El “perdón” del Papa

“Nada despedaza tanto un corazón como la falta de respeto”. Son palabras de Alberto Hurtado, el santo católico que tantas veces invocó el Papa Francisco durante su visita en Chile. Ya volando sobre Perú, Jorge Bergoglio despedazó de nuevo el corazón de al menos tres de las víctimas de Karadima.

En una conferencia de prensa aérea, el Papa Francisco dijo que les pedía perdón por haber dicho que no había “pruebas” contra el obispo de Osorno, Juan Barros. Aseguró que se equivocó de palabra, que quiso usar “evidencia”. Una aseveración a lo menos absurda, porque judicial y coloquialmente ambos vocablos son empleados como sinónimos.

Pero concedamos que el Papa quiso decir que no hay “certeza” y que fue en ese sentido que habló de “evidencia”. Si se refiere a una causa contra Juan Barros en la justicia civil o penal chilena, claro que no existe. Pero para los que nos hemos estremecido con los testimonios y descalificaciones desde que en 2010 estalló el escándalo por las denuncias de las víctimas de Karadima, ese es un formalismo que indigna, aún más oírlo en el momento en que Bergoglio estaba pidiendo perdón; la misma ocasión en que nos informa, además, que dos veces le rechazó la renuncia a Barros.

Porque obvia las apariciones públicas de Juan Carlos Cruz, James Hamilton y José Andrés Murillo, quienes incesantemente han acusado de encubrimiento al obispo Barros. Convenientemente olvida las cartas desesperadas que más de una vez ellos escribieron pidiendo ayuda y denunciando al ahora obispo de Osorno y a otros. Y, en esa particular conferencia de prensa de regreso a Roma, el Papa pretende borrar de un plumazo los testimonios en procesos judiciales y eclesiásticos, contra Karadima es cierto, pero donde Barros y otros obispos, sacerdotes y laicos sí son mencionados por varios testigos como encubridores, además de las declaraciones de las víctimas del ex párroco de El Bosque.

“Juan Barros se prestó para revelar mi secreto de confesión, además de destruir información privada de la Iglesia para ocultar los abusos”. Así escribía Juan Carlos Cruz en 2012 al representante del Vaticano en Chile, el nuncio Ivo Scapolo, al acusar al obispo Barros…Pero el Papa dice ahora que no hay evidencia.

“Más difícil y fuerte era cuando estábamos en la habitación de Karadima y Juan Barros, si no se estaba besando con Karadima, veía cuando algunos de nosotros los menores, éramos tocados por Karadima y nos hacía darle besos. Juan Barros ha encubierto todo lo que le cuento, señor Nuncio”, volvió a denunciar Cruz ante Scapolo en 2015. Pero para Bergoglio no existen los testimonios.

A bordo del avión que lo devolvió al Vaticano, en la única oportunidad que tuvieron los periodistas para confrontarlo, Jorge Bergoglio aseguró que entendía que su frase -“el día que me traigan una prueba contra el obispo Barros, ahí voy a hablar. No hay una sola prueba en contra, todo es calumnia”– había sido una cachetada para los abusados por el párroco de El Bosque.

Pero a continuación, les dio otra bofetada a ellos y a muchos fieles que se identifican con su dolor de años. El Papa pide perdón, pero insiste en que no hay evidencia. Dice que el testimonio de las víctimas es evidencia, pero que no existen testimonios (vea aquí el video de la conferencia de prensa del Papa a partir del minuto 11:05).

Cómo podría no haberlos si tanto Juan Carlos Cruz, como James Hamilton y José Andrés Murillo atestiguaron en un proceso eclesiástico y en otro penal. En ambos procesos sus relatos fueron considerados consistentes y creíbles. La prueba irrefutable de su honestidad es que esos dos procesos terminaron uno con la condena del Vaticano para Fernando Karadima (que lo confinó al aislamiento) y el otro con la inevitable prescripción, una vez que la jueza Jessica González constató el abuso sexual y sicológico.

Ya ni siquiera se trata de si Juan Barros es inocente o culpable, sino de la insólita negación de la existencia de una prueba, evidencia o como se la quiera llamar, que sí existe. Esa misma prueba, cuya entrega en tribunales civiles o de la Iglesia Católica, en diarios, radios o canales de televisión, implicaron para cada una de las víctimas un acto de coraje, al decidir romper el círculo de silencio, pero también revivir los abusos. Una revictimización que salvó a muchos otros de seguir siendo abusados por el párroco de El Bosque y por su extenso e influyente círculo de protección.

Si Jorge Bergoglio no tiene la información de primera fuente es solo por indolencia. Indolencia que mantuvo en su visita a Chile cuando pudo conocer y escuchar en directo a estas víctimas. Pero claro, una vez más, a quienes se han atrevido a denunciar abusos en público, a quienes han causado revuelo, no se les invita a reunirse con el Pontífice.

¿Qué señal es ésa para aquellos que, con un testimonio valiente, que implicó develar su intimidad frente a todo un país, recibían al mismo tiempo ataques y veían cómo muchos obispos, sacerdotes y fieles los desacreditaban y hacían una defensa corporativa y cerrada de Karadima?

El obispo de Roma ha sido mucho más diligente para defender a Juan Barros que a las víctimas de Karadima. Para pedir perdón por los abusos cometidos por otros miembros de la Iglesia Católica que para excusarse por sus propios actos.

No fue la palabra “prueba” la que le jugó una mala pasada. No. El problema es que el Papa “olvida” una y otra vez. Olvidó disculparse en Chile por haber insultado en 2015 a los fieles de Osorno que rechazan a Barros al calificarlos de “tontos”. Y lo más doloroso: olvidó pedir perdón por decir que quienes acusan a Juan Barros lo están calumniando. Porque, ya que estamos en precisiones de lenguaje, la calumnia es un delito contemplado en el artículo 412 de nuestro Código Penal. De eso acusó a Cruz, Hamilton y Murillo.

Y eso fue un nuevo insulto y no un acto de contrición. Sin ofrecerlo, pedirlo ni quererlo, las víctimas de Karadima tuvieron que poner la otra mejilla y aceptar de parte de Papa una nueva bofetada.

Las pruebas del encubrimiento del obispo Juan Barros que el Papa calificó de “calumnias”

Ver también: La Iglesia recibe al Papa ocultando el fallo por abusos sexuales del ex obispo de Iquique

Por Pedro Ramírez y Mónica González

“Todo es calumnia”. Así calificó el Papa Jorge Bergoglio las acusaciones contra el obispo Juan Barros en el último día de su visita a Chile, el jueves 18de enero. El pontífice sorprendió por su dureza para descalificar a los denunciantes, pues apenas 24 horas antes había dicho, desde el altar en que ofició la eucaristía en las afueras de Temuco: “No se puede pedir reconocimiento aniquilando al otro, porque esto lo único que despierta es mayor violencia y división”. En los hechos, Francisco “aniquiló” a los acusadores de Barros. Al calificarlas categóricamente como “calumnias”, dio por sentado que sus acusaciones son falsas y esgrimidas con dolo para perjudicar al acusado.

Esa dura descalificación es exactamente la que vivieron las mismas víctimas cuando denunciaron por primera vez en 2009 a Karadima y a su círculo íntimo de la Parroquia El Bosque, del que formó parte por muchos años el obispo Barros. Este último llegó a esa parroquia en 1972, cuando estaba en tercer año medio, y desde entonces Karadima fue su director espiritual, con quien estuvo estrechamente vinculado por más de 30 años. Se ordenó sacerdote en 1984, tras estudiar economía. Un año antes, en 1983, apadrinado por Karadima, se había convertido en secretario personal del cardenal Juan Francisco Fresno, rol que mantuvo hasta 1990.

Juan Carlos Cruz
Juan Carlos Cruz

Las acusaciones contra Barros no surgieron a raíz de su nombramiento como obispo de Osorno, pues fueron hechas mucho antes de que Francisco decidiera confiarle esa diócesis sureña en marzo de 2015. Tres años antes, en enero de 2012, CIPER publicó el primer testimonio que apuntó a Barros como encubridor de los abusos –sexuales y de poder– cometidos por su mentor Karadima. Su acusador fue el ex seminarista Juan Carlos Cruz (vea esa entrevista):

El obispo Cristian Contreras me pidió en 2006 que escribiera todo lo que me había pasado con Karadima (…). Con Cristián Contreras siempre hemos sido amigos, desde que yo era seminarista, él me ayudó y me apoyó cuando me salí de (la parroquia) El Bosque. Por eso tuvo la confianza de decirme ‘escríbete algo’. Pero yo nunca le había contado toda la historia de los abusos sexuales, porque me daba mucha vergüenza, aunque cuando lo hablaba lo dejaba entrever. Y creo que él entendía. Más tarde, cuando ya el escándalo era público, a raíz de cómo se estaba portando el cardenal Errázuriz frente a las acusaciones y de lo que ya se hablaba por distintos testigos, de las acciones de encubrimiento del obispo Andrés Arteaga, de que los obispos Juan Barros y Tomislav Koljatic le daban besos a Karadima y también veían como el cura les daba besos a otros, y no pasaba nada, llamé a Cristián Contreras”.

En la misma entrevista, Cruz indicó que decidió llevar su testimonio por escrito ante el entonces canciller del Arzobispado de Santiago, el sacerdote Hans Kast, para formalizar su denuncia contra Karadima y los obispos que lo habían encubierto:

Llego donde Hans, le paso mi pendrive, él lo pone en su computador y comienza a leer. Cuando llega al final, a la parte en la cual digo ‘Juan Barros y Andrés Arteaga y todos ellos vieron todo esto y no hicieron nada’. Me dice: ‘¿Tú crees que es necesario incluir esto? ¿No sería mejor sacarlo?’. ‘No -le dije- déjalo tal cual, por favor. Tal cual’. Y lo dejó. Terminamos y le digo: ‘¿Me puedes dar una copia, por favor?’.  ‘No, no te puedo dar ninguna copia’, me dice. Y me fui sin la copia. Pero antes, Hans me dijo: “Ven”. Y rezamos un Ave María ante el santísimo. Al despedirnos me dijo: ‘Cuando vengas de nuevo, tomémonos un café’”.

El ex seminarista también dijo que por esos días, cuando ya se conocían públicamente los abusos de Karadima, estaba recomponiendo su relación con algunos de los sacerdotes que formaron parte de la comunidad de El Bosque. Aquello, señaló en la entrevista, contrastaba con la actitud de los obispos que fueron parte del círculo íntimo del ex párroco: Andrés Arteaga, Horacio Valenzuela, Tomislav Koljatic y Juan Barros.

Andrés-Arteaga-3En contraste -y por eso me indigna- a la actitud asumida ahora y desde hace mucho tiempo por Juan Barros, Horacio Valenzuela, Tomislav y Arteaga. Incluso Felipe Bacarreza. Ellos saben que no pueden decir que no sabían. Ellos saben que no pueden quedarse calladitos cuando tienen los dedos, los pies y las pezuñas metidas en los abusos de Karadima y el sufrimiento de muchos”.

Barros, según la versión de Cruz, también fue cómplice del sacerdote Fernando Karadima en la violación del secreto de confesión. Eso ocurrió en 1987, cuando el denunciante aún no asumía públicamente su condición homosexual y, bajo la reserva del sacramento de la confesión, había compartido con Karadima su secreto. El entonces párroco del El Bosque utilizó esa información para exigirle obediencia, sometiéndolo a un permanente abuso de poder. Bajo esta presión, le impedía reunirse o socializar con seminaristas o sacerdotes que no fueran de su círculo de la Parroquia de El Bosque.

Por mantener en el seminario vínculos con personas ajenas al grupo de Karadima, el 25 de octubre de 1987 Cruz fue sometido a un ejercicio de “corrección fraterna”. Era una especie de juicio y humillación pública presidida por Karadima, con una docena de participantes de su círculo íntimo, entre los que estaba Juan Barros. En este episodio de grave abuso de poder, Cruz fue veladamente amenazado con hacer público su secreto de confesión. Así recordó ese día:

En el juicio estaba Karadima, delante de todos ellos diciendo ‘Juan Carlos, tú tienes tejado de vidrio por todo lo que tú sabes. Tú tienes amistades particulares, pero yo no te voy a decir nada ahora, quiero que hablen todos los que están aquí’. Y habló cada uno (…). Después que hablaron, yo dije ‘pido perdón’. Casi me arrodillé y era horrible: él al medio de todos, en semicírculo, y yo en una silla abajo. Un tribunal (…). Entonces, que él me dijera ‘acuérdate de lo que yo sé’, delante de todos… Se me venía el mundo encima. Ahí sí que yo me quería matar”.

Cruz cuenta que, finalmente, el ahora obispo Juan Barros se prestó para “triangular” el secreto de confesión:

Karadima me amenazaba constantemente que si seguía siendo amigo de toda esta gente él iba a hablar con el padre Juan de Castro, rector del seminario, para que me echara. Y al final cumplió su promesa e hizo que Juan Barros le mandara una carta contándole todo lo que yo había confesado. Se las ingenió para que Juan Barros, que era su lacayo y secretario del cardenal Fresno, triangulara el secreto de confesión y escribiese una carta acusándome de intentar seducir a jóvenes de El Bosque. Fue una maldad y una falta de escrúpulos enorme de parte de Karadima y Juan Barros”.

Uno de los testigos de ese abuso fue el sacerdote y capellán de la Fundación Las Rosas, Andrés Ariztía de Castro, quien corroboró lo narrado por Juan Carlos Cruz ante la justicia:

“Recuerdo haber estado presente en la situación que ha relatado Juan Carlos Cruz, una encerrona del año 1987, en que me llamó mucho la atención la falta de discreción de Karadima al referirse a este joven diciendo que ‘tenía tejado de vidrio’, la violencia del método y el grave abuso de la dirección espiritual. Recuerdo el impacto que ello me provocó, pero yo no abrí mi boca y nada comenté. En todo caso, éramos más de seis los sacerdotes que participamos de eso y estábamos en la Salita del Nuncio” (así la llamaron pues era la sala donde frecuentemente se reunía Karadima con el nuncio Angelo Sodano).

Lo que ocurrió en El Bosque fue confirmado en una entrevista con CIPER, por el obispo Cristian Contreras Villarroel, quien supo del episodio estando en el seminario:

Fernando Karadima
Fernando Karadima

“Juan Carlos tenía gran confianza en su director espiritual, don Vicente Ahumada, y también con el padre Juan de Castro. También conmigo. Recuerdo, según me señaló, lo doloroso que fue para él una amonestación pública en la parroquia El Bosque por su conducta de apertura hacia otros seminaristas y sacerdotes; se estimaba que no era apropiada para la imagen que él tenía que proyectar y que constituía una falta de lealtad al sacerdote Karadima. Juan Carlos tocaba guitarra, cantaba, era alegre, pero al parecer esas conductas no eran vistas como convenientes por la imagen que debía dar, según los paradigmas del sacerdote Karadima… Recuerdo que llegó muy afligido. Lo conversó conmigo y ciertamente antes con el padre Juan de Castro”.

El sacerdote Juan Debesa Castro, quien ingresó al seminario en 1978, fue víctima de un abuso similar al que vivió Cruz en El Bosque. Debesa relató a la jueza Jessica González (mayo de 2011) que en el seminario “el mundo se me abrió y el padre Karadima me llamó para decirme que eso no era bueno, que mis amigos estaban en El Bosque”. Al no aceptar sus órdenes, Debesa fue marginado: “Él me distanció, igual que los demás seminaristas como Horacio Valenzuela, Juan Barros, Andrés Ariztía y todos lo que llegaron después provenientes de El Bosque”.

El juicio al que fue sometido Juan Debesa contó con la anuencia de Juan Barros. Debesa no olvida la fecha, pues la experiencia lo marcó: “Fue el 12 de septiembre de 1981, un sábado en la noche”. Recuerda que estaban Karadima y los entonces seminaristas Andrés Arteaga y Juan Barros. “Se me reprochó mi conducta por reunirme con personas que ellos no aprobaban. Se me dijo que no cumplía con las expectativas de ese selecto grupo y que era distinto a los demás. Esta reunión fue atroz para mí y sé que Karadima después mandó una carta al Seminario diciendo que yo estaba loco. Debido a ello fui enviado al sicólogo”.

Después del juicio, recordó Debesa, Karadima ordenó que nadie de El Bosque le hablara: “Situación parecida le ocurrió, antes que a mí, al padre Rafael Vicuña Valdés, actual párroco de Llo-Lleo. Esta sanción moral que se me aplicó duró por muchos años en que se nos hacía sentir a los disidentes como que formábamos parte de un clero de segunda o tercera clase, y ellos, de primera categoría. Esta visión era propia de los sacerdotes formados en El Bosque y creó una separación en el clero”

Juan Barros nunca ha reconocido su participación en esos juicios abusivos cometidos por Karadima y niega la existencia de la carta que recibió el rector del seminario, Juan de Castro, en la que se violó el secreto de confesión de Juan Carlos Cruz.

OBISPOS QUE VIERON BESOS Y TOQUETEOS

Cuatro años antes de que el Papa Francisco pusiera a Barros a la cabeza de la diócesis de Osorno, en marzo de 2011, CIPER publicó un reportaje que reprodujo declaraciones de una de las víctimas de Karadima, James Hamilton, quien durante años fue abusado sexualmente por el ex párroco. En ellas, aunque no los acusa como encubridores, Hamilton mencionó al obispo de Osorno y al obispo auxiliar de Santiago, Andrés Arteaga, como testigos de las conductas impropias de Karadima:

James Hamilton
James Hamilton

“(Cuando evitaba subir a su pieza y no cedía a sus presiones) recuerdo que en una oportunidad mandó a varios sacerdotes, entre ellos a monseñor Arteaga, monseñor Juan Barros y otros que ya no recuerdo. Eran seis sacerdotes que me hablaron en una de las salas de reuniones del templo. Se me indicó que mi fe flaqueaba y que el padre Karadima no estaba contento conmigo y que debía rezar más y comprometerme con la parroquia. La presión fue superior a mis fuerzas y cedí nuevamente”.

También en marzo de 2011, Hamilton concurrió al programa Tolerancia Cero de Chilevisión, donde dijo:

No se olviden de Tomislav Koljatic, Juan Barros, Horacio Valenzuela, Andrés Arteaga (…). Obispos que estuvieron presentes y con nosotros veían las mismas cosas, los besos, los toqueteos. No estaban metidos en la pieza (…), pero vieron las mismas cosas. Vieron cuando les daba besos a este, vieron cuando le corría la boca o le agarraba los genitales al otro”.

El rol que jugó Juan Barros como secretario del cardenal Juan Francisco Fresno a inicios de los años 80, puesto al que llegó apadrinado por Karadima, también fue develado en las acusaciones de encubrimiento que pesan en su contra.

Poco después de la nominación de Barros en Osorno, en febrero de 2015, Juan Carlos Cruz presentó por escrito una denuncia en su contra en la Nunciatura Apóstolica (vea esa publicación de CIPER). En ella relata que la primera acusación formal contra Karadima se hizo ante el cardenal Fresno entre 1980 y 1981, casi tres décadas antes que el ex párroco fuese investigado y sancionado. Esa denuncia fue entregada, por escrito, a su entonces secretario Juan Barros, pero según la versión de Cruz, no llegó a destino:

Juan Francisco Gómez Barroilhet testificó en el juicio contra Karadima que entregó una carta a Juan Barros en el año 1980-1981 que contenía acusaciones de abusos, para que el cardenal Fresno hiciese algo. Esa carta, dice Gómez, nunca llegó a manos del cardenal y testigos cuentan que Juan Barros la habría destruido. Cada vez que alguien trataba de hablar, Juan Barros, Tomislav Koljatic, Horacio Valenzuela y Andrés Arteaga, entre otros, nos amenazaban”.

Efectivamente, en los expedientes del juicio civil que se abrió contra Karadima por las acusaciones de abuso sexual y psicológico, está la declaración de Juan Francisco Gómez Barroilhet donde dejó constancia de la ruta que habría seguido esa carta dirigida al cardenal Fresno,cuyo secretario era Juan Barros.

Juan Barros
Juan Barros

En el escrito que entregó en la nunciatura, Cruz también recordó que Barros fue útil para Karadima como informante de todo lo que ocurría en el despacho de Fresno, lo que le permitió manipular nombramientos que favorecieron al grupo de El Bosque:

Yo veía y oía las órdenes que Karadima le daba (a Barros) para conseguir cosas del cardenal Fresno (…). Una seguidilla de nombramientos hechos por el cardenal Fresno y que eran manipulados desde El Bosque. Gracias a la información que Barros le proporcionaba, ya que tenía acceso a todo en la arquidiócesis y en general en la Iglesia en Chile, Karadima siempre contaba con la última información y andaba varios pasos adelante que los mismos obispos y para qué decir del clero. Lo sé, porque lo vi y lo oí. Nombramientos como el de Andrés Arteaga, de diácono en tránsito al sacerdocio a formador del seminario, o el de Rodrigo Polanco, de seminarista de último año a formador del propedéutico, entre otros. Para qué decir lo que ocurría a sacerdotes que estaban en la lista negra de Karadima. Yo lo oía hablar con Juan Barros y planear estrategias para acusarlos”.

En su entrevista a CIPER de enero de 2012, Cruz también explicó que Karadima se sirvió de los contactos que tenía la familia del ahora obispo de Osorno con la nunciatura:

Me acuerdo que Karadima decía ‘venga mi regalía’ y la pelea era por quién se sentaba a su lado. Al futuro obispo Tomislav Koljatic siempre le gustaba sentarse al lado del cura y ponerle la cabeza en el hombro. En ese momento el cura le decía “mi regalía máxima”. Juan Barros también se peleaba por sentarse a su lado. Lo estoy viendo recostado en el pecho de Karadima, tanto cuando estábamos sentados en la mesa o cuando estábamos en la pieza. A Horacio Valenzuela, que era un joven más de campo, no lo consideraba tanto. Y Juan Barros constantemente se andaba ofreciendo a Karadima. Y el cura lo usaba, porque tenía muy buenos contactos con la nunciatura, ya que su familia le hizo un gran regalo a la nunciatura. Siempre se dijo que si Barros llegó a ser obispo fue porque tiene pitutos en ese nivel. El propio Karadima decía que Barros no es un hombre muy inteligente”.

LA RESPUESTA DE LOS DENUNCIANTES

Frente a las últimas declaraciones del Papa Francisco que respaldaron a Juan Barros, tres víctimas de Karadima que acusan el silencio y encubrimiento que le prestó el obispo de Osorno, entre otros, emitieron una declaración. James Hamilton, José Andrés Murillo y Juan Carlos Cruz indican en ese comunicado que una “calumnia” es “la imputación de un hecho falso”, lo que consideran inaceptable.

Papa Francisco
Papa Francisco

Nosotros y otros testigos hemos declarado la presencia del obispo Barros durante los abusos psicológicos y abusos sexuales cometidos por el sacerdote Karadima”, sostienen los denunciantes en su declaración. Y agregan: “En la causa, y gracias a múltiples testimonios, se sabe que los miembros de la comunidad de El Bosque estaban en conocimiento de los abusos del sacerdote Karadima”.

Como pruebas del encubrimiento de Barros a los abusos de Karadima, Cruz, Hamilton y Murillo citan al menos dos episodios. El primero es el ocultamiento de la ya mencionada carta enviada al cardenal Fresno:

Hay testigos que indican que enviaron al cardenal Fresno, entonces arzobispo de Santiago, una carta acusando al sacerdote Karadima, ya en los años 80, por sus abusos. El secretario personal del cardenal era el propio obispo Juan Barros. Él se ocupó de eliminar esta carta. Estas pruebas están en la causa y en el fallo de la ministra Jessica González”.

El segundo episodio de encubrimiento que se menciona en el comunicado es el viaje que hizo Juan Barros a Roma para desacreditar a las víctimas de Karadima:

El obispo Barros, después de haberse hecho pública la acusación contra Karadima, viajó al Vaticano, junto a los obispos Arteaga, Koljatic y Valenzuela, a reunirse con monseñor Ladaria Ferrer, entonces secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, para intentar blindar al sacerdote Karadima y desacreditarnos a nosotros a través de decenas de cartas de sacerdotes y obispos cercanos a él. Esta información hoy es pública”.

Finalmente, señalan: “El Papa ha desoído todos estos hechos y nos ha acusado de faltar a la verdad, de decir calumnias (…). Todo esto es grave y creemos que revela un rostro desconocido del pontífice y de gran parte de la jerarquía de la Iglesia (…). Lo que ha hecho el Papa hoy es ofensivo y doloroso, y no solo con nosotros, sino contra todos quienes luchan por crear contextos menos abusivos y más éticos en lugares como la Iglesia Católica (…). Es ofensivo para nosotros y para todos quienes han sufrido abuso, en particular abuso clerical”.

 

Visita papal II: abusos sexuales y autoritarismo de obispos aceleran el desprestigio de la Iglesia

Por Juan Carlos Claret Pool

Vea la primera columna de esta serie Visita papal I: laico osornino describe la crisis de la Iglesia Católica chilena

La resistencia hacia el obispo Juan Barros va más allá de Osorno. El actual provincial de los jesuitas, Cristián del Campo, lo graficaba: “Hay allí muchos laicos que tienen el más alto cariño por su Iglesia; si no, ya se hubieran ido para la casa”. Como él, son innumerables los gestos, declaraciones e iniciativas de apoyo al movimiento de Osorno en todo el mundo. Sin embargo, el Papa, hasta ahora, no se ha retractado de calificarlos como “tontos” y “zurdos” a través de un video público. Mientras personas ecuánimes, como el jesuita Fernando Montes, califican la situación como “un lamentable exabrupto”, la comunidad espera alguna referencia papal en su visita al país, pues desde la publicación del video ellos han sido blancos de hostiles tratos y agresiones.

La visita papal es promovida por distintas fundaciones e instancias eclesiales. Una labor activa le cabe a la Academia de Líderes Católicos, cuyo principal exponente es José Antonio Rosas, cientista político mexicano residente en Chile, quien ha reconocido haber integrado la secta integrista El Yunque. Dicha academia es una milicia integrista amparada por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Desde ahí se han construido estrechos vínculos entre José Antonio Rosas y el vocero de Barros, el ex seminarista José Manuel Rozas, quien usando medios y redes sociales ha asumido la defensa miliciana de Barros.

Mientras la Iglesia institucional desconfía de “tontos” y “zurdos”, se deja seducir y promueve el movimiento integrista en Chile.

EXABRUPTOS PONTIFICIOS Y JURÍDICOS

En julio de 2015 Francisco llegó a Bolivia. Allí el pontífice señaló “estoy pensando en el mar, diálogo es indispensable”. Esos dichos cayeron mal en Chile, al ser interpretados como un apoyo explícito a la demanda boliviana por salida al mar. Era una incomodidad objetiva para la diplomacia chilena. Producto de ello, la cancillería de Chile ha tenido que recomendar a la diplomacia vaticana que el tema marítimo sea excluido de las improvisaciones papales; aunque luego haya tenido que aclarar que el Papa es libre para decir lo que quiera en Chile.

Papa Francisco
Papa Francisco

En la demanda civil de las víctimas de Karadima contra el Arzobispado de Santiago, en una leguleyada insólita, la Iglesia argumentó -para rehuir al pago que en justicia le cabe- que no puede asumir responsabilidad económica por los actos de su clero, porque jurídicamente la entidad eclesial no existe. Consecuentemente, cuando llegue el Papa a Chile, se encontrará con una Iglesia inexistente.

Dado este curioso precedente, podría suceder que el Papa llegue a suelo nacional en medio de una apelación jurídica a ese fallo de primera instancia, o bien, ante una inminente acusación en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

En noviembre de 2015, los abogados de las víctimas de Karadima enviaron un exhorto a El Vaticano para aclarar aquella otra sorprendente afirmación del Papa: “La única acusación en su contra (del obispo Barros) fue de-sa-cre-di-ta-da”. Con eso, Francisco ventilaba una supuesta acusación canónica contra el obispo, de la que nadie tenía conocimiento. Casi un año después de dicho exhorto, la Santa Sede informó tajantemente que no responderá.

LA JERARQUÍA Y LAS PARROQUIAS

Francisco es presentado por los vaticanistas como “el gran reformador”. En ese desafío, la vida parroquial queda en un espacio donde el aire fresco no llega. Los sacerdotes hablan del Papa, pero nadie de la jerarquía lo imita. Así, las parroquias mantienen su estructura feudal, donde los curas mandan y los incondicionales responden con ese expresivo amén.

Por su parte, los obispos hacen lo suyo. Como dice José Comblin, citando a la Luz de los Pueblos: “La misión de los obispos es enteramente definida en función de la administración”. Y va más lejos: “(a) la hora de definir lo que los obispos harán, la misión queda olvidada”. Y reitera: “Después de leer el capítulo III de la Lumen Gentium, queda claro que la Iglesia no es misionera y que los obispos no son misioneros”. Ello, porque el derecho canónico reserva como tarea preferente del episcopado el control, no así la evangelización.

(La formación de los seminaristas) en el siglo XXI, parece un acto de barbarie espiritual, en cuanto despoja a la persona de toda libertad individual y condiciona a jóvenes buenos para rendir su voluntad personal a los vaivenes emocionales de un jerarca, que a veces es un déspota. En resumen, los seminarios buscan clonar jóvenes adiestrados en dogmas y anestesiados de pensamiento crítico”.

(La formación de los seminaristas) despoja a la persona de toda libertad individual y condiciona a jóvenes buenos para rendir su voluntad personal a los vaivenes emocionales de un jerarca, que a veces es un déspota. En resumen, los seminarios buscan clonar jóvenes adiestrados en dogmas y anestesiados de pensamiento crítico”.

