ejemplo de esto último es que en el Reino Unido el costo mediano de un tratamiento de cáncer es equivalente a casi dos millones de pesos al mes; en Estados Unidos, el mismo cuesta seis millones de pesos (el doble de su PIB mensual por habitante, mientras que en UK es menos de un tercio de eso desde la perspectiva de ese indicador, gracias al poder de compra de un sistema nacional de salud que atiende a más del 90% de la población). No es muy difícil adivinar a cual de los dos precios se iba a converger con el TTIP (igual cosa nos iba a pasar a nosotros con el TPP, a pesar de tanta declaración insólita de nuestros representantes en el tratado).

Por su parte, todo indica que nuestro TPP ya quedó sentenciado en el parlamento estadounidense como “DOA” (dead on arrival o ya muerto al llegar). De hecho, lo más probable es que Hillary, de ganar, va a tener preocupaciones más inmediatas al respecto, como hacerle un facelift (cirugía cosmética) al NAFTA para salvarlo. Si gana Trump, entre sus atribuciones presidenciales está el dar simplemente seis meses de aviso para sentenciar al NAFTA.

TTP MUERTO: ¿Y AHORA QUÉ?

Lo inmediato es que la estrategia de campaña de Trump hace impensable que los parlamentarios republicanos puedan ahora apoyar un nuevo tratado (TPP o TTIP), ya sea antes de que termine el período de Obama, o en la presidencia siguiente, gane quien gane la elección.

Eso no significa que nuestros queridos parlamentarios van a dejar de lado la tramitación del tratado; pero cuando la mayoría yihadista neoliberal lo apruebe -la misma que ratificó la “Ley Longueira”- solo servirá para cantar a los cuatro vientos (a lo Miguel Aceves Mejía), que sin las queridas multinacionales “soy nadie, que no soy nadie, que nada valgo sin su querer”. Como quizás diría Hannah Arendt, lo que caracteriza a una parte importante de nuestra clase política, incluida la corrupción de algunos, es la banalidad de sus actos.

Sin embargo, que el TPP esté sentenciado no significa que haya que bajar la guardia. Más no sea para exteriorizar las falacias e insubstancialidad de nuestros “renovados”.

Como vendedor ambulante experimentado, Trump supo leer lo que querían sus clientes (the silent majority)

Por supuesto que Trump no brotó de generación espontánea. Como diría Hegel, no es más que un fruto de su época, reflejando brillantemente su mediocridad. Antes, al menos de vez en cuando, la historia nos ofrecía algún Hamlet revolucionario (como Muhammad Ali); ahora parece burlarse de nosotros brindándonos Macbeths tropicales.

Mi hipótesis (ver por ejemplo) es que esta época -llamémosla globalización neoliberal- se caracteriza por un fenómeno muy especial. Muchos esperaban que trajera una gran convergencia entre las naciones, como mayor similitud ideológica y en las instituciones. Lo que siempre intuí, y dejé en blanco y negro hace mucho tiempo, es que si bien íbamos a converger, esa convergencia (desgraciadamente) no se iba a dar en torno a las características civilizadoras de los países “avanzados”: aquellas que después de la guerra trajeron, entre otras cosas, los acuerdos de Bretton Woods, la sanidad keynesiana en política económica, incluida una gran reducción en la desigualdad, el Plan Marshall, el Servicio Nacional de Salud Británico y el Estado de bienestar. En cambio, con algunas excepciones asiáticas (los eternos herejes del neoliberalismo -qué envidia da el pragmatismo y el concepto de nación que tienen por allá, parecen ser los únicos que entienden la diferencia entre ser país y nación-), yo argumentaba que íbamos a converger hacia lo que nos caracteriza a nosotros, países de ingreso medio, altamente desiguales, con elites insubstanciales, estados eunucos, ideologías fundamentalistas y tanto académico y político encandilado por sus conflictos de interés.

Es decir, no es que nuestra desigualdad iba a civilizarse a los niveles de la OECD, sino al revés. El 1% más rico en Estados Unidos, el cual ganaba menos del 10% del ingreso cuando Reagan fue elegido presidente, hoy nos pisa los talones tanto en lo que se apropia del ingreso nacional, como en la intrínseca ineficiencia que debe generar para lograr eso. De hecho, Estados Unidos ya nos pilló en cuanto a su desigual mercado (esto es, antes de impuestos y transferencias: Gini 50.4 contra nuestro 50.5).

También es el caso de nuestros mercados laborales. No es que éstos iban a evolucionar con la globalización neoliberal hacia los niveles de progreso de sus contrapartes en países más desarrollados, sino al revés. Y cuando los hermanos Bush hicieron el fraude electoral en Miami en 2000, yo ya escribía que de seguro había sido diseñado por asesores de campaña provenientes del otro lado del Río Grande.

DESIGUALDAD SIN CONTROL

El Partido Demócrata acaba de nombrar un Drafting Committee para elaborar programa del próximo gobierno con una clara mayoría antagónica al TPP y al TTIP, y con el abierto apoyo de Hillary

En otras palabras, lo que más caracteriza hoy a Estados Unidos es su “tercermundización” -o banalización- con su desigualdad desatada producto de elites móviles que se apropian de los frutos del crecimiento: el 1% más rico se ha apropiado de más de dos tercios del crecimiento del ingreso por familia desde principios de los ‘90; y el decil más alto ahora se lleva la mitad del ingreso. Un nivel nunca alcanzado desde que hay este tipo de estadísticas, incluso superando a 1928, en la cima de la burbuja financiera de los roaring 1920’s (en el fragor de los años 20). Esto jamás sería posible sin gobiernos esterilizados (como los nuestros) y una política cada vez más realista-mágica, que si bien tiene poco auto-respeto, no le falta originalidad. Berlusconi ya daba cátedra en eso.

A diferencia de lo que predecía Marx en el prefacio de El Capital, ahora, en la nueva modernidad neoliberal, no es el Norte el que le muestra al Sur la imagen de su futuro, sino al revés. Y a propósito de ese futuro, es muy tentador decirles a mis amigos del Norte: ¡Bienvenidos al tercer mundo! (como me entretuve diciéndolo en una conferencia la semana pasada en el “Big Apple”).

TRUMP Y LOS SIETE MAGNIFICOS

¿A alguien le cabe duda que Trump no se asemeja a un Frankenstein construido a partir de componentes de nuestros héroes visionarios, aquellos que desinteresadamente introdujeron el neoliberalismo en America Latina? The Magnificent Seven: su respeto por los derechos humanos lo aporta Augusto Pinochet, su sentido estético viene de Carlos Menem, su honestidad de Carlos Salinas de Gortari, su apego a la democracia de Alberto Fujimori, su consecuencia ideológica de Fernando Collor de Mello, su seriedad fiscal de Alan García, y su sanidad mental de Abdalá Bucaram. El terror es que si gana Trump se puede volver a confirmar la profecía de Hannah Arendt, aquella que ya se confirmó en el Chile de los golpistas y del grupo duro de los Chicago Boys: el peor mal lo hace gente insignificante.

stop-tppPor cierto que a los países que antiguamente llamábamos “desarrollados” (o “avanzados”) aún les queda camino por recorrer en su “catching-up” (cerrar brechas) al revés. Por ejemplo, en Estados Unidos, con Trump y todo, aún no se llega al nivel de excentricismo de Brasil, donde hay un partido para las mujeres cuyo único diputado es un hombre; y donde el impeachment a Dilma no fue más que un ajuste de cuentas dentro de la Cueva de Alí Babá. El 60% de los parlamentarios que votaron estaban ellos mismos siendo investigados por corrupción o delitos similares. Así no es difícil conseguir mayorías para el impeachment a cambio de inmunidad. En un país como Brasil, el contrato implícito para solucionar “el dilema Hobbesiano” (cómo mantener la paz social) es la alternancia en el poder. Y si un partido (como el PT) amenaza eternizarse en el poder, y comienza a tener un acceso privilegiado a la corrupción, se hace imposible mantener dicha paz social, por mucho trickle-down (chorreo) que haga para apaciguar los ánimos.

