El TPP-11, el gobierno saliente y la “utopía-invertida”

 Por José Gabriel Palma

Como se sabe, la utopia es aquel escenario en el cual no es posible hacer lo que uno se imagina. Lo opuesto (y quizás lo más característico de la “nueva-izquierda” y no sólo en Chile), se podría llamar “la utopía-invertida”: cuando aparentemente uno no es capaz de imaginar ni siquiera lo que está haciendo. Esto es, en Chile (como en tantas otras partes del mundo), no mucho tiempo después de haber llegado al gobierno esta fuerza política, dejó de seguir “abriendo el tiempo” para lograr nuevos objetivos estratégicos (especialmente en lo económico), para más bien comenzar a “pasar el tiempo” en dichas materias.

Esto llegó a tomar dimensiones casi apolíticas, pues se transformó en un intento de pura extensión temporal del poder, y ahora a la nueva izquierda (ya no tan) le están pasando la cuenta por eso en (literalmente) todo el mundo. En lo fundamental, en la “utopía-invertida” se llega hasta a perder la noción de lo que se está realmente haciendo, en especial en materias de economía política.

Por razones complejas, la actitud es diferente en lo relacionado a la agenda valórica, donde pasa casi lo opuesto: la centro-izquierda es la que se puede imaginar perfectamente las implicancias de lo que hace, y es la derecha la que actúa como si no le diese mayor relevancia a los alcances de sus actos. Por ejemplo, la derecha puso mucho más energía e imaginación en su lucha contra la reforma tributaria, que contra la ley que permitía el aborto en tres causales.

El principal objetivo de esta columna es analizar las implicancias económicas y políticas del nuevo Tratado Transpacífico (al que llamaremos TPP-11, pues Estados Unidos ya no es miembro), en especial, cómo éste va a reducir substancialmente el rango de maniobra de futuros gobiernos en una amplia gama de materias. Un tema del que el gobierno saliente prefiere no darse cuenta.

Este aspecto de la columna va a requerir un análisis relativamente detallado del nuevo tratado. A su vez, analizaremos cómo llegó a ser posible que un gobierno de centro-izquierda firmase un tratado de esta naturaleza, cuando hasta hace no mucho la ideología de todos sus partidos miembros enfatizaba (y su discurso actual lo sigue haciendo, como muestra la reciente campaña presidencial) la necesidad de buscar formas de mayor autonomía nacional y estrategias alternativas de desarrollo. Hoy, en cambio, le da la bienvenida en forma exuberante a un tratado que busca exactamente lo contrario. Como si no se diese cuenta que el TPP-11 no es más que un seguro para fortalecer el inmovilismo económico y socavar nuestra soberanía.

El TPP-11 Y LA “UTOPÍA-INVERTIDA”

Creo que esta perspectiva (“la utopía-invertida”) nos puede ayudar a entender por qué el gobierno saliente llegó incluso al extremo de firmar (casi como sonámbulo) el nuevo TPP-11, pretendiendo que es un mero tratado comercial (como tantos otros ya firmados); y, además, supuestamente “progresista”. Pero eso sería así simplemente porque se le agregó esa palabra a su nombre y ahora pasó a llamarse Tratado Integral y “Progresista” de Asociación Transpacífico.

José Gabriel Palma
José Gabriel Palma

En lo fundamental, y a diferencia de lo que dice (y parece hasta creer) el ministro de Relaciones Exteriores firmante, solo en vitrina el TPP-11 es “una señal de apertura en medio de presiones proteccionistas en otros países”. Lo que realmente buscan las corporaciones que lo delinearon, es cambiar el antiguo “proteccionismo país” (como el que ahora resucita en el Estados Unidos de Trump con el acero), por un nuevo “proteccionismo corporativo”.

NUEVO “PROTECCIONISMO CORPORATIVO”

Este nuevo proteccionismo es el que le asegura a dichas corporaciones multinacionales (y a las domésticas “internacionalizadas” que se suben al carro) el poder seguir operando en el futuro de la misma forma como lo hacen ahora, pase lo que pase, cueste lo que cueste.

Como Chile ya tiene amplios tratados comerciales con los otros 10 países del TPP-11, dicho tratado le permite avanzar poco o nada en materias relevantes para nosotros. De hecho, Chile es el único de los 11 países que ya tiene acuerdos comerciales con todos los demás. Por eso, los supuestos avances fantásticos en esa materia es puro mumbo jumbo (o hot air, como dicen en inglés). No es de extrañar, entonces, que incluso en los estudios internacionales que más idealizan el impacto económico del TPP-11, Chile sería uno de los países menos beneficiados con dicho acuerdo.

QUÉ HAY DE NUEVO EN EL TPP-11

Lo que sí es nuevo y relevante para Chile en el TPP-11, son cuatro cosas. Las tres primeras agregan a nuestros tratados comerciales existentes un capítulo (muy controversial) sobre comercio electrónico; otro con cláusulas nuevas que restringen los requerimientos indirectos de contenido local; y un tercero que restringe fuerte (y absurdamente) las actividades de las empresas públicas (ver aquí un análisis de las implicancias de las restricciones a la operación de empresas públicas).

¡Pero qué modernidad! No se nos vaya a ocurrir algún día seguir el ejemplo arcaico de China en esas tres materias, pues (dice la “utopía-invertida”) supuestamente China podría haber crecido incluso más rápido de lo que lo hizo si hubiese seguido estas nuevas reglas del TPP-11. Si creer eso es ser “progresista”, también habría que llamar así a Cristián Larroulet, pues ideas como las suyas son las que estampan el tratado. Los tres aspectos mencionados no estaban ni siquiera incluidos en el tratado comercial con Estados Unidos.

Como si lo anterior no fuese suficiente auto-apocamiento, para consentir aún más a las multinacionales (ahora esto también incluye a las nacionales “internacionalizadas”), en nuestras relaciones con estos 10 países del TPP-11 se refuerzan las famosas cláusulas para resolución de disputas entre Estados, y entre “inversionistas” y Estados (en lo fundamental, por “inversionista” léase depredadores, especuladores, extorsionadores, rentistas y traders).

Con eso, Chile, voluntariamente, se va a auto-imponer una camisa de fuerza para así hacer casi imposible que un futuro gobierno implemente algún cambio significativo, por razonable que sea, en nuestro ya tan añejo “modelo”, tan ineficiente como concentrador. Primero va a haber que pedir permiso a las multinacionales, y si no se obtiene, se va a tener que pagar compensación.

Si todo lo anterior no es ceder soberanía por secretaría, habría que redefinir dicho concepto.

COMPETENCIA PARA TRIBUNALES “MICKEY-MOUSE”

tpp-mickymouseCon el TPP-11, las áreas en las cuales otros Estados o “inversionistas” van a poder demandar a Chile en los nuevos tribunales tipo “Mickey-Mouse”, incluye una amplia gama de materias que va a hacer extremadamente difícil (sino imposible) mejorar nuestra protección al medioambiente; civilizar lo laboral; afinar la regulación de las finanzas (tanto las que operan en el país, como a los capitales especulativos internacionales, ya desatados en su locura; implementar (los tan necesarios) controles de capital, incluso del tipo Ffrench Davis-Zahler, implementados con tanto éxito en nuestro país en los ’90, que hasta el Fondo Monetario Internacional dijo que eran el ejemplo a seguir en los países en desarrollo (ver); recuperar nuestro derecho de propiedad sobre las rentas de nuestras materias primas (reconocidos incluso en la actual Constitución, que por ilegítima que sea, en eso es clara); implementar algo de reingeniería en nuestra rancia política económica, o implementar cambios en tantos otros aspectos de nuestra vida económica.

BIENVENIDO EL INMOVILISMO

El inmovilismo permanente en dichas materias va a ser the name of the game. Por supuesto, esto también incluye a las AFP e Isapres, muchas de las cuales están ahora controladas por multinacionales (incluidos capitales chilenos, que han hecho un viaje de ida y vuelta a algún paraíso fiscal para volver disfrazado de capital extranjero, con anteojos de color y camisas tropicales).

De ahora en adelante, para cualquier cambio significativo en cualquiera de esas materias va a haber que pedir permiso y “compensar”; sino se termina en las cortes “Mickey-Mouse” con jueces llenos de conflictos de interés. Incluso las multinacionales van a poder también demandar a los Estados por el “costo moral” que les puede significar haber tenido que demandar a un Estado (capaz que mi tocayo García Márquez se reencarnó como abogado de multinacional, aquellos que redactaron el tratado).

Como decíamos en una columna reciente, el TTP-11 no es más que una camisa de fuerza (disfrazada de tratado comercial), destinada a impedir que gobiernos futuros puedan hacer algo efectivo respecto de tantas “verdades mentirosas” (en el sentido de Foucault), que glorifican a nuestro ineficiente, concentrador y añejo modelo neoliberal. Una vez firmado el TPP-11, si se busca el cambio, ahora se nos va a venir encima otro “tribunal constitucional” que nos va a bajar la línea en dichos temas.

TRIBUNALES “DE AMARRE”

Como ya es bien conocido, después de perder el plebiscito la dictadura nos llenó de este tipo de “tribunales de amarre” para asegurarse de que el rango de maniobra de futuros gobiernos fuese mínimo. Como decía tan claramente Jaime Guzmán, “la Constitución debe procurar que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría, porque – valga la metáfora – el margen de alternativas que la cancha imponga de hecho a quienes juegan en ella sea lo suficientemente reducido para hacer extremadamente difícil lo contrario”.

Con el retorno a la democracia, la Concertación dejó intactos dichos cuerpos de “supra-vigilancia”, pero pretendió democratizarlos vía cuoteo con la derecha, y con la “legitimación” de sus miembros vía confirmación de sus nombramientos en el Senado. Estamos hablando de instituciones como el Tribunal Constitucional, el Banco Central “independiente”, el Consejo Nacional de Educación y el Consejo Nacional de Televisión (ver, por ejemplo).

Y ahora, ¡como si ya no tuviésemos suficientes!, la centro-izquierda (en su “utopía-invertida”) crea como sonámbulo uno nuevo para todas las materias relevantes para las multinacionales (y las de acá “internacionalizadas”).

LA DES-SINCRONIZACIÓN ENTRE DESARROLLO E IMAGINACIÓN

Lo que hemos vivido como resultado de la evidente atrofia imaginativa de la Nueva Mayoría (o lo que quede de ella) es, en lo fundamental, una des-sincronización entre el empuje del desarrollo de las fuerzas productivas (ahogadas por la ineficiencia del “modelo” actual) y la imaginación social. Entre otras consecuencias, esto lleva a un proceso de des-democratización continuo, pues para poder mantener el status quo se llega a tomar decisiones de la magnitud y forma del TPP-11.

Presidenta Bachelet en la ceremonia de firma del TPP-11
Presidenta Bachelet en la ceremonia de firma del TPP-11

Así, el gobierno de la Nueva Mayoría firma feliz este acuerdo sin ningún debate nacional. Incluso el texto del tratado se mantuvo en secreto hasta hace pocos días, con la excusa absurda de que se estaba traduciendo, para lo cual se demoraron una eternidad a pesar de que el documento tenía menos de 10 páginas. Además, por decir lo obvio, eso de ninguna manera excluía la posibilidad de publicar la versión original en inglés…

Así, el TPP-11 pasa a ser otro volador de luces de la última semana de este gobierno, excepto que en este caso -y solo en este caso- la gran mayoría del nuevo parlamento va a estar feliz de tramitarlo. Otro ejemplo que nos recuerda a Nicanor Parra cuando nos decía que “la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”.

En la “utopía-invertida” poco importa que esta decisión tenga implicancias casi ilimitadas para el país, cuyo rango va desde el ámbito de la eficiencia económica hasta el de nuestra soberanía nacional, incluido el hecho de que se deja fuera de la cancha a nuestro sistema judicial como árbitro de conflictos que envuelven al Estado y sus decisiones en una amplia gama de materias.

En este punto, sorprende su silencio cuando se les dice en la cara que no se confía en ellos para dirimir materias de este tipo. Si hasta Trump exige en la renegociación del NAFTA con México y Canadá, que tienen que ser los Estados los que decidan en qué tribunales se van a dirimir las disputas, en este caso, las cortes de su país. ¡Quién hubiese pensado que se podría llegar a una situación tal, que hasta podrían dar ganas de que Estados Unidos volviese al TPP!

LA VIOLENCIA EXTREMA LOGRÓ SU OBJETIVO

De alguna forma, todo esto muestra el éxito real de los golpes militares que vivió Latinoamérica en un pasado no tan lejano. Su característica fue que fueron ejecutados con un grado de violencia muy superior a la que se requería militarmente para llevar a cabo dichos actos de insurrección.

Puede caber poca duda que ello buscaba asegurar que al menos por un par de generaciones nadie pudiese ni siquiera imaginar una alternativa distinta a la impuesta. Había que terminar con la capacidad de la gente incluso para soñar con otro tipo de sociedad y economía. Hasta enseñar filosofía ha pasado a ser una pérdida de tiempo…

CAMBIO GENERACIONAL

Por eso hoy más que nunca necesitamos un cambio generacional radical del liderazgo político, pues mi generación y la siguiente siguen pegadas en el pasado. Ya llegó la hora del relevo político: de generaciones esterilizadas en lo ideológico por la violencia del pasado, a nuevas generaciones con capacidad de imaginación social. El inmovilismo de la centro-izquierda, peor en nuestros países por lo ya dicho, ya les pasa la cuenta en todo el mundo, incluidos los que hasta hace poco llamábamos “desarrollados”.

stop-tppEn Italia, por ejemplo, en la elección reciente la centro-izquierda no solo casi desaparece como fuerza política relevante, sino que en las grandes ciudades, como Roma y Milán, solo es capaz de ganar en los barrios más acomodados. Esto es, no solo perdió a los trabajadores, sino también a amplios sectores de las capas media. Y ahora es reemplazada por alternativas medio realistas-mágicas, como el Movimiento Cinco Estrellas.

Por el otro lado, la derecha tradicional también pierde terreno frente a fuerzas extremas, incluso neo-fascistas, como la Liga del Norte en Italia, que ya se identifica con el Frente Nacional francés y otros partidos de extrema derecha europeos, con sus nacionalismos extremos y sus posiciones abiertamente racistas. La reacción a la llegada de casi un millón de inmigrantes a Italia en los últimos cuatro años, ayuda a su causa, como a la del AfD en Alemania.

Como decía Walter Benjamin (de la famosa Escuela de Frankfurt), en este contexto, con tantos extremos y payasos, pronto vamos a necesitar un freno de emergencia para poder parar el tren que va al abismo. El Che Copete en el país del norte ya no parece accidente histórico; su homólogo en la República Checa, por ejemplo, cuando fue a la reelección, sacó como slogan de campaña “muerte a los abstemios y a los vegetarianos” (si fuese chiste sería hasta divertido). A eso súmele Berlusconi y Duterte. Entre todos ellos nuestro presidente electo, con todos sus defectos, parece un estadista.

LA “NUEVA” Y LA “VIEJA” IZQUIERDA

Si bien siempre es difícil idealizar algo sin demonizar sus alternativas, en América Latina (como he dicho en otras columnas) mientras la “nueva izquierda” busca construir un futuro que no es más que el opuesto a un pasado demonizado, la “vieja” busca construir uno que no es más que la reproducción de un pasado idealizado. En esta perspectiva, el común denominador de ambas izquierdas es seguir igual de pegadas en el pasado, y eso nunca ha sido una buena receta para la imaginación social.

Entonces, para nuestra nueva izquierda y su TPP-11, si lo que se buscaba en el pasado era fundamentalmente autonomía nacional y estrategias de desarrollo alternativas, hoy le da la bienvenida a un tratado que busca exactamente lo opuesto.

Como decía, la piedra angular de este tratado “comercial” es asegurar la continuidad del escenario actual (ineficiencia estructural), uno donde las tensiones entre la organización del modelo y el desarrollo productivo no se resuelven avanzando. Si el primero sofoca al segundo, gana el primero: y el TPP-11 es para asegurar eso. Y así va a continuar nuestra falta de diversificación económica, bajísimo crecimiento de la productividad y alta desigualdad (todo esto bien ilustrado en el último informe de la OECD sobre la economía chilena).

Quizás esto es lo que más nos diferencia con el Asia emergente, donde para resolver tensiones del tipo mencionado, son capaces de imaginar salidas “con avances”, las cuales son diferentes tanto a lo que se era antes, como a lo poco que ofrece en la actualidad el neoliberalismo occidental y su financialización enloquecida. Los resultados están a la vista. Pero, como se sabe, no hay peor ciego que el que no quiere ver.

CANADÁ AL MENOS INTENTA

Justin Trudeau
Justin Trudeau

En esta perspectiva, si bien el TPP-11 -gracias a Canadá- ha “suspendido” (pero no eliminado) unas 20 disposiciones del TPP original, mantiene más de mil de las anteriores. Pero las que están “suspendidas” se pueden reintegrar en cualquier momento si los 11 países están de acuerdo. Entre las “suspendidas”, están al menos algunas muy controversiales vinculadas con una visión muy peculiar de la propiedad intelectual, antes impuestas por Estados Unidos, y dos vinculadas a disputas por contratos de inversión y autorizaciones de inversión. Pero en las que no se suspenden están muchos de los componentes más criticados de la versión anterior (para un análisis detallado de algunos de estos puntos ver aquí).

Desde esta perspectiva, el Primer Ministro canadiense (Justin Trudeau) tiene al menos algo de razón cuando dice: “Nuestro gobierno defendió los intereses canadienses (suspendiendo esas cláusulas draconianas)”. Incluso, en noviembre de 2017 estuvo dispuesto a abandonar las negociaciones del TPP en Da Nang si no se hacía eso.

Qué diferencia con nuestro gobierno, dispuesto a firmar cualquier cosa con tal de tener algo que mostrar al final de su mandato. Y lo que quedó todavía es desastroso para nuestra autonomía nacional y la capacidad para imaginarnos modelos de desarrollo alternativos, más eficientes y menos concentradores, con, por ejemplo, componentes del así llamado Modelo Nórdico y del asiático.

DERECHOS DE “INVERSIONISTAS Y CORTES “MICKEY-MOUSE”

Como muchos de los peores aspectos del TPP los hemos analizado en otras columnas (ver por ejemplo), no es necesario repetir dicho análisis aquí. Sin embargo, desde la perspectiva de esta columna hay un par de hechos que es importante volver a enfatizar: en especial, aquellos que se refieren a los mecanismos de solución de disputas entre Estados y, peor aún, entre inversionistas y Estados.

En esta perspectiva, lo peor de la versión anterior del TPP no ha cambiado. Por ejemplo, si bien se “suspenden” un par de áreas menores por las cuales las corporaciones podían demandar a un Estado, se mantiene una amplia gama de materias que deberían ser inaceptables para un país que tenga un mínimo de respeto por sí mismo (uno que no solo quiere ser país, sino nación).

Peor aún, las corporaciones pueden llevar a los Estados a tribunales internacionales tipo “Mickey Mouse” cada vez que -según ellas- se vean afectadas “sus expectativas razonables de retorno”. Incluso pueden forzar a que las disputas sean dirimidas en este tipo de tribunales en lugar de los “internacionales” ya establecidos (como los del Banco Mundial o del sistema de Naciones Unidas). Todo esto dentro de un contexto burlesco llamado “expropiación indirecta”: la idea de que también se considerará como expropiación “la medida en la cual la acción del gobierno interfiere con expectativas inequívocas y razonables en la inversión“.

Como explicábamos en la columna ya mencionada, aquí hay tres palabras clave; la primera se refiere a la “interferencia” del gobierno. ¿Cuál va a ser la diferencia, por ejemplo, entre una “interferencia”, y una acción de orientación keynesiana de un gobierno democrático que, representando la voluntad popular, busque la estabilidad macroeconómica con controles al movimiento especulativo de capital, y un tipo de cambio relativamente estable y competitivo; que busque la defensa de los derechos de los trabajadores, de los consumidores, del acceso a la salud y a la educación; o a la vivienda? ¿O a la defensa verdadera del medioambiente? Por absurdo que parezca, por un tratado similar, otro gobierno ya tuvo que compensar a las multinacionales por haber subido el salario mínimo más allá de lo que éstas consideraban “razonable”.

Canciller Heraldo Muñoz
Canciller Heraldo Muñoz

Segundo, ¿quien va a definir qué es lo “razonable”? Por decir lo obvio, no hay área más relativa que esa. Hoy por hoy, según los mercados financieros, lo razonable son retornos tan exuberantes que llevan a los accionistas (y ejecutivos) a “auto-canibalizar” las propias corporaciones). Y tercero: ¿qué es una “inversión”, a diferencia de, por ejemplo, actividades puramente especulativas, movimiento de capitales golondrinas, y actividades de traders que sólo buscan beneficiarse explotando fallas de mercado (muchas veces en el área gris de lo legal, como un trader local, famoso por eso)?

¿Son cortes del tipo “Mickey Mouse”, pobladas de jueces como aquél que continuamente fallaba a favor de los “fondos buitres”, y de jurisprudencia hecha a la medida para eso, las más indicadas para dirimir estos temas?

Ya se sabe que el TPP-11 establece claramente que las multinacionales pueden exigir que los litigios vayan a estos tribunales “Mickey-Mouse” (llamarlas “cortes” sería un absurdo), aún en los casos donde ya exista un tratado entre un país y multinacionales que diga lo contrario: que diga que dichos problemas sólo pueden ser resueltos en cortes nacionales (como es el caso del tratado entre Exxon y el gobierno de Malasia). El TPP-11 hace irrelevante cualquier acuerdo ya existente que diga lo opuesto.

Además, los tribunales que van a dirimir esos litigios serán integrados por jueces y abogados que van a alternarse en sus funciones. Esto es, rotarán entre servir como jueces en los tribunales, y actuar en representación de las corporaciones que llevan sus causas a dichos tribunales. Si como jueces son afectuosos con las multinacionales, podrán esperar jugosos contratos cuando se reencarnen en el periodo siguiente como litigantes en representación de las multinacionales. Si hay algo que la ideología neoliberal domina a la perfección es la tecnología del poder.

Como curtidos vendedores ambulantes, los que redactaron el tratado agregaron disposiciones que, aparentemente, atenuaban el impacto de lo anterior, pero todas tienen sus “normalizadores”. Por ejemplo, un artículo afirma: “No hay nada en este capítulo que impida a un país miembro regular el medio ambiente, la salud u otros objetivos de esta naturaleza”. Pero de inmediato se agrega: “Pero tal regulación debe ser compatible con las otras restricciones del tratado”.

Monsanto, por ejemplo, no tendrá problema alguno para demandar -y pedir compensación- a cualquier país que se oponga al uso de sus productos genéticamente modificados, diga lo que diga la regulación existente en dicho país sobre el medioambiente o la salud. Por definición, lo sensato se define como aquello que Monsanto crea “razonable”.

Hasta para el New York Times lo que ponía en evidencia dicha cláusula era evidente: “la prioridad [en el TPP] es la protección de los intereses corporativos, y no el promover el libre comercio, la competencia, o lo que beneficia a los consumidores”.

En buen castizo, uno va a poder hacer lo que quiera, como quiera y cuando quiera, siempre que lo que quiera sea lo que el TPP (y sus cortes versallescas) estipulen como “razonable” (en lugar de “interferencia”), aún en el caso de que ello se refiera a actividades puramente especulativas, destructivas del medioambiente o indebidas en tantos sentidos.

protesta.tppPara decir lo obvio, la modernidad neoliberal no es más que transformar lo que Abraham Lincoln llamó “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, en el gobierno “de las oligarquías (nacionales y extranjeras), por las oligarquías y para las oligarquías”. Y para consolidar esta nueva realidad se requiere de muchas cosas, incluida una nueva jurisprudencia (escrita a la medida por abogados y lobistas de multinacionales, los cuales, a diferencia del resto de los mortales, tuvieron acceso a las negociaciones). Si el TPP fuese un contrato financiero, se podría llamar el “put” de las multinacionales.

TPP-11 COMO SEGURO DEL INMOVILISMO

Eso es el TPP-11: un seguro al inmovilismo. El problema fundamental para este modelo neoliberal (especialmente en su versión anglo-ibérica) es que no hay muchas formas de ordenar el puzzle para que el resultado sea obtener los retornos corporativos absurdos de hoy. Recordemos que en los últimos 12 años solo las multinacionales del cobre han sacado de Chile como repatriación de utilidades (en moneda de igual valor) más que todo lo que costó el Plan Marshal de la post-guerra, aquel programa para la reconstrucción de toda la Europa devastada por la guerra. Y se llevan eso por molestarse en hacer cosas como el concentrado de cobre. ¿Qué pasó con nuestro derecho de propiedad sobre la renta de nuestros recursos naturales? Si comienza a haber temblores, hay que recurrir a tratados tipo TPP-11 para asegurar que este abuso siga igual, año tras año.

Un problema fundamental de las políticas públicas es sincronizar dos lógicas distintas: la del desarrollo nacional y la del capital globalizado (nacional y extranjero). El supuesto implícito con el que se ha trabajado en Chile desde las reformas, tanto en dictadura como en democracia, es que ambos intereses son prácticamente idénticos. Como cada día es más evidente que eso no es así, un TPP es muy bienvenido para asegurar la primacía del segundo.

Antes de las reformas, la hipótesis de trabajo en política económica fue que ambas lógicas eran contradictorias; ahora: que ellas son indistinguibles. ¿Por qué será que en lo ideológico la tradición iberoamericana solo puede avanzar con saltos mortales, siempre buscando el opuesto, siempre multiplicando por menos 1?

Albert Hirschman nos decía que la formulación de políticas económicas tiene un fuerte componente de inercia -y en pocas partes tan fuerte como en América Latina-. Por tanto, a menudo éstas se continúan implementando rígidamente aunque ya haya pasado su fecha de vencimiento, y se transformen en contra-productivas. Esto lleva a tal frustración y desilusión con dichas políticas e instituciones que es frecuente tener posteriormente un fuerte “efecto rebote”. Ya pasó con el modelo económico anterior (el sustitutivo de importaciones, en un modelo de industrialización liderado por el Estado).

Por eso, quizás lo único que va a lograr el TPP-11 -y la “utopía invertida” de la (no tan) “nueva” izquierda- va a ser postergar el siguiente “efecto rebote” (pero quizás haciéndolo más probable). Y así vamos a seguir, de opuesto en opuesto… Con una imaginación social que solo es capaz de multiplicar por menos 1. Ya es hora que Conicyt mande becarios a Asia.

Cuando todo es mentira (hasta la amnesia): fantasías financieras, ineficiencia desatada

Febrero de 2018 se va a recordar como el mes donde las finanzas internacionales pasaron del éxtasis al pánico, y luego a la amnesia maníaca casi sin pestañear. Aunque ya se prefiere olvidar, en la primera semana de febrero los mercados financieros internacionales vivieron días de gran sobresalto, con pérdidas acumuladas en las principales plazas de hasta un 10% respecto de su punto más alto a fines de enero. Si se toma toda la semana del 5 de febrero, excepto la ultima hora de actividad en la tarde del viernes, la Bolsa de Nueva York tuvo su peor semana desde la crisis financiera global de 2008.

Y todo esto después de un año (2017) que se había caracterizado por tener la menor volatilidad accionaria en más de medio siglo, pues si bien las acciones habían subido a tasas elevadas (el S&P 500 en más de un quinto), lo habían hecho en forma sorprendentemente estable.

La estabilidad de la persistente subida de 2017 se quebró primero en enero, con una aceleración asombrosa: solo en ese mes el S&P 500 subió un 7,5%, el Dow Jones un 7,7% y el Nasdaq un 8,7%. Luego, vino la caída estrepitosa de la primera semana de febrero, donde se perdió más que todo lo ganado en enero. Entre las razones que se esgrimieron para justificar la euforia adicional de enero -que se sumó a la ya exuberancia continúa de 2017- se destacan dos: el nuevo plan de inversión en infraestructura en Estados Unidos (más virtual que real), y la reforma tributaria de Trump.

Así, en un pestañear, las principales acciones pasaron de estar burdamente sobrecompradas a intensamente sobrevendidas; y los mercados bursátiles mundiales perdieron US$4 millones de millones en valoración”.

Como se sabe, en esta reforma de Trump, casi la mitad de los beneficios van a ir al 1%, mientras los que ganan menos de US$75 mil al año van a salir perdiendo; y su efecto agregado va a ser adicionar otros US$1,5 billones al ya enorme déficit fiscal en los próximos años, empujando al déficit de este año a niveles de US$1 billón. Lo absurdo de esta reforma quedó en evidencia hace una semana cuando una corporación anunció que sus ganancias de 2017 habían subido milagrosamente de los US$36 mil millones que tenían previsto, a nada menos que US$65 mil millones, gracias a los US$29 mil millones gentileza de Trump.

Hasta el Financial Times la ha llamado “reforma para plutócratas”. ¡Cómo no iban a estar contentos los especuladores! Mientras tanto, los “fiscal conservatives” de los republicanos estadounidenses enmudecían de estupor, pero no se atrevían ni a abrir la boca.

Sin embargo, el lunes 5 de febrero ese éxtasis se transformó de súbito en pánico y, en términos absolutos, el Dow tuvo la mayor pérdida diaria en su historia (cayó 1.175 puntos), cerrando con una caída porcentual de 4,6%. El S&P 500 no se quedó atrás, registrando una pérdida de más del 4%, y el Nasdaq 3,8%.

Así, en un pestañear, las principales acciones pasaron de estar burdamente sobrecompradas a intensamente sobrevendidas; y los mercados bursátiles mundiales perdieron US$4 millones de millones en valoración. Hasta los “intocables” FANGs (Facebook, Amazon, Netflix y Google) perdieron casi US$100 mil millones. De hecho, según un índice que mide variaciones de precio de las acciones en períodos de dos semanas (The S&P 500 Index’s 14-day relative strength index), el cambio abrupto de exuberancia a agonía en las dos semanas que terminaron el 9 de febrero fue, ni más ni menos, el mayor en la historia de ese índice (una de más de un siglo).

La rapidez de la amnesia posterior es quizás también otro record histórico, pues ahora, apenas un par de semanas después, ¿quién se quiere acordar de todo eso?

En esta columna quiero referirme brevemente a un par de fenómenos que quedaron en evidencia en dichos eventos extremos -y en la tan precipitada como conveniente amnesia (maníaca) posterior-. Uno es el rol de los “analistas” que trataron de embellecer tanto el éxtasis anterior al 5 de febrero, como el pánico posterior, y que ahora lideran la estampida hacia una amnesia colectiva. El otro, es la ya conocida esquizofrenia desatada en los mercados financieros, la cual lleva a los precios de los activos financieros a desvincularse cada vez más de lo que ocurre en la economía real. Desde esta perspectiva, y parafraseando a Oscar Wilde, en estos dos meses (enero y febrero), ya no pudo quedar más en evidencia que los especuladores conocen el precio de todo pero el valor de nada.

LOS ECONOMISTAS “ASCENSORISTAS

Paul Krugman dijo una vez que había tres tipos de economistas: los de “aeropuerto”, los del “sube y baja” y los “griegos”. Los primeros son quienes escriben libros de venta masiva, muchas veces sensacionalistas (y que se venden en librerías de aeropuertos). Los segundos son los que se dedican a analizar (y tratar de adornar) el movimiento diario de los principales indicadores económicos, incluido por supuesto las subidas y bajadas del precio de las acciones. Los terceros son los académicos adeptos a modelos matemáticos llenos de letras del alfabeto griego (a Krugman se le olvidó mencionar que esas letras son parte de un álgebra aún estancada en la lógica de la física del siglo 19, aquella del determinismo mecánico y de la causalidad simple). En esta columna quiero referirme a los segundos: a los analistas del sube y baja, a quienes llamaremos los “ascensoristas”.

En específico, quiero referirme a esa gran masa de analistas económicos, periodistas especializados, académicos y burócratas de todo tipo (incluido algunos que escriben informes de bancos centrales) que creen que su labor profesional es la de generar continuamente un “spin” positivo a los vaivenes del mercado, engalanando eventos complejos con explicaciones simples, mecánicas y, por supuesto, siempre “positivas”. Explicaciones que a menudo solo buscan darle racionalidad a la irracionalidad (a veces ya parecen avisos comerciales…).

Lo básico de su labor es pretender que la exuberancia irracional de los mercados financieros es siempre algo lleno de sensatez y cordura. Y que, como los eventos de la semana del 5 de febrero, todo tiene que ver con el comportamiento racional de agentes que reaccionan reflexivamente cuando aparece una nueva información.

ESQUIZOFRENIA FINANCIERA

En breve, desde el punto de vista de las ideas de economistas como Keynes, Kindleberger y Minsky (en una tradición que también incluye a intelectuales como Veblen, Hilferding y Kalecki), el problema básico de los mercados financieros con falta de regulación y exceso de liquidez, es que dicho exceso transforma rápidamente la normalidad operativa en fiesta, el festejo en exceso, la euforia en desenfreno, la exuberancia en manía, y ésta en libertinaje. Recordemos que solo en adquisiciones de otras empresas (M&A) se ha gastado en el mundo US$40 billones desde el post-crisis “QE” (en dólares actuales), y que solo en Estados Unidos las corporaciones han gastado más de US$2 billones comprando sus propias acciones en los últimos cinco (QE) años. Y a medida que el exceso de liquidez le va soltando las trenzas a los especuladores, las tentaciones para actos de corrupción también son cada vez más irresistibles.

Pero denunciar que la corrupción es algo intrínseco a este tipo de mercados financieros exuberantes, es como reclamar que en el circo, cuando un mago corta a una persona en dos con un serrucho, esto no es más que un truco. Basta recordar la letanía de fraudes después de la crisis de 2007, y ahora ya no hay semana que no se descubra un nuevo hecho de corrupción masivo en los mercados financieros internacionales.

El último se relaciona con la burda manipulación del índice de inestabilidad “VIX”, conocido en Wall Street como “el indicador de miedo”, al cual se le pegan como lapas una serie de derivativas que se buscan apostar a la volatilidad del mercado. El brusco movimiento de este índice jugó un rol importante en el descalabro de la semana del 5 de febrero.

POLÍTICA MONETARIA ACOMODATICIA

Cuando se llega al absurdo de tener mercados financieros tipo castillo de naipes, la fragilidad es tal que hay que defender la burbuja con un ejército de cheerleaders, pues la posibilidad de una caída libre está siempre a la vuelta de la esquina. Ahí, como decíamos, los colegas “ascensoristas” tienen un rol fundamental, pues hay que racionalizar el desatino. Por su parte, para evitar el posible descalabro, a los nuevos gobiernos eunucos no se les ocurre nada mejor que apoyar como sea posible los precios de los activos financieros por disparatados que estén.

El discurso hegemónico nos dice que la caída del precio de las acciones es simplemente una respuesta eficiente y mesurada a la nueva información disponible: por la reactivación económica en EE.UU., los salarios habían subido más de lo esperado”.

Así, la política monetaria post-crisis de Estados Unidos, Europa y Japón, llegó al extremo de inyectar unos US$15 millones de millones a los mercados financieros vía el “Quantitative Easing” (QE). Este subsidio no solo tenía como destino consentir a los consentidos de siempre, sino también se basó en la peregrina idea de que era la mejor forma de reactivar la economía real, pues la reactivación artificial de los mercados financieros debería arrastrar consigo a la economía real vía el “efecto-riqueza” que ello generaría en quienes eran dueños de dichos activos.

Peor aún, y contrario a toda la evidencia, parte de la academia sigue predicando la supuesta eficiencia absoluta de los mercados financieros, donde el precio de los activos en todo tiempo y lugar refleja a la perfección toda la información disponible en el mercado (hasta las burbujas son “racionales”). Por este tipo de quimeras, un economista de Chicago llegó incluso a ganar el mal llamado “Nobel de Economía”. Y como si lo anterior fuese poco, este tipo de economistas sigue insistiendo que en los mercados financieros (como en todos) hay una armonía perfecta entre los intereses privados y los sociales.

Entre todas estas ilusiones, llega hasta ser fascinante el argumento anti-regulatorio que emerge en juegos interactivos en el “dilema de los prisioneros”: en el mercado, individuos de naturaleza egoísta -y tan sólo por su propio egoísmo- van a tener grandes incentivos para comportarse en forma agradable, tolerante y no-envidiosa. Por tanto, si los que van a ganar en el mercado son los que actúan como si fuesen “buenas personas” (los nice guys), desde el punto de vista de la política económica, ¿cuál es la necesidad de regular los mercados financieros? Ni los socialistas utópicos del siglo XIX eran tan quiméricos. Si hasta el Financial Times dijo recientemente que, dado todo lo que pasa, dichas teorías sobre mercados financieros eficientes ya llegan a dar vergüenza ajena.

