El Salvador: Un país en la búsqueda del centro

Los salvadoreños acaban de elegir a un presidente ligado al ex movimiento guerrillero FMNL. No se trata de una victoria del radicalismo izquierdista, sino de la búsqueda de un centro que no existe. En vez de votar por un político, nuevamente triunfó un periodista, un rostro conocido que parecía moderado.

El Salvador acaba de elegir un nuevo presidente que representa al movimiento de izquierda que peleó una guerra de guerrillas que se extendió por más de una década. Pero la elección de Mauricio Funes, del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMNL), no es precisamente una victoria del radicalismo.

Lo que es incuestionable es que la victoria del FMLN es parte de una creciente tendencia política en América Latina que ha traído gobiernos declaradamente izquierdistas a Venezuela, Brasil, Ecuador, Paraguay y Argentina.

Es una tendencia poderosa, pero hay una clave más simple y elegante para la esperanza de moderación en el nuevo gobierno salvadoreño, a pesar de sus raíces marxistas y guerrilleras. Descansa en uno de los más destacables y novelescos elementos de la política salvadoreña reciente: tanto Funes como su antecesor, Antonio “Tony” Saca, son periodistas. Ninguno de los dos era periodista de trinchera, de los que usa una retórica polarizante. Saca fue un conocido comentarista deportivo y llegó a ser propietario de una cadena de radios. Alguna vez dirigió el comité de Libertad de Expresión de la Asociación Internacional de Radio.

Fuenes, carismática personalidad de televisión, tenía fama de periodista serio y con valores profesionales. Ha prometido cambio, reconciliación, y se ha enfocado en los problemas que afectan a una gran cantidad de personas pobres y abandonadas. Usó imágenes de Barack Obama como parte de su campaña (para bochorno de la embajada de EE.UU.). De hecho, no tuvo conexiones conocidas con el FMLN durante la época de la guerrilla. A pesar de ser un simpatizante, no se afilió al movimiento hasta hace pocos años.

Para sus oponentes, eso significa que como presidente será un débil muro para los militantes que no se han redimido y que los “viejos comandantes” estarán moviendo los hilos detrás de escena. Durante la campaña, alertaron que la elección de un candidato del FMLN traería de vuelta la inestabilidad y la violencia del pasado, fomentaría el sentimiento anti-estadounidense y revertiría las políticas de libre comercio que han traído crecimiento económico sostenido.

Por el contrario, creo que Funes, tal como Saca antes que él, evidencia a un país en busca del centro político. Su status de periodista está lejos de ser irrelevante. El Salvador no sólo estuvo polarizado por 12 años de guerra civil, en la cual más de 50 mil personas murieron, sino que hubo un esfuerzo concertado por erradicar –es decir, asesinar- a los líderes políticos de centro.

Los más altos dirigentes de los partidos social demócrata y social cristiano fueron hechos desaparecer por los militares o asesinados por escuadrones de la muerte dirigidos por el Ejército a comienzos de los años ochenta. Los moderados que sobrevivieron fueron desacreditados por su asociación con el presidente demócrata cristiano Napoleón Duarte, cuyos aliados militares llevaron a cabo asesinatos masivos, incluyendo el secuestro y homicidio cuatro cuatro monjas estadounidenses y de varios sacerdotes jesuitas.

Un acuerdo de paz a comienzo de los años noventa permitió a la antigua guerrilla entrar en política. Pero el paso para ocupar el centro estuvo bloqueado –hasta hace poco– por el patriarca del FMLN, el líder comunista Schafik Handal. Era un comunista de la vieja escuela, ligado al maoísmo y hasta al ala camboyana del movimiento comunista mundial.

Handel fue el candidato que enfrentó a Saca en 2004. A pesar de estar rodeado de una renovada generación del FMLN, era fácilmente descrito como un retorno a los malos viejos tiempos de la polarización y la revolución violenta. Saca, el hombre que gritaba “Gooooool” en los partidos de fútbol locales, resultaba familiar y no representaba una amenaza. Fue esencialmente una carrera entre dos hombres, donde fácilmente obtuvo el 58% de los votos.

ARENA, el partido derechista de Saca, rompió exitosamente su asociación con el fundador y líder de los escuadrones de la muerte, el mayor del Ejército Roberto D’Aubuisson, quien entre otros crímenes organizó el asesinato del arzobispo de San Salvador Oscar Romero. ARENA se transformó en un partido moderno de derecha, lo que significa que su plataforma puso el énfasis en una economía de la libre empresa y un modelo de libre comercio. Y ese año, la alternativa a Saca era Handal, un comunista que prometía un cambio radical.

Tal como en las recientes elecciones. Excepto que esta vez, el candidato del FMLN, Funes, es el conocido, con un articulado mensaje de esperanza y cambio. Su oponente era un antiguo jefe de la policía nacional cuya plataforma electoral basada en la ley y la seguridad recordaba el pasado.

De nuevo, a falta de un centro político organizado, los salvadoreños votaron por el que parecía más moderado. Un candidato que otra vez resultó ser más una personalidad mediática que un político.

*John Dinges es profesor de periodismo en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia de Nueva York y autor de “Operación Cóndor: Una Década de Terrorismo Internacional en el Cono Sur”, entre otros libros.

La guerra mexicana

El fin de semana pasado las fuerzas armadas irrumpieron en Ciudad Juárez en un intento del presidente Felipe Calderón por quitar el control a los narcos. Ya no sirven expresiones como “guerra contra las drogas”, porque lo que se vive en México es una guerra de verdad, que el año pasado costó 6.200 vidas. Y este 2009 ha sido más sangriento. El éxito de Calderón está lejos de ser seguro. Informes estadounidenses advierten que de producirse el caos, “demandaría una respuesta americana”. Eso podría significar un desafío militar. Por ahora, Calderón es quien exige a Washington que haga su tarea, limitando la venta de armas que luego son llevadas a México, donde son responsables del 95% de las muertes de esta guerra.

Si no ha estado siguiendo la guerra que tiene lugar en México, este es el momento de reaccionar y sentir el olor a pólvora.

Esto es lo que pasó el fin de semana pasado en Ciudad Juárez, la que solía ser una prospera ciudad industrial justo al otro lado de El Paso, Texas. Un convoy de camiones del Ejército y Humvees blindados avanzaron dentro de la ciudad la mañana del sábado, transportando 2.000 soldados. Mil doscientas tropas extra llegaron el domingo, tras aterrizar en aviones de carga Hércules y otros transportes militares aéreos. En una reunión de emergencia en Ciudad Juárez con autoridades locales a mediados de semana, el presidente Felipe Calderón decidió enviar el expansivo poder de fuego, en un proceso que ya ha sido calificado como “escalada”, tal como cuando Bush incrementó las tropas en Irak. Pronto la fuerza totalizará 8.000 efectivos, incluyendo la paramilitar Policía Federal.

Hace tiempo que la policía local fue sobrepasada y burlada. Aquellos que no están en la nómina de sueldos de los narcos son ahora su objetivo. Por ejemplo, el viernes pasado. Una brigada de paramilitares narco cercó a una camioneta con dos policías locales que patrullaban el valle del este de Ciudad Juárez. Dispararon 177 tiros al endeble vehículo policial, matando a ambos policias.

Dije guerra. Ya son anacrónicos los términos como “narco violencia” y hasta una frase que ahora es casi irónica, “la guerra contra las drogas”. El año pasado hubo 6.200 asesinatos en esta guerra real, 1.600 de ellos en Cuidad Juárez. Este año ya ha sido mucho más sangriento. El gobernador de Texas, Rick Perry, dijo que la violencia mexicana es el problema más serio que enfrenta ese estado. Ha prometido desplegar 1.000 efectivos de la Guardia Nacional en El Paso, como contraparte del fortalecimiento mexicano a lo largo de la frontera.

No se equivoque. El tráfico de droga ha sido por largo tiempo una forma de vida y de sustento en México. El comercio de marihuana floreció en la provincia de Sinaloa con bastante libertad hasta comienzo de los 70s. La cocaína empezó a circular desde las factorías de los carteles colombianos en los 80s. Con el tiempo, la porosa frontera mexicana de más de mil millas se transformó en la ruta favorita del contrabando, mientras las fuerzas antidroga de Estados Unidos se focalizaron en capturar barcos y pequeños aviones que iban hacia Miami y Nueva Orleáns desde Panamá y otros puntos de Centroamérica. (Documenté el flujo de drogas a través de Panamá en mi libro sobre el general Manuel Noriega, “Nuestro Hombre en Panamá”. Las drogas de Noriega eran cantidades relativamente pequeñas en comparación con el flujo de hoy, pero llevaron a la invasión de Panamá en 1989, la operación militar más grande de Estados Unidos en América Latina desde antes de la Segunda Guerra Mundial).

Los traficantes de Sinaloa avanzaron a lo largo de la frontera para sacar ventaja de las mucho más ricas ganancias de la cocaína y formaron sus propios carteles. Empezaron las peleas internas por controlar lo que ha llegado a ser un negocio de US$ 10 mil millones al año. Las ex bandas de Sinaloa combatieron por el control de Tijuana, Guadalajara y Ciudad Juárez, y también tuvieron que frenar la invasión desde el este de un cartel aún más sangriento, conocido como Los Zetas, que controlaba el acceso a Estados Unidos a través del Golfo de México y las ciudades tejanas de Laredo y Brownsville.

Los anteriores gobiernos mexicanos no hicieron más que medios esfuerzos para interferir con el tráfico o la carnicería intestina. Eso cambió hace dos años cuando asumió el presidente Felipe Calderón. Tomó con dureza la violenta situación, purgando oficiales de policía corruptos y movilizando una fuerza de 40.000 soldados para intentar –aún sin éxito- retomar el control de las ciudades fronterizas.

Los carteles de la droga han replicado con armas de fuego, ferocidad y tácticas del terror sin precedente en toda América Latina, ni siquiera vistas en Colombia en los 80s. Por primera vez, la batalla es predominantemente militar, con la policía y las fuerzas políticas en las orillas.

La campaña de Calderón ha sido bien recibida por Washington, lo que puede explicar la curiosamente suave reacción a la escalada de las últimas semanas. “El aumento de la violencia puede deberse al éxito de la agresiva campaña anti criminal del presidente Calderón”, declaró un reporte sobre el control internacional de narcóticos auspiciado por el Departamento de Estado.

Pero Calderón ha hecho a un lado los halagos y ha dirigido lo que sólo puede describirse como furiosa rabia hacia Estados Unidos, cuyo ilimitado apetito por drogas ilegales es el origen del problema. En una entrevista con Associated Press la semana pasada, apuntó hacia otra conclusión del mismo reporte: que el 95% de los asesinatos vinculados con la guerra de las drogas fueron cometidos con armas conseguidas en Estados Unidos, muchas de ellas eran armas militares de asalto, legalmente compradas en armerías, sacando ventaja de la débil regulación de la venta de armas en Texas y Arizona. (Una investigación de The New York Times sobre el tráfico de armas norte-sur reveló que hay 6.600 concesiones de armas a lo largo de la frontera, muchas de ellas operando en domicilios privados, que proveen a los gangsters mexicanos).

“Estoy combatiendo la corrupción entre las autoridades mexicanas y arriesgando todo para limpiar la casa, pero creo que hace falta una buena limpieza al otro lado de la frontera”, dijo Calderón.

Que Calderón tendrá éxito está lejos de ser una resultado seguro. Entre los pesimistas están los altos analistas de inteligencia del Pentágono. Lanzaron un informe a comienzos de diciembre haciendo un paralelo entre México y –inquietantemente- Pakistán.

El reporte del Comando de Fuerzas Conjuntas de Estados Unidos predijo que las poderosas fuerzas armadas de los carteles pueden llevar a un “rápido y repentino colapso” en México. Un escenario de “estado fracasado” en México puede ser un desafío militar para Estados Unidos. El informe concluye: “Cualquier caída de México en el caos demandaría una respuesta americana basada en las serias implicancias para la seguridad interna”.

Si los traficantes de drogas fueran guerrillas marxistas, lo que sucede en México ya habría sobrepasado en bajas humanas algunas de las principales “revoluciones” en América Latina. Más que Cuba, comparable con Nicaragua. La pregunta podría ser: ¿Puede Estados Unidos hacer algo para detenerla o disminuir sus efectos, si es que de una vez reune la fuerza para intentarlo?

*John Dinges es profesor de periodismo en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia de Nueva York y autor de “Operación Cóndor: Una Década de Terrorismo Internacional en el Cono Sur”, entre otros libros.

mujeres solteras en caparroso

El recién asumido presidente estadounidense, Barack Obama, inauguró su relación con Hugo Chávez acusando a Venezuela de exportar el terrorismo. Algunos se sorprendieron pero desde el comienzo ha dado señales de que mantendrá la actitud y el discurso que George Bush tuvo hacia el presidente venezolano. Incluso una de las personas que más se menciona para asesorarlo en su política hacia la región ha trabajado en un centro que financió a grupos antichavistas.

En un mundo lleno de crisis, América Latina es un objetivo relativamente libre de riesgo, un área donde la nueva administración estadounidense debiera ser capaz de restaurar fácilmente la histórica buena voluntad hacia su vecino más cercano, reparando los serios desaciertos de los últimos ocho años. Un mínimo de buena diplomacia y de respetuoso compromiso debiera bastar para llenar el vacío dejado por la administración Bush, que alternó entre la bravuconería confrontacional (contra Cuba, Venezuela y otros regímenes que se alejaron de la tradicional deferencia hacia sus vecinos del norte) y una benigna negligencia hacia el resto.

En su único discurso importante sobre América Latina, hablando como candidato en Miami en mayo pasado, Barack Obama prometió “una nueva alianza de las Américas”, una inequívoca alusión a la Alianza por el Progreso de John F. Kennedy en los ‘60s, la última era de real entusiasmo en la relación entre Estados Unidos y América Latina. El entusiasmo hacia Obama ha sido palpable y ubicuo en la región, nuevamente, un fenómeno no visto desde los tiempos en que era común ver fotos de JFK y Jesucristo lado a lado en los hogares de latinoamericanos comunes.

Un significativo –y abrumadoramente positivo– factor es el color de su piel. “La etnicidad de Obama es una realidad que tiene mucha importancia en América Latina”, comenta Richard Feinberg, quien trabajó en las políticas hacia la región durante las administraciones de Carter y de Clinton. Hay ciertos elementos de condescendencia entre las élites blancas, dice. Pero la gran mayoría de los latinos, cuyos rostros reflejan su origen indígena o sus raíces africanas (o ambos), tienen una afinidad con Obama que ningún otro presidente de Estados Unidos pudo haber soñado.

Bush, en contraste, es amplia y abiertamente vilipendiado, sobre todo por la impopular guerra en Irak, pero también por el rechazo de América Latina hacia el embargo a Cuba, percibido como un fracaso contraproducente, y por la confrontación de Bush con el venezolano Hugo Chávez, leída como una reminiscencia de las antiguas intervenciones de Estados Unidos contra sus adversarios ideológicos.

Sin embargo, las primeras acciones de Obama no han demostrado un claro quiebre con la línea de la administración Bush hacia América Latina. En cambio, en al menos un área crítica, la de las relaciones con el irascible Hugo Chávez, Obama parece haberse salido de su camino para mostrar hostilidad más que seguir una senda de reconciliación.

En una movida que tiene a muchos liberales latinoamericanistas rascándose la cabeza, Obama acudió al canal de televisión en español Univisión dos días antes de asumir y lanzó un ataque sin provocación contra el presidente Chávez, usando un lenguaje que sólo pudo ser tomado prestado a Bush. “Hay que ser muy firmes cuando vemos estas noticias de que Venezuela está exportando actividades terroristas o apoyando entidades maliciosas como las FARC”, dijo Obama, en referencia al grupo guerrillero colombiano. “Eso crea problemas que no se pueden aceptar”, afirmó, agregando que Chávez “ha sido una fuerza que ha impedido el progreso en la región”.

Chávez ha reconocido extensos contactos con las FARC, incluyendo intentos para mediar en la liberación de rehenes en manos de la poderosa guerrilla que controla grandes porciones del área rural de Colombia. Pero en el contexto post 11 de septiembre de 2001, pocos observadores habrían usado palabras tan fuertes como acusar a Chávez de exportar el terrorismo.

“Eso me sorprendió”, dice un experto en América Latina, “¿qué es lo que le llevó a afirmar eso públicamente?”.

Tal consternación ante las palabras de Obama es compartida por todos los especialistas entrevistados para este articulo, algunos de los cuales están en la lista de aquellos que serían considerados para cargos en la nueva administración. Sin embargo, no es tan sorprendente la actitud agresiva de Obama, si uno toma en cuenta sus declaraciones previas, junto a la elección de las personas que trabajarán en los temas latinoamericanos.

Algunas evidencias:

En el discurso de Obama en Miami, en mayo pasado, también atacó a Chávez, llamándolo “demagogo” cuya “peligrosa mezcla de retórica anti-americana, gobierno autoritario y diplomacia de chequera, ofrece la misma falsa promesa que las ya probadas y fracasadas ideologías del pasado”. Los términos usados son evocativos de la época de la guerra fría, asociando a Chávez, un presidente electo democráticamente, con el comunismo. Más adelante en el discurso, Obama se lanzó contra las credenciales democráticas del presidente venezolano. “Hugo Chávez es un líder electro democráticamente”, dijo, “pero también sabemos que no gobierna democráticamente”.

La línea de ataque es un claro legado de la vieja administración Bush, usada regularmente para deslegitimar a Chávez, quien ganó elecciones y reelecciones con grandes mayorías durante sus 10 años en el poder. Entró en el vocabulario en 2005, cuando el más alto encargado para América Latina en el Departamento de Estado, Thomas A. Shannon, usó el mismo argumento y las mismas frases en su testimonio sobre Venezuela en el Congreso.

