“Derribarlo”: el ataque a Chile ordenado por Nixon y Kissinger que muestran los registros de la Casa Blanca

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Documentos desclasificados de EE.UU. registraron la génesis de la instrucción de Nixon para derrocar a Allende

“Che” Guevara: los memos secretos de la CIA y la Casa Blanca sobre su ejecución

Hace unos 10 años los productores de la película que Hollywood filmó sobre el Che Guevara –protagonizada por Benicio del Toro y dirigida por Steven Soderbergh– viajaron a Miami para obtener mayor información sobre las circunstancias que rodearon la ejecución del Che. En un restaurante de La Pequeña Habana, el reducto de la comunidad de exiliados anticastristas en Estados Unidos, se reunieron con Gustavo Villoldo, el agente cubano-estadunidense de más alto rango enviado en 1967 por la CIA a Bolivia, para ayudar a rastrear y capturar al icónico revolucionario.

Villoldo llegó cargando una gruesa carpeta blanca, llena de objetos de recuerdo sobre la muerte del Che: fotografías originales, télex secretos, recortes de noticias y hasta las huellas digitales oficiales tomadas de las manos yertas del Che. El álbum registraba los resultados históricos de los esfuerzos encubiertos de la CIA para entrenar y apoyar a las fuerzas especiales de Bolivia, con el fin de que encontraran y eliminaran al Che y su pequeño grupo de guerrilleros.

El memo secreto. “Sólo para los ojos del presidente”.
El memo secreto. “Sólo para los ojos del presidente”.

Con detalles macabros, el retirado agente encubierto rememoró sus discusiones con los oficiales del Ejército boliviano cuando el cuerpo de Guevara llegó en helicóptero a la ciudad de Vallegrande, desde el pueblo de La Higuera, donde había sido capturado y ejecutado. Los bolivianos querían cortar la cabeza del Che, dijo, y preservarla como una prueba de que Guevara estaba muerto y eliminado para siempre. Según Villoldo, él los convenció de que mejor le hicieran una “máscara mortuoria” de yeso; y de que cortar y preservar sus manos sería evidencia suficiente.

Luego Villoldo explicó cómo hizo los arreglos para enterrar en secreto su cuerpo, en un lugar donde nunca podría ser hallado. Y, en efecto, durante 30 años los restos del Che estuvieron “desaparecidos”; pero en julio de 1997 sus huesos, excluyendo sus manos, fueron encontrados en una fosa ubicada al lado de una pista de aterrizaje en los suburbios de Vallegrande.

En un momento de la conversación Villoldo abrió la carpeta y sacó de ella un sobre blanco. Dentro había un mechón de cabello castaño. Como máximo souvenir de esta victoria de la Guerra Fría, afirmó orgulloso Villoldo, él cortó algunas hebras de la cabellera del Che antes de deshacerse de su cuerpo. “Básicamente las corté, porque el símbolo de la revolución era este tipo barbudo y de pelo largo que bajaba de la montaña”.

Según explicó Villoldo, “para mí era como cortar el símbolo mismo de la Revolución Cubana”.

“SERIO GOLPE PARA CASTRO”

Este sentir fue compartido por los funcionarios de la Casa Blanca. Sin duda, puede afirmarse que la captura y ejecución del Che Guevara fue la victoria más importante de Estados Unidos sobre Cuba y la izquierda militante de América Latina, durante la época de la intervención y la guerra contrainsurgente que Washington llevó a cabo en los decenios de 1960 y 1970. Altos oficiales de la CIA y la Casa Blanca redactaron numerosos documentos secretos que analizaban el significado del deceso del Che para Fidel Castro y Cuba; y para el interés de Estados Unidos en impedir que la revolución se extendiera en el espacio latinoamericano.

Uno de estos memorandos –clasificado como SECRET/SENSITIVE/EYES ONLY– fue preparado para el presidente Lyndon B. Johnson cinco días después de la muerte del Che. Incluye como apéndice un breve resumen del director de la CIA, Richard Helms, confirmando los detalles de las últimas horas del revolucionario (vea aquí ese documento). El reporte anexo de Helms “captura y ejecución del ‘Che’ Guevara” confirma que el argentino no murió de “heridas de combate” durante un enfrentamiento con el Ejército boliviano, como la prensa había reportado desde Bolivia, sino que fue ejecutado “a las 13:15 horas… con una ráfaga de fuego de un rifle automático M-2”.

Villoldo y su carpeta de recuerdos
Villoldo y su carpeta de recuerdos.

El memorando de la Casa Blanca también confirma que el gobierno de Bolivia intentó ocultar su papel en la ejecución del Che al alegar que su cuerpo había sido cremado y, por lo tanto, no podía ser repatriado a su país natal, Argentina, o a Cuba. Roberto, el hermano del Che, viajó a Bolivia para pedir que su cuerpo fuera entregado a la familia; y el entonces senador socialista chileno, Salvador Allende, solicitó formalmente que se le entregara a Chile, lo que Estados Unidos interpretó como un esfuerzo de Fidel Castro por recuperar sus restos. “Los bolivianos no desean una autopsia independiente que muestre que ellos ejecutaron al Che, y su propósito es no permitir que sus restos sean explotados (políticamente) por el movimiento comunista”, se le informó al presidente Johnson.

Según este informe, la muerte de Guevara “representa un serio golpe para Castro”. La CIA había interceptado mensajes clandestinos enviados de La Habana a Bolivia que revelaban que Fidel había intentado la insurrección en el país andino como “un show cubano diseñado para desatar un ‘movimiento de magnitud continental’”. Castro inclusive había convocado a La Habana a altos miembros del Partido Comunista de Bolivia para aconsejarles que no presentaran la insurrección como un movimiento nacionalista. Según los mensajes interceptados, él se refería más bien a un “movimiento internacionalista”.

En un memorando aparte, el asesor de la Casa Blanca Walt Rostow reforzó ante Johnson la argumentación de que “la muerte de Guevara tiene implicaciones significativas”:

  • “Marca la desaparición de otro revolucionario agresivo y romántico como Sukarno, Nkrumah, Ben Bella… y refuerza esta tendencia”.
  • “En el contexto latinoamericano, tendrá un fuerte impacto para desalentar a potenciales guerrilleros”.
  • “Muestra la solidez de nuestra asistencia de ‘medicina preventiva’ a países que enfrentan una incipiente insurgencia – fue el 2o Batallón de Rangers de Bolivia, entrenado por nuestros boinas verdes de junio a septiembre de este año, el que acorraló y atrapó (a Guevara)”.

¿Cómo reaccionaría Fidel? Los funcionarios estadunidenses estaban preocupados de que “pueda intentar y lograr recuperar el prestigio perdido” emprendiendo alguna acción dramática contra Estados Unidos… “como poner una bomba en alguna de nuestras embajadas o secuestrar personal diplomático”. El Departamento de Estado envió una alerta de seguridad precautoria a los embajadores estadunidenses en la región.

La Revolución Cubana, sin embargo, no se distinguía por involucrarse en actos de terrorismo internacional; ninguna bomba estalló en una embajada de Estados Unidos y ningún diplomático estadunidense fue blanco de un ataque. La reacción inicial de Fidel fue dar un discurso encendido, solemne y conmovedor durante el masivo acto fúnebre en honor de Guevara, que se realizó el 18 de octubre de 1967, y durante el cual dio respuesta directa a algunos de los puntos planteados en los informes clasificados que circulaban en los niveles más altos del gobierno estadunidense.

García y Villoldo. La CIA sobre el terreno.
García y Villoldo. La CIA sobre el terreno.

La muerte del Che, declaró, “fue un golpe fuerte, un golpe tremendo para el movimiento revolucionario”. Pero, agregó Fidel, “aquéllos que alardean de victoria, están equivocados. Están equivocados cuando piensan que su muerte es el fin de sus ideas, el fin de sus tácticas, el fin de sus conceptos de guerrilla, el fin de su teoría”.

La insurgencia continuó, como continuaron las operaciones contrainsurgentes dirigidas por Estados Unidos, particularmente en países de Centroamérica, como Guatemala y Nicaragua. De hecho, con apoyo logístico y entrenamiento cubanos, a un decenio de la ejecución del Che, el Frente Sandinista de Liberación Nacional se convirtió en un movimiento formidable que acabó derrocando a la dinastía de los Somoza. Los funcionarios estadunidenses estaban equivocados si creyeron que las ideas, los conceptos y las teorías de Guevara serían enterrados junto con su cuerpo. Tal vez sus fracasadas tácticas guerrilleras no fueron muy inspiradoras, pero su martirio a manos de la CIA sí acabó por serlo.

A SUBASTA

El destino de los objetos que evocan la muerte del Che ilustra bien este punto. Al final, Gustavo Villoldo decidió subastar su carpeta con recuerdos de la ejecución. La subasta se llevó a cabo el 25 de octubre de 2007 en las Galerías Heritage de Dallas. Inicialmente, el precio mínimo de salida fue de 50 mil dólares. Pero después de que la casa de subastas recibiera una solicitud de información por parte del gobierno de Hugo Chávez en Venezuela –Chávez supuestamente intentaba adquirir el cabello del Che para devolverlo a su familia en Santa Clara, Cuba–, el mínimo se duplicó a 100 mil dólares.

Sin embargo, cuando el álbum de recuerdos pasó a la plataforma de remates sólo había un comprador: el dueño de una librería de Texas llamado Bill Butler, quien aceptó pagar esos 100 mil dólares, más otros 19 mil 500 dólares en comisión de ventas. Butler dijo a los reporteros que había hecho esa adquisición única porque el Che Guevara fue “uno de los revolucionarios más grandes del siglo XX”. (Traducción Lucía Luna)

Nota de la Redacción: Este texto fue publicado en la Edición Especial No. 55 de la Revista Proceso, bajo el título “El Che a 50 años. El Hombre, El Mito”.

Agustín Edwards Eastman: Un obituario desclasificado

El 15 de septiembre de 1970 fue un día dramático en la vida del recientemente fallecido magnate de la prensa chilena Agustín Edwards Eastman. El dueño de El Mercurio comenzó ese día a las 8:00 en Washington, desayunando en la oficina de Henry Kissinger, entonces consejero de Seguridad Nacional del presidente Richard Nixon. A las 9:15, Kissinger había concertado una reunión para Edwards con Nixon en el Salón Oval de la Casa Blanca. A pesar de que no hay registros que confirmen que esa reunión se haya concretado, sí es seguro que ese mismo día, más tarde, en el Hotel Madison, en el centro de Washington D.C., Edwards se convirtió en el único chileno –civil o militar– del que se sepa que se haya reunido cara a cara con el director de la CIA Richard Helms. Luego, a las 15:25, el presidente Nixon llamó a Kissinger y a Helms al Salón Oval, donde les dio la instrucción de intentar “salvar Chile” de manera encubierta, orquestando un golpe militar.

Tengo la impresión de que el presidente organizó esta reunión, por la presencia de Edwards en Washington y lo que… Edwards estaba diciendo sobre las condiciones en Chile”, testificó luego Richard Helms ante el Senado de Estados Unidos.

La extraordinaria influencia de Agustín Edwards en la política estadounidense y en la intervención de la CIA en Chile, no terminó ahí. Cuando la acción encubierta de la CIA –que incluye el asesinato en octubre de 1970 del general René Schneider, comandante en jefe del Ejército en ese momento– falló en bloquear la asunción de Salvador Allende, el imperio mediático de Edwards asumió el liderazgo -como colaborador clandestino- en fomentar un Golpe de Estado. El presidente Nixon personalmente autorizó fondos encubiertos de la CIA para apoyar a El Mercurio, de modo de que pudiera convertirse en un megáfono mediático de la oposición, agitación y desinformación contra el gobierno de Allende.

Agustin Edwards
Agustín Edwards

Después de su derrocamiento, la CIA explícitamente dio créditos a su proyecto de propaganda mediática en Chile por jugar “un significativo rol en preparar el escenario para el golpe militar del 11 de septiembre de 1973”, y continuó canalizando dineros al grupo Edwards para que El Mercurio pudiera “presentar a la Junta de la manera más positiva al público chileno”.

A lo largo de su vida, el señor Edwards negó que todas estas cosas hubieran tenido lugar. Aseguró que él y El Mercurio nunca recibieron financiamiento secreto de la CIA. En cuanto a su encuentro con Helms, declaró ante el ministro Mario Carroza: Esta reunión se efectuó días después de la elección de Salvador Allende, oportunidad donde se comentó las circunstancias de haber salido un presidente comunista en un país democrático, pero en ningún caso se pensaba en un Golpe de Estado o algo parecido”.

Pero la desclasificación de decenas de documentos secretos de la Casa Blanca y la CIA sobre su intervención en Chile, entregó una verdad histórica que, a lo largo de su vida, Edwards no quiso nunca admitir.

Estas son algunas de las revelaciones clave que contienen esos documentos:

  • Durante su larga conversación con el director de la CIA (Richard Helms) y uno de sus principales asesores, Kenneth Millian, Edwards no solo presionó para que Estados Unidos apoyara un golpe preventivo y bloqueara la asunción del recién electo Presidente de Chile, Salvador Allende; también entregó detallada información de inteligencia sobre los potenciales conspiradores de un golpe en las Fuerzas Armadas chilenas, y discutió “el ‘timing’ para una posible acción militar”.

De acuerdo a un memorándum de la CIA sobre la conversación con Edwards, titulado “Conversación sobre la situación política chilena”, en esa reunión revisaron sistemáticamente la fuerza y el potencial para un golpe de cada una de las ramas militares. Durante la discusión sobre la Armada, “Edwards describió al vicealmirante Fernando Porta, comandante en jefe de la Armada, quien se oponía a Allende, como indeciso y excesivamente cauteloso”. Reportó que “de 11 almirantes de marina, ocho son anti-Allende y tres son pro-Tomic, incluyendo al vicealmirante Luis Urzúa Merino, comandante del Cuerpo de Infantería de Marina”. Más adelante, en la conversación, Edwards informó a la CIA que después de “discutir la situación post-electoral con el [general Camilo] Valenzuela y algunos oficiales navales clave, estaban preocupados por dos puntos básicos: 1) Si el gobierno chileno fuera derrocado en una acción militar, ¿tendría el nuevo gobierno el reconocimiento diplomático de Estados Unidos?; 2) ¿Recibirían las Fuerzas Armadas chilenas apoyo logístico para una acción contra el gobierno?”.

Agustín Edwards también le dijo a la CIA que el presidente Eduardo Frei Montalva sería un aliado poco confiable en cualquier intento de golpe. “Frei probablemente se acobardará a último minuto”, afirmó Edwards. Cuando los oficiales de la CIA le preguntaron a Edwards quiénes de sus conocidos “todavía tienen buenos contactos con los militares”, nombró a dos miembros del Partido Nacional: Sergio Onofre Jarpa y Francisco Bulnes. Además, ocupó bastante tiempo describiendo “al mejor hombre” que podía ayudar. Pero la identidad de ese individuo sigue siendo un secreto de la CIA.