Entonces, si hay una semana desastrosa como la del 5 de febrero, el discurso hegemónico nos dice inmediatamente que la caída del precio de las acciones es simplemente una respuesta eficiente y mesurada a la nueva información disponible en ese momento: la que decía que por la reactivación económica en Estados Unidos, los salarios habían subido más de lo “esperado”. Ahora, por qué en una “reactivación” de este tipo se requiere que los salarios reales sigan estancados, es otro asunto. De hecho, en Gran Bretaña han tenido su peor década desde las guerras Napoleónicas. Y por salirse de su largo estancamiento, esa mínima subida de salarios nominales, en una economía ya muy cerca de su (bajo) potencial productivo (por la falta endémica de inversión), podría generar presiones inflacionarias también mayores a las “esperadas”, forzando al FED a subir las tasas de interés más de lo “esperado”.

Según los “ascensoristas”, los ajustes que siguieron a esa información pudieron haber sido drásticos, pero los mercados financieros no eran más que sinfonías en movimiento.

SIMILITUD CON LA CRISIS DE LOS ’30

Si comparamos las crisis de los ’30 con la que siguió a la de 2007, encontramos una gran similitud: lo característico de ambas no fue tanto la intensidad del quiebre inicial (1929 y 2008), sino el tiempo que tomó la recuperación económica posterior. Obviamente, las razones de esa lentitud en ambos casos son muy diferentes. En la actual, esta se debe fundamentalmente a que la política monetaria en general (incluido el QE) se orientó a gastar toda la pólvora disponible en reactivar artificialmente lo único que era fácil de reactivar: los precios de los activos financieros (basta inyectarles liquidez en forma desenfrenada). En lugar de ayudar a que dichos precios bajaran en forma ordenada hasta reencontrarse con el entorno de la economía real, hicieron lo posible por que volvieran al desajuste pre-crisis de 2007: esto es, a que continuase la mentira.

Peor aún, sin querer queriendo, se les pasó la mano de tal forma que el desacoplo actual entre lo real y lo financiero ya es incluso mayor al de la pre-crisis. Y así, la mentira actual es aún más descarada que la de antes, pues una cosa era asegurar la continuidad del sistema bancario en el momento inmediato de la post-crisis, y otra (muy distinta) es reavivar la fiesta financiera inyectando US$15 billones con sus QEs.

¿Se acuerdan cuando los economistas neo-liberales del Consenso de Washington insistían en que lo fundamental en una economía era “to get the prices right”? Eso también se refería a los precios de los activos financieros. Qué amnesia más conveniente.

“ÉXITO” RELATIVO DE LA POLÍTICA MONETARIA

Y así, mientras el primer objetivo de la política monetaria (incrementar el precio de todo tipo de activos financieros, de acciones a viviendas, y con ello la riqueza de sus dueños) se ha logrado con creces, la capacidad reactivadora de la parte productiva de la economía de ese “efecto riqueza” (el segundo objetivo) ha fracasado estrepitosamente: 10 años después de la crisis, la poca inversión privada que hay en Estados Unidos es apenas similar a los niveles de depreciación de los activos de capital ya existentes: esto es, en los últimos años no ha habido ni siquiera inversión privada neta positiva.

Así, el último Informe del Credit Suisse nos confirma el éxito indiscutido del primer objetivo de la política monetaria (generar “efecto riqueza”): en Estados Unidos las tres personas más ricas ya poseen más riqueza que la mitad más pobre de todo el país (160 millones de personas); y en el mundo, las 500 personas más ricas incrementaron su riqueza en US$1 billón (millones de millones) tan solo el año pasado, con el 1% más rico aumentando su participación en la riqueza total desde menos del 43% al estallar la crisis financiera en 2007, a algo más del 50% en 2017, llegando a poseer un total de US$140 billones. En cuanto al número de personas con un patrimonio mayor a US$50 millones, se ha quintuplicado, y la desigualdad “mercado” ha subido a niveles latinos.

En EE.UU. las tres personas más ricas ya poseen más riqueza que la mitad más pobre de todo el país (160 millones); y en el mundo, las 500 personas más ricas incrementaron su riqueza en US$1 billón (millones de millones) tan solo en 2017”.

Entre tanto, la tasa de crecimiento promedio del PIB de Estados Unidos, Europa y Japón en la última década ni siquiera llegó a un 1% anual. Si bien ahora se vislumbra algo de aceleración (bastante tardía a estas alturas del ciclo), esta es mínima y de dudosa reputación, pues su sustentabilidad está cuestionada por lo bajos niveles de inversión. Mientras tanto, la asimetría distributiva llegó el año pasado a tal extremo, que el 82% de la nueva riqueza que se creó fue apropiada por el 1% más rico. Y todo esto supuestamente solo en aras de reactivar la economía real. La pobreza intelectual (y la hipocresía) del pensamiento económico neo-liberal actual ya no tiene nombre (quizás el que mejor le queda sería “el retorno del voodoo-economics”). Como dice un columnista de Financial Times, lo último que necesita la poca reactivación económica actual son más “silly billys” (billonarios improductivos).

Entre los mayores perdedores de esta hiper-inflación financiera artificial -como indica el reporte ya mencionado- están los que no eran dueños de activos financieros al momento que comenzó el QE, como los jóvenes. Estos tienen ahora mínimas probabilidades de llegar a generar la riqueza de sus padres y una alta probabilidad de tener un sinnúmero de otros problemas, como mayores deudas de todo tipo y peores pensiones que sus progenitores, junto a una mucho menor probabilidad de ser dueños de su vivienda (y, de serlo, sería una de menor tamaño y calidad). Bien poco les va a servir tener mayores niveles de educación que sus padres.

En cuanto a la economía real, mientras solo el año pasado la riqueza mundial subía en US$17 millones de millones, en Estados Unidos, con un quinto de todos los millonarios del mundo (y con un índice accionario S&P 500 subiendo todos los meses del año durante 2017, algo que nunca había pasado en la historia), lo menos que hubo fue adición neta de capital productivo. Esto no debería sorprender pues el efecto colateral más obvio de la exuberancia financiera es ahogar -en lugar de reactivar- al sector productivo.

Los que se benefician del “efecto riqueza” deberían estar muy perdidos para destinar los nuevos recursos financieros a invertir en el sector real, en lugar de seguir jugándolos en un casino financiero donde se llegó a ganar todos los meses del año.

La tasa de crecimiento promedio del PIB de Estados Unidos, Europa y Japón en la última década ni siquiera llegó a un 1% anual. Si bien ahora se vislumbra algo de aceleración (bastante tardía a estas alturas del ciclo), esta es mínima y de dudosa reputación”.

Por ejemplo, un informe de Morgan Stanley nos dice que de las 550 corporaciones en Estados Unidos que estudió, casi dos tercios de los beneficios que van a recibir de la reforma tributaria de Trump, van a ser destinados ya sea a la compra de sus propias acciones, a dar dividendos extras, o a comprar otras empresas. La inversión privada para aumentar capacidades productivas casi ni se menciona en sus planes. Mientras tanto, el déficit fiscal de ese país pronto va a pasar el US$1 billón (incluso puede que ya sea este año).

En cuanto al endeudamiento corporativo, éste también llega a record históricos, pero igual se destina a cualquier cosa menos a lo productivo. Como bien nos dice el presidente del FED de Dallas, el destino de esos recursos en las empresas que él monitorea no es la inversión, sino la compra indiscriminada de otras empresas a precios siderales (con el fin de acaparar mayor concentración oligopólica y así obtener más rentas de ese tipo); la recompra de sus propias acciones (y así subir artificialmente su precio y, por tanto, el valor de las stock-options de sus ejecutivos); el alza de las remuneraciones de estos últimos; y la distribución de mayores dividendos a los accionistas.

La asimetría distributiva llegó el año pasado a tal extremo, que el 82% de la nueva riqueza que se creó fue apropiada por el 1% más rico”.

Lo mismo en Gran Bretaña, donde Moody’s calcula que de los recursos generados por la gran emisión de bonos corporativos desde que comenzó a expandirse la liquidez vía QE, menosdel 1% ha sido destinado a crear nuevas capacidades productivas (inversión). En cuanto a distribuir dividendos a los accionistas, en Estados Unidos ya han llegado a ser mayores que el total de las ganancias corporativas. El chiste es que en países como Gran Bretaña eso aún se llama distribuir “dividendos ilegales”, a pesar de que hace años esa práctica pasó a ser totalmente legal.

“AUTO-CANIBALISMO” CORPORATIVO

Como hemos mencionado en otras columnas, el economista jefe del Banco de Inglaterra (no exactamente un economista heterodoxo) ha llamado esto el “auto-canibalismo corporativo”: esto es, que la alianza siniestra de los intereses de corto plazo de accionistas y ejecutivos llevan a desmantelar las empresas, o a endeudarlas, para así subir sus ingresos inmediatos. Para él, este absurdo sería una de las razones principales que explican la baja inversión productiva privada en la actualidad.

El economista jefe del Banco de Inglaterra ha llamado esto el “auto-canibalismo corporativo”: la alianza siniestra de los intereses de corto plazo de accionistas y ejecutivos llevan a desmantelar las empresas, o a endeudarlas, para así subir sus ingresos inmediatos”.

Cisco Systems, por ejemplo, la corporación más grande del mundo en su rubro, ha gastado US$75 mil millones en las últimas dos décadas solo en recomprar sus propias acciones, lo que es más de tres veces lo que ha hecho en cualquier tipo de actividad que pudiese llamarse inversión; y desde el año 2000 a la fecha, tanto en Estados Unidos como en Europa, se han retirado cinco o seis veces más acciones del mercado que las que se han incorporado (vía IPOs).

Por eso, hasta hace poco eran ilegales situaciones como corporaciones comprando sus propias acciones, el naked-shorting, los dividendos ilegales, etc. Pero qué se puede esperar de estados auto-emasculados como los de ahora (en especial, cuando los que gobiernan son aquellos bohemios de fines de los ‘60, ahora tan “renovados”, que el neo-liberalismo se les transformó en su nuevo culto religioso, transfigurándose en beatos devotos de cuanto rentista, especulador, depredador y trader existe en este mundo).

LA BUENA SUERTE DEL ASIA EMERGENTE

Mientras tanto, Asia emergente no puede creer su buena suerte, pues todo lo anterior le deja el campo abierto para triunfar en todo lo productivo. Para ello, lo mejor que les puede pasar es que Occidente (en especial los países anglo-ibéricos) siga enloqueciendo en su fundamentalismo neo-liberal.

Desde la elección de Reagan y Thatcher hasta hoy, los países de altos ingresos de la OCDE han tenido un crecimiento de la productividad (producto por trabajador) equivalente a un promedio apenas superior al 1% por año. Mientras tanto, Asia emergente (10 países) -los eternos herejes del neo-liberalismo- ha tenido uno de casi 6% anual. Esto es, mientras los primeros ni siquiera pudieron duplicar su productividad durante estas casi cuatro décadas (la subieron apenas en un 60%), los segundos (los sacrílegos), la multiplicaron ocho veces.

No es que en estos últimos no haya también oportunismo, corrupción o exuberancia financiera; es que en ellos al menos hay estados y oligarquías que entienden la diferencia entre país y nación.

COMO SIEMPRE LA CULPA SERÍA DE LOS SALARIOS

Los ‘analistas ascensoristas’ han jugado su rol en forma brillante: ya convencieron a medio mundo que el descalabro financiero de la semana del 5 de febrero se debió solo a que los salarios nominales en EE.UU. subieron un 0,3% respecto del mes anterior”.

Mientras tanto, los “analistas ascensoristas” han jugado su rol en forma brillante: ya convencieron a medio mundo que el descalabro financiero de la semana del 5 de febrero se debió solo a que los salarios nominales en Estados Unidos subieron un 0,3% respecto del mes anterior (horror), o en términos anuales, (apenas) 0,2 puntos porcentuales más de lo “esperado” (si fuese encuesta, esa diferencia estaría dentro del margen de error). Días más tarde una nueva cifra parecía confirmarlo todo: el índice de precios de enero en Estados Unidos mostró una subida anual de 2,1%, también mínimamente mayor a la “esperada” (aunque perfectamente dentro del rango deseado por el FED).

Esos eventos (minúsculos) eran supuestamente tan fundamentales que los mercados financieros no tuvieron otra opción que reaccionar como lo hicieron. No era histeria, sino sensatez. Hoy, en cambio, un par de semanas más tarde, esos mismos “ascensoristas” nos dicen (con cara de palo) que esos eventos (ayer tan fundamentales) en realidad eran tan irrelevantes, que mejor olvidarlos y volver con todo a la fiesta (incluido el Ponzi de las monedas virtuales).

OTROS FACTORES MÁS CONVINCENTES

Una simple mirada a los números indica que hay cosas obvias que se han ignorado respecto del descalabro de la semana del 5 de febrero. Una de ellas es que en un mercado ya tan frágil por la subida (tan continua como absurda) de los precios de las acciones durante todo 2017, el desenfreno accionario adicional de enero era simplemente para el siquiatra (ver gráfico sobre el comportamiento del S&P 500).

GRAFICO 1
Fuente: Stockcharts.

El colapso de la primera semana de febrero sólo hizo que el S&P 500 volviera al rango de crecimiento (ya disparatado) de 2017. Como toda mentira es frágil, en especial cuando es tan descarada, cualquier cosa puede perforar la burbuja adicional que se había creado. Entre los varios factores, uno de los más ignorados fue la mayor venta de bonos que hizo el FED en enero (bonos que había acumulado durante el QE, ver gráfico sobre los activos del FED; el eje vertical son billones dólares).

GRAFICO 2

A nadie debería sorprender entonces, que en mercados tan frágiles, un aumento brusco en la venta de bonos del FED tenga un impacto sustantivo tanto en el precio de los bonos (negativo), en sus retornos o yields (positivo), como que estos cambios generen una reacción en cadena en mercados relacionados y hasta ahí sonámbulos en su ascenso.

Como muchos, ya habíamos advertido que cuando los bancos centrales comenzaran a deshacerse de los bonos que habían acumulado con el QE, la mentira de los precios financieros se iba a hacer más que evidente. Por ejemplo, como decía un insider antes del colapso de principios de febrero, The coming changes in global monetary policy is nowhere near priced in and is actually grossly underestimated”: esto es, cuando dichos mercados tuviesen que despertar del “coma inducido” por el QE, no era para nada obvio que el paciente al cual se le desconectaba el respirador artificial iba a ser capaz de vivir por sí solo.

Y con mercados financieros ya adictos a tanta liquidez barata, y a tal “sobredosis” de consentimiento del sector público, de avaricia y corrupción, y a tal falta de regulación, la secuela obvia del post-QE (como muestra el descalabro de la primera semana de febrero) va a ser una inestabilidad creciente en adelante -pues, parafraseando a Hans Christian Andersen, no pudo haber quedado más en evidencia que el emperador no tiene ropa-.  La aparente amnesia posterior -por mucho que lo intenten- no puede ser capaz de cambiar ese hecho fundamental.

EL EFECTO DE LOS COMMODITIES

Casi como una ironía, todo esto tiene al menos un efecto positivo para nuestra economía: apuntala el precio de algunos commodities, como el cobre.

Como nos dice Ricardo Caballero, un activo financiero seguro es aquél que probablemente va a mantener su valor durante eventos sistémicos adversos. Y es tal la sobredemanda por ese tipo de activos, que a los especuladores no les quedó otra que moverse hacia lo que yo llamo los activos financieros “de última instancia” (of last resort): los commodities, pues como activos financieros, a diferencia de tantos otros, al menos tienen un valor intrínseco.

TONTOS MÁS TONTOS

Como dijo Joe Stiglitz después de la crisis financiera global de 2007, uno de los mayores atractivos de la globalización para los grandes mercados financieros, era que le iba a dar la oportunidad de encontrar “tontos más tontos de los que ya tenían en casa (greater fools), para así poder explotar su ignorancia”. Y parece que los encontraron. Y no es que le falten de estos en casa, pues como nos dice Bloomberg,en Estados Unidos el relajo financiero actual es tal (por acceso tan absurdamente fácil a financiamiento barato), que más de un tercio de los que compran viviendas ponen una oferta (muchas veces irrisoria) sin siquiera molestarse en ver la casa o el departamento –y en lugares con más frenesí especulativo, como Los Ángeles, en más de la mitad de los casos pasa eso-.

Pero tener una oferta bien elástica de “greater fools” siempre es más conveniente, y en tantos países emergentes abundan los agentes con igual acceso fácil a finanzas baratas (en parte porque unos US$7 billones del QE emigraron para allá).  Estos están felices de comprar cuanto activo financiero basura ande dando vuelta, o endeudarse para financiar fugas masivas de capitales (tanto para diversificar el portafolio político/geográfico, como para esconderse en paraísos fiscales). Cualquier cosa, menos usar esos recursos para inversión y diversificación de la economía nacional (vía, por ejemplo, la industrialización del sector primario exportador).

No por nada el maestro de la historia económica financiera, Charles Kindleberger, en lugar de hablar de burbujas financieras siempre se refería a “manías” financieras (en el sentido sicoanalítico del concepto).

“VERDADES MENTIROSAS”

Foucault también nos ayuda a entender estos temas. El poder tiene la capacidad de imponer sus “verdades” y la interpretación de algunos hechos; así como también decidir cuándo es conveniente olvidar. Para Foucault, la subjetividad está atrapada en la lógica de dicho poder, y nos llama a desnaturalizar la razón o lo razonable, para que dejen de ser obvias las “verdades” que están taladradas en nuestro inconsciente por el poder dominante. Por supuesto que estas “verdades” nos ayudan a disminuir ansiedades (y por eso que la amnesia es tan efectiva), pues como nos dice Freud, hay pocas cosas tan terroríficas como el miedo a lo desconocido. Pero si hoy hay algo que es conocido es que los gobiernos siempre van a rescatar a los mercados financieros, pase lo que pase, cueste lo que cueste. Así cualquiera puede olvidarse de los problemas que crea…

¿Qué sentido puede tener que los caprichos de mercados financieros internacionales de este tipo den toda la liquidez necesaria para que la deuda corporativa chilena llegue a ser la mayor del mundo emergente como porcentaje del PIB?”.

Pocas veces ha sido tan necesario destronar “verdades” tan mentirosas y económicamente tan ineficientes como las actuales. ¿Qué sentido puede tener en nuestro caso que los caprichos de mercados financieros internacionales de este tipo jueguen un rol determinante en la fijación de nuestro tipo de cambio y política monetaria? ¿O que den toda la liquidez necesaria para que la deuda corporativa chilena llegue a ser la mayor del mundo emergente como porcentaje del PIB, sin importarles para nada que poco o nada de eso se destine a inversión en el país?

¿O para que nuestro gobierno saliente corone su decepción firmando el nuevo Traspacífico (TTP-11), el cual no es más que una camisa de fuerza (disfrazada de tratado comercial) destinada a impedir que gobiernos futuros puedan hacer algo efectivo respecto a estas “verdades mentirosas”, implementando, por ejemplo, otro tipo de apertura financiera? De querer hacerlo, con el TTP-11 se le va a venir encima otro “tribunal constitucional” (¡como si ya no tuviésemos suficientes!), que le va a bajar la línea en este tema. Parece que el gran Nicanor tenía razón cuando nos decía “La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”.

El desafío del FA: entusiasmar a quienes tienen una familia y una oligarquía que mantener

Entre todas las interrogantes que arroja la primera vuelta de esta elección presidencial, hay dos que no me dejan de llamar la atención: la baja participación electoral y la votación del Frente Amplio (FA). Esta columna intenta analizar su posible interrelación.

Si bien ya nadie espera que vote siquiera la mitad de los inscritos, incluso en una elección presidencial (por aburrida que fuese la oferta del duopolio tradicional), no debe dejar de sorprender lo bajo de dicha participación: apenas un 47%. Alguien ya podría ser Presidente, y uno en primera vuelta, con un apoyo de menos de una de cada cuatro personas inscritas en el Registro Electoral. Incluso, el triunfalismo de Sebastián Piñera (supuestamente confirmado por las encuestas) podría haber movilizado mejor al electorado de derecha, el cual tanto por las controversias de este gobierno, como por el surgimiento del Frente Amplio, podría haber estado motivado electoralmente (o, quizás, la derecha tradicional, como proporción del total de electores, ya no es más que los que fueron a votar).

En fin, ya no puede quedar más claro que para al menos la mitad de la población, la política sigue siendo tan aburrida como el fútbol después de que nos eliminaron del Mundial (aunque por aburrida que pueda ser esta elección, la primera hora del conteo de votos fue quizás la más entretenida desde el plebiscito).

En cuanto a la votación del Frente Amplio, si bien su alto nivel fue sorprendente debido a las encuestas, a mí también me sorprendió el poco impacto que tuvo en la participación electoral. Básicamente, lo que en realidad ocurrió fue más bien un reordenamiento en las preferencias dentro de la misma mitad de la población (ni siquiera mitad) que aún vota.

Por supuesto que, desde la perspectiva de lo que indicaban las encuestas, por ser una alternativa nueva y aparentemente radical (en un país que por tanto tiempo ha sido intrínsecamente conservador), por su sesgo generacional (en un país donde ya mucho de la política parecía consejo de ancianos), la votación del FA se ha interpretado correctamente como inesperadamente alta. Sin embargo, de no haber sido por el sesgo de las encuestas, existía la posibilidad de que la irrupción del FA pudiese haber sido una fuerte inyección de energía en la campaña, y en la cansada política chilena, lo cual podría haber llevado a una mayor participación electoral en todos los sectores. El FA no solo transformaba la oferta electoral desde una mínima gama de alternativas, sino que también generaba tanto adhesión como rechazo. Ya sea para apoyarlos o resistirlos, era perfectamente razonable esperar que la irrupción del FA pudiera haberse traducido en una mayor participación ciudadana. No fue así. Por eso, creo que cuando se componga el cuerpo después de las merecidas celebraciones de la primera vuelta, los del FA deberían reflexionar sobre esto. Esta columna trata de aportar en esa dirección.

Beatriz-Sánchez1Lo probable es que el desafío que ahora enfrenta el FA para re-energizar la política criolla, va a ser incluso más grande de lo que fue hasta ahora gane quien gane en la segunda vuelta, pues el que sea electo no solo va a representar a uno de los dos verdaderos perdedores de la primera, sino también por el efecto nocivo del absurdo show de las encuestas. Lo que pasó con ellas no es solo vergonzoso (y probablemente tramposo), en la percepción popular, en especial en esa mitad de la población que cada día se aleja más de la política, esto solo confirma la corrupción desatada y refuerza su apatía, pues se agrega a la ya conocida corrupción en el mundo civil (corporativo, político y burocrático), eclesiástico y militar.

Debería haber una legislación que castigue el fraude en las encuestas, pues es igual -o peor- a cualquier otro. Después de todo, fueron estas mismas encuestas las que determinaron quién iba a ser el candidato de la Nueva Mayoría y después facilitaron su paso a la segunda vuelta al quitarle el brillo a la opción del FA, ambos eventos muy funcionales a la opción Piñera.

La política chilena se parece cada día más a una playa en la que el mar está tan revuelto, hay bandera roja y ésta indica que al menos que se tenga una razón muy poderosa -ya sea de las malas o de las buenas (como el idealismo político que aún existe en casi todos los ámbitos de la política)- mejor quédese en la playa. Por eso, para mí, el triunfo del FA tuvo un sabor amargo: no rompió (cuando mucho apenas trizó) ese techo de vidrio que separa la mitad de la población que aún tiene interés en la política, de la otra mitad que continúa (y con razón) en el escepticismo absoluto. Es obvio que sin el FA quizás hubiese votado menos del tercio; pero eso no es mucho consuelo.

Creo que el fracaso relativo del proyecto histórico de la Nueva Mayoría tiene mucho que ver con ese escepticismo. Su incapacidad para seguir incluso avanzando en el área de los “derechos sociales” (ya nadie espera que ni siquiera toque las distorsiones del modelo, tan funcionales al interés corporativo) ya parece terminal. Por haberse quedado solo en ese ámbito, su desgaste quizás no es más que el reflejo de haberse pasado todos estos años tratando de apagar un incendio en medio de un ventarrón. El éxito de este gobierno en temas relacionados con los derechos reproductivos y la diversidad sexual, dan la sensación de “fin de ciclo” de esa forma casi esquizofrénica de hacer política: donde lo “económico” se ve siempre como cuento aparte de lo “social” y el medioambiente.

Solo un ejemplo: ¿cómo puede ser posible que después de cinco gobiernos de dicha coalición “progresista” todavía quede una persona bajo el nivel de pobreza, en un país con el ingreso que tiene y que maníacamente se cree en el umbral de ser uno desarrollado?  Como indicaba un columnista recientemente: Al medir en Chile la pobreza de mercado, o sea, aquella que depende de los ingresos autónomos que generan las familias, podemos observar que ésta pasa de 11,7% (2 millones de personas) a casi un 27% (4,7 millones). Si además de considerar los ingresos autónomos, incluimos una canasta de alimentos de calidad en la construcción de la línea de la pobreza, las personas en situación de pobreza llegarían a 7,3 millones”.

Como ya a nadie del mundo político tradicional se le ocurre ni siquiera tocar las distorsiones de este mal llamado “mercado”, solo quedan opciones de políticas públicas asistenciales. Pero aún después de lo que se ha avanzado, todavía quedan varios millones bajo la línea de la pobreza, siendo que con un gasto público adicional de menos de un 2% del PIB (bien implementado y no gastado en consultores o de manera clientelista), en la forma de un subsidio monetario directo, permitiría a todas las familias salir a flote. ¿Quién puede seguir creyendo en la veracidad y determinación del discurso asistencialista?

No solo se prefiere seguir “en la medida de lo posible”, esto es, continuar con una estructura tributaria baja y altamente regresiva y porosa, pues los grupos de altos ingresos no solo tienen que tributar muy poco comparado con los (pocos) países civilizados que quedan, sino que los impuestos que deberían pagar están llenos de grietas por donde se puede evadir y eludir a destajo (en Chile se evade más de un 30% del impuesto a la renta y un 20% del IVA). También se prefiere (sin necesidad alguna) seguir regalando los miles de millones de dólares anuales que brinda la renta de los recursos naturales.

La prioridad de terminar ahora, y de raíz, aquella vergüenza nacional que es la pobreza, baja cada día en el ránking de la nueva izquierda. Ya ni se acuerdan que aquellos bajo el nivel de pobreza son los dueños legítimos de la tajada correspondiente en dichas rentas de los recursos naturales. ¿Dónde queda el respeto al derecho de propiedad que tienen dichos pobres sobre lo que claramente es de ellos, incluso reconocido en la actual Constitución? ¿Qué tal si alguien lleva este tema al Tribunal Constitucional para ver si dicha institución sirve para algo útil?

Esto no significa no reconocer lo que se ha hecho hasta ahora en estas áreas, pero claramente ya se vive de las glorias del pasado. Poco queda de ese sentido de urgencia en estas materias con el que se comenzó hace ya tantos años. Para qué decir hacer algo respecto de las distorsiones en la estructura económica que genera dichos problemas sociales. En un país con el ingreso que tiene por habitante, que la mitad de los trabajadores siga ganando menos de $350 mil líquidos, y donde la tasa de reemplazo mediana en las pensiones (sin los eternos subsidios del Estado-Moya) llegue apenas a un 20%, es algo que la mayoría de la población ya no perdona. Tampoco cree en la honestidad de la nueva izquierda cuando promete que va a hacer algo al respecto.

Giorgio Jackson  180.JPGAhí entra el Frente Amplio, pero (por ahora) solo parece capaz de reordenar la votación entre los que aún creen que vale la pena seguir intentando, pues aparentemente no logró encender los corazones en ese mundo cuya apatía es tan generalizada como entendible (el timo de las encuestas tampoco les ayudó). Si hubiesen sacado el mismo porcentaje de votación, pero en un escenario de un 60% de participación, el cuento sería otro. Entonces, ¿qué fue lo que falló dentro de su éxito electoral? Hasta ahora, su sorprendente irrupción en la política hace a muchos pensar que estamos de vuelta en la política de los conocidos “3 tercios”, cuando en realidad hasta ahora no es más que el de los “3 sextos”.

De todos los puntos mencionados, quiero ahondar solo en uno: la actual oferta electoral, aparentemente tan variada, parece no ser tanto, pues mucho indica que continúa moviéndose (explicita o implícitamente; consciente o inconscientemente) dentro de la pegajosa dicotomía que ha caracterizado la política chilena desde el retorno a la democracia: la disyuntiva entre “eficiencia económica” versus “derechos sociales” y medioambiente. Mientras la derecha se presenta al país como la única capaz de generar lo primero; la centro-izquierda, y ahora (con bastante más credibilidad) el Frente Amplio, como los únicos interesados en lo segundo. Creo que, al menos en parte, la gran abstención electoral se debe a que mucha gente ya está cansada de este disco rayado.

El objetivo central de esta columna es mostrar lo pueril de dicha dicotomía, y sugerir que el éxito del proyecto histórico del Frente Amplio depende de su capacidad para superarla.

UNA DICOTOMÍA ESPURIA

En lo fundamental, de continuar la política chilena dentro de la añeja (e ideológicamente floja) dicotomía entre “eficiencia económica” versus “derechos sociales” y medioambiente, hace inevitable que la política continúe jugándose en la cancha donde la derecha neo-liberal “juega de local”. Allí, la pelota, las reglas del juego y el árbitro los colocan los locales; ellos juegan con una camiseta con el logo “eficiencia económica”, y las visitas con una que dice en algunos de sus jugadores “demandas sociales” y en otros “medioambiente”. La derecha feliz de que el partido se juegue en esta cancha, pues no solo tiene mucha más chance de ganar, sino que, en el caso de perder, es muy poco lo que arriesga, pues esa disyuntiva le da un “hedge muy funcional a su modelo: es el mejor seguro de que para ellos no hay nada fundamental en juego (un partido en una competencia en la que ellos ya están clasificados).

En breve, si a los que la McOligarquía no puede cooptar ni apatizar solo la amenazan con más gasto social -dado el resguardo que la coraza da a la institucionalidad que ellos mismos crearon en dictadura, con sus tribunales constitucionales, políticos y económicos, sus mayorías calificadas, su control de la prensa, y tanto más- el CAE podrá estar en juego, y quizás lo más corrupto de la Ley de Pesca, pero a los de las AFPs todavía les basta una pastilla para dormir. Y para qué decir la tranquilidad de los que usurpan nuestras rentas mineras o del agua de las lluvias, los adictos a la fuga de capitales, los que explotan ilegalmente su poder oligopólico (aunque legalmente lo pueden hacer a ultranza), los que viven de la usura financiera, etc. Mientras el debate continúe dentro de dicha dicotomía ideológica y política, y la institucionalidad heredada de la dictadura continúe, ellos saben que se pueden reír de los peces de colores. Cuando mucho tendrán que incrementar un poco su propina tributaria.

¿No será hora de salir a la calle por el NO+ regalo de las rentas del cobre, NO+ usura financiera, NO+ fuga de capitales, NO+ falta de competencia, NO+ falta de derechos del consumidor?

Si bien el discurso político flojo ama este tipo de dicotomía, éstas también son parte de las raíces de nuestra realidad política, pues vienen de un plebiscito donde sí había una verdadera alternativa binaria: más dictadura versus vuelta a la democracia; más bananismo versus institucionalidad civilizada; ¿país o nación?

marchaComo ese tipo de disyuntiva ya debería ser parte de la pesadilla pasada, ya no tiene sentido lógico o histórico traducirla en forma floja en una nueva, favorable al status quo, como la ya mencionada. No es que varios de los temas de entonces no sigan en el tapete -como la Constitución y muchas de las leyes de amarre-, sino que ahora las alternativas son mucho más complejas que las de entonces.

El error fundamental de la falsa dicotomía actual, que ha sido (y al menos va a seguir siendo por cuatro años) tan conveniente al duopolio que ha manejado el país desde entonces, es que se basa (deliberadamente o no) en dos trampas: una es asociar el modelo neo-liberal con eficiencia productiva (contra toda la evidencia del mundo); la otra, es no poner (o querer poner) suficiente énfasis en que la única forma de lograr los derechos sociales y defensa del medioambiente es con un nuevo modelo económico capaz no sólo de “financiar” dichos objetivos, sino uno en el que estos estén amarrados a la lógica intrínseca de éste, que sean parte fundamental de su motor de crecimiento.

Por una parte, ya no puede ser más evidente -no solo en Chile sino en todo Occidente (al norte y sur del Ecuador)- que el neo-liberalismo no es solo inequidad en esteroides, sino también ineficiencia desbocada, la cual en algunas áreas llega hasta ser glorificada (como en la manía financiera y en la creciente concentración oligopólica). Y como los únicos países que crecen en el mundo son los herejes del neo-liberalismo -el Asia emergente- mejor ignorarlos o mirarlos con un tono displicente. Entonces, ¿por qué seguir insistiendo (algunos en teoría, muchos en la práctica) en una dicotomía en la que se continúa con la formula tan añeja de contraponer (una supuesta) eficiencia con la razón?

Por supuesto que la McOligarquía cree en su propia eficiencia, pues siempre ha confundido ganar plata con eficiencia económica (en especial, si se puede ganar tanto y tan fácilmente). Si la capitalización de nuestra bolsa es un cuarto mayor que la de la Europa del Euro, y por períodos el doble que la de Alemania, ello es pura modernidad. En la lógica de su modelo las demandas sociales y la regulación del medioambiente son puro ruido, y su solución pura molestia. Y si hay que hacer algo, a la fuerza, lo peor son unos pocos impuestos adicionales. En el otro lado de dicha dicotomía, se acepta (explicita o implícitamente) que existe una contradicción innata entre la lógica económica de los modelos posibles, y lo social y lo del medioambiente; sin embargo, se está por darle prioridad a lo último, no por eficiencia sino por principios.

Por supuesto, la urgencia de las demandas sociales y del medioambiente también lleva a poner el acento en lo inmediato (No+). Pero el peligro es que ese énfasis en el debate puede llevarnos a dejar en un segundo plano la idea de que la única solución de verdad a todo esto es poder salir de plano del pantano neo-liberal.

A LO QUE LLEVA QUEDARSE PEGADO EN LA DICOTOMÍA

Como es conocido, hasta nuestra Presidenta cayó en la trampa de dicha dicotomía cuando dijo (después del rechazo del proyecto Dominga):A mí no me interesa para nada un crecimiento económico brutal por sí solo, el crecimiento económico tiene que expresarse en una mejora en la vida de las personas”. ¿Quién puede estar en desacuerdo con eso? Pero, por favor, ¿de qué crecimiento “brutal” me habla? ¿Y quién le habrá contado que puede existir un crecimiento económico brutal “por sí solo”, y que sea sustentable (y no solo por temas como los de la demanda efectiva y los salarios de eficiencia)? ¿O quién le habrá pasado gatos por liebre y contado que se puede mejorar la vida de las personas en forma sostenida sin un crecimiento “brutal”? Con todo el respeto que le tengo a mi Presidenta, colocar las cosas en esa disyuntiva es puro jugarle a la galera.

Lo que realmente nos diferencia del Asia emergente es que ellos nunca se han tragado esa disyuntiva entre eficiencia económica y derechos sociales. Si bien muchos partieron creciendo sin mucha prioridad en los “derechos sociales”, pronto los sumaron al darse cuenta que son una gran energía adicional a su motor de crecimiento. Incluso en medioambiente, donde sin duda se les puede criticar a varios, como China (quien compite con Estados Unidos en ser el peor en polución), país que ya invierte cantidades siderales en lo verde. Y no solo porque sabe que por ahí se viene la mano y las crecientes presiones internas, dado los altos niveles de contaminación, sino porque entiende que son un excelente motor adicional de crecimiento.

El año pasado China produjo nueve veces más graduados en ciencias, tecnología, ingeniería y matemática, que Estados Unidos y está orientando una parte importante de su trabajo a lo verde. Si bien hace un par de décadas China reclamaba que el nuevo énfasis en el medioambiente era un ataque imperialista a su crecimiento, hoy ya ha cerrado decenas de miles de fábricas por no cumplir con las nuevas regulaciones ambientales. Como nos recuerda el Financial Times, “China ya deja al resto del mundo atrás en lo relacionado a energías limpias”. Y el New York Times, por su parte, analiza como China va camino a dominar el mercado de las industrias verdes.