Sin embargo, en otras áreas del “catching-up” al revés, Estados Unidos ya nos superó: 22 estados han aprobado una legislación para limitar el derecho a votar de las personas; y la Corte Suprema legalizó la corrupción corporativa en la política.

LA PROPINA EN CHILE

Pero en Chile somos mucho más civilizados, pues una parte importante de los políticos y jerarcas progresistas se conforman con una propina. En el royalty (negociado por el ministro de Hacienda del gobierno de Ricardo Lagos) se acordó distribuir las utilidades de las multinacionales del cobre dándole el 98% para ellas, y el 2% para nosotros (los dueños del mineral, como claramente se estipula en la Constitución, que por muy ilegítima y tramposa que sea, aun rige los destinos del país). Más aún, para apaciguar fantasmas del pasado, a las multinacionales se les dio más encima franquicias tributarias adicionales (sobre las tantas que ya tenían) para aminorar su dolor. Como resultado, la repatriación de utilidades de las multinacionales entre 2002 y 2014, en gran parte las del cobre -y por molestarse en hacer concentrado con un contenido de apenas un 30% de metal, resultado de una flotación rudimentaria del mineral bruto pulverizado- fue mayor que el stock de todos los ahorros previsionales existentes de los 10 millones de chilenos forzados a cotizar en AFPs.

Todo indica que nuestro TPP ya quedó sentenciado en el parlamento norteamericano como “DOA” (dead on arrival)

Un acuerdo similar, aunque más informal, parece que se llevó a cabo con SQM. Por una parte, se hizo vista gorda de la forma en la que un ex burócrata de CORFO, y empresario saliendo de una quiebra, aprovechó privatizaciones brujas y relaciones familiares para adjudicarse en el cyberday de los Chicago Boys una de las empresas más importantes de Chile a precio de liquidación (con todo el respeto que le tengo a Patricio Aylwin, el error más grande de su gobierno, y uno de los más grandes de nuestra historia, fue no haber creado también una Comisión Rettig para investigar los crímenes económicos de la dictadura, pues no hay nada más contagioso e ineficiente que darle impunidad a los portonazos de cuello y corbata; parafraseando a Vargas Llosa, ahí fue donde se jodió Chile). Por otra, la CORFO firmó un contrato con la empresa que controla dicho sujeto, que le permite explotar de manera exclusiva y excluyente el Salar de Atacama, de donde saca más del 50% de sus utilidades anuales” (ver El Mostrador).

Y por lo poco que se ve del iceberg, eso pareciera que fue (al menos implícitamente) a cambio de un flujo de propinas para partidos y políticos de la Concertación/Nueva Mayoría -administrados con mucha Imaginacción (consultores)-. Que nadie vaya a decir que los chilenos somos codiciosos; a diferencia de la danza de millones que tiene lugar en Argentina, Brasil, México y Venezuela, en Chile (salvo lo que pasó con las privatizaciones y sigue pasando con las rentas de los recursos naturales) una limosna basta, como en la Ley Longueira.

LOS NEGOCIOS DE TRUMP

La historia empresarial de Trump también está llena de extravagancias, como el sinnúmero de quiebras virtuales para renegociar deudas (ya nos prometió hacer algo similar con los Bonos del Tesoro). Por su parte, la Universidad Trump le hace collera a muchas de nuestras universidades privadas. Pero hay que dar reconocimiento donde lo merece: su genialidad política fue la de ser capaz de articular la rabia de aquellos ex-proletarios, ahora pobre-letarios, que quedaron de sobra en el nuevo proceso de acumulación neoliberal. Aquél que sólo premia a la financiarización desatada y sin fronteras (en especial con paraísos fiscales), el rentismo de todo tipo, el fin de la competencia como motor dinamizador de la economía, y que es gloria y majestad para todo tipo de trader que sabe explotar las crecientes fallas de mercado (incluso las políticas).

También gratifica generosamente el tráfico de influencias. En nuestro caso, especialmente la de aquellos que hicieron su nombre criticando el modelo para ahora pasarse la vida defendiéndolo. Si uno les preguntara por ese pasado, seguro que dirían, como Cassio en Otelo, que en materias económicas “me acuerdo de una pelea, pero no por lo que peleábamos”. Como he dicho anteriormente (parafraseando a Oscar Wilde), en nuestro moderno proceso de acumulación surgen tantas alternativas rentables a la inversión real que ganar plata haciendo algo socialmente útil es signo de falta de imaginación.

BENEFICIOS VIRTUALES

Finalmente, ¿por qué hay en Estados Unidos tanto descontento con los (mal llamados) tratados comerciales? Un factor que hace a una parte importante de la población caldo de cultivo del Fra Fra norteamericano. Lo básico de la respuesta es que fuera de Asia, los costos de la globalización neoliberal son reales y muchos de los beneficios son virtuales. Mis colegas neoliberales predicaban (palabra que hay que entender en forma literal) el libre comercio por su naturaleza “win-win”. Pero como nos explican economistas del MIT, aquellos trabajadores en Estados Unidos que han sido afectados por el comercio con China y México lo han sido por mucho más tiempo, y en forma mucho más profunda que lo que se esperaba. Y estos trabajadores (y con razón) han perdido la paciencia. Y esto no sólo porque el mercado laboral, por muy liberalizado que sea, no tiene la flexibilidad que se esperaba.

Lo inmediato es que la estrategia de campaña de Trump hace impensable que los parlamentarios republicanos puedan ahora apoyar un nuevo tratado (TPP o TTIP), ya sea antes de que termine el período de Obama, o en la presidencia siguiente, gane quien gane la elección

Desde mi perspectiva keynesiana eso se debe en lo fundamental a la naturaleza de las empresas “ganadoras”. Hoy día en Estados Unidos las utilidades corporativas (y la deuda corporativa) están en un nivel record histórico, pero la inversión privada está por el suelo.

¿Y qué hacen las corporaciones con esos recursos que no invierten? Se destinan ya sea al casino financiero, a comprar sus propias acciones (y así subir su precio -y los bonos de fin de año- en forma artificial), repartir dividendos astronómicos, a comprarse unas a otras a precios siderales (para así poder coludir en forma legal y eludir impuestos), a incrementar salarios y beneficios de ejecutivos y a contribuir a sus fondos de pensiones (en Estados Unidos los ahorros previsionales de 100 ejecutivos –CEOs- de las mayores empresas del país son equivalentes a los de 116 millones de conciudadanos de la mitad más baja de ingresos del país). Esto es, se destinan a cualquier cosa menos a desarrollar los sectores que deberían beneficiarse con el comercio.

Por esta razón, y a pesar del incremento de los costos debido a las razones anteriores, el excedente sectorial del sector corporativo pasó de negativo a positivo. Como uno esperaría en un mundo racional, hasta hace poco la inversión corporativa era mayor que su ahorro en un monto equivalente al 4% del PIB en EE.UU. y alrededor del 5% en la Comunidad Europea. Sin embargo, ahora la inversión es menor en un monto equivalente al 8% del PIB en Japón y alrededor del 3% en el resto del G6 (salvo Francia).

TEOLOGÍA MATEMÁTICA

Sorpresa, sorpresa, este año no sólo el crecimiento de la productividad en Estados Unidos será negativo por primera vez en tres décadas, sino que también está estancado en Europa y Japón.