Así, es frecuente escuchar en el clero de Santiago las críticas al autoritarismo del cardenal Ezzati, que cercena las alas de sacerdotes y diáconos, y restringe la libertad de los teólogos. Quienes resisten son relegados a las periferias eclesiales. Entonces, se instala el miedo: miedo de los fieles al párroco, del párroco al obispo y del obispo al Papa. El sometimiento queda garantizado en la jerarquía eclesial. Claro, porque ¿qué hace un sacerdote que por resistir a los 60 años de edad se queda sin profesión, sin trabajo, sin seguridad social?

Se establece así un modelo represivo que condiciona la libertad e inhibe el recto ejercicio de la conciencia. De este modo, los más elementales derechos humanos son conculcados.

En este contexto, los seminarios atraviesan una profunda crisis vocacional. En Chile, de 14 seminarios existentes a comienzos de 2000, actualmente sólo funcionan ocho, o sea, casi la mitad ha desaparecido. De hecho, la Encuesta Bicentenario UC 2017, informa que actualmente la Iglesia Católica no sólo ha perdido fieles, sino que los jóvenes son más seducidos por la Iglesia Evangélica.

CRISIS SACERDOTAL

Mientras la Iglesia católica se vacía de jóvenes, cabe preguntarse: ¿qué puede motivar a un joven para ser sacerdote?

La Congregación para el Clero en 2016 presentó un documento donde reflexiona sobre esto. Su propuesta, en la práctica, se sigue traduciendo en que los seminarios aíslen al joven del núcleo familiar; centren su formación en el individuo; enfaticen estudios teóricos e individuales; minimicen el contacto con las comunidades y busquen “afectar a los individuos, purificando sus intenciones y transformando su conducta en una gradual conformación con Cristo”. Aquello, en el siglo XXI, parece un acto de barbarie espiritual, en cuanto despoja a la persona de toda libertad individual y condiciona a jóvenes buenos, para rendir su voluntad personal a los vaivenes emocionales de un jerarca, que a veces es un déspota. En resumen, los seminarios buscan clonar jóvenes adiestrados en dogmas y anestesiados de pensamiento crítico.

Ya uniformes, aflora el carrerismo clerical, el apego a los bienes materiales y la asimilación progresiva del poder. El clericalismo de sus fieles potencia la vanidad, con la que deben convivir para siempre, salvo que se autoimpongan una compleja sanación. Se acostumbran a las reverencias y van aceptando progresivamente los privilegios y prebendas que les garantiza una Iglesia jerarquizada. Al rendir sin pudor la propia voluntad a sus superiores, se completa la escuela del abuso, que invade las más oscuras penumbras de la vida.

Ricardo Ezzati

Hoy como nunca, hay que reconocer que la pederastia en la Iglesia ha puesto en evidencia la profunda crisis del sacerdocio ministerial. De esa constatación urge replantearse la renovación profunda y total del sacerdocio. El celibato está en entredicho. Estudios como “La vida sexual del clero” de Pepe Rodríguez, apuntan a que entre un 60% y 80% del clero tiene vida sexual activa. Ello no es moralmente sancionable, lo malo es la mentira que subyace a ese voto de castidad en crisis. Asimismo, al tolerar la mentira, la Iglesia se hace cómplice de la “paternidad irresponsable” de su clero, estimándose que más 4 mil niños en el mundo son hijos no reconocidos de sacerdotes.

Así como la Iglesia combate sin cuartel al pecado, a los curas que son papás los empuja al pecado mortal, en cuanto les dilata y tramita innecesariamente, por largos años, la obtención de la dispensa de los votos de castidad. Entretanto, esos curas valientes que asumen su paternidad quedan condenados al pecado de la fornicación que practican en su vida de pareja. Y aceptando los dictados de la Iglesia no pueden contraer el matrimonio sacramental, mientras Roma no le dispense los votos. Así, sus hijos se convierten en bastardos y sus parejas en concubinas.

El que un niño no pueda abrazar a su padre como tal, ¿no atenta contra la Convención de los Derechos del Niño suscrita por El Vaticano?

Los curas que dejan el ministerio sacerdotal son obligados a abandonar todo ejercicio público de la tarea evangelizadora propia del cristiano. Se les prohíbe hacer clases de religión, catequesis o algún servicio remunerado, con aquello que dominan y para lo cual fueron formados. En países desarrollados no pueden aplicar estas sanciones porque son ilegales, pero en Santiago de Chile se aplica con rigor. Así, los ex curas son convertidos canónicamente en parias de la Iglesia.

El voto de pobreza también está en crisis, porque como el de castidad, se constituye en una flagrante mentira que resta credibilidad y coherencia con lo que se predica. El único voto efectivo es el de obediencia, porque los superiores y obispos se encargan de hacerlo cumplir con el rigor que les provee el Derecho Canónico. Sin embargo, dicho voto, que responde a costumbres medievales, en el presente es un signo de desconfianza social porque vulnera derechos y libertades inalienables.

VISITA PASTORAL Y POLÍTICA

La actual crisis de la Iglesia chilena en gran parte tiene una arista política clave. En plena dictadura de Pinochet, en 1977, al final de su pontificado, Paulo VI nombró como su nuncio apostólico en Chile a Angelo Sodano, quien acompañó a la dictadura hasta el retorno de la democracia. Desde ese cargo logró transformar completamente al episcopado chileno. Lo hizo reemplazando a obispos empapados del espíritu del Concilio y comprometidos con su pueblo, por obispos subordinados, carentes de liderazgo, reticentes del Concilio y leales a Pinochet. En esa tarea, Sodano estableció un vínculo estratégico con Fernando Karadima y con el asesor religioso de Pinochet, el capitán de navío, Sergio Rillón. Esa trilogía se reunía semanalmente en la Parroquia El Bosque de Karadima, donde iban configurando el nuevo episcopado. Así se instala en Chile la Iglesia-Poder; esa que derivaría varios años después en múltiples y graves escándalos de abuso.

Es frecuente escuchar en el clero de Santiago las críticas al autoritarismo del cardenal Ezzati, que cercena las alas de sacerdotes y diáconos, y restringe la libertad de los teólogos. Quienes resisten son relegados a las periferias eclesiales. Entonces, se instala el miedo: miedo de los fieles al párroco, del párroco al obispo y del obispo al Papa”.

De esta manera, la Iglesia chilena desandaba el Concilio Vaticano II y recuperaba la nostalgia de una trasnochada cristiandad, donde el elemento central será, en adelante, recuperar influencia en la política chilena, resistiendo así la separación Iglesia-Estado.

Con ese trasfondo, es curioso que, el 19 de junio de 2017, cuando se anunciaba la visita del Papa a Chile, ello coincidiera con el inicio de la discusión en la Cámara de Diputados del proyecto de ley de despenalización del aborto en tres causales. Así, no es descartable que la oportunidad de esa comunicación haya constituido un intento de presión a los parlamentarios católicos para condicionar su voto.

Desde la renovación episcopal de la Iglesia chilena, impulsada desde la parroquia El Bosque, la mayoría de los obispos han sido fieles acompañantes de la derecha política. Parte de ese leal acompañamiento ha sido la instalación de una enorme red de colegios católicos, regentados por algunas congregaciones dedicadas a educar a los hijos de las familias más acomodadas. En ello, los Legionarios de Cristo, el Opus Dei y los hijos de José Kentenich han tenido el privilegio reciente de educar a la élite política y social chilena.

De esta manera, la familia conservadora conseguía confiar la educación de sus hijos en buenas manos y no en aventuras ignacianas de jesuitas que, en virtud del discernimiento crítico, terminaban exponiendo a sus hijos a los peligros del pensamiento libre, mediante el cual veían que de sus propios hogares salían importantes líderes sociales de izquierda.

Obispo Juan Barros
Obispo Juan Barros

En Chile hay pocas experiencias católicas que expresen esa plural transversalidad política. Tal vez, el hecho más significativo sea la petición de renuncia del obispo Barros, que fue solicitada al Papa por 51 congresistas. La iniciativa fue promovida por el actual Presidente de la Cámara de Diputados, a quien se sumaron políticos de todo el espectro político, incluyendo a ex presidentes de la República.

Nada ha conseguido mover al Papa de su profunda convicción de defensa a Barros. En esa materia, nuevamente su sobrino jesuita da pistas para entender la porfía pontificia, cuando declara que a su tío Papa no le gusta que lo “patoteen” (expresión argentina que significa que resiste a la presiones de jóvenes pandilleros).

El Papa optó por visitar Chile durante el gobierno de Michelle Bachelet, al término de una reñida contienda electoral. El gobierno de la Presidenta Bachelet está marcado por tres ejes fundamentales en materia de grandes reformas y políticas públicas. Por un lado está su decidida apuesta por los temas ambientales, contundentes reformas estructurales en favor de derechos sociales garantizados y la despenalización del aborto en tres causales.

La visita del Papa a Chile pareciera constituir un espaldarazo a la lucha de la Presidenta Bachelet en el terreno ambiental y en materia de derechos sociales, cuestiones que hacen sintonía con el magisterio social de Francisco, más precisamente con Laudato si y Evangelii gaudium. Visto así, los gritos de la naturaleza y de los pobres, parecieran resonar con cierta primacía en la conciencia del Papa.

UNA IGLESIA QUE SE PERVIRTIÓ

Al contemplar la historia reciente de una Iglesia que hace sólo 40 años era ejemplo de coherencia evangélica en el continente latinoamericano, sorprende constatar que, en tan poco tiempo, esa misma Iglesia desviara tan notoriamente los caminos del Evangelio, adentrándose, a ratos, en las entrañas mismas del infierno.

Si bien el caso más conocido es el de Fernando Karadima, cuando Francisco llegue a Chile lo habrá precedido una secuencia desoladora de historias, donde no todas han alcanzado la misma cobertura mediática. En justicia a las víctimas, y porque son parte de la historia eclesial de Chile, sería una hipocresía omitirlos.

Durante la visita de Francisco seguramente el cura Gerardo Joannon estará guardado bajo buen recaudo, para evitar el ingrato recuerdo de las adopciones irregulares que gestionó entre 1975 y 1983, acusaciones penales de las que fue sobreseído por prescripción; mientras que la justicia canónica lo exoneró. También seguirá en las penumbras eclesiales esa sórdida historia de la diócesis de San Felipe, donde el obispo fue acusado de abuso sexual de un menor por su propio clero; a lo que el pastor respondió acusando a su clero del mismo delito. De aquel final, sólo se supo de una visita apostólica, en que el obispo fue declarado inocente por la Santa Sede.

Estudios como “La vida sexual del clero” de Pepe Rodríguez, apuntan a que entre un 60% y 80% del clero tiene vida sexual activa. Ello no es moralmente sancionable, lo malo es la mentira que subyace a ese voto de castidad en crisis. Asimismo, al tolerar la mentira, la Iglesia se hace cómplice de la “paternidad irresponsable” de su clero, estimándose que más 4 mil niños en el mundo son hijos no reconocidos de sacerdotes”.

En Santiago, el padre Julio Dutilh seguirá ejerciendo con bajo perfil, luego de ser sancionado canónicamente con el traslado de parroquia y obligado a peregrinar por santuarios, durante doce meses, para rezar por esa mujer a quien agarró de los senos en la confesión.

También ya habrá cumplido la condena de prohibición de ejercicio público del ministerio el padre Cristián Precht, ex Vicario de la Solidaridad, quien fuera acusado de abusos sexuales por cuatro menores y once adultos. La pena impuesta por el cardenal Ezzati seguirá siendo una ofensa para las víctimas, una de las cuales se quitó la vida.

También, el cura irlandés John O’Reilly, de los Legionarios de Cristo, habrá cumplido la sanción canónica impuesta del ejercicio restringido del ministerio durante cuatro años y un día. Ello tras haber sido acusado por la familia de una menor de cuatros años abusada al interior del elitista colegio Cumbres, regentado por esa familia religiosa.

Seguirá absuelto de culpa el padre Carmelo Márquez, incardinado en 2011 en la diócesis de Osorno, quien fuera acusado por mujeres que al conferirle la absolución de sus pecados impuso las manos sobre sus senos y por realizar tocaciones en sus piernas. El tribunal lo absolvió por falta de medios probatorios y contó con la defensa irrestricta del entonces obispo de la ciudad, René Rebolledo. Se desconoce el paradero del sacerdote después de tales acusaciones.

En 2010, la diócesis de Melipilla fue estremecida por la formalización del párroco Ricardo Muñoz Quintero, acusado de abusar de siete menores de edad, que eran provistas por la pareja del cura, Pamela Ampuero, con quien tuvo dos hijas. Además del delito de producción de material pornográfico, el cura embarazó a una de las menores. En 2011, la justicia chilena lo condenó a él y a su pareja a 10 años de cárcel por explotación sexual y a 541 días por almacenamiento de pornografía infantil.

Diego Ossa
Diego Ossa

En el contexto del caso Karadima, uno de sus discípulos e integrante de la Pía Unión Sacerdotal, el padre Diego Ossa, fue acusado de abuso sexual por parte de un parroquiano que resultó ser adulto. Luego fue trasladado a la parroquia La Asunción de Pudahuel donde asumió como vicario parroquial, mientras su párroco, Moisés Atisha, era ascendido a la dignidad episcopal, en mérito a su incondicional lealtad al cardenal Ezzati. Luego, fue trasladado a la parroquia Cristo de Emaús, donde la comunidad a pesar de su oposición, tuvo que acatar la imposición y defensa de Ossa a través de los obispos auxiliares Ramos y Fernández.

Recientemente, se conocieron los abusos en colegios de la congregación Marista, donde se denunciaron 14 casos en contra de menores por parte del hermano Abel Pérez. Según informó la misma congregación, el autor confesó los delitos en 2010, pero recién en 2017 la congregación activó la denuncia. La explicación insólita del vocero de los maristas fue que “no se nos pasó por la mente denunciar”.

En la Arquidiócesis de Santiago, sigue pendiente la demanda de la hermana Francisca, religiosa Clarisa Capuchina que fue violada por un trabajador al interior del monasterio, quien fue condenado por la justicia chilena; mientras la hermana era obligada a renunciar a la congregación. La religiosa se rehusó a firmar y escapó del convento para dar en adopción a la criatura concebida bajo violación.

En 2013, el ex provincial de los jesuitas, Eugenio Valenzuela SJ, dejaba el cargo por “conductas imprudentes”, donde la Congregación para la Doctrina de la Fe no inició proceso canónico alguno.

En los mercedarios, su ex superior provincial en Chile y general de la orden, Pedro Labarca Araya, fue acusado de abuso por un ex seminarista, delito por el cual El Vaticano lo expulsó del estado clerical.

En los salesianos, el sacerdote Marcelo Morales fue condenado penalmente por almacenamiento de pornografía infantil y canónicamente fue remitido a una casa de retiro, cuyo paradero es desconocido; mientras los denunciantes acusan al obispo Bernardo Bastres sdb, de no atender las denuncias cuando era Inspector de la Orden. En éste y otros casos, los salesianos han pedido perdón públicamente.

El Arzobispado de Santiago actualmente enfrenta una demanda por más de $50 millones de una persona que acusa haber sido agredida sexualmente por un religioso mercedario, quien le contagió de VIH. Al comprobarse aquello, en 2012 la Orden Mercedaria comenzó a pagarle una pensión vitalicia de cien mil pesos con el compromiso de no demandar”.

Dentro de los salesianos, lo más complejo involucra, desde 2001, a la Iglesia magallánica por la desaparición de Ricardo Harex, joven de 17 años que tras asistir a una fiesta no volvió nunca más a su casa y su cuerpo no aparece desde hace 16 años. Los testimonios indican que luego de un encuentro con amigos se retiró hacia un rumbo desconocido para encontrarse con alguien. En la investigación el padre Rimsky Rojas, quien trató de recuperar las cámaras de seguridad, quedó bajo sospecha. Posteriores indagaciones arrojaron que desde 1985 pesaban acusaciones de abusos sexuales en su contra, realizadas por ex alumnos del colegio salesiano de Valdivia. En esa época era superior el actual cardenal Ricardo Ezzati, a quien se le imputó haber protegido a Rimsky Rojas y haberlo trasladado a la diócesis de Punta Arenas, donde ocurrió la desaparición del joven Ricardo Harex. En 2011 el padre Rimsky Rojas se suicidó.

Los obispos Gonzalo Duarte y Santiago Silva han sido acusados públicamente de abusos. El primero actual obispo de Valparaíso y el segundo ex obispo auxiliar de la misma diócesis, hoy obispo castrense y presidente de la Conferencia Episcopal de Chile. Cuatro ex seminaristas acusan acoso, abusos y violaciones sistemáticas en el Seminario Pontificio San Rafael, imputándole a Duarte intentos afectivos frustrados y a Silva, complicidad. Las denuncias fueron formalizadas sin efecto. Penalmente la causa fue sobreseída y canónicamente, no hay respuesta. El Presidente de la Conferencia Episcopal insiste en su inocencia.

En la diócesis de Rancagua no está esclarecido el proceso penal y canónico de los encargados de la Pastoral Revive de la parroquia San José Obrero. Los asesores de dicho movimiento (un diácono y un consagrado) fueron acusados de abusos sexuales reiterados por cinco jóvenes. A los imputados se les formalizó.

Sin respuesta quedaron las víctimas de Isabel Lagos Droguett, más conocida como Sor Paula de las Ursulinas. Tras ser acusada por dos ex alumnas, las autoridades eclesiales le fijaron domicilio en Alemania. Mientras era investigada por Roma y el 34° Juzgado del Crimen de Santiago, falleció producto de un cáncer en 2012.

En 2015, la diócesis de Talca fue remecida por la renuncia del sacerdote Rafael Villena, con motivo de una denuncia de abuso de autoridad y sexual en contra de un adulto. El obispo Horacio Valenzuela, discípulo de Karadima, señaló que, siguiendo el protocolo, se nombró a un instructor de la causa para la investigación previa, concluyendo la verosimilitud de la acusación. Rafael Villena acusó hostigamiento del obispo al ser obligado a autoinculparse.

Fernando Karadima
Fernando Karadima

En 2009, la diócesis de Chillán fue remecida con el crimen de un sacerdote puertomontino; el padre Cristian Fernández Fletá, quien fue encontrado muerto con 16 heridas en el pecho. En 2013, la Policía de Investigaciones llegó a la conclusión que se trataba de un crimen pasional. La prensa accedió a las declaraciones de un grupo numeroso de sacerdotes, que reconocieron la existencia de vínculos homosexuales entre ellos con el padre Fernández y los cabecillas de grupos delictivos, que se reunían en verdaderas orgías.

En 2006, apareció muerto en su domicilio el sacerdote Benedicto Piccardo Olivos, de Puerto Montt. En el proceso investigativo se concluyó que sus homicidas, dos jóvenes ex convictos, frecuentaban al sacerdote quien les pagaba por sexo oral y por exhibicionismo. En este proceso, Fray Domingo Faúndez, perteneciente a la orden de los Siervos de María, testificó en defensa de uno de los acusados, lo que según Fray Domingo le valió la persecución de su arzobispo, Cristian Caro. El fraile fue excomulgado por “reiteradas desobediencias”, en un contexto donde se empezó a visibilizar ante la opinión pública una fuerte presencia de SIDA y otras enfermedades de transmisión sexual en miembros del clero. Fray Domingo terminó fundando su propia Iglesia en la caleta de Piedra Azul, a la que se sumó otro sacerdote también excomulgado, de la misma arquidiócesis.

El Arzobispado de Santiago actualmente enfrenta una demanda por más de $50 millones de una persona que acusa haber sido agredida sexualmente por un religioso mercedario, quien le contagió de VIH. Al comprobarse aquello, en 2012 la Orden Mercedaria comenzó a pagarle una pensión vitalicia de cien mil pesos con el compromiso de no demandar. Los pagos se hicieron mediante cheques y depósitos a la cuenta bancaria del demandante.

Aunque el siguiente listado fue bajado de la web institucional debido a presiones, a todos los casos anteriores, hay que agregar que judicialmente han sido condenados los clérigos José Andrés Aguirre, Richard Joy Aguinaldo, Audín Araya Alarcón, Víctor Carrera Triviño, Francisco Cartes Aburto, Jorge Galaz Espinoza, Juan Henríquez Zapata, Jaime Low Cabeza, Marcelo Morales Márquez, Ricardo Muñoz Quinteros, José Narváez Valenzuela, Eduardo Olivares Martínez, Juan Carlos Orellana Acuña, Orlando Roger Pinuer y Francisco Valenzuela Sanhueza.

También hay casos en que ya sea por decisión de la víctima, por prescripción o por situaciones de hecho, sólo ha habido sentencias canónicas, mas no judiciales. Así, Gerardo Araujo Sarabia, René Benavides Rives, Jorge Baeza Ramírez, Nibaldo Escalante Trigo, Jeremiah Healy Kerins, Julio Inostroza Caro, Juan Miguel Leturia Mermod, Domingo Mileo Toledo, Luis Núñez Núñez, Casiano Rojas Viera, José Román Zúñiga y Héctor Valdés Valdés, se encuentran en esta situación.

No se trata de resaltar la maldad eclesial, sino de visibilizar una realidad dolorosa de la Iglesia chilena, que normalmente se oculta, y que contrasta con la sacralización de una institución que tiene mucho de mundano. Ser consciente de las propias miserias eclesiales, obliga a experimentar el dolor y la vergüenza, que deben abrir paso a la humildad y a vivir en una verdadera y permanente actitud de contrición pastoral.

Nada de esto impide reconocer todo el bien que hace la Iglesia, y que en vista de todo el sufrimiento provocado, hay que destacar también los esfuerzos y aciertos de la Comisión Nacional de Prevención del Abuso y Acompañamiento a Víctimas, las respectivas comisiones diocesanas, la existencia de las Líneas Guías, los protocolos de acción, cursos de capacitación en las diócesis, la exigencia de institucionalidad mínima tanto en la Conferencia Episcopal como en la Conferre, que se orientan a prevenir y enfrentar los abusos del clero en la Iglesia.

La Iglesia Católica y la responsabilidad frente a los abusos

Hace unos días, a través de los medios de comunicación, se dio a conocer una carta que la Arquidiócesis de Cali (Colombia) hizo firmar a sus sacerdotes. En esta carta los sacerdotes exculpan a la institución de toda responsabilidad civil ante posibles casos de abuso sexual infantil cometidos por ellos mismos.

Si bien jurídicamente una carta así no parece tener mucho sentido, sustento ni consecuencias, éticamente sí constituye un hecho gravísimo. Negar la responsabilidad que tiene la organización por las acciones que cometan personas bajo su alero, formación y amparo, es inaceptable.

En Chile ocurrió algo similar. En el marco de una demanda civil en contra de la iglesia, por su responsabilidad institucional al no prevenir ni detener el abuso sexual y de conciencia por parte del sacerdote Fernando Karadima, el Arzobispado de Santiago alegó que no tenía responsabilidad por lo que hicieran los sacerdotes a su cargo.

El arzobispado argumentó que los sacerdotes no tienen un vínculo de dependencia respecto de su obispo. Es imposible hallar rastros de buena fe en este argumento. La obediencia y fidelidad, pastorales y espirituales de los sacerdotes hacia sus obispos, son expresadas públicamente cada Jueves Santo. Proféticamente, en el juicio del que hablamos, ya negaron tres veces el vínculo entre ellos. Sólo para esquivar la responsabilidad.

Ahora bien, más allá del Caso Karadima en particular, lo que parece buscar la Institución es crear un precedente para librarse de toda responsabilidad.

En coherencia con esta exculpación, el arzobispado, a través de sus católicos abogados, de manera aún más vergonzosa, argumentó que la Iglesia Católica no tendría legitimación pasiva para ser demandada, lo que decepciona desde lo lógico, lo jurídico y lo ético. Bajo esta premisa, no podría ser demandada ni en este ni en ningún caso, puesto que, la Iglesia Católica chilena no existe (sólo existe la Iglesia Universal) y mal podría, por lo tanto, ser representada por el arzobispado. Por tanto, una demanda contra la Iglesia Católica como responsable de las acciones de un sacerdote, sería un error incluso formal.

El factor común entre la carta que el Arzobispado de Cali hace firmar a sus sacerdotes y los argumentos del Arzobispado de Santiago en el juicio por el Caso Karadima, es la búsqueda miserable por desligarse de la responsabilidad.

Siendo evidente que un sacerdote tiene un poder muy grande sobre las personas, por el hecho de ser sacerdote, los argumentos de la iglesia son escandalosos.

Buscar la responsabilidad de la Iglesia Católica a través de los obispados y otros superiores jerárquicos, según el caso, por las acciones de los sacerdotes, es un derecho de las víctimas, pero no solo eso. La responsabilidad tiene una dimensión jurídica, y sobre todo, ética. Una persona (natural o jurídica, temporal o espiritual) responde por sus actos, pero también, cuando tiene algún poder o autoridad sobre otros, es responsable de aquellos que están a su cuidado. Responde por ellos, ante sí y su conciencia, ante la sociedad, ante lo trascendente. La responsabilidad es el vínculo entre una persona, sus actos y la realidad. La responsabilidad es constitutiva no sólo de la ética, sino incluso de una personalidad como tal. En efecto, sin responsabilidad, sin vincular sus actos con su identidad, hay solo delirio. Pero cuando no se trata de ausencia de responsabilidad sino de su negación, entonces ya no hay solo delirio, lo que hay es el mal, la ruptura con lo ético.

Es innegable el poder de los sacerdotes, sobre todo respecto de personas vulnerables, niños, niñas y adolescentes que buscan, en ellos, refugio y consejo espirituales. Hay suficientes investigaciones que demuestran que este poder de los sacerdotes, por su actividad cotidiana, coincide en muchos aspectos con el poder que buscan personas con tendencia pedófila, para lograr abusar sexualmente [1].

Además, a pesar de una declaración explícita por parte de los últimos papas y obispos, en contra del abuso sexual infantil, en la formación de sacerdotes y en la cultura organizacional de la iglesia, hay una relación ambigua y abusiva con el poder y la sexualidad, lo que es una mala combinación.

De esta manera, el propio mensaje cristiano obligaría a la Iglesia Católica a retomar su responsabilidad, como institución, ante la prevención y lucha contra el abuso sexual en todas sus formas y, de manera aún más especial, del abuso sexual infantil. Cuando la iglesia responde ante la pregunta por el abuso sexual que han cometido sus sacerdotes con otra pregunta –“¿soy acaso el guardián de mi hermano?”-, nuestra respuesta es: sí. Y eres responsable, diremos, también por aquellos que llamas hijos e hijas. Eres responsable y respondes ética y jurídicamente por ellos. No hay excusas.

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[1] A modo de ejemplos, ver: a) “Tabla comparativa entre lo que ofrece el ministerio sacerdotal y lo que los ofensores sexuales de niños buscan”, en The Encyclopedia Of Child Abuse, tercera edición, por Robin E. Clark, Ph.D. andJudith Freeman Clark with Christine Adamec p. 80; b) Perversion of Power: Sexual Abuse in the Catholic Church, de Mary Gail Frawley-O’Dea

Obispo non grato: El quiebre de los católicos de Osorno se hace insostenible

“Una (salida a la crisis) es que la Santa Sede mande un visitador canónico, que vea la realidad. Y la otra es que el obispo (Juan Barros) renuncie”. Las sugerencias no provienen de uno de los laicos que se oponen a que un prelado formado por Fernando Karadima –condenado por el Vaticano por abusos sexuales– encabece la Iglesia Católica en Osorno, sino del propio vicario pastoral de la diócesis, el sacerdote Américo Vidal.

Fue frente a una crisis que no tiene salida a la vista, que uno de los vicarios de la iglesia osornina, y como tal una suerte de “ministro” del gobierno eclesiástico de Barros, decidió romper su prolongado silencio. La tensión es palpable hasta en la forma en que se imparten los sacramentos: Juan Barros Madrid se convirtió en el único obispo que no ha podido confirmar a todos los católicos de Osorno. No es que no quiera hacerlo; es que muchos jóvenes que se prepararon para la unción no han aceptado recibirla de las manos del obispo que se formó a la sombra Karadima.

Juan Barros con Fernando Karadima. La fotografía la dio a conocer  Juan Carlos Cruz, en su visita a Osorno.
Juan Barros con Fernando Karadima. La fotografía la dio a conocer Juan Carlos Cruz, en su visita a Osorno.

La grieta que divide a la Iglesia Católica de Osorno desde que el Papa Francisco nombró en enero de 2015 a Barros como “pastor” de esta diócesis, está lejos de cerrarse. Su vinculación con Karadima puso en pie de guerra a una parte de los sacerdotes, diáconos y laicos de las comunidades cristianas de varias parroquias. En dos de ellas –Sagrado Corazón y Santa Rosa de Lima– algunos fieles han llegado incluso a declararlo persona non grata, pues no desean que ponga un pie en esos templos, lo que constituye un rechazo inédito en la zona. El quiebre es tan fuerte que se habla incluso de un pequeño grupo –no serían más de cinco personas– que se ha cambiado a cultos protestantes, pues no aceptan que la Iglesia Católica respalde al obispo Barros.

Después de la tormentosa ceremonia en que Juan Barros Madrid asumió en la catedral el 21 de marzo –con gritos, carteles, empujones y globos negros– los detractores dieron vida a la agrupación Laicos y Laicas de Osorno (LLO). El grupo, que ha ido creciendo en adeptos, ha sido protagonista de la incansable petición de renuncia al obispo, con velatones todos los viernes en la Plaza de Armas de la ciudad, marchas, cartas públicas y dos reuniones privadas con el propio Barros.