  • Después de reunirse con el director de la CIA, Edwards se quedó en Washington por varios días para seguir compartiendo información detallada con los funcionarios de la agencia que la CIA había movilizado para implementar la orden del presidente Nixon de orquestar un golpe. El 18 de septiembre, Helms reportó a Kissinger: “Estamos en un proceso de interrogar exhaustivamente en este momento al Sr. Edwards”.
  • Henry Kissinger, de acuerdo a las transcripciones de sus llamados telefónicos que han sido desclasificados, intentó arreglar una reunión ultra-secreta entre Edwards y el presidente Nixon. La noche del 14 de septiembre de 1970, Kissinger llamó al funcionario que le veía la agenda a Nixon, Stephen Bull, y pidió que Edwards fuera llevado discretamente al Salón Oval antes de una reunión que Nixon tenía agendada la mañana siguiente con el vicepresidente de la Unión Demócrata Cristiana alemana, Gerhard Schroeder. “¿Necesita Edwards más de 15 minutos?”, preguntó Bull. “En ningún caso”, replicó Kissinger. “Lo agendaremos de 9:15 a 10:00”, afirmó Bull. “En ese periodo de 45 minutos entrará Edwards al comienzo y luego haremos pasar a Schroeder”. Kissinger pidió que la cita con Schroeder comenzara a las 9:45. Para mantener la reunión entre Nixon y Edwards en secreto, Kissinger instruyó a Bull: “no dejes que [Edwards y Schroeder] se encuentren. Haz salir a Edwards”. La agenda diaria de Nixon lo muestra juntándose con Kissinger entre 9:37 y 9:49 AM –una ventana de doce minutos que potencialmente incluye a Edwards– justo antes de que el presidente Nixon y Kissinger comenzaran una reunión de 30 minutos con Schroeder. No hay otros registros de la Casa Blanca que den cuenta de que esa reunión tuvo lugar. Edwards testificó ante el ministro Carroza: “No tengo recuerdos de haberme entrevistado con Nixon”.
  • El Presidente Nixon autorizó personalmente más de US$1millón en septiembre de 1971 “para mantener al diario [El Mercurio] funcionando” (el monto inicial llegó a la considerable suma de 67 millones de escudos). Los documentos de la CIA y la Casa Blanca muestran que el grupo de medios de Edwards recibió casi US$2 millones de fondos encubiertos de la CIA entre el otoño boreal de 1971 y mayo de 1972. El dinero fue utilizado para pagar las cuentas y las deudas de El Mercurio y cubrir los “déficits operacionales mensuales” para asistir a las fuerzas opositoras. El Mercurio “ayuda a ponerle corazón a las fuerzas opositoras”, afirma un memo de Henry Kissinger. Ese dinero también sirvió para proveer cobertura mediática positiva a los candidatos anti-allendistas en las elecciones parlamentarias de marzo de 1973. Adicionalmente, los registros de la CIA revelan que el Grupo Edwards recibió fondos secretos de la ITT en cuotas de US$100.000 a través de una cuenta bancaria en Suiza.
  • El Mercurio y otros medios de propiedad de Edwards no sólo promovieron convulsión e inestabilidad en Chile, sino que conspiraron con las Fuerzas Armadas chilenas para generar las condiciones para un golpe. En mayo de 1973, la estación de la CIA en Santiago identificó a “la cadena de diarios de El Mercurio” entre “las partes más militantes de la oposición”, la que “ha fijado como su objetivo la creación de conflicto y confrontación que va a llevar a algún tipo de intervención militar”. El cable secreto de la CIA continúa: “Cada [parte militante] a su propio modo está tratando de coordinar sus esfuerzos con miembros de las Fuerzas Armadas que ellos supieran que compartían este objetivo”.
  • La CIA atribuyó este “proyecto de propaganda” en que El Mercurio y los medios de Edwards eran actores clave, como habiendo “jugado un rol significativo en preparar el escenario para el golpe militar del 11 de septiembre de 1973”. De acuerdo a un reporte post-golpe de la CIA, “antes del golpe, el proyecto de medios de comunicación contuvo una barrera constante de crítica anti-gubernamental, explotando cada posible punto de fricción entre el gobierno y la oposición democrática, y enfatizando los problemas y conflictos que se estaban desarrollando entre el gobierno y las Fuerzas Armadas”.
  • Después del Golpe de Estado, El Mercurio siguió recibiendo fondos encubiertos de la CIA hasta junio de 1974. La CIA determinó que los fondos eran necesarios para asistir al diario en su esfuerzo de ayudar al régimen de Pinochet a consolidar su poder. “Desde el golpe, estos medios han apoyado al nuevo gobierno militar. Han tratado de presentar a la Junta de la manera más positiva al público chileno”, de acuerdo a una solicitud de la CIA para la continuidad de los dineros encubiertos para El Mercurio. “El proyecto es esencial para permitir a la Estación [de la CIA] ayudar a moldear a la opinión pública chilena en apoyo al nuevo gobierno…”.

Todos estos documentos desclasificados de la CIA y la Casa Blanca fueron entregados al ministro Mario Carroza para su investigación sobre el rol de Agustín Edwards como colaborador encubierto de un poder extranjero contra instituciones democráticas en su propio país. Con su muerte, dicha investigación ya no traerá ninguna consecuencia judicial. Pero la verdad –en oposición a la abundancia de mentiras– sobre el papel único que Agustín Edwards Eastman jugó en la oscura historia de Chile, sigue siendo importante. No habrá veredicto en el “Caso Edwards”, pero estos documentos seguirán entregando el juicio de la historia.

LOS TOP TEN DE LOS DOCUMENTOS DESCLASIFICADOS

  1. Memorándum de la CIA: “Conversación sobre la situación política chilena”, fechado el 18 de septiembre de 1970. Nota: la reunión tuvo lugar el día 15; el resumen de la reunión fue transmitido a Kissinger el 18 de septiembre. Es un documento de 10 páginas fuertemente censuradas descubierto por Peter Kornbluh y publicado inicialmente en el sitio de CIPER en mayo de 2014 (ver documento).
  1. Versión transcrita de la CIA del memo “Conversación sobre la situación política chilena”, publicado por el Departamento de Estado. La fecha del documento fue cambiada por error y aparece 14 de septiembre (en vez del 18). La reunión Edwards/Helms tuvo lugar en el Hotel Madison el 15 de septiembre. Los censores de la CIA borraron el nombre de Agustín Edwards en gran parte del documento para proteger su contribución de inteligencia, pero dejaron sin censura varias partes (ver documento).
  1. Llamado telefónico de Kissinger al secretario que le llevaba la agenda a Kissinger, Steven Bull. Transcripción. 14 de septiembre de 1970. Kissinger fija una reunión corta y secreta entre Edwards y el Presidente Nixon (ver documento).
  1. Memo para Kissinger, Consejo de Seguridad Nacional, “Reunión del Comité 40”, 9 de septiembre de 1971-Chile”. Discusión sobre la entrega de US$1 millón de fondos encubiertos a El Mercurio (ver documento).
  1. CIA, “Autorización para apoyo a “El Mercurio”. 30 de septiembre de 1971 (ver documento).
  1. CIA, “Solicitud de fondos adicionales para El Mercurio”, 10 de abril de 1972 (ver documento).
  1. NSC, memo para Kissinger, “Reunión del Comité 40-Chile”, 11 de abril de 1972 (ver documento).
  1. CIA, resumen, “El Mercurio” 28 de febrero de 1973 (ver documento).
  1. CIA, cable, reporte sobre El Mercurio y otros grupos “militantes” fomentando un golpe, 2 de mayo de 1973 (ver documento).
  1. CIA, “Proyecto [censurado] Solicitud de enmienda No. 1 parar FY 1974 (ver documento).

 

* Peter Kornbluh es autor “Pinochet: Los Archivos Secretos” (Barcelona: 2004). Dirige el “Chile Documentation Project” en la organización sin fines de lucro National Security Archive en Washington D.C.

Documento de la CIA revela cómo Pinochet manipuló a la Corte Suprema en el Caso Letelier

En una ceremonia emocionante y sombría en el lugar donde el régimen de Pinochet terminó con las vidas del ex canciller Orlando Letelier y su colega Ronni Moffitt, el gobierno de Estados Unidos entregó este viernes 23 de septiembre a la Presidenta Michelle Bachelet un informe especial de inteligencia de la CIA que concluyó que el general Augusto Pinochet ordenó ese “acto de terrorismo de Estado” en las calles de Washington, D.C. El atentado con un coche bomba, que tuvo lugar hace 40 años, mató a Letelier y a su colega de 25 años. Además de la Presidenta Bachelet y altos funcionarios de su gobierno, a la ceremonia asistieron los cuatro hijos de Letelier, así como también Hilda Karpen, la madre de 88 años de Ronni Moffit.

Michelle Bachelet durante la ceremonia en el lugar donde ocurrió el atentado a Orlando Letelier.
Michelle Bachelet durante la ceremonia en el lugar donde ocurrió el atentado a Orlando Letelier.

El informe de la CIA está fechado en mayo de 1987 y lleva el título “El rol de Pinochet en el asesinato de Letelier y su posterior encubrimiento”. El documento resume al menos media docena de reportes de inteligencia de la CIA elaborados a partir de 1978, los que concluyen que “Pinochet decidió encubrir el caso para esconder su involucramiento y, en última instancia, proteger su puesto en la presidencia” (ver documento).

Estas son algunas revelaciones del reporte sobre los intentos del general Pinochet de encubrir su papel en el crimen:

  • En abril de 1978, Pinochet supo que el ex jefe de la DINA, Manuel Contreras, “le había entregado a un amigo cercano un maletín con documentos muy sensibles que hacían responsable de los asesinatos al Presidente [Pinochet], con instrucciones de hacerlos público si algo le sucedía a Contreras”.
  • En agosto de 1978, Pinochet se reunió personalmente con el presidente de la Corte Suprema, Israel Bórquez, “para asegurarse de que la Corte Suprema rechazaría las solicitudes de extradición de chilenos en respuesta a los procesamientos previstos en una corte de Estados Unidos”. Informantes de la CIA describieron la reunión con Bórquez, en la cual Pinochet dijo al juez que “le había prometido a los generales del Ejército que Contreras no sería extraditado debido al negativo impacto que tendría en la reputación del Ejército”. De acuerdo a la CIA, “el presidente de la Corte le prometió a Pinochet que haría todo lo posible para que la Corte cumpliera con su requerimiento”.
  • A fines de 1979, Pinochet revisó personalmente un borrador del futuro fallo de la Corte Suprema que denegaba la solicitud de Estados Unidos de extraditar a los oficiales de la DINA Manuel Contreras, Pedro Espinoza y Armando Fernández Larios. De acuerdo a las fuentes de la CIA, Pinochet “insistió que debía ser endurecido para excluir cualquier posibilidad de que el caso de extradición pudiera ser reactivado. El lenguaje fue cambiado para cumplir con la orden de Pinochet”.
  • La decisión de Armando Fernández Larios de entregarse a Estados Unidos en enero de 1987 y de endosarle la culpa a Pinochet generó una crisis de liderazgo dentro del Ejército chileno. La CIA reportó que a pesar de los esfuerzos de Pinochet de desacreditar a Fernández Larios, “muchos oficiales aún están seriamente preocupados por sus revelaciones y las implicancias negativas en la reputación de las fuerzas armadas. También creemos que lo reportado hasta ahora entrega sólo atisbos de qué tan seriamente ven este asunto y lo que están preparados a hacer al respecto”. Los analistas de la CIA creían “que Pinochet puede estar buscando protegerse a sí mismo a cualquier costo, posiblemente incluso eliminando a Contreras”.

Esta desclasificación especial probablemente renovará la atención sobre el estatus de Fernández Larios, quien actualmente vive en libertad en Florida. En 1987 llegó a un acuerdo de culpabilidad con el Departamento de Justicia, bajo el cual recibiría una condena de ocho años por su rol en el plan que terminó con la bomba instalada en el auto que transportaba a Orlando Letelier. Fue liberado después de solo cuatro meses en prisión.

CD con los archivos desclasificados.
CD con los archivos desclasificados.

En la ceremonia que tuvo lugar en la Massachusetts Avenue donde su padre fue asesinado, el senador Juan Pablo Letelier lanzó un fuerte llamado para que Fernández Larios sea extraditado a Chile, junto con el agente de la DINA que puso la bomba, Michael Townley. Chile busca la extradición de Townley por varios otros crímenes, incluyendo el del economista Carmelo Soria, así como también por el asesinato de Ronni Moffitt. “Es inaceptable e inexplicable”, dijo el senador Letelier, que nadie haya respondido por su muerte.

La divulgación del reporte de la CIA, junto a otros documentos menos dramáticos sobre Chile, completa un esfuerzo de dos fases hecho por la administración Obama para localizar y dar a conocer registros aún secretos sobre el rol del general Pinochet en el atentado del coche bomba. El Departamento de Justicia había identificado los registros de inteligencia como evidencia durante una investigación formal del FBI sobre Pinochet hace 16 años, luego de que el ex dictador fuera arrestado en Londres por crímenes de lesa humanidad. En enero de 2015, el gobierno de Bachelet solicitó que esos documentos fueran entregados a Chile.

En octubre pasado, el secretario de Estado, John Kerry, viajó a Santiago y entregó personalmente a Bachelet un CD con 282 documentos sobre Pinochet y el asesinato de Letelier y Moffitt. Entre ellos había un dramático memorándum del 6 de octubre de 1987, enviado al ex Presidente Ronald Reagan por el secretario de Estado George Shultz en el que se citaban las conclusiones de la CIA como parte de sus esfuerzos de convencerlo de cortar vínculos con Pinochet y presionar por el retorno de la democracia en Chile (ver documento).

Nunca antes la CIA había elaborado y presentado conclusiones de que existen evidencias tan fuertes sobre su rol [de Pinochet] de liderazgo en este acto de terrorismo”, informó Schultz al Presidente. “No es claro si podemos o queremos considerar enjuiciar a Pinochet”, escribió el secretario de Estado a Reagan. “Sin embargo, este es un ejemplo flagrante del involucramiento directo de un jefe de Estado en un acto de terrorismo de Estado, uno que es particularmente perturbador, tanto porque tuvo lugar en nuestra capital como porque desde entonces su gobierno es generalmente considerado como amistoso”, concluyó Schultz.

Cuando la Presidenta Bachelet se retiraba de la ceremonia en Washington junto al canciller Heraldo Muñoz y el embajador Juan Gabriel Valdés, funcionarios del Departamento de Estado les entregaron dos cajas de colores brillantes que contenían CDs. Un disco guardaba el reporte de la CIA, junto a otros registros de la Casa Blanca y el Departamento de Estado; el otro disco, de acuerdo a una nota diplomática que lo acompañaba, era para el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Contenía los 23 mil documentos que son parte del proyecto especial de desclasificación sobre Chile llevado a cabo por la administración Clinton. “Aunque estos documentos han estado disponibles públicamente desde el año 2000“, decía la nota diplomática, “el Departamento de Estado entiende que el museo y los académicos chilenos se beneficiarán con una copia digital”.

Documentos desclasificados muestran a Contreras como emisario secreto de Pinochet para Kissinger

El 7 de enero de 1975, el director de la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA), Manuel Contreras, viajó a Washington DC a una reunión secreta con el subdirector de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por su sigla en Inglés), Vernon Walters. Su verdadero propósito, sin embargo, era transmitir un mensaje de una página de Augusto Pinochet a Henry Kissinger, entonces secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional del Presidente Gerald Ford. “Vino como enviado especial del presidente Pinochet con un mensaje para usted para ser entregado a través mío”, reportó Walters al secretario de Estado Kissinger después de reunirse con Contreras por 45 minutos.

El memo de Pinochet requería que Estados Unidos entregara a Chile créditos, asistencia, así como tanques, barcos, submarinos y apoyo en vigilancia electrónica para proteger al país de lo que se percibía como una amenaza militar de Perú. En su conversación con Walters, Contreras reportó que la DINA había “infiltrado un miembro en el Comité Central del Partido Comunista” y que el régimen había “desmantelado completamente” la resistencia armada. Con Kissinger planificando una visita a Chile, reportó Walters, Pinochet quería que supiera que su régimen estaba dispuesto a “dar algunos pasos en la dirección de los derechos humanos y darle a usted (Kissinger) el crédito por haberlo persuadido” (ver documento original y su versión en Castellano).

Manuel Contreras y Augusto Pinochet
Manuel Contreras y Augusto Pinochet

Sólo seis meses después, nuevamente por “instrucción de Pinochet”, Contreras volvió a Washington el 5 de julio para una nueva reunión secreta con Walters. Esta vez informó que el régimen había decidido cancelar un viaje a Santiago de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas (ONU) para investigar el destino de los desaparecidos, y pidió que el gobierno de Estados Unidos ejerciera su veto ante cualquier intento de expulsar a Chile de la ONU. Contreras entregó detalles sobre las “excelentes relaciones de enlace tanto con los servicios [de inteligencia] de Argentina como de Brasil, con un amplio intercambio de información”, una colaboración regional que pronto se transformaría en la Operación Cóndor.

A nombre de Pinochet, Contreras nuevamente hizo lobby para conseguir ayuda militar para defender a Chile de los peruanos pro-soviéticos, que según aseguró, estaban trabajando con los cubanos para derrocar al régimen de Bánzer en Bolivia. “Al presidente Pinochet le gustaría ver si hay alguna forma por la cual Estados Unidos pueda conseguir ayuda militar indirecta para Chile a través de un tercer país”, reportó Walters a Kissinger.

En una reunión en el Departamento de Estado dos meses después, el embajador de Chile, Manuel Trucco, se quejó amargamente de que la DINA tenía “un canal separado con Washington” y que el ministro de Relaciones Exteriores “ni siquiera supo que Contreras venía” a la ciudad.

LOS SECRETOS DE LOS NUEVOS DOCUMENTOS

Las revelaciones de las comunicaciones secretas de Pinochet con Kissinger son parte de una docena de nuevos documentos desclasificados, un regalo adelantado de navidad de la oficina histórica del Departamento de Estado. El 18 de diciembre, la Oficina del Historiador liberó la última compilación de la serie Relaciones Exteriores de Estados Unidos (FRUS, por su sigla en Inglés), que contiene 1.000 páginas se documentos transcritos sobre las relaciones entre Estados Unidos y naciones del Cono Sur entre 1973 y 1976. Entre esos registros hay más de 115 documentos sobre Chile y los primeros años de la política de Estados Unidos hacia la consolidación de la sangrienta dictadura de Pinochet.

Augusto Pinocher y Henry Kissinger
Augusto Pinocher y Henry Kissinger

Algunos de los documentos se han conocido antes, pues fueron liberados hace unos 15 años como parte de la desclasificación especial de la administración Clinton, que luego de la detención de Pinochet en Londres dio a conocer 23.000 registros sobre Chile. Por ejemplo, el nuevo volumen de FRUS contiene la transcripción de la reacción de Kissinger, durante un reunión de asesores del 1 de octubre de 1973, ante reportes sobre la extendida represión y las ejecuciones que llevaba a cabo el nuevo régimen militar: “Creo que deberíamos comprender nuestra política, de que sin importar cuán desagradablemente actúen ellos, el gobierno [de Pinochet] es mejor para nosotros que lo que fue el de Allende”.

Contiene también la transcripción de la famosa reunión de Kissinger con Pinochet en Santiago, en junio de 1976, durante la cual le dijo al dictador que “en Estados Unidos, como usted sabe, simpatizamos con lo que usted está tratando de hacer acá… Queremos ayudarlo, no perjudicarlo”.