Nuestra McOligarquía, en cambio, está más interesada en comprar estaciones de servicio en Argentina. Desde un punto de vista tecnológico, la venta de bencina ya se acerca al límite de la molestia en cuanto al desafío que una oligarquía de este tipo está dispuesta a tomar en una economía sin política industrial y con altos incentivos a la fuga de capitales. Si nuestro 0,01% (unas 300 familias) puede apropiarse de un 12% del ingreso haciendo cosas como llenar estanques de bencina, mientras que en Corea ese grupo -que incluye a algunos de los empresarios más exitosos del mundo- se queda satisfecho con un séptimo de eso (1,7%), mientras construye autos con tecnología de punta (aquellos que nuestra McOligarquía se dedica a llenar de bencina), ¿para qué se van a molestar en hacer cosas con mayor desafío tecnológico? Al margen de los inevitables problemas de medición para una comparación de este tipo, ¿qué otra que una falla tectónica de mercado podría ser la lógica de este contraste alucinante? (ver estas dos columnas).

Alejandro GuillierSi comparamos nuestras economías con el Asia emergente, no es que en América Latina no podamos crecer a tasas elevadas (como Chile entre 1986 y 1997), es que nunca lo hemos podido hacer en forma sostenida. En cambio, ellos sí: lo extraordinario no es que Corea, Taiwán o Singapur, crezcan en promedio al 6% o 7%, es que lo han hecho por más de 50 años; o que China, India y Vietnam lo hagan incluso más rápido, es que lo han hecho por casi 40. Eso sí que es crecimiento “brutal”. ¿Será pura casualidad que Corea y Taiwán también tengan una de las mejores distribuciones de ingreso-mercado del mundo (esto es, antes de impuestos y transferencias)? ¿Chile?: Ránking 120 en esa variable. Y desde el punto de vista de la distribución después de impuestos y transferencias, el “Coeficiente Palma” nos indica que en mi país el 10% más rico se lleva alrededor de tres veces más que el 40% más pobre. En Corea, este coeficiente es 1. Esto es, mientras en Corea el 10% más rico se lleva prácticamente lo mismo que el 40% más pobre, en Chile pone el grito en el cielo si no se lleva tres veces más de la torta.

En nuestro país, en cambio, el discurso progresista tiende a ver los derechos sociales y el medioambiente en cuánto estamos dispuestos a pagar en términos de menor crecimiento por darles la prioridad que se merecen. Algunos incluso llegan a hablar de la necesidad de “decrecimiento”.

Sobran ejemplos de los que aparentan orientar el discurso político dentro de esta falsa dicotomía. Por ejemplo, una flamante senadora electa -una de las (pocas) estrellas emergentes en la Nueva Mayoría− dijo en una entrevista después de sumar su apoyo a Guillier: “Creemos en avanzar a un sistema mucho más solidario en materia de pensiones; creemos en profundizar las reformas de la Presidenta Bachelet; creemos en el buen cristiano, en ponerse en el lugar de las familias que hoy sufren por los endeudamientos del CAE.  …  [Y] tenemos un valor que es mucho más profundo: hacernos cargo de las desigualdades, que son una realidad lacerante en esta sociedad”.  De acuerdo, todos temas fundamentales e inmediatos; ¿pero es esa la esencia de la oferta alternativa?: ¿ellos con su modelo de crecimiento, nosotros tratando de remediar sus daños colaterales? ¿Será que solo podemos creer en un sistema “más solidario” de pensiones, o en uno que no solo deje de esquilmar a sus clientes cautivos? (qué tal uno que también sea un agente líder en la tan necesitada diversificación económica del país en lugar de usar sus fondos para subsidiar la fuga de capitales de nuestra McOligarquía, o para entretenerse en el casino financiero).

Sé que es fácil criticar desde mi situación de privilegios, pero quedarse en ese discurso asistencialista es cada día menos creíble, pues ya no pueden ser más obvias las dificultades de implementarlo dentro de un modelo cuya esencia es el producirlos y reproducirlos. Más aún cuando se está atado con la camisa de fuerza que nos pone la institucionalidad heredada de la dictadura.

A esta política de limitar la acción gubernamental a tratar de remediar los daños sociales colaterales del modelo neo-liberal, la llamé en un paper académico “el modelo parada militar tailandesa”. Una vez, estando en Bangkok, me invitaron a ver una parada militar. Fui recordando mis años de cadete (hay que hacer de todo en la vida), y lo que más me impresionó fue el paso de la división de elefantes. Tuvo que venir un escuadrón de conscriptos limpiando lo que iban dejando atrás los elefantes en el suelo, pues luego venía un batallón de infantería pesada y lo último que quería era desfilar sobre esos restos. Muchos en la nueva izquierda, con la mejor de las intenciones, creen que su rol histórico es como el de esos conscriptos: limpiar el desastre que va dejando atrás el batallón de elefantes de la McOligarquía.

La gente sabe que eso de “en la medida de lo posible” -esto es, en la medida que no irrite la lógica de acumulación de nuestra McOligarquía nacional o extranjera– significa más de lo mismo, ojalá un poquitito mejor.

En este esquema, el famoso royalty de Lagos y Eyzaguirre en el 2005 es el mejor ejemplo de los límites de “en la medida de lo posible”: hasta hoy ese royalty ha generado recursos equivalentes a un 2% de las utilidades de las mineras. Y como a éstas se les dio una serie de granjerías fiscales para que no reclamaran tanto, el neto debe estar alrededor de cero. ¿Es eso realmente “en la medida de lo posible”?  ¿Por qué tantos países (de todos los colores políticos) le pueden colocar a las mismas multinacionales un royalty de verdad, y nosotros no? Mientras tanto, las multinacionales mineras se siguen llevando de Chile, año a año, el equivalente a un cuarto del gasto público, y esto solo en términos de rentas que en economía se llaman “graciosas”: US$120 mil millones (al cambio de 2016) en los nueve años que siguieron al famoso royalty criollo, y en la mayor parte, por molestarse en hacer cobre concentrado (como una vez sugerí, tipo viña que solo es capaz de hacer pipeño). Un monto similar (en moneda de igual valor) fue todo lo que costo el Plan Marshall de la post-guerra para reconstruir (y ayudar a alimentar) a la Europa devastada por la guerra. ¡Qué generosidad la de los chilenos!

portada-votovoluntarioEn otras palabras, ¿cuánto tiempo se le puede seguir metiendo el dedo en la boca a la gente con disyuntivas bi-polares? (como Francisco de Quevedo le dijo a la Reina Mariana de Austria “escoja mi reina, escoja”): ¿Chile en la medida de lo posible o Venezuela? ¿Será tan sorprendente la abstención electoral?

Hace rato que ya llegó la hora de poner el énfasis en un discurso en el que se enfatice que ese tipo de injusticias sociales y problemas políticos son intrínsecos a un modelo económico tan ineficiente y desigualizador, pues fue diseñado como terno a la medida para que el 1% se lleve un tercio del ingreso y por hacer las cosas que hace. Además, un 1% lleno de nuevos ricos que ni siquiera llegaron ahí por “méritos de mercado”, sino por haber tenido acceso privilegiado a la piñata de los recursos naturales y a la de las privatizaciones (y auto-privatizaciones) de los Chicago-boys & Asociados durante la dictadura (ver columna).

Mientras este modelo no se cambie de raíz, políticas asistencialistas ayudan en la gran urgencia de lo inmediato, pero en el largo plazo son como arar en el mar. De poco sirve cortarle a un pulpo un par de brazos cuando tiene tantos otros, y una capacidad y creatividad ilimitada para generar nuevos (y de cooptar a sus críticos). Si tan sólo la McOligarquía usase dicha creatividad para diversificar nuestra economía…

EL DILENA DEL FRENTE AMPLIO: ¿RADICALIZAR O SUPERAR LA DICOTOMÍA?

A veces surge la duda de cuántos en la Nueva Mayoría, e incluso en el Frente Amplio, están realmente convencidos de que el crecimiento sostenido, la equidad y el medioambiente sustentable son trillizos gemelos que tienen muy poca chance de persistir por sí solos sin las sinergias de la interacción entre ellos. Como quizás diría García Márquez, son tres caras de la misma moneda.

Algunos en el FA enfatizan que nosotros (FA) respondemos mejor la pregunta del siglo XXI, y se da la mejor salida programática a las problemáticas de la fatiga del modelo productivo, el cambio climático y los derechos sociales”. Sin duda, ¿pero son problemáticas paralelas? Igual, el programa económico del FA dice: “Entendemos que para terminar con la desigualdad que actualmente aflige el país, y financiar los derechos sociales que Chile reclama por décadas, se necesita un nuevo modelo de desarrollo”. También de acuerdo, ¿pero se trata de un nuevo modelo que solo ayude a resolver el problema de la desigualdad y a financiar lo social? ¿O será uno donde la clave esté en generar un círculo virtuoso entre crecimiento, equidad y medioambiente? Donde la interrelación entre ellos genere las sinergias que den vida al motor de crecimiento para que el desarrollo pueda ser sostenido.

Por ejemplo, la única distribución equitativa del ingreso sustentable en el tiempo es la que está anclada en la estructura productiva. La de “programas sociales” -aunque ayude a mantener a un mundo de consultores- es un sustituto muy imperfecto y cada día más frágil en el tiempo. Mientras en Estados Unidos ya ni siquiera se pretende que importa la equidad (en la reforma tributaria de Trump casi la mitad de los beneficios van a ir al 1%, mientras los que ganan menos de US$75 mil al año van a salir perdiendo y hasta el Financial Times la llama una reforma para plutócratas), el mayor problema de Europa es que cada día es más difícil mantener niveles mínimos de equidad vía programas sociales diseñados originalmente para otro modelo económico y otro paradigma tecnológico, mientras su economía se mueva cada vez más rápido hacia la financialización y la desindustrialización acelerada (ninguna de las dos necesarias dentro del nuevo paradigma, sino resultado del nuevo modelo de acumulación neo-liberal). A su vez, sus finanzas públicas se mueven hacia una estructura de impuestos cada vez más regresiva.

gabriel boricEl resultado está a la vista, liderado por deudas públicas que crecen a tasas meteóricas. Pero como por ahora hay tanta liquidez por su política monetaria, ya llegamos a la paradoja de que a uno le llegan a pagar por pedir prestado -en estos momentos hay US$8 millones de millones de bonos públicos con rendimiento (yield) negativo (y US$1,6 billones de bonos corporativos en igual estado)-. ¡Eso si que es eficiencia económica y modernidad neo-liberal!  Ahí sí que se da eso de “aquí no paga usted, paga Moya”. Ahí sí que cualquiera puede transformar su estructura productiva y financiera en un paraíso para rentistas, especuladores, extorsionadores (como en la salud), depredadores y traders, y todavía dar semblanza de algo de equidad. Algún día se va a acabar la fiesta y alguien va a tener que pagar la cuenta. Los que tienen sus platas en paraísos fiscales no van a estar entre aquellos.

Como recordábamos, no por casualidad Corea y Taiwán, junto a crecer como lo hacen, tienen una de las mejores distribuciones de ingreso-mercado del mundo (esto es, antes de impuestos y transferencias). Una que ya es mucho más equitativa que la de los países geriátricos de Europa (también de Japón y para qué decir de Estados Unidos), países que ya tienen distribuciones de ingreso-mercado casi tan malas como las nuestras. Está por verse cuánto más van a poder seguir subsidiando su mayor equidad en medio de tanta ineficiencia productiva y esquizofrenia financiera. Lo neo-liberal de Apple no es que haga i-phones, es que –como quedó en evidencia en los “Paradise Papers”– no hay empresa en el mundo que eluda tantos impuestos.

Entiendo que en cuanto a la segunda vuelta de la elección presidencial hay problemas de énfasis relacionados con la coyuntura, y hay que evitar “el mal mayor”, pero la fragmentación política actual incentiva la política de nichos en los que uno después, casi inevitablemente, se queda atrapado (y pierde la perspectiva). Por eso, por ejemplo, me preocupa que las condiciones que ha puesto Revolución Democrática a un posible apoyo de Guillier se concentren en el No+AFP y en la rebaja a la dieta de los parlamentarios (a lo que a veces se suma la creación de un seguro social de salud). No puedo estar más de acuerdo con eso, pero ¿qué tal agregar a esa trilogía al menos uno relacionado con la ineficiencia de la estructura productiva y algarabía financiera?

Por ejemplo, agregar la implementación de un royalty de verdad a los recursos naturales, no solo por su lógica de que todos los chilenos ejerzamos nuestro derecho de propiedad sobre dichos recursos -cuyo regalo es el mayor fraude en la historia del país (quizás sólo después del que se le hizo a los descendientes de Lautaro)-, sino también porque es la única forma de poder financiar el gasto público que requieren los cambios que ellos mismos proponen. Además, si se hace diferenciado, castigando la flojera del concentrado de cobre -para obligar al procesamiento en el país de dichos recursos naturales (como lo hacen exitosamente en el Asia emergente)-, es una de las pocas esperanzas de que algún día se diversifique nuestra economía. En el Asia, donde lo hacen, las multinacionales reclaman tanto como lo harían en Chile, pero saben que allá no les queda opción pues hay estados (no eunucos) que entienden la diferencia entre el interés corporativo y el nacional.

Sebastian PiñeraOtra alternativa sería que Revolución Democrática agregue al “petitorio” una nueva legislación que fuerce y defienda la competencia en una economía diseñada con una tendencia innata al oligopolio, competencia que es la compulsión fundamental para el crecimiento de la inversión, la absorción tecnológica, el crecimiento de la productividad y el de los salarios.  También lo puede ser la creación de un ministerio del consumidor, el cual defienda (de verdad) los derechos de los consumidores frente a petulantes que creen que sus clientes no son más que “niños mal criados”. Esos derechos, además, son otra compulsión necesaria para que haya crecimiento de la productividad (pocas cosas desincentivan tanto el crecimiento de la productividad como el poder vender productos de mala calidad a precios de oligopolio). O si no, ¿por qué no se condiciona el apoyo a que se fortalezca la regulación financiera? Una donde no se pueda seguir cobrando tasas de interés usureras, en un país donde tantos hogares están ahogados en deuda (con 4,4 millones de ellos en situación de morosidad, y en el promedio total de los hogares con cuatro de cada diez pesos que se ganan perdidos en el servicio de dicha deuda, el doble que el país que sigue a Chile en la OECD). ¿O una reforma tributaria que castigue de verdad la evasión tributaria, regule lo que se puede descontar como gastos de operación (seguro que todavía se pueden descontar los jet privados, autos extravagantes y casas de veraneo), y cierre los mil subterfugios para eludirlos? Como decíamos, las últimas cifras disponibles muestran que en Chile se evade un 20% del IVA y un 31% del impuesto a la renta, y que estas tasas, después de haber bajado, van otra vez en aumento desde mediados de los 2000: son muchos miles de millones de dólares al año (sólo en el IVA se evade más de US$5 mil millones por año -más que suficiente para que no haya un pobre en Chile-).

Un dirigente del Frente Amplio también dice (con razón) que “la Nueva Mayoría representada en Guillier no tiene proyecto histórico”. Pero hay que aclarar que un proyecto alternativo, solo basado en la defensa de los derechos sociales, sin estar profundamente anclado en eficiencia y diversificación productiva, tampoco la tiene. Y para que se pueda dar dicha eficiencia y diversificación, como nos demostró tan brillantemente FDR en la práctica y Keynes (con su grupo en Cambridge) en teoría, se requiere colocar dichos derechos sociales como cimiento del modelo productivo, pues son su condición necesaria (aunque, ciertamente, no suficiente). No por casualidad el largo período entre el fin de la guerra y la primera crisis del petróleo fue el período más dinámico en la historia de los países desarrollados: el de mayor crecimiento, menor desempleo y menor inflación (¿será que las tres estarán relacionadas en un sentido positivo de círculo virtuoso?). Estoy seguro que muchos en el FA, algunos en la Nueva Mayoría, e incluso unos pocos en la nueva centro-derecha, estarán de acuerdo cuando digo que lo demás es cuento. Para qué decir si “eficiencia” se refiere a lo que pasa en el modelo neo-liberal, donde lo que lo caracteriza es “la reciprocidad en el daño” entre la falta de derechos sociales e ineficiencia productiva; y entre ésta y abuso del medioambiente.

También creo que cuando este dirigente dice que “el Frente Amplio no es solamente un fenómeno electoral, sino que es una apuesta por cambio cultural”, vamos a estar de acuerdo en que un cambio cultural solo se puede consolidar en la praxis de una economía eficiente y solidaria, y que respete el medioambiente.

VERDADES CONSTRUÍDAS

A riesgo de que ya muchos abandonen la lectura de esta columna, es importante mencionar que, para variar, Foucault nos ayuda a entender estos temas. Como también nos recuerda otro columnista, el poder tiene la capacidad de imponer sus “verdades” (por poco que lo sean); también la de su interpretación de algunos hechos. Para Foucault, el sujeto no es independiente de la estructura social y se debe a su interacción con ella y su historia, y su subjetividad está atrapada en la lógica de dicho poder (solo economistas neo-clásicos pueden creer en “agentes individuales representativos” para sus modelos matemáticos atomistas-mecanicistas) y nos llama a desnaturalizar la razón o lo razonable, para que dejen de ser obvias supuestas verdades y culturas, las cuales (como dice el columnista) están “taladradas en nuestro inconsciente por el poder dominante”.

Por supuesto que estas “verdades” nos ayudan a disminuir ansiedades, pues, como dice Freud, pocas cosas producen tanta incertidumbres como el miedo a lo desconocido (e inducen a la gente a creer cuentos), un miedo especialmente agudo para tantos que viven al borde del abismo. Y dónde más puede estar la mitad de los trabajadores y trabajadoras de nuestro país, quienes ganan menos de unos US$3 la hora (para colocar esto en perspectiva, recordemos que la línea de la pobreza para un hogar promedio de cuatro personas es de $415 mil al mes, o 20% más de lo que gana, cuando mucho, dicha mitad). ¿Dónde puede estar la mayoría de los 1,23 millón de pensionados, si las AFP y las compañías de seguro pagan en nuestro país pensiones cuyo monto promedio es de $215 mil al mes? ¿Y dónde la mitad de los pensionados que cotizaron entre 30 y 35 años y obtuvieron una pensión menor a $238 mil (en un país donde la edad efectiva de jubilación ya supera los 70 años? (ver esta nota y esta columna).

Cuando se vive en eso lares, el pensamiento crítico es un lujo difícil de costear. Y así después de la primera vuelta tantos sorprendidos se preguntaban por qué será que el Frente Amplio sacaba más votos en distritos de clase media, donde sus votantes eran asiduos de malls, y en las colas para votar pasaban el tiempo mirando sus i-phones en una mano, y saboreando un macchiato del Starbucks en la otra (para la sorprendente incapacidad de tantos de entender el surgimiento de Frente Amplio, ver esta columna; para un respuesta a este tipo de análisis superficial, escrito antes de las elecciones, ver esta otra; y para uno escrito después de la primera vuelta, ver).

elecciones-urnaEntre las muchas “verdades construidas” por la McIdeología, a la medida de nuestra McOligarquía, se destaca la ya mencionada dicotomía, que caracteriza la ideología hegemónica reinante en nuestro país, mucho más hegemónica de lo que algunos creen. Como bien agrega el columnista ya mencionado, en la política chilena hay algunos que se han atrevido a tratar de cambiar la verdad creada y han puesto sobre la mesa, la ecología, el animalismo, la libertad de género, la equidad, la democracia participativa y otras ideas nuevas que se presentan en los medios como locas o inmaduras. Sí, de acuerdo, pero ¿por qué no se ha puesto también sobre la mesa, con igual fuerza, la idea de que lo verde no es el problema, sino la solución a nuestra somnolencia productiva? En la actualidad transformarse hacia lo verde (especialmente la agricultura orgánica y la generación de energía), junto al procesamiento de nuestras materias primas, también podría ser el motor más potente para nuestro crecimiento. ¿O que hay tanta necesidad de defender la competencia como la equidad, pues sin ella no hay capitalismo que no se transforme en parasitario y desigual? ¿O de la necesidad de aquellos aspectos ya mencionados, como el royalty, una tributación progresiva, la política industrial inteligente, una subida ordenada de los salarios empujada por la fuerza del mercado (escasez de mano de obra barata) y la regulación financiera de verdad como la única esperanza de poder tener crecimiento con equidad y medio-ambiente sustentable?

Otra verdad construida es que pensar que necesitamos las políticas ya mencionadas, junto al de una macroeconomía pro-crecimiento, es ser necesariamente “de izquierda” (casi un extremista). En el pasado fue incluso Winston Churchill quien lideró en el parlamento británico la lucha por un salario mínimo. Y uno que alcance a satisfacer las necesidades básicas de las personas y sus familias, argumentando contra la “flexibilidad” del mercado del trabajo, pues para él, en este tipo de mercado “el buen empleador es socavado por el ineficiente, y ese por uno aún peor”. Para luego agregar: “donde prevalezcan esas condiciones no hay progreso, sino una degeneración progresiva”. Y otro Primer Ministro, también conservador, nos recordaba que “la democracia solo va a sobrevivir mientras pueda hacer frente satisfactoriamente a los problemas de la vida social. Solo mientras haga frente a estos problemas y garantice a su población la satisfacción de sus demandas razonables, podrá conservar el apoyo vigoroso que necesita para su defensa”. Bueno, como le gusta decir a los viejos, eran otros tiempos…

Ojalá que en la segunda vuelta vote mucho más gente, y que se evite a toda costa “el mal peor”. Como nos decía un gran economista estadounidense, “la política es el arte de elegir entre lo desastroso y lo desagradable”. Pero mientras continuemos con una economía donde la mayor parte de las familias tengan, además, una McOligarquía que mantener, y la mejor alternativa de esta segunda vuelta sea, a lo más, descafeinada, a nadie le debería extrañar si desgraciadamente vota aún menos gente que en la primera, y gane no el más representativo de la voluntad popular sino el que tenga más voto duro.

Ya puede caber poca duda en nuestra patria que para que exista una democracia verdadera, y se puedan discutir estos temas de verdad, se necesita un contexto político-económico en el cual los grupos dominantes no puedan instrumentalizar tan bien a su favor la inseguridad de la mayoría, como ha pasado en forma tan efectiva en esta elección.

Trump, el Macbeth tropical que logró desahogar a los enrabiados

Ya nos van a inundar de explicaciones de lo que pasó en las elecciones estadounidenses −explicaciones del tipo “después de 43 presidentes hombres y blancos, era mucho pedir tener a un afroamericano y después a una mujer”. La verdad es que lo que acaba de ocurrir en las elecciones norteamericanas es un fenómeno altamente complejo y (de seguro) sobredeterminado. Cualquier explicación simple es insuficiente, casi por definición. Y mirando hacia adelante, pocas veces hemos tenido enfrente un futuro más incierto y, sin duda, más mediocre.

José Gabriel Palma
José Gabriel Palma (Foto de Rafael Palma)

Y en esa compleja madeja de factores que interactuaron para entregarnos esta pesadilla, en esta columna quiero destacar algunos componentes del triunfo de Donald Trump. Uno de ellos es el tema al que ya me referí en otra columna reciente, en la que le preguntaba a un empresario chileno cómo podía creer que el actual modelo político-económico neoliberal, dado su creciente ineficiencia productiva y su enorme desigualad e injusticia social, podría ser sustentable en el tiempo. La ilusión, por parte de los pocos “ganadores” de este modelo, de que podría ser sustentable en el tiempo ya es algo alucinante, algo que quizás raye en lo psicótico, pues va mucho más allá de la inevitable miopía política que conlleva el poder y la codicia.

Otro aspecto a analizar en la victoria de Trump es establecer dónde radica el encanto del discurso del candidato vencedor, el que atrajo a tanto votante. También quiero referirme brevemente al rol que tuvo en todo esto la flojera analítica de los “renovados”.

1.- ¿HASTA DONDE SE PODÍA ESTIRAR EL ELÁSTICO?

De los muchos ejemplos de por qué el modelo actual en Estados Unidos era insostenible, uno muy revelador es que, en términos reales, el salario promedio masculino ha estado estancado desde la elección de Reagan en 1980 y el comienzo de la “modernidad” neoliberal, esto es estancado por 35 años en aproximadamente unos US$ 50.000. Pero como la productividad promedio por trabajador ha continuado creciendo en este período (ha crecido poco, pero al menos lo ha hecho a un promedio de 1,5% por año), eso ha significado que la diferencia entre lo que produce un trabajador promedio y lo que se le paga subió aproximadamente de US$ 20.000 a US$ 70.000 durante este periodo. Es decir, lo que podríamos llamar el “excedente bruto” por trabajador −la diferencia entre lo que produce y lo que recibe− se multiplicó 3,5 veces.  En otras palabras, si antes de Reagan y sus reformas neoliberales un empleador típico no tenía problemas para tener como empleado a alguien que le dejaba un excedente bruto de US$20.000, ahora no mueve un dedo a menos que el trabajador le deje US$70.000. Y en el caso de una trabajadora, dicho excedente bruto es aún mayor, pues se duplicó de aproximadamente US$40.000 en 1980 a US$80.000 en la actualidad. ¡Lindo negocio el que inventó el modelo neoliberal! Y como para ellos esto era “el fin de la historia”, qué podría impedir seguir haciéndolo per secula seculorum, ya que en las actuales circunstancias la tolerancia por la mediocridad parecía no tener límites.

Trump quizás no es más que el resultado de que la desigualdad tiene un efecto corrosivo en la democracia.

Ese asombroso incremento del excedente bruto por trabajador promedio es uno de los varios factores que llevaron a que las utilidades corporativas en Estados Unidos sean en la actualidad las más altas de su historia, a pesar de que los fundamentos de la economía son un desastre. Por su parte, con tal salto del excedente por trabajador, a pesar de un crecimiento tan mediocre de la productividad (en los 35 años antes de Reagan, la productividad por trabajador creció casi al doble de lo que ha aumentado desde entonces), ¿para qué molestarse en invertir, crear tecnología, innovar, etc., salvo en contados nichos? Por tanto, mientras las utilidades corporativas llegaba a récords históricos, la inversión privada en Estados Unidos también se acercaba a un registro histórico, pero por el otro lado: por lo poco que representaba como porcentaje del PIB. Y, como si todo eso no fuese suficiente, la deuda corporativa también llegó a un récord histórico.

Uno se pregunta, ¿con tantas utilidades y tan baja inversión, para qué se necesitaba tanta deuda? ¿Qué hacen las corporaciones con todos esos recursos que no invierten? Como se sabe, destinan esos recursos ya sea al casino financiero, a comprar sus propias acciones (y así subir su precio −y los bonos de fin de año− en forma artificial), repartir dividendos astronómicos, a comprarse unas a otras a precios siderales (para así poder coludirse en forma legal y eludir impuestos), a incrementar salarios y beneficios de ejecutivos y a contribuir a sus fondos de pensiones (en Estados Unidos, como mencionaba en la columna ya citada, los ahorros previsionales de 100 ejecutivos −CEOs− de las mayores empresas son equivalentes a los de 116 millones de conciudadanos de la mitad más baja de ingresos del país). Esto es, esas utilidades récord y esas deudas récord se destinan a cualquier cosa, menos a hacer algo útil desde un punto de vista productivo.

asia_Automotive_industry¡Lindo modelo! Asimetrías productivas y distributivas perfectas. Cómo ganar tanto vía la glorificación de la ley del mínimo esfuerzo. Parecía que los neoliberales habían creado por fin la máquina del movimiento perpetuo, aquella que no tiene necesidad de que se le inyecte energía externa adicional.

Otro factor en este nuevo paraíso corporativo lo proporcionaba el “off-shoring”, o traslado de capacidades productivas al extranjero. Si una línea de producción genera demasiada polución, mejor llevársela a México. Si otra se beneficiaría con el uso masivo de trabajo semi-esclavo, por qué no llevársela a China o Bangladesh.  Y si se beneficiaría con profesionales que hablan inglés, pero que aceptan el salario mínimo, India es el destino ideal. Y tantos de mis colegas todavía siguen hablando de “ventajas comparativas” en un sentido Ricardiano, las mismas que supuestamente tienen a nuestras exportaciones atadas en forma perenne al concentrado de cobre, la astilla de madera y el salmón de 3 kilos. Dado nuestro ingreso por habitante, las mismas que mantienen a nuestra economía como una de las menos diversificadas del mundo. Todo eso, supuestamente, en aras de la modernidad.

La única razón por la que ganó la elección fue porque ganó en el famoso “Rust Belt”: Pensilvania, West Virginia, Ohio, Indiana, Michigan, Iowa y Wisconsin −estados donde se perdió lo fundamental de los aproximadamente 10 millones de empleos manufactureros que han desaparecido desde que salió elegido Reagan y comenzó la renovación neoliberal.

Así, el excedente del sector corporativo en los países antes llamados desarrollados (probablemente, hoy sería más exacto llamarlos países geriátricos) pasó de negativo a positivo. Como uno esperaría en un mundo racional, antes la inversión corporativa era mayor que su ahorro en un monto equivalente al 4% del PIB en Estados Unidos y alrededor del 5% en la Comunidad Europea. Sin embargo, ahora la inversión es menor en un monto equivalente al 8% del PIB en Japón y alrededor del 3% en el resto del G6 (salvo Francia).

Sorpresa, sorpresa, este año no sólo el crecimiento de la productividad en Estados Unidos va a ser negativa por primera en tres décadas, sino que también está estancada en Europa y Japón.

Este cocktail siniestro de altas utilidades y bajos niveles de inversión corporativo es también uno de los principales factores que impulsa en los mercados financieros la creciente asimetría entre la abundancia de liquidez y la escasez de activos financieros sólidos.  Por eso, la facilidad para realizar una transacción financiera con un instrumento basura (sin mayor valor intrínseco) es la marca registrada del actual proceso de “financialización”.

Según el economista jefe del Banco de Inglaterra (Banco Central del Reino Unido), este tipo de cifras reflejan un proceso de “auto-canibalismo” corporativo. Antes de Margaret Thatcher los accionistas se repartían en promedio 10 de cada 100 libras de utilidades corporativas; hoy se llevan entre 60 y 70 de cada 100.  Y si antes un accionista se quedaba en promedio por seis años con una acción, ahora es por menos de seis meses. Tanto que nos decía Keynes (y otros antes que él): un capitalismo desregulado y con exceso de liquidez (que en parte importante se debe al incremento de la desigualdad) se hace inevitablemente autodestructivo.  Pero explíquele eso (allá y acá) a aquellos cuyos ingresos dependen de no entender…

Mi hipótesis (ver, por ejemplo, mi trabajo publicado en mayo pasado “Do nations just get the inequality they deserve? the ‘palma ratio’ re-examined”) es que esta época −llamémosla globalización neoliberal− se caracteriza por un fenómeno muy especial. Muchos esperaban que trajera una gran convergencia entre las naciones, como mayor similitud ideológica y en las instituciones. Lo que siempre intuí, y dejé en blanco y negro hace mucho tiempo, es que si bien íbamos a converger, esa convergencia (desgraciadamente) no se iba a dar en torno a las características civilizadoras de los países “avanzados”: aquellas que después de la guerra trajeron, entre otras cosas, los acuerdos de Bretton Woods, la sanidad keynesiana en política económica, incluida una reducción en la desigualdad, el Plan Marshall, el Servicio Nacional de Salud Británico y el Estado de bienestar. En cambio, con algunas excepciones asiáticas (los eternos herejes del neoliberalismo), yo argumentaba que íbamos a converger hacia lo que nos caracteriza a nosotros, países de ingreso medio, altamente desiguales, con elites insubstanciales, estados eunucos, ideologías fundamentalistas y tanto académico y político encandilado por sus conflictos de interés.

Es decir, no es que nuestra desigualdad iba a civilizarse a los niveles de la OCDE, sino al revés. El 1% más rico en Estados Unidos, el cual ganaba menos del 10% del ingreso cuando Reagan fue elegido presidente, hoy nos pisa los talones tanto en lo que se apropia del ingreso nacional, como en la intrínseca ineficiencia que debe generar para lograr eso. De hecho, Estados Unidos ya nos pilló en cuanto a su “desigualad mercado” (esto, es, antes de impuestos y transferencias: Gini 50.4 contra nuestro 50.5). Y esto es algo no tan difícil de explicar: mientras el salario promedio masculino esta estancado desde Reagan, y el femenino apenas mejoró (y eso sólo gracias a la regulación para tratar de cerrar la brecha salarial de género), el ingreso del 1% prácticamente se duplicó, el del 0,1% más que se triplicó, y el del 0,01% más que se quintuplicó.  De república bananera.

2.- LA FÁCIL ARITMÉTICA DEL TRIUNFO DE TRUMP

Bastó que un demagogo de tercera les dijera a los descontentos que él podía traer de vuelta todas aquellas industrias perdidas, para que eso (el apoyo Demócrata) cambiara.  Cuando los “descontentos” se transforman en “enrabiados”, pasan a ser carne de cañón para cualquier populista de opereta.

Todo lo anterior nos ayuda a entender lo fundamental de la aritmética de la elección de Trump: la única razón por la que ganó la elección fue porque triunfó en el famoso “Rust Belt”: Pensilvania, West Virginia, Ohio, Indiana, Michigan, Iowa y Wisconsin, estados donde se perdió lo fundamental de los aproximadamente 10 millones de empleos manufactureros que han desaparecido desde que salió elegido Reagan y comenzó la renovación neoliberal (una pérdida equivalente a la mitad del total del empleo manufacturero existente en 1980).  Estados que, casi todos, votaban demócrata hasta ahora. Tanto así que Hillary Clinton ni se molestó en regresar a Michigan y Wisconsin desde que ganó las primarias, pues eran seguros (parte de su “firewall”). Pero bastó que un demagogo de tercera les dijera a los descontentos que él podía traer de vuelta todas aquellas industrias perdidas, para que eso cambiara. Cuando los “descontentos” se transforman en “enrabiados”, pasan a ser carne de cañón para cualquier populista de opereta. Como ya dije por ahí, antes, al menos de vez en cuando, la historia nos ofrecía algún Hamlet revolucionario (como Franklin D. Roosevelt y Keynes); ahora parece burlarse de nosotros brindándonos Macbeths tropicales à-la-Trump.

3.- LA MAGIA DEL DISCURSO DE TRUMP

Donald Trump

Trump jugó muy bien apuntando a los instintos básicos del electorado. Como ya mencionaba en otra columna, para Freud las tres características básicas de los seres humanos cuando actuamos, ya sea como individuos o como grupo, en cuanto a nuestra capacidad para comprender y actuar sobre el mundo real, son las siguientes: a) nuestra ambivalencia con la realidad, relacionada con un miedo a lo desconocido, un temor al retorno a un caos primitivo donde puede existir una fuerza desconocida que destruya la comprensión y elimine el significado; b) nuestra predilección por las ilusiones (y los cuentos de tanto cuenta-cuentos), y c) nuestra agresión innata. La genialidad de Trump fue jugar muy bien a estas tres bandas simultáneamente. En lo primero, su “Make America Great Again” no era más que decir hagamos América grande otra vez, pero grande como lo era en el pasado: ¡en ese pasado conocido! En lo segundo, el cuento básico era muy simple: todo está mal, pero yo (y sólo yo) lo puedo arreglar todo. Y en lo tercero, Trump logró energizar a sus simpatizantes de una forma extraordinaria, canalizando toda la rabia acumulada contra tigres de papel (como el peligro de tantos emigrantes latinos).

Y parte de lo primero (miedo a lo desconocido) fue decirle a esos 10 millones de trabajadores, y a todos los que aún trabajan en el sector manufacturero pero en forma precaria (ya con tarjeta amarilla), en especial a los del Rust Belt, que iba a traer de vuelta las misma fábricas que se habían perdido con el off-shoring (como la del acero). Por supuesto que Estados Unidos debe re-industrializarse, pero esa economía ya está en otra parte del ciclo tecnológico, y muchas de esas industrias maduras y contaminantes no son la solución para dicha re-industrialización. Pero, lo último que tenía Trump en la cabeza durante las elecciones era la eficiencia productiva o el medioambiente. Mientras las industrias que prometía de vuelta eran las más viejas y contaminantes, mejor le iba.

Trump logró energizar a sus simpatizantes de una forma extraordinaria canalizando toda la rabia acumulada contra tigres de papel (como el peligro de tantos emigrantes latinos).

Como dijo Chomsky hace varios meses, Trump podía ganar porque “las personas se sienten aisladas, desamparadas y víctimas de fuerzas más poderosas, a las que no entienden ni pueden influenciar”. Pocas veces el miedo a lo desconocido ha sido tan poderoso, y el deseo de un retorno a lo “conocido” ha sido tan fuerte.