La rebelión de los laicos osorninos amenaza con traspasar las fronteras de la diócesis, un efecto no planificado de la oposición a Barros. Los disidentes a su nombramiento dieron un paso inédito en agosto al convocar al Primer Encuentro Nacional de Laicos y Laicas (ver declaración). Llegaron 300 personas de 16 ciudades desde San Felipe a Castro. La meta es crear una organización nacional que pueda tener voz dentro de la iglesia para fortalecer la evangelización y apoyar cambios que den participación a los laicos de las comunidades, por ejemplo, en el nombramiento de algunas autoridades, como los obispos. Una aspiración ambiciosa para una institución altamente jerarquizada en que las decisiones y nombramientos importantes se hacen en Roma.

Fue justamente en el Vaticano donde se grabó un video que a comienzos de octubre fue difundido por internet y volvió a encender los ánimos en Osorno. En las imágenes, se ve al Papa Francisco diciendo a unos fieles chilenos (entre los que estaba el entonces portavoz del Episcopado, Jaime Coiro, y su familia) que “la única acusación contra ese obispo fue desacreditada por la corte judicial” y pidiendo que “no se dejen llevar de las narices por todos los zurdos que armaron la cosa… Sí, Osorno sufre, pero por tonta”.

Las palabras del Papa causaron desazón e indignación en la organización de laicos, que consideró que el pontífice estaba mal informado, porque ellos son gente de larga trayectoria en las comunidades de la iglesia.

En sus parroquias, los sacerdotes viven su propio calvario, como reconocieron quienes critican a Barros y también quienes lo defienden o al menos le obedecen sin hacerse demasiadas preguntas. Esas dificultades fueron las que llevaron al vicario Vidal a romper su silencio en una conversación con CIPER, sumándose a las salidas propuestas por el sacerdote Pedro Kliegel -Hijo Ilustre de Osorno por su enorme contribución social- y los laicos organizados.

juan-barros-protesta-5Éstos han continuado en su empeño por convencer al Vaticano de que la iglesia de Osorno necesita otro obispo, para lo cual están enviando mensajes por distintas vías a Roma y han organizado nuevas actividades: una “Marcha de la Luz” para el 4 de diciembre, por la unidad de los católicos, y la visita, este fin de semana, del periodista Juan Carlos Cruz, una de las víctimas de Karadima (ver carta que envió al Vaticano).

Incluso, le dirigieron una carta al obispo pidiéndole que recibiera a Cruz, pero hasta este viernes 27 no hubo respuesta. El periodista ha dicho públicamente que Barros encubrió a Karadima, pues estaba presente cuando el párroco de El Bosque “nos toqueteaba y él mismo se toqueteaba con Karadima”. El obispo, en cambio, niega todo, pero los laicos insisten en creer a las víctimas.

CIPER solicitó una entrevista a Barros, pero respondió a través de su secretaria que se encontraba en actividades fuera del obispado.

EL VICARIO DISIDENTE

Viene llegando de un curso en Colombia que lo tuvo dos meses fuera del país, pero el vicario pastoral de Osorno, párroco de Santa Rosa de Lima, y capellán de Gendarmería, Américo Vidal, decidió romper el silencio frente a la división de los católicos de su ciudad.

La diósesis está organizada en 22 parroquias y el clero está formado por unas 60 personas, incluyendo al obispo, tres vicarios, cuatro decanos y los párrocos y sus diáconos. En las ceremonias más importantes, como la de la Virgen de la Candelaria el 8 de diciembre, peregrinan cerca de 10 mil personas. Comparativamente, el movimiento disidente ha reunido entre 500 y 1.000 en algunas de sus marchas, según LLO. Pero muchos de ellos son agentes pastorales, los verdaderos “activistas” que apoyan y movilizan al pueblo católico y que acuden en representación de sus comunidades.

Mario Vargas (con la guitarra)
Mario Vargas (con la guitarra)

“Es muy doloroso, lamentable y triste. Me imaginé que el nombramiento (de Barros) iba a ser rechazado por algún sector. A mí siempre me complicó por el asunto de Karadima, que le ha hecho un gran daño a la iglesia chilena y ahora a Osorno”, dice el vicario Vidal.

No sabe si seguirá siendo vicario, pues el cargo es de confianza del obispo, con quien no ha conversado desde su regreso. Además, su salud está delicada y los médicos le han recomendado disminuir actividades.

Tensión es la palabra que usa para describir el estado del clero local, formado por los sacerdotes diocesanos, las congregaciones y los diáconos, pues todos están divididos. “Esto va a ser espiralmente prolongado, porque ¿quién va a sanar las heridas después?”, se pregunta, mientras reconoce que “las religiosas sí lo aceptan a Barros como obispo”.

Vidal fue uno de los 30 sacerdotes y diáconos que enviaron una carta al Vaticano en febrero haciendo ver que no era “prudente” la designación de Juan Barros.

-Pero para otros usted es un desobediente…
-Soy el primero que obedezco al Papa, pero el asunto es que la situación de Karadima nos victimiza a todos. Y tampoco se trata de formar una iglesia paralela, todo lo contrario, porque somos de iglesia y la queremos servidora de la vida. La obediencia nunca puede ser ciega, tiene que ser una obediencia dialogada. Y esta disconformidad es porque hemos tenido obispos que nos han formado maduramente.

-¿Están manejados políticamente los laicos que no quieren a Barros?
-No, son gente nuestra, de la iglesia.

-¿Usted ha conversado francamente esto con el obispo?
-Sí, le dije que estoy en la vereda del frente de él, no en contra de él.

¿Cómo han sido las reuniones del clero con Barros?
-Yo estuve en tres antes de partir (a Colombia). Un hermano diácono le preguntó por qué no se querellaba contra Hamilton, Cruz o Murillo, si todo lo que se dice es injusto y ahí dejaría tranquila a mucha gente. Pero se quedó en silencio. Siempre quisimos que se reuniera con los sacerdotes y diáconos disidentes y nunca lo aceptó. Prefirió invitar a todos los sacerdotes y obligó a los diáconos a salir de la sala, como si no sirvieran para nada. Por eso nos retiramos de esa reunión y se le volvió a pedir un encuentro con los disidentes y no quiso. Entonces, ¿qué diálogo hay?

-¿Y qué acogida ha tenido el obispo con otras autoridades locales?
-No va a los actos públicos, manda un representante o está ausente.

CONFIRMACIONES SIN BARROS

En la pastoral juvenil, seis de los ocho coordinadores laicos renunciaron, pero el vicario Vidal está más preocupado porque “no se ve una iglesia que se proyecte. Todavía no se han sacado las orientaciones pastorales diocesanas”, que son las que deben marcar el trabajo con niños y jóvenes.

Son estos últimos los que se han rebelado a recibir el sacramento de la confirmación de manos de Barros. Según el catecismo católico, es el obispo quien debe impartirlo, aunque puede delegarlo.

Vidal cuenta que eso ocurrió en su parroquia. “Entonces reuní a los jóvenes con los papás y les di tres alternativas: que los confirme el obispo, que los confirme otro delegado o si les daba lo mismo. De 30 jóvenes, 29 pidieron que los confirme otra persona y uno dijo que le daba lo mismo. Eso es sintomático y no solamente pasó en esta parroquia. Triste”.

A su vez, los laicos de LLO aseguran que en las parroquias del Sagrado Corazón, Lourdes, El Carmen, Leopoldo Mandic y en los colegios San Mateo (jesuita) y Santa Marta, los estudiantes rechazaron a Barros para las confirmaciones. Incluso, ocurrió en Purranque, una localidad más pequeña, donde recibieron el sacramento 80 muchachos.

juan-barros-renunciaEl párroco de San Pablo, Williams San Martín, quien reconoce defender a Barros, dice que el obispo ha podido impartir algunas confirmaciones y otras no. “Me dijo que se habían acercado unos jóvenes a conversar con él y que le habían dicho que no querían manifestaciones contrarias en su ceremonia, así que él prefirió delegarlo en otra persona”, relata San Martín.

La actividad pastoral de Barros también se ve afectada porque hay dos comunidades parroquiales de laicos que no aceptan su visita. Por eso ha preferido recorrer especialmente capillas en localidades pequeñas y rurales, acompañado de algún sacerdote.

“Los agentes pastorales abajo firmantes no quieren que el obispo Juan Barros Madrid visite nuestra comunidad”, dice una declaración, con 26 firmas, que fue emitida en mayo en la parroquia del Sagrado Corazón, cuyo párroco se ha mantenido al margen del lío, pero no le ha cerrado la puerta a los disidentes.

En Santa Rosa de Lima ocurre algo similar. “Si a mí no me quieren en la parroquia, yo renuncio. Y eso no es que esté en contra del Papa”, comenta el vicario Américo Vidal, haciendo alusión a las propias palabras de Barros, quien ha dicho que está ahí porque el pontífice se lo ordenó. Por eso, cree que si el obispo no renuncia, el Vaticano debe enviar un visitador canónico que vea con sus propios ojos la división que se vive en la diócesis.

ENCUENTROS PRIVADOS

Barros también tiene apoyos. Según los laicos disidentes, lo respaldan decididamente el arzobispo de Puerto Montt, Cristián Caro, y el obispo de Ancud, Juan Agurto. Ambos han ido hasta Osorno a reunirse con el clero y exhortarlos a que obedezcan a Barros. También identifican en ese círculo al obispo de Linares, Tomás Koljatic (formado por Karadima), y al de La Serena, René Rebolledo, que antes lo fue de Osorno.

En su carta pastoral del 16 de octubre, Caro dio su última manifestación de apoyo al obispo de Osorno: “Se debe recordar la enseñanza de la Iglesia en cuanto a los sacerdotes y diáconos que tienen especial obligación de mostrar respeto y obediencia al Sumo Pontífice y a su Ordinario propio, es decir, a su Obispo” (ver carta). Solamente un obispo emérito (retirado), Juan Luis Ysern, ha pedido públicamente la renuncia de Barros. El arzobispo de Santiago y presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Ezzati, ha defendido la inocencia de Barros y se ha cuadrado con el Vaticano, aunque en marzo pasado esbozó que “un obispo, eventualmente, puede renunciar”.

El profesor Mario Vargas, líder y vocero de LLO, ha tenido dos encuentros con el obispo Barros, uno de ellos a petición expresa de Caro, y de la cual reveló a CIPER detalles no conocidos hasta ahora.

Ricardo Ezzati
Ricardo Ezzati

“Pudieron haber sido tres reuniones, pero la primera fracasó. El padre Kliegel era el garante de ese encuentro en el obispado. Cuando llegamos estaba lleno de carabineros afuera y otros de civil adentro. Incluso, había perros policiales. Nos negamos a entrar y se lo comunicamos al obispo. Fue una situación triste, incluso para Barros, que decía que él no había llamado a la policía, pero ¿qué hacían los carabineros adentro? No era creíble”, recuerda Vargas.

Después de eso, en junio, el líder de LLO recibió un llamado telefónico. Al otro lado de la línea estaba el obispo Cristián Caro. “Me pidió una reunión privada y que estuviera presente Barros. Le dije que por supuesto, que no nos negábamos a dialogar. Fuimos cinco personas de Laicos y Laicas. La cita fue en Betania, un centro religioso más apartado. Todo comenzó con una oración y luego al sentarnos el obispo Caro nos regañó por un poster que había visto en internet que decía ‘primera misa contra Barros’. Nos dijo que habíamos sido violentos, que en nuestra organización había personas no católicas y nos pidió que cooperáramos con Barros y que conversáramos con las comunidades para que el trabajo pastoral se hiciera en comunión con el obispo designado por el Papa”.

Cuando los laicos tomaron la palabra, se presentaron como agentes pastorales con muchos años de trabajo en las comunidades. “Le reclamamos a Caro que hubiera dicho públicamente que éramos comunistas, encapuchados. Le dijimos que no teníamos nada contra Barros como persona, pero que rechazábamos su formación eclesial, porque se había formado en una secta, la de Karadima, que nunca existió como verdadera iglesia. Él se molestó y golpeó la mesa. ‘¡Cómo se te ocurre decir eso!’, dijo intentando acallarnos, pero le respondimos que eso es lo que no deja que Barros sea pastor, porque está mal formado y debería formarse nuevamente”.

Otro momento de tensión fue cuando directamente le preguntaron a Barros si había sido abusado por Karadima. “Respondió ‘gracias a Dios no fui abusado por Karadima’, lo recuerdo textualmente”, dijo Vargas a CIPER.

La reunión fue muy franca. “Le recalcamos el quiebre de la iglesia de Osorno por su presencia y que había muchos jóvenes que no querían confirmarse con él. Le dijimos que dos parroquias le cerraban las puertas. Él se veía nervioso y no hablaba. Entonces, le pedí que por la dignidad suya y de Osorno diera un paso al costado. Que si hacía ese gesto, le prometíamos que íbamos a estar a su lado para acompañarlo. Barros se mantuvo en silencio y la reunión terminó sin ningún acuerdo”, cuenta el vocero de LLO.

El siguiente encuentro con Barros fue en octubre. Esa vez Mario Vargas lo buscó. “Supe que estaba en la iglesia San Francisco. Fui allá y no querían dejarme pasar a la sacristía, pero toqué la puerta y le pedí unos minutos. Me hizo pasar de inmediato. Le insistí sobre la delicada situación de la diócesis, que esto no era contra su persona, sino por la marca de Karadima que no lo iba a abandonar. Y volví a pedirle la renuncia. ‘Mario, ni se te ocurra’, me dijo, y me retiré. Esto fue después de que se conocieron las palabras del Papa, que lo había respaldado. Pienso que él se sentía más fuerte”, reflexiona Vargas

Desde entonces no han vuelto a verse.

LOS DEFENSORES DEL OBISPO

Bernardo Werth nació en Alemania y hoy es párroco de la Catedral de San Mateo de Osorno. Gran amigo del disidente Pedro Kliegel, hoy los separa Barros. El padre Bernardo, como le dicen sus feligreses, estuvo al frente de la Vicaría de la Solidaridad de Osorno en la dictadura y ahora va a cumplir 75 años, pero el obispo Barros le pidió que siguiera en la parroquia y Werth está contento.

“A mí me han dolido dos hechos desde que estoy en Osorno: el atentado al obispo Miguel Caviedes, en el régimen militar, un disparo que afortunadamente no fue certero, y que nunca supimos quién lo hizo. El otro, fue la eucaristía del 21 de marzo de este año, cuando asumió el obispo Juan Barros. Ese día me pregunté ¿en qué cresta me metí? y no entendí nada”.

Bernardo Werth
Bernardo Werth

Werth apoya a Barros con el argumento de la obediencia, pero al igual que los curas de un lado y otro, está complicado por la división. “Cuando monseñor (Francisco) Valdés me ordenó sacerdote, yo juré obediencia y respeto a él y a sus sucesores. No creo que el Papa Francisco se haya equivocado al nombrarlo. Hay que tener paciencia, las cosas caen por su propio peso. El mejor juez es el tiempo”.

Sobre el pasado de Barros con Karadima, prefiere responder con una pregunta: “Si yo tengo un amigo que asalta un banco, ¿quiere decir que yo también soy asaltante de bancos?”. Y en cuanto a los laicos disidentes reconoce que son “una minoría no despreciable”, que ha afectado la marcha de la diócesis. “Es complicado el gobierno, porque donde aparece el obispo, aparecen ellos, y no han dejado desarrollar tranquilamente la labor pastoral. Hay un poco menos de asistencia en misas y algunas personas me han expresado su preocupación por lo que ocurre, pero el día en que se leyó la carta del obispo (22 de octubre) la gente aplaudió”, relata Werth.

Otro de los apoyos de Barros es Williams San Martín, párroco de San Pablo. Llegó de Concepción a trabajar en Osorno con las comunidades huilliches, hace 18 años. Conoce bien la zona rural, así que ha sido una compañía constante para Barros, quien ha optado por visitar pequeñas localidades fuera de la ciudad de Osorno.

“Mi interpretación es que el problema con monseñor Barros pasa por un tema cultural. Aquí cuesta aceptar al que viene de fuera. Para ser aceptado tiene que pasar un tiempo y junto con lo anterior él viene con la situación de Karadima. No tiene la culpa, pero su origen es de El Bosque y eso le ha jugado en contra”, dice San Martín.

El párroco también sacó una carta, crítica a los laicos. “La oposición en Osorno ha sido de un grupo de 600 personas. Se ha exagerado su peso. Yo envié una carta a mi comunidad en octubre porque vinieron a pedirme permiso para poner globos negros en mi parroquia y les dije que no. Fueron respetuosos, pero se pusieron al frente y sacaron fotos con la parroquia de fondo y eso me molestó”.

El domingo anterior, el obispo Barros ofició misa en la parroquia de San Martín y en la semana lo acompañó a visitar comunidades en la costa. “Para mí, el Papa lo nombró y eso es lo importante. Por eso, en las reuniones del clero siempre lo he defendido”, explica el párroco.

LA DISIDENCIA EN LAS PARROQUIAS

La división ya ha quebrado a algunas familias. Ariela Hernández es de los laicos críticos y al mismo tiempo la encargada del 1% de contribución a la iglesia en la parroquia Santa Rosa de Lima. En la reunión de esta semana de los coordinadores de LLO, contó que está algo triste porque una sobrina que es monja carmelita le había mandado un recado: “No nos quiere ver nunca más porque habíamos atacado al obispo”.

La reunión de los líderes de LLO es en la parroquia Sagrado Corazón. Hay 34 asistentes, la mayoría mujeres de las comunidades. En el encuentro hay laicos de Ovejería, Reina de los Mártires, Jesús Obrero, Santa Rosa, Sagrado Corazón, San Mateo, Lourdes y San José de Franke. Parten con una oración y un canto religioso que Mario Vargas acompaña con su guitarra. Es tarde y varios vienen de sus trabajos, pero se ven entusiastas preparando la “Marcha de la Luz” del 4 de diciembre, que han organizado para pedir por la unidad de los católicos de Osorno.

juan-barros-laicos-dignidadCada uno va dando su opinión y un joven llamado Aníbal dice: “Tal vez Barros es un hombre con buenas intenciones, pero no es íntegro. Le creemos a las víctimas de Karadima y como agentes pastorales tenemos una responsabilidad con nuestras comunidades, no solamente con un obispo o un sacerdote”.

Felipe Navarrete es profesor y miembro de la comunidad del Sagrado Corazón. Informa a los presentes que los diáconos de la diócesis están muy divididos y que los más críticos han preferido pedir permiso para dejar sus responsabilidades. “Los sacerdotes que apoyan a Barros son cinco, a los otros no les gusta, pero han optado por dedicarse a sus tareas sin criticarlo públicamente”, asegura Navarrete.

Le toca el turno a Lorena Carrillo. Ella es catequista de Jesús Obrero y recuerda que para el día de los animadores de la catequesis había cerca de 100 personas en el acto. “Cuando llegó el obispo se fueron 80”, asegura. Y como el rechazo ha seguido, informa que los catequistas de su parroquia redactaron una carta que enviarán al obispo expresándole que su nombramiento trajo desunión y que no desean que vaya a Jesús Obrero.

LA HERENCIA DEL OBISPO VALDÉS

El primer obispo de Osorno fue Francisco Valdés Subercaseaux, hermano del fallecido ex canciller y ex senador DC, Gabriel Valdés. Tras ordenarse sacerdote en Venecia, Italia, se convirtió en misionero capuchino entre las comunidades mapuches y vivió con la máxima humildad, incluso siendo obispo. La Iglesia Católica lo declaró “Siervo de Dios”, primer paso en el proceso de la canonización.

Fue Valdés –el mismo que diseñó la hermosa catedral osornina– quien en los años 60 entusiasmó a un grupo de jóvenes sacerdotes alemanes para formar la nueva diócesis, entre ellos Pedro Kliegel y Bernardo Werth. Algunos crearon parroquias en la periferia de la ciudad y organizaron a los pobladores de campamentos para desarrollar proyectos de autoconstrucción. Al calor de esa dinámica se formaron comunidades católicas donde los curas transmitieron las orientaciones que emanaban del entonces reciente Concilio Vaticano II.

La organización de laicos LLO se siente heredera de esa tradición, dice el profesor Mario Vargas, quien además es militante del Partido Socialista. “Esto no tiene nada de extraño, porque somos católicos insertos en el mundo. Nuestra visión evangélica se fundamenta en el Concilio Vaticano II que nos llamó a hacer cambios y los cambios se hacen con la política, pero sin perder la visión cristiana. Yo nunca lo he ocultado. Aquí hay gente de todas las tendencias, de izquierda a derecha, y somos amigos. Ese es un legado que nos dejaron el padre Kliegel y el obispo Alejandro Goic. El Papa Francisco ha validado el Concilio Vaticano II e intenta reformar la curia y lo apoyamos, aunque nos trató mal”, sostiene Vargas.

Según el profesor, ellos fueron formados para asumir su religiosidad con responsabilidad y respeto por las autoridades de la iglesia, pero al mismo tiempo para levantar la voz cuando disienten de ellas. Es lo que ha estado haciendo con fuerza el movimiento que lidera.

Entrevista a Errázuriz genera quiebre en periódico de la Iglesia Católica

Seis páginas tiene la entrevista al cardenal Francisco Javier Errázuriz que este viernes 6 de noviembre publica el periódico mensual del Arzobispado de Santiago, Encuentro”. Sus 150 mil ejemplares (de 16 páginas) se reparten gratuitamente en las salidas del metro de la capital y en parroquias y busca acercar a los fieles a la Iglesia Católica. En la entrevista, hecha por el director de Comunicaciones del Arzobispado, Cristián Amaya, Errázuriz hace una férrea defensa de su actuar en el caso Karadima. La publicación generó un quiebre en el comité editorial del medio de comunicación eclesiástico.

Guillermo Turner
Guillermo Turner

Tras conocer este jueves el contenido de la nueva edición, dos importantes actores de los medios de comunicación renunciaron al comité editorial de “Encuentro”. Se trata del director del diario La Tercera, Guillermo Turner, y de la gerenta de Asuntos Corporativos y Extensión de TVN, Eliana Rozas, quienes enviaron cartas al director del periódico, el obispo Fernando Ramos, para informarle que dejarían de participar de esa instancia editorial.

La razón: a diferencia de lo que sucede habitualmente, el comité editorial no supo que se haría la entrevista, pues no fue comentado en la reunión mensual en que se analiza la pauta de los temas que se publicarán en el número siguiente. Tampoco fueron advertidos ni por escrito ni por teléfono de dicha entrevista. Esta vez, los integrantes del comité se enteraron del contenido una vez que el periódico ya estaba impreso y horas antes de que saliera a la calle.

Además de Turner y Rozas, el comité editorial está integrado por la vicerrectora de Comunicaciones de la Universidad Católica, Paulina Gómez, y por el director de Comunicaciones del Arzobispado, Cristián Amaya, autor de la entrevista a Errázuriz.

La publicación coincide además con la declaración del actual arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati, ante el ministro de fuero Juan Manuel Muñoz, defendiendo el rol de la Iglesia Católica frente a las acusaciones de abuso sexual que, como lo probó la investigación del Vaticano, perpetró el ex párroco de El Bosque, Fernando Karadima. Tanto Errázuriz como Ezzati han seguido insistiendo que la iglesia no encubrió a Karadima ante las acusaciones de abusos.

ERRAZURIZ Y LA “VOLUNTAD DIVINA”

En su entrevista, el cardenal Errázuriz busca exponer detalladamente todo lo que hizo desde que recibió la primera denuncia contra Karadima, el año 2003. Y si bien el título es “Si me tocara enfrentar nuevamente una situación similar, lo haría de otra manera”, en realidad lo que está criticando es el procedimiento establecido por el Vaticano, que lo puso en la difícil situación de ser “juez y pastor” en este caso.

Eliana Rozas
Eliana Rozas

En palabras de Errázuriz, los abusos se develaron y detuvieron por “voluntad divina”, y reconoce que cometió errores por falta de experiencia en esta materia: “Dios quiso poner término a las desviaciones, abusos y sufrimientos que estaban ocurriendo en una comunidad guiada por Karadima. Como arzobispo, tuve la difícil tarea de asumir este caso. Bien sabía el Señor que no tenía suficiente experiencia en ese ámbito y que cometería errores”.

En su entrevista Errázuriz también confiesa que decidió hablar luego de haber sido encarado por algunos fieles que han solidarizado con el sufrimiento de las víctimas de Karadima. Y se hace expresa mención a la mujer que lo abordó recientemente después de una misa: “Pensábamos que no vendría a consagrar el pan y el vino la misma persona que ofendió a uno de los acusadores de Karadima”, le dijo. Consciente de que se le acusa de encubrimiento, el cardenal buscó entonces explicar en detalle su actuar y para ello eligió al periódico de la iglesia de Santiago.

Según dice, la primera denuncia (de José Andrés Murillo), siempre le pareció verosímil, no así la segunda (de James Hamilton). Le parecía poco creíble que un hombre casado, con hijos y alto prestigio profesional, hubiera permitido los abusos por 18 años. Sin embargo, reconoce que realizó ese juicio sin tener antecedentes de cómo ocurren los procesos sicológicos en las personas abusadas.

En el largo texto, Errázuriz afirma que, solo cuando ya habían pasado seis años desde la primera denuncia, y con la llegada de una tercera víctima, recién se convenció de los abusos: “El 14 de agosto de 2009 se presentó a hacer su declaración la tercera víctima. En marzo del 2007 le había anunciado al canciller de la Curia, desde el extranjero, que también él había sufrido abusos que denunciaría. El canciller sugirió que le escribiera al arzobispo su testimonio. No sé por qué razones esta declaración, que fue decisiva, llegó tan tarde. Si hubiera llegado pronto, todo habría concluido mucho antes. La denuncia era muy similar a las anteriores e independiente de ellas. Esta denuncia inclinó la balanza a favor de la credibilidad: las tres siguientes la confirmaron. Además se recibió el testimonio de un sacerdote, quien, sin ser víctima de abuso sexual, había formado parte del grupo de El Bosque, y le daba credibilidad a los hechos”, explicó Errázuriz. El cardenal menciona además, por primera vez, el nombre de quien fuera su interlocutor en el Vaticano durante todo el proceso: Charles Scicluna, quien fuera el promotor de justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

La tribuna del diario del Arzobispado de Santiago es utilizada también por Errázuriz para aclarar el contexto de sus dichos ante la justicia, donde afirmó que los denunciantes causaron un gran daño a la iglesia.

-Sobre esta materia afirmé cuatro cosas. Primero, a la pregunta -¿Los demandantes hicieron un bien a la Iglesia interponiendo sus denuncias en contra del sacerdote Karadima?, respondí (lee): “Un bien incalculable”. Lo repito: Juan Carlos Cruz, el doctor Hamilton, José Andrés Murillo y otros tres acusadores hicieron un bien incalculable a la Iglesia interponiendo sus denuncias en contra de Karadima. Segundo, a la pregunta -¿Usted diría que los denunciantes han causado daños a la Iglesia Católica?, respondí: “Sin pretenderlo, debido a la publicidad de la denuncia, sí”. A la pregunta: -¿En qué habría consistido este daño a la Iglesia Católica?, respondí: “Ha dañado su confiabilidad. Sin afirmar que se le haya querido dañar, el hecho de referirse públicamente al Arzobispo de Santiago como criminal y encubridor, la dañaba”. A la pregunta: -¿No cree que el daño a la Iglesia fue producto de los abusos de Karadima más que de los denunciantes?, respondí: “Sin lugar a dudas, el mayor daño lo causó el padre Karadima con sus abusos”- dijo Errázuriz.

entrevista-erazuriz2El cardenal también responde a las críticas por los emails que se filtraron a la prensa, en que se desprende que operó para que uno de las víctimas de Karadima, Juan Carlos Cruz, no fuera parte de una comisión del Vaticano y en los que se refiere a él en duros términos. Implícitamente reconoce su autoría, al condenar la filtración de correspondencia privada:

En cuanto a las palabras empleadas, fue el lenguaje de dos personas que no piensan que lo que escriben va a ser publicado, pero ciertamente pudo haber sido más adecuado. Quisiera aclarar, sin embargo, que nunca quise decir que una de las víctimas fuera una serpiente, como algunos lo han interpretado. Hice una referencia al libro del Génesis, y sin personalizar a alguien, digo que la serpiente, es decir, el demonio, con su poder destructor se ha hecho presente en los desencuentros, las heridas y las desconfianzas que caracterizan esta historia y, en muchos campos en el hoy de nuestra vida nacional, pero no tendrá la última palabra. Lo digo porque así lo reveló el Señor”.

La entrevista completa puede leerse aquí en la versión digital del periódico (o se puede descargar aquí el PDF). “Encuentro” nació en 2007 para reemplazar a la revista “Iglesia de Santiago”, que en palabras de un religioso del Arzobispado de la época, “con suerte la leían sacerdotes y laicos comprometidos, pues no tenía ninguna incidencia pastoral”. Bajo la conducción del entonces obispo auxiliar de Santiago Cristián Contreras, a cargo de las comunicaciones del Arzobispado, se decidió crear un medio distinto, que buscó llevar el mensaje religioso “a la gente de la calle, no sólo a los que van a la Iglesia”. Se pidió entonces al actual obispo de Concepción Fernando Chomalí, entonces a cargo de las finanzas del Arzobispado, que preparar el proyecto económico.

El primer director fue el obispo Cristián Contreras, quien presidía el comité editorial, que integraban Turner, Rozas y Gómez, además del entonce encargado de Comunicaciones del Arzobispado, Ramón Abarca, el periodista de Nexos Comunicaciones Javier Peralta y el premio nacional de Periodismo Abraham Santibáñez. Luego de que Contreras fuera nombrado obispo de Melipilla, lo reemplazó el nuevo obispo auxiliar de Santiago y vicario general, Fernando Ramos.

Aparte de encontrarse con la entrevista a Errázuriz, los miembros del comité editorial que asistieron a la reunión del jueves 5, se enteraron de que un nuevo integrante se agregaba a esa instancia: el periodista Sebastián Campaña, director de Publimetro, empresa que distribuye el periódico Encuentro.