Esta combinación siniestra de altas utilidades y bajos niveles de inversión corporativa es también uno de los principales factores que impulsa en los mercados financieros la creciente asimetría entre la abundancia de liquidez y la escasez de activos financieros sólidos. Por eso, la facilidad para realizar una transacción financiera con un instrumento basura (sin mayor valor intrínseco) es la marca registrada del actual proceso de “financiarización”.

Según el economista jefe del Banco de Inglaterra (Banco Central del Reino Unido), este tipo de cifras reflejan un proceso de “auto-canibalismo” corporativo. Antes de Margaret Thatcher los accionistas se repartían en promedio 10 de cada 100 libras de utilidades corporativas; hoy se llevan entre 60 y 70 de cada 100. Y si antes un accionista se quedaba en promedio por seis años con una acción, ahora es por menos de seis meses. Tanto que nos decía Keynes (y otros antes que él): un capitalismo desregulado y con exceso de liquides (que en parte importante se debe al incremento de la desigualdad) se hace inevitablemente autodestructivo. Pero explíquele eso (allá y acá) a quienes su ingreso depende de no entender…

¿Cuando será el día que un economista neoliberal, en especial un nuevo convertido, pida perdón? (¿Qué tal alguno que terminó de director de Aguas Andinas?). Y diga: “Lo nuestro era sólo teología matemática”. Si hasta el FMI ya se está renovando de vuelta…

El terror es que si gana Trump se puede volver a confirmar la profecía de Hannah Arendt: aquella que ya se confirmó en el Chile de los golpistas y del grupo duro de los Chicago Boys: el peor mal lo hace gente insignificante

Por eso los costos del comercio con China y México son reales, pero los beneficios son casi todos virtuales: en Estados Unidos el salario masculino promedio está estancado en términos reales hace 35 años (desde la elección de Reagan), y el femenino ha subido a penas a una tasa del 0,8% anual (y solo gracias a la regulación que intenta reducir la desigualdad de género). Y el salario mínimo ha caído más de un 20% desde la elección del “Gran Comunicador”. Mientras tanto, el ingreso promedio del 1% más rico ha crecido en un 170%, el del 0,1% en 325%, y el del 0,01% en 520%. Los economistas neoliberales les dirán (con cara de póker) que eso sólo refleja diversidad en los valores de las productividades marginales. Una proporción creciente de la población (tanto allá como acá) les dirá: por favor, ¡déjense de contar cuentos!

El problema es que cuando la gente pierde la paciencia, y los “progresistas” han sido incapaces de generar una ideología alternativa convincente (por estar demasiado alucinados con el poder y el dinero), se crean las condiciones ideales para los oportunistas picantes. En América Latina es cuento conocido. ¡Cómo nos hace falta un proyecto Bielsa en la política nacional! Generaciones nuevas empujan en esa dirección. ¡Suerte!

Y en una mediocridad como la actual caen justos y pecadores. Entre los últimos, y como una de las ironías más singulares de la historia contemporánea, por gentileza del Che Copete el TPP is no more.

EL TPP: o cómo ceder soberanía por secretaría

Después de cinco años de negociación y siete desde que la idea fue planteada por primera vez, 12 países, incluido Chile, acaban de llegar a acuerdo sobre el Tratado Transpacífico o TPP (Trans-Pacific Partnership). De aprobarse, sería el mayor acuerdo de este tipo desde el pacto multilateral de Uruguay de 1994. Entre los muchos objetivos que se han destacado está liberalizar el comercio y armonizar la regulación en una amplia gama de sectores, incluyendo los aranceles agrícolas, y las patentes y los derechos de autor. También, y como objetivo estratégico fundamental, el TPP busca crear una instancia supranacional para que las corporaciones (especialmente las internacionales) puedan demandar a los gobiernos en cortes especialmente diseñadas para dicho fin, si sienten que han sido tratadas de forma que las perjudica.

Gabriel Palma
José Gabriel Palma (Foto de Rafael Palma)

Al reconocer esta nueva institucionalidad, los Estados miembros aceptan que en el futuro parte de sus atribuciones queden limitadas por estas instancias supranacionales, las cuales pasan a estar por sobre sus parlamentos y sistemas judiciales. Por ello, sorprende que hasta ahora este tratado haya sido presentado como si fuese fundamentalmente algo comercial, cuando este otro aspecto es de una envergadura mucho mayor. Entre otros cosas, con ello se acepta, ni más ni menos, que corporaciones multinacionales y dichas cortes tenga el derecho a restringir significativamente la libertad de acción de gobiernos elegidos democráticamente en una amplia gama de materias fundamentales para el desarrollo, como el bienestar, el crecimiento y su sustentabilidad.

Proponentes del tratado dicen que ya era tiempo de desbloquear La Ronda de Doha, estancada por 14 años. El TPP podría re-estimular la globalización y el crecimiento, en especial en sectores cuyo acceso ha estado limitado, como la agricultura. Sin embargo, sus propias estimaciones sugieren que el PIB de los países en cuestión podría aumentar en promedio apenas un 0,5% en los próximos cinco años. ¿Tanto ruido por tan pocas nueces? Incluso medios normalmente muy favorables a este tipo de tratados, como el Financial Times, han dicho que es poco probable que dicho tratado revierta la reciente desaceleración del comercio mundial.

Críticos del TPP enfatizan que el acuerdo va a colocar un techo muy bajo a los salarios, en especial en países de ingreso medio, como Chile, perpetuando en ellos la desigualdad. A su vez, limitaría la posibilidad de mejorar las condiciones laborales de los trabajadores (pues incentivará el race to the bottom).

¿Qué pasaría mañana, en la era del TPP, si un gobierno decide hacer algo de verdad respecto de nuestros salarios de ineficiencia, y resuelve, por ejemplo, subir en forma ordenada (pero significativa) el salario mínimo? Muy simple: ahora las multinacionales podrán recurrir a las nuevas cortes Mickey Mouse, para pedir compensación.

También, como se mencionó, preocupa de sobremanera eso de ceder soberanía en una amplia gama de materias, en términos del nuevo espacio que permitirá a lo posible. Esté o no uno de acuerdo con la racionalidad, efectividad y justicia de las nuevas (y muy limitadas) coordenadas de lo posible, el sentido común indica que una decisión de esta naturaleza debería tener carácter constitucional. Ya tenemos el precedente de ceder soberanía por secretaria en el TLC con EE.UU., donde Chile aceptó emascular su política macroeconómica en materias de control de cambio. La diferencia es que ahora con el TPP eso ocurre con una gama inmensamente mayor de materias fundamentales para nuestro desarrollo, tanto humano, económico, social como político. Lo más probable es que como eso es impresentable, los spin doctors tiendan a enfatizar otros aspectos del tratado (igual pasó con el TLC).

Otro aspecto altamente controversial del tratado es que las farmacéuticas ganaron concesiones asombrosas, las que les permitirá restringir y retardar nuestro acceso a medicamentos genéricos. Incluso se limitará el acceso a la información que proviene de la investigación al respecto, la cual es fundamental para la innovación en dicha materia. Todo esto va a costar vidas.

Finalmente, se ha criticado el secreto que ha envuelto la negociación, ya que aún después de haberse llegado a acuerdo en Atlanta (el 5 de octubre), ocasión en la cual los 12 miembros pusieron su firma al tratado, lo único que se sabe con exactitud -al momento de escribir esta columna- es gracias a WikiLeaks. Y si bien el secreto se ha extendido incluso a nuestros parlamentarios, no ha sido así para un sinnúmero de multinacionales, las cuales no sólo pudieron ser parte activa de las negociaciones, sino que se les permitió a más de 500 de sus lobbystas y abogados participar en lo que eufemísticamente se llamó “colaborar” en la redacción de los acuerdos. Varios de los negociadores oficiales (delegados de países) ya se están reencarnando como representantes de las multinacionales en las distintas instancias del TPP.