A su vez, con respecto a lo segundo (la atracción por los cuenta-cuentos) los cuentos de Trump recuerdan todas las fábulas que se contaron en nuestra América Latina en el período de las reformas neoliberales. Trump podría perfectamente haber sido un Frankenstein construido a partir de componentes de nuestros héroes visionarios, aquellos que desinteresadamente introdujeron el neoliberalismo en America Latina: Los Siete Magníficos. Su respeto por los derechos humanos lo aporta Augusto Pinochet, su sentido estético viene de Carlos Menem, su honestidad de Carlos Salinas de Gortari, su apego a la democracia de Alberto Fujimori, su profundidad ideológica de Fernando Collor de Mello, su seriedad fiscal de Alan García y su sanidad mental de Abdalá Bucaram. El terror en este momento es que es probable que Trump confirme la profecía de Hannah Arendt, aquella que ya se confirmó en el Chile de los torturadores y del grupo duro de los Chicago Boys: el peor mal lo hace gente insignificante.

Por supuesto que EE.UU. debe re-industrializarse, pero esa economía ya está en otra parte del ciclo tecnológico, y muchas de esas industrias maduras y contaminantes no son la solución. Pero lo último que tenía Trump en la cabeza era la eficiencia productiva o el medioambiente.

Respecto de lo tercero (nuestra agresión innata), fue realmente una obra de arte macabra como Trump logró canalizar cuanta rabia tenían los enrabiados.  Lo más conocido es que la dirigió contra los inmigrantes latinos, pero también abrió muchos otros caminos en esa dirección, como el que orientó la rabia de muchos contra Obama porque tuvieron que “soportar” a un afroamericano en la Casa Blanca por ocho años y a una Primera Dama que resultó ser la más inteligente y atractiva de la historia de su país. También, cuando Trump criticaba los excesos de los mercados financieros, parecía ser el portavoz del “Occupy Movement” de 2008. Un billonario que no paga impuestos y es maestro de las peores prácticas empresariales, acusando a otros billonarios de actitudes impropias…  Y si hoy hay algo que es fácil, es canalizar rabia contra los mercados financieros y sus prácticas corruptas.

4.- LA FLOJERA ANALÍTICA DE LOS “RENOVADOS”

El problema es que cuando la gente pierde la paciencia y los “progresistas” son incapaces de generar una ideología alternativa convincente y viable (por estar demasiado alucinados con el poder y el dinero), se crean las condiciones ideales para oportunistas picantes.  En América Latina es cuento conocido. No puede ser más revelador respecto de la flojera analítica de los “renovados” que lo único que se le ocurra a nuestro gobierno respecto de los problemas de la globalización neo-liberal sea firmar el vergonzoso TPP, cuyo único objetivo es consolidar nuevos “derechos” para cuanto especulador, trader, rentista y depredador exista en este mundo, y ceder cuanta soberanía fuese necesario para ello.

En el caso de Estados Unidos, la esterilidad ideológica de sus “progresistas” quedó más que en evidencia durante la campaña, cuando no tenían realmente nada que decir respecto a la creciente desigualdad. Si ese país tuviese el mismo PIB que tiene ahora, pero la distribución del ingreso fuese la misma que tenía cuando ganó Reagan (fruto del “momento Trump” de su época, cuando las fuerzas progresistas de entonces eran igualmente incapaces de ofrecer una alternativa viable y creíble para los descontentos), el 1% más rico ganaría hoy día harto menos: más de US$2 billones (millones de millones) menos de lo que gana ahora. Esa cantidad es equivalente a casi 10 PIBs chilenos (dependiendo del tipo de cambio que se use). Y habría harto menos descontento porque el resto de la población sumaría esa cantidad a lo poco que le queda ahora (y podría tener menos problemas para pagar por vivienda, salud, educación, pensión, etc.).

Su respeto por los derechos humanos lo aporta Augusto Pinochet, su sentido estético viene de Carlos Menem, su honestidad de Carlos Salinas de Gortari, su apego a la democracia de Alberto Fujimori, su profundidad ideológica de Fernando Collor de Mello, su seriedad fiscal de Alan García, y su sanidad mental de Abdalá Bucaram.

En otras palabras, el 1% más rico en los Estados Unidos capturó más de dos tercios del crecimiento total de los ingresos reales por familia durante los últimos 20 años. Por su parte, el decil más alto llegó a llevarse más de la mitad del total de los ingresos del país, un nivel mayor al de cualquier otro año desde 1917, superando incluso a 1928, año tope de la burbuja de los ’20.

Que algunos crean que esto es políticamente sostenible en el tiempo, recuerda a Einstein cuando decía que en este mundo hay sólo dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana (para luego agregar que en el caso del universo no estaba muy seguro).

Por esta razón, una forma de ver el triunfo de Trump es que el “primal scream” de los descontentos se ha impuesto a la voracidad de una minoría y a la deficiencia analítica de los renovados.

Y en el caso de nuestro país, ya decía en la columna citada que va a quedar grabado en la historia política de Chile que uno de los errores históricos más garrafales de la oligarquía nacional fue rechazar la oferta de este gobierno: hagamos reformas mínimas para que todo pueda seguir casi igual (pero sin algunas de sus peores aristas). La miopía de la codicia y la arrogancia oligárquica pudo más.

El terror en este momento es que muy probable que Trump confirme la profecía de Hannah Arendt, aquella que ya se confirmó en el Chile de los torturadores y del grupo duro de los Chicago-Boys: el peor mal lo hace gente insignificante.

¿Alguien (sin demasiados conflictos de interés) puede realmente creer que toda esta ineficiencia y desigualdad no es algo artificialmente construido, a costos crecientes desde el punto de vista del crecimiento? Pero Bill Clinton trajo primero como Ministro de Hacienda (Secretary of the Treasury) a un ex-Chairman de Goldman Sachs, quien junto a su sucesor (Lawrence Summers) desmantelaron toda la arquitectura reguladora de Franklin D. Roosevelt, con las consecuencias de todos conocida.

Cosas como esa, y tanto más, hizo poco creíble que Hillary Clinton no fuese más que la continuación de lo mismo; por muy formidable candidata que haya sido, no pudo sacarse esa aura (dejando de lado las enormes diferencias ideológicas, yo era de los pocos que creía que ella podría haber sido una Presidenta de primera línea).

Hillary Clinton
Hillary Clinton

La alternativa demócrata era como creerle hoy a la “nueva” o a la “vieja” izquierda latinoamericana que son un agente de cambio. Según el Forbes Wealth Report del 2014, en términos relativos, ninguna otra región principal del mundo ha creado en los últimos diez años todo tipo de millonarios como América Latina, es decir, millonarios (o individuos con más de US$30 millones en activos netos sin contar su residencia principal), centa-millonarios o billonarios. Y no hubo un aumento más rápido de todos estos tres tipos de millonarios como el que hubo en los países de América del Sur donde ha gobernado tanto la “vieja” como la “nueva” izquierda −Venezuela, Brasil, Chile y Argentina (que se ordenan de manera diferente según la categoría de millonario que se analice). En 2013 en Brasil, por ejemplo, con la economía ya entrando en crisis y el Partido de los Trabajadores en el gobierno, surgía un nuevo millonario de este tipo cada 27 minutos y aún así, en ese país el 1% más rico se lleva menos que el de Chile.

Un billonario que no paga impuestos y es maestro de las peores prácticas empresariales, acusando a otros billonarios de actitudes impropias…  Y si hoy día hay algo que es fácil, es canalizar rabia contra los mercados financieros y sus prácticas corruptas.

En el contexto de este modelo, ¿qué podía decirle Hillary Clinton a los “Millennials” que fuese convincente de por qué en este capitalismo distópico ellos ya están en camino de ser la primera generación que van a ser más pobres que sus padres?  Quizás, para subirles el ánimo, lo único convincente podría haber sido decirles (como sostenía un sociólogo alemán) que iban a poder continuar endeudándose para seguir así “coping, hoping, doping and shopping”.

Trump quizás no es más que el resultado de que la desigualdad tiene un efecto corrosivo en la democracia. Y a los “renovados”, al tener poco o nada que decir respecto de esa desigualdad (más allá de intentar hacer algo por los pobres), no les queda otra que seguir analizando profundamente la superficie de ese fenómeno. Y después de tantos años, el solo haber sido capaz de hacer algo por los pobres (y poco o nada por la desigualdad) recuerda a Oscar Wilde cuando decía: “El sentimentalismo es meramente el día feriado del cinismo”.  También nos recordaba algo que probablemente es muy relevante para la ideología “renovada” actual: “El vicio supremo es la superficialidad”.

Un par de preguntas a Andrónico Luksic, el hombre público

Seguro que no fui el único que celebró la decisión de Andrónico Luksic de tomar abiertamente su rol público y defender sus ideas (ver entrevista). Pocos empresarios de su posición tienen la serenidad necesaria para hacerlo. En particular, lo celebro pues creo que entre lo más nefasto del período de la Concertación estuvo su política de trastienda, donde (quizás por la inseguridad ideológica de los renovados) todo se negociaba primero entre bambalinas y sacristías, para luego llamar lo que ahí se acordaba “políticas de consenso” (hoy las llaman acuerdos entre los que están “dentro del diálogo”).

En esa entrevista Andrónico dice, con razón, que dado el momento complejo del país los distintos actores deberían contribuir con su visión. Por eso, aprovecho el nuevo escenario para “entrar en el dialogo” (según il capo del segundo piso de otra era i burocrati burocrate– sólo los extremistas se quieren quedar fuera). Desde esa perspectiva, tengo un par de preguntas para Andrónico sobre asuntos que hace tiempo me dan vueltas en la cabeza.

1.- ¿Cómo se puede justificar que el 1% más rico se apropie de la tercera parte del ingreso nacional? Empresarios chilenos vs. coreanos.

a).- La primera pregunta que le quisiera hacer a Andrónico es lo que creo el tema fundamental a la base de nuestra fragilidad económica actual, a lo cual Andrónico le quita el cuerpo en su entrevista: ¿cómo puede ser posible que en una economía como la chilena el 1% más rico se apropie de alrededor de la tercera parte del ingreso, y cómo puede ser que ese 1% crea (ilusoriamente) que eso es sustentable en el tiempo, a pesar de los costos crecientes asociados con eso para el resto del país? No olvidemos que en economías con bastante más dinamismo, como la coreana y la taiwanesa, sus homólogos se llevan apenas un tercio de eso (11% o 12%). ¿Cuál podría ser la lógica de tamaño contraste? Sin duda muchas otras oligarquías en el mundo (incluso en Asia) quisieran ganar en las dimensiones chilenas, pero las coordenadas son otras.

José Gabriel Palma (Foto de Rafael Palma)
José Gabriel Palma (Foto de Rafael Palma)

El caso de Corea es particularmente relevante ya que hasta no hace tanto (años 80) teníamos niveles de productividad promedio muy similares. Si comparamos todo el período neo-liberal chileno (42 años), mientras nosotros sextuplicábamos el PIB, Corea, creciendo a una de las tasas más altas de mundo, lo multiplicó por 16. Y si comparamos desde 1980, cuando ambas economías tenían niveles similares de desarrollo (hacia fines del período de los duros de los Chicago-Boys, aquellos yihadistas que confundían arrogancia con conocimiento), mientras Corea crece a una velocidad casi sin paralelos, nuestro país está en el lugar 23 de la tabla de posiciones. Incluso durante nuestros años más dinámicos (1986-1998) ambas economías crecían a tasas similares; la diferencia fue que a ellos no se les acabó el oxígeno después de eso, ni siquiera con su crisis del ’97 (el contraste entre ser corredores de maratón y de media distancia).

Entonces, ¿por qué la elite capitalista coreana se premia con tan poco por lograr tanto, mientras que nuestra oligarquía se lleva tres veces más de la torta a pesar de su falta de dinamismo? ¿Será pura glotonería?

Como decíamos, en 1980 las productividades medias en ambos países eran similares, y estaban en alrededor de un quinto de Estados Unidos (Chile 21% y Corea 19%). En esa época, Corea ya había cerrado su brecha productiva con nosotros, pues cuando comenzó a industrializarse en los ‘60 su productividad promedio era apenas la mitad de la nuestra.

En los 34 años siguientes (1980-2014), mientras nosotros apenas cerrábamos la brecha con EE.UU. en algo minúsculo (2 puntos porcentuales, llegando al 23%), Corea logró avanzar 15 veces más, llegando a la mitad de la del país del norte (si usamos en cambio dólares PPP, la situación no es diferente, pues nosotros cerramos la brecha en tan sólo 3,7 puntos porcentuales). De seguir a estas velocidades, Corea se demoraría 60 años en cerrar totalmente su brecha productiva con EE.UU., mientras nosotros necesitaríamos más de un milenio.

Pregunta para Andrónico: ¿No crees que las recompensas para el 1% en ambos países deberían ser al revés, con el 1% chileno premiándose con mucho menos que el coreano y no con tres veces más?

La diferencia es incluso más notable si se compara lo que se apropia el 0,1% de los más altos ingresos: mientras en Chile esa pequeña minoría se cree con el derecho divino de llevarse un 20% del ingreso nacional (hasta un 22% en 2008), en Corea ellos se conforman con 5 veces menos (4,4%). El contraste con lo que se apropia el 0,01%, el entorno de Andrónico, compuesto en Chile por alrededor de unas 300 familias, ya llega al extremo pues en nuestro país ese grupo ínfimo acarrea con un 11,5% del ingreso total del país (13,6 en 2008), mientras que en Corea ese grupo –quizás los empresarios más exitosos del mundo– se quedan satisfechos con un séptimo de eso (1,7%)

Al margen de los inevitables problemas de medición y comparación entre países, ¿cuál podría ser la lógica de ese contraste alucinante, otra que ser una falla teutónica de mercado, la cual estaría a la base de los problemas económicos de nuestro país, algunos de los cuales Andrónico menciona en su entrevista?

img-plant-korea-giheung_n¿Cuál podría ser la racionalidad que lleva al Sr. Samsung a llevarse para la casa (en términos genéricos) una retribución relativa 7 veces menor que nuestros empresarios, a pesar de ser capaz de competir mano a mano con Apple en celulares, con Intel por el chip más rápido del mundo, y de tener junto a LG el dominio absoluto del mercado mundial de pantallas planas (y por desarrollar tecnologías más avanzadas, no por colusión)? Mientras tanto, algunos de sus homólogos chilenos se llevan tantas veces más por hacer cosas tan básicas como cobre concentrado, un barro con un contenido de metal de aproximadamente un 30%, resultado de una flotación rudimentaria del mineral bruto pulverizado.

¿O cuál podría ser la lógica que hace a Mr. Hyundai tan pudoroso mientras construye autos con tecnologías de punta? Sus homólogos chilenos, mientras tanto, se llevan algo sideralmente mayor por hacer astilla de madera y pulpa para diarios. ¿Y por qué los dueños de astilleros de barcos en Corea, como los Daewoo, son igual de recatados mientras construyen los barcos más grandes, complejos y tecnológicamente avanzados de la historia? Los criollos, en cambio, exigen tantos múltiplos más para ellos por producir salmones de 3 kilos, con sus correspondientes piojos y extra dosis de antibióticos. Y el que se dedica a la pesca (literalmente) se ríe de los peces de colores, pues en Chile si una familia califica dentro de esas 300, se puede llevar gratis cuotas pesqueras a perpetuidad, y con el aplauso cerrado de la barra brava neo-liberal de la Concertación (bueno, unas cuantas propinas ayudan).

¿Será que todas estas fallas sísmicas de mercado son el simple resultado que a tanto chileno se le olvidó lo que era la vergüenza, aquella emoción que antaño nos recordaba que éramos humanos?  Cómo nos recuerda Jorge Bergoglio, la corrupción de todo tipo (incluida la ideológica) es una droga que produce dependencia.

¿Cómo puede ser posible que en una economía como la chilena el 1% más rico se apropie de alrededor de la tercera parte del ingreso, y cómo puede ser que ese 1% crea (ilusoriamente) que eso es sustentable en el tiempo, a pesar de los costos crecientes asociados con eso para el resto del país?

El contraste es notable; mientras el empresario coreano se lleva tan poco por invertir tanto, desarrollar tanta tecnología y hacer cosas tan majestuosas, el autóctono del supermercado se siente merecedor de la tajada del león a pesar de ser incapaz de tener siquiera leche fresca entre sus productos (demasiado esfuerzo). El mismo empresario que para poder subir márgenes a esos niveles cósmicos tiene que echarle a perder el paladar a sus consumidores –y venderles frutas y verduras con gusto a cartón, pero a precio de las mejores del mundo– en un país donde sí se puede producir las mejores del mundo.

De igual forma, ¿por qué será que un dueño de banco coreano exige márgenes tanto menores por contribuir al gran desarrollo industrial de su país, a diferencia del nuestro que no sabe qué hacer con toda la plata que gana prestando a tasas muchas veces usureras, a clientes a veces cautivos y en algunos casos con el aval del Estado? Y para qué hablar de los desafortunos de Aguas Andinas y Alto Maipo, o de las ganancias fáciles de Aguas de Antofagasta (concesiones transables, tan legales como absurdas). O de las diferencias en ambos países en calidad y precio del Internet.

¿Y por qué será que en Corea empresarios coreanos compiten con el sector público por quien contribuye más a crear uno de los mejores sistemas educativos del mundo a todo nivel y no sólo para la elite? Y en un país donde al comenzar su proceso de industrialización en los ’60, casi un tercio de la población era analfabeta.

¿Y por qué será que Corea gasta 11 veces más que nosotros (como porcentaje del PIB) en investigación y desarrollo, gasto que en parte fundamental hace el sector privado? En Chile quizás esa insignificancia basta y sobra para las cosas a las que se dedican nuestros grupos económicos.

Hay que preguntarse una y otra vez a qué se deberá que muchos de nuestros grandes empresarios se sientan con derecho a tanto, a cambio de tan poco esfuerzo tecnológico, por tan poca imaginación productiva y por tan mínima diversificación de nuestra economía. Y por qué en Chile pueden salirse con la suya. Dado nuestro ingreso por habitante, Chile es una de las economías menos diversificadas del mundo. Como dicen en inglés, ¿por qué se sentirán con derecho divino a tanto, por tan sólo recolectar la fruta que está al alcance de la mano?

¿Tendrá todo lo anterior algo que ver con que Corea (junto a Taiwán) –con su esfuerzo, imaginación, capacidad para tomar riesgos, sentido común en la tajada del gran capital y su relación con eficiencia productiva– tengan, junto a su asombroso éxito económico, la mejor distribución del ingreso “mercado” del mundo? (aquella antes de impuestos y transferencias). Una que es mucho más equitativa que la de cualquier país de la Unión Europea –Alemania incluida– o de los famosos países nórdicos, célebres por su equidad. Sólo un reducido grupo de ex-países comunistas (se cuentan con los dedos de una mano) todavía les hacen pelea. ¿Nosotros? Ranking 120 en esa variable y después de cinco gobiernos de la así llamada “centro-izquierda”.

Y desde el punto de vista de la distribución después de impuestos y transferencias, el “Coeficiente Palma” nos indica que el 10% más rico de nuestro país se lleva aproximadamente 3 veces más que el 40% más pobre; en Corea este coeficiente es 1,1. Esto es, mientras en Corea el 10% más rico se lleva prácticamente lo mismo que el 40% más pobre, en Chile pone el grito en el cielo si no está alrededor de 3 veces sobre eso (la OECD entrega dos estimaciones diferentes para el “Palma ratio” de Chile, una arriba y una abajo del 3).

Lo que queda claro es que incluso dentro del capitalismo hay formas muy distintas de hacer las cosas. Una con eficiencia, mayor equidad, empresarios schumpeterianos y un Estado capaz de disciplinar al gran capital y de darles derechos muy bien definidos a los medianos y pequeños productores. En Corea, por ejemplo, para poder instalar un supermercado había primero que compensar a los almacenes del barrio que iba a afectar (¡qué poca modernidad la de estos coreanos!). En tanto, en Japón, una de las primeras medidas de la política industrial de la posguerra fue que nadie podía demorarse más de 90 días en pagarle a un proveedor.

 El 10% más rico de nuestro país se lleva aproximadamente 3 veces más que el 40% más pobre; en Corea este coeficiente es 1,1. Esto es, mientras en Corea el 10% más rico se lleva prácticamente lo mismo que el 40% más pobre, en Chile pone el grito en el cielo si no está alrededor de 3 veces sobre eso.

La otra forma de hacer las cosas dentro del capitalismo es la que tenemos a la vista y presencia en nuestro país. Aquella en la que los del 1% pueden ganar tanto por tan poco esfuerzo productivo (con tan pocos desafíos productivos). En eso, la apropiación privada de la renta de los recursos naturales juega un rol fundamental, y recordemos que aún en nuestra Constitución, que por muy ilegítima y tramposa que sea es aún la que nos rige, y es la que Andrónico apoya, los dueños de esos recursos somos todos los chilenos. Bueno, como sabemos, en Chile esa afirmación no vale ni el papel en el que está escrito. A eso se suma la gran variedad de fallas de mercado (como la increíble falta de competencia entre los grandes), y la variedad y bien imaginativa gama de distorsiones −muchas hechas artificialmente a la medida, como la facilidad con que los grandes pueden estrujar a los medianos y chicos, y el tener un Estado “subsidiario” (aquél que se debería llamar así porque su rol fundamental es “subsidia que te subsidia” al gran capital).

Por eso digo que a los economistas que inventaron y justificaron esta segunda forma de hacer el capitalismo, en lugar de llamarse ingenieros comerciales, se deberían llamar ingenieros de sistema (otros, menos generosos, quizás los llamarían sastres que hacen buenos trajes a la medida, incluidos para ellos).

Que haya países donde las cosas están aún peor, es sólo el consuelo del mal de muchos…

b.- ¿Será que nuestro 1% se lleva tanto “por ser los mejores”? ¿O porque el traje esta hecho a la medida?

Quizás Andrónico, igual que el resto del 1%, malentendió a Darwin, y cree que lo que él decía era que sobresalía “el mejor”. Sí, sin duda en este modelo el 1% más rico en Chile ha sobresalido con lujuria, pero para el ex-Cambridge “el más fuerte”, o “el con más habilidades para sobrevivir y sobresalir” nunca tuvo una connotación valórica. Esa calificación siempre se la han dado los que por cualquier razón están arriba −y su inevitable enjambre de aduladores− para justificar sus excesos. Para Darwin, dado un medio ambiente específico, sobresalen aquellos que tienen las habilidades y energías específicas relevantes. Cambie el medioambiente y el cuento es otro y el resultado puede ser uno muy distinto.

Daré un ejemplo personal. Si me ponen en un medioambiente académico típico, no me es tan complicado sobrevivir; pero cuando un día por despistado tuve que pasar casi toda una noche solo en la selva cerca de Tikal, mis habilidades y conocimientos eran, literalmente, los más inútiles y mi capacidad de sobrevivencia nula (el que me encontró hizo un solo comentario respecto a mi torpeza en ese medioambiente: ¡hombre blanco tenía que ser!).

PobrezaEn otras palabras, si cambiamos el medioambiente y transformamos nuestro capitalismo de segunda división en uno de primera, competitivo, con un Estado que respete la propiedad social de los recursos naturales (incluyendo un royalty de verdad), y que le imponga un dinamismo y diversificación productiva asiática a la economía, lo más probable es que el 1% en Chile termine llevándose sólo algo cercano al 10% del ingreso. Eso sucedía en EE.UU. antes de Reagan, y en el Reino Unido era incluso bastante menos que eso antes de la Thatcher. Y alrededor de eso es hoy día en Corea (12%), Taiwán (11%), o Alemania (13%),mientras que en Dinamarca es aún menos.

Además, no es muy claro cuántos de los actuales grupos económicos del país sobrevivirían en un mundo realmente competitivo y civilizado. Y para qué decir en uno en el cual la política industrial o comercial los llevase a tener que sobrevivir produciendo en Chile (vía controles a la salida de capital, como en tantos países asiáticos) e industrializando lo puramente extractivo, y sin poder apropiarse de gratis de las rentas de los recursos naturales, y con respeto a la naturaleza y al bienestar de los consumidores.

Por eso, uno de mis intentos por descifrar lo que es el neo-liberalismo analiza su especificidad desde este punto de vista: es una ideología y una praxis político-económica e institucional que intenta crear, en forma totalmente artificial, un medioambiente a la medida de las habilidades y singularidades de un tipo específico de gran capital. Un medioambiente que le dé todas las ventajas para sobresalir al capital rentista, al financiero-especulador, a los trader, los depredadores, y todo aquél que se esconde de la competencia internacional operando en el sector de no-transables de bajo desafío tecnológico.

Pero ese medioambiente les hace la vida difícil a muchos, incluido el capital realmente productivo, en especial el de la manufactura; aquél que vive en un mundo realmente competitivo, donde hay que trabajar mucho e innovar constantemente para poder ganar al menos un poco…

Si cambiamos el medioambiente y transformamos nuestro capitalismo de segunda división en uno de primera, competitivo, con un Estado que respete la propiedad social de los recursos naturales (incluyendo un royalty de verdad), y que le imponga un dinamismo y diversificación productiva asiática a la economía, lo más probable es que el 1% en Chile termine llevándose sólo algo cercano al 10% del ingreso.

En el Brasil pre-neoliberal, por ejemplo, la manufactura representaba mas del 30% del PIB; hoy es menos del 10%. ¿Tendrá eso algo que ver con su desastre económico actual? Pero, ¿cuál sería el problema si según el último informe Forbes en ese país el número de nuevos millonarios (con más de US$30 millones en activos netos sin contar su residencia principal) centa-millonarios, o billonarios creció en 273%, 274% y 256%, respectivamente desde que el “Partido de los Trabajadores” (!) tomó el gobierno? Y la inversión por trabajador en todo el período neo-liberal (PT y boom de los commodities incluidos) fue menor que la que había en Brasil en 1980. De hecho, en 2013, con la economía ya entrando en crisis, en Brasil surgía un nuevo millonario de este tipo cada 27 minutos. Aun así, en Brasil su 1% se lleva menos que el chileno (29%).

Básicamente, lo que hemos hecho en Chile no es más que crear una entelequia (primero a la fuerza y con abierta corrupción, y luego con la colaboración de los renovados y su “tercera vía”) que le permita al 1% llevarse para la casa un tercio del ingreso nacional con un mínimo de esfuerzo. Desde este punto de vista, la complejidad de lo real se puede sintetizar así: en la (auto-construida) selva neo-liberal, el capital (de ese tipo) es rey e increíblemente móvil. Si alguien todavía cree que la teología matemática, esa que hoy en muchas partes pasa por “ciencias económicas”, tiene alguna evidencia empírica o teórica de verdad para apoyar eso desde el punto de la eficiencia, debería estudiar un poquito más Asia, aquellos que por su envidiable pragmatismo ideológico son los eternos herejes del neo-liberalismo.

c.- La genialidad de Roosevelt y Keynes vs. la mediocridad neo-liberal posterior.

A riesgo de que algunos ya abandonen la lectura de la columna (pues ya es algo más larga que un tweet), quiero recordar que también hubo otro medioambiente capitalista diferente al neo-liberal, el cual FDR y Keynes ayudaron a crear (en forma igualmente artificial). En aquél contexto, el espacio de maniobra del gran capital era muy claro y preciso: para el capital del sector real, si quieres hacer plata, ningún problema, pero tienes que hacer algo socialmente útil, ¡y en tu país! Para el sector financiero, como decía Keynes, su labor era generar crédito, y sólo en la medida que fuese “el pavimento a lo largo del cual pudiese viajar el sector productivo; y los banqueros, de saber su deber, sólo deberían proporcionar esos medios de transporte en la medida en la cual el sector productivo pueda generar pleno empleo”. Para luego añadir: “y que las finanzas sean primordialmente nacionales”. Para el trabajo: ustedes tienen el derecho de propiedad de recibir una proporción adecuada del progreso económico que ustedes mismos ayudan a generar; tanto así, que en EE.UU. el ingreso del 40% más pobre creció más rápido que el del 1% más rico hasta Reagan (y también más rápido que el ingreso del 0,1% y el 0,01%). En cambio, desde entonces (1979-2014), el ingreso promedio del 40% ha caído, mientras que el del 1% prácticamente se duplicó, el del 0,1% más que se triplicó, y el del 0,01% más que se quintuplicó. De república bananera.

Lo que hemos hecho en Chile no es más que crear una entelequia (primero a la fuerza y con abierta corrupción, y luego con la colaboración de los renovados y su “tercera vía”) que le permita al 1% llevarse para la casa un tercio del ingreso nacional con un mínimo de esfuerzo.

Mientras tanto, en el período keynesiano las economías industrializadas crecían tanto en producto como en productividad a tasas jamás antes logradas, o después sustentadas; esto con pleno empleo y baja inflación. Y el CEO de Goldman Sachs no tenía la patudez de decir (como ahora) que su trabajo era equivalente “a hacer la misión de Dios en la tierra” (probablemente eso justificaría su remuneración celestial). Por su parte, las contribuciones corporativas a los fondos de pensión de los 100 CEO de las corporaciones más grandes de EE.UU. tampoco equivalían al stock de ahorros de pensión de 116 millones de sus compatriotas, como ocurre ahora.

Pero claro, nuestro desafío no es resucitar ese pasado irreplicable, o copiar mecánicamente experiencias asiáticas (usar mecánicamente información de un pasado casi siempre irreplicable es el pecado original de la econometría). Pero sí hay que dejar de lado ese cuento neo-liberal criollo que, a pesar de toda la evidencia disponible, insiste en decir que hay una sola forma de hacer las cosas, la nuestra, y que por “puro mérito” ella beneficia tanto a tan pocos. Como dice la canción, eso es “teatro, puro teatrofalsedad bien ensayada, estudiado simulacro… fue tu mejor actuación… perdona que ya no te crea, pues (a estas alturas ya es bastante obvio que) lo tuyo es puro teatro”.

También hay que dejar atrás la amnesia neo-liberal que prefiere olvidar que en ese pasado el 1% más rico en EE.UU. ganaba menos de la mitad de lo que gana ahora como proporción del ingreso, proporción que incluso caía en el tiempo. De Reagan, Thatcher y la caída del Muro de Berlín en adelante, en cambio, cuando el poder del capital de ese tipo (sub-prime) se re-legitima en forma casi mítica, y los proyectos alternativos se desintegran, surge este nuevo modelo: un paraíso para los especuladores, rentistas, traders y depredadores, gracias al cual esa proporción se pegó un salto mortal hasta el momento de estallar la crisis financiera de 2007/2008.

cobreNo sólo este numerito fue un traje hecho a la medida, sino que terminó siendo un componente central de dicha crisis. Ahora lo que se lleva el 1% ya está casi de vuelta a esa tomadura de pelo, y con una fragilidad financiera internacional peor que la anterior, y gobiernos y bancos centrales que ya se gastaron toda su pólvora e imaginación.

Probablemente gracias a su sabiduría milenaria (y errores del pasado) mucho de Asia se salvó de ese fundamentalismo, pues mientras todo occidente (norte y sur, en especial el mundo anglo-ibérico) se tragaba la píldora de que esa ficción era la obra de Dumbledore, ellos sabían instintivamente que si venía de donde venía, sólo podía ser una construcción de Voldemort.

Básicamente, si hoy EE.UU. tuviese el mismo PIB (algo no muy difícil), pero la distribución del ingreso fuese la misma que tenía cuando ganó Reagan (fruto del “momento Trump” de su época, cuando las fuerzas progresistas eran igualmente incapaces de ofrecer una alternativa viable y creíble para los descontentos de entonces), el 1% más rico ganaría hoy día harto menos: más de 2 billones (millones de millones) de dólares menos de lo que gana ahora. Esa cantidad es equivalente a casi 10 PIB chilenos (dependiendo del tipo de cambio que se use). Y el resto de la población ganaría esa cantidad por sobre lo poco que le queda (y podría tener menos problemas para pagar por su vivienda, salud, educación, pensión, etc.).

En otras palabras, el 1% más rico en los EE.UU. capturó más de dos tercios del crecimiento total de los ingresos reales por familia durante los últimos 20 años. Por su parte, el decil más alto llegó a llevarse más de la mitad del total de los ingresos del país, un nivel mayor al de cualquier otro año desde 1917, superando incluso a 1928, año tope de la burbuja del mercado de valores de los “roaring 1920”.

Ese ha sido siempre el drama del capitalismo: su gran motor para desarrollar las fuerzas productivas viene sólo de la competencia, pero en mercados competitivos se trabaja mucho y se gana poco. En los mercados oligopólicos, desregulados y depredadores, en cambio, se puede ganar mucho trabajando poco, pero a gran costo en términos de eficiencia, equidad y medioambiente.

¿Alguien (sin demasiados conflictos de interés) puede realmente creer que eso no es algo artificialmente construido para dicho fin, a costos crecientes desde el punto de vista de la eficiencia? Así, hoy tenemos el absurdo de una economía norteamericana casi estancada, pero con un sector corporativo con record histórico de utilidades y también con un nivel de deuda en record histórico. Lo mismo ocurre con la inversión privada, pero en el otro sentido (casi un record por lo bajo). Hay que dar reconocimiento donde ellos se merecen: la imaginación neo-liberal para crear artificialmente un medioambiente con esa esquizofrenia, de que se puede ganar tanto con tan poco esfuerzo −y en democracia− es realmente admirable.

Ese ha sido siempre el drama del capitalismo: su gran motor para desarrollar las fuerzas productivas viene sólo de la competencia, pero en mercados competitivos se trabaja mucho y se gana poco. En los mercados oligopólicos, desregulados y depredadores, en cambio, se puede ganar mucho trabajando poco, pero a gran costo en términos de eficiencia, equidad y medioambiente.

Esa tensión (muy bien predicha por Adam Smith) ha sido central en los 300 años de historia capitalista. Los Chicago (me refiero a los de verdad, no a los sacristanes criollos) tenían eso muy claro, y siempre estaban al lado de los mercados oligopólicos con el argumento de que mercados que requieren grandes niveles de inversión tienen que dar mínimas garantías de retorno al capital; y si hay demasiada competencia, eso no sucede. Sin embargo, no sólo al argumentar esto minimizaban el enorme costo de la concentración económica, sino también se olvidaban del problema de los incentivos: una vez que los mercados están tan concentrados y desregulados, ¿quién o qué los obliga a invertir?

d.- La arrogancia del poder absoluto y la resignación de los renovados.

Nuestra elite capitalista cometió el mismo error elemental; incluso logró acumular aún más, pero se hizo incapaz de adaptarse al cambio. En su voracidad se hizo incapaz de transformarse en el tiempo, algo esencial para hacer eso más sustentable.

El error garrafal de esta forma de acumulación y dominación fue su ilusión (bordeando en lo psicótico) de que este modelo era sustentable en el tiempo. Después de todo creían que habían logrado construir algo tan maravilloso que era el fin de la historia.

Nuestra elite capitalista cometió el mismo error elemental; incluso logró acumular aún más, pero se hizo incapaz de adaptarse al cambio. En su voracidad se hizo incapaz de transformarse en el tiempo, algo esencial para hacer eso más sustentable. Va a quedar grabado en la historia política de Chile que uno de los errores históricos más garrafales de la oligarquía nacional fue rechazar la oferta de este gobierno: hagamos reformas mínimas para que todo pueda seguir casi igual (pero sin algunas de sus peores aristas). La miopía de la codicia y la arrogancia oligárquica pudo más.

Si este gobierno hasta les ofreció aprobar el vergonzoso Tratado del Transpacífico (TPP), cuyo objetivo real era generar el mejor hedge posible contra el cambio y ceder soberanía política-económica gratis a cortes con el sello de Mickey Mouse, a niveles que hubiesen sido impensables en toda nuestra histórica política nacional −al menos desde que Aníbal Pinto autorizó a Diego Barros Arana a ceder tanto cuanto fuese necesario de la Patagonia con tal de que Argentina no apoyase a Perú y Bolivia en la Guerra del Pacífico (ver aquí sobre el TPP). Dudo que esta oportunidad abierta por el gobierno actual se repita, pues a la collera ya se le arrancó el novillo.

Lo que es difícil de comprender no es por qué este ciclo político-económico comienza a desintegrarse, sino cómo duró tanto tiempo.

Lo que es difícil de comprender no es por qué este ciclo político-económico comienza a desintegrarse, sino cómo duró tanto tiempo. Sin tener el espacio necesario para analizar esto como se merece, creo que Freud nos da una buena pista (cosa que pasa a menudo). En un artículo escrito en medio de la Primera Guerra Mundial describe lo que considera ser las tres características básicas de los seres humanos cuando actúan ya sea como individuos o como grupo, en cuanto a su capacidad para comprender y actuar sobre el mundo real:

a) su ambivalencia con la realidad relacionada con un miedo a lo desconocido, un temor al retorno a un caos primitivo donde puede existir una fuerza desconocida que destruya la comprensión y elimine el significado; la sensación es que puede existir un peligro real de que lo que por el momento es incomprendido terminará convirtiéndose para siempre en incomprensible.

b) Su ingenuidad y predilección por las ilusiones (y los cuentos de tanto cuenta-cuentos).