 

Un honor que no merezco solo

El sábado 9 de mayo me convertiré en el primer sobreviviente de abuso sexual perpetrado por un sacerdote que recibirá la prestigiosa Medalla de Honor Ellis Island. Otorgada por la Coalición Nacional de Organizaciones Étnicas de los Estados Unidos (NECO en inglés), la medalla se entrega “a personas que se han destacado en el servicio a la comunidad. También honra a hombres y mujeres de las diferentes tradiciones que existen en Estados Unidos y que intentan crear un mundo mejor para los seres humanos en cualquier lugar del mundo y que hayan nacido o llegado a los Estados Unidos”.  Entre las personas que han recibido esta medalla se encuentran presidentes de Estados Unidos, ganadores del Premio Nobel, científicos y personas del mundo de la cultura, deportes y negocios. Este reconocimiento va mucho más allá de lo que jamás me imaginé. Lo agradezco infinitamente, pero es un honor que no merezco solo.

Este reconocimiento pertenece a todos los sobrevivientes de abuso sexual y psicológico perpetrado por algunos sacerdotes de la Iglesia Católica. Esos hombres y mujeres que hasta el día de hoy siguen luchando por liberarse del horror de los abusos sexuales por parte de miembros del clero y que luchan para proteger a  los niños y a la juventud vulnerable. Ellos son los hombres y mujeres que merecen esta medalla. Muchos me tendieron la mano cuando no sabía qué me pasaba. Ellos me hicieron darme cuenta de que no estaba solo y que se podía salir adelante y ayudar a los demás. A nadie le tengo que recordar las consecuencias del abuso sexual y psicológico y la montaña rusa de emociones que se produce al tratar de sanarse, especialmente cuando muchos obispos y miembros de la jerarquía miran para el otro lado. Su indiferencia y su encubrimiento son otra bofetada brutal.

Tengo amigos que se han suicidado. Muchos otros aún sufren en silencio. Debido a que nuestro caso en contra del abusador Karadima, así como de la negligencia de la jerarquía chilena, ha estado en los medios de comunicación, recibo a diario cartas y mensajes de víctimas. Ellos me escriben con la esperanza de que quizá pueda hacer algo. A menudo, todo lo que puedo hacer es darles una palabra de aliento. Yo les digo que hay vida después de este horror, y que los cardenales y obispos que encubren no nos pueden destruir. Saco fuerza de todos estos hombres y mujeres valientes. Es la única manera en que se puede seguir luchando: saber que tantos en el  pasado y el presente estamos luchando juntos.

Fernando Karadima
Fernando Karadima

Lo que pensé que iba a ser una batalla que tenía una fecha de término, ha resultado ser la misión de mi vida. Una misión que acepto con honor, por el bien de todas las víctimas que aún se encuentran en una caverna oscura. Mientras trato de extender la mano para sacarlos de allí, trabajo con diferentes organizaciones alrededor del mundo para exponer a los que ocultan abusos y ponen en peligro a generaciones de niños y jóvenes vulnerables.

Incluso hoy en Chile, y después de todo lo que ha pasado y sabemos, hay una jerarquía católica que no hace nada por las víctimas de abusos hasta que los periodistas llegan a golpear a su puerta. Los hombres que han encubierto crímenes horrendos contra niños y jóvenes inocentes y que son nombrados en  juicios penales y civiles, continúan impunes y exhibiendo su poder en las más altas esferas. El cardenal Francisco Javier Errázuriz, en Roma; el cardenal Ricardo Ezzati, en Santiago; los obispos Tomislav Koljatic, Horacio Valenzuela, Andrés Arteaga y Juan Barros, en diferentes diócesis de Chile. Todos han sido manchados por su complicidad con Karadima. La evidencia presentada en los testimonios de los juicios es innegable. El fallo de 84 páginas de la magistrada Jessica González es irrefutable. Juan Barros no ha sido capaz de presidir y dirigir su nueva diócesis desde su reciente designación como obispo de Osorno, en Chile. Está siendo rechazado por los sacerdotes de la diócesis y los valientes miembros laicos y laicas, agentes pastorales y miembros de las distintas comunidades, quienes incansablemente y pacíficamente protestan sin cesar por su nombramiento.

Todos estos obispos desafían todo lo que escuchamos del Papa Francisco cuando habla de “tolerancia cero”.  Hasta el Nuncio en Chile, Ivo Scapolo, una especie de Angelo Sodano 2.0, se hace cómplice de toda esta maquinaria.  Un reciente estudio realizado en Chile -alguna vez uno de los países católicos más conservadores de América del Sur- dice que más del 80% de los católicos le creen muy poco o nada a la jerarquía católica chilena.

Voy  a misa todos los domingos. Todavía creo que hay más gente buena que mala en la Iglesia Católica. Quiero ayudar a crear el cambio desde dentro; sin embargo, la lucha es dura. Estamos lidiando con una institución donde muchos no parecen aprender de sus errores y todavía prefieren el poder y la gloria. Dicen que estamos protestando porque queremos destruir a la Iglesia. A veces pienso en lo que haría Jesús con muchos obispos y sacerdotes que trabajan en los edificios de diferentes diócesis. ¿Los echaría a patadas como a los mercaderes del templo? Yo tengo mi opinión clara.

Estoy muy agradecido con los que me honran con esta medalla. Sé que muchos sobrevivientes pasados y presentes van a estar junto a mí. Desde luego Jimmy Hamilton y José Andrés Murillo. A los sobrevivientes sean quien sea y vengan de donde vengan, yo los honro y los respeto. Su lucha personal es la mía. Espero representarlos. Tienen toda mi gratitud mientras continuamos esta lucha. Yo no merezco esto solo, y sé que estaré en la compañía de miles de ellos cuando TODOS recibamos este honor bajo la mirada de la Estatua de la Libertad en Nueva York.

La carta enviada al Vaticano que acusa al obispo Barros de ser cómplice de Karadima

Llama la atención la rapidez con que los obispos critican hechos de la vida de Chile, como las personas que optan por el divorcio, las mujeres que optan por tomar anticonceptivos, la Unión Civil -recientemente promulgada- y también la posible despenalización del aborto. Sin embargo, cuando se trata de abusos sexuales, violación de niños y atropellos a la dignidad de menores e incluso de adultos por parte de sacerdotes y algunos obispos, la Conferencia Episcopal de Chile mantiene un silencio que sólo se hace público cuando los periodistas ya están pidiendo información a las puertas de sus casas o palacios episcopales. Es más, todavía resuena en mis oídos cuando, al presentar nuestras denuncias de abuso al cardenal Errázuriz y al no ver nada concreto después de meses, a pesar de que Karadima seguía abusando, me dijo: “Recuerde que los tiempos del mundo no son los tiempos de la Iglesia”.

Juan Carlos Cruz
Juan Carlos Cruz

Aunque muchos católicos hemos tenido altas expectativas sobre el Papa Francisco, nos ha decepcionado mucho que haya nombrado dentro de sus cardenales reformadores al cardenal Francisco Javier Errázuriz, un hombre que encubrió los abusos del sacerdote Fernando Karadima y desestimó muchos otros casos, como el del sacerdote condenado por la justicia chilena Richard Aguinaldo, después de súplicas de los padres para que hiciese algo.

El nombramiento del cardenal Ezzati fue otro golpe duro para las víctimas de abuso, no sólo para las del caso Karadima, sino las de al menos tres salesianos encubiertos por él, como es el caso del salesiano Rimsky Rojas y compañeros. Esto no es consecuente con lo que oímos de Roma, en cuanto a que no se tolerará el abuso ni el encubrimiento a nadie.

OBISPOS SALIDOS DE EL BOSQUE Y LEALES A KARADIMA

Karadima, dentro de su manipulación y conexiones, logró instalar a al menos cuatro de sus más cercanos como obispos de la iglesia católica chilena: Horacio Valenzuela en Talca, Andrés Arteaga como auxiliar de Santiago, Tomislav Koljatic en Linares y Juan Barros hasta el mes pasado vicario General Castrense. Hoy Barros ha sido nombrado obispo de Osorno, lo que ha re-victimizado a tantos que sabemos todo el mal que han hecho estos obispos y conocemos su participación en los abusos de Karadima, lo que niegan hasta hoy.

Muchos hemos testificado contando su participación en los abusos de Karadima, pero desgraciadamente en Chile los obispos tienen fuero y no son juzgados como todos los chilenos, pudiendo declarar por oficio o en sus casas. No es lo mismo tener al juez sentado al frente, junto a las víctimas y testigos, que estar cómodamente sentados en sus casas donde pueden pensar las respuestas que los exculpan, como ha sido el caso de estos cuatro hombres que colectivamente “nunca vieron nada”, “nunca supieron nada” y que admiten que Karadima siempre fue un verdadero mentor para ellos. Hoy, los sitios donde le agradecían al padre Karadima su guía y dirección han desaparecido después que fueron mostrados en Twitter u otras redes sociales. Los mensajes de Juan Barros ya no se pueden ver en el sitio oficial del Obispado Castrense de Chile (www.iglesia.cl/castrense), pues se bloqueó la sección “mensaje obispo”, donde Juan Barros agradecía a Karadima cuando fue destinado desde Iquique al Vicariato Castrense y que hace algunos días publiqué en las redes sociales.

EL PAPA PIDE A OBISPOS NO ENCUBRIR ABUSO SEXUAL

Ivo Scapolo, Nuncio apostólico
Ivo Scapolo, Nuncio apostólico

El Papa Francisco pidió a los obispos y responsables religiosos católicos en todo el mundo que no encubran los casos de pederastia en una carta difundida la semana pasada por la Santa Sede, pero enviada el pasado lunes a los presidentes de las conferencias episcopales, a los superiores de institutos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostólica. En ella, instó a los obispos a garantizar la seguridad de los menores en las parroquias, que deben ser “casas seguras” para las familias, y les recordó que “no hay absolutamente lugar en el ministerio para quienes abusan de los menores”.

“Corresponde al obispo diocesano y a los superiores mayores la tarea de verificar que en las parroquias y en otras instituciones de la Iglesia se garantice la seguridad de los menores y los adultos vulnerables”, apunta.

Asimismo, el Papa llama a las diócesis a establecer programas de atención pastoral para las víctimas de pederastia, “que podrán contar con la aportación de servicios psicológicos y espirituales”

“Las familias deben saber que la Iglesia no escatima esfuerzo alguno para proteger a sus hijos, y tienen el derecho de dirigirse a ella con plena confianza, porque es una casa segura”, aseveró.

Y añadió: “Por tanto, no se podrá dar prioridad a ningún otro tipo de consideración, de la naturaleza que sea, como, por ejemplo, el deseo de evitar el escándalo, porque no hay absolutamente lugar en el ministerio para los que abusan de los menores”.

CHILE, LA EXCEPCIÓN

Nada de lo que pide el Papa se hace en Chile. Su “tolerancia cero contra el abuso” no se aplica en Chile. No es necesario que me detenga acá, puesto que es cosa de ver lo que ha pasado en el país en este tema. Apoyo a las víctimas, incluso con psicólogos, jamás. En fin, los obispos de Chile encabezados por los cardenales Errázuriz y Ezzati parecen vivir en un universo paralelo. Es cosa de ver las encuestas y darse cuenta que la iglesia y parroquias en Chile están lejos de verse como “casas seguras”, todo lo contrario. Nadie cree que en Chile los obispos encabezados por sus cardenales piensan “que la Iglesia no escatima esfuerzo alguno para proteger a sus hijos, y tienen el derecho de dirigirse a ella con plena confianza, porque es una casa segura”. Y menos que las víctimas “podrán contar con la aportación de servicios psicológicos y espirituales”.

SACERDOTES CONDENADOS Y LA “TOLERANCIA CERO”

Fernando Karadima: vive en un convento, en una “vida de penitencia y oración”, donde hace lo que quiere. Cuando aparecieron sus fotos celebrando misa públicamente y no con gente del hogar -lo que también estaría prohibido-, después de mucha presión de las víctimas y de los medios, el cardenal Ezzati manda los antecedentes al Vaticano y meses después Karadima recibe una “amonestación canónica”. Es decir…nada. Molesto. Ezzati nos encara por los medios y furioso dice que “él no es el carcelero de Karadima”, cuando, según el derecho canónico, el arzobispo de la arquidiócesis sí es el responsable y garante de que la sentencia se cumpla en el lugar debido y protegiendo a las víctimas. Ezzati no lo cree así.

Cristián Precht: después de ser condenado por el Vaticano por abusos sexuales a menores y adultos, recibe del cardenal Ezzati una “pena” de cinco años alejado del ministerio, al que podrá volver después de cumplida esa pena, como si mágicamente lo que se le comprobó va a desaparecer, lo que es contrario a la recomendación del Vaticano de una “vida de penitencia y oración” o “expulsión del estado clerical” (fuente P. Jaime Ortiz de Lazcano, vicario Judicial). Sin embargo, Precht desafía y participa en los retiros del clero, donde algunos miembros del clero se escandalizan, pero callan, por miedo a represalias del cardenal.

John O’Reilly: Condenado por la justicia chilena por abusos reiterados a al menos una menor e inscrito en el registro nacional de pedófilos. Sigue oficiando como sacerdote sin ningún castigo de la Santa Sede.

Así hay muchos más casos. ¿Dónde está la tolerancia cero que exige el Papa? En Chile, no se conoce.

RESPECTO DE JUAN BARROS

En vista de la carta que ha enviado el Santo Padre y en vista de que nuestras denuncias ante los cardenales encubridores Errázuriz y Ezzati, respecto de la actuación de estos cuatro obispos salidos del seno de Karadima, no llegaron a ninguna parte, hice una denuncia formal en la Nunciatura contando más detalles de la participación del obispo Barros en los abusos sexuales de Karadima y su trabajo sucio, exponiendo sus falsas declaraciones. Los cardenales Errázuriz y Ezzati siempre nos han impedido a las víctimas hablar directamente con el Nuncio. Por su parte, el Nuncio hace caso omiso de la realidad chilena y de lo que vivimos decenas de personas que hemos sido víctimas de sacerdotes pederastas y de abuso psicológico. Una especia de pacto entre todos ellos. Está vez recibí una nota que decía: “La Nunciatura Apostólica acusa recepción del mensaje y asegura que se ha tomado la debida nota”, sin firma, sin nada.

Como no veo que mi denuncia formal vaya a ninguna parte y para apoyar a los fieles de Osorno, que no se merecen un obispo “encubridor”, como nos dice el Papa, he decidido hacer pública mi carta al Nuncio y quizá eso ayude a la opinión pública y se sepa lo que está pasando en Chile, que nada tiene que ver con lo que está diciendo el Santo Padre en Roma.

Esta es mi denuncia presentada ante la Nunciatura Apostólica en Santiago de Chile:

 

 3 de febrero de 2015

Su Excelencia
Monseñor Ivo Scapolo
Nuncio Apostólico en Chile                                                                                 

Estimado Señor Nuncio,

Junto con saludarlo, espero al recibo de la presente se encuentre bien. Monseñor, muchas veces hemos tratado de hablar con usted, ya sea junto a mis compañeros Jimmy Hamilton y José Andrés Murillo, o yo solo. Por alguna razón ha sido imposible. Cuando le mandé las fotos del padre Karadima, el padre Ortiz de Lazcano me prometió que usted nos contestaría, hecho que no sucedió.

Monseñor, no me sé todos los protocolos, pero hoy le escribo como un católico más que espera una respuesta del representante del Santo Padre y obispo ordenado para ayudar a los que sufren. He copiado al Santo Padre y a otras Congregaciones en el Vaticano.

Quería referirme al nombramiento del obispo Juan Barros a la diócesis de Osorno. Monseñor, quiero que esta sea una denuncia o testimonio formal por algo que me parece una tristeza enorme debido a todo lo que viví personalmente y muchos otros vivieron con el obispo Barros.

Juan Barros
Juan Barros

Conozco a Juan Barros desde el año 1980, desde que era seminarista y unos de los más cercanos al padre Fernando Karadima. El problema no es que haya sido cercano a Karadima, como mucha gente critica, hay muchos que lo fuimos y nos vimos abusados, utilizados y otros hasta arrepentidos se alejaron. Juan Barros fue un hombre, un seminarista, un sacerdote y un obispo que hizo todo el trabajo sucio de Fernando Karadima. Como seminarista y bajo los movimientos e influencias de Karadima, y después de haberle hecho la vida absolutamente imposible al padre Benjamín Pereira, rector del seminario a fines de los 70 y principio de los 80, Juan Barros se fue como secretario privado del cardenal Juan Francisco Fresno, influido por Karadima.

Monseñor, yo veía y oía las órdenes que Karadima le daba para conseguir cosas del cardenal Fresno. Logró que monseñor Fresno lo ordenara sacerdote nada menos que en la Parroquia El Bosque, en 1984. Fui testigo de todo el politiqueo que hubo para que eso se lograra y fuera una especie de afrenta al padre Pereira y a todo el clero de Santiago, que no se atrevía a decir nada. Una vez conseguido eso, siguió una seguidilla de nombramientos hechos por el cardenal Fresno y que eran manipulados desde El Bosque. Gracias a la información que Barros le proporcionaba ya que tenía acceso a todo en la arquidiócesis y en general en la Iglesia en Chile, Karadima siempre contaba con la última información y andaba varios pasos adelante que los mismos obispos y para qué decir del clero. Lo sé porque lo vi y lo oí. Nombramientos como el de Andrés Arteaga, de diácono en tránsito al sacerdocio a formador del seminario, o el de Rodrigo Polanco, de seminarista de último año a formador del propedéutico, entre otros. Para qué decir lo que ocurría a  sacerdotes que estaban en la lista negra de Karadima. Yo lo oía hablar con Juan Barros y planear estrategias para acusarlos.

Juan Francisco Gómez Barroilhet testificó en el juicio contra Karadima que entregó una carta a Juan Barros en el año 1980-1981 que contenía acusaciones de abusos, para que el cardenal Fresno hiciese algo. Esa carta, dice Gómez, nunca llegó a manos del cardenal y testigos cuentan que Juan Barros la habría destruido. Cada vez que alguien trataba de hablar, Juan Barros, Tomislav Koljatic, Horacio Valenzuela y Andrés Arteaga, entre otros, nos amenazaban o trataban de destruir nuestras vidas.

Monseñor, yo era amigo de Juan Barros, muchas veces fui a misiones con él y, específicamente, me pedía que yo estuviese en su grupo. Es por eso que sé tanto y que vi y además oí tantas cosas, puesto que siendo cercano a Karadima y amigo de Barros oía cosas por ambos lados. Juan Barros me conocía y apreciaba mucho y tuve durante años accesos que otros no tenían.

Cuando en 1987 decidí no ir más al El Bosque ni estar cerca de Karadima, por las razones ya conocidas, y como he declarado en los juicios canónico y penal, se desató toda la maquinaria que Karadima tenía cada vez que uno de sus cercanos se alejaba. Por miedo a que contase algo de lo que se vivía al interior de El Bosque, esa persona tenía que ser destruida.

La noche anterior, el 25 de Octubre de 1987, Karadima llamó a una “corrección fraterna” contra mí. Un eufemismo para un verdadero juicio. Participaron Karadima, presidiéndolo, y doce personas más, entre ellos Juan Barros, como testifiqué y quedó constancia y fue comprobado como verdadero en los juicios penal y canónico. Todos sentados alrededor de una mesa y yo en una silla un poco alejado de la mesa, como un tribunal de la inquisición. Karadima me amenazó con contar cosas que solo él sabía bajo secreto de confesión si yo no “mejoraba” y le hacía más caso y obedecía en todo. Yo miraba con desesperación a los que creía eran mis amigos, pero me ignoraban, es más, le echaban más leña al fuego con acusaciones que enfurecían a Karadima, como que yo era amigo de otros sacerdotes que no eran de El Bosque y que me confesaba con ellos entre otras que hoy suenan ridículas, pero que a mí en ese momento me destrozaban.

Una vez terminado “el juicio”, Juan Barros y otros se me acercaron para decirme que hiciese caso y que me iría bien. Sin embargo, llegué al Seminario esa noche y le conté todo al padre Juan de Castro, el rector, y a mi director espiritual, monseñor Vicente Ahumada. Ellos me acogieron con mucha caridad -ya que fueron testigos de mi angustia- y me ayudaron a pasar esos primeros días, ya que cuando se supo que yo conté todo, Karadima, a través de los formadores Arteaga y Polanco, dio orden de que nadie me hablase nunca más y empezó la máquina para destrozarme como yo había visto hacer con otros.  El padre Arteaga me dijo textualmente: “No sabes el daño que has hecho y esto te va a costar”. Más o menos lo mismo que le dijo a José Andrés Murillo cuando ya era obispo y estaba en la Universidad Católica y éste le fue a hablar de los abusos de Karadima y Arteaga lo amenazó con que si hablaba le mandarían un ejército de abogados. 

Fernando Karadima
Fernando Karadima

Como si el sufrimiento que yo estaba viviendo fuese poco, se concretó a través de Barros que escribieron una carta al cardenal y al rector del seminario para que me echasen por homosexual. Solamente Karadima sabía, en secreto de confesión, mis angustias con ese tema y los detalles de situaciones de las que yo había sufrido mucho, hecho penitencia y de las que estaba tremendamente arrepentido. Nada tan tremendo, diría alguien hoy, pero en esos días yo me habría suicidado si se llegaba a saber.  Juan Barros “misteriosamente” se enteró de esos secretos y además le agregaron de su propia cosecha, lo que plasmó en una carta escrita a mano en tinta negra que le mostró al cardenal Fresno y luego llevaron al Seminario. Algo que sólo Karadima sabía en secreto de confesión y que llegó a Juan Barros, que lo trató de usar para mi destrucción. Los padres De Castro y Ahumada leyeron la carta y me citaron en la oficina del padre Ahumada. Me dejaron leer la carta y me di cuenta que mi secreto de confesión estaba escrito en esa carta, pero que además había muchas cosas que inventaban y agrandaban. Yo les dije toda la verdad a los formadores y ellos me creyeron y hablaron con el cardenal, el cual optó por dejarme en el seminario, del cual salí dos años después por decisión mía, ya que me di cuenta que no tenía vocación y que aunque la tuviese, no daba más con la constante presión y agresión de Karadima a través de sus seguidores, en especial Juan Barros.

Monseñor, estas son cosas que vi, oí y me pasaron a mí. No son de segunda mano. Es más, se corrobora durante un careo que me hizo la jueza González -que llevó el juicio penal- con el laico Guillermo Ovalle Chadwick, cercano a Karadima y amigo de Juan Barros, que testificó que había oído como Juan Barros y Karadima hablaban de que había que echarme del seminario y sacarme de circulación.

Señor Nuncio, también testifiqué, además de estos hechos, de los que puedo profundizar y detallar más si usted así lo requiere, cómo yo veía al padre Fernando Karadima y a Juan Barros besarse y tocarse mutuamente. Generalmente, más de parte del padre Karadima venían los toqueteos en los genitales por encima del pantalón de Juan Barros, al igual que hacía con el hoy también obispo Koljatic. En el caso de Juan Barros, éste jugaba a una especie de celos entre sus más cercanos y se turnaban por sentarse al lado de Karadima, estar solos con él en su cuarto y desplazar a otros. Como yo era bastante menor, veía esto entre horrorizado y a la vez paralizado, ya que yo estaba viviendo mi parte del abuso de Karadima, lo que ya fue comprobado en los juicios canónico y penal. Juan Barros se sentaba en la mesa al lado de Karadima y le ponía la cabeza en el hombro para que lo acariciase. Disimuladamente le daba besos. Más difícil y fuerte era cuando estábamos en la habitación de Karadima y Juan Barros, si no se estaba besando con Karadima, veía cuando a alguno de nosotros, los menores, éramos tocados por Karadima y nos hacía darle besos diciéndome: “Pon tu boca cerca de la mía y saca tu lengua”. Él sacaba la suya y nos besaba con su lengua. Juan Barros era testigo de todo esto y lo fue incontables veces, no solo conmigo sino con otros también.

Al ser interrogado, Juan Barros, al igual que los otros obispos, negó haber visto esto y lo atribuye a una especie de vendetta en su contra y en contra del padre Karadima. Monseñor, esto lo he hablado, contado y dicho innumerables veces, hasta en los juicios canónico y penal, pero hoy lo hago como una denuncia ante usted, porque creo que el Santo Padre no sabe estos detalles, ya que si es cierto todo lo que está diciendo, hombres como Juan Barros no tendrían que estar a cargo de una diócesis.  Juan Barros ha encubierto todo lo que le cuento, señor Nuncio. Lo testificaré también en el juicio civil en marzo.

Espero se reconsidere este nombramiento, que más que unir a los católicos, tan separados por el daño que se nos ha hecho mediante el abuso sexual y el encubrimiento, nos separa aún más y contradice todo lo que está saliendo de la boca del Santo Padre. Hay tantos sacerdotes buenos que podrían ser grandes pastores, pero  no hombres encubridores como Juan Barros.

Juro ante el Señor y Su Santísima Madre que todo lo que digo en esta carta es verdad. Quedo a su disposición si necesita más detalles o profundizar en algo.

Confiado en el Señor, me despido respetuosamente y atento a su respuesta.

Juan Carlos Cruz Chellew

La vida de Karadima lejos del poder

Son las 7:30 de la mañana. Una auxiliar de aseo con una bandeja en sus manos sube al cuarto piso del Convento Siervas de Jesús de la Caridad y golpea la puerta de la habitación del único residente que habita el nivel. Fernando Karadima Fariña (83 años), ya duchado y vestido, abre la puerta y la deja pasar con su desayuno. Su bandeja contiene los mismos productos que la del resto de residentes del hogar: una taza de leche, una pequeña porción de pan, mermelada y una fruta. En ocasiones, la auxiliar se sienta junto a él en una mesa pequeña en la entrada del dormitorio y le sirve la comida en la boca. Karadima suele quejarse de los alimentos que le proporcionan. Al terminar su labor, la mujer se retira y el ex párroco de El Bosque se queda solo.

Entonces Karadima comienza a rezar. En las paredes de su habitación color crema cuelgan imágenes de santos, de la Virgen y una figura grande de Jesús crucificado. Según sus cercanos y personal que lo atiende, el cura pasa sus días en silencio y orando. En una sala contigua a su dormitorio, donde hay sillones, un estante con libros y un pequeño televisor plasma sobre un escritorio, Karadima escucha reflexiones de religiosos con un reproductor de audio. Algunas de ellas son de Esteban Uriburu, Antonio Royo Marín y San Juan de la Cruz. Solo él puede hacer uso de ese espacio en el convento.

Una de las entradas al Convento Siervas de Jesús de la Caridad

Este es el único privilegio que hoy posee quien dirigió espiritualmente por cinco décadas a los jóvenes de la elite católica conservadora santiaguina desde la Parroquia El Bosque (desde que asumió como vicario en 1958, para luego ser párroco por 23 años). Pese a que la sentencia vaticana no lo despojó de su condición de sacerdote, la vida de Fernando Karadima cambió brutalmente. Ya no está en la comodidad de El Bosque, donde ejercía el dominio de su imperio. Ha desaparecido el séquito que lo rodeaba, atento a sus menores deseos, y también sus amistades influyentes.

Tiene prohibido impartir cualquier sacramento, en particular la confesión. Además no puede oficiar eucaristías en público ni ejercer dirección espiritual. Tampoco puede ver a quienes por decenas de años constituyeron su círculo íntimo (ver declaración del arzobispo Ezzati). En la entrada del convento, la monja que oficia de portera, la madre Rosario, pregunta por la identidad de los visitantes y se encarga de cerrarle el paso a los casi 40 sacerdotes a los que dirigía en la disuelta Unión Sacerdotal. Lo mismo debe hacer si llega alguno de los integrantes de su círculo íntimo en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús (El Bosque).

Cada vez que desea salir del convento, Fernando Karadima debe informar a dónde se dirige. Y si desea dormir fuera del hogar, debe pedir una autorización previa a la madre superiora.

Una de las víctimas y acusador de Karadima, el periodista Juan Carlos Cruz, envió un mail el 29 de noviembre de 2011 al entonces obispo auxiliar de Santiago, Cristián Contreras, informándole que Fernando Karadima no cumplía su condena como correspondía. Según Cruz, al sacerdote acusado de abusos sexuales y otros delitos canónicos, se le había visto en las Termas del Corazón, ubicadas a 87 kilómetros de Santiago. Agregó que el cura salía a comer con sus amigos y que quienes lo mantenían informado tenían nombre y apellido. Pese a ello, no tenía ninguna prueba física que avalara sus dichos (ver declaraciones a El Mostrador).

Juan Carlos Cruz

Desde entonces han transcurrido dos años y medio y algo parece haber cambiado su situación. “De todos los años que llevo trabajando en el convento, nunca he visto al cura salir del recinto”, cuenta una trabajadora del Convento de las Siervas de Jesús. La madre Rosario, la religiosa que está apostada a la entrada del hogar, juró al enviado del Arzobispado de Santiago que Karadima nunca ha cruzado la puerta que lo separa del exterior. Su médico personal, Santiago Soto, afirma lo mismo: “Tendría que dar mi mano derecha para jurar que Fernando no ha salido nunca”.

-He escuchado que existe gente que ha visto al padre Fernando afuera del convento. Se les ha preguntado a las hermanas si eso es efectivo. Ellas dicen que no. Pero no hay una persona de punto fijo para vigilarlo ni tiene un chip para saber dónde anda. Nosotros [la Iglesia Católica] no tenemos una estructura de ese tipo –afirmó a CIPER el sacerdote Fernando Ramos, vicario para el Clero del Arzobispado de Santiago.