LAS CRÍTICAS EN EL CONGRESO DE EE.UU.

Se estima que en algunos países no va a ser fácil ratificar el tratado. Lo clave es lo que va a pasar en los congresos de EE.UU. y Japón, los dos pilares del acuerdo. En el Congreso de Estados Unidos los demócratas ya han criticado su aspecto laboral (lo cual −salvo por WikiLeaks− hasta ahora sólo conocen (en espera del texto oficial) por resúmenes disponibles en salas protegidas de lectura). Según un senador demócrata, para las multinacionales el TPP “es como una gran vasija al final del arco iris, llena de monedas de oro”. Hasta Hillary Clinton criticó su aspecto laboral, pues “no pasa ni la vara mínima al respecto”. También criticó la falta de interés por regular la manipulación cambiaria. Si bien el Presidente Obama ya tiene el “fast-track”, la nueva alianza (poco santa) entre Clinton, Sanders y Trump no le va a ayudar.

¿Y si un gobierno decide colocarle un royalty de verdad a las multinacionales del cobre, para recuperar la renta minera que aún en la actual Constitución pertenece a todos los chilenos? La ira de Voldemort caerá como un relámpago

Pero la alianza (aún menos santa, particularmente entre industrias del ayer), como las tabacaleras, los grandes contaminantes (como los del petróleo y carbón), Wall Street, Hollywood y los medios de comunicación, junto a las farmacéuticas no ha escatimado esfuerzo (y gasto) en su apoyo. En definitiva, la única opción que va a tener Obama para poder aprobarlo en el Congreso es apoyarse en los republicanos −a riesgo de que cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto- (¿suena conocido?).

En el caso japonés, Shinzo Abe, el primer líder nacido después del fin de la Segunda Guerra Mundial, y ex-ejecutivo de una gran acería, es conocido por su lejanía con los intereses agrícolas que podrían ser afectados. De hecho, llegó a ser presidente de su partido (PLD) derrotando a quien era entonces el ministro de Agricultura. Su cercanía a sectores potencialmente beneficiarios prácticamente asegura su ratificación. Sin embargo, el reciente cambio político en Canadá es una complicación inesperada, aunque el fuerte apoyo de Australia y Nueva Zelandia, los que tienen más que ganar por su gran potencial agrícola y ubicación geográfica, lo compensa.

Hay sectores, como el lobby agrícola en los EE.UU., que están entusiasmados con la apertura del mercado japonés, aunque no están igualmente contentos por el mayor acceso australiano a su mercado del azúcar. La industria automotriz japonesa también ve bien la apertura parcial del NAFTA en términos de las reglas de origen del sector automotor. El FMI y el Banco Mundial tienen los dedos cruzados para que el tratado dé un impulso al debilitado comercio mundial. Pero, a excepción de pocos productos -como los mencionados- el nivel actual de las tarifas ya es bastante bajo; y Chile ya tiene tratados comerciales con todos los países del TPP, incluido con aquellos que se rumorea pueden sumarse más adelante, como Corea del Sur.

Y China, el mayor socio comercial de la mayoría de los países del tratado, ha sido excluida deliberadamente del TPP, con el peligro de que el efecto del tratado, aún en lo comercial, sea negativo, pues sin China el efecto “desviación de comercio” puede perfectamente dominar al de “creación”.

El tratado también tiene una serie de cláusulas que limitan fuertemente el campo de acción de empresas estatales, aspecto que domina el modelo chino, en favor de las multinacionales. Pero con el pragmatismo que las caracteriza, muchas empresas chinas (incluida estatales) ya están instalando plantas de ensamblaje en Vietnam para aprovechar las nuevas ventajas de acceso de ese país al mercado norteamericano.

LAS NUEVAS CORTES “MICKEY MOUSE”

tpp-mickymouse¿Y Chile? Como decíamos, nuestro país ya tiene tratados comerciales con todos estos países, y el TPP no innova en materias relacionadas a nuestros principales productos de exportación. Por tanto, poco puede cambiar en esa dirección. ¿Por qué entonces es tan fuerte el apoyo de la derecha, y tantas las loas de los viejos estandartes de la Concertación? Una pista: sólo cinco de los 30 capítulos del tratado dicen relación con comercio internacional. Otra: nuestro ex-presidente, “the trader’s trader”, fue uno de sus instigadores. ¿Sería tan arriesgado pensar que el TPP también tiene relación con la marea político-social que comienza a complicar al modelo neo-liberal en tantas partes del mundo? ¿Busca el TPP crear un dique de contención al respecto? En jerga de economista: ya que este modelo pierde su semblanza a un equilibrio Nash, nuevas instituciones supranacionales, creadas específicamente para ello, pueden fortificarlo −como cuando un equipo cae en la tabla, es hora de salir al exterior a buscar refuerzos-.

¿Qué pasaría mañana, en la era del TPP, si un gobierno decide hacer algo de verdad respecto de nuestros salarios de ineficiencia, y resuelve, por ejemplo, subir en forma ordenada (pero significativa) el salario mínimo? Muy simple: ahora las multinacionales podrán recurrir a las nuevas cortes Mickey Mouse, para pedir compensación.

¿Y si se decide hacer algo radical contra el tabaco? Las corporaciones del rubro (las únicas que pueden elaborar un producto que se puede vender en forma legal, y que mata al usuario si éste hace exactamente lo que se le dice debe hacer con el producto) podrán hacer lo mismo. Y si a una multinacional se le niega el permiso para llevar adelante un proyecto por sus daños medioambientales, ésta podrá hacer lo mismo, pero esta vez para pedir compensación por todas las utilidades que podría haber ganado si se le hubiese autorizado seguir adelante.

¿Y qué pasaría si un gobierno decide colocar un techo a la tasa de interés máxima efectiva anual que puedan cobrar las instituciones financieras no mayor a (digamos) 20 puntos porcentuales sobre la tasa de referencia del Banco Central? ¿Y si al mismo tiempo transforma al Banco Estado (empresa estatal, aunque les de vergüenza colocar el “del” en el nombre) en una fuente realmente efectiva de acceso al crédito barato para personas de ingreso bajo y PYMES? ¿O si un gobierno decide crear una AFP estatal como remedio paliativo al actual sistema? (la Comisión Bravo estima que entre los años 2025 y 2035 la mitad de los pensionados recibirá una jubilación que no superará el 15% de su sueldo). En estos casos, la compensación a las corporaciones afectadas podría ser mucho más sustancial por la osadía de querer usar empresas estatales para interferir en el así llamado mercado (¿habrá alguien en Chile que todavía crea que lo que existe se asemeja a un “mercado”?). Si Adam Smith supiera en lo que terminó su quimera…

La hipótesis de trabajo del TPP, como predicaba Milton Friedman, es que hay que proteger a los consumidores de las interferencias del gobierno, y no de los abusos de las grandes corporaciones

¿Y si una futura superintendenta de pensiones, a diferencia de la actual, no aprueba (y menos en forma express) la creación de una AFP fantasma, sin infraestructura ni afiliados, cuyo único fin aparente es realizar un “goodwill tributario”, que permite a la AFP matriz una rebaja tributaria de $ 80 mil millones? ¿Y si un gobierno decide colocarle un royalty de verdad a las multinacionales del cobre, para recuperar la renta minera que aún en la actual Constitución pertenece a todos los chilenos? La ira de Voldemort caerá como un relámpago.