Shannon asesora ahora a la nueva secretaria de Estado, Hillary Clinton, y el argumento, repetido textualmente, apareció en las declaraciones escritas de ella durante su audiencia de confirmación el 13 de enero, negando a Chávez la calidad de gobierno democratico. Clinton había sido aún más agresiva durante la campaña presidencial, nombrando a Chávez dentro de una lista de los “dictadores” del mundo. Sin embargo, cumpliendo con su promesa de entablar diálogo hasta con los adversarios de Estados Unidos, tanto Obama como Clinton han dejado abierta la puerta a posibles conversaciones con el régimen de Chávez.

La nueva administración no ha definido aún su equipo de asesores para América Latina, pero sus primeros nombramientos han reforzado la continuidad de la política de Bush con la región. Shannon, un diplomático de carrera que fue secretario adjunto del Departamento de Estado para América Latina desde 2005, continuará en el puesto hasta abril y estará a cargo de los preparativos del primer viaje de Obama a América Latina. Según anunció el presidente, asistirá a la Cumbre de las Américas en Trinidad, el 17 de abril.

Un experto en América Latina dice —aunque pide no ser citado— que es un error para la nueva administración “provocar una pelea” al reafirmar la continuidad de una política que fue “una bancarrota desde el comienzo”.

Hay bastante especulación y poca certeza entre el relativamente pequeño grupo de especialistas en América Latina que han sido mencionados para puestos vinculados a la región. La lista incluye prominentes académicos, como Richard Feinberg, Robert Pastor y Arturo Valenzuela (chileno de nacimiento), de la University of California San Diego, American University and Georgetown University respectivamente, quienes han trabajado en anteriores administraciones demócratas.

Es bastante aceptado, no obstante, que las más altas designaciones en el Departamento de Estado y el National Security Council serán preferentemente para rostros nuevos y más jóvenes. En ese grupo, de acuerdo a mis fuentes, los mejor situados son Dan Restrepo, un abogado de ascendencia colombiana y española que trabaja en el obamista Center for American Progress; y Christopher Sabatini, del Council of the Americas y editor de Americas Quarterly.

Ambos trabajaron con Obama durante la campaña y se sabe que estuvieron involucrados en el borrador del discurso de Miami.

Los antecedentes de Sabatini son los más interesantes en este sentido. Tiene su historia de involucramiento con la oposición a Chávez. Fue jefe para América Latina en el National Endowment for Democracy (NED), una entidad estadounidense que canalizó varios millones de dólares para financiar proyectos a grupos antichavistas en los primeros años de su gobierno.

El financiamiento no era secreto y su propósito oficial era el de apoyar a grupos que trabajaran en el fortalecimiento de la democracia. Pero las actividades del NED en Venezuela durante la gestión de Sabatini se volvieron controversiales cuando se reveló que dos prominentes líderes de un fracasado intento golpista contra Chávez habían recibido financiamiento del NED. Otro beneficiario, un grupo de “monitoreo de elecciones” llamado Súmate, usó el dinero del NED para organizar la recolección de firmas para forzar un referéndum para lograr la salida de Chávez.

Chávez está lejos de ser el niño de la foto de la democracia latinoamericana y ha sido criticado por el más reciente reporte de Human Rights Watch, que cuestiona sus interferencias en los tribunales, discriminación hacia sus oponentes y el uso de leyes y fondos públicos para crear una prensa gobiernista. Pero las votaciones y elecciones son regulares y frecuentes, y los venezolanos le propinaron a Chávez una significativa derrota hace 18 meses, rechazando un referéndum que le habría permitido la reelección indefinida. Un nuevo referéndum para insistir en la reelacción se llevará a cabo el 15 de febrero.

Por su parte, Chávez parece intentar hacer las paces, pese a las hostiles señales de Obama y algunos comentarios anteriores suyos contra el nuevo presidente estadounidense. Algunos días después de su asunción, Chávez se mostraba exultante de optimismo ante Obama: “Es un hombre con buenas intenciones, ha eliminado la prisión de Guantánamo, eso hay que aplaudirlo… Me alegro mucho y el mundo está alegre de que haya llegado este joven presidente…. Bienvenido el nuevo Gobierno. Estamos con las manos abiertas y llenos de esperanza de que el mundo entre por el camino de la razón y de la paz”.

*John Dinges es profesor de periodismo en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia de Nueva York y autor de “Operación Cóndor: Una Década de Terrorismo Internacional en el Cono Sur”, entre otros libros.

Una Elección para la Historia

Las encuestas que calientan los ánimos para la elección del próximo martes hablan de un cambio histórico. Estados que han sido tradicionalmente republicanos están apostando por Obama. Y si él gana, se impondrá una nueva forma de hacer política que tendrá impacto en todo el mundo.

Últimamente tengo un vicio. Todos los días mientras tomo el primer café dirijo mi buscador al sitio web RealClearPolitics.com (algo así como MuyClaraPolitica.com). Allí encuentro las últimas encuestas -un lujo de encuestas, promedios de los múltiples sondeos nacionales, recuentos pormenorizados de los estados en juego, comparaciones con elecciones del pasado-. Supuestamente la única encuesta que cuenta será la del próximo martes, cuando se calcula que hasta 130,000,000 norteamericanos irán a las urnas para tomar la decisión que nos afecta todos, seamos estadounidenses o no.

Hoy veo que el promedio de 10 encuestas nacionales del 23 al 29 de octubre da una ventaja de 6.2 puntos a Obama. Ayer fue 5.9 puntos. Mirando los estados, sin embargo, se puede vislumbrar el cambio histórico que se está llevando a cabo en Estados Unidos. El mapa que mostraba la polarización política del pasado está cambiando. Mira Virginia: Obama arriba en 7.3 puntos. La última vez que Virginia votó por un demócrata en la presidencia fue en el año 1964. Estado sureño, con muchas bases militares, incluso el cuartel de la CIA, antigua capital del gobierno rebelde de la guerra civil del siglo XIX, Virginia es el clásico estado “rojo” – republicano y conservador-. Pero este año no. Carolina del Norte, otro estado sureño, igual de sólido en la columna republicana: este año las encuestas dan una leve ventaja de dos puntos a Obama. Florida, la clave de la elección de George Bush en 2000 y 2004, amenaza con dar sus 27 votos electorales a Obama. El medio oeste, uniformemente republicano en el 2004 -hasta mi estado natal Iowa votó por George Bush- ahora muestra una variedad de colores. Indiana, Missouri, Colorado, Nuevo México (con fuerte voto latino), todos están en juego (Iowa ya está firme con Obama; el estado desierto de Nevada también.). Obviamente las encuestas pueden equivocarse, especialmente en una elección en que se calcula un aumento en los nuevos votantes de entre 10 y 20 por ciento. Ningún encuestador sabe crear un modelo de proyección que captura tal envergadura de cambio. Virginia, por ejemplo, ha registrado 500,000 nuevos votantes. La participación de votantes negros en algunos estados del sur (históricamente muy baja) se proyecta hasta 90 por ciento-niveles nunca vistos en la historia política de EE.UU. -. Estos indicios obviamente son favorables al Partido Demócrata, que espera aumentar sus mayorías en ambas cámaras del Congreso también. Pero lo más importante, creo yo, no es la carrera de caballos -quién gana-, sino la revolución que se encuentra en la estructura interna de la política de EE.UU., o lo que Barack Obama desde el principio de su campaña ha llamado “una nueva manera de hacer la política.” Si gana Obama, su victoria se reflejará en tres cambios históricos: la recuperación de la clase media y clase trabajadora (que en EE.UU. es la misma cosa) para el Partido Demócrata; la neutralización del factor raza (tanto el racismo abierto como el resentimiento racial de blancos y negros) que en el pasado el Partido Republicano aprovechó con tanta habilidad; y el despertar después de décadas de somnolencia del interés de la generación joven en la política. Obama ha apuntado desde los primeros días de sus campaña, sin mucha variación, a una serie de temas para lograr esta transformación política. Nunca habla de raza como tal; tampoco critica a “republicanos” como tales. Cuando los menciona es para hablar de la solidaridad de patriotas de un solo Estados Unidos de republicanos, demócratas, e independientes de todas las razas y grupos étnicos, hasta de ricos y pobres. Pero tampoco habla de “pobres”, como por ejemplo lo hizo el ex presidente Bill Clinton en un discurso al lado de Obama en Florida anoche. Para Obama, todo es clase media, un término que ha usado docenas de veces en esta última semana para dar el “argumento de clausura” a su campaña. Su argumento ha sido coherente, y aparentemente ha superado el cinismo y escepticismo de muchos. Es un programa de raíces liberales en la medida de que levanta el papel del estado para solucionar los problemas enormes de un país en crisis. Tiene tres pilares: la regulación del sistema financiero para solventar la crisis económica; implementación por primera vez de un sistema cuasi universal de seguro médico; y un programa de inversión inmensa en el sector de nuevas fuentes de energía. Un cuarto pilar es una política diplomática-militar que pronto, si es que llega a la presidencia, se va a convertir en una “doctrina Obama.” Se equivocan los que piensan que Obama es una especie de pacifista. Al contrario, junto con terminar con la guerra en Irak quiere entrar con muchísimo más fuerza en lo que él llama el campo de batalla principal contra el terrorismo anti-americano, Afganistán y el noroeste de Pakistán. Apoya un aumento significativo de tropas en este teatro de guerra, pero también un aumento global de la fuerza militar de Estados Unidos. Obama no es ninguna paloma. Claro que su postura de fuerza militar se apoya en un cambio de 180 grados en la diplomacia de los últimos ocho años. La diplomacia del llanero solitario de Bush, que ignora a los países que no apoyan las campañas de Estados Unidos y los declara en algunos casos su adversario, se reemplaza por la política de sentarse a hablar con cualquier poder en el mundo, desde Ahmadinajad, pasando por Siria, Corea de Norte y llegando hasta Cuba y Venezuela. La idea es nada menos que una campaña global para recuperar la amistad de Estados Unidos con el mundo. El programa de gobierno de Obama requiere la creación de un consenso bipartidista que no ha existido en EEUU desde los años 60, con la presidencia de John F. Kennedy (una figura con que Obama frecuentemente ha sido comparado). Requiere también que se enfrente a los grupos de poder de su propio partido. Es indispensable que Obama mantenga el espíritu de optimismo de un público norteamericano hundido en una depresión nacional. Volviendo a las encuestas: en este momento el 90 por ciento de la gente en todas las encuestas dice que el país va en la dirección equivocada. Como dijo un columnista esta semana: “¿Una nueva manera de hacer la política? Mucha suerte con eso.” Primero, a votar. John Dinges

*John Dinges es profesor la Universidad de Columbia

La desconocida cita entre John McCain y Pinochet

Un cable desclasificado por el gobierno estadounidense revela la hasta ahora desconocida y “amistosa” cita entre el candidato republicano y Augusto Pinochet, en plena dictadura y cuando Washington intentaba extraditar a los culpables del asesinato de Orlando Letelier. El documento también cuenta detalles inéditos de lo que pasaba en 1985 en el seno de la Junta de gobierno: el almirante Merino le dijo a McCain haberle advertido a Pinochet que ni él ni los otros miembros de la Junta lo apoyarían para un “ridículo” plebiscito y que en cambio habría elecciones libres, en las que el dictador no participaría. Además, el ex canciller Hernán Cubillos le confesó al congresista que él quería ser el candidato presidencial de la derecha.

El actual candidato presidencial del Partido Republicano, John McCain, quien ha criticado severamente la idea de reunirse con dictadores sin condiciones previas, parece haber hecho justamente eso. En 1985, McCain viajó a Santiago para un encuentro amistoso con el dictador militar chileno, el general Augusto Pinochet, uno de los más grandes violadores de los derechos humanos.

El encuentro con el entonces jefe del régimen militar chileno fue descrito por el propio McCain como “amistoso y por momentos cálido, pero notó que el presidente parece obsesionado con la amenaza del comunismo”. Así lo describe en un cable que envió la embajada estadounidense en Santiago y que fue desclasificado en Washington.

McCain, entonces miembro del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes, no realizó declaraciones públicas criticando la dictadura. A juzgar por el tenor del cable de la embajada, tampoco las hizo en privado. Un cuidadoso chequeo de los periódicos de la época y entrevistas con los principales líderes de la oposición a Pinochet de ese momento, indican que en su visita a Chile no se reunió con ningún representante de la oposición democrática.

Al momento del encuentro, realizado la tarde del 30 de diciembre, el Departamento de Justicia de Estados Unidos intentaba obtener de las autoridades chilenas la extradición de tres hombres cercanos a Pinochet –el ex jefe de la DINA, Manuel Contreras, y los ex oficiales DINA Pedro Espinoza y Armando Fernández Larios- por un acto de terrorismo ocurrido en Washington DC. Un juicio en Washington determinó su procesamiento por el asesinato en 1976 del ex embajador y ex canciller Orlando Letelier y de la norteamericana Ronny Moffit, quien viajaba con él. La bomba puesta en su auto y que estalló en Sheridan Circle, fue descrita en esa época por la prensa internacional como el más flagrante acto de terrorismo internacional perpetrado en suelo estadounidense por una fuerza extranjera.

En esos mismos días en Chile, la oposición buscaba desesperadamente el apoyo de líderes democráticos de todo el mundo en su intento por presionar a Pinochet a poner fin a la dictadura que ya cumplía 12 años y permitir el retorno a la democracia. Otros congresistas visitaron Chile después de la vista de McCain e hicieron declaraciones públicas contra la dictadura y en apoyo del retorno a la democracia, convirtiéndose en el blanco de violentas demostraciones pinochetistas.

El senador demócrata Edward Kennedy aterrizó en Chile sólo 12 días después de McCain en una pública demostración de apoyo a la democracia. Fue recibido por manifestantes que le lanzaron huevos y bloquearon el camino desde el aeropuerto, lo que obligó a que el senador fuera transportado en helicóptero a la ciudad, donde se reunió con líderes de la iglesia católica, de los derechos humanos y un gran grupo de activistas de la oposición.

Mark Schneider, un asesor en política exterior y ex funcionario de la unidad de derechos humanos del Departamento de Estado, quien organizó el viaje de Kennedy, dice que no tenía idea de que McCain había estado en Chile sólo días antes. “Sería muy sorprendente y decepcionante si el senador McCain fue a Chile a encontrarse con un dictador y no le exigió el retorno a la democracia, y no hizo declaraciones públicas en apoyo al retorno a la democracia”, afirma Schneider.

La presencia de McCain en Chile fue aparentemente mantenida lo más silenciosa posible. Él y su mujer Cindy llegaron a Santiago el 27 de diciembre y viajaron inmediatamente a la zona de Puyehue, en el sur de Chile, para pasar algunos días como huéspedes del prominente partidario de Pinochet, Marco Cariola, quien luego fue elegido senador por la UDI.

El viaje fue coordinado por el embajador de Chile en Estados Unidos, Hernán Felipe Errázuriz. De acuerdo a un documento contemporáneo del gobierno de Chile, Errázuriz arregló un enlace gubernamental especial para ayudar a McCain en Chile, y lo describió como “uno de los congresistas conservadores más cercano a nuestra embajada”.

Errázuriz también se encargó de que los McCain se quedaran en la parcela de su acaudalado amigo, Marco Cariola. Fue el propio Cariola quien relató después su encuentro con McCain y su esposa, a quienes –dijo a La Tercera– no conocía previamente. Los McCain pasaron tres días y medio pescando salmones, truchas y andando a caballo en la zona conocida como una de las más bellas atracciones turísticas de Chile, con docenas de lagos de aguas cristalinas y ríos rodeados de lujosas propiedades, como la de su anfitrión.

El 30 de septiembre, McCain regresó a Santiago, donde a las cinco de la tarde se reunió con Pinochet, y luego con el comandante en jefe de la Armada, almirante José Toribio Merino. Ambos encuentros fueron descritos en un cable de la embajada de Estados Unidos, basado en una conversación posterior de McCain con otros oficiales diplomáticos:

“La mayor parte de la reunión de 30 minutos con el presidente, en la que estuvieron presentes el ministro de Relaciones Exteriores [Jaime] Del Valle y un integrante del staff ministerial, estuvo dedicada a discutir los peligros del comunismo, un tema sobre el cual el presidente parece obsesionado. El presidente describió la historia reciente de Chile en la pelea contra el comunismo y mostró un orgullo considerable ante el hecho de que la amenaza comunista ha sido derrotada en Chile. El presidente recalcó que Chile ha estado solo en esta batalla y se quejó de que la política exterior de Estados Unidos los ha dejado varados. El congresista agregó que hablar con Pinochet era similar a hablar con el jefe de la John Birch Society [una organización de ultra derecha que se caracterizaba por sus posturas de anticomunismo extremo]”.

Si bien describe la calidez del encuentro, el cable no registra qué le dijo McCain a Pinochet. No hay ningún indicio de que el problema de los derechos humanos o el retorno a la democracia haya sido tratado en un momento en que las críticas sobre el particular arreciaban a raíz de la violenta represión de la que seguían siendo objeto en esos días los opositores a Pinochet.

Un segundo cable diplomático desclasificado se refiere a una carta del entonces embajador Harry Barnes entregando más detalles del encuentro con Pinochet.

Además del documento chileno y el cable norteamericano citado más arriba, al menos otros cuatro documentos desclasificados se refieren al encuentro Pinochet-McCain y el interés de este último en Chile. La oficina de prensa de la candidatura de McCain dijo que no había nadie disponible para comentar la historia. El ex embajador Errázuriz, contactado por teléfono, dijo repetidas veces que “no es verdad” que McCain se haya reunido con Pinochet, y que en tal caso él lo habría sabido, agregando que el cable del Departamento de Estado era posiblemente un invento.

Las confesiones de Merino y Cubillos

De su encuentro con el almirante y miembro de la junta, José Toribio Merino, McCain transmitió un detalle político que la embajada halló útil. “La parte más interesante de la conversación, de acuerdo al congresista, fue la afirmación de Merino de que él y otros miembros de la Junta habían dicho recientemente a Pinochet que no debería esperar ningún apoyo de la Junta si decidiera ser el candidato presidencial en 1989”.