Aunque a ojos de la ciudadanía el castigo que la Santa Sede le dio a Fernando Karadima puede parecer minúsculo en comparación al daño de sus actos, Camilo Cortés, abogado experto en derecho canónico del Arzobispado de Santiago, explica que “estas sentencias son de carácter espiritual y religioso. Su contenido no es una pena corporal, como sería en fuero civil. Él está condenado en conciencia. Mientras Karadima sea católico, está sujeto a la pena”.

Sobre su condena, José Andrés Murillo, víctima del sacerdote y uno de los primeros denunciantes de sus abusos, afirmó a CIPER: “Karadima tenía un séquito impresionante. Tenía acceso desde Eliodoro Matte hasta los comandantes de las Fuerzas Armadas (…). Lo único que me interesa es que se le haya quitado su plataforma de poder a través de la cual podía abusar”.

La principal víctima del ex párroco, el doctor James Hamilton, difiere: “La única condena que Karadima debiese cumplir es la condena formal para todos los ciudadanos: la cárcel. Y si no es la cárcel, algún tipo de reclusión en la cual quede privado de libertad. No por venganza, sino porque él es un peligro para la sociedad”.

RODEADO DE MUJERES

Ricardo Ezzati llevaba sólo un día como máxima autoridad de la Iglesia de Santiago cuando el 16 de enero de 2011 recibió una difícil misión. Tras la visita vaticana del nuncio Giusseppe Pinto, la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF)  ̶ máximo tribunal de la Santa Sede ̶  hizo llegar a las manos del arzobispo la condena al ex párroco de El Bosque. Eso lo obligó a dar el primer paso de la sentencia: “Fijar un lugar de residencia para Fernando Karadima, dentro o fuera de la diócesis, de tal modo que no tenga contacto con sus ex parroquianos o con miembros de la Unión Sacerdotal”.

Luego de hacerse asesorar por los obispos auxiliares de la diócesis, Ezzati acordó -previo pacto con la madre superiora de las Siervas de Jesús- la permanencia del cura en su convento. La tercera semana de febrero de 2011, Karadima llegó a vivir al hogar, ubicado en la comuna de Providencia.

Asistido únicamente por mujeres, Karadima cumple su reclusión en castigo por los reiterados abusos sexuales y psicológicos que cometió con jóvenes a quienes dirigía espiritualmente. Ocho religiosas están a cargo del Convento de las Siervas de Jesús de la Caridad. Visten un hábito negro que cubre todo su cuerpo y una toca de tela blanca sobre su cabeza, atuendo muy similar al de Santa Teresa de Los Andes. Además de las religiosas, allí trabajan cerca de 20 funcionarias que visten de blanco, plomo o azul. En la casa de retiro viven 37 ancianas, la gran mayoría integrantes de familias acomodadas y con un complejo estado de salud.

Aldo Coda, vicario para la Vida Consagrada y encargado de la dirección espiritual de las religiosas que están al interior de la Arquidiócesis de Santiago, señala que “esta comunidad se distingue por su atención a las ancianas tanto en lo físico como en lo medicinal (…). Es una casa limpia, ordenada, acogedora y muy bien mantenida”.

Desde el primer día que se hiciera público el fallo, el cura condenado por abusos sexuales ha intentado burlar el decreto que le impuso el aislamiento y la penitencia. En un reportaje de CIPER publicado el 17 de febrero de 2011 –La iglesia da golpe de timón en caso Karadima-, se informó que casi un mes después de recibir su sanción (14 de febrero), Karadima se reunió con el obispo Andrés Arteaga, miembro de la directiva de la Unión Sacerdotal que el sacerdote condenado dirigía. Y en la misma semana, con Juan Esteban Morales, quien lo sucedió como párroco de El Bosque y uno de sus sacerdotes favoritos. En la primera semana de febrero concurrió a la casa de uno de sus ex seguidores, momento en el que fue visitado por otros miembros de su feligresía (ver reportaje de CIPER).

Ricardo Ezzati

“Estamos muy cansadas. Tener a una persona como Fernando Karadima en el hogar nos significa un gran desprestigio”, le comentó la madre Mercedes, superiora de las Siervas de Jesús de la Caridad, a una de las personas que trabaja en el convento. Y se entiende, porque desde que llegó el cura al recinto, la tranquilidad de las monjas se ha visto alterada. Han rayado la pared de su fachada y han tenido reiterados problemas con periodistas que intentan ingresar para ver al sacerdote condenado. También los parientes que visitan a las ancianas que viven en la casa de retiro, preguntan con frecuencia por Karadima. “¿Por qué lo tienen aquí? ¡Él es un pedófilo!”, les dicen a las monjas y laicas que allí trabajan. Ellas no responden: tienen estrictamente prohibido hablar sobre el cura.

Cerca del mediodía, mientras las ancianas almuerzan al cuidado de las monjas, Karadima sale de su habitación. Viste su “alba” -la  túnica blanca que se usa en los oficios- que lo cubre hasta los tobillos y una estola morada, correspondiente a los tiempos litúrgicos de adviento o cuaresma, que cuelga de su cuello. Se sube al ascensor y baja al primer piso, donde está ubicada la capilla del convento. Entra al oratorio, camina hasta el altar y se dispone a celebrar su misa en soledad, pues tiene prohibido ejercer públicamente todo ministerio sacerdotal. Quienes lo han visto cuentan que “él actúa como si estuviese imaginando que hay gente ahí dentro”. No tarda más de veinte minutos y regresa a su dormitorio.

NI CÁRCEL NI CARCELEROS

“Restricción de libertad. Esto es lo máximo que la Iglesia puede hacer: restringirle la libertad de movimiento. Eso no requiere una cárcel (…), la otra posibilidad es que lo echen. Pero eso significa dejarlo suelto”, afirmó a CIPER el sacerdote jesuita y experto en derecho canónico, Marcelo Gidi. La condena vaticana que recibió el sacerdote que controlaba con mano férrea una organización con cinco obispos y más de 40 sacerdotes de las parroquias más populares de Santiago (Unión Sacerdotal), puso un nuevo tema en el debate: cómo actúa la justicia eclesiástica.

La sentencia a Karadima fue la primera en que El Vaticano condenó a uno de sus sacerdotes chileno a “una vida de oración y penitencia” perpetua por cometer abusos sexuales. Lo único que puede hacer el que fuera párroco de El Bosque por 23 años, es celebrar su misa de forma privada. No puede confesar, dar retiros ni dictar charlas. Tiene prohibido administrar los sacramentos. Su vida como figura pública acabó.

-Para el sacerdote, más que una labor, más que un trabajo, el ministerio sacerdotal es su vida. Uno no trabaja como cura: uno es cura. En ese sentido, esta condena le está restringiendo una parte de su ser -explicó Marcelo Gidi a CIPER.

Pese a su aislamiento, la casa de retiro donde hoy vive Karadima no es una cárcel. Las funcionarias y monjas que lo cuidan no son sus gendarmes. Según un sacerdote bien interiorizado de la condena y de sus límites, sólo una persona está a cargo del cumplimiento de la condena: el cardenal Ricardo Ezzati. El arzobispo de Santiago es quien conoce cada uno de los pasos del cura condenado por el Vaticano. El jesuita Marcelo Gidi aportó otro dato al respecto:

-Debiese existir una persona del Arzobispado de Santiago que va siguiéndole la pista al cumplimiento de la sentencia. (…). Esta persona visita a Karadima o pide informes sobre él, porque como vive en una casa cerrada, no es fácil saber a quién recibe ni lo que hace.

Cuatro sacerdotes están entre aquellos que debieran cumplir esta función en el Arzobispado de Santiago: el vicario de la Zona Cordillera, Fernando Vives; el vicario para el Clero, Fernando Ramos; el vicario para la Vida Consagrada, Aldo Coda, y el vicario judicial, Jaime Ortiz de Lazcano. A pesar de que los cuatro dijeron a CIPER desconocer la existencia de un encargado para la fiscalización de la sentencia de Karadima, hay un nombre que se repite cada vez que se pregunta en el ámbito de la Iglesia por su identidad: Fernando Ramos, quien encabeza la vicaría del Clero, destinada básicamente a favorecer la formación permanente de los sacerdotes y diáconos de la Arquidiócesis de Santiago.

SU POLÉMICA MISA

La mañana del jueves 6 de marzo pasado sonó el teléfono en el despacho del abogado Cristián Latrille. Al otro lado de la línea alguien que se identificó como un vocero del Arzobispado de Santiago, le dijo: “La reunión con el cardenal Ezzati puede ser hoy”.

Ese mismo día, a las 18:00 horas, Ricardo Ezzati recibió en su casa a Latrille y al vicario judicial de Santiago, Jaime Ortiz de Lazcano. El motivo: conocer la versión de los hechos de quien había fotografiado a Karadima oficiando misa ante dos mujeres en diciembre de 2013, en la parroquia del convento en que hoy reside (ver reportaje de CIPER). Sentados alrededor de una mesa grande en el comedor de la casa, en la que Ezzati se ubicó en la cabecera, el arzobispo comenzó a interrogar al abogado Latrille.

Latrille le narró todo lo ocurrido en esa jornada: que su abuela paterna era residente del hogar y que, al ser informado de su fallecimiento, él fue de inmediato al convento al que llegó en horas de la mañana, y que al pasar cerca de la capilla vio que el cura que celebraba misa era Fernando Karadima y que dos señoras participaban junto a él del servicio. Le contó también que les tomó fotos, que grabó un video de 30 segundos y esperó a que la misa terminase para increpar al sacerdote.

Mientras Ezzati lo escuchaba, el vicario judicial escribía en un notebook lo que el abogado relataba. Cuando las preguntas terminaron, Jaime Ortiz de Lazcano le mostró a Cristián Latrille lo que había escrito para ver si el texto se ajustaba a su relato. Juntos modificaron algunas partes y se imprimieron tres copias. Finalmente, Ezzati, Ortiz de Lazcano y Latrille firmaron el acta. La secuencia fue relatada a CIPER tanto por Latrille como por Ortiz de Lazcano.

Karadima oficiando la polémica misa en el convento

La cuestionada misa tuvo lugar el miércoles 4 de diciembre de 2013. Como cada jornada, ese mediodía Karadima bajó a las 12:00 a la capilla del convento para oficiar su misa. Dos ancianas lo acompañaban. La mujer que aparece sentada al lado izquierdo de la fotografía tomada por el abogado Latrille, es una de las tres huéspedes de la casa de retiro que, de vez en cuando, celebran la eucaristía junto a Karadima. “Las tres son muy devotas y pasan todos los días a la capilla”, cuenta una persona que trabaja al interior del hogar. De la identidad de la mujer sentada al lado derecho del sacerdote, otra persona que trabaja en el convento la identificó como María Eugenia, la única de los hermanos Karadima Fariña que visita al sacerdote. “A la mujer de pelo oscuro que aparece en la foto la reconozco por la ropa”, afirmó a CIPER.

No es un hecho nuevo el que Karadima oficie misa en la capilla del convento en compañía de otras personas. A fines de febrero de 2011, en una entrevista concedida a La Segunda, el fallecido sacerdote Jorge Navarrete, quien vivía al cuidado de las Siervas de Jesús, reconoció que asistía todos los días a la misa que oficiaba el polémico cura: “El castigo no incluye la privación de la Santa Misa (…) [Karadima] no puede celebrar misa en parroquia. Pero aquí, en privado, está celebrando misa todos los días”.

En una de las pocas entrevistas que Ricardo Ezzati ha dado sobre la actual situación de Karadima, el 25 de marzo pasado, en el programa El Informante de TVN, confirmó que la investigación sobre la misa oficiada por el polémico sacerdote condenado ya había sido enviada a Roma. Dos meses después, el arzobispo de Santiago recibió la resolución de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF). “La misa en cuestión no puede ser considerada una celebración pública”, decía en el documento. Ezzati mantuvo en reserva la resolución por más de un mes, hasta que el viernes 4 de julio se publicó un comunicado en la página web del Arzobispado de Santiago. Pero ya antes, el 24 de junio, una alta autoridad de la Iglesia Católica reveló a CIPER: “La Santa Sede determinó que las fotos de Karadima oficiando misa no constituían una falta a las disposiciones puestas por la CDF”.

“Una misa privada no significa en solitario”, explicó a CIPER el abogado experto en derecho canónico, Camilo Cortés. Karadima “puede celebrar la liturgia con visitas restrictivas. Por ejemplo, si lo llevamos a la misa en el convento, el hecho de que solamente haya tres o cuatro monjitas no implica que la misa deje de ser privada, porque no está abierta al público”, acotó.

-Una cosa es que un sacerdote haga su misa en un lugar solo, otra es que lleguen personas mientras la celebra y otra muy distinta es que él los haya invitado a participar. Esto último Karadima no puede hacerlo (…). Si él estaba celebrando su misa en solitario y llegaron estas dos mujeres, él no puede hacer nada. Un sacerdote no puede echar a nadie –explicó el jesuita Marcelo Gidi.

Más allá de la polémica que provocaron las fotografías donde aparece Karadima oficiando misa en el convento donde se halla recluido –y que hiciera públicas el periodista Juan Carlos Cruz, uno de sus principales acusadores-, lo cierto es que la vida del sacerdote volvió a experimentar un cambio. Todas las fuentes consultadas indican que a partir de entonces las monjas del Convento Siervas de Jesús de la Caridad cambiaron sus procedimientos y pusieron mano dura para hacer cumplir la orden vaticana y evitar nuevos problemas. Una de las medidas impuestas fue que ninguna de las ancianas puede volver a usar la capilla cuando el sacerdote condenado esté celebrando su liturgia diaria. La nueva instrucción provocó que las monjas le pidiesen a María Eugenia Karadima que dejase de visitar a su hermano a diario. “Ella ahora lo visita muy poco”, aseguraron a CIPER varias trabajadoras de la casa de retiro.

El nuevo rigor que se le impuso a Karadima tenía relación con otras faltas a su condena y que se descubrieron en el transcurso de la investigación por la misa en el convento.

LOS QUE AÚN LO VISITAN

En efecto, la resolución del Vaticano sobre la polémica misa que fotografió el abogado Latrille y que Ezzati mantuvo en reserva por más de un mes, no sólo determinó que la liturgia oficiada por Karadima no constituía una falta, sino que también le impuso al sacerdote una “amonestación canónica” por intentar frustradamente contactar a miembros de la disuelta Unión Sacerdotal. Sobre la forma en que Karadima intentó burlar su condena, el Arzobispado de Santiago no quiso entregar detalles “con el fin de resguardar a las personas que denunciaron el hecho y así no extender más el daño”. Así se señala en su respuesta enviada a CIPER el 7 de julio pasado.

Pero lo cierto es que a Karadima lo visitan. Según la investigación realizada en el convento, al sacerdote condenado por el Vaticano “lo visitan médicos y hombres vestidos de curas”. Otra trabajadora del hogar, afirmó: “Ellos suben hasta su habitación”.

Entre los hombres vestidos de cura que mencionan las funcionarias del convento, figuran algunos de los sacerdotes más polémicos de la Iglesia Católica chilena. Uno de ellos es el cura Raúl Hasbún, quien en 2012 asumió la defensa canónica del ex vicario de la Solidaridad, Cristián Precht, declarado culpable por abusos sexuales. Hasbún, según constató CIPER, lo visita cada uno o dos meses.

Cardenal Jorge Medina

Otro hombre de la Iglesia que visita a Karadima es el cardenal Jorge Medina. Tres meses después de que el cura fuese recluido en el convento para cumplir la condena vaticana, Medina afirmó en revista Caras que en este caso no veía abusos sexuales: “Este es un acto de homosexualidad. Un muchacho de 17 años sabe lo que está haciendo”.

En abril de este año, Fernando Vives, vicario de la Zona Cordillera, visitó al cura en el Convento de las Siervas de Jesús. Si antes lo hacía en su calidad de director de la Unión Sacerdotal, ahora lo hace por caridad. El año pasado, el vicario Vives visitó al sacerdote cerca de tres veces.

La visita del sacerdote Vives a Karadima hace recordar la polémica que provocó el arzobispo Ricardo Ezzati cuando en la víspera de Navidad de 2011 llegó al encuentro del sacerdote condenado por el Vaticano. Ezatti justificó su visita argumentando que actuó por “cristiandad” y que esas son actitudes de “buen pastor”.

Sepultados quedaron aquellos domingos en que las bancas dispuestas para la feligresía se hacían pocas en la Parroquia El Bosque para contener a tantos católicos que acudían a  escuchar sus prédicas. No sólo los vecinos del antiguo barrio Las Lilas y de la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús iban a oír sus sermones. También llegaban personas de distintos sectores de Santiago para celebrar la eucaristía dominical junto a él. Hoy casi nadie quiere recordarlo. “Muchos de sus poderosos amigos le dieron la espalda”, dice un sacerdote que no fue su discípulo pero conoce bien la situación actual de Karadima y de la parroquia donde cimentó su poder.

Entre quienes tienen prohibido volver a entrar en comunicación con Karadima y menos estar en su cercanía, figuran los cinco obispos que integraban su círculo de hierro: Tomislav Koljatic, obispo de Linares; Horacio Valenzuela, obispo de Talca; Felipe Bacarreza, obispo de Los Ángeles; el obispo castrense, Juan Barros, y el obispo auxiliar de Santiago, Andrés Arteaga. También tiene prohibido el contacto con los sacerdotes Diego Ossa y Juan Esteban Morales, ex vicario y párroco de El Bosque respectivamente. La nómina incluye al arzobispo emérito Francisco Javier Errázuriz (**). Tampoco se le puede acercar quien fuera por largos años uno de los laicos más cercanos y quien le solucionaba hasta el menor problema doméstico o de gestión de su parroquia: Francisco Prochaska.

Desde que Karadima llegó a vivir al convento, casi todos sus amigos lo dejaron de ver. Incluso el empresario Eliodoro Matte, a cuya casa concurría periódicamente a cenar, hizo público su distanciamiento a través de una carta en El Mercurio. Quienes nunca lo han dejado de visitar, son sus hermanos Jorge y María Eugenia, quienes asisten al convento con muy poca frecuencia. Los otros tres hermanos con suerte se han aparecido por las puertas del hogar de ancianas. Óscar Karadima, el sexto de ellos, nunca lo ha visitado.

Según todos los consultados, no hay nadie que visite al ex párroco condenado por el Vaticano con cierta frecuencia. Su médico personal, Santiago Soto, afirma: “Tiene depresión y se medica todos los días (…), como él tiene una edad avanzada, su enfermedad puede que dure toda la vida”. El cardenal Jorge Medina agrega: “Fernando Karadima probablemente esté esperando el llamado del Señor”.

Según la especialista en psiquiatría de adultos de la Universidad Católica, María Pía Gatica, “las personas que presentan conductas como las de Fernando Karadima, tienen un trastorno ‘antisocial’: en estos casos no hay depresión, sólo angustia. Lo que sí podría haber son síntomas compatibles con un cuadro depresivo como reacción a una herida narcisista, que ocurre cuando alguien se siente castigado y/o tratado injustamente”.

-En psiquiatría, una persona antisocial es quien siente que no hizo algo malo pese a la gravedad de sus actos. Para ellos todo está justificado. No hay remordimiento ni culpa, ambos elementos característicos de una depresión. Muy por el contrario, ven al otro como un instrumento para satisfacer sus deseos. Sus relaciones con los demás son muy utilitarias –explica María Pía Gatica.

Convento Siervas de Jesús de la Caridad

Karadima puede salir del convento. Así lo dijo el cardenal Ricardo Ezzati el 23 de diciembre de 2011 en una entrevista con La Segunda: “Por supuesto que puede salir. No está en la cárcel”. La resolución impuesta por la CDF menciona que el arzobispado sólo se encarga de fijar residencia para vivir en un estado de oración y penitencia. En ninguna parte del documento aparece que debe estar enclaustrado en el recinto. Así, si Karadima lo desea, puede salir, siempre y cuando no tenga contacto con algún ex parroquiano, con miembros de la Unión Sacerdotal ni con quienes él haya dirigido espiritualmente.

Las pocas personas que visitan a Karadima en la actualidad aseguran que el sacerdote que fuera el más influyente de la elite santiaguina, hoy no sale del convento porque “tiene miedo”. No quiere que lo vean en la calle y lo increpen: vive lleno de temor.

ENCERRADO POR TEMOR

Cubierto por un grueso abrigo y portando un maletín negro, el doctor Santiago Soto ingresa al Convento Siervas de Jesús de la Caridad. Lo recibe la madre Rosario. Soto, médico personal de Karadima por decenas de años, es ya un viejo conocido de las monjas del convento. Intercambia un par de palabras con la religiosa y se dirige a la capilla donde se detiene para hacerle una reverencia a la imagen de Jesucristo. Una vez al mes Santiago Soto repite el mismo ritual. Luego sube al cuarto piso y toca a la puerta. Fernando Karadima saluda de mano a su doctor, quien le hace algunas preguntas y después de pedirle que se quite la camisa, lo examina. Le toma la presión y revisa sus órganos: pulmones, corazón y estómago. Cuando termina, mientras Karadima se viste, Soto le prepara su nueva receta. La visita dura en total alrededor de 40 minutos.

El doctor Santiago Soto es una de los pocos que lo visita regularmente. “El cura tiene miedo. Él me ha contado que familiares de las demás ancianas lo han insultado (…). Le han dicho que es un pederasta, un cura malo, un sinvergüenza”, afirmó a CIPER al describir el estado en que se encuentra Karadima en estos días.

Según el doctor Soto, las únicas salidas que Fernando Karadima ha tenido fuera del convento son exclusivamente por complicaciones médicas que lo obligan a dirigirse a un centro asistencial. El abogado Juan Pablo Bulnes es quien se ha encargado de transportar a Karadima hasta el Hospital Clínico de la Universidad Católica o al dentista. Bulnes, quien fue su abogado personal en la investigación canónica sobre las acusaciones de abuso sexual, tenía la aprobación de la madre superiora del convento para sacar al cura cuando lo necesitase. Ahora, el abogado ya no cuenta con dicha potestad: entre agosto y septiembre del año pasado terminó su labor profesional con el sacerdote, por lo que ya no puede mantener relación con él. Porque prima su calidad de ex feligrés.

El abogado Juan Pablo Bulnes, quien perteneció al grupo íntimo de Karadima en El Bosque por más de 40 años, no ha cumplido cabalmente la prohibición. En la Navidad de 2013, el jurista lo fue a ver y le entregó un presente. Esa fue la última vez que lo visitó. “Se siente muy solo”, dijo Bulnes a CIPER.

Un día, mientras el doctor Santiago Soto lo examinaba, Karadima se angustió. No entendía por qué su condición era la de un marginado. Con la voz entrecortada y la presión acelerada, le confidenció:

̶ Qué injusta esta cuestión. ¿Por qué tengo que estar aquí perpetuamente? ¡Me voy a morir en este lugar!

̶ Usted se va a morir aquí porque quiere seguir siendo sacerdote  ̶ le respondió Santiago Soto, mientras lo seguía examinando.

Fernando Miguel Salvador Karadima Fariña lleva 1.284 días (hasta el miércoles 23 de julio) de infierno interior.

 

(*) NOTA: Los autores son estudiantes de la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales y realizaron este reportaje en el curso Periodismo de Investigación, a cargo de la profesora y periodista Andrea Insunza.

(**) Más antecedentes en el libro “Los secretos del Imperio Karadima”, de Juan Andrés Guzmán, Gustavo Villarrubia y Mónica González (CIPER Catalonia-UDP, 2011).

 

Habla el abogado que descubrió a Karadima burlando la condena vaticana

El miércoles 4 de diciembre pasado es un día que al abogado Cristian Latrille Tagle (39 años) le será difícil olvidar. No sólo porque esa mañana muy temprano recibió la noticia del fallecimiento de su abuela, quien vivía en la residencia del Convento de las Siervas de Jesús de la Caridad (Santiago). Lo que nunca imaginó es que esa misma mañana se enfrentaría cara a cara con Fernando Karadima, el ex párroco de El Bosque, quien cumple allí la condena que le impuso el Vaticano por abuso sexual de menores y abuso de ministerio (enero de 2011). Un dictamen que le impide todo contacto con las decenas de jóvenes y adultos, entre ellos más de 20 sacerdotes y cuatro obispos, a los cuales dirigía espiritualmente.

La condena canónica también le prohíbe -a perpetuidad- el ejercicio de todo acto público del ministerio (entre ellos, impartir los sacramentos y celebrar misas, ver comunicado). Y sin embargo, cuando el abogado Latrille ingresó a la capilla del convento, su sorpresa fue mayúscula al ver al propio Karadima celebrando la misa, vestido especialmente para la ocasión. Del estupor pasó a la indignación cuando pasados unos minutos lo vio entregar la comunión y ser invitado él mismo a recibirla de manos del cura abusador.

Fernando Karadima celebrando una misa pública en el Convento de las Siervas de Jesús de la Caridad, ubicado en calle Bustamante en Santiago.

Poco después, Cristián Latrille tomó una decisión: se paró, le tomó fotos a Karadima en el púlpito y se dirigió al encuentro del cura condenado para enrostrarle que lo que estaba haciendo violentaba las normas de la Iglesia. Lo hizo motivado por su especial sensibilidad con las víctimas de abuso sexual. Lleva ocho años trabajando con sicólogos en un programa de reparación de menores víctimas de abuso sexual y maltrato. Ofrecen atención psicológica y jurídica a las victimas y sus familiares.

Si bien no atiende a los agresores, Latrille recuerda que en alguna ocasión debió enfrentarse a ellos. Pero sólo en el contexto de comunicarles una orden judicial, o de advertirles que tienen prohibición de acercarse a sus víctimas. Lo que tampoco imaginó es que recibiría de parte del protagonista de uno de los mayores escándalos de abuso sexual en la Iglesia Católica chilena, un alegato de su inocencia.

En esta entrevista, Cristián Latrille relata cómo fue el encuentro de ese triste miércoles con el ex párroco, el que  culminó con las fotos exhibidas públicamente para que el arzobispo de Santiago –tal como lo dictaminó el Vaticano- adopte las medidas respectivas para que Karadima cumpla rigurosamente el contenido de su condena.

UN FUNERAL ACCIDENTADO

-¿Cómo fue que usted se percató ese día que el sacerdote que estaba en la capilla del convento era el mismo Karadima?
Ese miércoles 4 de diciembre falleció mi abuela paterna. Nos avisaron a eso de las 7:00, y yo llegué al convento como a las 11:00. Ya estaban en la pieza donde falleció mi abuela, mi padre, mis tías y otros familiares, todos esperando que llegaran los servicios fúnebres. Como al mediodía, y mientras seguían llegando más familiares, una tía nos dice que vio en la capilla de la entrada del convento al cura Fernando Karadima celebrando misa.

Fernando Karadima, poco después de dar la comunión en la misma misa que celebró a pesar de la prohibición vaticana.

-¿Dónde está ubicada esa capilla?
Es una gran capilla que está en el primer piso, justo frente a la puerta de la entrada principal del convento. Cuando mi tía dice esto, yo quedé perplejo. Y pensé durante unos minutos si debía hacer algo, y de hacerlo, qué sería lo correcto. Tomé la decisión de ir a ver si efectivamente era Karadima quién estaba celebrando la misa. Entré a la capilla y me senté a escuchar la misa…

-¿Usted conocía personalmente a Fernando  Karadima?
Sólo por la televisión. No obstante que yo, como toda mi familia, sabíamos que él estaba viviendo ahí. Lo supimos desde el momento mismo en que llegó a vivir al convento. Cuando me senté y miré hacia el altar, lo reconocí de inmediato. Verlo celebrando la misa me provocó ira y una sensación de impotencia. Pero me traté de calmar. Respiré profundamente, y mirando la  estatua de la Virgen Maria, traté de tener claridad y de calmar mis emociones. Al final, conseguí calmarme y decidí mantenerme como un testigo objetivo de la situación.

-¿Fernando Karadima qué hacia en ese momento?
El estaba haciendo todos los pasos de la misa: leyó las lecturas, el Evangelio, dijo unas pocas palabras de comentario de las lecturas que acababa de hacer…

-¿Cuántas personas estaban presentes en esa misa?
Había dos personas adelante, dos señoras, y en la parte de atrás, familiares míos. La misa continuó, pasó una media hora y llegó la comunión. Las dos señoras de adelante se acercaron a comulgar. Una de ellas se da vuelta y nos hace un gesto por si queríamos comulgar. Karadima estaba con las vestimentas que los curas usan en Adviento y en Cuaresma (diciembre y Semana Santa): de color  morado que justamente significan la humildad y la penitencia… El momento en que vi a Karadima entregar la comunión fue lo más impactante: ¡no sólo estaba celebrando misa, si no que ahora daba la comunión!

LA RESPUESTA DE KARADIMA

-¿Qué hizo usted en ese momento?
Karadima empieza a dar la comunión y nos la ofrece a nosotros: a mí y a mi familia. Nosotros hacemos un gesto de rechazo y él volvió a ocupar su lugar en el altar. Las señoras se arrodillaron y la misa continuó. Hasta ese momento yo no sabía qué iba a hacer, seguía meditando en qué era lo correcto. La misa terminó y una de las señoras se acerca a Karadima y lo ayuda a sacarse las vestimentas clericales. Luego se dispone a ordenar el altar: apaga las velas y guarda la bandeja de la comunión. Karadima la observaba y luego se sentó en una silla al lado del altar.