Pero el volumen también contiene muchos memos nunca antes vistos sobre conversaciones, reportes de la CIA, cables y apuntes de reuniones que arrojan bastantes luces sobre las operaciones de Pinochet y la política de Estados Unidos hacia la consolidación de su régimen. Y algunos documentos que habían sido liberados previamente con largos párrafos tarjados por los censores del gobierno, ahora se dan a conocer completos. A través del lente de los agentes y analistas de inteligencia, diplomáticos y funcionarios de alto nivel, se cuenta la historia de los primeros años de la dictadura de Pinochet.

De hecho, entre los muchos detalles, los documentos entregan luces sobre algunas operaciones clave y controvertidas, que tuvieron lugar entre 1973 y fines de 1976.

EL FINANCIAMIENTO SECRETO DE LA CIA A LA DC

El golpe fue ampliamente condenado alrededor del mundo. Como parte de un temprano esfuerzo de propaganda encubierta para mostrar al nuevo régimen con una mirada positiva, la CIA destinó US$ 9.000 a, de acuerdo a los documentos desclasificados, a “cubrir costos de viaje de tres miembros del Partido Demócrata Cristiano (PDC) para recorrer América Latina y Europa explicando la decisión del partido de apoyar al nuevo gobierno chileno”. La CIA también pidió fondos adicionales para ayudar a una organización que el cable menciona como “Chilean Society for Industrial Development” (Sociedad Chilena para el Desarrollo Industrial, podría referirse a la Sociedad de Fomento Fabril, Sofofa) a comprar una red de radios para promover al nuevo régimen, e intentó conseguir US$ 160 mil para ayudar al casi quebrado PDC a pagar sus cuentas y seguir funcionando como un partido político líder.

El esfuerzo de la CIA de seguir financiando de manera encubierta al PDC después del golpe desató un gran debate dentro del Departamento de Estado, particularmente entre el subsecretario de Estado para América Latina, Jack Kubisch, y Harry Schlaudeman, un importante asesor de Henry Kissinger. Discutieron sobre la conveniencia del apoyo encubierto y el riego de ofender a Pinochet versus la necesidad de mantener al PDC funcionando para apoyar al nuevo régimen.

Durante una reunión con funcionarios de la CIA el 23 de noviembre de 1973 –un resumen sin censura del encuentro está disponible ahora–, Kubisch argumentó que el apoyo encubierto para el PDC estaba bien cuando Allende era presidente. Pero ahora que Pinochet estaba en el poder, apoyaba el principio de no intervención. “El que simplemente no nos guste un gobierno no era razón para intervenir en sus países”, dijo. Shlaudeman, por otro lado, veía una gran hipocresía en esa posición. De acuerdo al memorándum de la conversación, “dijo que estaba preocupado por los efectos de un corte drástico e inmediato, especialmente porque lo que hemos estado diciendo desde 1962 es que nuestro principal interés en Chile era la supervivencia de la democracia. El señor Kubisch respondió que la democracia chilena había llevado al país cerca del desastre”.

Además, Estados Unidos no quería ofender al régimen militar de Pinochet apoyando a un partido pro-democracia. “El señor Kubisch preguntó qué pasaría si en enero o febrero la junta descubre que hemos puesto dinero a disposición del PDC. Naturalmente preguntarán qué diablos estábamos haciendo, ¿estábamos aún interviniendo en Chile; aún entrometiéndonos?”.

Al final, la CIA entregó fondos a la DC hasta junio de 1974, no porque representaran el potencial retorno de la democracia chilena, sino porque su apoyo para al golpe militar entregaba legitimidad al nuevo régimen. “Un quiebre del PDC con la junta”, argumentó Shlaudeman, “podría significar un retroceso en la efectividad del nuevo gobierno”.

EL CASO HORMAN

Entre los cientos de chilenos ejecutados en los días y semanas que siguieron al golpe, había dos ciudadanos estadunidenses: Charles Horman y Frank Teruggi. El caso de Horman, que inspiró la película ganadora del Oscar, Missing, se transformó a un dolor de cabeza político para Estados Unidos. Su esposa, Joyce, y su padre, Ed Horman, presionaron tenazmente a los funcionarios de la embajada para encontrarlo luego de que fuera capturado por los militares en su hogar y desapareciera el 17 de septiembre de 1973.

Dos de los funcionarios de la embajada que manejaban el tema eran, de hecho, agentes de la CIA encubiertos que actuaban como agregados diplomáticos en el consulado. Por primera vez, el volumen FRUS da a conocer sus identidades: John S. Hall and James Anderson (los historiadores del Departamento de Estado se acercaron a la CIA y pidieron registros de un archivo llamado “Proyecto Especial de Búsqueda Chile”; también pidieron a la CIA permitir que se publicaran sus nombres. La CIA accedió).

Charles Horman (Foto:democracynow.org)
Charles Horman (Foto:democracynow.org)

En noviembre, la estación de la CIA en Santiago envió un cable a Washington reportando los contactos que Hall y Anderson tuvieron con la familia Horman y los esfuerzos iniciales que hicieron para investigar su paradero. El cable comienza así: “La embajada en general y el consulado en particular están siendo acusados de ineficiencia y negligencia en el manejo de los casos de Frank R. Teruggi y Charles E. Horman. Los siguientes párrafos contienen el contexto de los aspectos más importantes del comportamiento de [oficiales consulares John Hall and James Anderson] [una línea no desclasificada]”.

Anderson se transformó en un actor clave en la saga de la búsqueda de Charles Horman. Durante la primavera de 1974, acompañó al agente de inteligencia chileno Rafael González a recuperar el cuerpo de Horman de una fosa común en el Cementerio General. Poco después, sin embargo, González pidió asilo en la embajada italiana con su esposa e hijo pequeño, y fue forzado a vivir ahí por varios años, mientras el régimen de Pinochet se negó a darle un salvoconducto para salir del país. En junio de 1976, dijo a dos reporteros estadounidenses que había estado presente en la oficina del general Augusto Lutz mientras Charles era interrogado y que había un estadounidense en la habitación –una falsedad que dijo haber inventado para atraer la atención sobre su pedido de asilo– y que Charles había sido asesinado “porque sabía demasiado”.

Las acusaciones de González crearon un escándalo mayor en Estados Unidos, donde ciudadanos y líderes del Congreso estaban indignados por las operaciones de la CIA para derrocar a Allende. Los nuevos documentos revelan que esas protestas llevaron al segundo de Kissinger, Harry Shlaudeman, a reunirse con Anderson en San José de Costa Rica en septiembre de 1976, donde fue destinado en forma encubierta en la embajada como un funcionario político.

De acuerdo a un “memorándum para registro” sobre esa reunión desconocido hasta ahora, Anderson recordó todos sus esfuerzos para ubicar a Charles Horman en el otoño de 1973, así como sus encuentros con González. El memo revela, por primera vez en más de cuatro décadas, que la CIA compiló un set de documentos investigativos, basados en entrevistas y reportes de Anderson, sobre sus esfuerzos para ubicar a Horman luego de que su causa se transformara en célebre. De acuerdo a Anderson, guardó un set de memos y reportes porque “preparó el borrador de un cable para su supervisor debido a la sensibilidad del caso. Acompañando el borrador de este telegrama había información de contexto para que su supervisor decidiera si transmitir o no el borrador”.

Sin embargo, ninguno de esos documentos fueron recuperados por el Departamento de Estado. Pero este documento ayudará a la familia y sus abogados a presionar a la CIA para que encuentre los registros de Anderson y los libere.

OPERACIÓN CÓNDOR

La nueva colección de documentos contiene un número de documentos desclasificados sobre el asesinato del ex canciller Orlando Letelier y sobre el conocimiento del gobierno de Estados Unidos respecto a la Operación Cóndor. Incluyen documentos desclasificados anteriormente que muestran que los asesores de Kissinger supieron de Cóndor y sus misiones de asesinatos en julio de 1976, e informaron a Kissinger a comienzos de agosto. Kissinger autorizó una demarche (una advertencia, expresando su preocupación por el plan) a todos los gobernantes militares en las naciones Cóndor. Pero luego de que su embajador en Santiago, David Popper, objetara que “Pinochet podría tomar como un insulto cualquier inferencia de que está conectado con esos complots para asesinar”, Kissinger rescindió la demarche.

El volumen incluye la descripción de un breve cable que Kissinger envió cinco días antes del asesinato de Orlando Letelier y Ronni Moffitt, que “instruía que ya no deben tomarse medidas” para protestar por las operaciones de Cóndor. Y, el 20 de septiembre de 1976, un cable de su asesor Harry Schlaudeman transmitía la orden de “simplemente instruir a los embajadores a no tomar medidas, notando que no ha habido reportes en algunas semanas indicando la intención de activar Cóndor”. Letelier y Moffitt fueron asesinados por una bomba instalada bajo su auto por la DINA la mañana siguiente.

Manuel Contreras
Manuel Contreras

A raíz de este horrible acto de terrorismo internacional en la capital de Estados Unidos, la oficina de Kissinger ordenó al jefe de la estación de la CIA reunirse con Contreras y efectivamente darle a conocer la demarche que nunca fue enviada a Pinochet. Por primera vez, un reporte sobre ese encuentro fue desclasificado en este volumen.

La reunión tuvo lugar el 8 de octubre de 1976. De acuerdo al reporte del funcionario de la CIA, cuya identidad está borrada de los documentos, compartió su preocupación sobre Cóndor con Contreras:

[La CIA] está muy preocupada por reportes recibidos de varias fuentes sobre la formación de Operación Cóndor por la DINA y sus contrapartes en el Cono Sur y Brasil [menos de una línea no desclasificada] que de acuerdo a nuestra información confiable, Operación Cóndor consiste en dos elementos: intercambio de inteligencia referente a extremistas y la planificación de acciones ejecutivas –asesinatos– contra extremistas en Europa y otras áreas del extranjero. [menos de una línea no desclasificada] es extremadamente preocupado sobre este último aspecto. Contreras dijo que estaba consciente de nuestra preocupación.

Como era de esperar, el jefe de la DINA mintió sobre las operaciones de Cóndor: “Contreras dijo que nuestra información estaba distorsionada. Operación Cóndor existe, tiene su sede en Santiago, pero su único propósito es el intercambio de inteligencia sobre extremistas entre los países participantes, que incluyen a Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil.” Reveló que la DINA mantenía presencia oficial tantp en Argentina –lo que ya se sabía– como en Brasil, algo desconocido hasta ahora. “Contreras aseguró que la DINA tenía sólo dos oficiales en el extranjero, un oficial de contacto en Brasil y otro en Argentina, y negó que haya algún oficial en Europa o Washington. De acuerdo a Contreras, el coronel Mario Jahn, ex subdirector de la DINA, volvió a la Fuerza Aérea antes de partir a su destinación en Washington”.

Increíblemente, el oficial de la CIA no puso el tema del asesinato de Letelier; no hay mención a ello en el reporte sobre la reunión. Quizás más sorprendente, los funcionarios en Washington parecieron creer que Contreras estaba ahora efectivamente advertido de no participar en nuevos asesinatos. En un memo a Kissinger transmitiendo el reporte de la CIA sobre el encuentro, Shlaudeman escribió que “el acercamiento a Contreras me parece una acción suficiente por el momento. Los chilenos son los principales impulsores en Operación Cóndor. Los otros servicios de inteligencia también están advertidos de nuestra preocupación [menos de una línea no desclasificada] y ahora, sin duda, a través de Contreras. Seguiremos observando los acontecimientos de cerca y recomendaremos nuevas acciones si fuera necesario”.

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Con investigaciones judiciales abiertas por los crímenes de Cóndor en Argentina y en Chile, además de los continuos esfuerzos legales sobre Horman y otros casos de derechos humanos, estos nuevo documentos siguen siendo relevantes, aunque no alteran fundamentalmente nuestro conocimiento de la historia de la represión de Pinochet y las políticas y operaciones de Estados Unidos durante los tres primeros años de su régimen. En efecto, estos documentos entregan un mapa cronológico de ruta sobre una história particularmente dolorosa y dramática que, incluso cuatro décadas después, se rehúsa a alejarse completamente hacia la historia. Las revelaciones de estos registros seguramente estimularán los esfuerzos para presionar por la desclasificación de más documentos, incluyendo documentos chilenos, pues aún quedan secretos que deben ser expuestos.

De hecho, hasta que la última página de documentos históricos secretos sea desclasificada, la historia del rol de Estados Unidos en golpe y en los días más oscuros del régimen de Pinochet, se quedarán en el presente.

El veredicto final de la historia sobre el rol de Pinochet en el Caso Letelier-Moffitt

Cuando el secretario de Estado de EE.UU., John Kerry, se reunió con la Presidenta Michelle Bachelet este lunes 5 de octubre, realizó una importante actuación de lo que se podría llamar la  “diplomacia de la desclasificación”. Le entregó un pendrive que contiene 282 documentos y 1.000 páginas de seguridad nacional que en su momento fueron calificados de “TOP SECRET”, relacionados con el rol de Augusto Pinochet en un acto de terrorismo en la capital de Estados Unidos: el asesinato de Orlando Letelier y su colega Ronni Karpen Moffitt, a través de una bomba instalada en el auto del ex canciller de Salvador Allende (ver todos los documentos desclasificados).

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John Kerry junto a Michelle Bachelet y el canciller Heraldo Muñoz

En un extraordinario acto de colaboración, tanto el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile como el Departamento de Estado de EE.UU., publicarán los documentos en sus sitios web hoy, para que todos los ciudadanos estadounidenses y chilenos, en realidad toda la comunidad internacional, los lean y evalúen.

Estos registros están entre los más sensibles y secretos en manos de la CIA, el FBI y los departamentos de Defensa y Estado estadounidenses, porque entregan luces sobre el peor acto de terrorismo internacional que tuvo lugar antes el 11/9 en Washington D.C.

De hecho, en un reporte al Presidente Ronald Reagan titulado “Pinochet y el asesinato Letelier-Moffitt: Implicancias para las políticas de EE.UU.”, su propio secretario de Estado George Shultz se pregunta si Pinochet debe ser juzgado en Estados Unidos. La CIA tiene “evidencia convicente”, reporta Shultz al presidente Reagan, de que Pinochet “ordenó personalmente” al jefe de su policía secreta, Manuel Contreras, asesinar a Orlando Letelier en Washington D.C. Shultz califica el rol de Pinochet como “un ejemplo descarado del involucramiento directo de un jefe de estado en un acto de terrorismo de estado, uno que es particularmente perturbador tanto porque ocurrió en nuestra capital como porque su gobierno es generalmente considerado amistoso” (Ver documento original).

Si estos documentos hubieran sido desclasificados en el momento en que fueron escritos, podrían haber terminado en una condena contra el propio dictador. Otro de esos documentos, por ejemplo, se refiere a un informante de la CIA que sostiene que Manuel Contreras había dicho que Pinochet ordenó personalmente el complot para asesinar a Letelier (VER RECUADRO).

Pinochet se las arregló para escapar de la rendición de cuentas ante la justicia por su responsabilidad como terrorista internacional. Pero casi 40 años después de ese crimen atroz, la evidencia sigue siendo vital para el veredicto de la historia sobre su rol.

La génesis de esta colección única de documentos se sitúa en la época en que el general Pinochet estaba detenido en Londres (fue detenido el 16 de octubre de 1998), cuando personas clave en Washington, incluyendo el instituto de estudios políticos donde trabajaron Letelier y Moffitt, y mi organización –el National Security Archive–, presionaron a la administración Clinton para reabrir una investigación formal sobre el rol de Pinochet en la bomba con que se asesinó a Orlando Letelier y Ronni Karpen Moffitt, así como sobre sus esfuerzos en esconder la responsabilidad de su régimen. Nuestro argumento ante la Casa Blanca fue que Estados Unidos tenía razones más poderosas que España para perseguir legalmente a Pinochet, y que debía ser extraditado a Washington para enfrentar un juicio por los asesinatos de Letelier y Moffitt.

La entonces fiscal general de EE.UU., Janet Reno, incluso aprobó una investigación del FBI y el Departamento de Justicia. De hecho, en abril/mayo del año 2000 un equipo de investigadores del gobierno de Estados Unidos estuvo en Santiago trabajando con la Policía de Investigaciones en este caso. Eventualmente concluyeron, en un informe que aún es secreto, que Pinochet debía ser procesado. Pero en ese momento, el periodo de Clinton se acercaba a su fin y George W. Bush había sido electo. La administración Bush rechazó perseguir legalmente a Pinochet, incluso después de que el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 convirtiera al terrorismo en la prioridad número uno del presidente.

auto-destruidoLa investigación sobre el rol de Pinochet tuvo una consecuencia imprevista: generó que importantes documentos fueran retenidos en el marco de un proyecto especial de desclasificación sobre Chile de la administración Clinton. Ese proyecto terminó con la centralización, revisión y desclasificación de 23.000 documentos de la CIA, el Departamento de Estado, el Departamento de Defensa, la Casa Blanca y el FBI. Entre esos documentos había cientos de registros que implicaban a Pinochet personalmente en el asesinato de Letelier y Moffitt. Pero en vez de darlos a conocer junto a los miles de otros registros, esos documentos fueron retenidos como potencial evidencia para la investigación.

Un informe interno sobre la desclasificación obtenido por mi oficina en el National Security Archive, sostiene: “Unos 250 documentos relacionados con el caso Letelier/Moffitt serán retenidos para una nueva revisión por parte de los fiscales del DOJ (Departamento de Justicia) como parte de un renovado esfuerzo para investigar el caso”.