Y c) su agresión innata.

En lo ideológico, la genialidad de la “nueva izquierda” fue jugar con lo primero para contener el cambio, y con lo segundo para justificar su inacción (la “Tercera Vía” fue parte del cuento). Desde este punto de vista, los renovados cumplieron con su rol de contención; el que falló fue su collera y por eso se les arrancó el novillo. Si la oligarquía tan solo hubiese entendido a Darwin: “El que sobresale no es el más fuerte, ni siquiera el más inteligente, sino el que mejor se adapta al cambio”.

Pero claro, adaptarse al cambio en un modelo como el chileno era difícil. ¿De cuántas maneras se puede crear un medioambiente tan peculiar? Con mercados financieros todopoderosos, mercados laborales tan “flexibles”; falta de competencia a niveles antes impensables; sistemas de pensiones tan lucrativos para tantos, excepto para los pensionados; seguros privados de salud tan insalubres; un capital extranjero que pudo remitir al exterior utilidades equivalente a prácticamente un PIB entero entre 2002 y 2014 (y en su mayor parte por incomodarse en hacer cobre concentrado); estados tan eunucos que entre otras cosas podían seguir facilitando la apropiación privada indebida de la renta de los recursos naturales (minería, agua, pesca y más; el verdadero robo del siglo, pues legal o no, eso es lo que es). Un Estado tan esterilizado que no es capaz siquiera de obligar a los que se han adjudicado las concesiones de caminos a armonizar sus cobros vía un tag nacional. Algo para el Guiness Book of Records, sección costos sociales inútiles (tiempo inútilmente perdido en peajes).

2.- El problema de modelos con baja entropía: como todo orden siempre tiende al desorden, las formas de dominación deben sofisticarse constantemente. ¿Es posible hacer eso en este modelo?

Lo anterior nos lleva a la segunda pregunta para Andrónico: ¿de cuántas formas se puede adaptar algo así para que el 1% pueda seguir llevándose un tercio del ingreso año a año? Como diría un estadístico: ¿cuántos grados de libertad puede haber en un modelo así dado su rigidez intrínseca? O como diría un físico: ¿de cuántas formas se puede construir una estructura tan específica, con tan poca entropía? ¿De cuántas formas se puede crear algo tan bondadoso para algunos, al margen de su ineficiencia intrínseca, y en democracia? ¿De cuántas formas se puede construir algo así para limitar el acceso de otros a las rentas, construyendo tan efectivamente lo que Douglass North llamaba un “Limited Access Order? ¿De cuántas formas se puede re-arreglar los componentes de un modelo así sin cambiar su estructura (sin desordenarlo)?

Andrónico Luksic
Andrónico Luksic

Como bien dice Andrónico en la entrevista mencionada (aunque en otros términos) es obvio que en Chile este tipo de dominación y acumulación se desintegra (y no sólo aquí). Pero ni la derecha ni la “nueva izquierda” han aportado una sola idea original –que sea creíble y viable– que ayude a hacer esto sustentable, algo no tan extraño en el caso de los últimos, pues cuando dos polos opuestos piensan lo mismo, en realidad sólo uno es el que está pensando.

Por un lado, la “nueva izquierda” representa cada día menos a los descontentos, lo que es un componente esencial del tipo de dominación tan efectiva que nos trajo hasta aquí. Como ya he mencionado en otras columnas, citando a Adorno, Chile es laboratorio de eso de que la forma más efectiva de dominación es aquella que delega a los representantes de los dominados la violencia en la que descansa. Por otro, cada día es más obvio que la derecha no puede dominar efectivamente sin la ayuda de los renovados: ¿qué van a hacer las AFP para continuar con la tomadura de pelo actual cuando los servicios de esos generosos ministros y ex-ministros de la Concertación/Nueva Mayoría ya nos les sirvan?

En esa perspectiva, se entiende muy bien por qué para un número creciente de empresarios la alternativa Lagos (al margen de las mejores intenciones que pueda tener el candidato) aparece como la mejor (¿única?) forma de reconstruir el sistema de dominación y acumulación actual. Una alternativa que quizás podría volver a reagrupar a los agobiados, y a la cual los dueños del capital le podrían volver a delegar, y con tranquilidad, el manejo de las instituciones necesarias para implementar dicha dominación, pues pueden confiar que ellos jamás se van a olvidar quienes son (sub-contratados), y de cuál es su rol en el sistema.

Sin embargo, creo que esa ya es misión imposible. Desde mi perspectiva, de ganar Lagos la próxima elección, a pesar de sus formidables habilidades políticas, quizás no va a poder hacer más que dilatar una compleja pero imparable desarticulación de un sistema de dominación y acumulación que hace rato ya topó fondo, aquél que creaba consensos en torno a una ideología que se puede resumir en el lema: “Teme al 1%, honra al mercado” (lo que en Chile llamamos eufemísticamente “mercado”).

Creo que para lo que queda del orden actual el problema de fondo no es que haya quedado en evidencia que el rey no tenía ropa; el problema es que quedó en evidencia que el prócer de los renovados se viste con ropa ajena.

Por tanto, sería realmente interesante conocer en forma más específica cómo Andrónico visualiza un futuro que sea para él sustentable, pues este sistema de dominación hace aguas ya que cada día se hace más difícil mediatizarlo. No es muy difícil darse cuenta que los que están descontentos ya no quieren ser representados por sub-contratados; y es complicado que el gran capital, de querer continuar con su tajada del león, pueda dominar directamente en democracia. ¿Tendrá Andrónico alguna idea de cómo salir del entuerto desde el punto de vista empresarial, fuera de continuar con la creciente fuga de capitales, aquello que se prefiere llamar inversión chilena en el extranjero?

En un mundo globalizado, de existir un Estado con un mínimo de respeto de sí mismo, Chile podría ser una base ideal para un programa “asiático” de diversificación productiva, en especial basada en la industrialización del sector primario-exportador. Pero eso les exigiría harto más a los grupos económicos, y los premiaría con bastante menos.

Peor aún, ¿alguna idea fuera de continuar endeudándose en el extranjero en dólares para luego sacarlos de Chile al resto de la región, en especial a países donde este sistema de dominación y acumulación tan primitivo parece tener todavía para rato? Como Andrónico sabe mejor que nadie, la deuda corporativa chilena en dólares ha sido la tercera que ha crecido más en el mundo emergente desde 2007 (después de China y Turquía): alrededor del 20% del PIB. Pero la inversión privada chilena está por el suelo. ¿Será que la solución para los problemas actuales de nuestro país, como parece sugerir en su entrevista, es que los pasivos se queden aquí, pero los activos emerjan en otra parte donde supuestamente hay más “garantías”? Él la llama “internacionalización” de su grupo, porque Chile le quedó chico. Para él (poco agradecido) Chile ya no es un país tratando de transformarse en nación; parece que es sólo un mercado limitado para lo que él hace.

En un mundo globalizado, de existir un Estado con un mínimo de respeto de sí mismo, Chile podría ser una base ideal para un programa “asiático” de diversificación productiva, en especial basada en la industrialización del sector primario-exportador. Pero eso les exigiría harto más a los grupos económicos, y los premiaría con bastante menos. Pero entonces seríamos, y no sólo en el futbol, campeones de América.

José Ortega y Gasset nos decía que el principal problema de América Latina era que había demasiados individuos satisfechos consigo mismo y con demasiado narcisismo, pues les gustaba mirar la realidad como espejo de auto contemplación. Toda la razón: basta mirar nuestro 1% y tanto político de la ex Concertación. Para él ese era un gran obstáculo, pues faltaba descontento, motor del progreso. Yo generalizaría eso, pues no solo el descontento puede crear dinámicas transformadoras muy interesantes, sino también otros aspectos de aquello que es parte de esa tendencia natural (tanto en el mundo físico, como en el social) del orden en transformarse constantemente en desorden y de subir su entropía. El descontento es un componente fundamental de eso en lo social, pero no el único. Y es esa tendencia al desorden lo que genera los nuevos desafíos que requieren de una continua sofisticación de nuestras formas de dominación y acumulación.

De ser así, nuestro problema no puede ser más obvio: nuestra Latinoamérica neo-liberal –¡y ciertamente la otra!– reprueba ese examen. Y la “nueva izquierda”, por los fantasmas de su pasado (todavía persecutorios), por su tendencia intrínsecamente conservadora, por una no despreciable cuota de conflictos de interés (anzuelos que les tiró la oligarquía) −y por tanto consejero con poca Imaginación (consultores) para el cambio− trata (y por un tiempo con mucho éxito) más bien de contener ese nuevo desorden que de encausarlo hacia formas más sofisticadas de desarrollo.

Creo que hay muchas similitudes en la falta de imaginación productiva de nuestros grandes empresarios (grandes en tamaño), y la falta de imaginación social de los renovados. Quizás por eso fueron, y por tanto tiempo, tan buena collera. ¡Pero ahora se le despabiló el novillo! Asia, en cambio, con sus errores, saca buena nota en todo esto. ¿Qué opinará Andrónico de estos asuntos?

TPP, QEPD

Qué perdida de tiempo y recursos va a significar el TPP (Trans-Pacific Partnership). Más de cinco años de negociaciones. Más de 600 lobistas y abogados corporativos (muchos a mil dólares la hora) representando a las multinacionales en los debates y escribiendo los textos de la nueva jurisprudencia e institucionalidad del TPP (incluido el modus operandi de las nuevas cortes que hasta el Financial Times las ha llamado “opacas”). Todo el silencio de nuestro Poder Judicial, a pesar de que las multinacionales le decían en su cara que quieren un TPP porque no tienen confianza en su imparcialidad, integridad o jurisprudencia.

Todo el esfuerzo del gobierno para colocar en vitrina, y en la forma más vistosa posible, los pequeños avances comerciales del tratado (en nuestro caso, algo irrelevante por tratados anteriores), para así pretender que el TPP es un tratado comercial y no uno cuya verdadera finalidad es proteger los intereses de cuanto especulador, rentista, depredador y extorsionador (como en los medicamentos) existe en este mundo. La idea fue que así nadie se fijaría en lo que había detrás de la vitrina, en especial en la trastienda. Tanta declaración gubernamental siguiendo la “lógica-Peña” (mientras no haya una intención directa y maliciosa de mentir, todo vale). Tanto concierto de los Rolling Stones perdido. Y ahora todo para nada.

José Gabriel Palma (Foto de Rafael Palma)
José Gabriel Palma (Foto de Rafael Palma)

Bastó el oportunismo narcisista de un payaso estadounidense, y la filtración (gracias a Greenpeace) de las presiones inaceptables de Estados Unidos en la negociación del tratado gemelo con Europa (The Transatlantic Trade and Investment Partnership, TTIP), para que tanto por las elecciones en EE.UU., como por el rechazo a las tácticas de intimidación estadounidenses en Europa, se moviera el centro de gravedad respecto a estos tratados en forma sísmica. Y ahora el TPP y el TTIP se desmoronan como si fuesen una reforma de nuestro gobierno.

Hay que recordar que en cuanto al Trans-Pacífico, el escollo fundamental siempre iba a ser la ratificación en el Parlamento de Estados Unidos. Pero la ingeniería de Obama parecía tenerlo todo controlado, con los republicanos a bordo y suficientes demócratas como para generar mayorías y aprobar el TPP -y si fuese posible, también el TTIP- antes del término de su mandato (de la misma forma como había logrado aprobar el fast track para el TPP, el cual obligaba al parlamento a aprobarlo o rechazarlo cuando estuviese listo, sin dejar espacio para modificaciones). Era la última guinda en el pastel de su legado internacional.

LA JUGADA DE TRUMP

Todo iba como reloj, incluido el apoyo incondicional de nuestros cheerleaders criollos (siempre incondicionales a la nueva modernidad neoliberal). Sin embargo, y para sorpresa de todos, the joker in the pack (el bufón del grupo) en la primaria republicana comenzó a enredar todo. Los otros 16 contendores estaban alineados con la posición oficial del partido (a favor de este tipo de tratados). Pero, como vendedor ambulante experimentado, Donald Trump supo leer lo que querían sus clientes (the silent majority), y se dio cuenta de que un segmento importante quería terrorismo para los terroristas; quería reconstruir (a cualquier precio) el antiguo orden internacional (la no tan “Pax” Americana), amenazada por el tsunami asiático, el polvorín del medio oriente, y la falta de resolución del problema Palestino; quería levantar murallas contra la inmigración y deportación de ilegales; y quería recuperar en forma indiscriminada cuanta industria fuese posible (en especial las asociadas al antiguo paradigma tecnológico y mientras más viejas y contaminantes mejor).

Hay que recordar que en cuanto al Trans-Pacífico, el escollo fundamental siempre iba a ser la ratificación en el Parlamento de Estados Unidos, pero la ingeniería de Obama parecía tenerlo todo controlado…

El problema básico de Estados Unidos es que su economía cada día más inmovilista (marca registrada del neoliberalismo desatado), deja atrás a una proporción cada vez mayor de su población al ser incapaz de adaptarse a los nuevos desafíos económicos. Su elite capitalista prefiere la financiarización, el rentismo y la depredación a la diversificación productiva, la absorción tecnológica y la competencia en manufacturas. ¿Suena conocido? Y en ese contexto, un discurso paranoico contra chinos, mexicanos y musulmanes, tiene un atractivo altamente seductor para aquellos grupos que quedaron sobrando en el nuevo modelo de acumulación.

El inesperado triunfo de Trump en las primarias republicanas colocó a su partido en un duro aprieto. En su discurso al ganar la primaria en Indiana, lo que confirmó su victoria (obligando a Ted Cruz a tirar la toalla), ya dejó en claro lo que iba a ser su estrategia de campaña contra Hillary Clinton. El problema para el establishment republicano era que Trump escogió como caballo de batalla un discurso anti-NAFTA, opuesto a la línea oficial del partido (olvidando mencionar que el 40% de las exportaciones mexicanas a Estados Unidos están hechas de piezas y partes made in America). Como dicho tratado había sido ratificado por Bill Clinton y explícitamente apoyado por Hillary, era un tema ideal para separar aguas entre ambas candidaturas.

Otro tema era los crecientes conflictos de interés entre la política y las finanzas (donde Hillary también era vulnerable). Por supuesto que el NAFTA tiene una variedad de problemas, como también lo tiene la creciente influencia de las finanzas y la desregulación financiera llevada a cabo durante el gobierno de Bill Clinton, impulsada por su ministro de Hacienda Robert Rubin y su discípulo Larry Summers (Rubin, quien era ex-chairman de Goldman Sachs y futuro chairman del Citigroup, llegó a recibir US$126 millones como remuneración por sus servicios, incluido el llevar a su banco a una inminente quiebra, como por la negociación del mega-rescate del banco después de la crisis de 2008 por parte de sus ex-subordinados). Pero un debate serio sobre tratados comerciales y la puerta giratoria (cada vez más corrupta) entre la política y las finanzas es algo que sobrepasa a la chabacanería de un populista de opereta.

La oposición de Trump al NAFTA y al TPP no pudo quedar más clara en su discurso luego de ganar el último round de primarias: No vamos a aprobar el TPP, que es un desastre, un desastre para nuestro país; es casi tan malo como el NAFTA -firmado por Bill Clinton- que ha desmantelado nuestra manufactura, trasladando nuestras fabricas a otros lugares, en particular a México”.

El problema básico de EE.UU. es que su economía cada día más inmovilista (marca registrada del neoliberalismo desatado), deja atrás a una proporción cada vez mayor de su población al ser incapaz de adaptarse a los nuevos desafíos económicos

Al discurso de Trump se sumó el de Bernie Sanders por el lado demócrata, quien a otro nivel y por razones muy distintas, también se oponía al TPP y al TTIP, y a la influencia nefasta de las finanzas en la política. Con eso Hillary quedó en la mitad del sándwich, y no tuvo más alternativa que nadar con la corriente. Primero, criticó el secreto de la negociación y luego el contenido del TPP (a pesar de haberse declarado a favor de negociar un tratado tipo-TPP cuando era secretaria de Estado). De hecho, el Partido Demócrata acaba de nombrar un “Drafting Committee” para elaborar el programa del próximo gobierno con una clara mayoría antagónica al TPP y al TTIP, y con el abierto apoyo de Hillary.

En cuanto al TTIP, todo indica que ya pasó a la historia, pues agoniza en Europa camino a su muerte natural. En Europa habrá mucho “renovado”, pero aun así causó consternación cuando se revelaron las presiones norteamericanas para relajar los estándares europeos (ya insuficientes) de protección al medio ambiente, de respeto a los consumidores, de defensa a la competencia, de regulación agrícola respecto a productos con denominación de origen y del derecho a tener sistemas de salud pública de cobertura universal.

Un ejemplo de esto último es que en el Reino Unido el costo mediano de un tratamiento de cáncer es equivalente a casi dos millones de pesos al mes; en Estados Unidos, el mismo cuesta seis millones de pesos (el doble de su PIB mensual por habitante, mientras que en UK es menos de un tercio de eso desde la perspectiva de ese indicador, gracias al poder de compra de un sistema nacional de salud que atiende a más del 90% de la población). No es muy difícil adivinar a cual de los dos precios se iba a converger con el TTIP (igual cosa nos iba a pasar a nosotros con el TPP, a pesar de tanta declaración insólita de nuestros representantes en el tratado).

Por su parte, todo indica que nuestro TPP ya quedó sentenciado en el parlamento estadounidense como “DOA” (dead on arrival o ya muerto al llegar). De hecho, lo más probable es que Hillary, de ganar, va a tener preocupaciones más inmediatas al respecto, como hacerle un facelift (cirugía cosmética) al NAFTA para salvarlo. Si gana Trump, entre sus atribuciones presidenciales está el dar simplemente seis meses de aviso para sentenciar al NAFTA.

TTP MUERTO: ¿Y AHORA QUÉ?

Lo inmediato es que la estrategia de campaña de Trump hace impensable que los parlamentarios republicanos puedan ahora apoyar un nuevo tratado (TPP o TTIP), ya sea antes de que termine el período de Obama, o en la presidencia siguiente, gane quien gane la elección.

Eso no significa que nuestros queridos parlamentarios van a dejar de lado la tramitación del tratado; pero cuando la mayoría yihadista neoliberal lo apruebe -la misma que ratificó la “Ley Longueira”- solo servirá para cantar a los cuatro vientos (a lo Miguel Aceves Mejía), que sin las queridas multinacionales “soy nadie, que no soy nadie, que nada valgo sin su querer”. Como quizás diría Hannah Arendt, lo que caracteriza a una parte importante de nuestra clase política, incluida la corrupción de algunos, es la banalidad de sus actos.

Sin embargo, que el TPP esté sentenciado no significa que haya que bajar la guardia. Más no sea para exteriorizar las falacias e insubstancialidad de nuestros “renovados”.

Como vendedor ambulante experimentado, Trump supo leer lo que querían sus clientes (the silent majority)

Por supuesto que Trump no brotó de generación espontánea. Como diría Hegel, no es más que un fruto de su época, reflejando brillantemente su mediocridad. Antes, al menos de vez en cuando, la historia nos ofrecía algún Hamlet revolucionario (como Muhammad Ali); ahora parece burlarse de nosotros brindándonos Macbeths tropicales.

Mi hipótesis (ver por ejemplo) es que esta época -llamémosla globalización neoliberal- se caracteriza por un fenómeno muy especial. Muchos esperaban que trajera una gran convergencia entre las naciones, como mayor similitud ideológica y en las instituciones. Lo que siempre intuí, y dejé en blanco y negro hace mucho tiempo, es que si bien íbamos a converger, esa convergencia (desgraciadamente) no se iba a dar en torno a las características civilizadoras de los países “avanzados”: aquellas que después de la guerra trajeron, entre otras cosas, los acuerdos de Bretton Woods, la sanidad keynesiana en política económica, incluida una gran reducción en la desigualdad, el Plan Marshall, el Servicio Nacional de Salud Británico y el Estado de bienestar. En cambio, con algunas excepciones asiáticas (los eternos herejes del neoliberalismo -qué envidia da el pragmatismo y el concepto de nación que tienen por allá, parecen ser los únicos que entienden la diferencia entre ser país y nación-), yo argumentaba que íbamos a converger hacia lo que nos caracteriza a nosotros, países de ingreso medio, altamente desiguales, con elites insubstanciales, estados eunucos, ideologías fundamentalistas y tanto académico y político encandilado por sus conflictos de interés.

Es decir, no es que nuestra desigualdad iba a civilizarse a los niveles de la OECD, sino al revés. El 1% más rico en Estados Unidos, el cual ganaba menos del 10% del ingreso cuando Reagan fue elegido presidente, hoy nos pisa los talones tanto en lo que se apropia del ingreso nacional, como en la intrínseca ineficiencia que debe generar para lograr eso. De hecho, Estados Unidos ya nos pilló en cuanto a su desigual mercado (esto es, antes de impuestos y transferencias: Gini 50.4 contra nuestro 50.5).

También es el caso de nuestros mercados laborales. No es que éstos iban a evolucionar con la globalización neoliberal hacia los niveles de progreso de sus contrapartes en países más desarrollados, sino al revés. Y cuando los hermanos Bush hicieron el fraude electoral en Miami en 2000, yo ya escribía que de seguro había sido diseñado por asesores de campaña provenientes del otro lado del Río Grande.

DESIGUALDAD SIN CONTROL

El Partido Demócrata acaba de nombrar un Drafting Committee para elaborar programa del próximo gobierno con una clara mayoría antagónica al TPP y al TTIP, y con el abierto apoyo de Hillary

En otras palabras, lo que más caracteriza hoy a Estados Unidos es su “tercermundización” -o banalización- con su desigualdad desatada producto de elites móviles que se apropian de los frutos del crecimiento: el 1% más rico se ha apropiado de más de dos tercios del crecimiento del ingreso por familia desde principios de los ‘90; y el decil más alto ahora se lleva la mitad del ingreso. Un nivel nunca alcanzado desde que hay este tipo de estadísticas, incluso superando a 1928, en la cima de la burbuja financiera de los roaring 1920’s (en el fragor de los años 20). Esto jamás sería posible sin gobiernos esterilizados (como los nuestros) y una política cada vez más realista-mágica, que si bien tiene poco auto-respeto, no le falta originalidad. Berlusconi ya daba cátedra en eso.

A diferencia de lo que predecía Marx en el prefacio de El Capital, ahora, en la nueva modernidad neoliberal, no es el Norte el que le muestra al Sur la imagen de su futuro, sino al revés. Y a propósito de ese futuro, es muy tentador decirles a mis amigos del Norte: ¡Bienvenidos al tercer mundo! (como me entretuve diciéndolo en una conferencia la semana pasada en el “Big Apple”).

TRUMP Y LOS SIETE MAGNIFICOS

¿A alguien le cabe duda que Trump no se asemeja a un Frankenstein construido a partir de componentes de nuestros héroes visionarios, aquellos que desinteresadamente introdujeron el neoliberalismo en America Latina? The Magnificent Seven: su respeto por los derechos humanos lo aporta Augusto Pinochet, su sentido estético viene de Carlos Menem, su honestidad de Carlos Salinas de Gortari, su apego a la democracia de Alberto Fujimori, su consecuencia ideológica de Fernando Collor de Mello, su seriedad fiscal de Alan García, y su sanidad mental de Abdalá Bucaram. El terror es que si gana Trump se puede volver a confirmar la profecía de Hannah Arendt, aquella que ya se confirmó en el Chile de los golpistas y del grupo duro de los Chicago Boys: el peor mal lo hace gente insignificante.

stop-tppPor cierto que a los países que antiguamente llamábamos “desarrollados” (o “avanzados”) aún les queda camino por recorrer en su “catching-up” (cerrar brechas) al revés. Por ejemplo, en Estados Unidos, con Trump y todo, aún no se llega al nivel de excentricismo de Brasil, donde hay un partido para las mujeres cuyo único diputado es un hombre; y donde el impeachment a Dilma no fue más que un ajuste de cuentas dentro de la Cueva de Alí Babá. El 60% de los parlamentarios que votaron estaban ellos mismos siendo investigados por corrupción o delitos similares. Así no es difícil conseguir mayorías para el impeachment a cambio de inmunidad. En un país como Brasil, el contrato implícito para solucionar “el dilema Hobbesiano” (cómo mantener la paz social) es la alternancia en el poder. Y si un partido (como el PT) amenaza eternizarse en el poder, y comienza a tener un acceso privilegiado a la corrupción, se hace imposible mantener dicha paz social, por mucho trickle-down (chorreo) que haga para apaciguar los ánimos.

Sin embargo, en otras áreas del “catching-up” al revés, Estados Unidos ya nos superó: 22 estados han aprobado una legislación para limitar el derecho a votar de las personas; y la Corte Suprema legalizó la corrupción corporativa en la política.

LA PROPINA EN CHILE

Pero en Chile somos mucho más civilizados, pues una parte importante de los políticos y jerarcas progresistas se conforman con una propina. En el royalty (negociado por el ministro de Hacienda del gobierno de Ricardo Lagos) se acordó distribuir las utilidades de las multinacionales del cobre dándole el 98% para ellas, y el 2% para nosotros (los dueños del mineral, como claramente se estipula en la Constitución, que por muy ilegítima y tramposa que sea, aun rige los destinos del país). Más aún, para apaciguar fantasmas del pasado, a las multinacionales se les dio más encima franquicias tributarias adicionales (sobre las tantas que ya tenían) para aminorar su dolor. Como resultado, la repatriación de utilidades de las multinacionales entre 2002 y 2014, en gran parte las del cobre -y por molestarse en hacer concentrado con un contenido de apenas un 30% de metal, resultado de una flotación rudimentaria del mineral bruto pulverizado- fue mayor que el stock de todos los ahorros previsionales existentes de los 10 millones de chilenos forzados a cotizar en AFPs.

Todo indica que nuestro TPP ya quedó sentenciado en el parlamento norteamericano como “DOA” (dead on arrival)

Un acuerdo similar, aunque más informal, parece que se llevó a cabo con SQM. Por una parte, se hizo vista gorda de la forma en la que un ex burócrata de CORFO, y empresario saliendo de una quiebra, aprovechó privatizaciones brujas y relaciones familiares para adjudicarse en el cyberday de los Chicago Boys una de las empresas más importantes de Chile a precio de liquidación (con todo el respeto que le tengo a Patricio Aylwin, el error más grande de su gobierno, y uno de los más grandes de nuestra historia, fue no haber creado también una Comisión Rettig para investigar los crímenes económicos de la dictadura, pues no hay nada más contagioso e ineficiente que darle impunidad a los portonazos de cuello y corbata; parafraseando a Vargas Llosa, ahí fue donde se jodió Chile). Por otra, la CORFO firmó un contrato con la empresa que controla dicho sujeto, que le permite explotar de manera exclusiva y excluyente el Salar de Atacama, de donde saca más del 50% de sus utilidades anuales” (ver El Mostrador).

Y por lo poco que se ve del iceberg, eso pareciera que fue (al menos implícitamente) a cambio de un flujo de propinas para partidos y políticos de la Concertación/Nueva Mayoría -administrados con mucha Imaginacción (consultores)-. Que nadie vaya a decir que los chilenos somos codiciosos; a diferencia de la danza de millones que tiene lugar en Argentina, Brasil, México y Venezuela, en Chile (salvo lo que pasó con las privatizaciones y sigue pasando con las rentas de los recursos naturales) una limosna basta, como en la Ley Longueira.

LOS NEGOCIOS DE TRUMP

La historia empresarial de Trump también está llena de extravagancias, como el sinnúmero de quiebras virtuales para renegociar deudas (ya nos prometió hacer algo similar con los Bonos del Tesoro). Por su parte, la Universidad Trump le hace collera a muchas de nuestras universidades privadas. Pero hay que dar reconocimiento donde lo merece: su genialidad política fue la de ser capaz de articular la rabia de aquellos ex-proletarios, ahora pobre-letarios, que quedaron de sobra en el nuevo proceso de acumulación neoliberal. Aquél que sólo premia a la financiarización desatada y sin fronteras (en especial con paraísos fiscales), el rentismo de todo tipo, el fin de la competencia como motor dinamizador de la economía, y que es gloria y majestad para todo tipo de trader que sabe explotar las crecientes fallas de mercado (incluso las políticas).

También gratifica generosamente el tráfico de influencias. En nuestro caso, especialmente la de aquellos que hicieron su nombre criticando el modelo para ahora pasarse la vida defendiéndolo. Si uno les preguntara por ese pasado, seguro que dirían, como Cassio en Otelo, que en materias económicas “me acuerdo de una pelea, pero no por lo que peleábamos”. Como he dicho anteriormente (parafraseando a Oscar Wilde), en nuestro moderno proceso de acumulación surgen tantas alternativas rentables a la inversión real que ganar plata haciendo algo socialmente útil es signo de falta de imaginación.

BENEFICIOS VIRTUALES

Finalmente, ¿por qué hay en Estados Unidos tanto descontento con los (mal llamados) tratados comerciales? Un factor que hace a una parte importante de la población caldo de cultivo del Fra Fra norteamericano. Lo básico de la respuesta es que fuera de Asia, los costos de la globalización neoliberal son reales y muchos de los beneficios son virtuales. Mis colegas neoliberales predicaban (palabra que hay que entender en forma literal) el libre comercio por su naturaleza “win-win”. Pero como nos explican economistas del MIT, aquellos trabajadores en Estados Unidos que han sido afectados por el comercio con China y México lo han sido por mucho más tiempo, y en forma mucho más profunda que lo que se esperaba. Y estos trabajadores (y con razón) han perdido la paciencia. Y esto no sólo porque el mercado laboral, por muy liberalizado que sea, no tiene la flexibilidad que se esperaba.

Lo inmediato es que la estrategia de campaña de Trump hace impensable que los parlamentarios republicanos puedan ahora apoyar un nuevo tratado (TPP o TTIP), ya sea antes de que termine el período de Obama, o en la presidencia siguiente, gane quien gane la elección

Desde mi perspectiva keynesiana eso se debe en lo fundamental a la naturaleza de las empresas “ganadoras”. Hoy día en Estados Unidos las utilidades corporativas (y la deuda corporativa) están en un nivel record histórico, pero la inversión privada está por el suelo.

¿Y qué hacen las corporaciones con esos recursos que no invierten? Se destinan ya sea al casino financiero, a comprar sus propias acciones (y así subir su precio -y los bonos de fin de año- en forma artificial), repartir dividendos astronómicos, a comprarse unas a otras a precios siderales (para así poder coludir en forma legal y eludir impuestos), a incrementar salarios y beneficios de ejecutivos y a contribuir a sus fondos de pensiones (en Estados Unidos los ahorros previsionales de 100 ejecutivos –CEOs- de las mayores empresas del país son equivalentes a los de 116 millones de conciudadanos de la mitad más baja de ingresos del país). Esto es, se destinan a cualquier cosa menos a desarrollar los sectores que deberían beneficiarse con el comercio.

Por esta razón, y a pesar del incremento de los costos debido a las razones anteriores, el excedente sectorial del sector corporativo pasó de negativo a positivo. Como uno esperaría en un mundo racional, hasta hace poco la inversión corporativa era mayor que su ahorro en un monto equivalente al 4% del PIB en EE.UU. y alrededor del 5% en la Comunidad Europea. Sin embargo, ahora la inversión es menor en un monto equivalente al 8% del PIB en Japón y alrededor del 3% en el resto del G6 (salvo Francia).

TEOLOGÍA MATEMÁTICA

Sorpresa, sorpresa, este año no sólo el crecimiento de la productividad en Estados Unidos será negativo por primera vez en tres décadas, sino que también está estancado en Europa y Japón.

Esta combinación siniestra de altas utilidades y bajos niveles de inversión corporativa es también uno de los principales factores que impulsa en los mercados financieros la creciente asimetría entre la abundancia de liquidez y la escasez de activos financieros sólidos. Por eso, la facilidad para realizar una transacción financiera con un instrumento basura (sin mayor valor intrínseco) es la marca registrada del actual proceso de “financiarización”.

Según el economista jefe del Banco de Inglaterra (Banco Central del Reino Unido), este tipo de cifras reflejan un proceso de “auto-canibalismo” corporativo. Antes de Margaret Thatcher los accionistas se repartían en promedio 10 de cada 100 libras de utilidades corporativas; hoy se llevan entre 60 y 70 de cada 100. Y si antes un accionista se quedaba en promedio por seis años con una acción, ahora es por menos de seis meses. Tanto que nos decía Keynes (y otros antes que él): un capitalismo desregulado y con exceso de liquides (que en parte importante se debe al incremento de la desigualdad) se hace inevitablemente autodestructivo. Pero explíquele eso (allá y acá) a quienes su ingreso depende de no entender…

¿Cuando será el día que un economista neoliberal, en especial un nuevo convertido, pida perdón? (¿Qué tal alguno que terminó de director de Aguas Andinas?). Y diga: “Lo nuestro era sólo teología matemática”. Si hasta el FMI ya se está renovando de vuelta…

El terror es que si gana Trump se puede volver a confirmar la profecía de Hannah Arendt: aquella que ya se confirmó en el Chile de los golpistas y del grupo duro de los Chicago Boys: el peor mal lo hace gente insignificante

Por eso los costos del comercio con China y México son reales, pero los beneficios son casi todos virtuales: en Estados Unidos el salario masculino promedio está estancado en términos reales hace 35 años (desde la elección de Reagan), y el femenino ha subido a penas a una tasa del 0,8% anual (y solo gracias a la regulación que intenta reducir la desigualdad de género). Y el salario mínimo ha caído más de un 20% desde la elección del “Gran Comunicador”. Mientras tanto, el ingreso promedio del 1% más rico ha crecido en un 170%, el del 0,1% en 325%, y el del 0,01% en 520%. Los economistas neoliberales les dirán (con cara de póker) que eso sólo refleja diversidad en los valores de las productividades marginales. Una proporción creciente de la población (tanto allá como acá) les dirá: por favor, ¡déjense de contar cuentos!

El problema es que cuando la gente pierde la paciencia, y los “progresistas” han sido incapaces de generar una ideología alternativa convincente (por estar demasiado alucinados con el poder y el dinero), se crean las condiciones ideales para los oportunistas picantes. En América Latina es cuento conocido. ¡Cómo nos hace falta un proyecto Bielsa en la política nacional! Generaciones nuevas empujan en esa dirección. ¡Suerte!

Y en una mediocridad como la actual caen justos y pecadores. Entre los últimos, y como una de las ironías más singulares de la historia contemporánea, por gentileza del Che Copete el TPP is no more.

EL TPP: o cómo ceder soberanía por secretaría

Después de cinco años de negociación y siete desde que la idea fue planteada por primera vez, 12 países, incluido Chile, acaban de llegar a acuerdo sobre el Tratado Transpacífico o TPP (Trans-Pacific Partnership). De aprobarse, sería el mayor acuerdo de este tipo desde el pacto multilateral de Uruguay de 1994. Entre los muchos objetivos que se han destacado está liberalizar el comercio y armonizar la regulación en una amplia gama de sectores, incluyendo los aranceles agrícolas, y las patentes y los derechos de autor. También, y como objetivo estratégico fundamental, el TPP busca crear una instancia supranacional para que las corporaciones (especialmente las internacionales) puedan demandar a los gobiernos en cortes especialmente diseñadas para dicho fin, si sienten que han sido tratadas de forma que las perjudica.

Gabriel Palma
José Gabriel Palma (Foto de Rafael Palma)

Al reconocer esta nueva institucionalidad, los Estados miembros aceptan que en el futuro parte de sus atribuciones queden limitadas por estas instancias supranacionales, las cuales pasan a estar por sobre sus parlamentos y sistemas judiciales. Por ello, sorprende que hasta ahora este tratado haya sido presentado como si fuese fundamentalmente algo comercial, cuando este otro aspecto es de una envergadura mucho mayor. Entre otros cosas, con ello se acepta, ni más ni menos, que corporaciones multinacionales y dichas cortes tenga el derecho a restringir significativamente la libertad de acción de gobiernos elegidos democráticamente en una amplia gama de materias fundamentales para el desarrollo, como el bienestar, el crecimiento y su sustentabilidad.

Proponentes del tratado dicen que ya era tiempo de desbloquear La Ronda de Doha, estancada por 14 años. El TPP podría re-estimular la globalización y el crecimiento, en especial en sectores cuyo acceso ha estado limitado, como la agricultura. Sin embargo, sus propias estimaciones sugieren que el PIB de los países en cuestión podría aumentar en promedio apenas un 0,5% en los próximos cinco años. ¿Tanto ruido por tan pocas nueces? Incluso medios normalmente muy favorables a este tipo de tratados, como el Financial Times, han dicho que es poco probable que dicho tratado revierta la reciente desaceleración del comercio mundial.