El año 1985 había sido el primero desde 1973 en que se vislumbraban posibles cambios. La oposición y algunos representantes de la derecha, con el aval de la Iglesia, habían consensuado el Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia que buscaba pavimentar el camino para el fin de la dictadura. Si bien el acuerdo fue boicoteado por el gobierno, hubo diálogo entre la oposición y el general de la Fuerza Aérea, Fernando Matthei, y el tema de la candidatura única de Pinochet en el plebiscito fue llevado hasta la Junta de gobierno. Según la investigación recogida en el libro “La historia oculta del régimen militar”, ya en octubre Pinochet les había dejado claro a los comandantes en jefe que sería el candidato único aunque a ellos no les gustase y en noviembre Matthei le insistió en la necesidad de reformar la mecánica prevista para la transición, contando con el apoyo del resto de la Junta.

Pero nunca, hasta ahora, se había conocido de forma tan explícita la oposición del almirante Merino a los planes de Pinochet. Ni menos que, al plantear su opinión a McCain, estaba enviando el mensaje al gobierno de Ronald Reagan, como bien revela el cable.

-Merino agregó que las elecciones de 1989 no serían como se establecieron en la Constitución de 1980, sino que serían libres y abiertas entre varios candidatos. Describió la parte de la Constitución que habla de llamar a un plebiscito con un candidato único como algo ridículo e insostenible. La clara implicación fue que esa parte de la Constitución sería cambiada bastante antes de 1989. En respuesta a la pregunta del congresista sobre si Pinochet podría ser uno de los candidatos presidenciales en 1989, Merino afirmó que eso no sería el caso-, reportó la embajada en Santiago a Washington.

Tres años después, en 1988, Pinochet fue derrotado en un plebiscito en el que fue el único candidato. Las elecciones efectuadas al año siguiente abrieron paso un gobierno democrático. Una robusta lista de congresistas estadounidenses viajó a Chile a apoyar la transición a la democracia, incluyendo al senador Richard Lugar. McCain, entonces senador en su primer período, no regresó a Chile.

Pero Merino no fue el único que se sinceró con McCain y de pasó envió un mensaje a la Casa Blanca. El ex canciller Hernán Cubillos, quien había caído en desgracia en 1980 por el desaire del cancelado viaje de Pinochet a Filipinas, también hizo lo suyo. Según lo que transmitió McCain a Washington, Cubillos le dijo que estaba siendo considerado como candidato presidencial –de hecho su nombre sonaba en esos días-, pero lo que es más sorprendente es la actitud frente a la posible candidatura: “Cubillos dijo al congresista que se veía a sí mismo como un puente entre el actual gobierno militar y los políticos civiles, que podía por lo tanto esperar apoyo de ambos lados en 1989”. Incluso fue más allá y analizó la importancia del momento político para lanzar su candidatura, dando a entender que estaba plenamente decidido a correr por la presidencia.

Pinochet, se sabe, dispuso otra cosa.

Una versión de este reportaje fue publicado simultáneamente en el Huffington Post.

Elecciones en EE.UU.: La raza, la trampa más peligrosa para Barack Obama

Barack Obama

Barack Obama es el candidato negro para la presidencia de Estados Unidos: ¿verdadero o falso? La respuesta no es tan simple. Atractivo, joven y elegante, nacido en Hawai, graduado sobresaliente de la escuela de leyes de Harvard, padre africano; madre de raza blanca, sangre escocesa e irlandesa y modales conservadores; Obama es de cara y de color más bien el hombre universal. Además, es negro norteamericano, identidad que nunca ha esquivado pero toda su formación y educación estuvo a años luz de la experiencia de ghetto y pobreza de gran parte de los negros de su generación. Sus adversarios lo consideran “demasiado negro” para ser electo en un país en que el 77 por ciento de los votantes son blancos. En forma cínica, la pregunta no es cuán negro es Obama, sino cuán negro los republicanos y sus aliados tienen que pintarlo para asegurar su derrota.

Barack Obama es el candidato negro para la presidencia de Estados Unidos: ¿verdadero o falso?

La respuesta no es tan simple. Nada es simple cuando se trata de cuestiones raciales en Estados Unidos. Indudablemente Obama es el candidato presunto del Partido Demócrata. También es descendiente de africanos, por el lado de su padre, quien abandonó a su familia cuando Obama tenia sólo 2 años. Pero la familia de su madre no puede ser más blanca: de sangre escocesa e irlandesa y modales conservadores, es oriunda del Estado de Kansas, uno de los lugares mas homogéneos de todo Estados Unidos.

Obama se ha presentado como el candidato trans-racial, un líder popular y carismático capaz de enfrentar definitivamente las grandes divisiones raciales que tanto han distorsionado la política de Estados Unidos. Sin embargo, por el lado de sus opositores del Partido Republicano, hay conciencia clara que la mejor estrategia para vencerlo es pintarlo de negro, aprovechando no tanto el racismo abierto (ahora en recesión), sino los resentimientos más sutiles y más enraizados entre blancos y negros.

Atractivo, joven y elegante, nacido en Hawai, con residencias en su etapa juvenil en varios estados de EE.UU. y en Indonesia, graduado sobresaliente de la escuela de leyes de Harvard, Obama es de cara y de color más bien el hombre universal. Es decir, su tez café significa su pertenencia al vasto grupo multirracial y multiétnico con el que se identifican latinos, brasileños, indo-pakistaníes, árabes, africanos o una mezcla de todo. Desde ese punto de vista, Obama es un ciudadano del mundo.

Además de todo esto, es negro norteamericano. Una identidad que nunca ha esquivado pero que tampoco ha formado parte importante de su vida cultural. Toda su formación y educación estuvo a años luz de la experiencia de ghetto y de pobreza que es la realidad de gran parte de los negros de su generación. En un gesto típico de su estilo, Obama se sumergió intencionalmente en la cultura de los estratos mas bajos de los negros norteamericanos cuando, siendo un joven abogado, tomó la decisión de radicarse en Chicago como organizador de comunidades de barrio.

Todo esto ha despertado una discusión pública casi esquizofrénica sobre la identificación étnica de Obama entre los observadores, blogistas y activistas políticos de todas las tendencias. En un momento, Obama era “demasiado poco negro” (not black enough) para ser considerado líder o representante de su raza. Para otros, un fenómeno más reciente, les resulta “demasiado negro” para ser electo en un país en que el 77 por ciento de los votantes son blancos.

Dicho de una manera mas cínica, la pregunta no es cuán negro es Obama, sino cuán negro los republicanos y sus aliados tienen que pintarlo para asegurar su derrota.

Allí esta el dilema de Obama. Y ello explica por qué nunca se auto-describe como el representante de su color o su raza: la dura verdad es que si sus opositores logran convertir a Obama en “el candidato negro” es sumamente difícil que pueda ganar.

El estilo de Obama es atacar el problema de frente. Hace un llamado a blancos y negros a unirse, superando las heridas del pasado. En un discurso notable de hace varias semanas, habló de las tensiones raciales en términos francos y abiertos raramente escuchados. Después de resumir la historia de discriminación racial que a través de los años ha causado tanta ira entre africanos-americanos, habló con empatía sobre los resentimientos de los blancos. Creo que vale la pena citarlo en extenso:

“De hecho, una rabia similar existe entre algunos segmentos de la comunidad blanca. La mayoría de los blancos de clase media y trabajadora no se sienten particularmente privilegiados por su raza. Su experiencia es la del inmigrante: en lo que a ellos concierne, nadie les ha dado nada, todo lo han construido a partir de nada… Así que cuando les dicen que deben enviar a sus hijos en autobús a una escuela al otro lado del pueblo; cuando se enteran de que un afro americano recibe una ventaja para obtener un trabajo o admisión en una buena escuela a raíz de una injusticia [del pasado] que ellos mismos nunca cometieron; cuando se les dice que sus miedos con respecto al crimen en barrios urbanos de alguna forma son muestra de prejuicios raciales, se acumula resentimiento con el tiempo…

“Igual como la rabia de los negros a menudo resultó contraproducente, también los resentimientos de los blancos han distraído la atención de los verdaderos responsables del cerco a la clase media: una cultura corporativa llena de tratos deshonestos, prácticas cuestionables de contabilidad y avaricia miope; un Washington dominado por cabilderos e intereses especiales; políticas económicas que favorecen a los pocos a expensa de los muchos. Sin embargo, desear que desaparezcan los resentimientos de los americanos blancos, caracterizarlos como equivocados y hasta racistas, sin reconocer que están basados en preocupaciones legítimas, es también profundizar la división racial y bloquear el camino hacia el entendimiento”.

Obama propone romper el estancamiento racial tomando el camino de la unidad, desafiando especialmente a la comunicad negra. “Para la comunidad afro americana -dice- ese camino significa abrazar las cargas de nuestro pasado sin hacernos víctimas de nuestro pasado… Pero también significa atar nuestras propias reivindicaciones -por mejor cuidado de salud y mejores escuelas y mejores trabajos- a las aspiraciones más amplias de todos los americanos: a la mujer blanca luchando para sobrepasar los límites impuestos a su género, al hombre blanco que ha sido despedido, al inmigrante tratando de alimentar a su familia”.

Totalmente ausente del discurso de Obama hacia los blancos es el llamado al sentido de culpabilidad (white guilt) que durante las ultimas décadas ha impregnado el lenguaje de los luchadores por los derechos civiles, desde Martin Luther King hasta Jesse Jackson y Al Sharpton. Llamando a los negros a hacer causa común con la mayorías norteamericanas, Obama rompe definitivamente con la tradicional retórica de reivindicaciones de clase y raza en el Partido Demócrata.

Y no es una coincidencia. Obama es de otra generación y tiene una experiencia distinta de los lideres negros del pasado. Representa la generación de éxito y de influencia económica entre los negros norteamericanos -las estrellas en el mundo de los negocios, la política y la entretención- y se identifica poco con las quejas e increpaciones de los lideres tradicionales.

Ese es el proyecto de Obama. Su estrategia de mantener distancia de los lideres negros del pasado no es cinismo político, sino prueba del pragmatismo de un político enfocado en lograr cambios en la sociedad más que en ganar puntos con argumentos intelectuales. Además, Obama parece estar convencido de que el camino de despolarizar la política (entre republicanos y demócratas) y las relaciones raciales (entre blancos y negros) es la única y la mejor posibilidad de solucionar los problemas de fondo de la sociedad norteamericana.

Hay que decirlo: su estrategia ante los problemas raciales desafía más a la población negra (cuyos votos tiene asegurado) que a la población blanca, frente a la cual Obama se presenta como una figura de confianza y de valores convencionales. En todos sus rasgos -trabajador, intelectual, padre de familia, escritor y orador- Obama está proyectando las cualidades asociadas más con la cultura de la elite blanca que con los estereotipos que los blancos pueden tener de los negros.

Por lo tanto, la contra estrategia de ataque de los republicanos sólo oblicuamente toca el tema de raza. Se le reprocha no por ser negro, sino por “sobre representar” a la minoría negra (como negro no puede representar a los blancos, sólo a la gente de su mismo color). Se le critica por no llevar la bandera en su solapa (los negros son menos patrióticos que los blancos). Se investiga a su mujer –Michelle- hasta encontrar frases de su tesis de grado de hace más de una década que permitan mostrar que es hipercrítico y ama poco a sus país (los negros demandan mucho, hacen poco y le echan la culpa a los blancos por todos sus deficiencias); y se la moteja con el apodo de “la Señora Reivindicación” (Mrs. Grievance). Y finalmente, se dice que el país “no esta listo” para un presidente como Barack Obama.

La oposición más furibunda y más abiertamente racista a Obama, se da en la campaña masiva de correos electrónicos y blogs que difunden cargos en su contra demostrablemente falsos. El Washington Post, en un artículo sobre la poderosa influencia de tales acusaciones en la cultura blanca, resumió el retrato falso de Obama en una frase: “Barack Obama, nacido en África, es un musulmán racista, posiblemente homosexual, que se niega a pronunciar el Voto de Lealtad a la bandera norteamericana”.

Es difícil creer que en los Estados Unidos de hoy, donde 8 de cada 10 estadounidenses manifiestan tener un amigo cercano de raza negra, esos ataques puedan merecer credibilidad, especialmente con respecto a un hombre tan convencional como Obama. Está por verse. Porque cuando se trata de raza y racismo en Estados Unidos, el único peligro es justamente subestimar el peligro.

John Dinges*John Dinges es profesor la Universidad de Columbia

Ver también:
El fenómeno Huckabee
Mirando el Factor Latino
Obama: Con la antorcha de los Kennedy
La Tentación McCain
El día de la no definición: ¿Hay salida para los demócratas?
La contienda Hillary-Obama y la “política de clase”

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Clarín: Los errores de la Concertación que le regalaron un triunfo a Joan Garcés

Hay que leer y ver en forma clara la reciente decisión del Centro de Resolución de Controversias del Banco Mundial (CIADI) para entender lo que implica el fallo que condenó al gobierno a pagar más de US$ 16 millones a los verdaderos dueños del diario Clarín: Víctor Pey Casado y la Fundación Presidente Allende de España, ambos representados por el abogado Joan Garcés.

Primero, la decisión deja al descubierto una errada estrategia del gobierno basada más en un cálculo político que en los hechos objetivos de la historia de la expropiación del diario de mayor circulación en Chile, llevada a cabo por el régimen militar.

Segundo, y tal vez más importante para el país con la prensa masiva con menos diversidad política de toda América Latina: el monto del pago ordenado -aunque mucho menos que los US$ 517 millones pedidos originalmente- deja en la puerta la posibilidad de lanzar un nuevo diario Clarín. Y ello, porque una vez conocida la resolución del CIADI, incluyendo los montos, tanto Pey como Garcés han dicho que no hay ningún cambio a su voluntad de sacar el diario a la calle.

Tercero, el gobierno cometió un grave error –según el Tribunal- al compensar a otras personas por la expropiación de Clarín. De no haber sido por esta acción del gobierno en 2000, en la famosa Resolución 43 del Ministerio de Bienes Nacionales, el Tribunal hubiera rechazado el reclamo de Pey en su totalidad. O sea, el gobierno de Chile está pagando dos veces por la misma confiscación: una vez a personas que no eran los verdaderos dueños de Clarín, lo que ha tenido como resultado el que se lo obligue a pagar una segunda vez al verdadero dueño según el Tribunal: Víctor Pey.

De refrendarse este fallo del CIADI, el gobierno de Chile terminará gastando más de US$ 30 millones del erario chileno por la expropiación que en dictadura se hizo del diario Clarín. Y esto, porque a los más de US$ 16 millones que deberá pagar a Pey hay que agregar los US$ 9 millones que se pagaron en 2000 a otros dueños, los US$ 5 millones que se han gastado en la defensa jurídica ante el CIADI según el calculó del ex ministro de Economía Alejandro Ferreiro, y los millones que se gastarán en la misma defensa con la decisión del gobierno de reclamar la nulidad del fallo ante el CIADI.

Los hechos

El texto de la decisión de CIADI tiene 236 páginas. Darse el trabajo de leerla toma tiempo, pero es instructivo. Porque la decisión del tribunal con más credibilidad y prestigio en el ámbito del comercio internacional, rechaza en casi cien por ciento la versión de los hechos que ha prevalecido en la percepción pública en Chile, una versión única de los opositores a Clarín dentro y fuera del gobierno.

1-. “Víctor Pey nunca compró el diario Clarín a su dueño Darío Sainte Marie, el famoso “Volpone”. RECHAZADO.

En el párrafo 179, el tribunal concluye: “El Sr. Pey Casado procedió efectivamente a la adquisición de las sociedades CPP S.A. y EPC Ltda., contrariamente a lo que alega la Demandada [el gobierno de Chile]. En segundo lugar, estima que esta adquisición debe ser considerada como una inversión de acuerdo al artículo 25 del Convenio CIADI”. En otro párrafo (197), el Tribunal comenta la debilidad del argumento del gobierno: “La convicción del Tribunal se ve reforzada por el hecho de que la versión de los hechos defendida de manera activa por el Estado de Chile no se sustenta en ninguna prueba pertinente…”

2-. “Los verdaderos dueños de Clarín son los herederos de Volpone y de varias personas más a quienes el gobierno pagó una compensación de $9 millones de dólares por una decisión administrativa del Ministerio de Bienes Nacionales, en virtud de la Resolución 43 del 28 de abril de 2000”. RECHAZADA.

El párrafo 674 del fallo dice: “En resumen, en este caso concreto, al conceder compensaciones -por razones que sólo ella [la Demandada/gobierno de Chile] conoce y siguen sin explicarse- a personas que, según el Tribunal de arbitraje, no eran propietarias de los bienes confiscados, y al paralizar o rechazar las reivindicaciones del Sr. Pey Casado referentes a los bienes confiscados, la República de Chile cometió una manifiesta denegación de justicia y se negó a tratar a las Demandantes [Víctor Pey et al.] de manera justa y equitativa”.

3-. “Salvador Allende se apoderó del diario Clarín en 1972 después de haber amenazado físicamente a Volpone, obligándolo a vender el diario a Víctor Pey como testaferro y a salir del país”. NO FUE CONSIDERADO.

Si bien entre sus argumentos ante el CIADI el gobierno apenas menciona esta versión y no menciona la supuesta “amenaza”, sí argumenta en contra de la acusación de que el diario fue comprado por testaferros (ver los párrafos 138 y 139). No obstante, en Chile, el gobierno avaló la versión del testaferro y la amenaza como verídica.

La referida versión está basada en lo escrito por el fallecido periodista Román Alegría en su libro Entre dos generales, la que ha sido muchas veces citada por la prensa chilena. Una investigación de CIPER a esta misteriosa aseveración concluyó que, a pesar de algunas evidencias, entre ellas la descripción de riñas entre Allende y Volpone hechas por su viuda Carmen Kaiser, la trayectoria de la relación entre ambos en absoluto confirma que Allende le haya arrancado el diario por la fuerza a Volpone.