En aras de la verdad y la justicia, esos 250 documentos que ligan a Pinochet con un acto de terrorismo internacional en Washington D.C., estaban entre los más importantes de los archivos secretos de Estados Unidos. Luego de que Pinochet murió, mi organización, el National Security Archive, intentó sin éxito obtener la desclasificación de esos registros.

Tuvieron que alinearse todas las estrellas para hacer posible esta desclasificación. Con la reelección de Michelle Bachelet, Chile tuvo diplomáticos clave, entre ellos, el canciller Heraldo Muñoz y el embajador en Estados Unidos Juan Gabriel Valdés (quien trabajaba junto a Orlando Letelier en Washington D.C. al momento de su asesinato), quienes tenían un compromiso personal con el avance de la justicia en esta atrocidad.

Al interior de la administración de Obama en Estados Unidos, había funcionarios que entendieron el valor de la “diplomacia de la desclasificación” para las familias de las víctimas, para el uso adecuado de la documentación de EE.UU. para avanzar en la causa de los derechos humanos y por el simple bien de la historia. Demostraron ser muy receptivos a una iniciativa formal que tuvo lugar este año (con el apoyo estratégico del National Security Archive) para obtener esta documentación.

Augusto Pinochet
Augusto Pinochet

El viaje del secretario de Estado Kerry a Santiago esta semana fue la oportunidad de entregar al gobierno chileno los documentos que han sido recuperados hasta ahora y hacerlos públicos.

Más documentos relacionados con Augusto Pinochet van a ponerse a disposición de Chile en el futuro cercano. Además, este positivo y exitoso esfuerzo de “diplomacia de la desclasificación” también crea un útil e importante precedente para la futura liberación de documentos estadounidenses que aún son secretos y están relacionados con casos judiciales que todavía no son resueltos: entre ellos, el caso de la desaparición del ciudadano estadounidense Boris Weisfeiler en las cercanías de la Colonia Dignidad, la muerte del ex presidente Eduardo Frei, así como también los orígenes y actividades de la Operación Cóndor, cuyas redes facilitaron el asesinato de Orlando Letelier y Ronni Moffitt.

Pinochet no enfrentará a la justicia ni por esta atrocidad ni por las miles de otras que cometió durante su régimen. Pero esta desclasificación especial sobre el caso Letelier-Moffitt demuestra dramáticamente lo importante que pueden ser los documentos del gobierno de Estados Unidos en la corte de la historia.

 

EL DESCLASIFICADO QUE ACUSA A PINOCHET

(Ver documento original en inglés) 

SECRETO

DEPARTAMENTO DE ESTADO

DE SECSTATE WASHCD

Enero 87

PARA: AMCONSUL RIO DE JANEIRO

ASUNTO: CASO LETELIER

1.- SECRETO.  El texto completo.

2.- Anoche recibí  [tarjado en el original] ocho reportes fechados entre abril y agosto del ‘78  referidos a la investigación de la Central Nacional de Inteligencia (CNI) y la subsecuente participación de la CNI en el encubrimiento dirigido por el general Pinochet.

3.- Estos reportes coinciden con mis recuerdos. Aunque ya tienen nueve años de antigüedad, sin embargo, tienen como fuentes a informantes extremadamente sensibles. Por ello, he resumido brevemente sus contenidos, en vez de repetir todo su contenido.  Si cree que necesita uno o más de ellos para el interrogatorio de Fernández avíseme [el oficial de Ejército Armando Fernández Larios, miembro del cuerpo operativo de la DINA, había huido en esos mismos días en que se escribe este informe, enero de 1987, a Río de Janeiro y de allí fue llevado a Estados Unidos, donde confesó su participación en el asesinato de Letelier y se acogió a un convenio que impide su extradición a Chile a cambio de entregar evidencia sobre ese crimen].

A.- 27 de abril [1978] – Reporta la detención de Contreras [Manuel Contreras], Valdivieso [oficial Vianel Valdivieso, mando de la DINA], Burgos [oficial Alejandro Burgos de Beer, asistente personal de Contreras en la DINA], Espinoza [Pedro Espinoza, director de Operaciones de la DINA] y Fernández [Armando Fernández Larios]. No hay detalles de interrogatorios. Más interesante, se reporta que Pinochet ha dicho en una reunión con oficiales del Ejército de rango de capitán y superiores que planeaba detener a algunos oficiales que antiguamente estaban conectados con la DINA como parte de la investigación por la emisión de pasaportes falsos e irregularidades financieras. Dijo que cualquier persona que pudiera ser culpable sería juzgado en Chile y no en Estados Unidos.

Manuel Contreras
Manuel Contreras

B.- 26 de abril –Contreras dijo a un confidente que autorizó el asesinato de Letelier bajo órdenes de Pinochet. Orozco [general Héctor Orozco, jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) en la época, realiza investigación interna sobre asesinato de Letelier] fue a EE.UU. a mediados de abril del 78; subsecuentemente detuvo a los oficiales de la DINA mencionados más arriba [Punto A]. Fernández, quien había negado cualquier conexión con Townley [Michael Townley, agente de la DINA, fue extraditado a EE.UU. en abril de 1978 y cumplió condena allá por asesinato de Letelier y Moffitt], admitió que le había llevado US$ 5.000 a Townley por orden de Espinoza. Fernández dijo que no sabía para qué era el dinero y que no sabía nada de las actividades de Townley. Espinoza reconoció que había enviado a Fernández con los US$5.000 para que se los entregara a Townley. El dinero sería utilizado por Townley para asesinar a Letelier bajo las órdenes de Contreras… Contreras admitió que ordenó el asesinato, pero aseguró que lo hizo bajo órdenes directas de Pinochet. Contreras indicó que estaba preparado para dar el testimonio falso de que había enviado a Townley a investigar a Letelier y que lo que pasó tuvo que haber sido por su iniciativa.

C.- 11 de mayo [1978]– Orozco confrontó a Contreras el 24 de abril sobre las declaraciones de Espinoza y Fernández (y el coronel Pantoja [coronel Jerónimo Pantoja, subdirector de la CNI]), diciéndole a Contreras que estuviera listo para que se persiguieran los actos ilegales cometidos por la DINA. Contreras dijo a Orozco que todas las operaciones en el extranjero habían sido aprobadas por Pinochet y que había dejado documentos sellados en distintos lugares ante la eventualidad de que él, Contreras, muriera. Orozco informó a Pinochet quien ordenó la liberación de los ex oficiales de la DINA.

D.- 8 de mayo [1978] – Diferentes fuentes dicen la misma sustancia que lo anterior, excepto que Orozco dijo que continuarían cooperando con EE.UU. pero indicó que no había evidencia legal contra Pinochet, sólo la palabra de Contreras.

E.-23 de julio [1978] – La evaluación de [tarjado en el original] de la estrategia de cerrojo de Pinochet. Cuenta la información de más arriba, hace notar las presiones sobre la Corte Suprema para asegurar que las solicitudes de extradición sean rechazadas y una campaña de propaganda local. Cuando el gobierno chileno cedió al chantaje de Contreras, Pinochet presionó a los ministros de la Corte Suprema. El resto consiste en análisis político de la situación doméstica de Pinochet.

F.- 19 de julio [1978] – El ministro de la Corte Suprema Bórquez [Israel Bórquez] cree que probablemente hay suficiente evidencia para la extradición de Fernández, expresa preocupación por la división de la corte y hace notar la presión militar contra la extradición de Contreras pero sugiere que los militares están buscando tirar a Fernández a los lobos.

G.- 15 de agosto [1978] – El general Carrasco (jefe de gabinete del Ejército) dice que no sabe mucho sobre Liliana Walker (bienvenido al club). Contreras está molesto con su detención. Pinochet divulga la historia falsa de Codelco [se inventó un falso desfalco en la oficina de Codelco en EE.UU. como motivo del viaje de Fernández Larios a ese país] en una reunión de generales y almirantes.

H.- 7 de agoto [1978] – Posturas irrelevantes y nimiedades legales sobre la extradición. SHULTZ.

Este artículo fue actualizado el 9/10/2015.

Nuevo informe de cita de Agustín Edwards con el jefe de la CIA devela su rol clave en el Golpe

“Reitero que tuve una reunión en Washington con Helms [Richard, el director de la CIA,]”, testificó bajo juramento el dueño del diario El Mercurio, Agustín Edwards, ante el juez Mario Carroza a fines de septiembre del año pasado. Y agregó: “Además, esta reunión se efectuó días después de la elección de Salvador Allende, oportunidad donde se comentó la circunstancia de haber sido electo un presidente comunista en un país democrático, pero en ningún caso se pensaba en un Golpe de Estado o algo parecido” (ver la información de El Mostrador sobre su declaración ).

De hecho, Edwards y Helms sí discutieron exhaustivamente y en detalle la necesidad de un Golpe de Estado en Chile en ese encuentro realizado el 14 de septiembre de 1970, diez días después de la elección presidencial en la que Allende obtuvo la primera mayoría. De acuerdo a un documento desclasificado que en diez páginas resume la reunión, el dueño de El Mercurio entregó extensa información de inteligencia sobre los potenciales conspiradores para un Golpe de Estado en las distintas ramas de las Fuerzas Armadas chilenas y sobre sus preocupaciones respecto al apoyo de Estados Unidos.

Agustín Edwards, quien había decidido abandonar Chile y partir al exilio,también le entregó a la CIA nombres de otros políticos quienes “aún tienen buenos contactos con los militares” que la CIA podría aprovechar: los dirigentes del Partido Nacional Sergio Onofre Jarpa y Francisco Bulnes, entre ellos.

La última página del memo: Antigua y nueva versión del mismo documento desclasificado.

Edwards también le hizo un reporte a Helms de las actividades del Presidente Eduardo Frei Montalva contra Allende después de la elección, compartiendo sus opiniones sobre la falta de coraje de Frei para evitar que Allende asumiera la presidencia. “Describió a Frei como alguien que habitualmente colapsa bajo presión”, de acuerdo al memorándum de la conversación. “Edwards dijo que Frei es indeciso, siempre vacilando, siempre esperando que ‘otro dé el primer paso’ ”. Agustín Edwards predijo que Frei “probablemente se acobardará a último minuto”, en vez de avanzar hacia un golpe.

Finalmente, Edwards intentó incitar a la CIA para que hiciera algo para evitar que Allende se convirtiera en Presidente de Chile. Le dijo a Helms que Fidel Castro había aparecido en la televisión en Chile recomendando a los chilenos no preocuparse de una intervención de Estados Unidos pues Washington estaba “neutralizado” por la guerra de Vietnam y la extendida oposición doméstica a ésta. “Una pregunta clave en la mente del chileno medio es: ¿Le importa a Estados Unidos [lo que pase en Chile]?”, le informó Edwards al director de la central de inteligencia estadounidense.

EL “MEMCON” DE LA REUNION HELMS/EDWARDS

El hecho de que Agustín Edwards se reuniera con el director de la CIA el 14 de septiembre en Washington D.C. fue conocido públicamente desde que un comité especial del Senado estadounidense, liderado por el senador Frank Church, reveló en un reporte detallado la acción encubierta de la CIA en Chile hace casi cuarenta años. Pero el contenido de la dramática conversación sólo emergió recientemente. En septiembre pasado, para el 40° aniversario del Golpe de Estado, CIPER publicó las primeras cuatro páginas del memorándum de la CIA sobre esa conversación, titulado “Conversación sobre la situación política chilena” (Ver reportaje).

El documento resume la primera parte de la reunión Edwards/Helms e indica, al contrario del testimonio bajo juramento de Edwards ante el juez Carroza, que discutieron el “timing para una posible acción militar”. Una segunda versión desclasificada del mismo documento (obtenida por el autor y que CIPER publica ahora) totaliza diez páginas fuertemente censuradas y que prueban que más de la mitad de la reunión fue dedicada a una discusión explícita sobre una conspiración para un Golpe de Estado y de cómo Estados Unidos podría apoyarlo (ver documento).

Richard Helms

En ambas versiones de este “memcon” –como son llamados estos documentos en Estados Unidos–, el nombre de Agustín Edwards está tachado. Es claro que la agencia de inteligencia aún quiere proteger su identidad como fuente confidencial. Pero no lo logró. El documento se refiere a que la reunión tuvo lugar a petición de Henry Kissinger, entonces asesor de seguridad del Presidente Nixon, quien había tomado desayuno con Edwards el 14 de septiembre de 1970 en Washington. Transcripciones desclasificadas de las conversaciones telefónicas de Kissinger, obtenidas por el National Security Archive, revelan que Kissinger ese mismo día llamó a Helms para decirle: “Edwards está aquí”. En el mismo llamado, Kissinger le pidió a Helms que personalmente le preguntara a Edwards sobre la situación en Chile. Helms accedió.

Ahora, con la desclasificación la semana pasada de una nueva colección de registros de la oficina histórica del Departamento de Estado, tenemos una nueva versión del famoso “memcon”, una transcripción oficial y mucho memos censurada del gobierno de EE.UU. del documento que identifica a los participantes de la reunión: Agustín Edwards, Donald Kendall, el presidente ejecutivo de Pepsicola, el director de la CIA Richard Helms y un ayudante no identificado de Helms en la CIA, quien tomó notas y escribió el resumen de la reunión. Los censores de la CIA intentaron ocultar el nombre de Agustín Edwards a lo largo de la transcripción, refiriéndose a él como “nombre no desclasificado”. Pero en al menos dos partes del documento, los censores no percibieron  la referencia a Edwards y su nombre es reproducido como la fuente de la información (ver documento).

La reunión fue clave en el impulso que se le dio a partir de ese día a la acción desestabilizadora emprendida por el gobierno de Nixon en contra de Allende. Agustín Edwards no fue sólo el primer civil chileno del que se tenga conocimiento que se haya reunido en esos álgidos días con el director de la CIA. De acuerdo a los documentos desclasificados hasta ahora bien podría ser el único chileno que se sepa se haya reunido con el director de la CIA. Además, no fue coincidencia que la reunión tuviera lugar justo un día antes de que el Presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, ordenara a Helms iniciar un conjunto de acciones encubiertas para “hacer que la economía chilena chille” y así provocar un Golpe para evitar que Salvador Allende asumiera la presidencia.

Entre los miles documentos de la CIA y el Departamento de Estado de EE.UU. que han emergido de la decisiva intervención encubierta de Estados Unidos en Chile, no hay otro que deje tan claro el rol de uno de los principales socios chilenos en la conspiración extranjera: Agustín Edwards.

REUNIÓN EN EL MADISON

En la tarde del 14 de septiembre de 1970, acompañado por el presidente de la Pepsi, Donald Kendall, quien era un amigo cercano del Presidente Richard Nixon, Agustín Edwards se reunió con el jefe de la CIA, Richard Helms, en el Hotel Madison, ubicado en el centro de Washington.  El contenido del informe de dicha reunión deja claro que Edwards venía bien preparado para hacer lobby frente a su interlocutor para la necesidad de ejecutar un Golpe de Estado en Chile. De allí que le entregara a Helms información de inteligencia sobre las Fuerzas Armadas chilenas, dirigentes políticos pro-golpe y la situación política general que había provocado la mayoría relativa del candidato de la Unidad Popular sólo diez días antes.

Richard Nixon

Por ejemplo, Edwards le informó a Helms de una reunión secreta que el Presidente Frei Montalva había tenido –usando al vicepresidente del PDC Bernardo Leighton como intermediario– con el candidato presidencial de la derecha y el Partido Nacional, Jorge Alessandri, quien había obtenido la segunda mayoría relativa con sólo 40 mil votos de diferencia con Allende. Allí se había discutido la posibilidad de crear un nuevo escenario en el cual el Congreso chileno –con los votos de la derecha y la Democracia Cristiana– ratificaría a Alessandri y no a Salvador Allende. Inmediatamente después del pronunciamiento del Congreso, Alessandri renunciaría y habría nuevas elecciones presidenciales, en las cuales Frei participaría y probablemente ganaría.

En el memorándum se dice que Agustín Edwards le manifestó a Helms su preocupación sobre la viabilidad y las probabilidades de éxito de dicho plan, conocido como “la solución constitucional”. Según se lee, Edwards le dijo a Helms: “[el plan] podría no funcionar. ¿Entonces qué?”. Agustín Edwards prefería una solución no constitucional.

El grueso de la reunión de Edwards con Richard Helms, según el informe recientemente desclasificado, estuvo dedicado a evaluar a los miembros de las Fuerzas Armadas de Chile, sus liderazgos y sus verdaderas y potenciales consideraciones para involucrarse en un Golpe de Estado.  Edwards le entregó al jefe de la CIA detalles concretos de comandantes en toda las ramas uniformadas, las tropas que controlaban y lo que costaría hacerlos moverse para un golpe.

Uno de los ejemplos que entregó Agustín Edwards en esa reunión estaba relacionado con los obstáculos que se preveía en la Fuerza Aérea, la que difícilmente jugaría un rol de liderazgo para el golpe. Informando sobre el comandante en jefe de la Fuerza Aérea, el general Carlos Guerraty, Edwards le dijo a Helms: “Él quiere actuar contra Allende, pero Guerraty no es muy inteligente”.