En ese momento decidí levantarme y encararlo. Estaba bastante tranquilo. Caminé en su dirección, me acerqué y le digo que él no podía estar celebrando misa porque fue condenado por abusos sexuales reiterados contra jóvenes adolescentes. Su respuesta me dejó perplejo: me dijo que eso no era cierto. Le replico que sí es cierto, que fue condenado por el Vaticano y que él estaba incumpliendo la sentencia que se le impuso. Me dice: “eso es una mentira”. Y mirando una imagen de Jesús que esta en la capilla, me dice que no hable delante de Jesucristo de esa forma. Ahí le digo que soy abogado, que trabajo con niños víctimas de abuso sexual, que leí el proceso canónico del que fue objeto y que efectivamente él no puede celebrar la misa, ¡que no lo puede hacer! En ese momento me miró y me dijo que él iba a orar por mí y alargó su mano intentando tocar mi brazo. No se lo permití. Aparté inmediatamente mi cuerpo y le pregunté si se arrepentía de lo que había hecho. Karadima me miraba y no respondía. Se lo volví a preguntar. Él sólo miraba a Jesucristo y luego me miraba a mí y repetía que no dijera eso en su presencia.

Yo le seguía preguntando: “¿Se da cuenta de que le robó la inocencia a muchas personas? A jóvenes que confiaron en usted y en la iglesia, a los que confiaron en usted como director espiritual, y con su actitud, usted alejó a muchos de ellos de la Iglesia Católica. ¿Se da cuenta del daño terrible que le hizo a su propia Iglesia Católica?”. Le dije también que como él cree en el infierno, aun tenía tiempo para rezar por él mismo, para pedir perdón y así evitar irse al infierno.

-¿Qué hacía Karadima mientras usted lo encaraba?
Seguía en silencio, sus ojos iban de la imagen de Jesucristo a mí… Es curioso, en ese momento yo sentía que de alguna manera estaba representando a las víctimas. Me acordé mucho de las tres victimas más conocidas de Karadima: José Andrés Murillo, Juan Carlos Cruz  y James  Hamilton. Sentí que debía hacer eso, algo así como un deber moral. Le hablé durante bastante rato, le repetía una y otra vez que si se daba cuenta de todo el daño que le había ocasionado a tanta gente…  Que detrás de las víctimas estaban muchas familias… Karadima agachaba la cabeza, después volvía a mirarme y me decía: “Voy a rezar por usted”. Luego miraba a Jesucristo y me repetía una y otra vez: “¡no diga eso delante de Él!”. Yo estaba de pie y él sentado, y si bien lo increpé y mi tono era enérgico, me cuidé de no levantarle la voz y menos de entrar en descalificaciones.

JUSTICIA Y REPARACIÓN

-¿Por qué cree que tomó la decisión de encarar a Karadima en ese momento? ¿Cuál fue su motivación?
Trabajo hace ocho años con niños y jóvenes víctimas de abusos sexuales y, por eso mismo, sé del dolor de las victimas y de sus familiares. El dolor de las víctimas lo vivo a diario… Sé que las personas que son víctimas de abuso sexual sufren un daño muchas veces irreparable, a menos que puedan resignificar, tengan alguna terapia adecuada o logren justicia. Converso mucho con esas personas y sé que si hay algo común en las víctimas, es que ellos quieren justicia. Quieren que la persona que cometió el abuso vaya a la cárcel o tenga alguna sanción. Por eso sé lo importante que es para las víctimas de abusos sexuales que cuando su abusador es condenado, esa sanción se ejecute.

-De acuerdo a su experiencia, ¿esa condena se cumplió con Fernando Karadima?
Hubo condena, tal vez de forma tardía, pero se obtuvo. Por la justicia canónica y la civil. Y una vez condenado, lo ideal es que esa sentencia se cumpla. No hay nada peor para la víctima que enterarse que “se condenó” al acusado, pero no cumple la condena. Lo hacen sentir que su abusador se vuelve a reír de él. Algunas víctimas lo entienden como otra forma más de abuso. Una prolongación del dolor y del daño.

En ese contexto, y sin ser yo víctima de abuso, lo más fuerte de todo esto que le estoy relatando fue la actitud de Karadima: seguir negando todo. ¡Y más encima me decía que iba a orar por mí! Eso es muy típico de los abusadores: devuelven su culpa a las victimas de sus abusos.

-¿Por qué decidió hacer públicas las fotos donde se ve a Karadima celebrando misa a pesar de prohibición que lo afecta?
En ese momento sentía que el hecho de que se conociera que él seguía celebrando misa en público iba a ser muy violento para las víctimas. Porque lo mínimo después de lo que hizo, es que se cumpla lo que se sentenció. Pero después me di cuenta que eso es también prolongar la impunidad que por años lo benefició.

-¿Su abuela ya estaba viviendo en esa residencia cuando llegó Karadima a vivir ahí?

Abogado Cristian Latrille Tagle

Sí, y precisamente cuando nos enteramos que Fernando Karadima llegó a la residencia a cumplir su condena, muchos familiares quedamos muy incómodos. El lugar es maravilloso, y para mí, la mayoría de las monjas que allí viven son santas. Las he visto cómo dan su vida y se dedican a las abuelas, cómo las atienden, día y noche los siete días de la semana. Por eso mismo, quizás nos chocó que mandaran allí a Karadima. Cuando él llegó, se juntaron varios familiares de las abuelas residentes y la encargada del convento nos aseguró que él iba a ocupar el cuarto piso de la casa, donde no hay piezas de ancianas, y que no iba a bajar a donde están las abuelas. Nos aseguraron que Karadima no iba hacer misa, que iba a hacer sus rezos y su misa en su pieza. Incluso se nos dijo que él no iba a bajar al primer piso. Mi abuela estaba muy viejita y nosotros veníamos a verla en los horarios de visita: de 15:00 a 18:00 horas. Nunca nadie de mi familia se topó con él.

Lo que si recuerdo bien es que el acuerdo fue que él no bajaba a esa capilla principal. Por eso también mi sorpresa al encontrarlo ahí, celebrando misa frente a la entrada principal, por donde pasa la gente que llega a la residencia, además de todo el personal que allí trabaja.

-¿Cómo terminó su encuentro con Fernando Karadima?
En un momento, una de las señoras que asistía a la misa de Karadima se acercó y me dijo que él era un “mártir de la Iglesia Católica”. Acto seguido salió a avisarles a las monjas. Poco después entró la monja que en esos momentos subrogaba a la superiora. Muy molesta me dijo que yo estaba en su casa, que le estaba faltando el respeto a su casa, que no podía sacar fotos y que por qué me había acercado a Karadima. Le expliqué lo mismo que ya le había dicho al cura: que Karadima había sido condenado y que, en virtud de ello, no podía estar haciendo misa, que si ella lo avalaba estaba siendo cómplice del desacato a una prohibición impuesta por el Vaticano. También le dije que esa no era su casa, sino un asilo de ancianas, bastante caro por lo demás, y que mi abuela había llegado antes que Karadima. Que desde que él llegó, la vida en la residencia perdió por un tiempo la paz, ya que habían tirado huevos, habían pintado las paredes externas, pasaba gente gritando… Por último, le dije que a nosotros se nos había asegurado que él no iba a celebrar misa en la capilla y tampoco iba a bajar al piso de las residentes.

-¿Supongo que la monja subrogante de la superiora entendió sus razones?
No, porque en forma muy impropia me replicó que por qué entonces no habíamos sacado a mi abuela de allí si no estábamos contentos. Ahí le expliqué que, a pesar de que a ella nunca antes la había visto, estábamos tremendamente agradecidos con todas las monjas que ahí trabajaban por su enorme dedicación. Fue el momento en que, viendo la sorprendente actitud de la monja, una tía se acercó y le dijo que no debía molestarse porque lo concreto era que el Vaticano había dictaminado que Karadima no podía celebrar misas públicas. Pero la monja no cambió su postura. Y yo me alejé porque el funeral de mi abuela era importante.

 

Las cartas que obispos y sacerdotes leales a Karadima enviaron al Vaticano para exculparlo

En estos días el cura Fernando Karadima deberá volver a enfrentar un interrogatorio judicial debido a la demanda que mantienen sus acusadores James Hamilton, José Andrés Murillo y Juan Carlos Cruz. En ella se sostiene que la Iglesia Católica chilena es responsable por no haber investigado las denuncias contra el sacerdote que oportunamente se le hicieron llegar a sus autoridades. Más aún, los denunciantes acusan que los obispos formados por Karadima (Andrés Arteaga, Tomislav Koljatic, Horacio Valenzuela y Juan Barros) supieron por años de los abusos sexuales y sicológicos que cometía su mentor y los encubrieron. Y que el entonces arzobispo de Santiago Francisco Javier Errázuriz actuó indolentemente ante las denuncias y testimonios que recibió.

“Pese a recibir nuestras denuncias y el informe del padre Eliseo Escudero (primer investigador eclesiástico del caso), el arzobispado de Santiago no adoptó medida alguna tendiente a evitar que los hechos denunciados se siguieran cometiendo o bien tomar medidas disciplinarias en contra del párroco en cuestión, el cual siguió ejerciendo el sacerdocio a lo menos cinco años después de efectuada la denuncia. Esto refleja la desprolijidad y falta de importancia con que fue tratado el tema, pese a su gravedad”, sostuvo el abogado Juan Pablo Hermosilla, quien representó a las víctimas en el juicio penal donde se estableció que las acusaciones de abuso sexual contra Karadima eran ciertas, pero estaban prescritas.

Una serie de documentos a los que accedió CIPER muestran en detalle a qué nivel llegó el respaldo que obispos y sacerdotes formados por Karadima le dieron a su guía. En una veintena de cartas enviadas al Arzobispado de Santiago y al Vaticano, se describe a Karadima como un hombre recto y bondadoso; “un hombre que ha centrado su vida en la Eucaristía, celebrada y adorada, con fervor”, según escribió el sacerdote Juan Ignacio Ovalle Barros. Un hombre que “atrae hacia las cosas de Dios”, según afirmó el sacerdote Francisco Javier Manterola Covarrubias.

Estos testimonios tenían un objetivo claro: anular las acusaciones de las víctimas, que se han demostrado verdaderas tanto en el juicio eclesiástico como civil; y que había recopilado el procurador eclesiástico Fermín Donoso en su demoledor informe de junio de 2010 (Ver Informe del procurador Fermín Donoso).

La investigación de Donoso, que tampoco se conocía hasta ahora, incluye además de los relatos ya conocidos de laicos y sacerdotes, dos testimonios que no habían visto la luz: el de un hombre que accedió a tener sexo con Karadima hace 30 años; y el de un sacerdote que acusa a Karadima de haberlo abusado sexualmente desde los 16 años.

Respecto del primer caso, el sacerdote Donoso escribe: “Una persona casada relata un incidente ocurrido hace 30 años en que el padre Karadima le propuso una relación homosexual. Muchas veces se ha preguntado cómo pudo aceptar lo anterior. Sin negar su propia responsabilidad, dice que el padre era muy carismático y tenía una gran autoridad sobre sus fieles”.

Respecto del sacerdote abusado por Karadima, Donoso puntualiza que el testimonio fue recibido por el Cardenal Errázuriz. “Un sacerdote ante el cardenal arzobispo afirmó haber sido abusado con tocaciones, besos con lengua desde los 16 años y por ocho años. Estos actos ocurrían incluso en actos de confesión. Además, el padre Karadima le impuso restricciones en su ministerio, sobre todo vocacional, pero también parroquial, y lo indispuso con otros sacerdotes de El Bosque”. (Ver Informe Promotor Fermín Donoso)

Tras dar cuenta de varios testimonios de laicos y sacerdotes que confirman las tocaciones que prodigaba Karadima a los jóvenes y el control sicológico que ejercía sobre sus seguidores, Fermín Donoso ratifica lo que ya en 2006 había constatado el sacerdote Eliseo Escudero: las acusaciones de James Hamilton, Juan Carlos Cruz y José Andrés Murillo son consistentes y creíbles. Hay que recordar que la investigación de Escudero fue suspendida por el cardenal Errázuriz.

El presbítero Donoso concluyó también que Karadima cometió abuso sexual contra dos menores: Fernando Batlle y el sacerdote cuyo nombre no se menciona. Y recomendó al cardenal Errázuriz impedir que Karadima “ejerza dirección espiritual o pastoral con menores ni con seminaristas o sacerdotes”. Francisco Javier Errázuriz, sin embargo, no hizo nada por aislarlo del círculo en el que ya, sin espacio para dudas, Karadima causaba un daño terrible. Más aún, la clara prevención del informe contrasta con la respetuosa carta que le envió el arzobispo de Santiago al mismo Karadima, comunicándole que, a raíz de lo descubierto por el sacerdote Fermín Donoso, había enviado la investigación al Vaticano.

En la misiva el cardenal Errázuriz parece especialmente preocupado de dejarle en claro a Karadima que todo lo que está haciendo lo hace porque se ve obligado. El trato –deferente y respetuoso- es especialmente cuestionable tomando en cuenta la acumulación de pruebas que acusan a Karadima de abusos y también que Errázuriz nunca recibió a los denunciantes ni les informó de los pasos que la justicia eclesiástica estaba siguiendo.

En su misiva el cardenal Errázuriz no le impone su autoridad a Karadima: “Considero prudente la medida que usted tomó de renunciar, durante este tiempo, al ejercicio público del ministerio y si usted acepta por escrito la invitación que le hago como obispo de esta arquidiócesis de no ejercer públicamente el ministerio sacerdotal mientras este juicio no concluya, puedo prescindir de mandárselo como medida cautelar”. (Ver carta del cardenal Errázuriz a Karadima, 18 de junio 2010)

KARADIMA: ALEGRE Y PURO

La respuesta de Karadima y su círculo al informe del procurador Fermín Donoso, fue un documento de 109 páginas desmintiendo las acusaciones reunidas. Paralelamente, el abogado eclesiástico de Karadima, Juan Pablo Bulnes, pidió a los sacerdotes que se mantenían fieles a su mentor (para entonces 10 presbíteros habían tomado distancia de Karadima), que cada uno hicieran una carta contando su experiencia con el ex párroco de El Bosque. Fue una estrategia coordinada y dirigida. Todas las misivas están fechadas entre el 5 y el 10 de agosto de 2010. Y responden punto por punto a las acusaciones usando más o menos los mismos términos e incluso la misma estructura: se parte con alabanzas a Karadima, se cierra con críticas a los denunciantes.

Mientras el texto de la defensa atacaba los problemas técnicos del fallo eclesiástico, las cartas tenían por objeto que los sacerdotes usaran su credibilidad personal para ponerla al servicio de obtener la inocencia del ex párroco de El Bosque. La validez de las opiniones de estos sacerdotes radicaba en que muchos de ellos habían pasado décadas compartiendo con Karadima en la intimidad. Lo habían tenido de confesor y de director espiritual; habían hecho numerosos viajes con él, algunos al extranjero, como el obispo Tomislav Koljatic. Karadima los había ayudado a definir si tenían vocación sacerdotal y una vez investidos como curas, se habían integrado a la Unión Sacerdotal que se reunía sin falta todos los lunes en la Parroquia El Bosque para escuchar a Karadima y darle las gracias por iluminarlos con sus palabras.

Asegurando no haber visto otra cosa que un hombre piadoso, estos sacerdotes ponían en duda los testimonios de los laicos y curas que habían pasado ese mismo periodo siendo testigos de abusos, vejaciones y sintiéndose tiranizados sicológicamente.

Los sacerdotes que defendieron a Karadima ante el Vaticano fueron:

Jaime Tocornal, párroco de la Iglesia San Ramón (Providencia); José Miguel Fernández, párroco de Nuestra Señora de la Paz (Ñuñoa); Julio Söchting vicario en Santa María Del Sur (Pudahuel); Rodrigo Magaña, párroco de Santa Teresita de Los Andes (Puente Alto); Rodrigo Polanco, académico de la Facultad de Teología de la UC; Pablo Guzmán Anrique, vicario de San Vicente de Paul (La Florida); Antonio Fuenzalida Besa, párroco de Jesús de Nazareth (Estación Central); José Tomás Salinas Errázuriz, párroco de Inmaculada Concepción (Colina); Nicolás Achondo, párroco en San Martín de Porres (Pedro Aguirre Cerda); Jorge Merino Reed, vicario en Nuestra Señora del Carmen (Lampa);  Francisco Javier Manterola, párroco en San Vicente de Paul (La Florida); Cristián Hodge Cornejo, académico de la Facultad de Teología de la UC; Francisco Herrera Maturana, párroco en Santa María Del Sur (Pudahuel); Francisco Cruz Amenábar, párroco en Santa Cruz de Mayo (La Florida);  Samuel Fernández vicario en Santa Cruz de Mayo;  Juan Ignacio Ovalle vicario en Jesús Carpintero (Renca); Javier Vergara Nadal, párroco en Cristo nuestro Redentor (Peñalolén); Gonzalo Guzmán Karadima, vicario de Nuestra Señora del Carmen (Quilicura); Pablo Arteaga Echeverría, vicario en San Luis Beltrán (Pudahuel). (Vea la carta respectiva en cada nombre de sacerdote. La información de las parroquias se obtuvo de la web www.iglesia.cl)

Tras el fallo condenatorio emitido por el Vaticano, 16 de estos 19 curas firmaron una carta respaldando a las víctimas y se alejaron de Karadima. Afirmaron entonces que, “inicialmente nos resultaba muy difícil creer, y ahora queremos escuchar, acoger y acompañar a quienes tanto han sufrido. Hemos requerido de mucho tiempo para recorrer este largo y difícil camino a la luz de la investigación y la realidad de los hechos. Hoy quisiéramos dar señales claras de nuestro dolor. Hacemos nuestro el dolor de las víctimas y queremos acompañarlas con respeto y solidaridad”.

Los tres presbíteros que no se arrepintieron oficialmente de haber apoyado a Karadima fueron: Julio Söchting, Francisco Herrera Maturana y José Miguel Fernández.  A ellos se deben sumar el ex párroco de El Bosque Juan Esteban Morales y el sacerdote Diego Ossa. Si bien ambos no escribieron al Vaticano, constituían el núcleo más íntimo de Karadima y tanto en las investigaciones civiles como eclesiásticas negaron todas las acusaciones contra él. También contribuyeron activamente a descalificar a las víctimas.

Julio Söchting basó su testimonio en la larga relación que tenía con Karadima: “20 años desde que soy su dirigido espiritual, lo que considero una gracia de Dios”. En ese tiempo, afirmó, “nunca he observado, ni he sabido por otros, conductas ajenas a la dignidad sacerdotal”.

Contradiciendo las acusaciones de abuso sicológico ejercido por Karadima, Söchting sostuvo: “La experiencia de libertad evangélica, de delicadeza pastoral y comunión fraterna, de dirección espiritual sobrenatural y firme que he tenido todos estos años, me obligan como hombre de conciencia y sacerdote a comunicar estas experiencias”. (Ver carta de Julio Söchting)

El sacerdote Francisco Herrera también contradijo la imagen de tirano y dominador de conciencias que describieron sus acusadores. “Siempre he visto en él una delicadeza en el trato con las personas, actuando con discreción, mesura y cuidado en las manifestaciones de confianza y afecto”.  Y aseguró haber experimentado en muchas ocasiones que sus consejos eran “una luz esclarecedora para descubrir la Voluntad de Dios en mi vida personal y pastoral”.

Herrera atacó a los acusadores duramente. Respecto de James Hamilton sostuvo que el motivo de su denuncia no era otro que “un problema matrimonial público y el descuido de su vida cristiana y de oración”. Sobre el sacerdote Hans Kast, quien entregó uno de los más duros relatos sobre Karadima, Herrera sostuvo: “Mi impresión personal es que el descontento y alejamiento del presbítero Hans Kast se debieron más por anhelos de estudio no satisfechos y frustración como profesor en el Seminario Pontificio, del cual salió muy mal evaluado”. (Ver carta de Francisco Herrera).

El sacerdote José Miguel Fernández describió en su carta su larga relación con Karadima como una experiencia alegre y luminosa: “Desde un principio me llamó la atención la alegría, la acogida y la plena libertad con que se vivía la fe en la comunidad juvenil de la parroquia. Nunca me sentí controlado ni obligado a participar”. El estilo de Karadima lograba llenar la iglesia de felicidad: “Basta asistir a una reunión cualquiera del día miércoles para constatar el ambiente de sobrenatural alegría en que los jóvenes de la parroquia siguen a Cristo (…) Es admirable el hecho de que el P. Fernando jamás ha dejado pasar una oportunidad para hablarnos de Dios”.

Respecto de los acusadores, Fernández fue breve y duro: “Las razones por las cuales los acusadores que me ha tocado conocer (James Hamilton, Fernando Battle, Andrés Murillo, P. Hans Kast, P. Andrés Ferrada) se alejaron de la parroquia fue por problemas familiares, resentimientos, deseos de venganza, búsqueda de dignidades eclesiásticas, etc.” (Ver carta de Miguel Fernández).

Las cartas de los otros 16 sacerdotes seguían estos mismos principios, y si bien puede creerse que no vieron ni supieron de abusos -en el entendido de que Karadima liberaba sus instintos sólo con los más cercanos-, las cartas son claramente falsas al describir a un Karadima que defendía la libertad de pensamiento y las opciones individuales; falsas al describir una personalidad llana, luminosa y alegre. Los sacerdotes y laicos que lo tuvieron de confesor y director espiritual sabían que eso no era así, pues él controlaba cada detalle de la vida de sus formados y decidía qué podían hacer y qué no, incluso en el Seminario. En estas cartas hablaron de un sacerdote que nunca existió, un Karadima que era obra de una estrategia legal para salvar al otro Karadima: el real, al que todos temían.

LA DEFENSA DE KOLJATIC

Una vez emparejada la cancha del juicio eclesiástico a través de testimonios favorables, la defensa pudo plantear con mayor fuerza la idea de que los denunciantes mentían. Y pudo ofrecer razones de por qué estaban esgrimiendo sus acusaciones.

La mayoría de los sacerdotes que defendieron a Karadima se inclinó por acusar a Hamilton, Cruz, Murillo y Batlle de haber quedado resentidos porque Karadima les impidió ser sacerdotes.

Para muchos laicos puede resultar poco creíble que alguien se puede exponer públicamente como víctima de abusos sexuales para vengarse de no haber podido ser cura. Pero en el mundo creado por Karadima una idea así es perfectamente lógica. Ser sacerdote era lo máximo que le podía pasar a un joven pues mostraba que Dios lo había elegido. Un hombre casado era una persona de segundo nivel, que debía conformarse con una mujer por carecer de vocación. Por supuesto, Karadima era el único que podía ver la vocación y eso le daba un enorme poder sobre los jóvenes que por algún motivo de historia personal necesitaban sentirse especiales.

En sus cartas, los obispos Tomislav Koljatic y Horacio Valenzuela aventuraron otra explicación que esperaban hiciera mucho sentido en la cúpula vaticana: la acusación contra Karadima era parte de un complot destinado a desacreditar a la Iglesia en temas morales. Esa fue la línea argumental que utilizó el actual obispo de Linares Tomislav Kojatic en una extensa carta dirigida al sacerdote Luis Ladaría, secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la que habló de la “violenta persecución de la que era objeto Karadima”.

Sostuvo Koljatic: “En Chile vivimos con mucha fuerza ‘los Cristianos para el Socialismo’ en la década del ‘60 y luego la Teología de la Liberación en las décadas del ‘70 al ‘90. Muchos clérigos connotados eran partícipes de estas ideas y contrarios al Magisterio del Papa. Es una triste verdad que nos duele pero real. Por ello, la persona y la predicación del P. Karadima han sido desde siempre fustigados y rechazados por algunos eclesiásticos y laicos. Su testimonio de fidelidad a la Iglesia y al Papa ha sido para él motivo de persecuciones, críticas y ataques”.

Para el obispo Koljatic la fidelidad de Karadima “al Santo Padre y  al Concilio, al Rosario y a la celebración de la Eucaristía”, desató en la izquierda “una violenta persecución no sólo al Padre sino que a la Iglesia chilena. Basta ver las miles de páginas publicadas en los diarios, los minutos en los noticieros y las horas en las radios (…) En los medios no se ha respetado nunca  la presunción de inocencia (…) Tristemente en estas acusaciones han convergido enemigos declarados de la Iglesia (Masones y liberales) y más de algún eclesiástico que no comparte la línea del Padre Karadima”.

Koljatic advierte que la victima final del ataque no es solo Karadima: “Se ha buscado dañar la imagen pública de la Iglesia, preparando las leyes de aborto y de matrimonio homosexual, de manera de quitarle autoridad moral para hablar al país”. (Ver carta de Tomislav Koljatic)

La misma línea explotó el obispo Horacio Valenzuela afirmado que la prensa chilena está dominada ideológicamente por la izquierda:

No sería completa esta nota si omitiera lo que, a mi parecer, ha podido contribuir durante años a que en ciertos ambientes ideológicos, tanto en el mundo eclesial como en el civil, la persona del Padre Karadima no goce de ninguna o muy poca  estima. Son grupos en Chile muy poderosos, que dominan magistralmente la opinión pública, ligados a la izquierda política o a la masonería, que manejan gran parte de la prensa y han penetrado de modo significativo, entre otros, el Poder Judicial. Para ellos, el ataque a la persona y a la obra del Padre Fernando Karadima ha sido una oportunidad excepcional para desacreditar a la Iglesia y quitarle toda autoridad en materias de moral que han estado con fuerza en la discusión pública de nuestra patria”.

Esa campaña mediática -sostuvo el obispo de Talca- habría amedrentado a sacerdotes ligados a Karadima para declarar en su contra: “Hoy resulta evidente que, la parte acusadora en lo civil logró, a través de una presión mediática inédita y usada maliciosamente, instalar un clima de pánico ante la posibilidad de ser acusado de obstrucción a la justicia o complicidad. Si me permite, tengo la impresión de que, con  la amenaza y el miedo se logró gatillar una suerte de estampida que ha causado mucho daño, muchas reacciones irracionales y desmedidas. La necesaria actitud de conversión, colaboración y transparencia que nos ha pedido el Santo Padre, se ha confundido gravemente con acciones inconcebibles, como el hecho de que un sacerdote acuse a otro en materias no constitutivas de delito ni falta ante la justicia civil y sean publicadas ampliamente en la prensa sin posibilidad alguna de desmentir”. (Ver carta de Horacio Valenzuela)

Koljatic, Valenzuela y el obispo castrense Juan Barros -también salido de la cantera de Karadima- no sólo enviaron cartas al Vaticano sino que viajaron a Roma para alegar en los pasillos a favor de la inocencia de su mentor. Fue inútil. Los tiempos habían cambiado y el gran apoyo con que contaba el grupo de Karadima en el Vaticano, Ángelo Sodano (secretario de Estado del Vaticano 1991-2006), ya no tenía el mismo poder e influencia que ostentó por casi dos décadas.

Sodano asumió el segundo cargo de importancia en el Vaticano con el Papa Juan Pablo II inmediatamente después de abandonar la Nunciatura en Chile, en 1988. En sus diez años de misión en Chile, trabó amistad con Karadima y era un asiduo a la Parroquia El Bosque, al punto que uno de sus recintos más privados fue bautizado como “la Sala del Nuncio”. Sodano debió abandonar la secretaría de Estado del Vaticano en 2006 por decisión del Papa Benedicto XVI (Joseph Ratzinger), y ha sido señalado como uno de los principales responsables de encubrimiento en el propio Vaticano de los mayores escándalos de pederastia cometidos por sacerdotes, en especial la complicidad y apoyó con que contó Marcial Maciel, fundador de Los Legionarios de Cristo.

En 2010, Ángelo Sodano sólo seguía siendo el decano del Colegio Cardenalicio. Un título que ya no le permitía declarar inocente a ningún sacerdote abusador. Así, pese a las cartas, las alabanzas y los viajes, en enero de 2011 la Congregación para la Doctrina de la Fe condenó a Karadima, acogiendo plenamente lo planteado por el promotor de justicia Fermín Donoso.

El fallo Vaticano sostuvo: “No se puede olvidar que a favor de la inocencia del Rev. Karadima se manifestaron muchas personas, entre ellos obispos, sacerdotes y fieles laicos, sobre la base del hecho de no haber visto nunca nada de indecente en el comportamiento del imputado, manifestando también cierta perplejidad sobre los motivos últimos de los denunciantes. (…) La defensa, sin embargo, no logra disminuir la credibilidad y veracidad de las acusaciones”.

 

Ezzati exculpa a brazo derecho de Karadima a pesar de las pruebas que lo acusan

El sábado 16 de marzo, poco antes de viajar a Roma para participar de la entronización del Papa Francisco, el arzobispo Ricardo Ezzati presidió la ceremonia de inauguración del Año Pastoral de la Iglesia de Santiago. Un encuentro que reunió este año a unas 3.000 personas entre laicos, agentes pastorales y sacerdotes. En esa reunión, importante, en la que participa todo el clero, sin distinciones, y que se puede asimilar a la inauguración del año judicial, fue notoria una ausencia: el sacerdote Juan Esteban Morales, ex párroco de El Bosque y el más estrecho hombre de confianza de Fernando Karadima.

Cuatro días antes del encuentro, horas antes de la elección del Papa, y por un titular del diario La Segunda, se conoció de la existencia de una resolución que ponía fin a la investigación previa, iniciada en mayo de 2011, por denuncias de “abuso de autoridad” en contra del sacerdote Morales. El titular de portada del diario anunciaba sobre letras rojas: “Iglesia condena a brazo derecho de Karadima”, y en su interior la crónica respectiva informaba que Morales había quedado con prohibición de confesar y hacer dirección espiritual.

Esa misma noche el propio Morales desmintió la información (ver comunicado de prensa) enviando a algunos editores y periodistas el decreto firmado por el arzobispo Ezzati y el canciller presbítero Oscar Muñoz, en el que se estipula que se desecharon los cargos por abuso sexual y por “inadecuado ejercicio de la profesión médica y emisión de recetas” en contra el ex párroco de El Bosque, quien también es médico. El documento concluye que se aplicarán “medidas pastorales para corregir y consolidar” el ejercicio del sacerdocio.

En la mañana del jueves, el propio arzobispo Ezzati dijo a Radio Cooperativa que el presbítero Morales está facultado para dirigir una parroquia y seguir administrando sacramentos.