En la investigación de CIPER queda claro que, si nos remitimos a los hechos, poco después de dejar Chile Sainte Marie seguía vinculado al Presidente Allende. Lo anterior está avalado además, por una carta enviada a Allende desde España –publicada en El Mercurio-, en la que Sainte Marie le muestra afecto y lealtad.

En la carta, de mayo de 1972 (después de la supuesta amenaza de muerte), Volpone le dice a Allende: “…a pesar de todo lo que me has pelado y desplumado en nuestra larga y peleadora amistad, yo y Clarín no sólo hemos estado siempre firme junto al pueblo, sino también firme junto a ti”.

4-. “Víctor Pey es chileno y por lo tanto la compra de Clarín no pudo haber sido una inversión extranjera”. RECHAZADO.

El gobierno ha insistido en la nacionalidad chilena de Pey para argumentar la incompetencia del tribunal, que sólo tiene jurisdicción sobre casos de inversión extranjera. Pey sostiene que fue privado de su nacionalidad por el gobierno de Pinochet y que además, formalmente, renunció a su nacionalidad chilena. La conclusión del Ciadi, después de un largo análisis de la ley chilena y las leyes internacionales, rechaza en el párrafo 323 el argumento del gobierno: “El Tribunal de arbitraje estima que no está en condición de admitir la excepción de incompetencia basada en el argumento de que la primera parte demandante poseía en la fecha pertinente la nacionalidad chilena”.

5-. “La confiscación de Clarín ocurrió mucho antes de la entrada en vigor del tratado APPI, de marzo de 1994, que rige las inversiones entre Chile y España”. ACEPTADO.

Si bien el Tribunal rechazó el argumento de Pey referido a que la confiscación conformaba una violación continua que seguía desde la época del régimen militar hasta la entrada en vigor del tratado APPI en tiempos de democracia, es en este punto donde se agrega una ironía que se constituye en el triunfo de Víctor Pey.

Este capítulo del fallo (de la página 185 a la 211), es uno de los pocos puntos en discusión en que el CIADI da la razón al gobierno de Chile y en un tema importantísimo. Como el daño ocurrió antes de entrar en vigencia el tratado (1994), Pey no hubiera tenido ningún derecho a reclamar contra Chile, y su petición de compensación hubiera sido rechazada por completo.

Pero el gobierno de Chile cometió un grave error que dio vuelta el destino del caso. En abril de 2000, en virtud de la Resolución 43 del Ministerio de Bienes Nacionales, un acto administrativo no judicial, el gobierno decretó que otras personas –y no Víctor Pey- eran los dueños de Clarín y los indemnizó en US$ 9 millones.

En la investigación que hizo CIPER de los hechos, se comprobó en documentos y entrevistas con los actores principales, que la decisión del Ministerio de 2000 tenía como fin anular el litigio con Pey y la Fundación Allende de España en el CIADI, el que ya había comenzado en Washington. La resolución lleva la firma del entonces ministro Claudio Orrego, quien reconoció en una entrevista con el autor: “Entiendo que el Comité de Inversiones Extranjeras estaba involucrado. Recuerdo que se invocó el tema internacional [el pleito en el CIADI] como uno de los factores de premura para resolverlo rápidamente”.

A juzgar por la reciente decisión del Ciadi, al gobierno le salió el tiro por la culata. El Tribunal ha considerado la Resolución 43 una “nueva desposesión” de la propiedad de Víctor Pey que, por haber ocurrido en 2000, cae dentro de la vigencia del tratado entre Chile y España.

En efecto, en el párrafo 600, el Tribunal primero da la razón al gobierno: “Después de examinar los hechos y pretensiones de las partes, el Tribunal llegó a la conclusión de que la expropiación resultante del Decreto N° 165 no se puede considerar un hecho ilícito continuo y no se le pueden aplicar las disposiciones sustantivas del APPI”. Pero inmediatamente concluye que la “desposesión” de la Resolución 43 reactiva el vigor del tratado: “En cambio, las disposiciones sustantivas del APPI son aplicables ratione temporis a la violación resultante de la Decisión N° 43 y a la denegación de justicia alegada por las Demandantes, ya que dichos actos son posteriores a la entrada en vigor del tratado”.

El reciente vuelco en el caso también determinó el monto y los intereses de la indemnización. El Tribunal rechazó la petición de Pey de ser indemnizado en $517 millones, cálculo hecho sobre los dineros que la inversión de Pey dejó de recibir durante todos los años después de la clausura de Clarín en 1973.

En cambio, concedió a Pey $10 millones, prácticamente el mismo monto que el gobierno le adjudicó a Clarín para efectos de la indemnización a otras personas por la Resolución 43. Según el fallo, los intereses corren no desde el año 1973, sino desde 2000, es decir, desde el momento de la “nueva desposesión”. La suma llega a superar los US$ 16 millones gracias a otros conceptos de recuperación de gastos en el proceso.

Otra vez Joan Garcés

El caso Clarín es la segunda gran victoria legal del abogado español y ex asesor personal de Salvador Allende, Joan Garcés, contra el gobierno de Chile. La primera fue la estrategia jurídica iniciada en España y que culminó con la detención del ex dictador Augusto Pinochet en Londres en 1998. En ese juicio, Garcés también fue el cerebro de la estrategia legal que permitió enjuiciar y encarcelar en su domicilio a Pinochet y que estableció nuevos principios de derechos humanos en el ámbito internacional.

Para Pey, la victoria en el caso Clarín es la otra cara de la misma medalla. En ambos casos, el adversario fue el gobierno de Chile y en ambos Garcés tuvo que lidiar contra los argumentos y la fuerzas del gobierno que tomaron la defensa del régimen militar.

La victoria, tanto en el juicio a Pinochet como en el caso Clarín, ha sido la destrucción de la impunidad frente a las injusticias de la dictadura. No obstante, la decisión final del proceso en Londres tuvo un resultado algo ambiguo: el ex dictador fue condenado a la extradición a España, avalando los cargos contra él, pero gracias a una negociación política se le permitió volver a Chile por supuestas razones de salud.

El nuevo Clarín prepara motores

¿Cómo se explica la férrea oposición de gobierno contra la relanzamiento de un diario que seguramente se alinearía con los principios de la Concertación? Es difícil juzgar motivos. Pero para este observador parece obvio que el gobierno se ha dejado intimidar por los argumentos de la derecha.

Lo que ha prevalecido en las acciones de gobierno ha sido más bien un cálculo político de costo-beneficio. El costo está graficado por el temor a enfrentar el poder del opositor emblemático a todo lo relacionado con Clarín: El Mercurio. La empresa de medios chilenos más importante no quiere la resurrección del diario que en su momento lo superó en circulación nacional. Quiere continuar con la situación casi duopólica establecida por el régimen militar, que le ha asegurado su favorable situación económica durante tantas décadas.

Otro núcleo opositor a Clarín está en sectores de la Democracia Cristiana que teme que su relanzamiento tendría el efecto dentro de la Concertación de inclinar el balance político hacia el Partido Socialista, además de darle voz por primera vez a la izquierda allendista que nunca ha formado parte de la coalición oficialista.

El argumento opositor de derecha ha sido contundente: han acusado al gobierno de complicidad con el proyecto de Pey y Garcés de formar un nuevo diario de izquierda al presentar una débil defensa ante el CIADI. El gobierno ha capitulado intentando ponerle fin al litigio con una apresurada y finalmente errada estrategia de pagar a personas cuyos reclamos por la propiedad de Clarín fueron rechazados. Después, han contratando abogados de derecha para su defensa en Washington.

Al gobierno le queda una sola movida: la petición de nulidad. Con ello, podría demorar el pago de la indemnización unos dos años. Un lapso que para Víctor Pey, a sus 92 años, se vuelve vital para su inclaudicable decisión de lanzar al nuevo diario Clarín a las calles de Chile.

La contienda Hillary-Obama y la “política de clase”


El problema para Barack Obama es el mismo del Partido Demócrata como tal: el votante blanco de mediano y bajo ingreso. Y la apuesta de Hillary Clinton en estas horas es transformar ese problema en su última oportunidad de ganar la nominación de su partido.

Se puede decir de otra manera: el Partido Demócrata es históricamente el partido que representa la “clase trabajadora”, las personas con bajo nivel educativo, trabajos no profesionales, niveles modestos de ingreso y en su gran mayoría de raza blanca. El problema para el partido, y para Obama en particular, es que esos votantes han huido en masa del partido, encontrando su nuevo hogar político en el Partido Republicano.

Si el eventual candidato demócrata no logra reconquistar gran parte de los votantes blancos de modestos recursos, no gana. Así de simple. Los últimos resultados de la votación en el Estado de Pennsylvania no sólo han dejado el problema al descubierto, sino que han dado nueva vida a la candidatura de Hillary Clinton, a pesar de la ventaja supuestamente insuperable que lleva Barack Obama frente a ella.

Es una ironía: el Partido Demócrata, políticamente de centro izquierda, ha perdido a los trabajadores. Para desenredar este fenómeno tan poco intuitivo (especialmente para el mundo mas ideologizado de América Latina), hay que mirar dos realidades sociales que los norteamericanos se esfuerzan por no mirar de frente: la política de clase y las hostilidades todavía muy enraizadas entre blancos y negros.

Y mirar de frente es muchas veces lo último que se hace dentro del Partido Demócrata. Hace tiempo que se ha perdido la franqueza retórica para decir las cosas por su nombre cuando se trata de raza y clase. Le tocó a una comentarista británica, Anatole Kaletsky, del London Times, decirlo en voz alta, hablando de los últimos resultados: “La conclusión sería bastante obvia si no fuera por el afán de ser políticamente correcto que les hace casi imposible a los políticos y comentaristas norteamericanos expresar tal sentimiento: Podría ser que el señor Obama no puede ganar los estados grandes e industriales -como Ohio y Pennslyvania- con sus poblaciones de blancos conservadores de clase trabajadora, simplemente por su raza”.

Doy abajo algunos datos, basados en un estudio del prestigioso Brookings Institution, para entender lo que constituye esa “clase trabajadora” de la que se habla tan poco en EE.UU, y de su importancia política en la actual elección.

La triste realidad es que, por muchas razones, ha existido mucha competencia y hostilidad de raza que ha polarizado la clase trabajadora. El Partido Demócrata fue el primero que levantó de la pobreza a esa clase, que en los ’30 era mayoritaria en el país. Según el estudio de Brookings: “En la época que va desde los últimos años 40 hasta mediados de los ‘60 fue creada la primera clase media masiva en el mundo. Una clase media que daba entrada hasta a los trabajadores de fábrica… Fue, en otras palabras, una clase media al que los miembros de la clase trabajadora blanca podrían aspirar a pertenecer y al que muchas veces, de hecho, lograban pertenecer”.

En los ‘60, consecuente con sus ideales, el Partido Demócrata abrazó la lucha de igualdad de los negros, también mayoritariamente de la clase trabajadora. Pero allí, una fallida estrategia de hacer prosperar a la rezagada clase trabajadora negra, llevó al partido a un gran fracaso. El error de estrategia, cuyos costos el partido todavía está pagando en derrotas electorales, consistió en hacer pagar a los blancos de la clase trabajadora por los beneficios de los negros.

Dicho de la manera más cruda: Obama pierde si se convierte en el candidato negro, el que representa a los votantes negros y sus intereses. Siendo el “candidato negro”, Obama no puede atraer suficientes votos entre la clase trabajadora blanca para ganar su nominación demócrata y mucho menos para ganar una mayoría de tales votos para la elección final.

Todo ello se hizo con programas sociales inmensamente costosos: la integración forzosa de las escuelas, pagos de bienestar social para mujeres solteras con niños, seguro de salud gratis para personas de bajos recursos, en su mayoría sin empleo, entre otros. Gran parte de los beneficiados de estos programas eran de la minoría negra; mientras que, por el otro lado, los altos impuestos para pagar tales beneficios recaían en los trabajadores con empleos estables, en su gran mayoría blancos.

Como lo señala el estudio de Brookings, fue una trampa: “El Partido Demócrata cayó víctima de una fuerza ideológica liberal que lo llevó desde programas pagados con los impuestos de unos pocos para beneficio de muchos… hasta programas pagados con los impuestos de muchos para beneficio de pocos”.

El resultado: la mayoría de los blancos de la clase trabajadora transfirieron su lealtad política al Partido Republicano, con su plataforma de reducción de impuestos y de eliminación de programas sociales que favorecían a los negros. De hecho, hay que remontarse hasta 1964 para encontrar la ultima vez que la mayoría de la clase trabajadora blanca dio sus votos a un candidato demócrata en una elección presidencial.

Puede parecer una perversidad política, pero es verdad: la inmensa mayoría de la clase trabajadora en Estados Unidos (los blancos) perciben al Partido Republicano como el partido que defiende sus intereses.

En la época actual, por ejemplo, esto es lo que los últimos candidatos demócratas han recibido, respectivamente, del voto blanco trabajador: Bill Clinton, 41 %; Al Gore (2000) 41,5 %; John Kerry (2004) 38,5 %. El hecho de que el 90 % de los negros vote fielmente por el Partido Demócrata no es suficiente para presentar una fórmula de victoria electoral. De las últimas diez elecciones presidenciales después de 1964, el candidato demócrata ha ganado solo tres veces (Jimmy Carter en 1976 y Bill Clinton en 1992 y 1996).

De allí la dinámica de la actual contienda entre Hillary Clinton y Barack Obama, quien no se presenta nunca como un candidato negro, sino como la promesa de una realidad nueva “post-racial” que deja atrás la vieja política de polarización y competencia cero-suma entre grupos. Su desafío más grande es demostrar que puede ganar el apoyo de los blancos.

La lógica de Hillary Clinton es otra. Por necesidad, se presenta como la candidata que puede recuperar el apoyo de los blancos, especialmente de los de bajos recursos, es decir, de la famosa clase trabajadora blanca. Pero no sólo eso. Su última posibilidad de revertir la ventaja de Obama (que hasta el momento tiene la mayoría del voto popular y de delegados electos) pasa por la desconstrucción de la imagen de Obama como el candidato post-racial.

Dicho de la manera más cruda: Obama pierde si se convierte en el candidato negro, el que representa a los votantes negros y sus intereses. Siendo el “candidato negro”, Obama no puede atraer suficientes votos entre la clase trabajadora blanca para ganar su nominación demócrata y mucho menos para ganar una mayoría de tales votos para la elección final.

Los grupos que conforman la clase trabajadora han disminuido de una mayoría absoluta en los años 40 y 50, hasta sólo el 33% de los votantes en la actualidad. Es decir, como factor político esa clase tiene cada vez menos peso ya sea para republicanos o demócratas.

Por eso son tan importantes las últimas semanas antes y después de la primaria de Pennsylvania. Por un lado, Clinton mostró un enorme apoyo entre los blancos en general –63% contra 37% para Obama-. Además, midiendo los indicadores de “clase trabajadora” (bajo ingreso, bajo nivel educativo, lugar geográfico en zonas rurales y pueblos chicos y sindicalización), es evidente el apoyo masivo que tiene Clinton. Obama, por el contrario, tiene la mayoría de votos entre blancos de altos ingresos, con grado universitario, y –un dato muy significativo- entre la gente sin religión. Todos indicadores obviamente que apuntan a la no pertenencia a la clase trabajadora.

La controversia que ha consumido la cobertura de las últimas semanas con las declaraciones del ex guía espiritual de Obama, el pastor Jeremiah Wright, ha tenido el efecto de asociar a Obama con los aspectos mas negativos del movimiento negro: un discurso antiblanco y de resentimiento racial, hasta con un tinte antiamericano. No solo eso: ha sido relativamente fácil también pintar a Obama como el candidato de la elite intelectual con una actitud condescendiente hacia la gente blanca de bajos ingresos de los pueblos chicos. En un comentario particularmente poco afortunado, Obama explicó el éxito que ha tenido el Partido Republicano entre la gente de los pueblos chicos (que según nuestro análisis pertenece a la clase trabajadora blanca), diciendo que la desilusión económica la ha llevado a la amargura y a aferrarse a su religión y a sus armas.

Según la mayoría de los comentaristas políticos, nada de esto pone en duda la inevitable “matemática” de la eventual victoria de Obama en las primarias. Pero este análisis apunta al dilema más engorroso del Partido Demócrata: la debilidad entre la clase trabajadora del partido que supuestamente es el partido de la gente común.

En último termino, hay sabios que argumentan que no importa el pasado, que la impopularidad del régimen de George W. Bush y el Partido Republicano es un obstáculo demasiado alto a superar. La prueba de esto está en el gran número de republicanos que está cambiando su inscripción partidaria para convertirse en demócratas. Y también, en que la gente joven se está enganchando con la política por primera vez en muchos años. Pero eso es tema para otro análisis.

En cuanto al fenómeno de la clase trabajadora, hay que señalar una tendencia demográfica que -tarde o temprano- va a neutralizar el dilema. Es otro dato del estudio de Brookings: Los grupos que conforman la clase trabajadora han disminuido de una mayoría absoluta en los años 40 y 50, hasta sólo el 33% de los votantes en la actualidad. Es decir, como factor político esa clase tiene cada vez menos peso ya sea para republicanos o demócratas.

Tal vez más importante es otro fenómeno: el crecimiento de una nueva clase masiva, que Brookings describe como una clase media alta de profesionales y gerentes (professionals and managers), que en gran parte apoya la plataforma liberal de los demócratas. Según el estudio de Brookings, han llegando a conformar el 20% del electorado y se proyecta que crezca a 33% en los próximos doce años.

Lo anterior es una buena noticia para Obama, que siempre se ha presentado como el candidato de la política del futuro. Puede ser que su apoyo mas débil esté entre la clase trabajadora blanca. Pero Obama arrasa en esta nueva clase masiva. Hasta ahora, según todas las encuestas, en todas las primarias y después del apoyo que tiene entre los negros, el grupo demográfico mas sólido para Obama es el de la gente con ingresos superiores a US$100,000 y de grados universitarios avanzados.

Todo esto va contra la intuición política convencional, pero hace pensar, ¿no?