Lo mismo si el gobierno decide recuperar y licitar las aguas de las lluvias y las del derretimiento de las nieves, regaladas (¿auto-regaladas?) deshonestamente por los iluminados de la dictadura; o si se decide hacer igual cosa con los derechos de pesca, regalados deshonestamente por nuestra (boleteada) democracia. La nueva institucionalidad supranacional, en lugar de crear espacios para reparar fraudes sistémicos, los va a legitimar, pues será mucho más difícil (caro) repararlos.

Y, como decíamos, si se decide implementar nuevamente controles de cambio, como los del ’90 (tan efectivos en su época, a pesar de su timidez) −para así poder tener un tipo de cambio más estable y competitivo− no sólo habría que saltar la vara artificial del TLC, sino que ahora habría también que compensar a cuanto especulador le de una pataleta. Y olvídense de la posibilidad de hacer política industrial “vertical”, como en Asia, pues dicha política es por definición, un mecanismo que interfiere en la asignación de recursos (con ganadores y perdedores; un ejemplo sería un royalty diferenciado a la minería del cobre para incentivar su industrialización).

¿Y si un gobierno decide (¡por fin!) actuar en defensa de los consumidores, para acabar con tanto abuso? No se sorprendan si en el futuro un gobierno tenga que ir a pedir permiso a las nuevas cortes para poder mirar dentro de una salchicha. La hipótesis de trabajo del TPP, como predicaba Milton Friedman, es que hay que proteger a los consumidores de las interferencias del gobierno, y no de los abusos de las grandes corporaciones.

EL NOCIVO EFECTO EN EL ACCESO A LOS FÁRMACOS

Entre los pocos temas en los que ha habido algo de debate, está el de los efectos del TPP en el precio y en el acceso a fármacos, en especial a los genéricos. Como en tantas otras áreas, salvo por lo publicado en WikiLeaks, poco se sabe del detalle del acuerdo, en especial su letra chica. La preocupación es obvia, dado el abuso sistémico de las farmacéuticas. Por ejemplo, según un informe de la revista Journal of National Cancer Institute, 11 de los 12 nuevos medicamentos contra el cáncer aprobados recientemente por la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. se comercializan a un precio de más de US$100.000 al año ($70 millones, en algunos casos mucho más). Esa cifra es el doble del ingreso promedio anual de los hogares norteamericanos; y para qué decir de los otros países del TPP.

Un signo de los tiempos que se nos vienen encima es que hace un mes un conocido hedge fund manager compró los derechos de un remedio esencial para combatir el VIH, e inmediatamente multiplicó su precio por 55 (de US$13,5 a US$750; o del ya caro $9.300, a más de $500.000 por pastilla). Todo, por supuesto, en nombre de la ciencia y del progreso. Nuestro emprendedor ya había sido acusado de ganar plata ilegalmente vía short-selling acciones de empresas biotecnológicas usando información privilegiada (que obtenía pagando a funcionarios públicos), y difundiendo informaciones falsas sobre dichas empresas. ¿Velarán las nuevas cortes por el juramento hipocrático “En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos”; o ayudarán al camello a pasar por el ojo de la aguja?

Cuesta creerlo, pero como explicaba un conocido premio Nobel de Medicina, “se han dejado de investigar antibióticos porque eran demasiado efectivos y curaban del todo”. Estas son las farmacéuticas y los especuladores que ganaron por goleada en la negociación del TPP. A diferencia de un naufragio, ¡sálvense quien pueda (pagar)! Si un nuevo gobierno decide poner orden en este negocio, la irritación de dichos jueces será bíblica.

Hasta para el New York Times lo que pone en evidencia esta cláusula es evidente: ‘la prioridad [en el TPP] es la protección de los intereses corporativos, y no el promover el libre comercio, la competencia, o lo que beneficia a los consumidores

Como si todo ese abuso no fuese suficiente, en Chile hay que sumar la posición prácticamente impune de las cadenas farmacéuticas −tres de ellas controlan el 90% del “mercado”- que les permite rentar sistemáticamente (a veces en forma legal, en otras no) de su posición oligopólica. Ello emana de que el TDLC, que debería velar por la competencia, no es más que un buldog sin dientes.

Y para qué decir el escarmiento si a un gobierno se le ocurre la herejía de crear una empresa estatal que produzca masivamente genéricos; o una que se encargue de velar por una distribución equilibrada; o si decide masificar el experimento de Daniel Jadue en Recoleta (quien, como buen ciudadano de origen Palestino, parece tener una genialidad especial para enfrentar fallas de mercado).

CUANDO EL PASADO NI SIQUIERA HA PASADO

Alguien podría decir, y con razón, que las futuras compensaciones tipo TPP no tienen nada de original. Cuando en 1834 Inglaterra decidió abolir la esclavitud, pagó 17 mil millones de libras esterlinas −o US$26 mil millones (en moneda actual)− como compensación a los dueños de esclavos, incluido miembros insignes de la House of Lords, muchos de los cuales habían comprado sus títulos de nobleza con lo obtenido en el comercio de esclavos (algunos de sus descendientes aún se sientan en dicha ilustre Cámara). Esa generosidad no se extendió a los esclavos por lo sufrido en tamaña falla de mercado.

El TPP revela que el pasado ni siquiera ha pasado. Adam Smith ya condenaba a las elites de su época, por creerse “los dueños del universo”; por comportarse de acuerdo a lo que él llamaba “su vil máxima: todo para nosotros y nada para los demás”. Jorge Bergoglio, en su discurso sorprendentemente directo para un Pontífice, toca el mismo tema:

Mientras que el ingreso de una minoría aumenta exponencialmente, el de la mayoría se desmorona. Este desequilibrio es el resultado de ideologías que defienden la autonomía absoluta del mercado y de la especulación financiera, negando el rol verdadero del Estado en la economía, que es el de velar por el bien común. De esta forma, se instaura una nueva forma de tiranía, aunque a veces ella sea poco visible o virtual, la cual impone sus propias leyes y reglas en forma unilateral e irremediable”.

Y como en toda tiranía, cortinas de hierro (ahora algo más sofisticadas, del tipo TPP) son muy prácticas. El objetivo evidente de la nueva institucionalidad jurídica supranacional que intenta crear el TPP es limitar (como en el pasado) el campo de maniobra de los gobiernos al área que las grandes corporaciones consideran “tolerable” en materias que van de lo salarial a lo tributario, de la regulación financiera a los derechos de los consumidores, del acceso al Internet a varias libertades individuales, y del medioambiente a la salud pública. Y ahora nada mejor que cooptar a los representantes de los agobiados para vender esta pomada.

Una de las cosas que ya se sabe (nuevamente gracias a WikiLeaks) es que lo que va a primar por sobretodo son “las expectativas de retorno razonables de las multinacionales” (¿?). Todo esto dentro de un contexto garcíamarqueano, típico de TLC “moderno” (esto es, uno que tenga poco que ver con el comercio), llamado “expropiación indirecta”, bajo la idea de que también se considerará como expropiación “la medida en la cual la acción del gobierno interfiere con expectativas inequívocas y razonables en la inversión“.

Aquí hay tres palabras clave; la primera se refiere a la “interferencia” del gobierno. ¿Cuál va a ser la diferencia, por ejemplo, entre una interferencia, y una acción de orientación keynesiana de un gobierno democrático que, representando la voluntad popular, busque la defensa del medioambiente, de los derechos de los consumidores, del acceso a la salud, a la educación, o de la estabilidad macroeconómica? Segundo, ¿quien va a definir qué es lo “razonable”? Por decir lo obvio, no hay área más relativa que esta. Para mí seria lo más razonable del mundo que a Jorge Valdivia se le otorgara La Orden al Mérito, grado Comendador, por su contribución a la genialidad del mediocampo. Y tercero: ¿qué es una inversión? A diferencia de, por ejemplo, actividades puramente especulativas, movimiento de capitales golondrinas, y actividades de traders que sólo buscan beneficiarse explotando fallas de mercado (muchas veces en el área gris de lo legal).