En otro acápite del informe de la reunión de Agustín Edwards con Richard Helms, se registra que el director y dueño de El Mercurio le dice al jefe de la CIA que antes de dejar Chile había podido hablar personalmente con el general Camilo Valenzuela, jefe de operaciones militares en Santiago, quien semanas después se transformaría en un líder en la operación respaldada por la CIA para instigar un golpe a través de la neutralización del general René Schneider. De acuerdo a Edwards, Valenzuela declaró que “lo haría por su cuenta” si debía, para evitar que Allende se transformara en Presidente de Chile.

En el informe se dice que luego de esa conversación personal con el general Camilo Valenzuela, Edwards le transmitió un mensaje sobre el apoyo de Estados Unidos a cualquier esfuerzo para un Golpe de Estado. De acuerdo a la transcripción de la reunión de Edwards con Helms, el dueño del diario El Mercurio “agregó que al discutir la situación post-electoral con [el general Camilo] Valenzuela y algunos oficinales navales clave, estaban preocupados de dos puntos básicos:

1) Si el gobierno chileno fuera derrocado en una acción militar, ¿recibiría el nuevo gobierno el reconocimiento diplomático de Estados Unidos?

2) ¿Recibirían las Fuerzas Armadas chilenas apoyo logístico por una acción contra el gobierno?”.

Luego Edwards informó a Helms que el subjefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional (y el corazón de la preparación y articulación del Golpe en 1972 y 1973), el capitán Carlos Le May Délano, había identificado dos posibles “gatilladores” para un movimiento militar contra Allende: ruido de sables en Perú o Argentina contra Allende, o una decisión del gobierno de Estados Unidos de retener ayuda.

En algún punto durante la reunión, Richard Helms le preguntó a Agustín Edwards sobre la mejor forma en que el gobierno de Estados Unidos podía enviar un mensaje de “aliento” a los militares chilenos. Edwards respondió que sería “desastroso” si un mensaje así se enviara abiertamente. Y agregó que, no obstante, “si la palabra sobre la actitud de Estados Unidos fuera enviada discretamente, podría ayudar”.

La conversación continuó con la entrega por parte de Agustín Edwards al jefe de la CIA de información de inteligencia muy necesaria sobre quiénes en el establishment político de la derecha tenían lazos cercanos e influyentes con los militares. Allí el dueño de El Mercurio mencionó a Sergio Onofre Jarpa y a Francisco Bulnes, entre otros nombres que, más de 40 años más tarde, la CIA sigue manteniendo en secreto.

USANDO LA EVIDENCIA

Al final del memorándum  de la conversación, el oficial de la CIA que tomó notas entregó su propia opinión sobre Edwards: “Estaba a ratos algo emocional y frecuentemente divagaba. Parecía estar buscando las soluciones posibles pero su conversación no indicaba que ya hubiera encontrado una que considerara factible o efectiva”.

El acta de la reunión deja claro, sin embargo, que ese 14 de septiembre de 1970, Agustín Edwards no sólo abogó por una solución militar para impedir que Allende llegara a La Moneda, sino que asumió el rol de informante de la CIA al proveer a la central de inteligencia de información sobre figuras políticas y militares clave que podrían ayudar en los objetivos ideológicos y económicos de Estados Unidos, los que coincidían con los intereses financieros y políticos que representaba el dueño de la empresa El Mercurio. Para ambos resultaba de vital importancia derrumbar la democracia constitucional en Chile.

Los argumentos e informaciones entregadas por Agustín Edwards al jefe de la CIA ese 14 de septiembre, ayudaron a poner en movimiento el más cuestionado y dañino conjunto de operaciones encubiertas en la historia de Chile y Estados Unidos, que incluyó el Plan “Track II”, ordenado por el Presidente Nixon durante una reunión con Helms al día siguiente (15 de septiembre), para instigar un golpe militar que llevó directamente al asesinato del general René Schneider en octubre de 1970.

Como el propio Richard Helms testificó ante el Comité Church en el Senado estadounidense: “Tengo la impresión de que el Presidente organizó esta reunión -de la que tengo mis notas escritas a mano- por la presencia de [Agustín] Edwards en Washington y que [lo que Nixon] escuchó de Kendall sobre lo que Edwards estaba diciendo sobre las condiciones en Chile y lo que estaba pasando allá”.

Agustin Edwards

En términos de verdad  histórica, este documento entrega la más acabada y precisa versión sobre lo que Agustín Edwards hizo, sabía y dijo para ayudar y apoyar al coloso del norte para intervenir en los asuntos internos de su propio país. Al menos los chilenos ahora saben lo que el más importante empresario de medios de comunicación ya sea por olvido o intencionalmente engañó al juez Carroza cuando testificó que nunca había conspirado con la CIA para presionar por un Golpe de Estado.

Tal vez este documento tenga un rol legal que jugar también para determinar si Edwards cometió perjurio y conspiró con una potencia extranjera para hacer daño y provocar un quiebre institucional en su patria. En efecto, es tiempo de confrontar a Agustín Edwards con las evidencias contundentes de sus verdaderas acciones como un traidor de su país y a su Constitución.

 

Reagan y Pinochet: El momento en que Estados Unidos rompió con la dictadura

“Este hombre tiene las manos llenas de sangre”, le dijo el secretario de Estado George Shultz al presidente Ronald Reagan mientras discutían sobre el futuro del general Augusto Pinochet. “Ha hecho cosas monstruosas”, concluyó.

Trece años antes, Estados Unidos ayudaba a Pinochet a llegar el poder. En noviembre de 1986, en Washington llegaba el momento en que el gobierno estadounidense decidía que el general había cumplido su propósito y era tiempo de que se fuera.

En una reunión del Consejo de Seguridad Nacional (NSC, por su sigla en inglés) que tuvo lugar el 18 de noviembre de 1986, los principales asesores de Reagan pusieron el asunto en perspectiva: “El gobierno de Estados Unidos y esta administración en particular, quieren que Chile vuelva a su tradición democrática de 150 años. Entonces, la decisión clave no es si queremos o no democracia en Chile. La queremos. La pregunta para nosotros es cómo podemos contribuir más efectivamente a un resultado democrático en Chile”. (ver documento)

La historia de cómo el gobierno estadounidense, desplegando la fuerza de la CIA sobre Chile, ayudó a orquestar el derrocamiento del gobierno del democráticamente electo Salvador Allende y el ascenso al poder del régimen militar de Pinochet es bien conocida en el mundo. Pero la historia de cómo Washington decidió cortar con Pinochet, presionarlo y cautelosamente apoyar a la oposición civil para impedir su intención de ser un presidente vitalicio, nunca ha sido completamente revelada. Y fue en noviembre de 1986.

Veinticuatro años después de que se tomara esa decisión, documentos desclasificados de la Casa Blanca, recientemente obtenidos por el Nacional Security Archive en los archivos de la Biblioteca Presidencial Reagan –los que CIPER da a conocer por primera vez– dan luces sobre las reuniones en que la conservadora administración Reagan concluyó que Pinochet ya no servía a los intereses de Estados Unidos. La conclusión fue que había que forzarlo a dejar el poder.

El deterioro de una relación

En un comienzo, la administración Reagan veía al régimen de Pinochet como un aliado anticomunista que merecía el apoyo de Estados Unidos. No mucho después de asumir la presidencia (enero de 1981), Reagan levantó las sanciones que la administración Carter había impuesto al régimen militar por su responsabilidad en la bomba que hizo explotar el auto en el que viajaban el ex embajador chileno en Washington Orlando Letelier y su colega Ronni Karpen Moffitt. Ambos perdieron la vida. Reagan, en cambio, envió a Chile su embajadora ante Naciones Unidas, Jeane Kirkpatrick, a reunirse con Pinochet y “expresarle el deseo de mi gobierno de normalizar por completo las relaciones con Chile.”

A diferencia del presidente Jimmy Carter, la nueva administración no lo presionaría más por las violaciones a los derechos humanos. Pinochet interpretó el respaldo que le volvía a brindar Washington como una reivindicación y una ratificación de su régimen. En un discurso unos meses después de la elección de Reagan, Pinochet declaró que si antes Chile se hallaba sólo en su firme oposición al imperialismo soviético y su respaldo al sistema de la libre empresa, ahora formaba parte de una clara tendencia mundial. Chile, subrayaba el dictador, no era el que había cambiado.

El colapso de la economía de libre mercado chilena en 1982, seguido de un aumento del descontento popular hacia mediados de 1984, levantó las primeras dudas en las cabezas de los funcionarios de Estados Unidos sobre si seguir o no apoyando al régimen. Ese año 1984, en el que Reagan fue reelegido para un segundo período, un informe de inteligencia de la CIA titulado “Pinochet bajo presión” reportaba que “la política chilena había cambiado de manera irreversible, creemos, durante los últimos años”:

** La actitud del pueblo con respecto a las políticas de libre mercado del gobierno se ha agudizado a causa de la recesión económica.

** El resurgimiento de los sindicatos y los partidos políticos ha propiciado la reactivación de la vida política chilena.

** Los radicales de izquierda se han vuelto más activos en lo político, hasta el punto de organizar mítines y participar en debates informales con partidos moderados, en tanto que el Partido Comunista chileno ha extendido su organización por todo el país de un modo que sólo supera el Partido Demócrata Cristiano.

** La identificación de los militares con Pinochet ha comenzado a resquebrajarse debido a las diferencias sobre cómo actuar ante el disenso político y en torno al programa de restauración del gobierno civil.

Este informe –junto con las acusaciones del Congreso respecto hipocresía de las políticas de la Casa Blanca que apoyaba una contrarrevolución violenta en Nicaragua en nombre de la democracia pero al mismo tiempo no hacía nada respecto a Chile–, llevó al Departamento de Estado a la primera revisión significativa sobre la continuidad del apoyo de la administración Reagan al régimen de Pinochet. El entonces asistente del secretario de Estado para América Latina, Langhorne Motley, recomendó una “intervención activa, aunque gradual, para tratar de propiciar una transición pacífica hacia la democracia en Chile”.

Cuando funcionarios de la embajada de EE.UU. trataron de empujar al régimen y a la oposición no comunista hacia el diálogo para una transición, se encontraron con un Pinochet intransigente ante un cambio político real. En una reunión en el salón Oval con Reagan en septiembre de 1985, el secretario de Estado George Shultz le dijo al presidente que la resistencia de Pinochet estaba llevando a una nación “cada vez más polarizada, lo que no haría sino beneficiar a los comunistas”.

El asesinato de Rodrigo Rojas

El asesinato de un joven fotógrafo chileno que acababa de volver del exilio en Washington puso nuevamente la atención de los altos funcionarios de la administración Reagan en la necesidad de aumentar las presiones para que Pinochet se fuera. Rodrigo Rojas había regresado a Chile en mayo de 1986. El 2 de julio, él y una joven mujer, Carmen Gloria Quintana, fueron detenidos por una patrulla militar durante una protesta callejera, rociados con gasolina, quemados y arrojados a una zanja. Rojas murió unos días después a causa de las quemaduras en el 80 por ciento de su cuerpo.

En una clara señal del rechazo de Washington a las violaciones de derechos humanos de Pinochet, el embajador de Estados Unidos Harry Barnes se unió a miles de chilenos en la procesión del funeral en Santiago. Pinochet le dio la espalda a Estados Unidos desplegando los guanacos sobre la multitud.

La naturaleza salvaje de esa atrocidad y el hecho de que Rojas era residente en Estados Unidos, resonó en Chile y en Washington. La tarde del 14 de julio, la lectura de documentos del Presidente Reagan incluyó un reporte secreto sobre el “probable involucramiento del Ejército chileno en el asesinato de Rojas”. Hombres clave del Congreso estadounidense pidieron que el gobierno repudiara públicamente al régimen de Pinochet. “La onda expansiva que dejó la muerte de Rojas tiene un impacto relevante en las actitudes de los congresistas. El sentimiento por acciones duras seguirá construyéndose particularmente si los responsables de este crimen no son identificados y enjuiciados”, decía al reporte secreto enviado al secretario Shultz por su delegado para América Latina, Elliott Abrams.

Con su informe, Abrams encendió las alarmas sobre Chile: “La última línea es que enfrentamos un empeoramiento de la situación en Chile y necesitamos usar todos los medios disponibles para proteger nuestros intereses”. Y advirtió que una presión efectiva de Estados Unidos requerirá “más que voleos verbales para conseguir que Pinochet acepte irse o persuadir al Ejército de persuadirlo a él”. Abrams recomendó considerar una reunión del Consejo de Seguridad Nacional “para revisar nuestra política hacia Chile”.

Antes de que la reunión del NSC pudiera organizarse, los funcionarios estadounidenses quedaron sorprendidos por un aumento de los militantes de izquierda en Chile. En agosto, un enorme arsenal de armas destinadas al recientemente formado Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), el brazo armado del Partido Comunista, fue descubierto en Carrizal Bajo. Y el 7 de septiembre, miembros del FPMR intentaron asesinar a Pinochet cerca de su casa de descanso en el Cajón del Maipo. “La extrema izquierda probablemente continuará poniendo bombas, saboteando y realizando otros ataques en búsqueda de aumentar la tensión y crear inestabilidad”, reportó la Agencia de Inteligencia de Defensa de Estados Unidos el 9 de septiembre. En respuesta al ataque, Pinochet declaró Estado de Sitio e inició una nueva fase de represión en Chile.

La reunión del Consejo de Seguridad Nacional del 18 de noviembre

“Existe amplia evidencia que sugiere que Pinochet ha perdido su confianza en la democracia como un sistema que puede contrarrestar exitosamente a los comunistas”, afirmó en un documento secreto el consejero de Seguridad Nacional, John Poindexter, para preparar una reunión del NSC sobre la política estadounidense hacia Pinochet (esa reunión estaba originalmente programada para el 14 de noviembre y luego fue postergada para el 18 de ese mes). “La estrategia de Pinochet de quedarse en el poder parece ser la de polarizar el país, mantener a la oposición débil y dividida, de modo de que pueda presentar al país una elección entre él y los comunistas en 1989 y forzar a la Junta a nombrarlo como candidato (en el plebiscito)…Él cree que ganaría”. ( ver documento)

Dominado por ideólogos de derecha, el Consejo de Seguridad Nacional de Reagan vio la reunión como una forma de adoptar una “estrategia cuidadosamente calibrada” para sacar a Pinochet del poder. Pero los documentos desclasificados de la reunión revelan un conflicto entre el NSC y el Departamento de Estado sobre cómo manejar la “creciente tensión entre nuestro interés nacional en una transición a la democracia ordenada y pacífica en Chile, y el aparente deseo del presidente Pinochet de mantenerse en el cargo indefinidamente”.

El Departamento de Estado buscaba un apoyo de alto perfil para la oposición chilena no comunista y un esfuerzo por distanciar públicamente a Washington del régimen militar votando “no” a los créditos multilaterales y otros préstamos a Chile. El NSC parecía despreciar lo que los funcionarios llamaban “vías indisciplinadas y poco pragmáticas” de la oposición democrática y tener más simpatía por reunirse con los militares para que apoyaran la transición. El NSC creía que un acercamiento más sutil a los miembros de la Junta de Gobierno y el Ejército sería más efectivo para presionar a Pinochet.

Cuando la reunión comenzó a las 11:07 en el salón del gabinete de la Casa Blanca, Poindexter delineó al presidente Reagan y sus principales asesores de seguridad nacional los principios de las políticas del NSC, con un sesgo hacia la mantención de vínculos positivos con los militares chilenos e incluso con Pinochet:

** Primero, la necesidad de mantener el rol positivo de los tres miembros de la Junta pro transición y apoyar sus esfuerzos por lograr que el Ejército se les una en la transición;

** Segundo; la necesidad de responder a las preocupaciones de seguridad e institucionales del Ejército y evitar los actos que fomenten actitudes nacionalistas y/o un movimiento en apoyo Pinochet”

** Tercero, la necesidad de evaluar cómo las acciones de Estados Unidos, especialmente aquellas que puedan ser interpretadas como un retiro del apoyo estadounidense al régimen, afectan las acciones y estrategia del Partido Comunista Soviético/Cubano/Chileno.

** Cuarto, la necesidad de mover a la oposición democrática hacia una postura más disciplinada y pragmática de modo de que aumente su credibilidad en el Ejército;

**Quinto, la necesidad de tomar acciones que constituyan una presión efectiva sobre Pinochet y evitar aquellas que sean contraproducentes; y la necesidad de mantener nuestro acceso e influencia sobre Pinochet y su círculo íntimo.

A partir de ahí, el director suplente de la CIA, Robert Gates (actual secretario de Defensa, con quien se reunió el ministro de Defensa de Chile Jaime Ravinet en Santiago la semana pasada) estableció el análisis de la agencia sobre la situación de Chile. El descubrimiento de depósitos de armas “trajo de vuelta para la mayoría de los chilenos la amenaza de una insurrección comunista en los próximos años”, le dijo Gates a Reagan. Y advirtió que “el dominante Partido Comunista, con una fuerza de 30.000 miembros, ha progresivamente girado hacia la violencia como el único medio para polarizar el ambiente y derrocar a Pinochet”.

La evaluación final de la CIA era optimista: “Después de todo, recientes evoluciones en las actitudes de los miembros de la Junta y la reacción de la oposición moderada al intento de asesinato (de Pinochet) de alguna forma han aumentado las esperanzas de que pueda realizarse un proceso de transición pacífica que saque a Pinochet del poder hacia 1990 y permita a los militares entregar el gobierno a una coalición no comunista”.