*John Dinges es profesor de periodismo en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia de Nueva York y autor de “Operación Cóndor: Una Década de Terrorismo Internacional en el Cono Sur”, entre otros libros.

¿Se puede confiar en lo que dice The New York Times?

New York Times

En dos recientes ediciones del diario The New York Times han aparecido artículos que para decirlo francamente dejan mal parado a Chile. Primero, una investigación sobre problemas sanitarios en la industria salmonera; el otro, un editorial criticando los planes de construcción de represas hidroeléctricas en la Patagonia chilena.

No tengo ni expertise ni opinión con respecto al meollo de los temas de salmones y represas. Como decimos en ingles, I don’t have a dog in this fight (mi perro no compite en esta pelea). Entiendo que los cargos y críticas pueden tener consecuencias serias (y las han tenido en la cancelación de ventas de salmones en algunos supermercados de EEUU), y el gobierno de Chile tiene todo el derecho a responder.

Pero sí puedo aportar mi opinión y análisis sobre la manera en como algunos personeros del gobierno han respondido. Además, me parece apropiado comentar la rigurosidad del periodismo que está en juego en este caso y el duro cuestionamiento por parte de personalidades chilenas al rigor del diario neoyorquino.

Nunca he trabajado en The New York Times, y nunca he creído en las cualidades exageradas que a veces se le atribuyen al “prestigioso decano del periodismo norteamericano”. Fui periodista de su competidor, el Washington Post, el diario que publicó la mayoría de mis artículos durante los años en que fui su corresponsal en Chile. The New York Times no es infalible, y como todo otro diario, comete errores. Si hay errores en sus reportajes recientes, es importante apuntar cuáles son y si son tan de fondo para afirmar que las conclusiones de los artículos carecen de validez.

Me preocupa que el gobierno haya elegido una táctica no precisamente basada en hechos para refutar los artículos. El ministro de Energía, Marcelo Tokman, comentando el editorial sobre el proyecto HidroAysén, acusó al Times de “desinformación y sesgo”.

“Chile no necesita que desde el extranjero vengan a enseñarnos cómo hacer las cosas… Llama mucho la atención que se trate de dar lecciones desde un país que ha emitido muchos más gases de efecto invernadero que lo que hace Chile”, dijo Tokman.

Con respecto a la investigación sobre salmoneras, uno de los chilenos más conocidos en el ambiento oficial norteamericano, el ex canciller Juan Gabriel Valdés, rechazó la principal conclusión del artículo sobre condiciones sanitarias y ambientales diciendo que era “una falsedad completa”, sugiriendo además que éste haya sido escrito con una agenda malintencionada para “desprestigiar” a la industria chilena.

Lo anterior me parece insólito, mirado desde la perspectiva de un periodista que cubría a Chile durante la dictadura, cuando Chile estaba luchando para volver a la democracia representada por el actual gobierno. Entonces, The New York Times (y mi diario, el Washington Post, y otros medios “liberales” de Estados Unidos) eran los más fieles amigos de la verdad y la justicia durante el periodo en que muchas veces sólo se podía escribir la verdad de lo que estaba pasando en Chile desde afuera.

Pero eso no es sólo un paréntesis. El punto es si se puede confiar en los hechos presentados por The New York Times y si es valida la crítica de que sus artículos negativos sobre Chile tienen que ver con su calidad de extranjero por un lado o con malas intenciones por el otro. También es relevante otro punto: The New York Times ha sido uno de la más acérrimos críticos de la falta de acción del gobierno de Bush en cuanto a resolver el problema del calentamiento global. Su crítica editorial es coherente con esa línea editorial.

Lo que sí puedo afirmar es que el chequeo de datos en un diario como The New York Times es sistemático y riguroso. El periodista, tanto en una investigación en las páginas de noticias como en la pagina editorial, tiene que someterse a las preguntas a veces desafiantes y sumamente escépticas de sus editores. Y las preguntas también apuntan a un posible sesgo o agendas políticas no sólo del reportero sino también de sus fuentes. El principio es: mayor interés político, menor credibilidad. Hay “alergia” a las fuentes que son abogados de una sola causa, aunque sea la más noble, como el ambientalismo o la equidad social.

Al periodista puede parecerle una inquisición, pero no importa. Tiene que aguantar las preguntas sobre los hechos mas básicos de su reportaje: “¿De dónde sacaste esto?, ¿este estudio fue producido por una organización con cierta tendencia?, ¿tienes otros datos para confirmar tus conclusiones?”.

La idea de que soy un buen periodista, así que a mí no me vienen con dudas, simplemente no existe. Me corrijo. Sí ha existido: The New York Times cometió graves errores en varios artículos sobre las justificaciones para la guerra en Irak que se basaban en una periodista importante que se había convertido en canal no-critico de informaciones erradas del gobierno de Bush. El diario sufrió mucha perdida de credibilidad y durante mucho tiempo ha estado pagando sus pecados públicamente.

Ese es el punto: cuando hay errores, el diario los corrige. La página de correcciones se ha convertido en un régimen regular y casi obsesivo de los mejores diarios.

En las páginas de noticias, cada día se publica una sección en la página cuatro “Corrections: For the Record”. Para el periodista que comete un error, la publicación de una corrección es un balde de agua fría. Y en el archivo digital del diario, la corrección siempre aparece junto con el articulo original.

El rigor es aún más importante en la página editorial ya que la dosis de opinión y análisis pierde credibilidad por la presencia de errores que pueden aparecer insignificantes. El mismo día en que apareció el editorial sobre HidroAysén, la misma pagina editorial publicaba una corrección sobre un detalle tan chico como el nombre de un oficial que apareció mal escrito: “Nimitz” en vez de “Nimetz”.

En este contexto, el argumento de que los extranjeros no nos vengan a dar lecciones, es arrogante. Como extranjero que ha escrito mucho sobre Chile, es un argumento que han usado mucho contra mí (en otras épocas). Como si los hechos en la boca de un extranjero no son los mismos expresados por un chileno. Para mí, los hechos son los hechos. El argumento válido contra otro basado en hechos sólo puede ser la refutación de los hechos: mostrar que son erróneos o demostrar que el desarrollo lógico del argumento es erróneo.

Si no se puede hacer ninguna de las dos cosas, la táctica es “atacar al mensajero”. Una falacia, pero muy efectiva. Por eso que se usa tanto, especialmente en el mundo político. Tu argumento es falso porque eres ignorante, feo, eres comunista/pinochetista (¡elige uno!), o porque eres extranjero.

El embajador de Chile ha escrito una carta a The New York Times. Espero que se publique aunque sea como carta dando los argumentos que no aparecían adecuadamente en los artículos. Pero si se pueden presentar errores de hechos, pongo las mano al fuego de que The New York Times publicaría la corrección correspondiente en la página cuatro.

John Dinges*John Dinges es profesor la Universidad de Columbia

El día de la no-definición: ¿Hay salida para los demócratas?

Barack Obama y Hillary Clinton

En la democracia, hay políticas y procesos. Las políticas son las ideas y programas que los candidatos proponen para supuestamente mejorar nuestras vidas. Los procesos –las múltiples y eternas elecciones primarias que estamos viviendo en el Partido Demócrata en Estados Unidos— son duros y agotadores. Y no terminan hasta tener un resultado. Como dicen aquí, “it’s not over until the fat lady sings”. O sea, “el show no se acaba hasta que canta la gorda”.

En cuanto a las ideas políticas de los candidatos Barack Obama y Hillary Clinton no hay diferencias de importancia. En cuanto a popularidad entre los votantes de su partido —y allí está el problema— ninguno tiene ventaja significativa. La única definición posible como resultado de las últimas contiendas de Texas y Ohio habría sido una clara victoria de Obama. Los sabios del partido tenían preparado un guión para ese caso: iban a golpear fuerte a la puerta del campamento Clinton para insistir que dejara de prolongar la agonía, que cediera la nominación a Obama.

Sin embargo, para el resultado que ocurrió, los sabios no tenían guión. Las victorias de Clinton traen sólo la no-definición, y la perspectiva de meses y meses de lucha electoral sin la posibilidad matemática de que uno de los dos llegue a la convención demócrata en agosto con la nominación en su bolsillo. Sí, leyó bien. Los demócratas pueden llegar sin candidato a la última semana de agosto, sólo nueve semanas antes de las elecciones nacionales del 4 de noviembre. Todo esto mientras el Partido Republicano, que ha inventado la estrategia de “attack politics” –la política como deporte de sangre-, va a tener desde hoy ocho meses para golpear a los demócratas indecisos.

Imposible. Todos los sabios están de acuerdo. Pero, ¿Dónde está la salida? Lo único cierto es que detrás de las puertas del partido los sabios no están hablando de otro tema. Puedo adelantar algunos de los términos de las conversaciones.

Primero, en el momento de la consolidación de la candidatura republicana de John McCain, la ventaja debe estar con los demócratas: tanto Obama como Clinton superan a McCain en las últimas encuestas de seguimiento (“tracking polls”). El abrazo histórico que el presidente Bush le dio a McCain en la Casa Blanca, el miércoles, abre un nuevo flanco para el discurso del Partido Demócrata: que el opositor no es el héroe de guerra John McCain, sino “McCain-Bush.”

Con el abrazo político de Bush, McCain asume la economía en crisis de Bush, las guerras de Bush y ante todo la impopularidad de Bush, que ha bajado a niveles históricos para un presidente en su último año de ejercicio. El contraste es embarazoso: sólo el 30% de los encuestados hablan favorablemente de Bush, mientras McCain goza de niveles estratosféricos de aprobación, llegando a veces encima del 70%. El abrazo político de la Casa Blanca no fue físico, pero en Youtube ya circula otra imagen de la campaña electoral del 2004: Bush envuelve a McCain en sus brazos, y lo besa afectuosamente en la frente.

Es material para una campaña de temas políticos jugosa y entretenida, pero una campaña que no puede empezar. El problema para Obama-Clinton es que no pueden atacar eficazmente a “McCain-Bush” mientras estén gastando sus energías atacándose entre sí.

Volviendo a la conversación interna de los sabios, se mueren por aprovechar esta ventaja. Pero para eso se tiene que solucionar el impasse procesal entre Obama y Clinton, y entrar con ganas a la lucha de programas políticos contra los republicanos. Vale solucionarlo más temprano que tarde, por lo antedicho y porque seguir la pelea en los 10 estados que quedan sólo derramará sangre demócrata con un “no-resultado” previsto: el mismo impasse, con votos más o votos menos.

La solución que en las últimas 48 horas más se conversa es la necesidad imperiosa de llegar a un acuerdo para una candidatura conjunta, un “joint ticket”. El senador demócrata de Ohio (y superdelegado no-comprometido) Sherrod Brown lo recomendó en la radio NPR: “¿candidatura conjunta? Sí, hace un mes no lo habría dicho, pero ahora pienso que es la solución”. Hillary Clinton también lo comentó después de los resultados de Ohio y Texas. “Puede ser que vaya por allí, pero, por supuesto, tenemos que decidir quién estará a la cabeza de la nomina”.

En una temporada en que la palabra “inevitable” ha sido abusada una y otra vez, se vislumbra de nuevo lo inevitable de la candidatura conjunta. Los detalles están por verse. Obama también lo comentó, diciendo que tal conversación sería “prematura”; una prueba segura de que las conversaciones ya están entabladas.

Solución número dos, menos atractiva para los demócratas de fila: que se siga con el proceso dos meses más, tratando de forzar una resolución que aproxime la victoria para una u otro candidato. La clave sería encontrar una fórmula para rehacer las elecciones fallidas de Florida y Michigan, dos estados grandes e importantes para la elección general. Es complicado el problema. Como adelantaron sus primarias desafiando las reglas de juego del Partido Demócrata nacional, los centenares de delegados de los dos estados no tienen validez. En los últimos días, dice la revista normalmente bien informada Politico, ha ganado apoyo entre los líderes demócratas la idea de empezar de cero en los dos estados, rehaciendo la votación en la primera semana de junio, junto con las primarias en los estados de Montana y South Dakota.

La idea es que en junio, la votación en los dos estados grandes serviría para fortalecer el “momentum” que tenga (supuestamente) un candidato u otro, en entregar un número significativo de delegados. Entonces, según la teoría, los 350 superdelegados no comprometidos pueden pronunciarse y así decidir la nominación. El Partido Demócrata tendría que financiar el costo de la nueva elección, pero valdría la pena, opina el ex miembro del Comité de Reglas, Ted Devine: “Claro, eso tiene un costo millonario. Pero nadie ha dicho que la democracia sea barata”.

Entonces, las alternativas están entre el milagro de la nómina conjunta Obama-Clinton / Clinton-Obama y la prolongación de la incertidumbre, por lo menos dos meses más. Y a lo dicho por Devin hay que agregar: tampoco ha dicho nadie que la democracia tiene que ser eficiente. El proceso tiene que agotarse, hasta que finalmente cante la gorda.

John Dinges*John Dinges es profesor la Universidad de Columbia

La “tentación” McCain

La tentación McCain

Entre las muchas escenas sui géneris de esta temporada electoral en Estados Unidos destaca una: Barack Obama se dirige a una reunión de activistas demócratas en Richmond, Virginia. Cuando menciona a John McCain, su más probable adversario republicano, lo describe como “un héroe de guerra” y dice que lo “admira”. Acto seguido: aplausos entre la multitud demócrata, aplausos sinceros. La escena se repitió días después durante un discurso de Obama frente a más de 15 mil estudiantes y otros partidarios en Madison, Wisconsin.

Aplausos de los demócratas para el candidato que casi seguramente recibirá la nominación republicana. Insólito. En décadas de observación política en mi país, no he visto algo similar.

Otra escena en los mismos días: John McCain se presenta frente a la Conferencia Conservadora de Acción Política, quizás la organización más importante del ala derechista del Partido Republicano. McCain empieza una frase sobre su política de inmigración. La muchedumbre de activistas conservadores no lo deja terminar. Sus palabras son sofocadas por chiflidos. Durante más de 20 segundos quedó con la sonrisa congelada antes de poder seguir, con el duro desafío de tratar de convencer a los ultra-conservadores de que deben abrazar su inevitable candidatura.

McCain es un candidato amigo para muchos demócratas. Es la persona a la que una vez le ofrecieron ser candidato a la vicepresidencia al lado del demócrata John Kerry, en las elecciones (perdidas por los demócratas) de 2004. El mismo que hace un par de años, durante un viaje internacional, dio una entrevista sentado al lado de Hillary Clinton y, entre cumplidos y sonrisas mutuas, dijo que ella tenia las calidades de una “buena presidente.”

¿Cómo se explica esta calurosa amistad entre McCain y sus supuestos competidores demócratas?
Primero, hay que percibir este fenómeno con un respiro de alivio, después de la hostilidad, inamistad, insultos y –hay que decirlo por su nombre- mentiras, que han caracterizado a la casi totalidad de las campañas presidenciales de los últimos 20 años. Una pelea electoral entre McCain y cualquiera de los demócratas —sea Obama o Clinton— promete ser una campaña digna. Una pelea entre, digamos, damas y caballeros.

Hay que decirlo también de frentón: McCain es el defensor más incondicional de la Guerra de Irak. A pesar de las críticas a la estrategia militar del gobierno de Bush, es el candidato que más ha abrazado la guerra, no sólo en Irak, sino contra el “extremismo islámico” en general. Después del elogio respetuoso, no hay discurso demócrata que no destaque la declaración de McCain de que las tropas americanas deben estar presentes en Irak hasta cien años mas. Un gobierno de McCain continuará, sin duda alguna, la política de ocupación permanente de Irak. Y su hostilidad hacia el vecino Irán es quizás aun más extrema que la de Bush.
Sin embargo, hasta su inequívoco apoyo a la guerra le merece respeto entre sus adversarios. Como persona, McCain ha ganado el respeto generalizado de los americanos, más por su honestidad que por su falta de defectos. Como aviador naval, de una familia de oficiales de alto rango en la US Navy, McCain tuvo fama de fiestero y de bebedor duro (“hard drinker”) (pero nunca de borracho, como fue el caso de George Bush). Ha tenido dos matrimonios y reconoció que fue infiel a su primera esposa (en el periodo previo a su vida política). Fue el prisionero de guerra más famoso en Vietnam, donde fue brutalmente maltratado casi hasta la muerte.

Fue con su respeto a los vietnamitas, que no fueron sólo enemigos, sino comunistas que lograron derrotar a Estados Unidos en el campo geopolítico-militar, que McCain mostró las características que ahora le ameritan tantos elogios: como político fue el más prominente líder del esfuerzo exitoso de hacer las paces con Vietnam y de la apertura económica con ese país. En ese esfuerzo, logró unir un consenso amplio entre republicanos y demócratas, incluyendo a su mentor político, el presidente Ronald Reagan. Pero su acercamiento hacia los vietnamitas también le costaron los primeros ataques del ala más derechista de su propio partido.

Hasta hoy, no hay ataque demócrata a McCain que se pueda comparar con la ferocidad, casi se puede decir odio, que se escucha entre los ultra-conservadores, como los comentaristas Rush Limbaugh y Ann Coulter, cuyos discursos han sido un factor poderosísimo en la polarización política de Estados Unidos.

Se entiende. Aquí hay una lista de logros políticos en que McCain ha hecho causa común con los demócratas, políticas que desde el punto de vista de los conservadores han hecho un daño casi irreparable y han debilitado la dominación casi total que en un momento llegaron a ostentar los republicanos.

La reforma del sistema de financiamiento de las campañas políticas, prohibiendo las donaciones corporativas sin límite a los partidos.

Legislación que prohíbe la tortura, en un intento todavía no exitoso de eliminar las prácticas justificadas por el gobierno de Bush como el “waterboarding”, que se conoce en América Latina como “el submarino mojado”.
Fue uno de los pocos republicanos que votó contra los recortes masivos de impuestos de Bush, por su beneficio desmesurado a los sectores mas pudientes. (posición que ha debilitado en las últimas semanas, apoyando a Bush para hacer permanente los recortes.)