Con el TPP, a la mayoría de los chilenos también se nos declara incapaces de decidir en un amplia gama de materias de política económica, y se nos designa un nuevo curador ad hoc (cortes títeres supranacionales) para que, otra vez − para nuestra propia protección y la de nuestros bienes− decida por nosotros…

¿Son cortes Mickey Mouse, pobladas de jueces que parecen la imagen popular del juez Griesa, las más indicadas para definir estos temas? No nos olvidemos que hace muy poco, a pesar de que el gobierno de Chile le había anunciado a los cuatro vientos que lo que pedía Bolivia era erosionar un tratado existente, una corte internacional (y una que es de verdad) decidió, y por gran mayoría, declararse competente en esta materia limítrofe.

Como curtidos vendedores ambulantes, los del TPP agregaron disposiciones que, aparentemente, atenuaban el impacto de lo anterior, pero todas tienen sus “normalizadores”. Por ejemplo, un artículo afirma que “no hay nada en este capítulo que impida a un país miembro regular el medio ambiente, la salud u otros objetivos de esta naturaleza”. Pero de inmediato agrega: “pero tal regulación debe ser compatible con las otras restricciones del tratado”.

Monsanto, por ejemplo, no tendrá problema alguno para demandar a cualquier país que se oponga al uso de sus productos genéticamente modificados diga lo que diga la regulación existente sobre el medio ambiente o la salud. Por definición, lo razonable se define como aquello que quiere Monsanto.

Hasta para el New York Times lo que pone en evidencia esta cláusula es evidente: “la prioridad [en el TPP] es la protección de los intereses corporativos, y no el promover el libre comercio, la competencia, o lo que beneficia a los consumidores”.

En buen castizo, uno va a poder hacer lo que quiera, como quiera y cuando quiera, siempre que lo que quiera sea lo que el TPP (y sus cortes versallescas) estipulen como “razonable” (en lugar de “interferencia”), aún en el caso de que ello se refiera a actividades puramente especulativas (y muchas veces destructivas).

Cualquiera semejanza con nuestras transiciones a la democracia es pura coincidencia. En ellas podíamos recuperar nuestra tan deseada libertad de expresión, siempre que en la práctica no exigiésemos, y finalmente ni creyésemos, en lo que previamente había estado prohibido decir.

Para decir lo obvio, la modernidad neo-liberal no es más que transformar lo que Abraham Lincoln llamó “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, en el gobierno “del 1%, por el 1% y para el 1%”. Y para consolidar esta nueva realidad se requiere de muchas cosas, incluida una nueva jurisprudencia.

EL TPP COMO SEGURO AL INMOVILISMO

El problema fundamental para nuestro modelo neo-liberal es que no hay muchas formas de ordenar el puzzle para que el resultado sea un modelo político-económico que le entregue −en democracia, y año tras año− más del 30% del ingreso al 1% de la población. Cuando comienzan a haber temblores grado 3, es tiempo de salir a comprar seguros externos que ayuden la inmovilidad (la alternativa siempre disponible es activar el Exit Mode, aumentando la inversión externa en el resto de America Latina).

Una forma de comprender el dilema de nuestro modelo neo-liberal criollo, es mirarlo desde la perspectiva de la teoría del caos: este modelo es como uno de esos sistemas complejos que son muy sensibles a las variaciones en las condiciones iniciales. Pequeñas variaciones en dichas condiciones pueden implicar grandes diferencias en su desarrollo futuro. Esto sucede aunque estos sistemas son en rigor bastante determinísticos, dado sus condiciones iniciales. La esencia de un modelo así (a diferencia de lo que nos quiere hacer creer tanto mandarín del modelo, con sus predicciones apocalípticas a cualquier cambio, en especial en cuanto al empleo) es que es prácticamente imposible predecir el resultado de un cambio, por pequeño que sea (siempre me entretengo tratando de explicar esto a mis alumnos de econometría, pues cualquier cambio puede generar dinámicas irreplicables).

A diferencia de la física de Newton, que puede entender con precisión el movimiento de dos cuerpos que interactúan por medio de la gravedad, si un modelo complejo de acumulación (como el actual) es sujeto a un shock múltiple, la dinámica del movimiento es impredecible. Por consiguiente, todo cambio es muy delicado −y resbaladizo-. Cualquier seguro, al precio que sea −qué importa si éste conlleva perdida de soberanía a cortes de dudosa reputación− es muy bienvenido.

Y lo de dudosa reputación es porque estas cortes han sido diseñadas específicamente para maximizar los conflictos de interés de sus miembros. Los tribunales que van a dirimir los litigios en el TPP serán integrados por jueces y abogados que van a alternarse en sus funciones. Esto es, rotarán entre servir como jueces en los tribunales, y actuar en representación de las corporaciones que llevan sus causas a dichos tribunales. Si como jueces son afectuosos con las multinacionales, podrán esperar jugosos contratos como litigantes cuando se reencarnen en el periodo siguiente como simples abogados.

Para la senadora demócrata Elizabeth Warren (no se olviden de este nombre), eso ya es lo que botó la ola, o como diría un romano, el non plus ultra del TPP. ¡Para el Guiness Book of Records! (sección conflicto de interés). Si hay algo que la ideología neo-liberal domina a la perfección es la tecnología del poder (una pena que no pase lo mismo con muchas de las tecnologías productivas).

Por eso, llamar estas cortes “Mickey Mouse”, como lo hago aquí, es sobrestimarlas −en el sentido que la Real Academia Española define esta última palabra−, esto es, estimar algo por encima de su valor.

Otro problema fundamental de nuestro modelo neo-liberal es que necesita sincronizar dos lógicas distintas: la del desarrollo nacional, y la del capital globalizado (nacional y extranjero). La sorprendente falta de industrialización de nuestro sector exportador es el mejor ejemplo del conflicto entre ambas lógicas: como diría un griego, ahí si que no hay sinfonía entre los intereses de nuestro desarrollo económico y el de las multinacionales que se quedan artificialmente en lo puramente extractivo. China: ¡Qué excusa más manoseada!

El supuesto implícito con que se ha trabajado en Chile desde las reformas, tanto en dictadura como en democracia, es que ambos intereses −los del desarrollo nacional y los del capital globalizado− son prácticamente idénticos (como un diagrama de Venn con dos conjuntos que tiene casi todos sus elementos comunes). Como cada día es más evidente que eso no es así, un TPP es muy bienvenido para asegurar la primacía del segundo.

Antes de las reformas, la hipótesis de trabajo en política económica fue que ambas lógicas eran contradictorias; ahora, que ellas son indistinguibles. ¿Por qué será que en lo ideológico la tradición iberoamericana sólo puede avanzar multiplicando por menos 1, esto es, con retroexcavadoras?

Hirschman nos decía hace años que la formulación de políticas económicas tiene un fuerte componente de inercia. Por tanto, a menudo éstas se continúan implementando rígidamente aunque ya hayan pasado su fecha de vencimiento y se transformen en contra-productivas. Esto lleva a tal frustración y desilusión con dichas políticas e instituciones que es frecuente tener posteriormente un fuerte “efecto rebote”. ¡Tanto se ha hablado de la famosa retroexcavadora de Quintana!