La decisión del arzobispo de Santiago cayó como “una bomba” y provocó gran desazón entre los denunciantes. “Es muy grave lo que ha ocurrido. La sensación que me queda es que el arzobispo Ezzati ha adoptado una línea clara en este tipo de casos, que es totalmente contraria a la justicia para las víctimas de sacerdotes, cuando se trata de sacerdotes influyentes”, afirmó a CIPER Gabriel Moreno, quien acusó a Morales de haber ejercido control sicológico sobre él, a través de la sobre medicación de fármacos.

La investigación previa sobre el sacerdote Juan Esteban Morales es una de las herramientas legales que usó la Iglesia para comprobar la verosimilitud de las denuncias. La llevó adelante el vicario judicial Jaime Ortiz de Lazcano, el mismo que investigó la denuncia por abusos sexuales en contra del ex vicario de la Solidaridad, Cristián Precht, quien resultó condenado por el Vaticano.

Aun cuando no se conoce el contenido del informe que emitió el vicario Ortiz –por su carácter secreto, ya que involucra a personas que declararon bajo estricta reserva-, se sabe que la investigación fue larga y acuciosa e incluyó el testimonio extenso de a lo menos diez personas que pertenecieron al círculo cercano de Morales y Karadima en la Parroquia El Bosque. Oficialmente, el comunicado emitido por el arzobispado en agosto del 2012 sostuvo que fueron “dos denuncias presentadas ante el Arzobispado de Santiago por eventuales abusos de autoridad en el ejercicio de su ministerio”.

Al interior de la Iglesia chilena hay desconcierto y estupor ante la decisión del arzobispo. No sólo por los antecedentes que son de público conocimiento contenidos en la condena de El Vaticano a Karadima y que comprometen seriamente al sacerdote Juan Esteban Morales en la red de protección a los abusos del ex líder de El Bosque. También por las contundentes conclusiones, en el mismo sentido, del fallo de la jueza Jessica González en el juicio contra Karadima. En ese contexto, la sentencia exculpatoria de Ezzati aparece además como una señal muy disonante con la declaración de la Conferencia Episcopal, emitida en abril de 2011.

En esa oportunidad, los obispos declararon: “No hay lugar en el sacerdocio para quienes abusan de menores, y no hay pretexto alguno que pueda justificar este delito. A las personas directamente afectadas y a las comunidades que en Chile han visto en algún sacerdote motivo de escándalo, les pedimos perdón, y les exhortamos a comunicarnos estos hechos. Es total nuestro compromiso de velar incesantemente porque estos gravísimos delitos no se repitan”.

También existe molestia con el pronunciamiento de Ezzati, porque distrae y “empaña” de algún modo el clima de celebración que ha empapado al mundo católico en torno a la elección del Papa Francisco.

EL SECRETO DE UN DICTAMEN

La sentencia de este caso era esperada con atención: daría una señal importante sobre cómo actuaría la Iglesia Católica chilena frente al entorno de Karadima y sobre los actos de encubrimiento de abusos de sacerdotes. Era un fallo que afectaba a quien es y ejerció por décadas como el hombre más cercano a Karadima. De allí la sorpresa y molestia por la sentencia de Ezzati ya que Morales aparece mencionado en decenas de testimonios judiciales como la persona que secundó a Fernando Karadima, tanto en las acciones para ejercer control sicológico sobre el actuar de los jóvenes de su círculo más cercano, como para evitar que prosperaran las investigaciones por abusos en contra de Karadima, a través de distintas vías. Y así mantener la impunidad de la que gozó durante cuatro décadas.

Ya con anterioridad una decisión del propio Ezzati respecto de Juan Esteban Morales había provocado molestia y polémica. El ex párroco de El Bosque entre 2006 y 2011 fue el único autorizado por la autoridad eclesiástica chilena para mantener contacto permanente con Karadima después de que fuera condenado por El Vaticano, en febrero de 2011, por abuso sicológico y sexual reiterado.

Un primer hecho que dejó claro el reciente episodio fue la demora para dar a conocer el fallo del arzobispo de Santiago respecto de Morales. Según consta en el mismo documento, éste se firmó el 25 de enero de 2013. Sin embargo, hasta el jueves 14 de marzo su contenido permaneció  inexplicablemente bajo sigiloso secreto. Y se hizo público no por iniciativa del arzobispado, sino a raíz de la mencionada publicación del diario La Segunda.

En rigor, las normas que rigen este tipo de investigaciones sólo obligan a notificar a la persona investigada –en este caso Morales- e informar a los denunciantes sobre los resultados. Aquí, sólo se notificó al padre Morales en enero. En cambio, a los denunciantes nada se les informó  según pudo corroborar CIPER. En principio, no hay obligación de dar a conocer el fallo a la opinión pública, pero fue el propio arzobispado el que se comprometió a “mantener informada oportunamente a la opinión pública de las etapas y resultados de este procedimiento”, dada la conmoción que provocó el conocimiento de los abusos de Karadima y la importancia del asunto. Ese compromiso se hizo público en agosto de 2012, al momento de anunciar el Arzobispado de Santiago que estaba en curso una investigación previa sobre Morales.

No obstante ese compromiso, el contenido del decreto llegó a los medios por vía extraoficial. Fue el propio investigado, el sacerdote Juan Esteban Morales, quien lo envió como reacción a la información de La Segunda del miércoles 13 de marzo. Esa edición del diario fue rápidamente reemplazada por otra especial dedicada al nuevo Papa Francisco. El fallo fue relegado a la última página.

Esa misma noche, el ex párroco de El Bosque envió un correo electrónico a algunos medios, mostrándose “sorprendido” por el artículo del diario y subrayando que no había condena y que las medidas adoptadas “no constituyen restricción alguna para mi ministerio”. Temprano al día siguiente, el propio arzobispo Ricardo Ezzati ratificó los dichos de Morales y realizó una encendida defensa en radio Cooperativa. Más aún, ante la pregunta de si Juan Esteban Morales puede administrar el sacramento de la confesión o ser nombrado párroco, monseñor Ezzati respondió categórico: “Por supuesto que sí” (escuchar audio completo).

Con el dictamen en mano, el arzobispo Ezzati leyó en la emisora textualmente: “Declárase sin sustancia y por tanto se rechazan las acusaciones que tienen que ver con el delito en contra del sexto mandamiento tanto en menores como en mayores de edad”. Y “declárase sin sustancia  y por tanto se rechazan las acusaciones que tienen que ver con un adecuado ejercicio de la profesión médica, así como la emisión de recetas médicas”. El decreto suscrito por el arzobispo Ezzati no hace mención alguna al concepto específico “abuso de autoridad”, que según el comunicado del arzobispado (en agosto de 2012) había motivado esta investigación previa.

Sin mediar explicación y habiendo desestimado las acusaciones por abuso sexual y mal ejercicio de la profesión médica, el dictamen oficial concluye que se adoptarán “medidas pastorales aptas a corregir y consolidar  el ejercicio del ministerio sacerdotal, especialmente en lo que concierne al acompañamiento espiritual y la conducción del pueblo de Dios”. Luego, detalla que el sacerdote Morales establecerá con el Vicario para el Clero un programa de acompañamiento espiritual y pastoral; profundizará los temas de teología moral, espiritual y pastoral y por último “confrontará su acción” con el Vicario Episcopal de la Zona correspondiente y periódicamente dará cuenta de la misma al arzobispado.

Hasta el jueves 14 de marzo el desmentido de Ezzati parecía zanjar definitivamente un entredicho a propósito de una publicación de prensa. Es decir, no había condena y Morales seguía habilitado para ejercer el sacerdocio. Sin embargo, nuevos antecedentes conocidos por CIPER dan cuenta de que efectivamente la publicación de La Segunda se ajusta al contenido del informe del vicario Ortiz respecto del “abuso de poder” en la dirección espiritual de Morales. Entonces, el error del vespertino habría sido hablar de “condena” en el titular, cuando finalmente no la hubo.

En este caso, por tratarse de una investigación previa que descartó el abuso sexual de menores, no se requería enviar los antecedentes a Roma. El arzobispo Ezzati ofició como juez con exclusiva responsabilidad sobre su dictamen, secundado por el canciller Muñoz.  El Código de Derecho Canónico le concede potestad para ratificar o modificar las conclusiones del informe que recibe del investigador de la causa. Es decir, aun cuando el vicario Ortiz pueda haber argumentado en su informe que sí hubo abuso de poder, Ezzati en su “discernimiento” pudo considerar lo contrario. La pregunta es por qué y en virtud de qué antecedentes. Nada de eso está explicitado en el documento oficial firmado por Ezzati.

Los antecedentes que entrega el decreto –de dos páginas- son muy escuetos. Sólo consigna que se realizó una investigación previa “para verificar la verosimilitud” de las denuncias contra Morales (no especifica cuáles ni cuántas); que debe investigarse tomando en cuenta las normas vaticanas contenidas en “Sacramentorum Sanctitatis Tutela”, las normas de la Congregación para la Santa Fe sobre el delito de abuso sexual de menores (“Normae de Gravioribus Delictis”) y el “Protocolo ante Denuncias contra Clérigos por abuso de menores” emitido por la Conferencia Episcopal en 2003 y actualizado en abril de 2011. Por último, se consigna que la investigación previa se realiza por “la necesidad de hacer justicia y de buscar el bien de las almas que es la ley Suprema de la Iglesia”. (Ver documento).

“ESPERABA QUE EZZATI ENCUBRIERA ESTO”

Gabriel Moreno (28 años) es uno de los denunciantes que acusó al sacerdote y médico Juan Esteban Morales de haberle recetado en 2002 antidepresivos en dosis más altas de lo recomendado para su edad y contextura. En la investigación declaró que las elevadas dosis le provocaron pérdida de memoria y luego una crisis que lo obligaron a ser hospitalizado. En su testimonio de 22 páginas, el ingeniero que formó parte del círculo de confianza de la Acción Católica de El Bosque desde fines de los 90 hasta 2002, acusó que fue objeto de fuertes presiones para que continuara asistiendo a la parroquia, bajo la amenaza de que podría condenar su alma si no lo hacía.

El relato detallado, dirigido al arzobispo Ezzati, lo entregó el 16 de marzo de 2011 al presbítero Oscar Muñoz, el mismo que firma el decreto con la sentencia junto a Ezzati. Había transcurrido un mes desde de que se conociera la condena a Karadima. Lo extraño es que –según cuenta Gabriel Moreno- transcurriría más de un año antes de que lo llamaran nuevamente del arzobispado. El 24 de agosto de 2012 lo contactó por mail el vicario que investigaba la causa –Jaime Ortiz de Lazcano- para que declarara en la investigación.

-El sólo había visto mi entrevista en La Segunda y por eso me llamó, pero no sabía nada de mi declaración escrita. Así es que le entregué copia de todo lo que había entregado un año antes, incluida una receta que tenía guardada y que había emitido Juan Esteban Morales. Me dijo que estaba muy sorprendido de no tener esa información a la vista –afirmó Moreno a CIPER.

El 30 de agosto del 2012, el mismo día en que el arzobispado comunicó oficialmente que existía una investigación en curso, Gabriel Moreno ratificó su denuncia ante el vicario Ortiz. Cuenta que, en esa oportunidad, el vicario abrió en su presencia un sobre que contenía todos los antecedentes que él había entregado un año antes al presbítero Oscar Muñoz. El investigador de la causa se enteraba recién ahí de su existencia en forma oficial.

– ¿Cómo fue la actitud del vicario Ortiz frente a su testimonio?
-Tremendamente empático. Tuve la sensación de una persona seria, que hace profesionalmente su trabajo y que tiene la convicción de que se puede limpiar la Iglesia. Y sentí que su interés era genuino, que se estaba esforzando por hacer bien el trabajo, a pesar de que mi confianza en el tribunal era nula.

Después de ese encuentro, Moreno no tuvo más noticias de la investigación, hasta que leyó el titular de La Segunda del pasado 13 de marzo y al día siguiente, se enteró del desmentido del arzobispo Ezzati.

-Cuando leí la información de que el obispo negaba todos los cargos contra Morales y desestimaba mis acusaciones, fue muy fuerte para mí. La verdad es que yo no esperaba nada cuando presenté los antecedentes en el arzobispado. Lo que esperaba íntimamente era que Ezzati encubriera todo esto. Y a la luz de lo que hemos visto, es lo que ocurrió.

-¿En qué se basa para afirmarlo?
-Yo presenté antecedentes importantes, un extenso relato detallado e incluso una receta médica como prueba. Les entregué toda mi historia, sé lo que sabe la Iglesia y resulta que finalmente salen diciendo que no hay mérito para creer que se ejerció control y que se abusó de autoridad en mi caso. Lo que veo es que me están diciendo que no es verdad todo lo que presenté y eso me parece inaceptable.

Gabriel Moreno afirma que en dos oportunidades le escribió al vicario Ortiz para preguntar si había novedades en la investigación. La primera, el 5 de diciembre de 2012. Luego intentó contactarlo nuevamente, el miércoles 13 de marzo, cuando leyó el titular de La Segunda anunciando una condena a Morales. En ninguna de las dos oportunidades recibió respuesta por parte del vicario. Tampoco fue informado oficialmente del resultado de la investigación.

QUÉ SIGNIFICA LA SENTENCIA

Ezzati aseguró que Juan Esteban Morales no tiene restricción alguna para seguir ejerciendo el sacerdocio. No obstante, especialistas en derecho canónico consultados por CIPER, sostienen que estas “medidas pastorales” pueden leerse bajo dos interpretaciones: la primera es que no se haya encontrado mérito suficiente para establecer un delito y, por lo tanto, se considere que sólo hay que “alinear” la formación del sacerdote para que no haya riesgo de prácticas reñidas con las directrices de la Iglesia Católica a futuro.

Aun así, llama la atención que no se haga ninguna alusión al tema del abuso de poder o de autoridad, aunque sea para descartarlo. O para establecer que, atendidos los antecedentes, se resolvió liberarlo de responsabilidad.

La segunda interpretación, es que la medida pastoral de acompañamiento dé cuenta de una sanción leve, en el rango de lo que estipula la normativa canónica para el abuso de poder. La pregunta nuevamente es por qué el obispo Ezzati no hace mención alguna al “abuso de poder” en su dictamen, así como lo hizo con las dos acusaciones sobre abuso sexual y ejercicio de la medicina. ¿Cuál es entonces, el sustento para estas medidas de acompañamiento, si se considera que no hay “sustancia” para los dos cargos que se le imputaron?

Según subrayó el arzobispo Ezzati, el sacerdote Morales está capacitado para dirigir una parroquia y realizar dirección espiritual. Sin embargo, llama la atención que este año no se le haya asignado una sede parroquial, como correspondería en su caso, habiendo dejado la Parroquia de El Bosque en junio de 2011. El proceso de asignación concluyó a fines de enero (cuando Ezzati ya había firmado el decreto) y a él no se le entregó esa responsabilidad. Actualmente, Morales vive en la Casa del Clero y no tiene “encargo pastoral”, según la información entregada por el Arzobispado.

TESTIMONIOS QUE ACUSAN

Cuando Ezzati tuvo a la vista el informe del vicario Jaime Ortiz, ya conocía los detalles de la sentencia de la magistrado Jessica González en el juicio a Karadima -con directas alusiones a la responsabilidad de Juan Esteban Morales- y también conocía el dictamen de El Vaticano que condenó a Fernando Karadima por abuso “de su ministerio” y abuso sexual contra un número indeterminado de menores, con la prohibición de ejercer públicamente sacerdocio. Dos antecedentes que aportaban elementos contundentes de juicio con respecto a la actuación de Morales en los delitos perpetrados por Karadima.

El fallo de 84 páginas que emitió la magistrado González en diciembre de 2011, concluyó que ocurrieron los delitos por abuso sexual en contra de menores entre los años 1980 al 83 y 1990 al 95, pero no se asignó responsabilidad penal a Karadima porque estaban prescritos. En ese dictamen judicial, se incluyen numerosos testimonios de sacerdotes y ex miembros de la Acción Católica de la Parroquia El Bosque, que apuntan con precisión a Morales como pieza esencial en el control sicológico, la manipulación de conciencia y las presiones que ejerció Karadima durante años sobre los jóvenes de su círculo más íntimo. En algunos casos, describen que esta fue la vía que utilizó para los abusos sexuales posteriores, incluyendo menores de edad.

Uno de los testimonios más elocuentes lo aportó el sacerdote Andrés Ferrada, miembro activo de la Unión Sacerdotal que dirigía Karadima e integrante de su círculo de confianza. Ferrada declaró que llegó a la parroquia siendo seminarista para hacer una práctica pastoral entre 1995 y 1996.

En su relato consigna que fue testigo de cómo ejercía la autoridad espiritual Fernando Karadima y “el grado de violencia moral” que aplicaba para obtener lo que él quería. En su opinión, el sacerdote Morales “llegó a ser colaborador estrecho de Karadima en la creación de este misticismo” y sostuvo que le “es muy difícil creer que no supiera de los abusos”. Explica que esta suerte de “misticismo” consistía en aplicar castigos a quienes contrariaban las órdenes o deseos de Karadima, los que iban desde “perder la relación espiritual con él, lo que amenazaba la salvación, hasta el aislamiento total de la comunidad”. Ferrada agrega que generaba conflictos entre quienes se oponían a sus designios y el resto de la comunidad de El Bosque “mediante ardiles como intrigas, mentiras y calumnias” para provocar división y acusaciones cruzadas; que fue testigo de “manipulaciones abiertas” de Karadima respecto de sus dirigidos y que creó un sistema de abuso de autoridad que hace creíbles las denuncias en su contra.

Juan Esteban Morales sucedió a Karadima como párroco de los Sagrados Corazones de El Bosque en 2006 y, con ello, tomó el control de los dineros y propiedades de la Pía Unión Sacerdotal. Aunque el obispo Andrés Arteaga era oficialmente su director, quien manejaba las platas era Morales, según admitió el propio Arteaga en Tribunales. Este factor tiene relevancia, porque luego se comprobaría que hubo millones de pesos destinados a comprar el silencio de testigos de los abusos de Karadima, para evitar que prosperaran las denuncias y que esos fondos fueron autorizados por Morales durante el periodo en que se desempeñó como párroco.

Su nombramiento para suceder a Karadima en El Bosque fue decidido por el entonces arzobispo de Santiago, cardenal Francisco Javier Errázuriz. Según testimoniaron numerosos miembros de la Unión Sacerdotal en el proceso eclesiástico y en la investigación judicial ordinaria, en los hechos eso significó que “nada cambiara” y que Karadima mantuviera el control a través de Morales.

La huella de Morales no sólo quedó plasmada en las víctimas de las “encerronas” que se le hacían a los que contradecían la voluntad de Karadima en El Bosque, como las calificó el sacerdote Andrés Ariztía. También quedó registrada en la investigación del Arzobispado de Santiago sobre la filtración que quebrantó el secreto en el juicio por la nulidad eclesiástica del matrimonio del doctor James Hamilton, uno de los principales acusadores de Karadima.

El testimonio de Hamilton fue filtrado por el entonces presidente del Tribunal Eclesiástico, Francisco Walker –miembro de la Unión Sacerdotal-, a Morales. Allí se detallaban los abusos sexuales de Karadima. Morales irrumpió en la consulta médica de Hamilton y le pidió que cambiara su testimonio. La respuesta fue un tajante no.  Acto seguido, Morales intentó con el fiscal de la Clínica Alemana conseguir información que desacreditara a Hamilton. Esos antecedentes eran inexistentes. Fue entonces que pidió declarar en el juicio de nulidad matrimonial, acusando a Hamilton de falsificar recetas médicas y de numerosos “pecados”. Todo fue inútil. El tribunal desechó las imputaciones de Morales y declaró nulo el matrimonio de Hamilton precisamente por haber sido abusado sexual y sicológicamente antes, durante y después de su matrimonio por su director espiritual, Karadima.

Ese fallo, el que tanto bregó Morales por impedir que se consumara, se convertiría en el primer reconocimiento oficial de la Iglesia Católica de los abusos de Karadima.

El sacerdote al que ahora exculpó el arzobispo Ezzati es uno de los tres integrantes de la Unión Sacerdotal de El Bosque que no dieron la señal de obediencia que correspondía ante el fallo de El Vaticano que condenó a Karadima. Morales lo defendió públicamente durante todo el proceso, llegando incluso a omitir las partes esenciales del dictamen romano en la misa dominical en la que debía ser leído íntegramente por instrucción del arzobispo Ezzati.

 

Imágenes inéditas de Fernando Karadima

Vea entrevista a Óscar Karadima: “Entiendo y me hago parte del sufrimiento de las víctimas de mi hermano”

Ver originales de los certificados de notas de Fernando Karadima

LOS VIAJES

Uno de los usos conocidos que Fernando Karadima le daba a las donaciones de los fieles de su parroquia eran los viajes que con un grupo de sus predilectos emprendía cada año preferentemente a Europa. El sacerdote era siempre el principal financista de esas excursiones que a veces duraban tres meses. Del Viejo Continente, su destino favorito, volvía cargado de regalos santos y de relojes. Y nunca olvidaba pasar por alguna tienda de lujo para comprarle un regalo a su madre.

Un hermano del sacerdote recuerda que el primer tour lo hizo en 1961 en barco. Toda la familia lo fue a dejar a Valparaíso. Karadima se había ordenado hacía apenas tres años. Su madre y sus hermanos vivían en una casa en El Bosque con todas sus necesidades cubiertas, gracias a la buena voluntad de Alejandro Huneeus el párroco de esa iglesia. Evidentemente el sacerdote no podía pagarse un viaje como ese al que por entonces sólo accedía la clase alta. Nadie tiene claro cómo se lo financió. Pero es claro que Huneeus, que por entonces gobernaba El Bosque sin contrapeso, autorizó la partida de Karadima esa vez y los años siguientes, pues desde entonces Karadima no paró más de viajar.

A veces lo hacía con su madre, como lo recuerda Rodrigo Serrano Bombal, apodado El rey pequeño por el poder que tenía en la parroquia, y a quien algunos identifican como agente de la DINA. «He viajado en dos oportunidades con el padre Karadima. Primero, en un viaje en que él y su madre doña Elena Fariña fueron invitados por el almirante Merino y a mí se me asignó su compañía y estuve en comisión de servicio. En otra oportunidad cerca de Buin por el día», declaró Serrano ante la justicia.

Pero esos no eran los viajes importantes, sino los otros, los que organizaba con los jóvenes más cercanos a los que convencía que tenían la marca de la vocación.

En 1971, durante su gira anual pasó a ver a su hermano Óscar, el único de todos los Karadima que terminó el colegio y que estudiaba en Inglaterra. Lo acompañaron su madre y Felipe Bacarreza. El mismo grupo se repitió en la expedición que Karadima organizó a Estados Unidos el verano de 1974, cuatro meses después del Golpe de Estado. Bacarreza, quien más tarde sería obispo y que no fue citado a declarar por ningún tribunal pese a haber sido un «favorito» de Karadima, también lo acompañó en su viaje a Egipto en 1978, junto a sus entonces otras «regalías máximas»: el doctor Jorge Álvarez y Gonzalo Tocornal.

Un año antes, el actual obispo castrense Juan Barros también fue incluido en el tour. Barros relató ante la justicia: «Entré a estudiar Economía e ingresé al Seminario el año 1977, después de un viaje a Estados Unidos que duró un mes, junto al padre Karadima, el actual obispo de Talca Horacio Valenzuela, el hoy obispo Felipe Bacarreza y Guillermo Ovalle».

Los viajes con sus seguidores no eran solo de recreación, sino que tenían un rol central en la estructura que diseñó Karadima para controlar la voluntad de quienes le interesaban y se ponían a su alcance. Cuando llegaba un joven nuevo, una de las primeras cosas que presenciaba eran las conversaciones en el comedor de El Bosque sobre los viajes pasados, las anécdotas y los encuentros místicos en las iglesias europeas. En esas mismas conversaciones Karadima comenzaba la planificación del siguiente tour, establecía los recorridos, hacía la lista de los hombres y mujeres santos con los que se confesarían y de sitios sagrados donde harían misa y, finalmente, elegía a sus acompañantes. Hamilton, que nunca había viajado fuera de Chile oía estas historias y se preguntaba «¿por qué no me invita, si soy tan cercano a él?». Lo pensaba a pesar de que ya había empezado a ser abusado.

Esa función instrumental de los viajes la intuyó el promotor de Justicia Eliseo Escudero cuando recomendó al Arzobispo Francisco Javier Errázuriz hacer una auditoría de los dineros de la Parroquia El Bosque, y del uso que se les dio para promover los abusos. El sacerdote se refería a los viajes que le habían narrado James Hamilton y José Murillo. El primero fue a Estados Unidos con Karadima y con Gonzalo Tocornal y Karadima no reparó en gastos. Según contó la madre de James al tribunal, su hijo no tenía dinero para costearse ese viaje y el sacerdote lo pagó todo. Incluso lo llevó a recorrer Manhattan en helicóptero.

Un paseo como ese en los años 90, debió hacer sentir a Karadima todopoderoso y al joven, muy afortunado. Durante ese viaje Hamilton compartía la habitación con Gonzalo Tocornal, pero muchas madrugadas debía pasarse a la pieza del sacerdote y amanecía con él.

El tour de José Murillo tuvo como excusa la ceremonia de beatificación de Alberto Hurtado en el Vaticano. Aprovecharon el viaje para recorrer Alemania, Austria y partes de Italia. Aunque Karadima no se propasó en ese momento, pues el acoso empezó de regreso en Santiago, Murillo entendió después que esa invitación —donde el sacerdote pagó todo — había sido parte de un proceso para hacerlo aceptar el abuso que vendría.

Karadima usaba los viajes para que los jóvenes rompieran con sus familias, como en el caso de Francisco Prochascka, a quien obligó a partir con él y sólo le permitió avisarles a sus padres cuando ya estaban en Argentina rumbo a Europa. Incentivando la rebeldía juvenil, hizo algo parecido con Gonzalo Tocornal, cuando la familia del joven se negó a financiar el periplo y Karadima incentivó al muchacho para conseguir parte de la herencia de su abuelo y hacer su voluntad.

Más brutal fue el caso de Juan Esteban Morales, a quien se llevó de viaje a Europa en 1985, cuando su padre había caído en la cárcel por deudas. A Juan Esteban, como a los otros jóvenes que convertía en sus favoritos, Karadima le había ordenado decirle «papá».

Con Morales y el sacerdote Eugenio de la Fuente fueron también a las cataratas de Iguazú, a las que llegaron por el costado de la frontera paraguaya. Karadima cumplió así con un deseo largamente acariciado pues había ido a Paraguay a visitar a Juan Luis Bulnes Ossa cuando éste huyó a ese país después de atentar contra la vida del comandante en jefe del Ejército, René Schneider, pero no llegó hasta las cataratas.

Así como viajar con Karadima metía a los jóvenes definitivamente en su mundo, negarse a ir con él era una forma de salir de su influjo. De ese modo se alejó Hans Kast, quien poco antes de partir a un nuevo viaje a Europa le dijo por teléfono que no lo acompañaría. Karadima gritaba al otro lado del auricular, pues seguramente contaba con pasar algunos días en la casa de la familia de Kast en Alemania. Al colgar, Kast se sintió por primera vez aliviado.

El mismo efecto producía iniciar un viaje por iniciativa propia, persiguiendo las obsesiones personales y no las de Karadima. Ese fue el caso del entonces vicario de El Bosque, Eugenio de la Fuente, quien pese a la oposición del sacerdote realizó un viaje a Polonia solo, para conocer los lugares importantes en la vida de Juan Pablo II, a quien admiraba. Karadima se opuso con fuerza, criticó su obsesión por el Papa, pero De la Fuente insistió y le desobedeció.

Desobedecer, hacer el propio camino, era la forma de liberarse de Karadima.

LA FORMACIÓN

Uno de los grandes secretos de Fernando Karadima es que no terminó el colegio. Llegó solo hasta segundo de humanidades Humanidades en el Instituto Alonso de Ercilla de Santiago, lo que equivale a octavo básico de hoy. Tenía entonces 16 años, por lo que iba bastante atrasado en sus estudios cuando los abandonó. Según los registros del colegio, en diciembre de 1946 se presentó a sus últimos exámenes con las siguientes notas: Matemáticas, 4; Ciencias Naturales, 3; Castellano, 3; Historia, 3; Francés, 3; Inglés, 2; Música, 4; Trabajos Manuales, 3; Historia del Arte, 3; Educación Física 4 . (Ver originales de los certificados de notas de Fernando Karadima)

Su calificación más elevada fue un 5 en Religión. Enrique Mc Manus, un compañero de esos años, recuerda que los Hermanos Maristas que dirigían el colegio «te ponían un 7 en Religión si ibas a misa». Raúl Mella, otro compañero, precisa que «era difícil que te fuera mal porque los curas estaban muy pendientes de los alumnos y te hacían ir a reforzamiento los miércoles y también los sábados».

A pesar de eso, Karadima estaba entre los alumnos con peor promedio.

A fines de diciembre de 1946, antes de rendir todos los exámenes, Fernando Karadima cayó enfermo. Le diagnosticaron «complejo primario», una infección pulmonar parecida a la tuberculosis que se le complicó y lo obligó a guardar cama durante casi un año. Cuando se recuperó, ya no volvió al colegio. Tenía casi 18 años y empezó a trabajar en una lechería que durante un tiempo tuvo su familia en Manuel Montt con Irarrázaval.

A un amigo de esa época, que luego fue feligrés suyo, le contó que tenía una vida muy dura, que se levantaba temprano y no paraba de trabajar hasta la noche.