Auspició, junto con el liberal senador Ted Kennedy, la legislación de reforma de las leyes sobre inmigración, abriendo camino a la legalidad para muchos de los 12 millones de trabajadores indocumentados en Estados Unidos, la gran mayoría de ellos mexicanos.
Ha sido hace tiempo uno de los pocos republicanos que ha tomado en serio la amenaza del calentamiento global y es autor de uno (otra vez con co-auspiciador demócrata) de los planes de reducción de niveles de CO2.

Ha forjado alianzas con demócratas en otros temas de debate político, tales como la oposición a la explotación petrolera en las reservas naturales de Alaska, investigación con células madre embrionarias, y una posición centrista con respeto a la controversia sobre el matrimonio homosexual.

Todo esto no transforma a McCain en nada parecido a un liberal. Es fiel partidario de toda la letanía de temas conservadores, empezando con su oposición al aborto, su apoyo a la guerra y los gastos del Pentágono, y a una política económica basada en el mercado libre en un ambiente de baja regulación estatal. Quiere, por ejemplo, desmantelar el sistema estatal de ferrocarriles para pasajeros (Amtrak) porque no logra autofinanciarse.

McCain también tiene su talón de Aquiles: su relación con los lobbistas, el ejército de representantes de intereses económicos y de toda índole que allanan su camino a influenciar a legisladores como McCain con sus donaciones políticas y capacidad financiera sin límites. McCain tuvo un caso de conflicto de intereses por los favores políticos que hacía para un amigo lobbista que lo había apoyado financieramente en su elección al senado. Fue sancionado levemente por el episodio en 1991 (que significó el fin de la carrera política de otros tres congresistas). Confesó sus errores de “mal juicio” y se convirtió en el más estricto abogado para la limpieza ética en el Congreso, logrando recuperar su reputación de rectitud.

Esta semana, sin embargo, el New York Times publicó una investigación sobre los lazos entre McCain y los lobbistas, inclusive sugiriendo que tuvo una relación impropia (y tal vez romántica) con una joven y atractiva lobbista, la que hacía alarde de su capacidad de influenciar a McCain cuando era presidente del poderoso comité de comercio del Senado. McCain negó absolutamente que su relación con la mujer fuera más que una amistad profesional y criticó al diario por publicar cargos tan dañinos basado en fuentes anónimas.

El informe es la última de una serie de malas noticias para los republicanos, entre ellas el impasse al que ha llegado la guerra en Irak y una economía con alta probabilidad de entrar en recesión. Los votantes republicanos ven en su mayoría (pero una mayoría relativa, debido a la persistente candidatura del cristiano-conservador Mike Huckabee) que McCain representa la única posibilidad de conformar un movimiento victorioso de republicanos, independientes y –eso sí—demócratas de centro.

No es el resultado más probable, visto desde el ángulo actual. Pero nunca hay que desestimar la capacidad de organización del Partido Republicano, colectividad que inventó el término “la campaña permanente” y que ha superado desventajas más grandes que éstas para ganar siete de las diez últimas elecciones presidenciales.

McCain, el héroe con pies de barro, ha tenido momentos en que las encuestas lo han mostrado como el político más popular de Estados Unidos, más allá de las etiquetas. Su atractivo personal indudablemente transciende lealtades partidistas y para los demócratas que han cruzado las fronteras políticas en el pasado representa una gran tentación. Un político que merece aplausos en el campo del adversario es un candidato que no va a estar nunca fuera del juego.

John Dinges*John Dinges es profesor la Universidad de Columbia

Elecciones en EE.UU.: Mirando el factor latino

Barack Obama y Hillary Clinton

Creanme. Esta no es una temporada electoral normal. “Normal” —como en 2000 o 2004 en ambos partidos— significa que un candidato agarra vuelo después de las primeras contiendas en los estados chicos como Iowa y New Hampshire, para luego dejar lejos atrás a sus competidores cuando las primarias llegan a los estados mas grandes y empiezan a multiplicarse. Así derrotó George Bush a John McCain en 2000 y John Kerry superó a Howard Dean en 2004.

Rápido y decisivo, sirviendo el Súper Martes como confirmación de la dominación del candidato líder y de la derrota del candidato que venía detrás.

Este año, después de la votación por partido en más de la mitad de los estados de EE.UU., hay empate puro por el lado demócrata: una diferencia de no más de un punto porcentual entre los 11 millones de votantes en 22 estados dividió a Hillary Clinton y Barack Obama. (Por el otro lado hubo una tendencia más clara pero aún no decisiva a favor del republicano con fama de rebelde, John McCane, y sigue vigente el curioso fenómeno del ex pastor evangélico Mike Huckabee.)

Pero veamos el empate demócrata. Porque allí se vislumbra una tendencia de mucha relevancia para el mundo al sur de la frontera estadounidense. Por primera vez en la historia electoral de Estados Unidos, la votación de los ciudadanos de origen latino, los llamados “hispanics”, se convierte en un factor decisivo. En este caso, su voto entregó la victoria a Hillary Clinton en por lo menos dos de los ocho estados ganados por ella, o sea, Nuevo México y el premio más importante de la noche, California.

Es impresionante ver lo que pasó en California. Clinton superó a Obama por un margen de 52 % a 42 %. Pero ambos compartieron prácticamente mitad-mitad el voto de los blancos. (Con la historia racial de Estados Unidos, vale repetirlo: el candidato negro no tuvo desventaja entre los blancos.) Entre votantes negros, Obama tuvo un inmensa mayoría de prácticamente 90 por ciento. El factor que dio la victoria a Clinton fue la concurrencia récord de los hispanos y el respaldo que le dieron.

Treinta por ciento de los californianos que votaron el martes eran hispanos y, de ellos, más de dos de cada tres votaron por Clinton, según las encuestas a boca de urna. Algo parecido pasó en Nuevo México, donde 34 por ciento de los votantes son hispanos. Allí, Clinton ganó por sólo uno por ciento en el estado y, otra vez, no pudo haberlo hecho sin el apoyo mayoritario de los votantes hispanos.

De los ocho estados que ganó Clinton en el Súper Martes, cinco tienen población hispana por encima del 10 por ciento (los no mencionados aún son Nueva York, Nueva Jersey y Arizona). Obama sólo triunfó en su propio estado de Illinois y en Colorado.

En la campaña de Clinton, nunca ha sido un secreto la importancia de este grupo étnico. “El camino a la Casa Blanca pasa por la comunidad latina,” suele decir el senador Robert Menéndez, de Nueva Jersey, uno de los capitanes de su equipo. La gente de Clinton se ha preocupado mucho más que Obama de asegurar el apoyo de los latinos, que todavía tienen buenos recuerdos de la prosperidad económica de la presidencia de Bill Clinton.

La comunidad latina es el grupo de votantes que más rápido crece, según los últimos estudios. Aunque ya hace varias décadas que forman la “primera minoría” —el grupo étnico mas grande después de los blancos— el poder político de los hispanos ha sido bastante modesto comparado con sus población. Mucho menos influyentes, por ejemplo, que los negros, que son una de las fuerzas más importante en el Partido Demócrata.

Los latinos, en cambio, tenían muy poca organización política, se dividían entre republicanos y demócratas, y tenían niveles de participación entre los más bajos en el país. Eso fue en el pasado.

Se notó el surgimiento del poder latino sólo hace dos años, en el contexto del controvertido tema de la inmigración ilegal y la presencia de más de 12 millones de indocumentados en Estados Unidos, la gran mayoría de ellos oriundos de México y de países de América Central. En 2005, por primera vez ocurrieron grandes manifestaciones callejeras, juntando más de un millón de personas en marchas en una docena de ciudades grandes, protestando por las amenazas de deportación masiva que se escuchaban en esos días por el lado de los políticos conservadores.

La identificación de los republicanos con las políticas de represalias hacia los inmigrantes fue decisiva en un cambio de alineación para muchos latinos. Llegaron masivamente por primera vez al lado del Partido Demócrata, cuyo programa para solucionar el problema de los ilegales incluye un camino hacia la amnistía para la mayoría de los que ya están trabajando en los Estados Unidos.

Seguramente va a haber mucho que hablar sobre el factor latino, especialmente para la elección entre el candidato republicano y el demócrata —si es que finalmente logramos terminar la temporada de las primarias, que por muy fascinante que sea, ya está apareciendo eterna.

Pero ya se está notando, hoy día, en momentos como el Súper Martes, que la presencia latina es masiva y ya ha funcionado como un factor decisivo que los políticos no pueden ignorar.

Es la lección que Obama seguramente está aprendiendo en estos días.

John Dinges*John Dinges es profesor la Universidad de Columbia

Elecciones en EE.UU.: Obama, con la antorcha de los Kennedy

Barack Obama

La política de masas está lejos del estilo de la política norteamericana. Ni siquiera en los últimos días de una elección presidencial un candidato llama a una concentración callejera esperando la concurrencia de cientos de miles de personas como en América Latina. Pero con la candidatura de Barack Obama algo está pasando. Hay un movimiento de transformación política que sólo se vislumbra a través de indicios y evidencias todavía tentativas e inciertas, pero que apuntan a un clima de fervor político que no se había visto en Estados Unidos en muchas décadas.

Ese clima era palpable esta semana, cuando el lunes, en el corazón de Washington -la ciudad usada como símbolo del “cinismo político” por el resto del país- miles de personas, en su mayoría jóvenes, formaron una cola desde las 5 de la mañana para presenciar el momento en que el septuagenario senador Ted Kennedy pasaría a Obama la antorcha del legado político de su legendario hermano, el asesinado presidente John F. Kennedy.

Acercándome a la fila una hora antes del comienzo del mitin, en el estadio de básquetbol de la American University, tuve que caminar casi un kilómetro para encontrar el final de la cola. Menos de la mitad pudo entrar al estadio. La multitud llenó dos salas más desde donde se podía seguir la manifestación a través de televisores y todavía quedaron varios miles de personas afuera, esperando unas horas a que salieran Obama y Kennedy para saludarlos.

Obama disputa la candidatura del Partido Demócrata con Hillary Clinton, también senadora y oriunda de Illinois, el mismo Estado del medio oeste que representa Obama en el Senado. Clinton (con el carismático ex presidente Bill Clinton a su lado) es también inmensamente popular y cuenta con el respaldo de las figuras e instituciones más importante del establishment del partido. Hasta hace un par de semanas, Hillary Clinton era pintada por los comentaristas como la candidata “inevitable” para liderar el partido en la reconquista de la Casa Blanca, después de los múltiples desastres del Presidente George Bush.

Sin embargo, en las primeras contiendas del proceso de selección del candidato, existe prácticamente un empate. Así, de inevitable ya no queda nada. Pero esa seguidilla de subidas y bajadas políticas no es la historia más interesante. Esa “carrera de caballos” entre dos políticos bien equiparados puede ser fascinante, pero me atrevo a decir que no es el fenómeno más importante para el país o para el mundo, tan intensamente afectado por las decisiones políticas que se adoptan en Estados Unidos.

Lo que está en juego -y lo apuntó el senador Ted Kennedy- es la posibilidad de poner fin a la política de “demonización” y de polarización que ha envenenado la política estadounidense durante las ultimas décadas y cuya continuación representan los Clinton. Kennedy designó a Obama como heredero de las cualidades de inspiración, liderazgo y unificación nacional que representaba John Kennedy, quien todavía es una figura mítica no sólo en Estados Unidos. También en América Latina su figura sigue concitando adhesión, entre otras cosas por la creación de la Alianza para el Progreso, plan que canalizó niveles históricos de ayuda financiera para programas anti-pobreza en la región.

Obama va a ser “un presidente como mi padre” afirmó Caroline Kennedy. “Ha creado un movimiento que está cambiando la cara de la política en este país, y ha demostrado tener un don especial para inspirar a la gente joven”, escribió la hija del presidente asesinado en una impactante columna en el New York Times.

Las palabras de Caroline y su tío fueron históricas. Jamás la familia Kennedy había asociado a otro político con las cualidades y legado de los hermanos John y Robert Kennedy, ambos asesinados en los años 60. Pero si existe realmente tal movimiento del que habla Caroline, no nació ni depende de la aprobación de los Kennedy.

Su origen hay que buscarlo en otras evidencias. Es un hecho comentado entre los reporteros de las campañas que los mítines políticos de Obama han duplicado o triplicado la concurrencia de los eventos de Hillary Clinton. Es más difícil, sin embargo, detectar un movimiento nacional. Las encuestas de opinión pública han sido notoriamente poco confiables en las contiendas de Iowa, New Hampshire y South Carolina, con niveles de error mucho más altos que en el pasado.

Hay indicios de que algo poco usual está ocurriendo en los corazones de los votantes norteamericanos y no sólo entre los del Partido Demócrata. Evidencias de un movimiento de transformación política comparable tal vez con el de Ronald Reagan, que significó una gran unión política en el país basado en el abandono que hicieron muchos demócratas de clase media y baja de su partido. Está de más decir que el movimiento de Obama sería al revés. Aquí están las evidencias.

Si históricamente Estados Unidos ha sido un país de baja participación política, hay señales de que este año ese fenómeno es radicalmente distinto. En las votaciones del Partido Demócrata de Iowa, New Hampshire, South Carolina y Nevada, el número de personas que votó creció enormemente: se duplicó en Iowa y South Carolina (ambos ganados por Obama) y se multiplicó por 13 (¡!) en Nevada. En cada estado la participación de los demócratas superó bastante la participación republicana: en South Carolina, territorio firmemente republicano donde ningún demócrata ha tenido mayoría en las elecciones presidenciales desde 1976, la participación demócrata fue 20 % mayor que la republicana.

Se nota también una participación mucho más grande de jóvenes, los que en los últimos años han mostrado indiferencia ante la política.

Todo eso no significa que vaya a ganar Obama. El actual empate probablemente no podrá prolongarse mas allá del próximo martes, el llamado “Súper Martes”, cuando votan 23 estados. Las encuestas muestran una situación de rápido cambio y un claro antes y después con respecto a la victoria de Obama en South Carolina y el respaldo de los Kennedy. Las encuestas de seguimiento día a día de Gallup (tracking polls) muestran que desde el 27 de enero (el día de la votación en South Carolina), Obama ha logrado reducir a la mitad (a seis puntos) la enorme ventaja que mantenía Hillary Clinton en casi todos los estados durante muchos meses. (Detalle: el promedio de los días 27, 28 y 29 de enero da 42% a Clinton y 36% a Obama, con tendencia al alza de este último.)

Ahora, con la sorpresiva retirada esta semana del otro candidato demócrata, John Edwards, entran en la disputa un gran número de votantes. Y es aquí cuando entramos finalmente en el campo racial, cuyo derrotero no es nada predecible porque se trata principalmente de hombres de raza blanca, especialmente de bajos ingresos. Es precisamente ese grupo –los hombres blancos demócratas- sobre el que Ronald Reagan ejerció una gran atracción para hacerlos pasar al lado republicano.

Edwards no ha declarado su preferencia por ninguno de los otros dos candidatos, pero se le considera mucho más afín a Obama que a Clinton. Si sus seguidores piensan igual, no se sabe. Obama, a pesar de su tez morena y su nombre africano, no se ha presentado como un “candidato negro” en la tradición de los líderes de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Al contrario, se presenta como la persona que -como Reagan, cuyo movimiento de transformación política Obama ha comentado con admiración- puede finalmente unir a una gran mayoría no sólo de blancos y negros, sino también de ricos y pobres, demócratas, independientes y hasta muchos republicanos. Es más: está también la superación del pasado por el futuro.

Prácticamente no hay diferencias importantes entre Clinton y Obama en cuanto a programas, como salud, de la guerra, de impuestos. Pero nadie habla de un “movimiento” de Clinton. Sí de Obama. Si se tratara de una contienda meramente política, tal como se ha conocido en las últimas décadas, es difícil pensar que no vaya a ganar Clinton, con todas sus ventajas dentro de las estructuras del partido. Contra un candidato como el republicano John McCain (sincero amigo declarado de Clinton y muy respetado afuera del partido), muchos dan la ventaja a McCain.

Pero si realmente estamos vislumbrando que algo nuevo se pone en movimiento alrededor de Barack Obama, estamos viendo el fin de una época política en Estados Unidos. Y ese espectáculo no hay que perdérselo en las semanas y los meses que vienen.

John Dinges*John Dinges es profesor la Universidad de Columbia

Elecciones en EE.UU.: El fenómeno Huckabee

Candidato Huckabee

Puede que Michael Huckabee, cristiano, ex-gobernador del pequeño Estado de Arkansas y oriundo de la misma aldea que nos dio a Bill Clinton, sea una curiosidad política. Pero, ¿quién se iba a imaginar que sería el hombre que está llevando al Partido Republicano a una revolucion jacobinista?

Su importancia no tiene que ver con sus posibilidades de ganar la nominación republicana -claro que es poco probable, pero uno nunca sabe en un año político tan sui generis como este en Estados Unidos-. Lo que se convierte en indispensable es entender el fenómeno Huckabee, porque marca un hito histórico en la política post-Guerra Fría en el país del Norte: Huckabee es el principio del fin del Partido Republicano imperial. Es el hombre bomba que está haciendo explotar la dominación republicana que Ronald Reagan llevó a un virtual monopolio del poder y que George Bush empujó a su extremo lógico con sus aventuras en Irak y las cruzadas anti-terroristas que hasta sus propios seguidores bautizaron con la etiqueta de nuevo imperialismo.

Para aquellos que suelen decir (lo he escuchado tantas veces en Chile) que no hay diferencia entre republicanos y demócratas en Estados Unidos, que son todos reaccionarios, estoy aquí para advertirles: ahora es el momento de poner atención a estas elecciones. Y no se dejen distraer por el momento con los probables ganadores demócratas, aunque el candidato se llame Hillary, Barack o John.