Sin embargo, Gates identificó también “cuatro importantes obstáculos para dicha transición: (1) La determinación de Pinochet de quedarse en el poder por las próximas décadas; (2) la amenaza de violencia terrorista; (3) la subversión externa y el apoyo de grupos violentos; y (4) la incapacidad de la oposición moderada de cohesionarse en torno a un programa de transición específico aceptable para los militares”.

En la transcripción desclasificada (ver documento) de la reunión queda claro que el Presidente Reagan era el más férreo defensor de Pinochet, aunque reconociera que era el momento de que Pinochet se fuera. “Salvó a su país… Si hubiera alguna forma en que pudiéramos aparecer como no oponiéndonos a él, indicar que respetamos lo que ha hecho, pero al mismo tiempo decir que queremos ayudar a Chile por el bien de Chile”. Cuando Reagan sugirió que podía ir personalmente a Chile en una visita de Estado para hablar con Pinochet, su secretario de Estado, George Shultz le replicó: “De ninguna forma. Este hombre tiene las manos llenas de sangre…”.

Fue el secretario Shultz quien expuso el argumento más convincente para presionar a Pinochet. “No se engañe”, le dijo a Reagan en su cara. Pinochet “ha sido cruel, represivo y lo que ha hecho es simplemente indefendible”. Rechazando la posición del NSC de que de alguna forma Washington podría convencer suavemente a Pinochet de irse, Shultz afirmó: “Lo que estamos tratando de hacer es estar seguros de que estamos en el lado de la transición, pública y privadamente. Es por eso que nuestros actos, como ir al funeral (de Rodrigo Rojas) nos han dado credibilidad. Si sólo hacemos cosas que son agradables para Pinochet, no vamos a ninguna parte. Tenemos que estar dispuestos a rockear con él un poco”.

“No creo que podamos sólo tratar con la persuasión”, hizo ver Shultz en otro momento de la reunión. “Tenemos que mover algún músculo o no va a cambiar. La última línea de Pinochet es quedarse en el poder”.

Esta reunión clave, que pretendía establecer una “nueva dirección” para las políticas de Estados Unidos hacia Chile, tiene un final incierto y surrealista, con el Presidente Reagan alabando los esfuerzos de Pinochet de privatizar la seguridad social en Chile y contando historias de horror sobre el sistema estadounidense. Pero la conclusión fue clara: el gobierno de Estados Unidos, que había ayudado a Pinochet a llegar al poder trece años antes, iniciaría finalmente un esfuerzo concertado para forzarlo a dar un paso al lado.

El desenlace de un dictador

Un día después de la reunión del NSC sobre Chile, el presidente Reagan dio una conferencia para negar reportes de prensa que indicaban que su administración había vendido secretamente armas a Irán. En semanas, su administración se hundiría en el más grande escándalo político de la década —conocido como el caso Irán-Contra—, que involucraba la venta ilegal de armas a Irán para financiar la insurgencia Contra en oposición a los Sandinistas en Nicaragua. El escándalo casi le costó a Reagan su presidencia; llevó al despido de John Poindexter y otros consejeros de seguridad nacional que habían estado involucrados en actividades ilegales, entre ellas el haber enviado a líderes de los Contra a Santiago para recibir armas de los militares chilenos. En última instancia, el escándalo Irán-Contra distrajo mucho la atención de Washington hacia Chile durante los últimos años de la dictadura militar.

La campaña del “No” que culminó con el plebiscito de 1988 y la victoria a favor de la democracia fue una tremenda hazaña de estrategia política de los chilenos. Que Estados Unidos abandonara su apoyo previo a Pinochet jugó un rol, aunque menor, en el proceso político en Chile. E National Endowment for Democracy (NED), creado para realizar abiertamente las operaciones políticas que antes hacía la CIA de manera encubierta, el que junto a la federación de sindicatos AFL-CIO y el National Democratic Institute (NDI) contribuyó con unos US$ 1,6 millones desde Estados Unidos para apoyar los esfuerzos de la oposición democrática y organizar el registro de votantes y campañas educativas, realizar encuestas de opinión efectivas, contratar consultores de medios y organizar un sistema paralelo de conteo de votos para el día de la elección.

Sin embargo, el rol más significativo de Estados Unidos fue delatar el plan secreto de Pinochet de usar la violencia para anular el plebiscito en caso de que ganara el “No” y así mantenerse en el poder. Ya en mayo de 1988, cuatro meses antes del plebiscito, la CIA obtuvo datos de inteligencia sobre “la creciente determinación de los militares de evitar la subida el poder de un gobierno civil en Chile”. Hacia fines de septiembre, la CIA y la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA, por su sigla en inglés) habían acumulado evidencia significativa de un plan para una matanza y un autogolpe si el voto no se inclinaba hacia Pinochet el 5 de octubre. En un cable secreto al Departamento de Estado, el embajador Harry Barnes reportó:

El plan de Pinochet es sencillo: a) si gana el SI, perfecto; b) si la lucha resulta estar muy reñida, recurrirá al fraude y la coerción, c) si parece que los votantes se decantan claramente por el NO, empleará la violencia y el terror para poner fin al proceso. Para ayudar a crear la atmósfera de represión necesaria, la CNI se encargará de protagonizar ciertos actos violentos antes del 5 de octubre y durante la jornada de elecciones. Sabemos que los consejeros más cercanos a Pinochet se están dando cuenta de que tiene muchas posibilidades de perder, por lo que creemos muy probable que se ponga en práctica la tercera opción, lo que comportaría una pérdida considerable de vidas.

En un informe clasificado “Top Secret” la Agencia de Inteligencia de Defensa, informaba que el plan pudo resultar en un “grave y generalizado derramamiento de sangre”.

La administración Reagan actuó en forma rápida y decisiva para confrontar estas amenazas de Pinochet. Silenciosamente, los funcionarios militares estadounidenses contactaron a otros miembros de la Junta para advertirles que las consecuencias de abortar un plebiscito serían duras para Chile. Washington también compartió información de inteligencia con los británicos, de modo que ellos también pudieran presionar a sus contactos dentro del Ejército para que resistieran el intento de Pinochet de quedarse en el poder.

El 3 de octubre, el Departamento de Estado expuso públicamente el plan de Pinochet para mantenerse en el poder y lo denunció, diciendo que “dañará seriamente las relaciones con Estados Unidos y destruirá la reputación de Chile a nivel mundial”. En un mensaje diplomático dirigido directamente a Pinochet, el gobierno de Reagan afirmó: “Nada podría arruinar de forma tan duradera su imagen en Chile y el mundo entero como el autorizar o permitir actos de extrema violencia o iniciativas ilegales que conviertan en una farsa su promesa solemne de un referéndum libre y justo”.

Esta presión no tuvo impacto en Pinochet, pero pudo haber sido un factor, junto con el ferviente compromiso y deseo de la mayoría de los chilenos, que influenciara a otros miembros de las Fuerzas Armadas a oponerse a una extensión violenta de una dictadura que ya era sangrienta y prolongada. Avanzada la tarde de ese histórico 5 de octubre de 1988, cuando estaba claro que Pinochet había perdido el plebiscito, otros miembros de la Junta se negaron a firmar una orden escrita por Pinochet que le confería poderes de emergencia para anular la votación. Esa noche marcó el fin de su régimen militar infame y el comienzo del regreso de la democracia en Chile.

*Peter Kornbluh es autor de “Pinochet: Los Archivos Secretos” y dirige el “Chile Documentation Project” en el National Security Archive, un organismo no gubernamental dedicado la investigación sobre política exterior basado en Washington D.C. Marian Schlotterbeck es candidata a doctora de la Universidad de Yale y actualmente vive en Santiago. Algunos de los documentos del Departamento de Estado y de la CIA citados en este artículo fueron recientemente donados por National Security Archive al Museo de la Memoria y Derechos Humanos.

Las inéditas cintas de Nixon sobre Chile y Allende: El lenguaje del imperio

Acaba de conocerse el contenido de las grabaciones secretas de las conversaciones sobre Chile entre el ex Presidente Richard Nixon y su consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger. Las cintas dan cuenta del grosero lenguaje con el que tramaban el derrocamiento de Salvador Allende, a quien trataban de “hijo de puta” y decían que querían “patear su trasero”. Aunque impreciso en las fechas, uno de los diálogos podría constituir el primer reconocimiento del rol de la CIA en el asesinato del general René Schneider.

“Es un estado fascista”, declaraba el Presidente Richard Nixon durante una conversación sobre Chile en el Salón Oval de la Casa Blanca. No hablaba sobre el Chile del sangriento régimen del general Augusto Pinochet. Al contrario, él y su consejero de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, se estaban quejando por el triunfo de la coalición de Salvador Allende, la Unidad Popular, en las elecciones municipales de abril de 1971. La única forma en la cual parecían capaces de comprender la creciente popularidad de Allende era comparar al Presidente chileno –un socialista de toda la vida– con Adolf Hitler. “Esto es como una estrategia alemana”, le dijo Kissinger a Nixon el 6 de abril de 1971, durante un encuentro de una hora. Algunas semanas más tarde, el sistema secreto de grabación de Nixon registró a Kissinger sugiriendo que los chilenos “están actuando en esto como actuaban los nazis con el Reichstag”.

Casi 40 años después de que fueran subrepticiamente grabadas, las cintas de Nixon siguen siendo un regalo a la espera de ser entregado a historiadores y a estudiantes de historia. El sistema de grabación se hizo conocido por la infame conversación sobre el escándalo de Watergate, cuando fueron descubiertas y llevaron a la renuncia de Richard Nixon, ante un inevitable impeachment (juicio político).

Pero las grabaciones de Nixon, 3.700 horas de conversaciones que mayoritariamente tuvieron lugar en el Salón Oval durante un periodo de 883 días, entre febrero de 1971 y mediados de julio de 1973, también corresponden a la mayor parte del tiempo en que Salvador Allende fue el Presidente de Chile constitucionalmente electo. Y capturaron las voces sin maquillaje, a veces histriónicas, de un presidente imperialista y sus más altos asesores refiriéndose a Allende como “hijo de puta”, discutiendo cómo “patear su trasero” y “remover” a Allende.

Esta semana, en Estados Unidos un grupo de historiadores y ex funcionarios del Departamento de Estado, conocido como nixontapes.org, publicó casi 100 páginas de transcripciones y enlaces a audios reales de Nixon, Kissinger, el secretario del Tesoro John Connally y otros altos funcionarios discutiendo sobre Chile. Las grabaciones y transcripciones nos permiten convertirnos en una mosca en el muro que escucha a los más poderosos funcionarios del país más poderosos del mundo discutir qué hacer con un pequeño país de América Latina que desafiaba la hegemonía política y económica de Estados Unidos. A pesar de que todas las referencias a las intervenciones encubiertas que llevaba a cabo la CIA para desestabilizar a Allende permanecen clasificadas (y borradas de las grabaciones) las discusiones que ahora pueden escucharse son un ejemplo de la mentalidad imperialista del Presidente y sus hombres.

El problema de la expropiación

De acuerdo a las transcripciones de las cintas, nada parece haber molestado tanto a Richard Nixon como la decisión del gobierno de Allende de iniciar la nacionalización de las empresas estadounidenses que habían dominado la economía chilena por décadas. Nixon creía que la respuesta de Estados Unidos debía ser cortar a Chile todos los créditos bilaterales, incluyendo los préstamos bancarios para exportaciones e importaciones, bloquear los créditos multilaterales y evitar que Chile renegociara su deuda externa. “Quiero que sepas”, le dijo Nixon a Kissinger, “que no quiero hacer nada por Chile. Nada”.

El Departamento de Estado, que era más sensible a las leyes internacionales y a las obligaciones de Estados Unidos con los organismos multilaterales, no estuvo de acuerdo. Pero Nixon encontró un fuerte aliado en su conservador secretario del Tesoro John Connally, quien le dijo que si Washington no se paraba frente a Allende, otros países de América Latina empezarían a nacionalizar negocios estadounidenses. La posición de Connally, le dijo Nixon a Kissinger en una reunión del 11 de junio de 1971, era que “el efecto en el resto de Latinoamérica, sin importar lo que escuchemos desde el Departamento de Estado y el resto, va a ser malo para nosotros, dejar de molestar a los chilenos y ser tan delicado con ellos”. Adicionalmente, continuó Nixon, “en lo que a la opinión pública americana concierne, los americanos mueren de ganas de que golpeemos a alguien en el trasero”.

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“Mis convicciones sobre esto son muy fuertes”, afirmó Nixon. “Todo lo que hacemos con el gobierno chileno será observado por otros gobiernos y grupos revolucionarios en América Latina como una señal de que lo que pueden hacer y salirse con la suya. Por lo tanto, tiendo a estar en contra de hacer cualquier cosa por ellos”. A medida que la reunión seguía, Nixon dijo a Kissinger y Connally: “quizás deberíamos encontrar un lugar para golpear a alguien en el trasero”.

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Luego los tres discutieron sobre Salvador Allende, transformando su esfuerzo por evitar una confrontación con Washington en una suerte de esquema deliberado:

Nixon: Oh, maldita sea, John, [Allende] es inteligente.

Kissinger: …muy inteligente.

Nixon: Es cierto.

Connally: Muy inteligente.

Kissinger: Entonces—

Connally: Incluso muy duro.

Kissinger: —Mirando el registro, él—esto debe servir a su propósito de que no haya enfrentamiento [con EE.UU.].

Nixon: Eso es correcto.

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Sólo unos meses más tarde, luego de que Allende decidiera crear un “impuesto al exceso de ganancias” a las compañías mineras Annaconda y Kennecott y no pagar compensaciones por nacionalizar sus minas, el 5 de octubre de 1971 Nixon dijo a Kissinger: “He decidido remover a Allende”. Connally puso entonces el tema de un golpe: “…y lo único que usted puede esperar es tenerlo derrocado y, en el intertanto, usted puede lograr su punto para probar, a través de sus acciones en su contra… que lo que está cuidando son los intereses de Estados Unidos”. Para Nixon, Estados Unidos había finalmente encontrado “un tipo al que podemos golpear”. Urgió a sus asesores a “entregarnos un plan. Los voy a golpear”.

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“Todo vale en Chile. Golpeen sus traseros, ¿ok?”, instruyó Nixon a Kissinger al final de la reunión. “De acuerdo”, respondió Kissinger.

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El asesinato de Pérez Zujovic

El 8 de junio de 1971, el ex ministro del Interior Demócrata Cristiano, Edmundo Pérez Zujovic, fue acribillado en un descarado asesinato político. En Chile, su asesinato evocó el reciente recuerdo del golpe respaldado por la CIA en contra del comandante en jefe chileno René Schneider, menos de nueve meses antes, cuando la CIA había intentado bloquear el juramento presidencial de Allende creando un “clima de golpe”. En Washington, la transcripción de las cintas desclasificadas revelan que Nixon, Kissinger y el más alto asesor de la Casa Blanca, H.R. Haldeman, tenían un interés particular en la reacción chilena al asesinato de Pérez Zujovic y se les puede escuchar bromeando sobre la situación:

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Kissinger: Los hijos de puta nos están culpando a nosotros.

Haldeman: ¿Culpando a la CIA? [risas]

Kissinger: Están culpando a la CIA

Nixon: ¿Y por qué demonios lo habríamos asesinado?

Kissinger: Bueno, primero, no pudimos. Estamos—

Nixon: Sí.

Kissinger: La CIA es muy incompetente para hacerlo. Recuerde—

Nixon: Seguro, esa es la mejor parte…

Kissinger: —Cuando trataron de asesinar a alguien, tomó tres intentos—

Nixon: Sí.

Kissinger: —y después de eso vivió tres semanas.

Aquí, Kissinger parece estar refiriéndose, y por primera vez realmente admitiendo, al rol de la CIA en el asesinato del general Schneider. Después de varios intentos abortados de un grupo de militares en retiro y oficiales activos que habían recibido armas y fondos de la CIA, Schneider fue interceptado y le dispararon camino al trabajo el 22 de octubre de 1970. Murió tres días más tarde -no tres semanas, como decía Kissinger-, producto de las heridas.

De acuerdo a las grabaciones, la conversación giró luego hacia cómo la administración Nixon podía transformar el asesinato en una oportunidad para golpear a Allende. El gobierno de la Unidad Popular, informó Kissinger al Presidente, había usado el asesinato de Pérez Zujovic para “imponer le ley marcial y para realizar un fuerte ataque contra nosotros”. La respuesta del Presidente: “Entonces vamos a darle—dejémosle que lo sientan”. Como era de esperar, Kissinger estuvo de acuerdo. “Creo que debemos usarlo como un pretexto”. Más adelante en la conversación, Nixon y Kissinger infirieron que la gente de Allende estaba detrás del asesinato como una maniobra política para ayudar a consolidarlo; estuvieron de acuerdo en que “el asesinato prueba” que Allende estaba “avanzando hacia un gobierno de un solo partido lo más rápido posible”

“Creo que este tipo está tomando el dominio completo de ese país”, declara incorrectamente Nixon. “Déjenme decir que en todas las futuras acciones hacia Chile prefiero la línea más dura”.