Años más tarde, cuando ya reinaba en la Parroquia El Bosque, Fernando Karadima —quien disfrutaba mucho hablando de sí mismo—, evitaba contar pasajes de su vida antes de ser sacerdote. A veces mentía descaradamente al afirmar que había estudiado derecho Derecho en la Universidad Católica, lo que es imposible pues para ello debió haber terminado previamente el colegio. Otras veces relataba historias vagas, en las que había un poco de verdad y mucho de lo que le hubiera gustado vivir. Por ejemplo, decía que a los 16 años le rezaba con fervor a la Virgen para que lo aconsejara sobre qué debía hacer con su vida y que fruto de estos rezos un día se encaminó a ver al padre Alberto Hurtado, a quien no conocía.

La parte real de esa historia es que a los 16 sí rezaba con fervor, pues estaba a punto de repetir octavo y su padre le había advertido que de ser así tendría que trabajar en lo que fuera. La parte falsa es que no conoció al jesuita Alberto Hurtado sino mucho después y de manera más superficial de lo que a él le gustaba decir.

Justamente sobre su padre, Jorge Segundo Karadima Angulo, contaba otra historia bastante extraña. Decía que en 1949 sufrió un ataque cardiaco fulminante y que él salió a la calle a toda carrera a buscar un doctor. Sin embargo, en la puerta de la casa se encontró a un sacerdote y entendió que en ese hallazgo había un mensaje: era más importante salvar el alma que el cuerpo. Regresó a casa con el presbítero y cuando salía nuevamente a buscar al médico, su padre murió.

Con esos relatos Fernando Karadima pretendía hacer creer a los jóvenes que lo admiraban, que Dios había estado siempre a su lado, guiándolo. A la vez protegía su verdadero milagro: cómo había logrado, con su precaria educación y casi sin contactos sociales, dominar al sector más conservador de la sociedad chilena y quedar a cargo de formar espiritualmente a sus hijos.

De acuerdo a los datos públicos disponibles, Jorge Segundo Karadima Angulo era hijo de un inmigrante griego llamado Jorge Karadima Franco. En los años en que Fernando fue un cura famoso y respetado, uno de sus siete hermanos intentó seguir la huella de la familia en Grecia, pero solo descubrió que originalmente el apellido terminaba en «s». No pudo precisar ni cuándo llegó al país ese primer Karadimas, ni la zona de la que venía. Y tuvo que admitir que la familia partía con su padre y que más atrás los Karadimas se perdían en las sombras de la historia.

Jorge Segundo vivía en una pequeña casa en Talcahuano, frente al fuerte Punta Larga, donde se ubicaban originalmente los cañones que defendían la ciudad. En 1908 se ganaba la vida gracias a un contrato con la Armada para lavar las prendas de las enfermerías y de las secciones sanitarias. La Armada tenía acuerdos similares en otros puertos, normalmente a cargo de viudas, lo que refleja lo precario del negocio.

Karadima Angulo trabajó en eso durante 10 años, hasta que en 1918 no le renovaron el contrato. Se desconoce qué hizo a partir de entonces. Solo reapareció en 1927 como miembro de un tribunal de arbitraje en La Ligua, ciudad donde vivía la que sería su esposa, Elena Fariña Amengual.

Elena era la mayor de cuatro hermanos. Cuando se casó con Jorge en 1927, ella tenía 28 años y él casi 40.

A diferencia de su esposo, Elena Fariña sí podía remontarse en su historia familiar por lo menos tres generaciones y encontrar un pasado del que se enorgullecía y jactaba, situación que marcó su personalidad en muchos aspectos.
En la parte más brillante de ese pasado estaba su abuelo materno, Santiago Amengual Balbontín, uno de los héroes de la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana y también de la Guerra del Pacífico. Conocido como el Manco Amengual, comandó el regimiento Esmeralda, más tarde bautizado «Séptimo de Línea», en cuya historia se basó la novela homónima de Jorge Inostrosa.

Hasta fines del siglo XIX la suya era una familia influyente y acomodada, pero en la revolución de 1891 el general salió en defensa del Presidente José Manuel Balmaceda. Tras la derrota, saquearon las propiedades de los Amengual y ellos fueron relegados socialmente. Aunque tiempo después Santiago Amengual fue reconocido como el héroe que era, el apellido comenzó a declinar. Y muchos descendientes terminaron viviendo literalmente de su memoria reconocida por el Estado, pues las hijas y nietas del héroe tenían derecho a pensiones de gracia. Ese fue el caso de dos hermanas de Elena que solicitaron el beneficio fiscal debido a su frágil situación económica.

Los Fariña, la familia paterna de Elena, tenían una historia de similar decadencia pero sin ninguna cuota de heroísmo: una serie de malas inversiones acabaron con la fortuna que tuvieron a fines de 1800 y solo alcanzó para que el padre de Elena, Miguel Fariña Fariña, viviera su infancia en una mansión en Avenida Vicuña Mackenna y pudiese educarse en un colegio de elite.

De joven, Miguel Fariña entró al Seminario y aunque finalmente optó por la vida laica, lo que aprendió de latín y de religión le permitió ejercer como profesor en la escuela de La Ligua. Su condición era tan precaria, sin embargo, que su antiguo compañero de colegio, el latifundista Carlos Ossandón, le tendió una mano llevándoselo a trabajar de administrador de la hacienda Pullayes, una de esas propiedades que existían antes de la Reforma Agraria y que iban desde la cordillera hasta el mar, en este caso, hasta el balneario de Zapallar.

Sin embargo, incluso entonces los Fariña seguían siendo pobres y con un pasado que les hacía sentir que esa no era la vida que se merecían. Elena se formó creyendo que lo más digno y lo más acorde a la moral que les correspondía era imitar las prácticas de sus patrones, idea muy propia de las clases medias venidas a menos.

«Mi tía desde joven fue arribista», afirma un primo de Fernando Karadima que piensa que el influjo de la mujer fue central en la obsesión por el dinero que desarrolló el sacerdote.

En ese cuadro es muy probable que la decisión de casarse con un hombre 12 años mayor y sin oficio conocido, haya sido determinada por la precaria situación de su casa: Elena debía abandonar el hogar y para ese efecto Jorge Segundo era tan buen candidato como cualquiera.

Elena Fariña nunca estuvo dispuesta a reconocer esa parte de su historia. Desde el inicio de su matrimonio se fabricó una mejor: a sus hermanas les decía que el padre de Jorge había llegado a Chile como cónsul griego y que su marido no había nacido en estas ingratas tierras sino en Europa. Copiando los parámetros que ella conocía, estaba convencida de que ser europeo, incluso si se era un pobre campesino griego, tenía mucha más alcurnia que ser un hombre nacido y criado en Talcahuano.

Así, la pareja partió su vida juntos sin ningún otro capital que el carácter fuerte de Jorge Segundo y el hambre de Elena por recuperar el mundo que sus antepasados no le habían legado.

Se instalaron en Antofagasta, donde había una nutrida colonia griega y croata, y donde —según cuenta uno de sus hijos— Jorge Segundo trabajó como empleado del Banco de Chille. La familia tuvo un primer golpe cuando su primera hija, Elena Cenobia, murió a los tres años aparentemente de leucemia. Hasta el final de sus días Elena Fariña hablaba de esa niña con los jóvenes de la Acción Católica que su hijo Fernando le enviaba para acompañarla.

Jorge Segundo cuidó su carrera funcionaria, que era el sueño de muchos en esos años, y durante las siguientes dos décadas el matrimonio se fue trasladando de ciudad en ciudad, de acuerdo a las necesidades del banco, el cual les proporcionaba una casa para vivir.

En cada nueva destinación la familia fue creciendo hasta llegar a los 8 hijos . Fernando Miguel Salvador fue el segundo y nació en Antofagasta el 6 de agosto de 1930 a las 15 horas. Sus padres vivían entonces en la calle San Martín, a cinco casas de la catedral, en una propiedad que ya no existe.

A partir de 1940 la familia llegó a residir en la capital, en una casa que compraron en el barrio Salvador, frente a la parroquia San Crescente, inmueble que en la actualidad tampoco existe.

Lograr una casa propia fue un gran salto. Y se consiguió a costa de disciplina y privaciones, pues los recursos no crecían al mismo ritmo que las bocas. Amigos del colegio de Fernando recuerdan que, ya antes de abandonar los estudios, este debía ir a trabajar a la lechería con la que el padre trataba de mejorar la economía familiar.

Los vaivenes obligaron a los padres del futuro sacerdote a tomar una decisión que, por lo demás, era frecuente en esos años: el padre apostó por el primogénito, Jorge José del Niño Jesús y lo matriculó en el colegio Los Agustinos, que por esos años rivalizaba en la formación de la elite con el Saint George de la congregación de la Holy Cross. Según aparece en un anuario escolar del establecimiento, desde pequeño Jorge José tenía claro que su destino era la Escuela Militar por lo que lo apodaban cabo Karadima.

Fernando, en cambio, fue destinado al liceo Alonso de Ercilla, que no era del nivel del de su hermano, donde fue compañero del cantante Lucho Gatica.

Pero no solo los motivos económicos explicaban esta diferencia. Un familiar cercano relata que el padre tenía hijos favoritos y Fernando no estaba entre ellos. Por el contrario, «su padre lo maltrataba bastante, lo humillaba. Y también era un déspota con su mujer».

Fernando se apegó a su madre y heredó de ella su arribismo y su personalidad magnética, capaz de mantener a las personas atentas a su relato durante varios minutos. Pero también hizo suyos otros aspectos que Elena Fariña desarrolló durante sus 22 años de matrimonio, actitudes y gestos que tuvieron como espectador privilegiado y víctima a Fernando Karadima. Decidida y ambiciosa, Elena castigó a su tosco marido y a su numerosa familia desplegando el llanto cuando era necesario y siendo capaz de permanecer muda durante todo el tiempo que lo necesitara para obtener lo que quería. «Era una mujer increíblemente manipuladora», afirma un primo de Fernando.

La ley del hielo, eso de no hablarle a alguien que no le obedecía y que tanto usó Fernando Karadima con las decenas de jóvenes y sacerdotes que mantenía bajo su control en El Bosque, la aprendió de ella, una mujer que daba y quitaba su cariño para conseguir lo que quería.

Humillado constantemente por su padre, cuando Elena Fariña le mezquinaba su cariño y llegaba al extremo de no dirigirle la palabra, el futuro sacerdote se sentía miserable. No lo soportaba.

Elena Fariña siempre supo sacar provecho de ese dominio que tuvo sobre su hijo Fernando.

***

Puede que haya sido la estrecha cercanía con su madre la que hizo que uno de los tíos de Elena, el sacerdote Pío Alberto Fariña, tuviera un influyente rol ante los ojos del niño Fernando Karadima.

Alberto Fariña era un cura conservador, decidido y ejecutivo. Llegó a lo más alto de su carrera eclesiástica cuando fue investido como obispo auxiliar del Arzobispo de Santiago, José María Caro . El sacerdote Gustavo Ferrari, secretario del cardenal Raúl Silva Henríquez, lo recuerda como un religioso de gran instinto político y con mucho carácter. «Todo el mundo sabía que el que mandaba en el Arzobispado era Pío Alberto y no monseñor Caro, que era fundamentalmente un hombre bueno», explica.

El nombramiento de Pío Alberto como obispo se realizó en septiembre de 1946, cuando Fernando tenía 16 años y pasaba por una angustiosa situación académica. La investidura de su tío abuelo apareció en la primera plana del conservador Diario Ilustrado y se hicieron elogiosos perfiles suyos donde se lo describió como poeta, gran ejecutor de la cítara y un hombre piadoso que rehuía la figuración pública . Una gran cantidad de amigos de su infancia, hombres de gran fortuna e influencia, acudieron a saludarlo y le presentaron sus respetos.

En una de las notas de prensa se informaba:

«“Mi tendencia es esconderme, ocultarme” dice monseñor Fariña y en esto, como en todo, es sincero; conoce las veleidades del mundo y prefiere el franciscano y sencillo escondite buscando el auxilio de María, en el pintoresco barrio de San Miguel, donde vive» .

Ese masivo reconocimiento fue para la familia Karadima-Fariña una señal de que los años oscuros empezaban a quedar atrás: tenían casa propia, todos sus hijos estudiaban y el horizonte se veía promisorio gracias a este familiar que abría una línea de contacto con la elite.

«Solo por ser pariente del obispo Fariña conseguías muchas cosas, se te facilitaba el camino», relata un primo de Fernando Karadima, quien explica que fue así como algunos de los sobrinos nietos de Pío Alberto Fariña obtuvieron educación gratuita en buenos colegios católicos, mientras que a otros de sus parientes se les abrieron oportunidades de empleo a través de las redes de poderosos amigos del prelado.

La familia se arrimó al obispo como antes se había apoyado en las glorias pasadas del general abuelo de Elena Fariña. Y es que el destino de muchas familias de clase media precaria cambia radicalmente cuando un pariente destaca. Es exactamente lo que pasó a partir de los años 70 con la familia Karadima cuando Fernando llevó el apellido a tal altura que parecía a punto de transformarlo en marca registrada de santidad. En esos años decir «soy hermano del padre Fernando Karadima» era sinónimo de confiable para empresarios de gran poder económico, social y político como Eliodoro Matte o Ricardo Claro. Lo mismo para la jerarquía de la Iglesia. Y abría infinidad de puertas. A varios hermanos los colocó en departamentos que compró con dineros parroquiales; a otros los mantuvo viviendo dentro de la parroquia y les daba ayudas mensuales que no pueden tener otro origen que las donaciones que le hacían en su calidad de sacerdote.

Pero Fernando era distinto al general de Ejército y al obispo, y les hizo pagar su ayuda. Uno de los capítulos más desconocidos de esta historia es cómo Karadima manipuló a su propia familia. Uno de los hermanos relata, a modo de ejemplo, que les prohibió hablarle a su hermano Sergio cuando el hijo de este, Felipe Karadima, dejó el sacerdocio. Todos obedecieron y le hicieron la ley del hielo.

Peor suerte corrió la hermana del cura, Elena Karadima, casada con el médico Sergio Udo Guzmán Bondiek. Fernando convenció a uno de sus sobrinos, Rodrigo Guzmán, para que se hiciera sacerdote. Luego, lo alejó de sus padres, como hacía con todos los jóvenes que lo rodeaban.

«Diez años estuvo Elena Karadima sin que su hijo le hablara», relata un familiar. El joven recién regresó a su casa luego de que James Hamilton apareciera en marzo de 2011 entregando su testimonio en televisión, en el programa Tolerancia Cero, un año después de haber hecho públicas las denuncias de abuso sexual contra el sacerdote Karadima.

Al ver a su familia arrimarse al obispo Fariña, el adolescente Fernando tomó nota de lo importante que podía llegar a ser un cura. En los años siguientes se volvió muy cercano al obispo, quien en adelante lo presentaría como «mi sobrinito». Fruto de esta cercanía Fernando replicará lo esencial del estilo de su tío: un sacerdote devoto de la Virgen, que influye mucho en la Iglesia, pero manteniendo un perfil público muy bajo. Su tendencia a «esconderse», como decía su tío, Karadima la justificará acudiendo a los principios del monje renacentista Tomás de Kempis (amar, ser desconocido y no tener reputación), a quien decía admirar .

El obispo Fariña pasó sus últimos años en una casa de tres pisos cerca del centro de Santiago, prácticamente aislado del mundo, sin poder comprender los cambios que había sufrido la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II. Cuando ya era sacerdote, Karadima llegaba al lugar, saludaba al conserje que vivía en el primer piso, pasaba al segundo donde vivía su tía, y ahí hacía algo extraño: se cambiaba de ropa y se ponía una sotana que le llegaba al suelo. Solo así subía al tercer piso a saludar al obispo. Pío Alberto no recibía a ningún sacerdote que no vistiera sotana, al viejo estilo. Una vez que veía aparecer a Fernando, le extendía su anillo para que el sacerdote lo besara.
Era un hombre de la iglesia pre conciliar y en muchos aspectos Fernando Karadima Fariña también lo era.

***

Los dos hermanos mayores, Jorge y Fernando Karadima, desarrollaron personalidades muy distintas. Jorge, el favorito de su padre, era avasallador e impulsivo. De joven aprovechaba cada oportunidad que se le presentaba para mostrar que no se amilanaba con nada.

«Iba por la calle, veía el festejo de un matrimonio y apostaba que era capaz de entrar a la fiesta y en 15 minutos aparecer en el balcón bailando con la novia. Y al rato ahí estaba, muerto de la risa, bailando y saludándonos. O se subía a la micro y le desordenaba el peinado a una señora asegurándole que le había visto una araña en la cabeza», relata un amigo de infancia de los Karadima.

Fernando no tenía ese carácter. La larga enfermedad que sufrió en la adolescencia y el tener que trabajar mientras sus hermanos estudiaban, lo habían hecho más retraído. También lo opacaban las constantes humillaciones de su padre. Amigos de esos años dicen que nunca iba a las fiestas a las que lo invitaban. Tampoco recuerdan que se fijara en alguna niña.

Tenía, sin embargo, una gran cualidad heredada de su madre que resultaba atractiva: el don para relatar historias. Poseía un talento innato para manejar los ritmos del relato y lograr que otros se emocionaran o se rieran con lo que contaba.

«Era muy entretenido oír a Fernando. Tenía un carisma especial que podía hacer que te quedaras horas escuchándolo», explica un hombre que lo conoció de joven y luego fue su feligrés por décadas.

Su gran arma de control y seducción la descubrió más tarde: poseía una formidable memoria que le permitía retener cada detalle de lo que le relataban. Luego, era capaz de juntar distintas piezas de los relatos y completar las historias que no le habían contado.

Mientras su capacidad de narrar la usó desde el púlpito con predicas que entusiasmaban sobre todo a los jóvenes, su memoria fabulosa la aplicó en el confesionario. Karadima jamás olvidaba lo que le habían dicho, ni los pecados ni los lugares ni las personas involucradas. En su cabeza juntaba esos datos y construía las redes familiares, quiénes eran los amigos, qué influencia tenían, qué pensaban los padres, a qué curas conocían, qué muchachos sentían atracción por otros muchachos.

Eso le permitió ser el gran conocedor de los secretos de la elite chilena, situación que ayuda a entender por qué muchas familias muy influyentes salieron rápidamente en defensa del sacerdote.

Cuando ya estaba instalado en El Bosque, Karadima usó su capacidad narrativa para llenar con historias piadosas esos años de su adolescencia opaca y llena de incertidumbre. Decía haber pasado su infancia acompañado de Dios, jugando a hacer misa, mientras su hermano mayor jugaba a las batallas. Y en la pubertad, cuando sus amigos iban a fiestas y conocían a sus primeros amores, él había conocido al sacerdote Alberto Hurtado y había forjado una relación muy profunda y simbólica con él. Contaba que a los 16 años, sin conocerlo, casi guiado por la Virgen misma, fue al colegio San Ignacio de Alonso de Ovalle a buscarlo.

«Antes de decirme nada él me llevó a rezar durante una hora frente al Altísimo. Luego me preguntó: “¿Qué te dijo el Señor?”. Yo le dije: “Que tengo que hablar con usted”», relató en una entrevista.

Karadima aseguraba que a partir de ese momento no se separó más de Alberto Hurtado.

Sin embargo, ninguna de las numerosas personas que compartieron con el santo en esos años recuerda haber visto al escolar Fernando Karadima siguiendo al sacerdote jesuita.

La experiencia marcadora que sí parece haber tenido en esos años formativos es muy distinta. La relató a sus más cercanos en una de las veladas nocturnas que organizaba en su habitación en El Bosque. Allí dijo que cuando era un escolar un sacristán lo había toqueteado. Lo contó riendo.

«No ahondó en el tema», puntualiza Juan Carlos Cruz, quién oyó la historia directamente de Fernando Karadima.

Tiempo después el sacerdote Eugenio de la Fuente le escuchó relatar ese mismo episodio, solo que con un añadido: «Contó que su padre fue donde el sacristán y le pegó».

Por la forma en que Fernando Karadima alteraba su historia en sus relatos, no es posible saber qué parte de esa experiencia es cierta y qué parte es invento. Sin embargo, la tesis de que Fernando tuvo un inicio sexual traumático es plausible y de hecho rondó las mentes de quienes investigaron este caso en la justicia civil, incluyendo a la defensa jurídica del sacerdote.

En una entrevista le preguntaron a su hermano Jorge si en estos años de formación Fernando había tenido una polola: «No usaría la palabra polola. Le ponía el ojo a dos o tres chicas bien bonitas, pero en él primaba un interés por la vida religiosa…» .

En entrevista con los autores, otro de sus hermanos sostiene que jamás en su casa se sospechó nada «extraño» en torno a la sexualidad de Fernando. Y es claro el por qué: «Mi padre lo habría matado y mi madre se hubiera muerto».

Es posible, sin embargo, que su madre intuyera algo. «Ella siempre decía sobre Fernando: “Si es para ser un buen cura, muy bien. Pero si es para ser mal cura, es mejor que Dios se lo lleve”», cuenta un hermano del sacerdote.

Elena Fariña repitió esa frase por años, incluso cuando su hijo ya era un cura destacado. Tan abiertamente la repetía que en 2010, doce años después de su muerte, la podía citar el nochero de la parroquia, Bernardo Castillo, aunque en una versión más directa: «La señora Elena siempre decía: si no va a ser buen cura, mejor muerto».

Personas que formaron parte de los círculos más íntimos de Karadima atestiguan que la relación de ambos siempre fue tormentosa. Él a veces le gritaba y cuando llegaba a verla su hijo Óscar, la encontraba llorando y quejándose de lo cruel que era Fernando. Pero ella también era implacable con el sacerdote. Por más esfuerzos que él hacía para conquistar su afecto, no lo lograba. Así lo recuerda un cura que formó a Karadima y que convivió durante más de diez años con ambos en El Bosque:

«Desde que el padre Fernando comenzó a pasar sus vacaciones en Europa, a comienzos de los 70, siempre le trajo algún regalo costoso. Pero cuando se lo entregaba, ella no lo tomaba mucho en cuenta. Le decía “déjelo por ahí mijito”, sin mirarlo siquiera».

El mismo cura recuerda que una tarde Karadima lo envió junto con otro muchacho a hacerle compañía a Elena Fariña y los tres se pasaron el rato, como muchas tardes, jugando a los naipes (la canasta era su juego favorito). De pronto, la llamó su hijo Fernando por teléfono y le preguntó cómo estaba. «Ella, sin soltar las cartas ni cambiar de cara, pero poniendo voz lastimera, dijo: “Aquí estoy, pues, solita”», recuerda el cura, riéndose.

El 9 de abril de 1985 Elena Fariña mandó a redactar su testamento en el que nombraba a Fernando como heredero del único bien que poseía: un departamento en calle Padre Restrepo que Karadima vendió en 2010 en 2 mil UF. En el punto tercero del testamento aparecen los motivos que la llevaron a hacer esa elección en desmedro de sus otros hijos:

«(Elena) cree que es de justicia reconocer que ella tiene una deuda para con su hijo sacerdote Fernando aún cuando él nunca la ha cobrado ni mencionado siquiera como tal ni en ningún sentido. El valor de dicha deuda es igual al valor que tiene el departamento que posee en calle Padre Restrepo… En realidad, cree que el valor de la deuda es mayor que este y cree que también todos sus herederos lo saben, pero desea limitarlo a este monto para que todos sus hijos puedan recibir algo, en recuerdo del cariño que a todos por igual ha tenido y que quiere manifestar también de esta manera, como dice más adelante. Por tal motivo dispone que se le pague esta deuda a su hijo Fernando con la entrega del dominio exclusivo, libre de todo gravamen de dicho departamento».

En el documento figuran como testigos el sacerdote Francisco Errázruriz Huneeus, apodado Panchi, quien aún vive en la parroquia y al que Fernando Karadima trataba con desprecio; el abogado Gonzalo Bulnes Cerda, hermano de Juan Pablo, quien ha sido abogado personal de Karadima en los últimos 40 años; y el ingeniero comercial Guillermo Tagle Quiroz, quien llegó a El Bosque en 1975 y tuvo como director espiritual a Karadima desde 1981 hasta que fue sancionado por El Vaticano. Como integrante del Consejo Parroquial y a cargo del control de la administración de los dineros de la parroquia, Tagle Quiroz es uno de los hombres que mejor conoce los secretos de El Bosque.

En 1985 Fernando Karadima estaba en la cúspide de su poder. Un hermano del sacerdote que habló con los autores de este libro cree que este curioso agradecimiento, esta última voluntad en la que le rinde un homenaje a su hijo, no lo escribió Elena Fariña, sino que lo ordenó escribir Fernando Karadima mismo.

***

Muchos de los que conocieron a Fernando Karadima lo describen hoy como si hablaran del personaje central de la novela de Robert Luis Stevenson, Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Fernando tenía una cara piadosa, adoradora de la Virgen, un rostro que los viejos vecinos de El Bosque conocían y que era el que mostraba cuando lo invitaban a cenar los Matte, los Ossandón, los García-Huidobro; y otro que emergía en la intimidad de la iglesia, donde era el rey indiscutido. Y lo cierto es que la Parroquia El Bosque, como la casa del doctor Jekyll, tenía dos puertas. La principal, destinada a Dios, que se abría a la nave central y al campanario, a las festividades de la Virgen, que era cuando más brillaba la oratoria de Karadima. Y la trasera, que daba al parque Loreto Cousiño, por donde salían los jóvenes que se quedaban hasta la madrugada con él en su habitación. Cada Karadima tuvo su puerta y su vida. Una daba a la sociedad respetable. La otra a los placeres ocultos. Y la luminosidad de uno hacía increíble pensar en la existencia del otro. Más aun, le daba una inmejorable coartada.

No está claro cuándo empezó a emerger el segundo Karadima, que acabó dominándolo todo, pero es probable que ya en la adolescencia debió haber comenzado a sentirse atraído por muchachos. Y que al descubrirlo, su padre lo despreciara.

Es probable también que haya pasado por momentos de angustia debido a esas inclinaciones y que en la búsqueda de sanarse de lo que sin duda consideraba un pecado o una enfermedad, se haya acercado cada vez más a la idea de ser sacerdote.

Sin embargo, a diferencia de la historia que fue construyendo sobre su fe precoz, cuando fracasó el negocio familiar de la lechería, Fernando Karadima no entró a ningún seminario, sino que encontró un empleo menor en el Banco Sudamericano (hoy Scotiabanc) timbrando cheques de cuentacorrentistas, que era la forma oficial de iniciar una carrera bancaria.

Hasta los 19 años Fernando Karadima parecía haber asumido que ese era su destino. Pero en 1949 su familia vivió una prueba durísima que alteró la vida de todos. En noviembre de ese año el padre murió de un paro cardiorrespiratorio y dejó a su esposa Elena Fariña, que por entonces tenía 41 años, sin recursos y a cargo de ocho hijos. La menor, Patricia, tenía solo 8 meses; el mayor, Jorge José, 21 años, y estaba iniciando su carrera en la Escuela Militar.

A Jorge Segundo Karadima la enfermedad lo consumió en menos de un año. En agosto hizo un viaje a Puerto Montt y regresó con un fuerte resfrío. Se acostó y no volvió a levantarse. Pasó cuatro meses conectado a tubos de oxígeno, «agarrándose el pecho por los fuertes dolores y gimiendo», recuerda uno de sus hijos.

Jorge Segundo era un hombre seco, de pocas palabras, machista, muy estricto con sus hijos y siguió gobernándolos con rienda corta hasta el final. Raquel, la cuarta hija, que tampoco estaba entre sus favoritas, contaba una anécdota: había peleado con una hermana y el padre la castigó dejándola de pie con la cara contra la pared. Él estaba tan débil que rápidamente lo venció el sueño. Al despertar encontró a la chiquilla en el suelo, durmiendo en el exacto lugar donde le había ordenado quedarse. Ella tenía 14 años y su padre estaba muy disminuido, pero ni siquiera en ese estado ella se atrevió a desobedecerlo. Haciendo un gran esfuerzo, Jorge Segundo se levantó y la tapó. Ese mismo día murió.

Jorge José, el mayor de los hijos del matrimonio Karadima Fariña, tuvo que dejar entonces la carrera militar. Sus compañeros de armas hicieron guardia de honor junto al féretro en homenaje al difunto y también como despedida a su amigo. A través de los contactos familiares, accedió a un puesto en el Banco Central. Los contactos fueron buenos pues este joven, que nunca había trabajado en la banca, recibió de la institución —por un arriendo módico— un pequeño departamento en el centro de Santiago, al cual se trasladó a vivir toda la familia.

La casa de Salvador fue arrendada. Con esa renta y el ingreso de Jorge y de Fernando vivió varios años la familia. Pero la ruta en la que ya estaban enrielados se alteró radicalmente y solo uno de los ocho hijos terminó el colegio y fue a la Universidad: Óscar Guillermo, el sexto hermano, quien estudió Sociología. Por ello, todos —salvo Jorge, que logró consolidar su situación, y Elena, que se casó con un médico—, debieron recurrir económicamente a Fernando en muchas oportunidades.

En esos días de tristeza y de falta de dinero, hay evidencia de que Fernando Karadima empezó a pensar más seriamente en ser sacerdote. Jorge José, quien estaba a la cabeza de la familia, le pedía paciencia. «“Sería conveniente que te aguantes un poquito”, le decía yo, porque teníamos un semillero de hermanos y debíamos trabajar para ayudar a la mamá…» .

En 1950, sin embargo, Fernando Karadima tuvo un encuentro que lo convenció de cuál era su camino. Mario Rojas, un compañero del Banco Sudamericano que luego se casó con su hermana María Eugenia, lo llevó a ver a Alberto Hurtado.

Esta es la verdadera primera vez en que Karadima conoció al futuro santo. Y la borró de su biografía pues por entonces él no era un niño guiado por la Virgen —como los pastorcitos de Fátima— sino un funcionario bancario aproblemado. Y esa imagen no le gustaba.