Lo que se olvida es que las retroexcavadoras son endógenas a los modelos inmovilistas. Los Chicago Boys no fueron una retroexcavadora exógena, ni menos original del modelo anterior. Ese modelo, por no adaptarse en su época al cambio (como lo hicieron procesos similares en Asia), generó las condiciones para tal retroexcavadora. Los Chicago-Boys, con Sergio de Castro a la cabeza, fueron sólo los yihadistas encargados de manejarla. Y por eso la retroexcavadora fue tan burda (El Ladrillo); no hay que olvidar que el núcleo de la gran “modernidad” chicaguense fue simplemente transformar lo que antes era vicio en virtud, y lo que antes era virtud en vicio. No se quejen ahora mis amigos neo-liberales si en el horizonte comienzan a ver una retroexcavadora marca déjà vu.

En otras palabras, hay pocas formas de organizar nuestra economía para que unos pocos (nacionales y extranjeros) puedan seguir llevándose la inmensidad que se llevan. La actual está hecha a la medida: lo que prima es la especulación financiera, todo tipo de rentas oligopólicas, subsidios del Estado, y la piñata de los recursos naturales (la diferencia entre nuestra oligarquía y la de los tiempos del Gran Señor y Rajadiablos es que la actual cree que su derecho de pernada se refiere a los recursos naturales). Y como acaba de quedar más que en evidencia en estos días con el último escándalo de colusión, también prima la peor hipocresía: como nos dice un conocido dirigente empresarial, refiriéndose a la reacción de la SOFOFA y otros empresarios, “los lamentos por colusión son [sólo] un show”.

En este modelo neo-liberal, el eje de la acumulación son las fallas de mercado, los privilegios, la poca competencia, las instituciones tímidas, y una inteligencia “progresista” llena de conflictos de interés. Sólo un contexto como este puede premiar tanto a especuladores, rentistas y traders, a los traficantes de influencias políticas y de información privilegiada.

No cabe duda que eso castiga a la inversión real, a la diversificación productiva, a la absorción tecnológica y a la industrialización del sector exportador (pues así pocos se van a molestar en invertir más allá de lo necesario para depredar recursos naturales en forma competitiva, y desarrollar actividades no transables de bajo desafío tecnológico). En un contexto así, la desigualdad es tan melliza de la ineficiencia como la ley de la gravedad lo es de la manzana: una economía que es un paraíso para especuladores, rentistas y traders sólo puede ser un purgatorio para el sector real y los consumidores (el limited access order de Douglas North intenta mirar en esta dirección).

Y como en democracia no hay muchas formas para organizar esto, para continuar asegurando el inmovilismo a la mayoría de nosotros se nos tiene que declarar “interdictos” en un número creciente de materias. Primero se nos declaró judicialmente incapacitados para decidir en materias de política monetaria y de tipo de cambio; por tanto, se nos designó un curador imparcial (Banco Central “independiente”) para que velara por nuestra propia protección y la de nuestros bienes. Después se intentó colocar una camisa de fuerza al gasto público. Finalmente, ahora con el TPP, a la mayoría de los chilenos también se nos declara incapaces de decidir en un amplia gama de materias de política económica, y se nos designa un nuevo curador ad hoc (cortes títeres supranacionales) para que, otra vez −y también para nuestra propia protección y la de nuestros bienes− decida por nosotros cuál es el rango de lo “razonable” en dichas materias. Regístrese, comuníquese, publíquese y archívese.

Falta poco para que en una elección presidencial lo que realmente esté en juego sean temas tan trascendentales como si cambiamos el horario en invierno, o si el monumento a Sampaoli (muy merecido) debería estar en el Estadio Nacional o frente a La Moneda (junto a mi Tío Abuelo). Y seguro que entonces Conicyt abrirá una convocatoria para estudios que traten de explicar la sorprendente abstención electoral.

No se quejen tanto mis amigos neo-liberales, entonces, cuando aparezca un populista con una retroexcavadora tamaño XXXL.

Para Žižek, la última victoria político-ideológica es cuando unos comienzan a contar las historias de los otros como si fuesen propias. Con el TPP, la nueva (bueno, ya harto vieja) centro-izquierda da cátedra en eso, sin entender que las cosas están cambiando. Parece que no entienden la regla del offside. Lo más inherente del inmovilismo es su falta de ideas. Y como decía Maquiavelo, eso no sirve ni para ganar a amigos ni para derrotar enemigos.

Según Darwin, al final, el que sobresale, el que tiene éxito en el largo plazo, no es el más fuerte, ni siquiera el mas inteligente, sino el que se adapta mejor al cambio. Ahí esta el Talón de Aquiles fundamental del sistema actual: no puede, casi por definición, adaptarse al cambio. Cualquier cambio implica gran incertidumbre. El inmovilismo es la única certeza. ¡Nunca nos ha hecho tanta falta un Piloto Pardo! (y cómo nos sobran los “Sir” Shackleton).

En resumen: cuando nos insistan que el TPP es un tratado “comercial”; que abrirá grandes oportunidades a nuestras exportaciones; que nos dará el tan necesario impulso para salir del actual pantano; que gracias a él nos codearemos con la mejor gente, sepa que estarán tratando de pasarnos gatos por liebre. Pues hoy, la mejor forma de pasar gatos por liebre es llamar al gato libre comercio. De la misma forma que si alguien le preguntase a Enrique Correa o Eugenio Tironi cuál es la mejor forma de vender un auto de segunda mano en mal estado, seguro que dirían: llámelo libre comercio.

Joan Robinson −la mejor economista mujer de la historia− ya nos decía hace tiempo que “la razón para estudiar economía no es la de adquirir una serie de respuestas ya elaboradas a problemas económicos, sino la de aprender lo necesario para no ser engañados por economistas”. Eso es hoy más cierto que nunca.

Ya era hora de hacerles un margin call a nuestros vendedores del TPP, pues es el momento de que pongan más sustancia en sus argumentos. Como dice la canción: fue tu mejor actuación; pero perdona que no te crea, pues lo tuyo es puro teatro. Falsedad bien ensayada. Estudiado simulacro.

Wikileaks: Nueva filtración devela los alcances de la negociación del tratado secreto TPP

Total secretismo existe en torno al Acuerdo de Asociación Transpacífico, más conocido como TPP, por su sigla en inglés. Este nuevo tratado de libre comercio (TLC) involucra a Chile y a otros 11 países de la Cuenca del Pacífico. La próxima cita de los equipos negociadores está fijada para la próxima semana, en Salt Lake City (Estados Unidos). Uno de los capítulos más controvertidos en la agenda es el relativo a las normas de propiedad intelectual, cuyo borrador fue obtenido por Wikileaks, que esta vez se ha asociado con un puñado de medios como CIPER y organizaciones no gubernamentales, como la también chilena Derechos Digitales.

Tras analizar el texto, los abogados de Derechos Digitales –que se han opuesto públicamente a la opacidad de las negociaciones en curso y que promueve el movimiento TPP Abierto– dicen que el documento confirma que lo que se está negociando va más allá de lo que se incluye en el TLC con Estados Unidos. Por lo mismo, afirman, Chile no tiene nada que ganar y mucho que perder. En efecto, Chile ya tiene tratados de libre comercio con 10 de los 11 de los países que son parte del TPP, incluyendo el mercado más grande, Estados Unidos, por lo que ya ha negociado con ellos los distintos capítulos del acuerdo, incluyendo los beneficios arancelarios, que son los centrales en este tipo de acuerdos comerciales.