Críticos del TPP enfatizan que el acuerdo va a colocar un techo muy bajo a los salarios, en especial en países de ingreso medio, como Chile, perpetuando en ellos la desigualdad. A su vez, limitaría la posibilidad de mejorar las condiciones laborales de los trabajadores (pues incentivará el race to the bottom).

¿Qué pasaría mañana, en la era del TPP, si un gobierno decide hacer algo de verdad respecto de nuestros salarios de ineficiencia, y resuelve, por ejemplo, subir en forma ordenada (pero significativa) el salario mínimo? Muy simple: ahora las multinacionales podrán recurrir a las nuevas cortes Mickey Mouse, para pedir compensación.

También, como se mencionó, preocupa de sobremanera eso de ceder soberanía en una amplia gama de materias, en términos del nuevo espacio que permitirá a lo posible. Esté o no uno de acuerdo con la racionalidad, efectividad y justicia de las nuevas (y muy limitadas) coordenadas de lo posible, el sentido común indica que una decisión de esta naturaleza debería tener carácter constitucional. Ya tenemos el precedente de ceder soberanía por secretaria en el TLC con EE.UU., donde Chile aceptó emascular su política macroeconómica en materias de control de cambio. La diferencia es que ahora con el TPP eso ocurre con una gama inmensamente mayor de materias fundamentales para nuestro desarrollo, tanto humano, económico, social como político. Lo más probable es que como eso es impresentable, los spin doctors tiendan a enfatizar otros aspectos del tratado (igual pasó con el TLC).

Otro aspecto altamente controversial del tratado es que las farmacéuticas ganaron concesiones asombrosas, las que les permitirá restringir y retardar nuestro acceso a medicamentos genéricos. Incluso se limitará el acceso a la información que proviene de la investigación al respecto, la cual es fundamental para la innovación en dicha materia. Todo esto va a costar vidas.

Finalmente, se ha criticado el secreto que ha envuelto la negociación, ya que aún después de haberse llegado a acuerdo en Atlanta (el 5 de octubre), ocasión en la cual los 12 miembros pusieron su firma al tratado, lo único que se sabe con exactitud -al momento de escribir esta columna- es gracias a WikiLeaks. Y si bien el secreto se ha extendido incluso a nuestros parlamentarios, no ha sido así para un sinnúmero de multinacionales, las cuales no sólo pudieron ser parte activa de las negociaciones, sino que se les permitió a más de 500 de sus lobbystas y abogados participar en lo que eufemísticamente se llamó “colaborar” en la redacción de los acuerdos. Varios de los negociadores oficiales (delegados de países) ya se están reencarnando como representantes de las multinacionales en las distintas instancias del TPP.

LAS CRÍTICAS EN EL CONGRESO DE EE.UU.

Se estima que en algunos países no va a ser fácil ratificar el tratado. Lo clave es lo que va a pasar en los congresos de EE.UU. y Japón, los dos pilares del acuerdo. En el Congreso de Estados Unidos los demócratas ya han criticado su aspecto laboral (lo cual −salvo por WikiLeaks− hasta ahora sólo conocen (en espera del texto oficial) por resúmenes disponibles en salas protegidas de lectura). Según un senador demócrata, para las multinacionales el TPP “es como una gran vasija al final del arco iris, llena de monedas de oro”. Hasta Hillary Clinton criticó su aspecto laboral, pues “no pasa ni la vara mínima al respecto”. También criticó la falta de interés por regular la manipulación cambiaria. Si bien el Presidente Obama ya tiene el “fast-track”, la nueva alianza (poco santa) entre Clinton, Sanders y Trump no le va a ayudar.

¿Y si un gobierno decide colocarle un royalty de verdad a las multinacionales del cobre, para recuperar la renta minera que aún en la actual Constitución pertenece a todos los chilenos? La ira de Voldemort caerá como un relámpago

Pero la alianza (aún menos santa, particularmente entre industrias del ayer), como las tabacaleras, los grandes contaminantes (como los del petróleo y carbón), Wall Street, Hollywood y los medios de comunicación, junto a las farmacéuticas no ha escatimado esfuerzo (y gasto) en su apoyo. En definitiva, la única opción que va a tener Obama para poder aprobarlo en el Congreso es apoyarse en los republicanos −a riesgo de que cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto- (¿suena conocido?).

En el caso japonés, Shinzo Abe, el primer líder nacido después del fin de la Segunda Guerra Mundial, y ex-ejecutivo de una gran acería, es conocido por su lejanía con los intereses agrícolas que podrían ser afectados. De hecho, llegó a ser presidente de su partido (PLD) derrotando a quien era entonces el ministro de Agricultura. Su cercanía a sectores potencialmente beneficiarios prácticamente asegura su ratificación. Sin embargo, el reciente cambio político en Canadá es una complicación inesperada, aunque el fuerte apoyo de Australia y Nueva Zelandia, los que tienen más que ganar por su gran potencial agrícola y ubicación geográfica, lo compensa.

Hay sectores, como el lobby agrícola en los EE.UU., que están entusiasmados con la apertura del mercado japonés, aunque no están igualmente contentos por el mayor acceso australiano a su mercado del azúcar. La industria automotriz japonesa también ve bien la apertura parcial del NAFTA en términos de las reglas de origen del sector automotor. El FMI y el Banco Mundial tienen los dedos cruzados para que el tratado dé un impulso al debilitado comercio mundial. Pero, a excepción de pocos productos -como los mencionados- el nivel actual de las tarifas ya es bastante bajo; y Chile ya tiene tratados comerciales con todos los países del TPP, incluido con aquellos que se rumorea pueden sumarse más adelante, como Corea del Sur.

Y China, el mayor socio comercial de la mayoría de los países del tratado, ha sido excluida deliberadamente del TPP, con el peligro de que el efecto del tratado, aún en lo comercial, sea negativo, pues sin China el efecto “desviación de comercio” puede perfectamente dominar al de “creación”.

El tratado también tiene una serie de cláusulas que limitan fuertemente el campo de acción de empresas estatales, aspecto que domina el modelo chino, en favor de las multinacionales. Pero con el pragmatismo que las caracteriza, muchas empresas chinas (incluida estatales) ya están instalando plantas de ensamblaje en Vietnam para aprovechar las nuevas ventajas de acceso de ese país al mercado norteamericano.

LAS NUEVAS CORTES “MICKEY MOUSE”

tpp-mickymouse¿Y Chile? Como decíamos, nuestro país ya tiene tratados comerciales con todos estos países, y el TPP no innova en materias relacionadas a nuestros principales productos de exportación. Por tanto, poco puede cambiar en esa dirección. ¿Por qué entonces es tan fuerte el apoyo de la derecha, y tantas las loas de los viejos estandartes de la Concertación? Una pista: sólo cinco de los 30 capítulos del tratado dicen relación con comercio internacional. Otra: nuestro ex-presidente, “the trader’s trader”, fue uno de sus instigadores. ¿Sería tan arriesgado pensar que el TPP también tiene relación con la marea político-social que comienza a complicar al modelo neo-liberal en tantas partes del mundo? ¿Busca el TPP crear un dique de contención al respecto? En jerga de economista: ya que este modelo pierde su semblanza a un equilibrio Nash, nuevas instituciones supranacionales, creadas específicamente para ello, pueden fortificarlo −como cuando un equipo cae en la tabla, es hora de salir al exterior a buscar refuerzos-.

¿Qué pasaría mañana, en la era del TPP, si un gobierno decide hacer algo de verdad respecto de nuestros salarios de ineficiencia, y resuelve, por ejemplo, subir en forma ordenada (pero significativa) el salario mínimo? Muy simple: ahora las multinacionales podrán recurrir a las nuevas cortes Mickey Mouse, para pedir compensación.

¿Y si se decide hacer algo radical contra el tabaco? Las corporaciones del rubro (las únicas que pueden elaborar un producto que se puede vender en forma legal, y que mata al usuario si éste hace exactamente lo que se le dice debe hacer con el producto) podrán hacer lo mismo. Y si a una multinacional se le niega el permiso para llevar adelante un proyecto por sus daños medioambientales, ésta podrá hacer lo mismo, pero esta vez para pedir compensación por todas las utilidades que podría haber ganado si se le hubiese autorizado seguir adelante.

¿Y qué pasaría si un gobierno decide colocar un techo a la tasa de interés máxima efectiva anual que puedan cobrar las instituciones financieras no mayor a (digamos) 20 puntos porcentuales sobre la tasa de referencia del Banco Central? ¿Y si al mismo tiempo transforma al Banco Estado (empresa estatal, aunque les de vergüenza colocar el “del” en el nombre) en una fuente realmente efectiva de acceso al crédito barato para personas de ingreso bajo y PYMES? ¿O si un gobierno decide crear una AFP estatal como remedio paliativo al actual sistema? (la Comisión Bravo estima que entre los años 2025 y 2035 la mitad de los pensionados recibirá una jubilación que no superará el 15% de su sueldo). En estos casos, la compensación a las corporaciones afectadas podría ser mucho más sustancial por la osadía de querer usar empresas estatales para interferir en el así llamado mercado (¿habrá alguien en Chile que todavía crea que lo que existe se asemeja a un “mercado”?). Si Adam Smith supiera en lo que terminó su quimera…

La hipótesis de trabajo del TPP, como predicaba Milton Friedman, es que hay que proteger a los consumidores de las interferencias del gobierno, y no de los abusos de las grandes corporaciones

¿Y si una futura superintendenta de pensiones, a diferencia de la actual, no aprueba (y menos en forma express) la creación de una AFP fantasma, sin infraestructura ni afiliados, cuyo único fin aparente es realizar un “goodwill tributario”, que permite a la AFP matriz una rebaja tributaria de $ 80 mil millones? ¿Y si un gobierno decide colocarle un royalty de verdad a las multinacionales del cobre, para recuperar la renta minera que aún en la actual Constitución pertenece a todos los chilenos? La ira de Voldemort caerá como un relámpago.

Lo mismo si el gobierno decide recuperar y licitar las aguas de las lluvias y las del derretimiento de las nieves, regaladas (¿auto-regaladas?) deshonestamente por los iluminados de la dictadura; o si se decide hacer igual cosa con los derechos de pesca, regalados deshonestamente por nuestra (boleteada) democracia. La nueva institucionalidad supranacional, en lugar de crear espacios para reparar fraudes sistémicos, los va a legitimar, pues será mucho más difícil (caro) repararlos.

Y, como decíamos, si se decide implementar nuevamente controles de cambio, como los del ’90 (tan efectivos en su época, a pesar de su timidez) −para así poder tener un tipo de cambio más estable y competitivo− no sólo habría que saltar la vara artificial del TLC, sino que ahora habría también que compensar a cuanto especulador le de una pataleta. Y olvídense de la posibilidad de hacer política industrial “vertical”, como en Asia, pues dicha política es por definición, un mecanismo que interfiere en la asignación de recursos (con ganadores y perdedores; un ejemplo sería un royalty diferenciado a la minería del cobre para incentivar su industrialización).

¿Y si un gobierno decide (¡por fin!) actuar en defensa de los consumidores, para acabar con tanto abuso? No se sorprendan si en el futuro un gobierno tenga que ir a pedir permiso a las nuevas cortes para poder mirar dentro de una salchicha. La hipótesis de trabajo del TPP, como predicaba Milton Friedman, es que hay que proteger a los consumidores de las interferencias del gobierno, y no de los abusos de las grandes corporaciones.

EL NOCIVO EFECTO EN EL ACCESO A LOS FÁRMACOS

Entre los pocos temas en los que ha habido algo de debate, está el de los efectos del TPP en el precio y en el acceso a fármacos, en especial a los genéricos. Como en tantas otras áreas, salvo por lo publicado en WikiLeaks, poco se sabe del detalle del acuerdo, en especial su letra chica. La preocupación es obvia, dado el abuso sistémico de las farmacéuticas. Por ejemplo, según un informe de la revista Journal of National Cancer Institute, 11 de los 12 nuevos medicamentos contra el cáncer aprobados recientemente por la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. se comercializan a un precio de más de US$100.000 al año ($70 millones, en algunos casos mucho más). Esa cifra es el doble del ingreso promedio anual de los hogares norteamericanos; y para qué decir de los otros países del TPP.

Un signo de los tiempos que se nos vienen encima es que hace un mes un conocido hedge fund manager compró los derechos de un remedio esencial para combatir el VIH, e inmediatamente multiplicó su precio por 55 (de US$13,5 a US$750; o del ya caro $9.300, a más de $500.000 por pastilla). Todo, por supuesto, en nombre de la ciencia y del progreso. Nuestro emprendedor ya había sido acusado de ganar plata ilegalmente vía short-selling acciones de empresas biotecnológicas usando información privilegiada (que obtenía pagando a funcionarios públicos), y difundiendo informaciones falsas sobre dichas empresas. ¿Velarán las nuevas cortes por el juramento hipocrático “En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos”; o ayudarán al camello a pasar por el ojo de la aguja?

Cuesta creerlo, pero como explicaba un conocido premio Nobel de Medicina, “se han dejado de investigar antibióticos porque eran demasiado efectivos y curaban del todo”. Estas son las farmacéuticas y los especuladores que ganaron por goleada en la negociación del TPP. A diferencia de un naufragio, ¡sálvense quien pueda (pagar)! Si un nuevo gobierno decide poner orden en este negocio, la irritación de dichos jueces será bíblica.

Hasta para el New York Times lo que pone en evidencia esta cláusula es evidente: ‘la prioridad [en el TPP] es la protección de los intereses corporativos, y no el promover el libre comercio, la competencia, o lo que beneficia a los consumidores

Como si todo ese abuso no fuese suficiente, en Chile hay que sumar la posición prácticamente impune de las cadenas farmacéuticas −tres de ellas controlan el 90% del “mercado”- que les permite rentar sistemáticamente (a veces en forma legal, en otras no) de su posición oligopólica. Ello emana de que el TDLC, que debería velar por la competencia, no es más que un buldog sin dientes.

Y para qué decir el escarmiento si a un gobierno se le ocurre la herejía de crear una empresa estatal que produzca masivamente genéricos; o una que se encargue de velar por una distribución equilibrada; o si decide masificar el experimento de Daniel Jadue en Recoleta (quien, como buen ciudadano de origen Palestino, parece tener una genialidad especial para enfrentar fallas de mercado).

CUANDO EL PASADO NI SIQUIERA HA PASADO

Alguien podría decir, y con razón, que las futuras compensaciones tipo TPP no tienen nada de original. Cuando en 1834 Inglaterra decidió abolir la esclavitud, pagó 17 mil millones de libras esterlinas −o US$26 mil millones (en moneda actual)− como compensación a los dueños de esclavos, incluido miembros insignes de la House of Lords, muchos de los cuales habían comprado sus títulos de nobleza con lo obtenido en el comercio de esclavos (algunos de sus descendientes aún se sientan en dicha ilustre Cámara). Esa generosidad no se extendió a los esclavos por lo sufrido en tamaña falla de mercado.

El TPP revela que el pasado ni siquiera ha pasado. Adam Smith ya condenaba a las elites de su época, por creerse “los dueños del universo”; por comportarse de acuerdo a lo que él llamaba “su vil máxima: todo para nosotros y nada para los demás”. Jorge Bergoglio, en su discurso sorprendentemente directo para un Pontífice, toca el mismo tema:

Mientras que el ingreso de una minoría aumenta exponencialmente, el de la mayoría se desmorona. Este desequilibrio es el resultado de ideologías que defienden la autonomía absoluta del mercado y de la especulación financiera, negando el rol verdadero del Estado en la economía, que es el de velar por el bien común. De esta forma, se instaura una nueva forma de tiranía, aunque a veces ella sea poco visible o virtual, la cual impone sus propias leyes y reglas en forma unilateral e irremediable”.

Y como en toda tiranía, cortinas de hierro (ahora algo más sofisticadas, del tipo TPP) son muy prácticas. El objetivo evidente de la nueva institucionalidad jurídica supranacional que intenta crear el TPP es limitar (como en el pasado) el campo de maniobra de los gobiernos al área que las grandes corporaciones consideran “tolerable” en materias que van de lo salarial a lo tributario, de la regulación financiera a los derechos de los consumidores, del acceso al Internet a varias libertades individuales, y del medioambiente a la salud pública. Y ahora nada mejor que cooptar a los representantes de los agobiados para vender esta pomada.

Una de las cosas que ya se sabe (nuevamente gracias a WikiLeaks) es que lo que va a primar por sobretodo son “las expectativas de retorno razonables de las multinacionales” (¿?). Todo esto dentro de un contexto garcíamarqueano, típico de TLC “moderno” (esto es, uno que tenga poco que ver con el comercio), llamado “expropiación indirecta”, bajo la idea de que también se considerará como expropiación “la medida en la cual la acción del gobierno interfiere con expectativas inequívocas y razonables en la inversión“.

Aquí hay tres palabras clave; la primera se refiere a la “interferencia” del gobierno. ¿Cuál va a ser la diferencia, por ejemplo, entre una interferencia, y una acción de orientación keynesiana de un gobierno democrático que, representando la voluntad popular, busque la defensa del medioambiente, de los derechos de los consumidores, del acceso a la salud, a la educación, o de la estabilidad macroeconómica? Segundo, ¿quien va a definir qué es lo “razonable”? Por decir lo obvio, no hay área más relativa que esta. Para mí seria lo más razonable del mundo que a Jorge Valdivia se le otorgara La Orden al Mérito, grado Comendador, por su contribución a la genialidad del mediocampo. Y tercero: ¿qué es una inversión? A diferencia de, por ejemplo, actividades puramente especulativas, movimiento de capitales golondrinas, y actividades de traders que sólo buscan beneficiarse explotando fallas de mercado (muchas veces en el área gris de lo legal).

Con el TPP, a la mayoría de los chilenos también se nos declara incapaces de decidir en un amplia gama de materias de política económica, y se nos designa un nuevo curador ad hoc (cortes títeres supranacionales) para que, otra vez − para nuestra propia protección y la de nuestros bienes− decida por nosotros…

¿Son cortes Mickey Mouse, pobladas de jueces que parecen la imagen popular del juez Griesa, las más indicadas para definir estos temas? No nos olvidemos que hace muy poco, a pesar de que el gobierno de Chile le había anunciado a los cuatro vientos que lo que pedía Bolivia era erosionar un tratado existente, una corte internacional (y una que es de verdad) decidió, y por gran mayoría, declararse competente en esta materia limítrofe.

Como curtidos vendedores ambulantes, los del TPP agregaron disposiciones que, aparentemente, atenuaban el impacto de lo anterior, pero todas tienen sus “normalizadores”. Por ejemplo, un artículo afirma que “no hay nada en este capítulo que impida a un país miembro regular el medio ambiente, la salud u otros objetivos de esta naturaleza”. Pero de inmediato agrega: “pero tal regulación debe ser compatible con las otras restricciones del tratado”.

Monsanto, por ejemplo, no tendrá problema alguno para demandar a cualquier país que se oponga al uso de sus productos genéticamente modificados diga lo que diga la regulación existente sobre el medio ambiente o la salud. Por definición, lo razonable se define como aquello que quiere Monsanto.

Hasta para el New York Times lo que pone en evidencia esta cláusula es evidente: “la prioridad [en el TPP] es la protección de los intereses corporativos, y no el promover el libre comercio, la competencia, o lo que beneficia a los consumidores”.

En buen castizo, uno va a poder hacer lo que quiera, como quiera y cuando quiera, siempre que lo que quiera sea lo que el TPP (y sus cortes versallescas) estipulen como “razonable” (en lugar de “interferencia”), aún en el caso de que ello se refiera a actividades puramente especulativas (y muchas veces destructivas).

Cualquiera semejanza con nuestras transiciones a la democracia es pura coincidencia. En ellas podíamos recuperar nuestra tan deseada libertad de expresión, siempre que en la práctica no exigiésemos, y finalmente ni creyésemos, en lo que previamente había estado prohibido decir.

Para decir lo obvio, la modernidad neo-liberal no es más que transformar lo que Abraham Lincoln llamó “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, en el gobierno “del 1%, por el 1% y para el 1%”. Y para consolidar esta nueva realidad se requiere de muchas cosas, incluida una nueva jurisprudencia.

EL TPP COMO SEGURO AL INMOVILISMO

El problema fundamental para nuestro modelo neo-liberal es que no hay muchas formas de ordenar el puzzle para que el resultado sea un modelo político-económico que le entregue −en democracia, y año tras año− más del 30% del ingreso al 1% de la población. Cuando comienzan a haber temblores grado 3, es tiempo de salir a comprar seguros externos que ayuden la inmovilidad (la alternativa siempre disponible es activar el Exit Mode, aumentando la inversión externa en el resto de America Latina).

Una forma de comprender el dilema de nuestro modelo neo-liberal criollo, es mirarlo desde la perspectiva de la teoría del caos: este modelo es como uno de esos sistemas complejos que son muy sensibles a las variaciones en las condiciones iniciales. Pequeñas variaciones en dichas condiciones pueden implicar grandes diferencias en su desarrollo futuro. Esto sucede aunque estos sistemas son en rigor bastante determinísticos, dado sus condiciones iniciales. La esencia de un modelo así (a diferencia de lo que nos quiere hacer creer tanto mandarín del modelo, con sus predicciones apocalípticas a cualquier cambio, en especial en cuanto al empleo) es que es prácticamente imposible predecir el resultado de un cambio, por pequeño que sea (siempre me entretengo tratando de explicar esto a mis alumnos de econometría, pues cualquier cambio puede generar dinámicas irreplicables).

A diferencia de la física de Newton, que puede entender con precisión el movimiento de dos cuerpos que interactúan por medio de la gravedad, si un modelo complejo de acumulación (como el actual) es sujeto a un shock múltiple, la dinámica del movimiento es impredecible. Por consiguiente, todo cambio es muy delicado −y resbaladizo-. Cualquier seguro, al precio que sea −qué importa si éste conlleva perdida de soberanía a cortes de dudosa reputación− es muy bienvenido.

Y lo de dudosa reputación es porque estas cortes han sido diseñadas específicamente para maximizar los conflictos de interés de sus miembros. Los tribunales que van a dirimir los litigios en el TPP serán integrados por jueces y abogados que van a alternarse en sus funciones. Esto es, rotarán entre servir como jueces en los tribunales, y actuar en representación de las corporaciones que llevan sus causas a dichos tribunales. Si como jueces son afectuosos con las multinacionales, podrán esperar jugosos contratos como litigantes cuando se reencarnen en el periodo siguiente como simples abogados.

Para la senadora demócrata Elizabeth Warren (no se olviden de este nombre), eso ya es lo que botó la ola, o como diría un romano, el non plus ultra del TPP. ¡Para el Guiness Book of Records! (sección conflicto de interés). Si hay algo que la ideología neo-liberal domina a la perfección es la tecnología del poder (una pena que no pase lo mismo con muchas de las tecnologías productivas).

Por eso, llamar estas cortes “Mickey Mouse”, como lo hago aquí, es sobrestimarlas −en el sentido que la Real Academia Española define esta última palabra−, esto es, estimar algo por encima de su valor.

Otro problema fundamental de nuestro modelo neo-liberal es que necesita sincronizar dos lógicas distintas: la del desarrollo nacional, y la del capital globalizado (nacional y extranjero). La sorprendente falta de industrialización de nuestro sector exportador es el mejor ejemplo del conflicto entre ambas lógicas: como diría un griego, ahí si que no hay sinfonía entre los intereses de nuestro desarrollo económico y el de las multinacionales que se quedan artificialmente en lo puramente extractivo. China: ¡Qué excusa más manoseada!

El supuesto implícito con que se ha trabajado en Chile desde las reformas, tanto en dictadura como en democracia, es que ambos intereses −los del desarrollo nacional y los del capital globalizado− son prácticamente idénticos (como un diagrama de Venn con dos conjuntos que tiene casi todos sus elementos comunes). Como cada día es más evidente que eso no es así, un TPP es muy bienvenido para asegurar la primacía del segundo.

Antes de las reformas, la hipótesis de trabajo en política económica fue que ambas lógicas eran contradictorias; ahora, que ellas son indistinguibles. ¿Por qué será que en lo ideológico la tradición iberoamericana sólo puede avanzar multiplicando por menos 1, esto es, con retroexcavadoras?

Hirschman nos decía hace años que la formulación de políticas económicas tiene un fuerte componente de inercia. Por tanto, a menudo éstas se continúan implementando rígidamente aunque ya hayan pasado su fecha de vencimiento y se transformen en contra-productivas. Esto lleva a tal frustración y desilusión con dichas políticas e instituciones que es frecuente tener posteriormente un fuerte “efecto rebote”. ¡Tanto se ha hablado de la famosa retroexcavadora de Quintana!

Lo que se olvida es que las retroexcavadoras son endógenas a los modelos inmovilistas. Los Chicago Boys no fueron una retroexcavadora exógena, ni menos original del modelo anterior. Ese modelo, por no adaptarse en su época al cambio (como lo hicieron procesos similares en Asia), generó las condiciones para tal retroexcavadora. Los Chicago-Boys, con Sergio de Castro a la cabeza, fueron sólo los yihadistas encargados de manejarla. Y por eso la retroexcavadora fue tan burda (El Ladrillo); no hay que olvidar que el núcleo de la gran “modernidad” chicaguense fue simplemente transformar lo que antes era vicio en virtud, y lo que antes era virtud en vicio. No se quejen ahora mis amigos neo-liberales si en el horizonte comienzan a ver una retroexcavadora marca déjà vu.

En otras palabras, hay pocas formas de organizar nuestra economía para que unos pocos (nacionales y extranjeros) puedan seguir llevándose la inmensidad que se llevan. La actual está hecha a la medida: lo que prima es la especulación financiera, todo tipo de rentas oligopólicas, subsidios del Estado, y la piñata de los recursos naturales (la diferencia entre nuestra oligarquía y la de los tiempos del Gran Señor y Rajadiablos es que la actual cree que su derecho de pernada se refiere a los recursos naturales). Y como acaba de quedar más que en evidencia en estos días con el último escándalo de colusión, también prima la peor hipocresía: como nos dice un conocido dirigente empresarial, refiriéndose a la reacción de la SOFOFA y otros empresarios, “los lamentos por colusión son [sólo] un show”.

En este modelo neo-liberal, el eje de la acumulación son las fallas de mercado, los privilegios, la poca competencia, las instituciones tímidas, y una inteligencia “progresista” llena de conflictos de interés. Sólo un contexto como este puede premiar tanto a especuladores, rentistas y traders, a los traficantes de influencias políticas y de información privilegiada.

No cabe duda que eso castiga a la inversión real, a la diversificación productiva, a la absorción tecnológica y a la industrialización del sector exportador (pues así pocos se van a molestar en invertir más allá de lo necesario para depredar recursos naturales en forma competitiva, y desarrollar actividades no transables de bajo desafío tecnológico). En un contexto así, la desigualdad es tan melliza de la ineficiencia como la ley de la gravedad lo es de la manzana: una economía que es un paraíso para especuladores, rentistas y traders sólo puede ser un purgatorio para el sector real y los consumidores (el limited access order de Douglas North intenta mirar en esta dirección).

Y como en democracia no hay muchas formas para organizar esto, para continuar asegurando el inmovilismo a la mayoría de nosotros se nos tiene que declarar “interdictos” en un número creciente de materias. Primero se nos declaró judicialmente incapacitados para decidir en materias de política monetaria y de tipo de cambio; por tanto, se nos designó un curador imparcial (Banco Central “independiente”) para que velara por nuestra propia protección y la de nuestros bienes. Después se intentó colocar una camisa de fuerza al gasto público. Finalmente, ahora con el TPP, a la mayoría de los chilenos también se nos declara incapaces de decidir en un amplia gama de materias de política económica, y se nos designa un nuevo curador ad hoc (cortes títeres supranacionales) para que, otra vez −y también para nuestra propia protección y la de nuestros bienes− decida por nosotros cuál es el rango de lo “razonable” en dichas materias. Regístrese, comuníquese, publíquese y archívese.

Falta poco para que en una elección presidencial lo que realmente esté en juego sean temas tan trascendentales como si cambiamos el horario en invierno, o si el monumento a Sampaoli (muy merecido) debería estar en el Estadio Nacional o frente a La Moneda (junto a mi Tío Abuelo). Y seguro que entonces Conicyt abrirá una convocatoria para estudios que traten de explicar la sorprendente abstención electoral.

No se quejen tanto mis amigos neo-liberales, entonces, cuando aparezca un populista con una retroexcavadora tamaño XXXL.

Para Žižek, la última victoria político-ideológica es cuando unos comienzan a contar las historias de los otros como si fuesen propias. Con el TPP, la nueva (bueno, ya harto vieja) centro-izquierda da cátedra en eso, sin entender que las cosas están cambiando. Parece que no entienden la regla del offside. Lo más inherente del inmovilismo es su falta de ideas. Y como decía Maquiavelo, eso no sirve ni para ganar a amigos ni para derrotar enemigos.

Según Darwin, al final, el que sobresale, el que tiene éxito en el largo plazo, no es el más fuerte, ni siquiera el mas inteligente, sino el que se adapta mejor al cambio. Ahí esta el Talón de Aquiles fundamental del sistema actual: no puede, casi por definición, adaptarse al cambio. Cualquier cambio implica gran incertidumbre. El inmovilismo es la única certeza. ¡Nunca nos ha hecho tanta falta un Piloto Pardo! (y cómo nos sobran los “Sir” Shackleton).

En resumen: cuando nos insistan que el TPP es un tratado “comercial”; que abrirá grandes oportunidades a nuestras exportaciones; que nos dará el tan necesario impulso para salir del actual pantano; que gracias a él nos codearemos con la mejor gente, sepa que estarán tratando de pasarnos gatos por liebre. Pues hoy, la mejor forma de pasar gatos por liebre es llamar al gato libre comercio. De la misma forma que si alguien le preguntase a Enrique Correa o Eugenio Tironi cuál es la mejor forma de vender un auto de segunda mano en mal estado, seguro que dirían: llámelo libre comercio.

Joan Robinson −la mejor economista mujer de la historia− ya nos decía hace tiempo que “la razón para estudiar economía no es la de adquirir una serie de respuestas ya elaboradas a problemas económicos, sino la de aprender lo necesario para no ser engañados por economistas”. Eso es hoy más cierto que nunca.

Ya era hora de hacerles un margin call a nuestros vendedores del TPP, pues es el momento de que pongan más sustancia en sus argumentos. Como dice la canción: fue tu mejor actuación; pero perdona que no te crea, pues lo tuyo es puro teatro. Falsedad bien ensayada. Estudiado simulacro.

¿To FUT or not to FUT?

Pocos temas levantan tanta controversia como los impuestos. Se nos repite: la muerte y los impuestos son las únicas verdades ineludibles de la vida. En pocos temas, además, las verdaderas razones se disfrazan tanto: el problema no es que a uno le toquen el bolsillo, no, por supuesto que no; lo único que importa es el impacto en la inversión, en el crecimiento, en las pensiones, en el bienestar de la clase media, en el ahorro nacional (aunque nadie menciona que éste ya cayó durante los cuatro años del gobierno anterior desde el 24% del PIB al magro 20,5%) y cuanta cosa se pueda añadir en esa dirección.

Realmente hacía tiempo que en Chile no se pronosticaban desastres tan apocalípticos. Lo único que falta es anunciar que, como los futbolistas están entre los más afectados, esta reforma disminuirá las posibilidades de que pasemos a la segunda vuelta en el Mundial. Aunque no me extrañaría que alguien ya lo haya dicho, dada la hipocondría actual.

COMO A OBAMA

Pocos detractores de esta reforma se quieren acordar de lo realmente fundamental: hubo una campaña presidencial donde una candidata presentó esta medida entra las prioritarias de su programa; y esa candidata ganó con más del 64% de los votos y es apoyada por una coalición que tiene mayoría en ambas cámaras. Entonces, ¿por qué tanto ruido si la reforma tributaria es una política que va a salir sí o sí, pues se prometió, se ganó, se tiene el apoyo parlamentario y ciertamente no van a echar pie atrás a estas alturas? ¿Por qué tanto escenario de conflicto cuando la medida ya es prácticamente una realidad?

Nadie se quiere acordar que la economía chilena ya se ha desacelerado en forma significativa. Hoy, con suerte, crece al 3% y los ingresos públicos están cayendo rápidamente: en el último trimestre el impuesto a la renta disminuyó un 13% y el impuesto de primera categoría (el que pagan las empresas) cayó en un 15% en el 2013 respecto del año anterior

En lo político, este escenario me recuerda lo que le pasó a Barack Obama (ver información). Entre los temas a los que el Presidente de los Estados Unidos le dio prioridad en su campaña, estuvo la Reforma de la Salud y llegando al poder decidió partir con ella. En EE.UU. había casi 50 millones de personas sin ningún tipo de seguro de Salud  (¡de republica bananera!). Y al igual que Bachelet con los impuestos, Obama anunció la reforma en su campaña, ganó la elección con aplanadora y tenía mayoría en el Congreso para aprobarla. Sin embargo, los republicanos armaron un escándalo de proporciones bíblicas a pesar de que Obama iba a ganar esa batalla sí o sí.

Esa Reforma de la Salud no sólo era casi una copia de otra hecha por su contrincante republicano cuando era gobernador de Massachussets, sino que era mucho menos drástica que la que el mismísimo Nixon quiso aprobar cuando era presidente. Entonces, ¿para qué gastar tanta pólvora en una batalla perdida, la cual además intentaba solucionar un problema real tan obvio como lo es en Chile el de la educación?

La respuesta es muy simple: la batahola tenía como objetivo dejarle muy en claro a Obama que el “costo de transacción” político, de llevar a cabo cualquiera de los otros aspectos controversiales de su programa, iba a ser tal, que para la próxima Obama lo pensaría dos veces antes de actuar. Su programa contemplaba también darle prioridad a la reactivación de la economía real sobre la financiera, incluía una reforma tributaria, el cierre de Guantánamo y la implementación de una nueva regulación financiera. En esa batalla no cabe duda quien ganó: los republicanos. Después de aprobar la Reforma de la Salud, Obama abandonó todo lo que pudiese ser considerado controversial. Simplemente tiró la toalla y hoy, con dos años y medio por delante, es considerado por muchos analistas como un presidente lame duck (ver, por ejemplo).

En Chile, la estrategia política de la derecha es muy similar. También lo es la de algunos actores de la Nueva Mayoría que buscan ser considerados como “hombres de Estado” por la derecha, al estilo Escalona-Foxley. Lo que realmente están diciendo todos ellos con la teleserie montada a partir de la reforma tributaria es que, para la próxima, el gobierno deberá pensarlo dos o más veces antes de hacer algo que ellos encuentren controversial: como la reforma constitucional, la reforma a la educación, a la salud privada, o el posible combate en serio contra la desigualdad.

RAZONES ECONOMICAS

Desde un punto de vista de la teoría económica, lo más obvio de todo es que esta reforma tributaria no tiene por dónde desincentivar, necesariamente, el crecimiento. Como en tantas cosas de la vida, depende de cómo se haga; de la efectividad con que se implemente, por ejemplo, el gasto público adicional. Además, a diferencia de todos los pronósticos tan certeros, de un lado y de otro (como sobre las “elasticidades”), todo depende de qué nos depare el futuro, pues, como decía Keynes, siempre estamos atrapados entre un pasado irrevocable y un futuro muy incierto…

Sin duda algunos van a perder y otros ganarán; la forma cómo se balanceen estos factores es lo esencial de las políticas públicas. En mi opinión, el gobierno va por el camino correcto, en tanto use los recursos adicionales en forma efectiva. Sin embargo, tengo una importante reserva: que se baje la tasa marginal del impuesto a las personas del 40% al 35%.

Lo importante es enfatizar que el argumento básico en contra de la reforma tributaria -que necesariamente va a afectar el crecimiento- es pura ideología. Como nos dice a menudo Paul Krugman, ganador del importante, pero mal llamado Premio Nobel de Economía (ver reportaje del mismo autor), la evidencia empírica respecto del efecto de cambios tributarios en el ahorro, la inversión, crecimiento, etc., se puede resumir de la siguiente forma: cuando se le suben los impuestos a los grupos de más altos ingresos, los ricos pagan más; y cuando se les bajan, pagan menos. And that’s that! (Y eso sería todo). Pero, ¡cómo le va uno a explicar eso a alguien cuyo ingreso neto depende de no entender!