Lo que ha hecho la candidatura de Huckabee, con su victoria en Iowa prácticamente sin financiamiento y su creciente popularidad en las encuestas nacionales, es parar la figura del multi-millonario Mitt Romney, quien se había adjudicado el visto bueno del establishment del partido y supuestamente tenía el camino despejado para ser coronado como su abanderado. A la vez, los analistas atribuyen al fenómeno Huckabee la resurrección de la fortuna política de John McCain, quien -por el momento- es el líder en las encuestas nacionales entre los republicanos.

La manera más simple de ver a Huckabee es como el representante de los conservadores cristianos, los religiosos fundamentalistas que han sido el eje vertebral de todas las victorias republicanas, empezando con Ronald Reagan, y que ha significado que desde 1980 el partido ha controlado la presidencia y/o el Congreso (con la pequeña excepción de dos años: 1992-1994). Reagan, una persona sin militancia religiosa, edificó ese milagro político: logró unir a los cristianos fundamentalistas, mayoritariamente de clase media asalariada, con el conservadurismo radical de la reducción del papel social del gobierno, reducción de impuestos a las grandes corporaciones y una enérgica confrontación contra la tambaleante Unión Soviética, que puso fin a la Guerra Fría.

Con los cristianos, el Partido Republicano se transformó desde una elite de derecha económica a un partido de mayoría, de apoyo a ideas conservadoras tanto sociales como económicas.

La historia de cómo se logró esa transformación es fascinante. En ella confluyen el aprovechamiento del resentimiento racial de los blancos contra los programas de “acción afirmativa” que beneficiaban a los negros, las campañas de desprestigio de la credibilidad de la prensa “liberal” y la exitosa identificación del Partido Demócrata con temas anti-religiosos, como son el aborto, la homosexualidad, la inmoralidad sexual y el deterioro de la familia. Con las victorias republicanas, los cristianos conservadores (que incluyeron por primera vez a los católicos que históricamente en su mayoría habían apoyado al Partido Demócrata) recibían la satisfacción de un gobierno que hablaba su lenguaje moralista. Para ellos, el beneficio económico era magro o negativo, según los estudios, pero la satisfacción moral prevalecía sobre sus intereses económicos propiamente tales. En cambio, el ala empresarial del partido –las más grandes corporaciones e inversionistas- se ha beneficiado con niveles astronómicos de ingreso.

Esta coalición conservadora pierde ahora su centro, su coherencia y su integridad. Y la candidatura de Mike Huckabee -y su éxito hasta el momento- es la ventana que nos permite vislumbrar la profundidad del cambio. Hasta el fenómeno Huckabee, nunca el ala cristiana había pretendido tomar las riendas de liderazgo del Partido Republicano. El sector cristiano fundamentalista conformaba el ejército activista, los soldados leales que entregaban los votos y estimulaban la votación masiva a favor del partido. Pero hasta ahora, todos los líderes, tanto en la presidencia (Reagan, Bush I y Bush W) como en el Congreso, representaban los intereses de los “corporate Republicans”, los grandes intereses económicos.

Huckabee es el primer candidato del ala religiosa que pretende liderar el partido. Un líder que está mostrando que el voto de los religiosos no quiere ya más entregar automáticamente su apoyo a las ideas de la derecha económica. El terremoto de Huckabee dentro del partido se resume en los nombres que usan sus seguidores para describir su campaña: “populismo religioso junto a un populismo económico.” Un ejemplo de ello lo da el pastor evangélico de una “megachurch” de Florida, Joel Hunter, hablando de por qué apoya a Huckabee: “Especialmente con la inseguridad económica que la gente está sintiendo, les gusta que haya un líder que por su creencia religiosa realmente quiere preocuparse de todo el mundo… Se trata de evangélicos que tienen la voluntad de preocuparse de la gente que está sufriendo, de los que están marginados”.

Este sector se entusiasma cuando Huckabee proclama, como lo hizo en un programa muy popular entre los jóvenes, que la obligación cristiana de cuidar “la vida” -un lema usado principalmente para expresar oposición al aborto- incluye también preocupación por la educación, el empleo, programas de salud y otros aspectos de “la vida”. Huckabee critica abiertamente a las grandes corporaciones -especialmente las farmacéuticas y petroleras- y habla con entusiasmo de “justicia social” y la protección del medio ambiente.

Una prueba de su impacto viene de la boca de los líderes más importantes del conservadurismo republicano. El Wall Street Journal, la santa sede de la ortodoxia conservadora, ha tildado a Huckabee de “izquierdista religioso”. Rush Limbaugh, el comentarista radial que funciona como el Torquemada del republicanismo, acusó a Huckabee de fomentar el “class warfare” (la lucha de clases), un término que en mi memoria nunca ha sido lanzado a alguien en Estados Unidos que no sea por lo menos liberal.

Los líderes religiosos que originalmente escucharon el llamado de unidad de Reagan se muestran ahora amenazados por Huckabee, expresando su preocupación de que éste “pueda socavar a los actuales líderes políticos-cristianos-conservadores”.

Un comentarista católico, que reconoce haber abandonado el Partido Demócrata para apoyar a Reagan durante los ‘80, describe el surgimiento de Huckabee como “un cambio tectónico” que puede significar “el fin de la vieja derecha religiosa”.

Dado que es muy poco probable que Huckabee gane la nominación republicana, y casi tan improbable que los republicanos triunfen en las elecciones de noviembre, gracias al fracaso general del gobierno de Bush, ¿qué puede significar todo esto? En el corto plazo –es decir, esta semana y la próxima cuando se disputan las primarias de South Carolina y Florida- está por verse si el beneficiario sigue siendo John McCain, el republicano con fama de “rebelde” que tiene más llegada a los independientes y aún a demócratas a pesar de su postura de apoyo a la guerra de Irak.

Para mí, el impacto mas explosivo de Huckabee ha sido y sigue siendo su efecto en las campañas de los abanderados del republicanismo tradicional conservador: el llamado “Republicanismo corporativo”, los “big business”, como Mitt Romney, Fred Thompson y Rudolph Giuliani. Están prácticamente tan lejanos del “populismo religioso” de Huckabee como del liberalismo de Hillary Clinton y Barack Obama.

En el caso de que uno de ellos consiga la nominación del partido, ninguno puede contar con seguridad con los votantes de Huckabee, los mismos que han garantizado la dominación republicana durante las últimas tres décadas. Frente al fenómeno Huckabee, el Partido Republicano se verá obligado a regresar a sus bases puramente económicas, abandonadas por gran parte de los cristianos que ahora se definen, imitando ideológicamente a Huckabee, con una actitud mas crítica a la dominación de los grandes intereses económicos.

Es tal vez una oportunidad para la creación de un nuevo centro político, un nuevo nicho donde Huckabee, McCain y figuras como el ex demócrata y candidato vicepresidencial Joe Liberman se sentirían cómodos. O puede ser una apertura para que los demócratas recuperen a los cristianos de clase media con quienes tienen tanto en común en el plano económico.

Lo cierto es que, por múltiples razones, el Partido Republicano ya no es el Partido de Ronald Reagan ni de las victorias de George H.W. y George W. Bush. Pero no hay que subestimar el poder instalado ya que subsistirá de aquí a muchos años más, aun si pierde la presidencia este año. Hay que mirar muy de cerca lo que está pasando en la política estadounidense, con ojos no-cínicos, porque lo que está en juego realmente es el futuro para todos.

John DingesJohn Dinges es co-director de Ciper. Es profesor de periodismo en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia de Nueva York y autor de “Operación Cóndor: Una Década de Terrorismo Internacional en el Cono Sur”, entre otros libros.

Por qué la Concertación bloqueó el resurgimiento del Diario Clarín

“De varios actos de las autoridades chilenas (…) se deduce que la propiedad del señor Víctor Pey Casado fue plenamente reconocida y, por ende, no puede ser de manera seria puesta en duda con certeza…”. Ese es uno de los acápites del proyecto de sentencia, un informe reservado del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI) del Banco Mundial, tribunal que en los próximos días dictaminará si Pey era el verdadero dueño del diario Clarín en 1973 y si debe ser indemnizado.

El proyecto de sentencia que este periodista conoció en exclusiva, está fechado en junio de 2005 y fue dado a conocer a las partes en litigio en septiembre del año pasado. Pero sólo en las últimas semanas, cuando todo indica que el fallo final se aproxima, los abogados que representan a Chile ante el CIADI han reconocido que el informe es adverso a Chile y que avala la tesis de que Pey era el dueño de Clarín cuando este fue expropiado por la dictadura.

De hecho, en otro de sus acápites, el proyecto de sentencia de más de 100 páginas especifica que el tribunal “se ve obligado a constatar que las explicaciones presentadas por el Sr. Pey Casado, en lo que respecta a las circunstancias en las que se celebraron los acuerdos sobre la cesión de acciones de la sociedad C.P.P. (propietaria de Clarín) resultan más verosímiles que las explicaciones ofrecidas al respecto por la Demandada (el Estado chileno)”.

Perder en esta instancia expone al Estado chileno a pagar una indemnización cuantiosa. Pey reclama ante el CIADI US$ 517 millones (casi dos veces el presupuesto que se usó para mantener funcionando el Transantiago). El monto tiene que ver con el valor de la empresa cuando le fue expropiada y con las utilidades que dejó de recibir desde entonces. Utilidades considerables si se considera que Clarín llegó a vender 280 mil ejemplares diarios y era por lejos el periódico más leído de Chile.

Pero no sólo se trata de dinero. Un fallo adverso pondrá el ojo público en varios puntos polémicos de esta historia. Uno ya ha sido expuesto por el abogado Roberto Mayorga, quien participó en la defensa chilena hasta 2002. Mayorga sostiene que el juicio se perdió porque Chile no fue bien defendido debido al interés de los gobiernos de la Concertación en que Pey ganara para que pudiera relanzar Clarín. En una reciente carta a El Mercurio, Mayorga sostiene que se trata de “un escandaloso caso que se inscribe en una seguidilla de tantos otros caracterizados por la corrupción y la defraudación del patrimonio nacional”.

Contradiciendo la tesis de Mayorga, los datos de esta investigación apuntan a que el Estado chileno ha hecho mucho por impedir el relanzamiento de Clarín, el estridente tabloide de izquierda y el de más venta en el país hasta que fuera confiscado por Pinochet en septiembre de 1973.

Dicha negativa le ha costado al fisco chileno cerca de US$ 5 millones en la defensa ante el CIADI –según estimó recientemente el ministro Alejandro Ferreiro- además de otros US$ 9 millones pagados a un abogado y un grupo de personas que decían ser herederas de los bienes de Clarín. ¿A qué se debe la negativa a indemnizarlo? ¿Qué papel habría jugado en esto El Mercurio, el histórico archienemigo de Clarín?

La actitud del gobierno chileno abre otro flanco. Tomando en cuenta que en 17 años la Concertación no ha logrado romper el duopolio de la prensa escrita en Chile, ¿cómo se explica la férrea oposición que ejercieron sus distintos gobiernos a la reaparición del diario Clarín?
-En 16 años de democracia, mirando como ciudadano no como ministro, claramente tenemos una falencia, una deuda. La mayoría que ha votado por la Concertación no tiene un medio escrito que la identifique más en sus valores e ideas que los actuales. ¿Pero qué puede hacer el Estado? Esa es una pregunta delicada -reflexiona el actual ministro secretario general de gobierno, Ricardo Lagos Weber.

Pey, Volpone y Allende

De esa batalla sí sabe Víctor Pey, quien compró el diario pocos meses antes de que fuera expropiado y ha intentado conseguir por más de diez años que el gobierno le pague una restitución financiera para poder lanzarlo de nuevo a las calles.

El nuevo Clarín, asegura Pey, será independiente de cualquier partido y ocupará el mismo lugar que tuvo antes como un periódico de circulación masiva a favor del chileno común. Será, afirma, fiel al famoso encabezado de los días de su apogeo: “Firme junto al pueblo”.

En una región donde la concentración de la propiedad de los medios es la regla en el periodismo, la diversidad de opiniones asume una importancia crítica para la democracia. Pero además, a juzgar por las conexiones políticas de Pey, un nuevo Clarín proporcionaría a los chilenos una cobertura crítica –hasta ahora ausente- de la derecha política y la poderosa comunidad empresarial.

Aunque Pey pide mucho más, una indemnización mínima negociada por la expropiación del periódico tendría que estar en un rango entre US$ 50 a US$ 100 millones. Una suma que podría asegurar que el Clarín de Pey evite el destino de otras iniciativas periodísticas que en los últimos años emergieron y fracasaron por carecer del respaldo financiero y político para sobrevivir.

Si bien los gobiernos de la Concertación han reconocido su obligación de pagar por la propiedad confiscada en dictadura y han repartido decenas de millones de dólares en reparaciones a las víctimas de violaciones a los derechos humanos, cuándo se trata de reparar la situación sesgada de los medios que dejó Pinochet, la coalición oficialista ha sido curiosamente pasiva. Y en el caso de Clarín en particular, ha levantado un muro de oposición.

Pey: de la República de España a Clarín

Recientemente recuperado de una afección cardiaca y desde un modesto departamento de clase media en Ñuñoa, este hombre erguido, de piel pálida y un aura de que siempre tiene prisa, mantiene a los 92 años su cruzada por restaurar algo de equilibrio ideológico en la prensa chilena.

Hay una alfombra marrón raída, una silla con la espalda rota en frente de una computadora y estantes de libros, revistas y fotos de su complejo pasado.

Ingeniero civil de profesión y empresario por vocación, Víctor Pey ha sido un luchador en causas políticas desde su juventud en la región de Cataluña. Durante la Guerra Civil española en los años 30, ayudó a convertir una planta de automóviles en una fábrica de armas para los republicanos en Barcelona. Su activa participación en ese proceso lo condujo a su primer exilio. Pey logró vencer el cerco y llegar a un campamento para refugiados en Francia después de que el ejército derechista, encabezado por Francisco Franco, derrotara las fuerzas del gobierno de la República. Y volvió a escapar al holocausto.

En 1939 llegó al puerto de Valparaíso, en un barco francés -el legendario Winnepeg- con otros 2.100 refugiados españoles. Pey había conocido al cónsul chileno en París, el poeta Pablo Neruda, que logró que los exiliados encontraran un hogar en Chile. Los bien organizados partidos chilenos de izquierda, entre los más grandes y vitales de América Latina de la época, adoptaron a los refugiados. Y los españoles comenzaron rápidamente a prosperar en los negocios y también en la vida política.

Pey entró en el área periodística por amistad y por casualidad. Mientras administraba una firma de ingeniería involucrada en mejorar los puertos chilenos en los años 40 y 50, desarrolló un círculo de amigos bien conectados. Este incluía al entonces senador socialista (y después presidente) Salvador Allende, y al futuro fundador de Clarín, Darío Sainte-Marie, entonces editor del periódico estatal La Nación.

Desde su inicio, Clarín fue un ejemplo clásico del ambiente interconectado de gobierno, poder político y periodismo en Chile. El nuevo periódico se imprimió primero en la planta de La Nación, con la anuencia del presidente populista de ese momento, Carlos Ibañez, socio secreto de Sainte-Marie. La inspiración para el nuevo diario fue la predicción de que el próximo gobierno, que se esperaba iba a ser controlado por la derecha conservadora, tomaría el mando de La Nación dejando a las fuerzas progresistas de la centro izquierda sin periódico.

Como era de esperar, el gobierno que asumió el poder en 1958 despidió rápidamente a Sainte-Marie. También expulsó al nuevo Clarín de la planta de La Nación tan pronto como llegó a ser evidente que su línea editorial era, por decirlo suavemente, crítica de los partidos conservadores e intereses empresariales que sustentaban a la administración entrante. Sin oficinas editoriales ni imprenta, el cada vez más popular periódico improvisó con prensas planas antiguas compradas a precios de chatarra.

Irrumpe “Volpone”

Fue entonces que Sainte-Marie le pidió a Víctor Pey que organizara las instalaciones físicas del periódico. Su rol fue comprar e instalar las nuevas prensas importadas de Alemania Oriental. Eran los años 60, una época de febril actividad política y de movilización de campesinos y trabajadores en Chile en la que el periódico prosperó gracias a un perfil inédito: fotografías picarescas, notas policiales -entre más horrendas mejor- ataques ad hominem y parodias hilarantes de las pomposidades de la aristocracia chilena.

La objetividad, o aún veracidad, no son las palabras que saltarían a la lengua para describir a Clarín. Los lectores estaban felices. Fue el primer diario escrito en lenguaje popular usando a destajo los chilenismos de la calle. Sainte-Marie escribía una columna bajo el seudónimo “Volpone,” recreándose alegremente en la imagen del embustero poco escrupuloso y personaje principal de la sátira del siglo XVII de Ben Johnson.
-El alma de ese diario fue siempre Sainte Marie. A veces, aparecía él como director y, otras veces, como tenían problemas por juicios de injurias y calumnias y había que ir a la cárcel, ponían a otro periodista como director, pero era él quien manejaba el diario y el dueño. Siempre fue el dueño total –recuerda hoy Pey.

Otro gran amigo de Sainte-Marie era el senador Allende (a quien conoció desde su infancia). Cuando se presentó como candidato a presidente en 1970 -después de haber perdido en tres elecciones anteriores- Allende tenía, entre sus nuevas ventajas, la cobertura elogiosa de Sainte-Marie y Clarín, que para entonces vendía 150.000 copias al día por todo Chile, posicionándolo a la altura del decano de la prensa chilena: El Mercurio.

Pero Saint Marie no puso todos los huevos en una sola canasta. Clarín también favoreció al otro candidato reformista, el democratacristiano Radomiro Tomic. Lo claro es que el impacto más eficaz de Sainte-Marie fue su talento para ridiculizar al candidato de derecha, Jorge Alessandri, un ex presidente soltero y de 74 años, a quien Clarín motejaba sin tregua como “La Señora”.