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Desafortunadamente para el bien de la historia, al momento en que Allende fue derrocado el 11 de septiembre de 1973, Nixon ya había apagado su grabadora del Salón Oval. En julio de ese año, durante las dramáticas audiencias del caso Watergate en el Congreso, un asesor de la Casa Blanca reveló la existencia del sistema de grabación secreto. El Congreso inmediatamente exigió que la Casa Blanca entregara todas las cintas; Nixon reclamó “privilegio ejecutivo” y se negó. Sólo después de que la Corte Suprema sentenciara que no podía esconderlas más de las autoridades legales, el Presidente entregó las cintas. Éstas revelaron que había mentido sobre su rol en el “asalto” a la sede del Partido Demócrata en el edificio Watergate, lo que forzó su posterior renuncia.

Sin embargo, otro sistema de grabación secreto no fue detectado y se mantuvo operativo: el de Henry Kissinger. El 16 de septiembre de 1973, el sistema de grabación de Kissinger registró su primera conversación telefónica con Nixon después del golpe en Chile. Su conversación (desclasificada por petición de mi organización) captura sus actitudes mientras un régimen verdaderamente fascista consolidaba el poder a través del derramamiento de sangre en Chile:

Kissinger: La cosa en Chile se está consolidando y por supuesto los periódico están balando porque un gobierno pro comunista fue derrocado.

Nixon: ¿No es eso algo? ¿No es eso algo?

Kissinger: Quiero decir en vez de estar celebrando—en el periodo de Eisenhower habríamos sido héroes

Nixon: Bueno nosotros no—como sabes—nuestra mano no aparece en ésta siquiera.

Kissinger: Nosotros no lo hicimos. Quiero decir que los ayudamos. [referencia a la CIA borrada] creó las mejores condiciones posibles.

Nixon: Eso es correcto. Y esa es la forma en que se va a jugar. Pero escucha, mientras la gente está preocupada, déjame decir que no se van a comprar esta basura de los liberales esta vez.

Kissinger: Absolutamente no.

Nixon: Ellos saben que es un gobierno pro comunista y así son las cosas.

Kissinger: Y pro Castro.

Nixon: …Olvidémonos de lo pro comunista. Era un gobierno anti americano durante todo el tiempo.

*NOTA: En los diálogos, los guiones largos (—) al final de una frase denotan interrupciones, mientras que cuando aparecen en el medio de una frase significa que uno de los interlocutores recomenzando una frase o una oración incompleta.
Todas las grabaciones pertenecen al sitio nixontapes.org

*Peter Kornbluh es autor Pinochet: Los Archivos Secretos. (Barcelona: 2004) Dirige el “Chile Documentation Project” en la organización sin fines de lucro National Security Archive en Washington D.C.

Benicio del Toro, protagonista de Che: “El embargo a Cuba es tonto y arcaico”

Benicio del Toro está en auge. El primero de febrero ganó el prestigioso premio Goya en España como mejor actor en la cinta épica de Steven Soderbergh sobre Ernesto Guevara, Che: El Argentino. En el Festival de Cine de Cannes, en mayo pasado, también triunfó con el premio al mejor actor. La película se estrenó en Chile el 29 de enero pasado y ya la han visto 26.252 personas. A pesar de que sumando a la segunda parte (Che: El Guerrillero) dura más de cuatro horas y está casi toda en español, en Estados Unidos el público también llena las salas. “Todo lo que haces lo conviertes en oro”, le dijo una admiradora en una reciente proyección especial en Washington, DC. “Y mi mamá está enamorada de ti”, le dijo otra.

Fui consultor histórico de la película y luego me encontré con Benicio del Toro después de esa proyección. Le pedí que hablara acerca de lo que había implicado desempeñar el papel del Che Guevara y hacer esta película.

– ¿Qué fue lo que más me sorprendió? Sus escritos. Creo que su fuerza de voluntad era increíble. Su disciplina era increíble. Pero, ¿sabes?, lo que más me sorprendió fueron sus años formativos. Provenía de una buena familia, de una buena niñez.

– ¿Cómo transforma esta cinta al ícono en hombre?
–Creo que eso es lo que intentamos hacer: volverlo humano. Steven (Soderbergh) intentó escoger los detalles, la vulnerabilidad y los aspectos de su vida que lo hacen humano. Creo que la película hace esto. Algunos dicen que simplemente lo glorificamos y lo convertimos en héroe. Yo creo que lo volvimos humano.

–Todos esos millones de jóvenes que visten una polera del Che, ¿qué quieres que sepan de él mediante esta película?
– ¿Sabes?, creo que hay un malentendido respecto de las poleras. Soy un tipo que las usa, y cuando lo hago significa algo. Es como un tatuaje temporal. Cuando ves a alguien con una polera del Che, está diciendo algo que de alguna manera capta su esencia: ya sea como el de abajo, el tipo que no se vendió, el que hizo el sacrificio, el que luchó contra la injusticia… Esa es mi experiencia con la gente que se pone esas poleras.

Creo que esta película sólo puede nutrir esto, nutrir con detalles más específicos y eventos acerca del Che. Si usan esa polera, creo que en la película encontrarán elementos de lo que esa prenda representa para ellos. Quizá no conozcan los detalles, tal vez no sepan que fue argentino o ignoran que estaba bajo las órdenes de Fidel (Castro). Probablemente no sepan dónde y cómo murió. Pero cuando se trata del Che, es esa otra esencia la que de verdad importa.

–Trabajaste durante años para el papel. ¿Cómo se prepara un actor para interpretar a una figura legendaria como el Che Guevara?
–Pues no me tardé años en prepararlo. Durante años trabajé en la historia, sobre todo como productor. Normalmente recibo el guión; el guión está escrito, y ofrezco mis ingredientes como actor. Aquí, trabajaba la historia. Sí, estaba aprendiendo cosas sobre el personaje. No era que tuviera un guión y hubiera estado siete años investigando acerca de un personaje del cual ya estaba escrito el guión. El personaje se estaba escribiendo, y el guión se volvía cada vez más grueso, a tal grado que resultó en dos películas… o una larguísima; no dos, sino una en dos partes.

– ¿Y preparar el papel?
–Llega un momento en que tienes todo ese conocimiento, pero haces lo que te contaba. Si tratas de verte como él, sonar como él, moverte como él, te vuelves un robot. En cierta medida, comenzarás a remedarlo. Y no quieres hacer eso, porque entonces lo pierdes. No podrás reaccionar, lo cual representa 50 por ciento de actuar. Lo más importante es hacer la tarea, pero llega un momento en el que debes tirarla a la basura y representar la escena con lo que aprendiste. Tienes que desecharla. En determinado momento debes soltarla.

Para interpretar al Che no tienes que sonar, verte o moverte como él. Simplemente tienes que comprender lo que representaba, e interpretarlo. Como intérprete del Che –y no soy el primero ni el último-; ese es el único consejo que doy a quienes hagan futuros papeles del Che.

–Así que la cinta Che es en realidad dos películas: El argentino, que cubre la revolución cubana, y Guerrilla, que trata sobre la fracasada insurrección del Che en Bolivia. La primera película es sobre la victoria, la segunda sobre la derrota.
–Las dos películas son sobre el esfuerzo, ¿sabes?

El embargo crea una atmósfera como de seguir en guerra, desde el punto de vista cubano. Empatizo con el pueblo cubano. Se quedan atrapados bajo el fuego cruzado. Es asombroso cómo Cuba ha podido aguantar.

– ¿Qué fue lo que más te sorprendió sobre lo que aprendiste del Che?
– ¿Qué fue lo que más me sorprendió? Sus escritos. Creo que su fuerza de voluntad era increíble. Su disciplina era increíble. Pero, ¿sabes?, lo que más me sorprendió fueron sus años formativos. Provenía de una buena familia, de una buena niñez. Nació en un pequeño pueblo, Rosario. Pero después de que sufrió varios ataques de asma, su familia se trasladó a otra parte de Argentina (para estar en un mejor clima). Todo por el bien de ese niño. Aprendí que creció en esta familia muy normal, protectora, que alentaba la educación. Tuvo una infancia normal, una muy protegida infancia.

–Cuando la película se exhibió en Miami había muchos manifestantes fuera del teatro. ¿Cómo maneja esta película los asuntos más controvertidos del Che: su participación en las ejecuciones?
–Para empezar, los manifestantes no habían visto la película. Se manifestaban contra el Che o Fidel Castro o Cuba o la revolución. Pero no habían visto la película. Eso me pareció extraño. Entiendo (las manifestaciones), pero al menos que vean la película. El hecho es que como hombre militar creía en la pena capital. La película no rehúye eso. Digo, no podemos mostrar todo, pero sí mostramos una ejecución. Sí mostramos lo que dijo acerca de la pena capital y las ejecuciones en Cuba, y por qué. Pero, en lo que se refiere a la pena capital, no se diferenciaba de cualquier otro hombre militar.

–La película fue desairada por los premios Óscar. ¿Cómo lo explicas?
–Mira, Che es una película que de cualquier manera que la mires, es hollywoodense. Pero es una película hollywoodense que asume el punto de vista de otro país, en el idioma de aquel país y critica al gobierno estadounidense. No conozco ninguna otra cinta que lo haya hecho de manera tan evidente. Esta película es tan buena como cualquier otra que fue nominada al Óscar… mejor. Pero no conseguimos nada en los Oscares ni en los Globos de Oro.

– ¿Qué opinas sobre la situación de las relaciones Estados Unidos-Cuba?
–El embargo no tiene sentido. Me parece tonto, obsoleto y arcaico. Pero es real. Es algo con lo que los cubanos tienen que lidiar todos los días. El embargo crea una atmósfera como de seguir en guerra, desde el punto de vista cubano. Empatizo con el pueblo cubano. Se quedan atrapados bajo el fuego cruzado. Es asombroso cómo Cuba ha podido aguantar.

– ¿Puede la película contribuir, de alguna manera, a mejorar las relaciones?
–Ojala saque a la luz del día algunos asuntos… saque al descubierto estos asuntos. Las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, entre Estados Unidos y América Latina. Temas como la pobreza, la falta de una clase media, de educación, la falta de medicinas y alimentos. Y la gente aprende sobre Cuba. Para las generaciones más jóvenes será un documento interesante sobre el Che y Cuba. Para las generaciones más jóvenes se volverá un punto de referencia. El tiempo dirá.

Desclasifican nuevas conversaciones entre Nixon y Kissinger para derrocar a Allende

Un registro de conversaciones hasta hoy inéditas entre Richard Nixon y Henry Kissinger para impedir que Allende asumiera el poder en 1970, y otro cuando sólo faltaban semanas para el Golpe de Estado, revela nuevos detalles de cómo ambos se empecinaron en derrocar el gobierno de la Unidad Popular, al punto de decir: El gran problema hoy en día es Chile. Entre las novedades figura la noticia que le da Kissinger a Nixon: Agustín Edwards ha huido y llega aquí el lunes. Me voy a reunir con él el lunes…

Treinta y cinco años después del Golpe de Estado en Chile, apoyado por Estados Unidos, transcripciones recientemente desclasificadas de las conversaciones del entonces consejero de seguridad nacional de Estados Unidos Henry Kissinger con el director de la CIA Richard Helms, el Secretario de Estado William Rogers y especialmente con el Presidente Richard Nixon, revelan nuevos episodios sobre la trama interna de cómo su administración preparó la desestabilización del primer gobierno socialista elegido democráticamente en el mundo.

Si el 15 de septiembre de 1970, cuando Nixon ordenó a la CIA “evitar que Allende asumiera el poder, o lo derrocara”, era considerado el punto de partida para las operaciones encubiertas de Estados Unidos que contribuyeron al derrocamiento del gobierno de Salvador Allende, estas nuevas revelaciones cambian el mapa de la operación.

Según estas transcripciones, Nixon y Kissinger iniciaron sus planes para revertir los resultados de las elecciones chilenas tres días antes. Al mediodía del 12 de septiembre de 1970, Kissinger llamó a Helms para agendar una reunión urgente del “Comité 40”, un grupo de alto rango que supervisaba las operaciones encubiertas del gobierno de los Estados Unidos. Aproximadamente 35 minutos más tarde, en medio de un informe verbal que se le entregaba a Nixon sobre un secuestro de avión con rehenes en Amman, Jordania, Kissinger le dijo al Presidente: El gran problema hoy en día es Chile.

Esa transcripción revela cómo el Presidente de Estados Unidos concentró su atención en los esfuerzos por impedir el arribo al poder de Allende. En esa llamada, Nixon exigió ver todas las instrucciones que se le enviaban al embajador de EE.UU. en Santiago, Edward Korry. Al punto de ordenar que el Departamento de Estado fuera alertado de que él quería ver todos los cables enviados a Chile.

Quiero una evaluación sobre las opciones disponibles -le dijo Nixon a Kissinger.

Cuando Kissinger le respondió que la posición del Departamento de Estado era la de permitir que Allende asumiera el poder y entonces ver lo que se podía hacer, Nixon inmediatamente vetó esa idea. ¿Igual como ocurrió con Castro? ¿Cómo ocurrió en Checoslovaquia? La misma gente dijo la misma cosa. No permitas que lo hagan, instruyó el Presidente.

En esa conversación, Kissinger y Nixon también hablaron sobre Agustín Edwards, el empresario y dueño del diario El Mercurio.

Agustín Edwards ha huido –le informó dramáticamente Kissinger al Presidente-, y llega aquí el lunes. Me voy a reunir con él el lunes para conocer su versión de la situación.

No queremos que se filtre un gran artículo respecto de que estamos tratando de derrocar al gobierno –respondió Nixon.

El Secretario de Estado William Rogers, a quien Nixon y Kissinger en buena parte excluyeron de las deliberaciones sobre Chile, era igualmente sensible a esa posibilidad. La transcripción de su conversación con Kissinger dos días después refleja el nivel de preocupación del Departamento de Estado sobre la posibilidad de que Washington pudiera ser descubierto en su intento de subvertir la democracia electoral en Chile. En su conversación del 14 de septiembre, Rogers predijo con precisión: Sea lo que sea que hagamos, probablemente terminará muy mal. También le sugirió a Kissinger encubrir el rastro documental sobre las operaciones estadounidenses para asegurar que el registro documental no se vea mal.

Mi sensación -y creo que coincide con la del Presidente- es que debemos incentivar un resultado diferente al de [referencia censurada], pero debemos hacerlo tan discretamente que no nos salga el tiro por la culata –le concedió Rogers a Kissinger.

La conversación continúa:

Kissinger: La única duda es cómo se define “el tiro por la culata”.

Rogers: Que nos descubran haciendo algo. Después de todo lo que hablamos sobre elecciones, si la primera vez que un comunista (sic) gana una elección, Estados Unidos intenta impedir que el proceso constitucional tome su curso, nos vamos a ver muy mal.

Kissinger: El Presidente opina que se debe hacer todo lo posible para evitar que Allende asuma el poder, pero a través de canales chilenos y con un bajo perfil.

El informe de un comité especial del Senado de EE.UU. que a mediados de los ‘70 investigó las operaciones encubiertas de la CIA en Chile, no citó estas transcripciones secretas, a pesar de que son el registro de las primeras conversaciones sustanciales entre Nixon y Kissinger sobre cómo impedir que Allende asumiera el gobierno. En entrevistas con dos miembros de ese comité del Senado que redactaron ese informe –Acciones Encubiertas en Chile,1963-1973-, ninguno recordaba haber visto estos dramáticos documentos, que incluyen una conversación hasta ahora desconocida entre el Presidente Nixon y su Consejero de Seguridad Nacional, Kissinger, respecto de las posibilidades de derrocar a Allende, sólo diez semanas antes del Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.

La búsqueda de los Telcons

En los días posteriores a la estrecha elección de Salvador Allende como Presidente de Chile el 4 de septiembre de 1970, Henry Kissinger sostuvo una serie de conversaciones telefónicas urgentes sobre “cómo hacerlo” en Chile. No permitiremos que Chile se vaya por el alcantarillado, le dijo Kissinger en una de esas llamadas al director de la CIA, Richard Helms. Estoy contigo, le respondió Helms.

Fue el 15 de septiembre, durante una reunión de 15 minutos en la Casa Blanca a la que asistió Kissinger, cuando el Presidente Nixon instruyó al director de la CIA, Richard Helms, de que la elección de Allende era inaceptable. Fue entonces que ordenó a la agencia actuar con su ya conocida frase hay que hacer gritar a la economía para salvar a Chile, como lo registró Helms en sus apuntes.

La CIA lanzó una campaña masiva de operaciones encubiertas –primero para impedir que Allende asumiera el gobierno, y cuando esa estrategia fracasó, para minar su gobernabilidad. Nuestra principal preocupación en Chile es la posibilidad de que [Allende] se consolide, y que su imagen ante el mundo sea su éxito, dijo Nixon ante su Consejo de Seguridad Nacional el 6 de noviembre de 1970, dos días después de que Allende iniciara su gobierno.

Las transcripciones de estas conversaciones telefónicas, conocidas como telcons, fueron creadas originalmente por Kissinger, quien grababa secretamente las llamadas que hacía y recibía (y luego pedía a su secretaria transcribirlas) mientras estaba en el gobierno. Cuando Kissinger dejó la Casa Blanca en enero de 1977, se llevó más de 30 mil páginas de transcripciones, aduciendo que eran “documentos personales”, y los usó selectivamente para escribir sus memorias.