Sin embargo, hace 30 años que se sigue repitiendo ad nausea la misma cantinela, cimiento del mal llamado supply-side economics: cuando suben los impuestos, se castiga tan fuertemente el crecimiento, que el Estado termina recaudando menos recursos. Los hechos indican lo contrario: prácticamente todos los países que han subido sus impuestos, han recaudado más y los países que los han bajado, han recaudado menos y subido sus déficits públicos. Pasó en EE.UU. y en Inglaterra, entre muchos otros países. En EE.UU., por ejemplo, entre los gobiernos de Reagan y Bush senior bajaron la tasa marginal máxima del impuesto a la renta del 70% a menos del 30%; y ¡sorpresa!, el déficit fiscal subió del 1,6% del PIB al 4,4%. Inmediatamente después, Clinton volvió a subir la tasa marginal al 40%, y el déficit fiscal del 4,4% del PIB se transformó en un superávit equivalente al 2,3% del PIB.  (Para un análisis de cambios tributarios ver).

Pero, por favor, no dejen que el mundo real interfiera con nuestra ideología…

Y los que tanto desaprueban pagar sus impuestos -aquellos rentistas a quienes les gusta recibir los bienes públicos en forma gratuita- citan a menudo el caso de Irlanda, donde se bajaron impuestos corporativos y llegó inversión extranjera. Lo que nadie recuerda es que eso fue así, en parte, porque el resto de la Unión Europea no siguió ese absurdo camino: esto es, no intentaron hacer lo que en economía llamamos “la carrera al fondo del abismo” (the race to the bottom, en la cual los países compiten por ser el que más baja los impuestos); y en parte, por otros factores específicos de ese país, como bajos salarios, mano de obra especializada, alto consenso político, buena infraestructura, estar ubicado en la periferia europea, sin los problemas de la zona mediterránea, etc.

Si se hiciese una nueva legislación para crear un FUT que se ocupe sólo de la inversión de verdad y no la financiera, y que realmente se implemente, estaría totalmente de acuerdo. Pues, ¿por qué tenemos que subsidiar la retención de capital financiero y la especulación en el casino financiero?

En Chile, los que más quieren que nos unamos a la carrera “al fondo del abismo” son los que más nos dicen que bajar impuestos es condición necesaria y suficiente para el desarrollo. Sin embargo, esa carrera termina siempre llevando a los países a tener pocos ingresos públicos, bajísima inversión pública, pésima educación y salud pública, deficiente infraestructura y escasez de todas aquellas cosas que la “nueva teoría” del crecimiento llama “el capital complementario”, factor fundamental para el crecimiento. Al final, los más felices son los capitalistas extranjeros: miren lo que pasa con los del cobre en Chile ¡y por hacer lo poco que hacen!

Por otro lado, nadie ha explicitado, ni siquiera el gobierno, cuál es el escenario alternativo a la reforma tributaria. Nadie se quiere acordar que la economía chilena ya se ha desacelerado en forma significativa. Hoy, con suerte, crece al 3% y los ingresos públicos están cayendo rápidamente: en el último trimestre el impuesto a la renta disminuyó un 13% y el impuesto de primera categoría (el que pagan las empresas) cayó en un 15% en el 2013 respecto del año anterior. Además, la recaudación del mal llamado royalty minero en el 2013 ya había caído un tercio, llegando a representar tan sólo el 3,4% de la recaudación de impuestos a la renta. Por tanto, esta reforma, con suerte, y quizás sólo con mucha suerte, va a permitir mantener los niveles recientes de ingresos públicos. Realmente dudo que deje mucha plata fresca para financiar, por ejemplo, una mínima reforma educacional.

LA HISTORIA DEL FUT

El otro aspecto que no hay que olvidar es la historia del FUT. En Chile ya nadie quiere recordar –aunque como nos decía el gran Eric Hobsbawm, el rol del historiador es ayudar a recordar lo que otros prefieren olvidar- que después del Golpe de 1973 la política de los Chicago-Boys fue el anti-FUT. En lugar de subsidiar la retención de utilidades para financiar la inversión corporativa, prefirieron subsidiar la repartición de utilidades con el fin de desarrollar los mercados financieros (en este caso, el mercado bursátil).

El argumento teórico venía del famoso teorema de Modigliani-Miller sobre la estructura de capital de la empresa (llamado así por sus autores, Franco Modigliani y Merton Millar, el primero de los cuales también ganó el premio ya mencionado). El teorema afirma que el valor de una empresa no se ve afectado por la forma en que se financie, es decir, daría lo mismo que una empresa adquiera capital para su funcionamiento e inversión reteniendo utilidades o con deuda. En otras palabras, daría lo mismo cual es su política de dividendos. Por supuesto, como Modigliani admitió hasta el fin de su vida, eso seria así sólo si todos los supuestos neo-clásicos que usaba para este teorema fuesen verídicos en el mundo real y no sólo en el pizarrón (del mismo modo que si todos los supuestos ptolemaicos fuese válidos en el mundo celestial, el Sol daría vueltas en torno a la Tierra). Modigliani estaba muy consciente de ello, no así nuestros ptolemaicos Chicago-boys (en especial los auto-privatizadores de ese grupo, ver).

Esta política de los Chicago-Boys, junto con otros factores, provocó que los precios de las acciones se multiplicaran (en dólares) por un factor de 20 en seis años. Pero la deuda de las empresas también subió a tasas siderales, lo cual fue una de las principales causas de la crisis del ’82.

Recordemos: entre el tercer trimestre de 1981 y el mismo de 1983, el PIB cayó en 20%, el desempleo llegó al 30% y el porcentaje de la población bajo el nivel de pobreza se duplicó al 55%. Además, el rescate del sistema bancario costó un monto equivalente a más de la mitad del PIB, pues los “activos” que sustentaban a esos bancos era la deuda corporativa.

No es de extrañar entonces que hubiera que reformular el modelo tributario después de 1982. En especial, gracias a Carlos Cáceres y Luís Escobar, se hizo lo contrario a De Castro & Co.: en lugar de inspirarse en Modigliani-Miller, lo hicieron en un gran keynesiano, quien en esa época era mi colega y mentor en Cambridge, Nicholas Kaldor. Éste proponía que, en lugar de incentivar el financiamiento de la inversión corporativa vía deuda, había que incentivarlo vía retención de utilidades. Nunca olvidaré cuando Kaldor me comentaba, con mucha ironía, que jamás imaginó que un gobierno de extrema derecha pudiese inspirarse en sus ideas, que él consideraba muy progressive [su traducción no es exactamente lo mismo que progresista]. Y luego, después de su muerte, cuando su familia me dio acceso a sus papeles privados, encontré varias cartas desde Chile pidiéndole consejo.

Ese fue el origen del FUT: incentivar la inversión real de las empresas y no la inversión financiera; que las empresas y sus dueños pagasen menos impuestos a las utilidades (o los difirieran) sólo si invertían en ladrillos, cementos, máquinas, tecnología, nuevos productos, pero no comprando acciones, empresas fantasmas en las Islas Vírgenes o, en el mejor de los casos, guardando dinero para el futuro.

Si bien la naturaleza de muchas empresas ha cambiado desde la época de Kaldor, los innumerables abusos cometidos en nombre del FUT lo demonizaron de tal forma, que pasó a ser un blanco fácil y necesario para cualquier reforma tributaria que se precie de tal. Por eso, no hay que olvidar que si el FUT hubiese continuado sólo como una forma de subsidio a la inversión real, nadie querría eliminarlo. Pero, como siempre, aquí van a pagar justos por pecadores.

Desde mi perspectiva Keynesiana-Kaldoriana, no me cabe duda que para que la economía chilena pueda crecer en forma rápida y sostenida, tiene que subir la inversión privada; y para subirla, uno de los mecanismos factibles podría ser un FUT de verdad, no uno abusivo como el actual. Sin embargo, para proponerlo, tendría que convencerme de que la legislación del FUT se va cumplir, porque la imaginación de las empresas y las personas para evadir impuestos es ilimitada. Si tan sólo esa imaginación fuese utilizada para cosas socialmente útiles, seriamos otra Corea… Además, también desde la misma perspectiva, la inversión privada debería coordinarse vía política industrial, pero eso ya es harina de otro costal.

Por eso, si se hiciese una nueva legislación para crear un FUT que se ocupe sólo de la inversión de verdad y no la financiera, y que realmente se implemente, estaría totalmente de acuerdo. Pues, ¿por qué tenemos que subsidiar la retención de capital financiero y la especulación en el casino financiero? Mientras hay más de US$ 274 mil millones acumulados en cuentas FUT, la inversión privada en Chile hoy probablemente no pasa del 15% del PIB. En países asiáticos, sin FUT, es de por los menos 25 %.

Desde esta perspectiva, quizás lo más lamentable de todo fue la última década, la de la bonanza de los precios del cobre y otros productos primarios. ¡Si alguna vez hubo una “década perdida”, fue ésta! Como ya comentaba en otra columna, mientras el FUT llegaba a los US$ 274 mil millones y la salida de capital por concepto “renta de la inversión directa” (utilidades y dividendos, en su mayor parte proveniente de actividades mineras) llegaban a casi US$ 180 mil millones (en dólares de hoy día; y en moneda de igual valor adquisitivo, un monto equivalente a seis veces el de la década anterior), las cifras del Banco Mundial nos indican que la inversión promedio en Chile (21,2% del PIB) fue incluso menor que la de la década anterior (23,8%), la década de los precios bajos del cobre (y que incluyó la crisis del ’98).

El caso extremo sucedió en 2006 y 2007: mientras el FUT crecía a tasas siderales y el capital extranjero sacaba del país el equivalente a más del 13% del PIB, la inversión en Chile no llegó ni siquiera al 20% del PIB.  Fue el teatro del absurdo llevado a la realidad.

La gente que más crítica la reforma tributaria debería darse cuenta que, el camino que ha seguido este gobierno no sólo fue tomado porque una reforma de ese tipo puede ayudar a dar algo de los recursos que tanto se necesitan, sino porque la impopularidad del FUT era, y con razón, infinita, dado los abusos groseros y sistemáticos que se cometieron.

LA BRECHA ENTRE EMPRESAS Y PERSONAS

Otro de los puntos positivos de esta reforma es que da un paso para cerrar la brecha entre el impuesto que pagan las empresas y las personas, que ha sido otra de las fuentes de  grandes abusos tributarios. No hace mucho me comentaba un colega profesor de economía en una famosa universidad en Santiago que, cuando él estuvo contratado como empresa y no como persona, podía descontar hasta el veterinario del gato como costo. Pero como dije, no estoy de acuerdo con cerrar esa brecha por los dos lados, es decir, bajando la tasa marginal más alta de los impuestos a las personas.

En cuanto a evasión fiscal, como el resto de nuestra América, Chile enfrenta serios problemas en esa área. De acuerdo con diversos estudios realizados por la CEPAL, las tasas de evasión del impuesto a la renta son muy elevadas tanto en nuestro país, como en el resto de la región, donde varían entre un 40% y un 65% aproximadamente, lo que representa una brecha del 4,6% del PIB para el promedio de los países de nuestra América.

Alguien ya decía: “La ausencia de un Estado eficaz y, sobre todo, de uno que cuide los intereses nacionales, nos lleva a tener que soportar otro incapaz de controlar la codicia ilimitada de unos pocos, lo que ha tendido a crear una pequeña clase de personas enormemente ricas y económicamente poderosas cuyo único objetivo es aumentar su poder“. ¿Quién en su sano juicio diría esto? ¿Quién es este extremista?: Theodore Roosevelt, 26 avo presidente de EE.UU. Pero eran otros tiempos, aquellos en los cuales la derecha aún era capaz de entender el concepto de nación y sabía que la democracia era el gobierno de la mayoría, para la mayoría y por la mayoría, y no el gobierno del 1%, para el 1% y por el 1%.

EQUIDAD IMPOSITIVA

Otro aspecto esencial de esta reforma es su posible efecto en la equidad impositiva. Como nos recuerda a menudo Eduardo Engel, en Chile no hay equidad impositiva ni en lo vertical ni en lo horizontal. Esto significa que hay personas que, a pesar de que ganan más que otras, pagan menos impuestos. Por otra parte, personas que gana lo mismo, pueden pagan tasas muy diferentes. En lo vertical, baste recordar que según un excelente estudio el 1% más rico de la población paga tasas impositivas efectivas por debajo de las que afectan a la clase media e incluso algunos sectores más pobres (ver estudio).

Aparentemente, éste parece ser el leitmotiv de la izquierda “renovada”: tener a ese 1% contento. En esa dirección ahora incluso se llega a subirle los impuestos a gente de altos ingresos para poder bajárselos a otros de aún mayor ingreso. Se podría decir que la reforma tributaria actual tiene un componente surrealista a lo ‘Robin Hood-posmodernista’: ‘robarle’ a los ricos para darle a los más ricos…

Como es bien sabido, algo similar pasa en Estados Unidos, pues como a menudo nos recuerda Warren Buffett, uno de los hombres más ricos del planeta, él paga una tasa impositiva menor que la de su secretaria. Por eso, si bien en otros aspectos la reforma tributaria va por el camino correcto, ¿qué sentido puede tener rebajar del 40% al 35% la tasa marginal máxima de impuesto a la renta, lo cual favorece exclusivamente a los 25.000 contribuyentes más ricos del país, es decir al 0,3% de mayores ingresos del país? ¿Desde cuándo para cerrar una brecha (la de los impuestos entre las empresas y las personas) hay que moverse, necesariamente, desde los dos lados? Eso sólo beneficia al mentado 1%, quienes ya se llevan más del 30% del ingreso según el estudio ya citado. ¡Y tanto que nos recuerda la Presidenta Michelle Bachelet que la desigualdad es nuestro peor enemigo!

¿Algún asesor le habrá comentado a la Presidenta que la distribución del ingreso sólo mejora en un 3% después de impuestos y transferencias, 1.4 puntos porcentuales del Gini (aún menos si se usa el Palma Ratio -para esta forma de medir desigualdad, ver este link, en especial la animación al final del articulo-)? En Finlandia, país “modelo” para tantos, el Gini mejora en un 43% después de impuestos y transferencias, esto es, mejora en 20 puntos porcentuales del GINI, 14 veces más que en Chile. ¿Podría sorprenderle a alguien, entonces, que según los test tradicionales Finlandia sea el país occidental con mejor calidad de la educación en el mundo (aunque, por supuesto, después de varios países asiáticos)?

Por tanto, poco debería sorprender que los diputados Giorgio Jackson y Gabriel Boris no hayan apoyado la rebaja de los impuestos al 0.3% más rico de Chile, rebaja que no tenía ninguna otra justificación que tener contento a ese sector. Aparentemente, éste parece ser el leitmotiv de la izquierda “renovada”: tener a ese 1% contento.  En esa dirección ahora incluso se llega a subirle los impuestos a gente de altos ingresos para poder bajárselos a otros de aún mayor ingreso. Se podría decir que la reforma tributaria actual tiene un componente surrealista a lo “Robin Hood-posmodernista”: “robarle” a los ricos para darle a los más ricos…

¿CAMBIO DE MODELO?

Otra de las preguntas que muchos se hacen actualmente es si esta reforma tributaria cambia “el modelo” en forma sustantiva. La repuesta obvia es no. Si tenemos suerte se va a recibir mayores ingresos públicos para mejorar la educación y salud. También con suerte, se va a disminuir la capacidad que algunos tienen para cometer abusos. Sin duda va a complicar la existencia de algunas empresas, incluso algunas medianas y pequeñas, pero eso no es un cambio de modelo, tal como, por ejemplo, crear una AFP estatal dejando el resto del sistema de pensiones igual, tampoco sería un cambio fundamental en el modelo de pensiones.

Ya que el imaginativo drama que se ha hecho por un cambio tributario relativamente menor ha sido tan efectivo, seguro que ahora el gobierno lo va a pensar cinco veces antes de embarcarse en las reformas fundamentales de su programa, como un cambio constitucional de verdad, los cambios mínimos en la educación y salud, en la desigualdad, en el mercado laboral, etc. El cambio impositivo, si llega a dejar algo de plata fresca, va a permitir al gobierno mejorar algunas cosas, pero ese tipo de medidas no es para nada un cambio de modelo. Para eso hay que hacer, además, otro tipo de cosas.

VIA ALTERNATIVA A LOS IMPUESTOS

Finalmente, ¿es esta la única forma, o la más efectiva, de generar los necesitados ingresos públicos adicionales? Quizás lo más paradójico es que los más críticos del proyecto actual ni mencionan lo más obvio de todo: según el propio Consejo Minero, las ventas de cobre el año pasado llegaron a US$ 51 mil millones, de los cuales US$ 28 mil fueron destinados al pago de energía, servicios, sueldos, salarios y maquinaria (ver información). Incluso si uno cree las imaginativas contabilidades de costo de las mineras (supuesto heroico), ¿qué fue de los otros US$ 23 mil millones? ¿Y del alto componente de eso que fue simplemente renta minera? Parece que en Chile las oligarquías económicas, políticas y académicas prefieren pagar más impuestos que impulsar un royalty de verdad e incomodar así al capital extranjero; o incomodar a aquellos que se apropiaron gratis de las aguas de las lluvias, de los derechos de pesca o de la renta de los otros recursos naturales del país. Como nos decía Gramsci, para la derecha muy menudo la ideología puede llegar a ser hasta más fuerte que el bolsillo.

 

Por qué la economía ortodoxa transfirió su obsesión por un concepto (mercado) a un ritual (matemáticas)

1.-  Introducción

Cuando publiqué en CIPER mi columna anterior sobre la tomadura de pelos que es el así llamado “Nobel de Economía” (ver columna), varias personas me pidieron que clarificara si en mi opinión, la economía moderna, como ciencia social, se había auto-emasculado por sus ideas fundamentalistas respecto del mercado; o si lo había hecho al irse por la tangente del mundo real dada su nueva etapa de veneración de las matemáticas. Esta columna trata de, en alguna medida, dar respuesta a esa importante interrogante pues eso nos puede ayudar a entender la lamentable irrelevancia de la economía ortodoxa contemporánea.

Por ejemplo, y como ya es legendario, no hubo un economista ortodoxo que predijera la actual crisis financiera global. ¿Cómo iban a hacerlo si en los últimos 30 años su paradigma macroeconómico nos decía que sólo existen agentes inteligentes, quienes sólo pueden tomar decisiones óptimas ya que sus expectativas sobre el futuro las forman sólo en forma racional? Esto es, agentes cuyas expectativas son siempre iguales a los valores estadísticos esperados. ¿Necesidad de regulación? Ya que tenemos la bendición de tener este tipo de agentes inmaculados, ¡una pérdida de tiempo!

Gabriel Palma

La respuesta también nos puede ayudar a desmitificar las recetas que nos predican los economistas neoliberales criollos de todo tipo de color político. Esto es particularmente importante de entender ahora, a pocos días de una elección presidencial que tiene a una candidata con años luz de ventaja. Una candidata cuyo gobierno anterior se caracterizó por darle rienda suelta a economistas con doctorado en universidades de habla inglesa, no sólo para que llevaran a cabo sus recetas neoliberales (ya un tanto añejas), sino también –y muy fundamental- para que fijaran a su antojo los limites de lo posible en cuanto a cambios o avances en materias económicas y sociales.

Por tanto, parece ser que estamos a un paso del retorno a muchos ministerios de aquellos sacerdotes y sacerdotisas del antiguo Templo de Apolo -nuestros oráculos del Delfos neoliberal autóctono-, cuya especialidad es predecir todo tipo de catástrofes de llevarse a cabo las políticas obvias para que pudiésemos tener una educación universitaria gratuita y de alta calidad, una salud pública civilizada, una defensa seria y efectiva del consumidor, un royalty minero de verdad, una redistribución del ingreso que termine con nuestra picante desigualdad, una tolerancia-cero con la pobreza, una reforma tributaria profunda que revierta la insólita regresividad de nuestro sistema tributario, una descentralización efectiva del país, etc., etc.

Como nos indica la última encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP), esta políticas son precisamente las más anheladas por la inmensa mayoría de los chilenos y las que hacen mayor sentido en un país de ingreso medio alto (para qué decir si uno se cree el cuento ególatra de que ya somos país de ingreso alto;  ver ).

La pregunta entonces es: ¿por qué será que las políticas económicas y sociales más anheladas por los chilenos son, precisamente, las más controvertidas por nuestros oráculos neoliberales criollos?  ¿Será pura coincidencia?  ¿Sólo mala fortuna?  ¿Será porque ellos, y sólo ellos, son serios y el resto una tropa de “populistas libertinos”?

Por qué será, por ejemplo, que a ellos, como a las mineras extranjeras, les cuesta tanto entender –así como le costó tanto a la nobleza francesa del Siglo XVIII- que el hecho de que la oligarquía no pague sus impuestos termina inevitablemente siendo muy impopular ¡y caro! Porque como nos indica dicha encuesta, ni más ni menos que el 83% de los chilenos -¡cuatro de cada cinco!- ya no sólo quiere un royalty de verdad, sino simplemente terminar el abuso (re)nacionalizando el cobre (información de la encuesta que pasó casi inadvertida en la prensa). Me imagino que para aquellos otros que creen en la necesidad de la “agudización del conflicto”, no hay mejor noticia que el inminente retorno al gobierno de los economistas neoliberales de centro y centroizquierda.

2.-  La teoría económica neo-liberal de los años 60 y 70 versus la del periodo post-Reagan y Thatcher

Cuando le pregunto a mis colegas jóvenes sus opiniones sobre el desarrollo de la teoría económica en los años 60 y 70, la que construyó el llamado Consenso de Washington, sus respuestas se orientan a que la economía de entonces era abundante en ideas, pero débil en lo metodológico. Esto es, fuerte en significado (su intento de demostrar la supremacía del mercado y la ineficiencia innata del Estado), pero débil en sustancia (su forma de hacerlo). En cambio, cuando se les pregunta lo mismo a economistas que hicieron sus principales contribuciones a la disciplina de entonces (como a Robert Solow o Ronald Coase), sus respuestas indican lo opuesto: que la teoría económica dominante de ahora tiene más forma que contenido.

Por ejemplo, en una entrevista reciente, Eugene Fama, nuestro flamante nuevo “Nobel”, se queja, con nostalgia (al igual que su colega Gary Becker), de que ya lo único que queda de la Escuela de Chicago es su perenne desconfianza absoluta por todo lo público. Del resto del discurso que la hizo tan famosa en los ‘60 y ‘70 ya queda poco, pues cada uno de sus investigadores actuales anda por su cuenta.

Esta aparente falta de un “lugar de encuentro” en la teoría económica entre significado y materia, contenido y forma, también se percibe en otras Ciencias Sociales, en la religión y en la política. Este problema se puede sintetizar diciendo que en la economía, como disciplina, existe una gran dificultad de reconocer la coexistencia de más de una dimensión de la realidad psíquica: de juntar experiencias subjetivas y pensamientos objetivos.

La propuesta central de esta columna (profundizando el análisis de la anterior) es que en la teoría económica hay algo que no funciona en la interacción entre creencias y realidad.  En el primer período -los años 60 y 70-, lo más probable es que esto sucedió porque entonces lo que se requería de la economía no era tanto ser una disciplina académica, sino un instrumento militante y movilizador en la lucha por consolidar una nueva re-legitimación del capital. Esto es, ayudar a la legitimación del cambio de sistema: del keynesianismo de la posguerra (igualisante, regulador y minimizador de inseguridades), al neoliberalismo con trenzas sueltas. Se requería que fuese algo más cercano a una religión que a una ciencia social.

En el periodo siguiente, en cambio, con Paul Volker en el FED, Margareth Thatcher y Ronald Reagan rienda en mano, y con la Unión Soviética y su sicótico Muro de Berlín cayéndose a pedazos, la necesidad de legitimar el nuevo “modelo” obviamente disminuyó rápidamente dada la creciente supremacía del neoliberalismo. Por tanto, la economía como disciplina se encontró en la disyuntiva de tener, ni más ni menos, que encontrar una nueva identidad: un dilema de connotación renacentista en que la tarea siguiente no era la necesidad de seguir re-legitimando al capital, sino de re-legitimizarse a sí misma.  Por razones complicadas, incluida el complejo de inferioridad de muchos colegas por ser sólo cientistas sociales, la oligarquía de mi profesión optó por hacerlo a través de un intento de transformar a la economía en ciencia dura. ¡No hay caso con el ser humano, y sus delirios de grandeza!

Para eso, en sus investigaciones la teoría económica empezó a fijarse menos en el significado y cada vez más en los métodos. Así, los economistas ortodoxos intentaron re-legitimizar la economía como disciplina, transformando su discurso “militante” de los ‘60 y ‘70 -cuando su actuar recordaba el concepto gramsciano de “intelectuales orgánicos” (los Chicago-boys vienen a la memoria)- por un discurso aparentemente moderno y sólido.

Sin embargo, su pretendida modernidad nos hace recordar a Theodor Adorno cuando dice: “Hoy en día el recurso a la modernidad, no importa de qué tipo, con tal que sea suficientemente arcaico, se ha convertido en universal”. Y ello porque su pretendida modernidad y solidez científica se basó exclusivamente en una fijación obsesiva por los procedimientos metodológicos de un modelo de ciencias ya obsoleto en las Ciencias Naturales: aquel del determinismo del modelo mecánico, el de la “causalidad simple”, característico de la física del Siglo XIX (al que le agregaron el signo dólar).

Esta transformación de la economía, además, ha sido un mecanismo bastante eficaz para mantenerla -como disciplina académica- lo más alejada posible del análisis crítico de la nueva realidad neoliberal y de su pobre desempeño. Desempeño que quedó ilustrado en forma wagneriana por la crisis financiera global actual, madre de todas las crisis -la caída del Muro de Berlín neoliberal-. Esta falta de análisis crítico la dejó en un limbo en lugar de un purgatorio. En el caso de los países en desarrollo, esta falta de análisis critico frente a la complejidad inesperada de las reformas económica, ha llevado a tanto economista ortodoxo a repetir y repetir, casi como zombi, que la solución a cualquier problema es simplemente más y más de las mismas liberalizaciones, privatizaciones, desregularizaciones y flexibilizaciones. En especial, que no hay nada que aprender del pragmatismo “neo-confucionista” de los países asombrosamente exitosos del Asia –pragmatismo con tanto matiz de herejía-. ¿Por qué será que siempre nos tenemos que aferrar tanto a ideologías? En especial a ideologías narcisistas. ¿No será que usamos a la ideología como un pégalo-todo de nuestra fracturada cohesión social?

Desde este punto de vista, cuando el aplastante triunfo político neoliberal dejó a la teoría económica “semi-desempleada”, las matemáticas, cuál caballería en un buen Western, llegó al rescate de una disciplina necesitada de una nueva energía emocional que le volviera a dar sentido. Quizás no sea de extrañar, entonces, que para lograr esto la academia en economía comenzara a atribuirle a las matemáticas un significado puramente simbólico. Como si tuviese una propiedad ontológica casi sobrenatural.

Esto no significa que la economía ortodoxa no haya hecho contribuciones significativas en ambos períodos, o que todos los economistas ortodoxos hayan caído en la misma trampa: la de contenido versus forma. Tampoco quiere decir que las matemáticas no sean útiles para la investigación en algunas áreas específicas de la economía, como en la teoría econométrica o la teoría de los juegos. Lo que sí significa es que la economía, como ciencia social, se autolimitó, ya sea por sus creencias fundamentalistas (primer período), o por su actitud obsesiva en cuanto a la formulación matemática de sus ideas (período posterior).

“En cuanto las leyes de las matemáticas se refieren a la realidad, no son ciertas;y cuando son ciertas,
no se refieren a la realidad” Albert Einstein

En términos sicoanalíticos, lo que ha sucedido es que la economía ortodoxa ha oscilado entre dos realidades cuyas características fundamentales se asemejan a la distinción que hace Ronald Britton entre fundamentalismo (veneración de un concepto), e idolatría (devoción a una cosa, ver “Fundamentalism and Idolatry”, in C. Covington et. al. (ed.) Terrorism and War, Karnac). En cada una, el “concepto” y el “objeto” terminan casi como alternativas, cada uno afirmando que la realidad sólo se entiende en la forma que cada uno profesa. Lo peculiar de la teoría económica fue su transición de un periodo en el cual encontraba su razón de ser en la veneración de un concepto, a uno en el cual intenta hacerlo vía su devoción al ritual de un lenguaje.

Sin embargo, ambos períodos tienen un fuerte elemento en común: el absolutismo. En la primera fase (‘60 y ‘70), como decíamos en la columna anterior, no era lo que se leía, era la forma en la que se leía; no era lo que se pensaba, era la forma de pensar; no era lo que se creía, era cómo se creía. El absolutismo era la diferencia entre “yo creo que esto es así” y “esto es así”. Es la diferencia entre la búsqueda de la verdad y “La Verdad”. Lo que se cree pasa a ser cierto, y lo que se cree saber se convierte en un hecho.

En la segunda fase, el absolutismo de la economía ortodoxa se transfirió a una despótica exclusividad de las matemáticas como método de análisis, sin importar el fenómeno a estudiar. Esto sucede cuando una herramienta pasa a definir la tarea, y no al revés. En el mundo real, si necesito cortar el pasto, uso una máquina; si quiero pintar, una brocha; si quiero cocinar, un sartén; si quiero arreglar mi bicicleta, una llave inglesa; si necesito mandar un correo electrónico, un computador (o similar). En la economía moderna, no: por decreto de la nueva Stasi, la maquina de cortar pasto se define como la única herramienta aceptada para cualquier tipo de tarea en el hogar. El absolutismo también les da a las matemáticas una representación especial desde un punto de vista ontológico.

Lo central aquí es que en los dos períodos “la pureza de la fe” respectiva entró en conflicto con la complejidad del mundo real. El miedo era el mismo: de permitirse nuevas ideas o formas en el sistema de creencias, ellas podrían llegar a destruir la creencia misma. Este temor puso en juego el instinto de destrucción. Por tanto, en ninguno de los dos períodos podía permitirse el derecho de las minorías o el de la disidencia. Ya decíamos, un famoso economista de Brasil (doctor en economía en Harvard y socialista renovado), presidente del Banco Central durante las reformas económicas que llevaron a la crisis financiera brasilera del ‘99 (que se desató semanas después que Euromoney lo eligió como el mejor presidente de Banco Central del año), decía que la alternativa en ese entonces era simple: ser neoliberal o neo-idiota (neo-burro). Y al neo-burro hay que mandarlo a los gulags apropiados.

Cuando una idea es la que se venera, ésta se torna todopoderosa, sagrada, inviolable.  Cuando es el ritual, en cambio, como es el uso sacramental de las matemáticas, a éste se le atribuyen poderes especiales en cuanto a significado y lo único que importa es una rígida devoción a la nueva liturgia. Ya decíamos en la columna anterior, la actual adhesión obsesiva al lenguaje de las matemáticas en la economía dominante, se parece al apego al latín en los debates teológicos escolásticos de la Edad Media, cuando la Inquisición no sólo prohibía los libros “heréticos”, sino también la traducción de la Biblia del latín a las lenguas de la gente común. ¡Cómo si un lenguaje (latín o matemáticas) pudieran dar de por sí más significado a las ideas! Esto no es más que una nueva forma de fetichismo ontológico.

Más aún, las matemáticas no son neutrales en un sentido valórico. En las Ciencias Sociales son mucho más útiles para los métodos reduccionistas y como tal, no son un lenguaje neutro. No son igual de útiles si uno quiere usar una lógica dialéctica para entender la realidad; o si uno entiende los outcomes no como equilibrios (óptimos o sub-óptimos), sino como dinámicas que crean complicados procesos de causalidad cumulativa; o si uno quiere estudiar agentes que son parte de relaciones sociales particularmente complejas. Como se recuerda a menudo, para Aristóteles “el ser humano es un animal social por naturaleza… La Sociedad es algo que precede al individuo. Quien no pueda vivir en común, o es tan autosuficiente como para no necesitarla,…es una bestia o un dios”. El algebra puede ser un lenguaje que ayude a entender (y expresar) la complejidad de lo social, pero por la contradicción entre sus características intrínsecas y la peculiar complejidad de lo social, lo puede hacer sólo en forma muy limitada y en áreas muy especificas, pues dicha complejidad pronto la hace inmanejable.

No es así, en cambio, si uno cree que puede modelar la realidad en forma excesivamente simplificada; si uno quiere desgranar lo social (como si fuese un racimo de uvas) en componentes simples, transparentes y fáciles de manipular. Como si la realidad social estuviese compuesta de átomos. Parte de la tentación de hacer eso viene de la fascinante estética de las matemáticas (¡hay pocas iguales!). En esto, los economistas ortodoxos, a diferencia de Ulises, no se resistieron a los cantos de sirena del algebra exacta. La urgente necesidad de re-legitimizar la disciplina no se los permitió.

“Cuando las acciones sociales se expresan matemáticamente, asumen inevitablemente un carácter majadero”.
Theodor Adorno

Relacionado con lo anterior, en estos dos periodos hubo un cambio en la economía ortodoxa en cuanto a la dirección de la intolerancia. En el primero, mientras se era completamente intolerante a las ideas alternativas (que no glorificaban la perfecta racionalidad de los agentes económicos y la inaudita eficiencia de los mercados libres), se permitía cierta tolerancia respecto del tipo de metodología que se podía utilizar para promover y “purificar” esas ideas. En el segundo periodo, en cambio, la intolerancia pasó de la esfera de las ideas a la de la metodología. Se llegó incluso a permitir algo de tolerancia en relación a ideas críticas sobre la racionalidad de los agentes y del funcionamiento agraciado del libre mercado (a-la-Stiglitz, Krugman, Schiller y unos pocos más). Siempre que estas ideas se articulasen dentro del estricto ritual del algebra.

Y algo muy relevante para entender al Chile de la post-dictadura y a los neoliberales de la Concertación, es que también hubo un cambio paralelo entre los dos periodos en la relación entre la economía académica dominante y la formulación de políticas económicas en el mundo real. Mientras que en el primer período existió una estrecha relación entre ambas (lo que pasó en Chile post-1973 es un ejemplo claro); en el segundo período, en cambio, comienza a haber una creciente disociación entre “el pizarrón” (o sus equivalentes electrónicos) y la formulación de políticas económicas. Mientras en los apuntes de clase y los papers académicos se cambiaba progresivamente el alfabeto romano por el griego (el que se usa en el algebra de los economistas), en política económica se siguió repitiendo, ad nauseam, las mismas ideas añejas de los ‘60 y ’70, las cuales, como en el vino de dudosa calidad, rápidamente pasaron a ser vinagre.

Este es un punto muy importante a entender: economistas que en el pizarrón son acróbatas de una lógica abstracta (en el mal sentido de la palabra: aquella poco relevante a la realidad), al momento de hacer políticas económicas específicas en el mundo real –salvo en el hacer lo mismo, pero en mejor forma-, son sorprendentemente incapaces de ir más allá de las recetas simplistas de los ‘60 y ’70. Aquellas que decían que los bancos centrales debían ser siempre “independientes” (no hay nada mas eficiente que funcionar al margen de la voluntad democrática), y así implementar tipos de cambios flexibles (perjudíseque quien se perjudique, por no decir, la glorificación absoluta de la Ley de Moraga), y así estar sólo preocupados del inflationtargeting; que las políticas publicas deberían ser sólo horizontales; que la única política comercial “moderna” es la apertura irrestricta de los mercados, sin importar lo que hacen los competidores; que la cuenta de capital debería estar siempre abierta y en forma irrestricta, sin importar las evidentes extravagancias autodestructivas, sistemáticas, de los mercados financieros internacionales; que en todos los mercados, incluso los (realistas-mágicos) financieros, la autorregulación y la disciplina del mercado son más que suficientes para asegurar un funcionamiento perfectamente eficiente; y que, por tanto, la regulación rooseveluiana/keynesiana del Estado es algo obsoleto; que las experiencias exitosas del Asia son totalmente irrelevantes (más bien el sub-producto de políticas de “sangre, sudor y lágrimas”, que de incrementos del mitológico TFP); etc., etc. Cuando mucho se permite tirar un par de pesos a la investigación en alta tecnología (financiada por un royalty que existe sólo para decir que hay royalty); también se permite incentivar los clusters y algunas otras “politically-correct” ficciones de usanza: después de todo, ¡hay que mostrar “modernidad”!, y, al hacerlo, hay que discutir a muerte si esos tres pesos deben ser asignados horizontal o verticalmente: el “narcisismo de las pequeñas diferencias”, como nos diría Freud.

Lo que aún falta profundizar es ¿por qué en la economía ortodoxa se encuentra en forma tan extrema aquella proposición sicoanalítica de una relación inversa entre “las expectativas a entender el mundo real” y la intolerancia con la diversidad de las ideas?  ¿Y por qué la economía, como disciplina, parece ser tanto más intolerante con la disidencia que la mayoría de las otras ciencias (naturales y sociales) en primer lugar?  ¿Será porque la jactancia está sostenida por un tejado de vidrio?