Superando grandes obstáculos, inclusive un plan secreto de la CIA para desacreditarlo, Allende obtuvo la primera mayoría y fue confirmado por el Congreso con el apoyo de la Democracia Cristiana. Una tentativa abortada de golpe, patrocinada por la CIA, concluyó con el asesinato del comandante en jefe del Ejército, René Schneider. Pero la democracia sobrevivió, y Allende inauguró su gobierno en noviembre de 1970 prometiendo un experimento político inédito: el socialismo llegaba al poder no por una revolución violenta sino por la vía electoral.

El Clarín de Sainte-Marie llegó a ser el respaldo principal del experimento izquierdista de Allende. Su mordaz director no fue tímido en adjudicarse el crédito. “Sainte-Marie le dijo a Allende ‘yo te hice Presidente’. Se lo dijo muchas veces delante de mí”, recuerda Pey.
-Yo le quiero decir a usted, y se lo he dicho a muchas personas pero todo el mundo lo niega y el Partido Socialista por razones políticas no quiere reconocer esta realidad, que esa diferencia de votos que tuvo Allende con Alessandri no habría sido tal si no es por la acción de Clarín en la campaña –afirma Pey.

El quiebre Allende-Saint Marie

Allende, hombre de gran ego, reaccionó distanciándose de su viejo amigo. Sainte-Marie, cada vez más resentido de los desaires y falta de aprecio de Allende, respondió con episodios de borracheras. Además, su matrimonio con una mujer mucho más joven se deterioraba desastrosamente y él temía un escándalo público que sin duda sería explotado por la derecha. Sainte-Marie estaba decepcionado de su propio éxito y quería largarse.

Pey, mientras tanto, había asumido un rol más activo en el diario. La circulación de Clarín había subido a 280.000 diarios superando a El Mercurio durante la semana. No así los domingos. El periódico una vez más necesitaba una planta impresora más rápida para seguir adelante. Pey asumió la tarea de importar una prensa rotativa a color de última generación. También compró para el diario un nuevo y gran edificio (su tercera adquisición importante de bienes raíces) en el centro de Santiago, cerca del Ministerio de la Defensa, en cuyo sótano sería instalada la prensa.
-Un día Sainte-Marie me llamó y me dijo ‘Viejo, me tengo que ir, la próxima semana me voy. Usted, que ha estado conmigo y ha visto todo esto, usted debe quedarse con el diario’ –rememora Pey la escena clave que iba a desencadenar días febriles.

Pey utilizó una semana para reunir todos sus activos, pedir dinero prestado y decidió comprar el diario. La serie de pagos que efectuó –dice- suman cerca de US$ 1,3 millones. Fue un precio de liquidación -reconoce- porque el diario estaba en auge y solo el valor de los edificios y las prensas nuevas excedía el precio de la venta. Poco después, Pey debió desplazarse a Portugal, país al que Sainte-Marie había escapado, para completar la escritura de venta.

Es en este punto donde el cuento se pone turbio y empiezan las disputas. Pey tenía la documentación de las transferencias bancarias a Sainte-Marie, la escritura de venta y los títulos de acciones cedidos por Sainte-Marie y de otros que aparecían en los documentos corporativos de propiedad. Pero el 11 de septiembre de 1973, el Golpe de Estado forzó a Pey a un nuevo exilio sin que él pudiera antes registrar la transacción en la Superintendencia respectiva.

Los días previos al Golpe estuvieron dominados por la violencia, el caos y la incertidumbre. El país estaba sacudido por protestas en pro y en contra de Allende, la economía estaba paralizada con más de 300 % de inflación, y el presidente y los partidos de la Unidad Popular perdían aceleradamente el control. El 11 de septiembre de 1973, el general Pinochet (con el apoyo de Estados Unidos, ampliamente documentado en los archivos desclasificados e investigaciones varias) derrocó al gobierno de Allende.

La prueba que exhibe Montero

Clarín y otros medios pro gobierno fueron un blanco especial. El mismo día que los aviones militares bombardearon el palacio presidencial, los soldados asaltaron las oficinas de Clarín, clausuraron sus prensas y encarcelaron a sus principales editores.

Pey estuvo entre los centenares de chilenos a los que se les ordenó entregarse a las nuevas autoridades militares. Muchos de los que obedecieron fueron ejecutados. Habiendo sobrevivido al trauma de España, Pey ni siquiera dudó. Se escondió durante varios días y finalmente consiguió asilo en la embajada venezolana. Se le permitió salir del país bajo la protección diplomática, pero su pasaporte fue confiscado dejándolo apátrida.

La razzia política de los medios chilenos fue absoluta. Doce publicaciones fueron cerradas y cuarenta emisoras radiales silenciadas. El personal de las tres estaciones de televisión fue purgado y los canales quedaron bajo control militar.

En 1975, en medio de mucha publicidad, la empresa periodística Clarín fue confiscada oficialmente sin compensación, utilizando un decreto diseñado para liquidar todas las propiedades de los partidos y sindicatos. Las acciones del régimen militar en aquel momento, cuya intención era desacreditar a Pey como un títere del presidente marxista, han proporcionado gran parte de las evidencias a favor de Pey en su lucha de estos años.

Para justificar la confiscación, el régimen de Pinochet anunció que los títulos de propiedad de Clarín fueron descubiertos en el despacho privado de Pey. En declaración escrita, el subsecretario de interior Enrique Montero dijo que, según los documentos, Pey era el verdadero dueño de Clarín.

Los documentos, encontrados en una caja fuerte, tenían las firmas de Darío Sainte-Marie y las tres personas cuyos nombres todavía aparecen en el registro de la Superintendencia respectiva, y demostraban que los cuatro habían cedido todas sus acciones a Pey.

La declaración, publicada en El Mercurio el 4 de febrero de 1975, dice: “De los antecedentes expuestos y considerando que se encontraron en poder de Víctor Pey todos los títulos de las acciones y los traspasos en blanco de las personas a cuyo nombre figuran esos títulos, resulta que fue éste quien compró el Consorcio Publicitario y Periodístico S.A y la Empresa Periodística “Clarín”, efectuando los pagos correspondientes con US$ 780.000 proporcionados por el Banco Nacional de Cuba, sin perjuicio de los US$ 300.000 que Sainte-Maire recibió con anterioridad.”

No hay restitución

Así estaban las cosas en 1990. Con un gobierno democrático en el poder, Pey se movilizó para recuperar Clarín. Al principio todo anduvo bien. Un mandato judicial le devolvió los títulos de propiedad que habían sido preservados por el régimen militar. Y con ellos en mano inició el proceso reivindicando la restitución.
-Debe ser un proceso sencillo, me dije a mí mismo en ese momento: Yo fui incautado por un decreto y por un decreto me lo pueden devolver -afirma Pey.

Su intención, asegura, nunca fue quedarse con el dinero, sino usarlo para la resurrección de Clarín:
-He dicho que al momento de tener recursos suficientes lo que voy a hacer será sacar el diario Clarín en una posición de defensa de los intereses que coinciden, de alguna manera, con los intereses del actual gobierno de la Concertación.

Como garantía de sus intenciones, Pey donó el 90% de la propiedad de Clarín a la Fundación Presidente Allende, una organización pro derechos humanos sin fines de lucro fundada en España y que preside Joan Garcés, el español socio de Pey en la batalla por recuperar Clarín.

Garcés también sabe de batallas. Fue consejero político personal de Salvador Allende hasta el último día en La Moneda y el abogado que ideó la estrategia legal que tuvo como resultado el arresto de Pinochet en Londres en 1998.

Después que pasaran varios años sin ningún progreso en su demanda en Chile, Pey y Garcés intentaron otro camino. En noviembre de 1997, Pey, como ciudadano español, y la Fundación, presentaron una demanda contra el gobierno de Chile en el CIADI, un tribunal internacional de arbitraje situado en el Banco Mundial en Washington, D.C.

La demanda puso al gobierno chileno en un doble dilema. No podía negarse al arbitraje, al que estaba comprometido por un tratado con España, sin mandar una señal negativa a inversionistas extranjeros interesados en la creciente economía chilena. En casos de confiscación, el proceso de arbitraje toma en cuenta no sólo la restitución de la propiedad sino también las ganancias no percibidas. La demanda de Pey fue inicialmente fijada en la estratosférica cifra de US$ 517 millones.

Pero el gobierno no se sintió libre para hacer lo más lógico: negociar directamente con Pey una cifra menor. Quienes estuvieron en la toma de decisiones de la época dicen que primó el temor a la ira del poderoso poder conservador y su aliado, El Mercurio. Campanas de alarma sonaron dentro de la Concertación.

Según un ex funcionario involucrado directamente en el caso, líderes de la Concertación advirtieron que si el gobierno no daba una fuerte lucha, empleando a los mejores abogados internacionales, podría ser acusado de “connivencia de algún tipo con la Fundación Allende”.

De hecho, esas acusaciones surgieron no sólo desde la derecha sino también por parte de la Democracia Cristiana. El Mercurio dio cuenta de “rumores” que indicaban que el dinero que se pagaría a Clarín iba realmente a las arcas del Partido Socialista. También insinuaron que Allende había obligado al dueño de Clarín a vender y que había usado dinero del gobierno para pagarle. Según estas versiones, Pey no era más que un testaferro.

La campaña de rumores surtió efecto. Puso en movimiento una estrategia en el gobierno destinada a evitar un arreglo con Pey. En resumen, lo que se ideó fue pagar una cantidad menor a otros demandantes en Chile, bajo el supuesto legal de que, una vez que el caso fuera resuelto administrativamente en Chile, el proceso del arbitraje del Banco Mundial sería cerrado.

Se buscan herederos

Pero en ese momento -mediados de 1998- no había otros demandantes de la propiedad de Clarín. Darío Sainte-Marie había fallecido a principios de los ‘80. Su testamento, obtenido de los archivos gubernamentales del caso, tiene una larga lista de cuentas bancarias y propiedades, pero ninguna mención a Clarín.

Emilio González, otro de los dueños que aparece en el registro de la Superintendencia de Sociedades Anónimas como antiguo propietario, también había fallecido y su testamento no contenía reivindicación a Clarín (vea la copia del documento para mayor legibilidad). No obstante, a los pocos meses de la presentación de la demanda de Pey en el CIADI, los herederos de Sainte-Marie, González y de otras dos personas cuyos nombres aparecen en el registro respectivo irrumpieron con una demanda conjunta en Chile.

Con rapidez sin precedentes les fue otorgada una indemnización de US$ 9 millones. Ninguno de los herederos favorecidos con la indemnización expresaron su intención de hacer renacer el periódico que hizo famoso a Volpone.

Testa y el plan de los US$ 9 millones

La estrategia oficialista ha sido compleja, pero los elementos centrales fueron confirmados por dos funcionarios del Estado implicados en el acuerdo y por documentos de gobierno entregados después de una petición que utiliza las leyes chilenas que garantizan acceso a los documentos públicos.

En resumen, esto es lo que sucedió:
El Comité de Inversión Extranjera del gobierno chileno, que buscaba anular la demanda de Pey sobre la propiedad de Clarín en el arbitraje de Washington, contrató a un abogado para redactar el argumento legal llamado “Pre-Informe en Derecho”. El redactor fue el abogado Enrique Testa. El documento confidencial de 20 páginas, fechado el 25 de noviembre de 1998, concluye que sólo las personas que aparecen en la lista de la Superintendencia (o sus herederos) son los dueños legítimos. Como Pey no había registrado los títulos y transferido los documentos, no podía demostrar que existe “legalmente acreditada una compra efectiva por parte de Victor Pey Casado…” (ver documento).

Existen pruebas de que el mismo abogado Testa contactó a por lo menos dos de las familias mencionadas en su informe y les hizo saber de una posible ganancia financiera si se asociaban con él para presentar la demanda.
-Por lo que sé, efectivamente los herederos no estaban conscientes de tener derechos sobre Clarín y habrían tomado conocimiento por medio de un informe en derecho que trascendió y que dio como resultado que eran titulares de acciones sobre la sociedad propietaria de ese diario –afirma el abogado Roberto Mayorga, entonces encargado del caso en el Comité de Inversión Extranjera.
Mayorga afirma también que la acción del abogado Testa de contactar las familias fue “poco ética” pero no ilegal. A cambio de sus servicios legales, el abogado y sus socios recibieron US$ 1,6 millones del total de US$ 9 millones pagados a las familias.

Claudio Orrego, ministro de Bienes Nacionales de la época y quien firmó el decreto por los US$ 9 millones, reconoció en entrevista con el autor que el pago estaba conectado al arbitraje en Washington por la demanda de Pey:
-No te quiero mentir ni engañar, pero esto [los $9 millones de restitución a los herederos], de alguna manera sancionaba un tema pendiente.

Orrego dice que la estrategia de resolver el asunto de Clarín a través de la indemnización a los herederos le fue presentada en su primer mes como ministro. Y que había “premura” por resolverlo.
-Esta era una estrategia que venía…, obviamente era anterior a nuestra llegada. Entiendo que el Comité de Inversiones Extranjeras estaba involucrado. Recuerdo que se invocó el tema internacional [el pleito en CIADI] como uno de los factores de premura para resolverlo rápidamente –acota.

Pero la táctica no prosperó. La acción, en las palabras francas de Orrego, “demostró después ser insuficiente”. Una vez firmada por Orrego la “Resolución 43” del ministerio, acordando la indemnización, fue rápidamente enviada a Washington (ver documento). El 28 de octubre de 2000, fue presentada en la audiencia de CIADI por los abogados de Chile. Pero los jueces se negaron a archivar el caso. Así, el gobierno perdió US$ 9 millones y el arbitraje continuó arrastrándose, hasta que el año pasado pareció entrar a su fase final.

Un proyecto de sentencia confidencial de más de cien páginas proporcionó una fuerte señal de que el tribunal se inclina hacia una resolución favorable a Pey. El documento concluye: “Resulta evidente, en la opinión del Tribunal de Arbitraje, que del conjunto de las circunstancias, de la conducta de las partes interesadas y, principalmente, de la entrega de títulos realizada por el Sr. Darío Sainte-Marie y de los pagos efectuados por el Sr. Pey Casado, surge que la voluntad real de las partes fue sin duda proceder a la compraventa de la participación del vendedor en la sociedad C.P.P. [Consorcio Publicitario y Periodístico S.A]”

Y agrega: “Se ve entonces el Tribunal de Arbitraje obligado a constatar que las explicaciones presentadas ante el mismo por el Sr. Pey Casado en persona, en lo que respecta a las circunstancias en las que se celebraron los acuerdos sobre la cesión de acciones de la sociedad C.P.P. resultan más verosímiles que las explicaciones ofrecidas al respecto por la Demandada, en especial en lo concerniente al papel que desempeñaron los señores González, Venegas y Carrasco, cuyos testimonios, así como la función exacta que asumieron en las oscuras circunstancias de la época en cuestión, suscitan, por decir lo menos, bastantes dudas e interrogantes en las que resulta superfluo ahondar aquí.”

“De varios actos de las autoridades chilenas, ya sean administrativas, fiscales o judiciales, se deduce que la propiedad del señor Pey Casado fue plenamente reconocida y, por ende, no puede ser de manera seria puesta en duda con certeza…”

En enero de este año, con dos nuevos jueces en el panel, la junta de arbitraje realizó lo que el juez Pierre Lalive, su presidente, anunció como la última audiencia: el próximo paso –dijo- sería la resolución final. Lo que confirma la trascripción de la sesión del 15 y 16 de enero: “Nos damos cuenta de que es necesario terminar lo antes posible porque es un caso que ha durado demasiado por toda una serie de circunstancias que no cabe recordar porque es inútil hacerlo”.

Tanto la decisión del tribunal como el monto que fije de indemnización –si es que se concede- no está sujeto a apelación.

¿A qué le teme la Concertación?

“Chile tiene que cumplir con sus compromisos internacionales”, fue la última afirmación que le escuché al portavoz del gobierno, Ricardo Lagos Wéber, al reiterar que aceptarán cualquiera sea la decisión de CIADI.

Pero si Pey gana en dicho tribunal, no habrá ganado aún su principal batalla: lanzar a las calles de Chile el nuevo diario Clarín y asegurar su supervivencia. Si bien el gobierno ha proclamado una política de no intervención respecto de los medios, nunca ha sido un actor pasivo en ese ámbito.

Si fuera solo un problema de dinero, lo lógico sería que el gobierno simplemente negociara una indemnización menor a la que pide Pey. Pero lo que han hecho en este caso -especialmente al pagarles a demandantes rivales a Pey en medio del litigio- sugiere motivos más complicados.

La teoría que escuché la mayoría de las veces de personas vinculadas a la toma de decisiones políticas de gobierno, apuntan al poder predominante de El Mercurio y las fuerzas económicas y políticas con las cuales esa empresa está aliada. Como la derecha política y económica está resignada a no ganar elecciones, han forjado un trato con el gobierno por el cual este último no toca el poder periodístico y económico de El Mercurio, y el diario mantiene una cobertura crítica pero respetuosa de la Concertación.

Si para algunos resulta difícil dar veracidad a un acuerdo de ese tipo, otros ponen el acento en la timidez demostrada por varios gobiernos de la Concertación cuando la derecha política ha apretado las tuercas. Un ejemplo preciso ocurrió cuando la demanda de Víctor Pey trajo el anuncio del posible regreso del diario Clarín.

En un recorrido por funcionarios de la Concertación se aprecia que para algunos Clarín es percibido como el diablo, una amenaza potencial a un modus vivendi cómodo y no como un activo político y mucho menos un aliado. Fue y sería –se escucha- el diario de extremos, la hoja escandalosa que todos recuerdan haber odiado o amado.

Entre los políticos del país que es sinónimo de estabilidad en la región, hay más interesados en los consensos que dan gobernabilidad que en la ideología. Pareciera que prevalece el temor a cortar con las amarras de la dictadura que hoy siguen vigentes en su prensa escrita. Miedo a que el relanzamiento de un diario como Clarín pueda producir también el regreso a los antiguos días de la polarización que terminaron en una tragedia cuyas huellas aun se mantienen imborrables en los centros de poder y también en las calles de Chile.

(Una versión de este artículo fue publicado en la edición de The Clinic del 11 de octubre de 2007)