En 1999, la organización National Security Archive inició acciones legales para obligar a Kissinger a devolver estos registros al gobierno. A solicitud del analista del Archivo, William Burr, los telcons sobre las crisis de política exterior de comienzos de los ‘70, incluyendo cuatro conversaciones desconocidas sobre Chile, fueron desclasificados recientemente por la Biblioteca Presidencial de Nixon.

El “Tanquetazo” hace vibrar a Nixon

Hasta el momento, la desclasificación de los telcons de Kissinger no ha entregado mucha evidencia de conversaciones telefónicas sobre Chile mientras se desarrollaban las operaciones de la CIA para desestabilizar a Allende en los años que siguieron. Pero a las 11 de la mañana del 4 de julio de 1973, la grabadora clandestina de Kissinger captó otra conversación hasta ahora desconocida con el Presidente Nixon. Menos de una semana después de un abortado Golpe de Estado en Santiago –el tanquetazo del 29 de junio-, Nixon llamó a Kissinger desde su casa de veraneo en San Clemente, California, para hablar sobre Allende y las perspectivas de un pronto derrocamiento de su gobierno.

Nixon: Sabes, creo que ese tipo chileno podría tener algunos problemas.

Kissinger: ¡Ah, tiene tremendos problemas! Definitivamente tiene tremendos problemas.

Nixon: Si sólo el Ejército pudiera lograr tener el respaldo de alguna gente.

Kissinger: Y ese golpe la semana pasada, no tuvimos nada que ver con él, pero igual, parece que salió prematuramente.

Nixon: Es cierto, y el hecho de que haya conformado un gabinete sin militares es, pienso yo, muy significativo.

Kissinger: Es muy significativo.

Nixon: Muy significativo porque esos tipos militares allá son bien orgullosos y tal vez ellos… ¿Cierto?

Kissinger: Sí, pienso que él está definitivamente en problemas.

Sólo diez semanas más tarde, los militares efectivamente derrocaron a Allende en un sangriento Golpe de Estado. El 15 de septiembre de 1973, Nixon llamó a Kissinger nuevamente. Se lamentaron sobre lo que Kissinger calificó como los diarios llorones y la sucia hipocresía de la prensa por concentrarse en la represión de los militares chilenos y las condenas al rol jugado por Estados Unidos. En este telcon, que fue desclasificado en mayo de 2004, Nixon señala:

Nuestra mano se mantiene oculta en esto.

Y Kissinger replica:

No lo hicimos nosotros… Quiero decir, les ayudamos. [Censurado] creó las máximas condiciones posibles… En la era de Eisenhower, seríamos considerados héroes.

*Peter Kornbluh dirige el Proyecto de Documentación sobre Chile en el National Security Archive en Washington, D.C. y es autor del libro “Pinochet: Los Archivos Secretos”.

Documentos desclasificados: Cómo Jorge Alessandri buscó apoyo clandestino de EE.UU. en 1970

Documentos estadounidenses recientemente desclasificados sugieren que el candidato presidencial de la derecha, Jorge Alessandri, solicitó en 1970 que Anaconda Copper presionara al gobierno de Estados Unidos para que le proporcionara apoyo financiero para derrotar a Salvador Allende y Radomiro Tomic. Anaconda era entonces dueña de los principales yacimientos cupríferos, como Chuquicamata. Su inversión peligraba si ganaban los otros dos candidatos ya que ambos proponían nacionalizar el cobre, tal como finalmente sucedió.

Los documentos develan un capítulo hasta ahora desconocido en la historia encubierta de la más reñida campaña electoral del país, que terminó en la elección del socialista Salvador Allende y la intervención de la CIA, y que diseñó el escenario para una dictadura militar que perduró 17 años.

Un memorando de una conversación del 10 de abril de 1970, que resume una reunión entre el presidente del directorio de Anaconda Copper y funcionarios del gobierno de Estados Unidos, dice que Jorge Alessandri, a través de un intermediario, “ha solicitado ayuda de Anaconda” para reunir casi tres millones de dólares de fuentes extranjeras porque su campaña sólo ha logrado recaudar doscientos mil dólares en Chile.

El Ejecutivo de Anaconda, Jay Parkinson, dice en el memo -recientemente desclasificado- que Anaconda y otras compañías podrán proporcionar parte del dinero solicitado por Alessandri, pero que los Estados Unidos “debe hacer una gran contribución financiera”.

El contexto de la afirmación deja claro que Parkinson está hablando a nombre del candidato presidencial. “Parkinson dice que pretende informar a su regreso al grupo de Alessandri que Anaconda ha hecho todo lo posible para obtener ayuda para él del gobierno de Estados Unidos”, dice el documento.

Como es sabido, por la investigación del llamado Comité Church del Congreso de Estados Unidos y por sucesivos documentos oficiales que se han ido desclasificando en estos años, la Anaconda Copper y otras compañías estadounidenses inyectaron en 1970 dinero a la campaña presidencial de Jorge Alessandri con la ayuda de la CIA. Sin embargo, hasta ahora, poco o casi nada se sabía del rol que habría jugado Alessandri en tratar de obtener directamente el dinero, tal como lo sostiene el ejecutivo de Anaconda.

Además, el memo proporciona por primera vez un recuento detallado y personal del lenguaje notoriamente agresivo utilizado por el ejecutivo de Anaconda (Parkinson), para demandar que funcionarios del gobierno de Estados Unidos actúen para defender sus intereses económicos mediante una intervención en las elecciones chilenas.

A Parkinson se le describe interpelando en la reunión “de una manera muy directa y dura” a un alto funcionario del gobierno: Charles A Meyer, secretario de Estado adjunto para Latinoamérica. El memo es uno de los más transparentes testimonios de primera mano en documentos desclasificados nunca publicados acerca de la arrogancia del poder corporativo estadounidense y de los intentos de dictar la política de Estados Unidos a nombre de negocios privados.

Este documento se suma a muchos otros referentes a Chile que el autor ha encontrado entre los 10 mil documentos desclasificados de la biblioteca presidencial del ex presidente Richard Nixon. Esta partida incluye un cable en el que el embajador en Chile, Edward Korry, argumenta enérgicamente en contra de la subvención a Alessandri. Hay además varios dramáticos documentos de la CIA en la evolución de la toma de decisiones de Estados Unidos con anterioridad al 4 de septiembre de 1970.

¿Qué importancia tienen esos documentos después de 37 años? Arrojan luz sobre los motivos y las acciones ocultas de los líderes de Estados Unidos y Chile que condujeron a uno de los más trágicos períodos de la historia de este país. Época en la cual la interferencia encubierta de Estados Unidos dispuso el escenario para el fin de la democracia en Chile impulsando la dictadura de 17 años del general Augusto Pinochet. También son importantes porque proporcionan fuentes primarias para corregir los recuentos muchas veces exagerados de lo que los agentes de Estados Unidos hicieron o no hicieron en Chile.

Presiones corporativas

Los nuevos documentos dejan en claro que la preocupación de Estados Unidos por la posibilidad del triunfo de Allende era de larga data. Fue a fines de 1950 que la CIA comenzó su historia de acción encubierta para socavar a la izquierda chilena. Allende ocupó desde entonces uno de los primeros puestos en la lista de los blancos de la agencia. Un reporte confidencial conocido como “Post Mortem on the Chilean Presidential Election” enviado por el entonces director de la CIA, Richard Helms, a la oficina del consejero de seguridad nacional, Henry Kissinger, el 19 de noviembre de 1970, apuntó a que la elección de Allende no podía “cargarse a la falta de advertencia previa”, ya que el “espectro” de su posible victoria “era aparente, en realidad reconocible, incluso ya en 1968”.

El reporte de Helms consigna que en abril de 1969, la CIA informó a Kissinger que “el frente comunista-socialista de Allende tenía quizás una posibilidad de victoria pareja” junto con Alessandri, el candidato del derechista Partido Nacional. Su reporte también revela que entonces Kissinger “preguntó por el papel del gobierno de Estados Unidos en las todavía distantes elecciones presidenciales, sosteniendo que el apoyo a Alessandri ya estaba siendo solicitado por un tercero”.

Ese “tercero” está referido a los intereses comerciales estadounidenses, entre ellos la ITT y Anaconda Copper, compañías que se enfurecieron porque durante el régimen de Eduardo Frei los democratacristianos siguieron una política de lenta nacionalización de las propiedades estadounidenses en Chile. Alessandri, un oligarca de la derecha tradicional, era el único candidato en la elección de 1970 que prometía una salvación para los intereses corporativos de los Estados Unidos.

El documento de abril es una clara indicación de que Alessandri trató de convertir esa promesa de protección de los intereses estadounidenses en un masivo flujo de dinero en efectivo para su campaña.

El memo secreto describe una conversación ocurrida el 10 de abril de 1970 entre el presidente de Anaconda Copper, C. Jay Parkinson, miembros del Consejo para Latinoamérica, una coalición de empresarios de alto nivel dirigida por David Rockefeller, y el secretario de Estado adjunto, Charles Meyer (un antiguo miembro del Consejo). Su lenguaje franco, casi matonesco, carece de la ambigüedad diplomática y las sutilezas habitualmente usadas para discutir temas tan sensibles como la utilización del dinero de los contribuyentes estadounidenses en una elección extranjera.

“El señor Parkinson, de manera muy directa y dura le dijo al señor Meyer que el gobierno de los Estados Unidos tenía que hacer una gran contribución financiera a la campaña presidencial de Alessandri. Él indicó que si tanto (el candidato presidencial de la DC Radomiro) Tomich (sic) como Allende ganaban, la empresa privada en Chile estaría acabada. Alessandri debía tener fondos para su campaña y si los aportes no eran hechos por el gobierno de Estados Unidos, éste (y el señor Meyer) habrían asegurado una situación castrista en Chile con efectos adversos en los países vecinos y a lo largo del hemisferio”, señala el documento.

Parkinson informó al Departamento de Estado que Alessandri había designado “un individuo específico como su intermediario para recibir fondos de compañías privadas foráneas”. Él dijo: “el grupo de Alessandri espera recibir alrededor de 200 mil dólares (de fuentes chilenas), en circunstancias que necesita alrededor de tres millones de dólares para su campaña”. Otros documentos previamente desclasificados nombran al senador Pedro Ibáñez como el representante de Alessandri, quien semanas previas había hecho una fallida insinuación para obtener financiamiento estadounidense.

El memo recientemente conocido sugiere que Ananconda y Alessandri no estaban dispuesto a recibir un no por respuesta. Dice que Parkinson pretendía llevar su caso “a los más altos niveles del gobierno de Estados Unidos”, lo que en ese momento habría sido una referencia al presidente Richard Nixon y a su consejero de seguridad nacional, Henry Kissinger. “Parkinson dice que pretende reportarle a su regreso al grupo Alessandri que Anaconda ha hecho lo que ha podido para obtener ayuda del gobierno de Estados Unidos y que por lo tanto no puede limitar su alcance al señor Meyer”, el funcionario del Departamento de Estado de nivel más bajo con el que se estaba reuniendo.

La presión corporativa de alto rango tuvo su efecto. Provocó un importante debate interno en los primeros meses de 1970 sobre cuál debía ser la forma más efectiva de intervención encubierta en la temporada electoral chilena.

Korry, la neutralidad electoral y la CIA

Otros nuevos documentos desclasificados presentan los contra argumentos en el debate. El más fuerte provino del embajador de Estados Unidos Edward Korry, quien estaba preocupado de que el apoyo a Alessandri significara que Estados Unidos le diera su espalda a su antiguo aliado, el Partido Demócrata Cristiano. “Sigo convencido de que es para nuestro beneficio permanecer al margen de la campaña de cualquier aspirante a la presidencia chilena”, respondió Korry al Departamento de Estado dos semanas después de la petición del ejecutivo de Anaconda a nombre de Alessandri. “Si los Estados Unidos se comprometieran en una posición electoral anti PDC las consecuencias de corto y largo plazo con respecto al que todavía es el mayor partido político en Chile y el gobierno, podría tener muy serias consecuencias aquí”.

En su extenso cable, que el antiguo periodista tituló “Riesgos electorales, la copa y el jinete con el dinero”, argumentó: “Hay un abrumador obstáculo práctico: la imposibilidad de mantener un manto de discreción sobre cualquier acción estadounidense tal como las que se sugieren… Cualquier suma significativa que llegue desde los Estados Unidos será tan discreto como poner un hombre en la luna”. Él pensaba que cualquier atisbo de participación de los Estados Unidos, solo aumentaría la popularidad de Allende.

El embajador instó a la “neutralidad electoral” mientras continuaba la campaña, política que eventualmente prevaleció. Korry también parece haber encarado a Alessandri sobre la información de que Anaconda estaba actuando a su nombre, y recibió una acalorada negativa. El cable añade: “Más aún, Alessandri está enfurecido con Anaconda y con aquellos chilenos que actúan como sus intermediarios”.

La CIA tenía sus propias reservas acerca de apoyar a Alessandri, de acuerdo a lo que reflejan los nuevos documentos. En un memorando secreto a Kissinger, titulado “Elección chilena”, del 16 de junio de 1970, el director de la CIA, Richard Helms, informó que había recibido un llamado de su predecesor y miembro del directorio de la ITT, John McCone (cuyo nombre está borrado en el memorando pero fue confirmado con otras fuentes). Helms reporta que McCone estaba “abogando porque el gobierno de Estados Unidos le diera mucha de ayuda financiera a la campaña de Alessandri”. Pero, Helms apuntó que “nosotros en la Agencia estamos preocupados de derramar dinero en la campaña de Alessandri, porque su organización política parece ser tan difusa que tememos tener poco impacto”.

Para entonces, la estación de la CIA en Santiago estaba convencida de que Alessandri parecía destinado a ganar sin el apoyo de Estados Unidos y que Allende perdería. Un despacho secreto del jefe de la estación de la CIA en Santiago, Henry Hechsher, a comienzos de junio, sostuvo: “Allende está corriendo tercero y es dudoso que sea capaz de remontar lo suficiente para ganar. Él incluso tendrá dificultades para llegar segundo”. Basado en esa información, los cuarteles generales de Langley y la estación focalizaron la mayor parte de su atención en prepararse para influenciar el voto post 4 de septiembre en el Congreso chileno para asegurar que Allende no fuera ratificado como el jinete preferido en una carrera de tres pistas donde ninguno tuviera la mayoría.

“Como recordarás esta elección ha sido riesgosa y difícil de prever por una variedad de razones”, le escribió Helms a Kissinger en su memo del 16 de junio, reflejando la falta de claridad en la estrategia encubierta de Estados Unidos. “La agencia está siguiendo este asunto de cerca, pero hay que admitir que estamos en la incertidumbre sobre cuál es la acción más prudente”.

Con algo de retraso, las fuerzas de la intervención de Estados Unidos llegaron a un acuerdo. La CIA no le proporcionaría fondos propios a Alessandri pero le pasaría 700 mil dólares de manera encubierta en dineros corporativos de Anaconda e ITT para sus cofres de campaña.

Al final fue una estrategia aparatosa: apoyo encubierto para Alessandri, abierta neutralidad en relación con el democratacristiano Tomic, y una encubierta “propaganda negra” (información fabricada) para socavar a Allende. Korry aceptó un plan de la CIA para una campaña perjudicial contra la coalición de la Unidad Popular de Allende. Él la describió como “gastar dinero en una propaganda anticomunista de carácter general —afiches, panfletos y pancartas.

Aún cuando la administración de Nixon tenía vagos planes de contingencia en caso de fallar su estrategia, la Casa Blanca fue fulminada el 4 de septiembre cuando Allende ganó la elección por una estrecha mayoría y fue luego confirmado como presidente con el apoyo del Partido Demócrata Cristiano en el Congreso.

Después de la elección, como ha sido bien documentado, el presidente Nixon soltó la correa de la CIA en Chile para fomentar un golpe militar que evitara la llegada de Allende al poder, operación que incluyó el secuestro y asesinato del comandante en jefe del Ejército, el general René Schneider. Cuando esa operación -conocida como Track II- falló, las recriminaciones burocráticas comenzaron a volar: el Departamento de Estado culpó a la CIA por fallar en predecir la victoria electoral de Allende y la CIA culpó al embajador Korry por oponerse a operaciones más agresivas.

En su post mortem a Henry Kissinger, Helms, el director de la CIA, concluyó que “reservas casi filosóficas” del Departamento de Estado habían “sofocado la consideración de un corte certero, y todo otro esfuerzo para prevenir la elección de Allende”.

En un memo encubierto de carácter extremadamente confidencial (“secret/sensitive/eyes only”) al post mortem de la CIA, desclasificado por primera vez, el asesor de Kissinger, Alexander Haig, apuntó que “todos se están apresurando para esconderse pero el dedo principal sigue apuntando al Departamento de Estado y, en mi opinión, a Korry. Sin embargo, no estoy muy seguro de que las faldas de la CIA estén tan limpias”.

Más de 35 años después de las decisivas elecciones de 1970, continúan emergiendo documentos con nuevos detalles de las bóvedas secretas del Estado, pero aún faltan otros por conocer.

Peter Kornbluh dirige el “Chile Documentation Project” en el National Security Archive, una organización de investigación sin fines de lucro en Washington DC. Kornbluh ha escrito extensamente sobre las actividades encubiertas de Estados Unidos y los documentos secretos relacionados con Chile, incluyendo el aclamado libro “The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability”.