La importancia del capítulo de propiedad intelectual es que tiene efectos principalmente sobre las patentes de los medicamentos, marcas y derechos de autor, incluyendo el tratamiento de éstos con nuevas tecnologías e internet. El análisis de sus 95 páginas (acá puede descargar el archivo completo) da cuenta de que aún existen muchos puntos pendientes en la negociación, lo que hace prever que es poco probable cerrar el acuerdo este año, como era la meta. El texto es difícil de entender, no sólo porque el lenguaje es muy técnico, sino también porque en gran parte de los párrafos se insertan entre paréntesis las objeciones y propuestas de los distintos países, lo que hace compleja una lectura lineal.

De todos modos su filtración constituye un aporte a la transparencia en un tema de gran relevancia pública y que, sin embargo, se maneja en estricta reserva, lo que ha generado polémica en muchos de los países involucrados. En Chile se había instalado la tradición de que las negociaciones de los TLCs se llevaban a cabo con un “cuarto adjunto”, un salón contiguo al de las negociaciones oficiales en que los actores interesados, desde empresarios a la sociedad civil, eran informados y se escuchaban sus aportes. Esta vez, en cambio, sólo ha habido reuniones informales sin que hasta ahora se haya dado información alguna de los textos en discusión.

Álvaro Jana, cabeza de la Dirección Económica de la Cancillería (Direcon), reconoció al Diario Financiero en octubre pasado que las críticas han estado presentes en todos los países: “En este proceso de críticas y de falta de transparencia, reto a cualquiera que vaya a cualquier país TPP a ver si no hay algún reclamo parecido. Si pretenden que les entregue los textos, no puedo, si quieren saber qué lineamientos generales estamos siguiendo, lo puedo hacer”.

Jana explicó que el acuerdo de confidencialidad firmado por Chile le impide revelar los detalles de las negociaciones y aclaró que fue el gobierno de Michelle Bachelet el que suscribió dicha cláusula. Sin embargo, ahora es la propia Bachelet la que intenta poner paños fríos a las tratativas, según se desprende de su programa de gobierno:

-Tenemos preocupación ante la urgencia por negociar el TPP. Para velar por el interés de Chile se debe hacer una revisión exhaustiva de sus alcances e implicaciones. Para nuestro país es prioritario impedir aspectos cuestionables que pudieran surgir en este acuerdo, pues, mal manejado, se transformaría en una renegociación indirecta de nuestro TLC con EEUU, debilitando acuerdos ya establecidos en materia de propiedad intelectual, farmacéuticos, compras públicas, servicios e inversiones, o llevaría a la instalación de nuevas normas en el sector financiero.

El Presidente Sebastián Piñera, en cambio, ha celebrado los beneficios del TPP, pues “puede ser el mayor acuerdo regional de comercio libre en el mundo”. La gran duda ahora es si se alcanzarán a cerrar las tratativas durante su administración o las heredará su más posible sucesora, Michelle Bachelet.
Los detalles de la negociación son clave, pues si bien el Congreso debe ratificar después el tratado, ya no se le pueden hacer cambios. En Estados Unidos debe seguir el mismo camino y tal como en otros TLC, el terreno no se ve fácil. Esta semana 22 congresistas de ese país firmaron una declaración en que desde ya se oponen a aprobar un “fast track” o vía rápida para tramitar nuevos acuerdos comerciales.

ALCANCES DE LA NEGOCIACIÓN

Del análisis del borrador filtrado se desprende que aún hay desacuerdo en muchos puntos. Si bien las alianzas entre países varían según el tema, se percibe que los términos que quiere imponer Estados Unidos son controversiales para muchos de los participantes, aunque en ciertos puntos se alía con Japón –el último que se sumó a las tratativas– o con Australia. En el texto se desprende que Chile, identificado en el documento con la nomenclatura CL, aún está peleando aspectos relevantes.

En derechos de autor, la legislación chilena contemplaba que se extinguían 50 años después de la muerte del autor, plazo que se extendió a 70 años en 2003, justamente para adecuarse a los plazos negociados durante el TLC con Estados Unidos. Ahora, México pide que el plazo se alargue hasta los 100 años después de la muerte autor.

Un acápite en el que Chile se enfrenta con Estados Unidos es el que se refiere a los plazos de protección cuando no se pueden calcular según la vida del autor por ser obra anónima o de varios autores (artículo QQ.G.6). Con el TLC, los 70 años se contaban desde la fecha de la primera publicación. Ahora, Estados Unidos exige que los derechos se extingan 95 años después de la publicación, a lo que Chile se opone. En caso de que la obra no haya sido publicada en 50 años, el TLC contemplaba que los derechos se extendían por 70 años desde su creación, mientras que ahora Estados Unidos pide que, si no se publica en los primeros 25 años, los derechos se extiendan por 120 años. Estos puntos son importantes pues alargan el plazo que tarda una obra en ser parte del dominio público y por lo tanto involucra obstáculos al acceso al conocimiento.

Uno de los temas de preocupación del texto es el de los procedimientos legales para hacer efectivas las normas de propiedad intelectual. Mientras el TLC con Estados Unidos contempla una definición amplia, en que se exige el respeto por las normas del debido proceso y el marco legal de cada país, el TPP establece que los procedimientos legales para resguardar las normas de propiedad intelectual no deben ser innecesariamente complicados, costosos ni tardar más de lo razonable. Chile y otros países involucrados buscan agregar que estos procedimientos no deben ser distintos al marco legal general, pero el punto sigue en disputa. El riesgo, según organizaciones como Derechos Digitales, es que se establezcan procedimientos más expeditos o diferentes que los que se siguen para otros asuntos legales, poniendo estos derechos por sobre otros que pueden ser superiores.

Otro aspecto que implica un cambio respecto a la legislación vigente es la creación de sistemas de indemnización con categorías preestablecidas, las que pueden incluir castigos ejemplificadores o punitivos. Estas indemnizaciones deberían compensar el daño infringido (artículo QQ.H.4.X). Según el abogado Francisco Vera, de Derechos Digitales, esto quitaría discrecionalidad a los jueces y además rompería la lógica del sistema legal chileno, en que los castigos ejemplificadores sólo se contemplan en beneficio del Estado y no a través del pago de indemnizaciones a terceros.

El borrador del acuerdo también aumenta los estándares de protección cuando se evadan las medidas tecnológicas de protección de los derechos de autor. Por ejemplo, el bloqueo de una consola de videojuegos, de un teléfono celular o la copia de CDs que tienen tecnología anti pirateo. En este punto hay múltiples propuestas y rechazos por parte de Chile y Canadá. Según Derechos Digitales, tal como está el texto, se extienden las sanciones a quienes razonablemente deberían saber que están cometiendo un ilícito, a terceros que participen aunque no sean los que lo cometen directamente, y penaliza la elusión o facilitamiento del ilícito aunque no haya ánimo comercial detrás de éste (artículo QQ.G.10).

PATENTES FARMACÉUTICAS

El tema de los cambios a las patentes farmacéuticas es, sin duda, el más relevante pues involucra el precio del acceso a los medicamentos. El borrador es altamente complejo y hasta ahora sólo se conoce un primer análisis de la ONG estadounidense Public Citizen, que concluye que la propuesta de la administración Obama es la más dañina para la salud que se haya hecho hasta ahora en un TLC.

De acuerdo a la organización, de aprobarse el borrador tal cual se conoce ahora, la consecuencia será fortalecer los monopolios de las empresas farmacéuticas que producen medicamentos contra el cáncer, enfermedades cardíacas o el VIH, entre otras. Por ejemplo, se favorecería el surgimiento de “nuevos monopolios farmacéuticos al bajar los estándares de patentabilidad y al requerir patentes para métodos quirúrgicos y tratamientos, así como para pequeñas variaciones de medicinas antiguas”.