3.-  Algunas limitaciones a nuestra capacidad para entender el mundo real encuentra formas extremas en la economía dominante.

En un artículo escrito en 1915, en medio de la Primera Guerra Mundial, Sigmund Freud escribió sobre las tres características básicas de los seres humanos en relación con su dificultad para entender el mundo real: a) su ambivalencia innata hacia la realidad; b) su predilección por la ilusión y los ensueños, y c) sus tendencias congénitas a la agresión.

3a.-  La ambivalencia innata hacia la realidad

Según Freud, una de las principales razones de nuestra ambivalencia hacia la realidad parece ser nuestro arraigado “miedo a lo desconocido”. Algo así como el temor al retorno de un caos primitivo. Wilfred Bion lo llamó “el terror sin nombre” (Nameless dread, producto del miedo terrorífico a la falta de contención). Es como si existiese una fuerza desconocida capaz de destruir la comprensión y eliminar el significado. Las dificultades para comprender la realidad parecen ser un ataque en lugar de una simple deficiencia (que se puede remediar con más esfuerzo en el análisis). La sensación es que existe el peligro de que aquello que momentáneamente es incomprendido se transforme en algo para siempre incomprensible.

Nuestra ambivalencia innata hacia la realidad también tiene que ver con nuestras necesidades de omnipotencia y omnisciencia. El problema es que, a menudo, cuando la ilusión de omnipotencia no se puede aplicar al mundo real, se satisface a través de acciones destructivas (asunto relevante para el punto 3c, abajo).

3b.-  Preponderancia a la ilusión y los ensueños

Una forma en la que muchas veces enfrentamos la complejidad de la realidad, porque nos ayuda a vencer el miedo a lo desconocido, es la fantasía de la “omnisciencia”. Y esta sólo se puede imaginar mediante la creación de sistemas absolutistas: en los que se asume que el conocimiento parcial es completo, el cual contiene la totalidad de “La Verdad”.  Y, por supuesto, la única forma en la cual el conocimiento puede parecer estar completo y evidente, es a través de la teorización dogmática o la revelación religiosa. Sólo así se puede tener la ilusión de una comprensión completa, de una perfecta simetría entre las creencias y la realidad. Aquí emerge el rol fundamental de la ideología en las Ciencias Sociales, fundamental por el hecho de que los seres humanos tenemos esa tendencia innata a ser creyentes y tendemos, casi por instinto, a asociar creencias con conocimientos, y conocimiento con realidad.

“Una parte demasiado importante de la ‘economía matemática’ reciente son meras invenciones, tan imprecisas como los supuestos en los que descansa, los que permiten al autor perder de vista la complejidad e interdependencias del mundo real en un laberinto de símbolos pretenciosos e inútiles.”
John Maynard Keynes

El problema no sólo está en nuestra predilección por simplificar lo real contándonos cuentos, está también en que, a menudo, terminamos creyendo en forma absoluta nuestros propios cuentos. Más aún, en economía a menudo lo crucial está en demostrar que el narrador cree realmente en el cuento. Por ejemplo, cuando los gobiernos de centroizquierda supuestamente serios (a diferencias de los “tropicales”) llegaron al poder en América Latina (la Concertación en Chile, el PT en Brasil), el problema fundamental era cómo vender “credibilidad” a los mercados financieros después de tantos años de ateísmo neoliberal. Sin duda, ese pasado no era la mejor tarjeta de presentación. Así, para aplacar a los mercados financieros internacionales y nacionales parecía no haber más alternativa que convertirse en neoliberales esmerados (born-again neo-liberals). ¡Nada menos serviría!

De hecho, un ministro de Hacienda de la Concertación dijo una vez que la razón de por qué en Chile “el modelo” funcionó mejor -al menos por un tiempo-, era porque nosotros creíamos realmente en el modelo neoliberal, mientras que el resto de América Latina lo había implementado más bien por necesidad. Theodor Adorno (de nacionalidad alemana) una vez definió a un alemán como aquella persona que no podía contar una mentira sin creerla. Quizás un socialista renovado es aquél que no puede contar un cuento neoliberal sin creérselo a puntillas…

Como se mencionó anteriormente, en economía el complejo proceso dialéctico de interacción entre creencias y realidad tiende a fallar. Como resultado, la economía, como ciencia social, requiere de una “red de seguridad” (safety-net), y esta sólo puede ser proporcionada por creencias fundamentalistas o por metodologías pseudo-exactas. Pero a diferencia del circo, que las necesita para evitar una caída fatal, la economía las necesita por el perturbador “miedo a lo desconocido”: miedo a que exista una fuerza desconocida, cual black hole, es capaz de destruir la comprensión y eliminar el significado.

Por esto, muchas de las ciencias, especialmente las sociales, tienen elementos de religión en el sentido de ser, al menos en parte, visiones mitológicas del mundo producto de procesos psicológicos proyectados en el mundo exterior (como el sistema de ideas ptoloméicas del universo, las cuales sólo proyectaban el concepto de ser humano con un gran complejo de ombligo). En la economía neoclásica, por ejemplo, se nos dice que es una suerte que los seres humanos seamos egoístas, codiciosos y destructivos, pues estos son los motores que hacen funcionar a los mercados. La famosa locución de Gordon Gekko, “la codicia es buena y necesaria. La codicia clarifica, va al grano y refleja la esencia del espíritu evolucionado. La codicia… es lo que va a salvar a esta corporación llamada USA”, pasó a ser el himno oficial de Wall Street. En otras palabras, ¡gracias a Dios por el pecado original!, que nos hizo codiciosos, egoístas, envidiosos y destructivos (incluyendo nuestra auto-destructividad). El Paraíso Terrenal debe haber sido muy agradable, pero era bien primitivo, lleno de sol, manzanas y pudor, pero sin las controvertidas características humanas que (supuestamente) han traído el progreso, con sus ipads e iphones y tanto divertimento.

Creo que es difícil inventar algo más transparente para proyectar en el mundo nuestra ilusión innata de omnipotencia y omnisciencia que las “expectativas racionales” en teoría macroeconómica: nuestras expectativas, como agentes económicos, son (supuestamente) siempre iguales a sus valores estadísticos esperados (¡los verdaderos!). Difícil decisión para el Guinness Book of Records, si tuviese que escoger entre ésta quimera y las ideas egocéntricas ptoloméicas para sus secciones “omnipotencia” y “omnisciencia”. El tercer lugar lo pelearían las teorías de las “burbujas racionales”, con la creencia de que, de existir la mano invisible (esto es, de que si no es invisible simplemente porque no existe), los equilibrios de mercados se caracterizarían por engendrar una armonía perfecta entre los intereses privados y los sociales. Luego, pisándole los talones, vendrían los juegos interactivos del “dilema de los prisioneros” (a-la-Robert Axelrod), donde los individuos egoístas -y tan sólo por su propio egoísmo- tenderían a ser agradables, tolerantes y no-envidiosos, incluso en los mercados financieros. Por tanto, ya que los que tienden a ganar son los nice guys, ¡para qué regular! Ni los socialismos del Siglo XIX eran tan utópicos.

Un mercado capaz de traducir la maximización de los intereses individuales en óptimos sociales, es un cuento bastante útil. De acuerdo con Hayek, el resultado de la interacción de agentes libres en el mercado es producto de un juego de suerte y habilidades. No todo el mundo será feliz en el capitalismo, pero esto es así sólo porque algunos nunca se dieron la molestia de adquirir conocimientos útiles o necesarios, o simplemente tuvieron mala suerte (como tener las habilidades erradas después de un cambio tecnológico). Por tanto, los resultados distributivos no son producto de la explotación o de relaciones sistemáticas de poder que favorecen a unos y perjudican a otros. En esta lógica, si en Chile el 1% se lleva aproximadamente el 30% del ingreso, no es algo grotesco, sino sólo el resultado de que los primeros tienen tanta “educación”. El hecho de que ese 1% tenga a los partidos políticos tradicionales (literalmente) en el bolsillo, de que sean máquinas aspiradores de todo tipo de rentas artificiales provenientes en especial de la concentración oligopólica, de que tengan al resto del país en una camisa de fuerza, es irrelevante (ver). En este marco, no se puede decir que hay ganadores y perdedores y mucho menos desigualdades o injusticias sistemáticas. Sólo fuerzas anónimas operando en el mercado, con un resultado distributivo eficiente.

Además, el cuento de agentes libres operando en el mercado y sus equilibrios óptimos, permite culpar al Estado y a los que no respetan las reglas del juego por cualquier problema, como ha sucedido interminablemente en la actual crisis financiera global.  Supuestamente, ella jamás podría haber sido una crisis financiera endógena, fruto de dinámicas autodestructivas internas, en mercados financieros desregulados y con exceso de liquidez. ¡Oh, no, eso jamás!: agentes inteligentes, maximizando sus intereses en mercados libres, sólo pueden producir equilibrios óptimos (bueno, concedamos: quizás también sub-óptimos, pero estos también son equilibrios después de todo). ¿Crisis financieras ‘endógenas’?: una contradicción en sí misma (ver).

Por supuesto, Adam Smith y la Ilustración tenían toda la razón cuando argumentaban que los seres humanos podemos preocuparnos perfectamente de nuestros propios intereses: no necesitamos de una iglesia o de un rey o reina para que nos diga lo que tenemos o podemos hacer. Esa fue una propuesta muy progresiva para la época. De hecho, revolucionaria. ¡Vive la liberté! Pero la idealización que hace la economía ortodoxa de esos seres humanos interactuando “libremente” en el mercado, y produciendo óptimos sociales al maximizar sus intereses individuales, es sólo otro cuento de economistas. Smith, en cambio, sí tenia los pies en la tierra, y nos prevenía insistentemente, por ejemplo, de que esos mismo agentes estaban muchísimo más interesados en coludir que en competir.

¿Y puede haber mayor ilusión (¿delirio?) respecto de los poderes mágicos de las matemáticas, que la que tenían en Estados Unidos los estrategas políticos durante la Guerra Fría, cuando pensaban que mediante el uso de la teoría de los juegos se podría tener una carrera armamentista ilimitada, sin tener al mismo tiempo el riesgo de una aniquilación nuclear? Cual casino, ¡la sobrevivencia del planeta se apostaba en un juego matemático!

Joseph Stiglitz dice a menudo que, dada su extraordinaria simplificación de lo real, la mayor atracción del Consenso de Washington es la notable sencillez de sus ideas. No hay que ser economista para entenderlas…

En resumen, la complejidad de lo real-social, y el miedo a lo desconocido, parecen conducirnos en teoría economía a una preponderancia por la ilusión, los espejismos y los ensueños ¡hasta los delirios! En economía, este fenómeno parece ser peor, porque nuestros métodos de investigación tienen poca capacidad de discernir entre hipótesis alternativas. ¿Qué otra cosa puede explicar que el grado de certeza con la que un grupo cree su propio cuento puede llegar a ser un mecanismo de selección social y político entre historias alternativas?

3c.-  La agresión innata

Milton Friedman

En la peculiar relación entre ideas y destructividad, el punto clave vuelve a ser lo que ya se ha dicho: lo importante no es lo que se lee, sino la forma en la que se lee; no es lo que se piensa, sino la forma de pensar; no es lo que se cree, sino cómo se cree. Eso es lo que va a determinar si la destructividad se pondrá en juego. Pol Pot basó sus ideas en una muy particular lectura de Lenin; Hitler, en una extremadamente peculiar interpretación de Nietzsche y Wagner; Robespierre, en su lectura mecanicista de Rousseau; la señora Thatcher, en su comprensión trivial de Friedrich Hayek; los Chicago-boys y sus mentores (Friedman y Harberger) en su lectura puramente ideológica de Adam Smith.

Se trata de ideas convertidas en creencias absolutistas. Y por supuesto, ningún país, ninguna religión, ninguna ciencia -en particular las sociales- es inmune a este fenómeno: la transformación de ideas en creencias absolutas. Una forma de regresión psicológica que las hace un aliado perfecto de los instintos destructivos del ser humano.

Cuando hay una fuerte necesidad de comprensión, junto al aterrorizador temor de la no-comprensión, surge una insistente y casi exasperada necesidad de acuerdo y de aniquilación del desacuerdo. La ansiedad relacionada con la incomprensión y el miedo a lo desconocido, lleva una relación inversa entre las expectativas de entender lo real y la necesidad de un acuerdo. En economía, la baja expectativa de comprender la realidad social es crucial para explicar la persistencia y el nivel de la intolerancia, incluso si los temas a los que se dirige la intolerancia han cambiado en el tiempo.

El temor es que al permitir nuevas ideas en un sistema absolutista de creencias, éstas pueden destruir la creencia misma. Esto pone en juego el instinto destructivo, convirtiendo al sistema absolutista en un motor de “genocidio ideológico”: un intento de purificar un sistema de creencias aniquilando aquellos que se oponen a ella (el terror de Robespierre viene a colación). En cierto modo, en esto hay poca diferencia entre los ‘60 y ‘70 y el periodo posterior. En el primero lo que se purificó fue el campo de las ideas; en el segundo, la metodología.

Sin embargo, en otro sentido sí hay una gran diferencia. Es mucho más aceptable ser intolerante con los que son críticos con el uso de las matemáticas en la economía, que con los escépticos de la supremacía de los mercados libres. Es mucho más fácil utilizar el argumento de las matemáticas para sacar mal a un estudiante, rechazar un paper en una revista académica, asignar recursos en forma sesgada o negar un derecho de cátedra. ¡Es (literalmente) imposible idealizar un ritual sin demonizar las alternativas!

También hay que tener presente que en la política pequeña de la academia se confirma aquel dicho: cuando lo que está en juego nos es trascendental, la política tiende a ser intensa.  (When the stakes are low, politics is high!).

Además, muchos miembros de la profesión del campo heterodoxo simplemente han tirado la toalla. Por ejemplo, en los ‘90, el decano de la Facultad de Economía de Berkeley (heterodoxo dubitante), me comentó en una comida sobre sus dudas, que para entonces no eran simples dudas, sino de esas que ya están cerca de un nuevo criterio de verdad (por haberse llegado ya a la certeza de la duda): si en ese momento él fuese un economista joven postulando a un cargo en su facultad, él jamás se daría a si mismo el puesto por su falta de conocimiento profundo de las matemáticas. Unos llamarían a esto Síndrome de Estocolmo; otros, quizás un buen ejemplo de la certeza del yo dubitante de la filosofía pre-kantiana.

Lo importante de entender es que la falta de diversidad de pensamiento en economía es algo particularmente autodestructivo para su creatividad intelectual. Cuando Adam Smith nos decía que “sin competencia no hay progreso”, también se refería a esto. ¡Pero cómo hacerle entender a un economista neoliberal que cuando Smith decía eso, no sólo se refería al mundo material, sino también al de las ideas!

Con el fin de comprender la titánica necesidad destructiva del ser humano respecto de maneras diferentes de pensar -especialmente cuando está parado bajo un tejado de vidrio-, hay que volver nuevamente a Freud: cuando la manera de pensar de uno es frágil, es fácil que se desate nuestra innata tendencia a la destructividad. Para Freud, el “instinto de muerte” no es una fuerza contra el bien o lo bondadoso, sino una fuerza destructiva innata contra la creatividad, contra lo original, imaginativo, fértil, divergente. Cuando Freud hizo del instinto destructivo un aspecto central de su teoría, pensó en el Fausto de Goethe. Citando a Mefistófeles, la personificación del mal, a quien identifica con el instinto de muerte, explica su idea: “El mismo diablo nombra como su adversario no lo que es santo y bueno, sino el poder de la naturaleza para crear, para multiplicar la vida…”.

Por eso, personas perfectamente normales pueden actuar en grupo de formas que la psicología individual interpretaría como extremos psicopatológicos. Al parecer, cuando actúa en grupo, la gente piensa que tiene licencia moral para comportarse de una manera que como individuo nunca lo haría. Acciones destructivas de las personas, cuando actúan en grupos basados en creencias ideológicas, están destinadas a estar libres de culpa e incluso a ser gratificantes. Esto explica, al menos en parte, la manera en la cual se aniquiló la disidencia en la mayoría de las facultades de economía, incluido, por cierto, en Chile.

De hecho, la tolerancia de puntos de vista diferentes más sofisticados es una de las cosas más provocativas para los fundamentalistas. Por ejemplo, los economistas pueden ignorar más fácilmente una opinión disidente que dice que las matemáticas no deben ser nunca utilizadas en economía, que la que plantea que las matemáticas, como herramienta o lenguaje, pueden perfectamente ser útiles en algunas áreas pero debe ser tratada con extrema precaución en otras. Ya decíamos, esto es similar a cuando necesito hacer un trabajo en mi casa: las herramientas que preciso son diferentes según la tarea. La maquina de cortar pasto no es útil para cocinar. Entonces, ¿cómo puede ser que la “herramienta” en el análisis económico sea la misma cualquiera sea la necesidad?

John Maynard Keynes

Como nos advierte Keynes, matemático de formación, en su opus magnum: “El objeto del análisis económico no es proporcionar una respuesta mecánica, o ser un método de manipulación hipnotizado capaz de proporcionar respuestas infalibles, sino el dotarnos de un método organizado y ordenado que nos permita pensar problemas específicos. Una vez hecho esto, a través de aislar los factores que complican el análisis, y habiendo llegado a una conclusión provisional, debemos volver al comienzo y estudiar de nuevo, como sea posible, los efectos probables de la interacción de esos factores excluidos. Esa es la naturaleza del pensamiento económico. Cualquier otra forma de aplicar nuestros principios formales del pensamiento (sin los cuales, sin embargo, estaríamos perdidos en el bosque) nos llevarán a una equivocación. Es un gran error de los métodos simbólicos pseudo-matemáticos tratar de formalizar un sistema de análisis económico…, que asuma expresamente una estricta independencia entre los factores involucrados, y que de este modo pierde toda su fuerza y autoridad. En el discurso normal, en cambio, donde no estamos manipulando a ciegas, sabemos todo el tiempo lo que estamos haciendo y lo que significan las palabras. Así podemos mantener en forma conciente, las necesarias reservas y calificaciones… Una parte demasiado grande de la reciente ‘economía matemática’ son meras invenciones, tan imprecisas como los supuestos en las que descansan, los que permiten al autor perder de vista la complejidad e interdependencias del mundo real en un laberinto de símbolos pretenciosos e inútiles”.

4.-  La especificidad de la economía

Como analizábamos en la columna anterior (y en otros trabajos), en economía la interacción específica de tres características la hace particularmente vulnerable a los problemas mencionados anteriormente. a) Tiene que vérselas con un tema especialmente complejo: la naturaleza particularmente enmarañada de la realidad social; b) por tratarse de una ciencia social, las herramientas analíticas a nuestra disposición son relativamente ineficaces tanto para entender como para discernir entre hipótesis alternativas (irónicamente, como ya decíamos, para superar este problema la economía se casó con un modelo de ciencias ya obsoleto en las Ciencias Naturales); y c) existen poderosas demandas externas sobre la profesión, a veces muy bien remuneradas, en especial para ayudar a consolidar poder y legitimar ideas incongruentes o ilusorias.

Todo esto no ayuda al esfuerzo por tratar de entender la compleja realidad-social, pero sí ayuda a “embellecer la irrelevancia” y a modelar ficciones, como es el caso de la nueva síntesis neoclásica, con sus supuestos de agentes representativos y licuación de mercado (sujeto a la posibilidad de precios porfiados), en los cuales no cabe ni la posibilidad que exista desempleo involuntario keynesiano, creado por falta de demanda efectiva. Modelos que son incapaces de explicar fluctuaciones en economías donde no sólo importa el dinero para entender lo real, sino también economías que están plagadas de fallas de coordinación. Y hasta ahora, la crisis financiera global ha tenido poco efecto en esta forma de entender las cosas. En esto, quizás deberíamos recordar aquella frase de Keynes: “La gente (¿salvo en Asia?) generalmente prefiere fallar por medios convencionales, que tener éxito experimentando con otros no-convencionales”.

También es el caso de los modelos distributivos que justifican la creciente desigualdad en el mundo, pues, aparentemente, en él sólo existen fuerzas anónimas que producen resultados eficientes (dadas ciertas condiciones). Por tanto, no hay ganadores o perdedores; menos aún desigualdades sistemáticas o injusticias estructurales. Aquí la comparación anterior con los debates entre teólogos escolásticos y su eficaz inquisición, es particularmente relevante.

Quizás se podría agregar una cuarta interacción en este proceso y que hace a la economía particularmente vulnerable a los problemas mencionados anteriormente: la selección adversa o incentivos poco santos que atraen a muchos a la profesión y que son muy poco saludables al momento de ayudar a lograr un mayor entendimiento de lo real-social.

Como ha argumentado Tony Lawson, un colega aquí en Cambridge, la proposición central del Darwinismo es que, en una población, un subgrupo va a sobresalir respecto de los demás si tiene algunas características que los otros no tienen, lo cual lo hace mejor adaptado a un medio-ambiente específico. Sin embargo, eso no tiene nada que ver con el “valor intrínseco” o superioridad moral del subgrupo. Sólo con tener lo que se requiere, dada las circunstancias especiales.

Por eso, una forma simple de entender qué es el neoliberalismo es, precisamente, crear artificialmente un nuevo “medio-ambiente” donde el capital, por sus características, pueda ser el rey; mientras que el trabajo, por su creciente inseguridad, pueda ser fácilmente mantenido a raya. Esto es, abrir la cuenta de capitales, flexibilizar el mercado del trabajo, ahogar en crédito, domesticar al Estado, independizar la política monetaria de la voluntad popular, etc., etc. De modo de crear artificialmente un nuevo medio-ambiente, que no es más que una vuelta a una forma de capitalismo puramente predatorio, donde las habilidades del capital sean las más afortunadas.

De ser así, al neoliberalismo se lo podría interpretar como una etapa regresiva en la evolución humana, pues como nos dice Albert Einstein, siguiendo a Thorstein Veblen, el socialismo no es más que un intento de superar la etapa predatoria en la evolución humana. Para Einstein, el neoliberalismo (o neoconservadurismo, como se llama en Estados Unidos), no es más que lo opuesto: reafirmar dicha etapa arcaica.

5.-  Una sugerencia de cómo distinguir a los economistas en Chile

En pocos días habrá una elección presidencial en Chile. Salvo que ocurra un tsunami político, ya se sabe el resultado. ¿Y qué esperar del nuevo equipo económico? Bueno, en su mayoría pertenecen a un grupo muy específico -y mayoritario- de economistas en Chile. Siguiendo la lógica de lo dicho anteriormente, sugiero que se pueden distinguir dos tipos de economistas en Chile entre los que están a la izquierda de Genghis Khan: aquellos, la mayoría, en especial entre de los que tienen doctorados en países anglo-sajones, que no sólo profesan su nueva devoción al modelo, sino que nos quieren convencer de que no hay mayores grados de libertad para mejorarlo (tampoco se necesitan); y aquellos que creemos que sí hay un espacio significativo, al menos para hacer de este modelo algo más eficiente, humano y racional. ¿Es tanto pedir? (por ahora).

Mucho se ha hablado de la ultima encuesta del CEP, pero hasta donde he leído pocos parecen haberse dado cuenta de una gran curiosidad: el 86% dijo estar a favor de una mayor protección de los consumidores; un 85% a favor de reducir las diferencias de ingresos; un 83% a favor de (re)nacionalizar el cobre; un 74% a favor de priorizar la educación universitaria gratuita; un 73% a favor de descentralizar el país y un 67% a favor de hacer una reforma tributaria de verdad. Si se tomase esa misma encuesta a los economistas chilenos con doctorado en países anglo-sajones, el resultado seria el mismo, pero multiplicado por menos 1. Lo más probable es que digan que si bien, en teoría, están a favor de la protección de los consumidores, la reducción de la desigualdad y la descentralización del país, desgraciadamente, dado los poderes fácticos, poco se puede hacer en la práctica por ahora para avanzar en eso (lo poco que se avanzó en estas materias en los cuatro gobiernos de la Concertación habla por si sólo). En los otros temas, en cambio, la gran mayoría de ellos están simplemente en contra: como con la (re)nacionalización del cobre, la educación universitaria gratuita, una reforma tributaria progresiva de verdad, y la recuperación de los recursos naturales que los Chicago-boys & asociados se auto-privatizaron (ver).

¿Por qué será que existe esta gran brecha entre la opinión mayoritaria del país y la de los ‘técnicos’ de la economía?  ¿Por qué los primeros creen que hay espacio para cambiar ciertas cosas, y le dan a ello un fuerte sentido de urgencia, mientras que los segundos se pasan la vida predicando que, de hacerse dichos cambios, todos serían contraproducentes?  Y para convencernos de ello, nos dramatizan los riesgos asociados al cambio a niveles inauditos. Así, la mejor telenovela en cartelera nos dice que cualquier agenda progresista alternativa no es más que un pacto autodestructivo, de autoinmolación. Como ya decíamos, recordando la canción, bienvenidos al mundo del teatro, puro teatro, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro.

No me extrañaría si un día se sabe que en las comisiones del equipo económico de Michelle Bachelet los economistas ya se dividieron en dos grupos: aquellos que estudian los pocos avances (supuestamente) posibles, y aquellos que ya preparan la letanía de disculpas para tratar de convencer al resto del país de que cualquier paso más allá de eso es para peor. ¡Con razón se autodenominan economistas marginalistas! Yo creo que sería más adecuado llamarlos “economistas a-lo-Barros Luco”, pues para ellos existen realmente sólo dos tipos de problemas: los que resuelve el mercado y los que no tienen solución.

Premio Nobel de Economía: Teatro, puro teatro

La semana pasada se les otorgó el Premio Nobel a tres economistas estadounidenses que trabajan sobre mercados financieros: Eugene Fama, Lars Peter Hansen y Robert Shiller. Si bien esta noticia tuvo impacto en la profesión y círculos políticos, pasó casi inadvertida para el resto de la población. Qué diferencia -se acordarán los mayores de 50 años- con cómo se tiró la casa por la ventana durante la dictadura para celebrar el Nobel de Milton Friedman en 1976. Esto, a pesar de que esta vez uno de los galardonados, Eugene Fama, padre de la desregulación financiera global, es mellizo ideológico de Friedman e inspiración fundamental de los neo-liberales de todo tipo.

Este premio, junto con exponer muchos de los aspectos más negativos de mi profesión, trae a la mente varias interrogantes. ¿Tiene sentido dar premios de este tipo en una disciplina donde las ideas tienen un claro origen ideológico y donde las metodologías y los datos son particularmente frágiles? ¿Tiene sentido honrar justo en la mitad de la peor crisis financiera en casi un siglo a alguien que se pasó medio siglo diciendo que jamás podría haber una crisis financiera de este tipo? ¿Y qué es de los millones que están sufriendo las consecuencias de esta crisis, producto en gran parte de la aplicación de las políticas de desregulación financiera propuestas por Fama? Es necesario preguntarse también cuál es el status “científico” de las propuestas de políticas que hacemos los economistas. Por ejemplo, cuando la mayoría en mi profesión se opone a que la educación universitaria sea gratuita, ¿están expresando sólo una opinión?

Nobel de Economía: un “truco de mercado”

1.- ¿Existe realmente un “Premio Nobel de Economía”? La sorprendente respuesta es que no existe ni nunca ha existido. Este Nobel es sólo una ficción inventada por una profesión en busca de credibilidad. A Alfred Nobel nunca se le pasó por la mente crearlo; por el contrario, como muchos científicos de esa época, él tenía una opinión muy baja de esta disciplina. Jamás se le hubiese ocurrido colocar a la Economía a la par de ciencias como la Física, la Química o la Medicina, para las cuales sí creó un premio. Sin embargo, un grupo influyente de economistas, sin importarles para nada la opinión ni deseos de Nobel ni los de su familia, idearon un truco de relaciones públicas para dar la impresión de que la Economía, como ciencia, estaba a la par con aquellas. Después de todo, una cosa que le sobra a mi profesión es poder y recursos para lograr lo que se le de la gana. Y así inventaron este premio, o, para ser más preciso, así compraron un acceso lateral a estos premios.

Una cosa que le sobra a mi profesión es poder y recursos para lograr lo que se le de la gana. Y así inventaron el Nobel de Economía o, para ser más precisos, compraron un acceso lateral a estos premios

En 1969, casi 75 años después de que Alfred Nobel creara el galardón original, este grupo de economistas decidió inventar el Premio Sveriges Riksbank en Ciencias Económicas “en memoria de Alfred Nobel”, usando los enormes recursos del Banco Central de Suecia. La ironía de llamarlo así es que era “en memoria” de alguien que explícitamente no creía para nada que la Economía fuese ciencia. Cada vez que se entrega el premio, el pobre Nobel se debe estar revolcando en su tumba. Es como si el Instituto Libertad y Desarrollo creara un premio para honrar a quienes contribuyeron a la implementación de las reformas económicas neo-liberales, y lo llamara “en memoria de Pablo Neruda”. En fin, cualquier institución del mundo puede crear un premio en memoria de quien quiera, por absurdo que sea, pues nombres no son marca registrada en ese sentido.

Pero eso no era suficiente para una profesión con complejo de inferioridad respecto de las ciencias duras: al premio había que darle credibilidad científica. Un Banco Central dando un premio a uno de los suyos iba a pasar bastante ignorado, salvo en la cuenta corriente del premiado. Para ello usó inteligentemente una oportunidad fortuita: las celebraciones de los 300 años del Banco Central sueco, el banco central más antiguo del mundo. Así, mis colegas usaron ese evento para convencer a la institución a cargo de los premios Nobel -que como cualquiera otra siempre está ansiosa de nuevos aportes financieros- de permitir la entrega de este premio en la misma ceremonia de los Nobel de verdad. Eso fue todo lo que consiguió. Sólo un asunto de ceremonias. Pero de ahí en adelante poco importó que el origen del premio fuese tan distinto, que el nombre del premio fuese tan diferente, que hasta las medallas que se entregaban fuesen tan disímiles, y para que decir los orígenes de las platas: los de verdad, los fondos que dejó Alfred Nobel versus los del impostor, las bóvedas del Banco Central. Lo único relevante eran las apariencias.

Finalmente, el grupo de economistas a cargo de la operación, ya envueltos en una larga pelea por una mayor independencia del banco -esto es, para que sus acciones estuviesen cada día más al margen del proceso democrático-, tenían que asegurarse de que el premio fuese otorgado a gente que los apoyara en sus peleas ideológicas contra los keynesianos social-demócratas que habían inventado el “modelo sueco”, transformado a ese país, entre otras cosas, en uno de los de mejor distribución del ingreso en el mundo. ¡Tanta igualdad sólo puede ser fruto de distorsiones del mercado! (Para un mapa de la distribución del ingreso en el mundo, donde se les olvidó colocar a Suecia; ver también).

Casi 75 años después de que Alfred Nobel creara el galardón original, un grupo de economistas decidió inventar el Premio Sveriges Riksbank en Ciencias Económicas ‘en memoria de Alfred Nobel’. La ironía de llamarlo así es que era ‘en memoria’ de alguien quien explícitamente no creía para nada que la economía fuese ciencia

Por tanto, el Banco Central sueco impuso a Assar Lindbeck, un economista neo-liberal con fuertes conexiones con la Universidad de Chicago para estar a cargo del premio: alguien sin ningún brillo académico pero con un compás ideológico muy claro. Y no sólo forzó su nombramiento, sino que lo mantuvo en el cargo por tres décadas, durante las cuales pasó a ser el economista más halagado y agasajado del mundo: el más wined and dined, como se dice en las tierras donde vivo.

¡Qué golpe maestro! Cómo revela el poder de mi profesión y sus aspectos más negativos. Hasta al Banco de la Reserva Federal de Miniápolis le dio suficiente vergüenza como para llamarlo un brillante truco de mercado (“marketing ploy”; ver).

Para Peter Nobel, sobrino de Alfred, esto era más serio: “El Premio de Economía no es mas que un paracaidista que pretende ser un Premio Nobel. Es un golpe de relaciones públicas de los economistas para mejorar su reputación. … [Este premio] es otorgado a menudo a meros especuladores financieros.” (ver).

El Nobel para la especulación

La historia de Myron Scholes y Robert Merton, quienes recibieron el Premio Nobel por diseñar un método para determinar el valor de las derivativas, la cual aplicaban en un hedge fund (el LTCM, un fondo de inversión), viene a la memoria. Según sus autores, la ecuación Black–Scholes, una forma de valuar opciones, como los calls y puts, supuestamente solucionaba el eterno problema del manejo del riesgo. La caída estrepitosa del LTCM al año siguiente reveló lo absurdo de sus ideas -y la del Nobel-. ¡Ambos eran cuentos de economista! Cuando el LTCM se vino abajo estrepitosamente tenia un capital propio de menos de US$ 5 mil millones, un portafolio de US$ 200 mil millones y derivadas con un valor hipotético de US$1.3 millones de millones: ¡eso es lo que llama leverage! Como dijo Warren Buffett: “si uno combina ignorancia con leverage, el resultado puede ser muy interesante”. Thomas Jefferson fue uno de los primeros en dar en el clavo: “los mercados financieros son más peligrosos para nuestras libertades individuales que los ejércitos armados”. ¡Para qué decir los desregulados!

Con todo esto, no es de extrañar la furia de Peter Nobel al ver cómo el notorio premio en Economía devaluaba el nombre de su tío, el de los premios de verdad, y el de toda su familia.

La forma poco transparente e increíblemente generosa en la que el Banco de la Reserva de Nueva York llegó al rescate, a pesar de que el LTCM no estaba bajo su supervisión -otro ejemplo de crony-capitalism-, tampoco contribuyó al buen nombre del Nobel. Solo mostró que a los economistas nos gusta actuar como un gremio medieval, cuya única función es ayudarnos mutuamente en momentos de apremio. ¡Socialismo para nosotros, capitalismo para los demás!

Peter Nobel no es el único miembro de la familia que cree que el galardón a los economistas es un impostor. En 2001, con ocasión del 100 aniversario del Premio Nobel, cuatro miembros de esa familia publicaron una carta argumentando que el premio de Economía degradaba y deshonraba a los Nobel de verdad. La comunidad científica sueca dijo en 2004 lo mismo: tres miembros del comité que otorga el premio publicaron una carta calificando de “fraudulentas” las credenciales científicas del galardón del Banco Central: “El premio de Economía merma el valor de los Nobel. Si estos últimos quieren continuar con su reputación, deben disociarse del de Economía”, decía dicha carta.

Esto no significa, por supuesto, que muchos de aquellos que han ganado el premio de Economía no estén entre lo mas erudito de mi profesión. Lo que significa es que, en lugar de conformarse con crear un premio de verdad, la oligarquía de la profesión prefirió uno que fuese un impostor, y uno que además asegurase que los disidentes quedasen al margen. Tampoco es de extrañar que ninguna economista mujer haya ganado el Nobel (sólo una politóloga, mujeres en Ciencias Sociales, como en literatura, está bien, ¿pero en Economía?). Por ejemplo, ¿cómo es posible que mis dos colegas en Cambridge, Joan Robinson -la economista mujer más grande de la historia- y Nicholas Kaldor, nunca lo recibieran? Eso es algo absolutamente aberrante. Y para que decir Michał Kalecki, el economista polaco que adelantó las ideas fundamentales de Keynes.

Pero, después de todo, somos economistas; si se quiere tener un Nobel, por qué no hacemos lo de siempre: supongamos que existe uno. Y después discriminamos (en ideología, género, etc.), e ignoremos totalmente (con cualquier excusa absurda) a aquellos que hacen economía en forma exitosa, como en Asia.

Premio de Economía 2013: a Ptolomeo y Copérnico simultáneamente

2.- El segundo fenómeno que revela el último Nobel, es que la Economía debe ser la única disciplina que se cree ciencia, y que al mismo tiempo puede dar un premio a dos personas que dicen exactamente lo opuesto: Eugene Fama y Robert Shiller. Para el primero, los mercados financieros son tan increíblemente eficientes que los precios de los activos financieros siempre reflejan los fundamentos y, por tanto, nadie puede ganar más plata que el resto especulando con ellos en forma sistemática. Esto significa que estrategias de especulación activas no deberían dar mayores retornos que un simple index-tracking. En su versión más extrema, que aún informa de la poca regulación financiera que hay en Chile, esta teoría dice que los precios de los activos financieros absorben toda la información en forma tan instantánea y eficaz, que ni siquiera los que tienen acceso a información privilegiada deberían lograr ventajas respecto del resto.

Para Shiller, en cambio, la dinámica de los mercados financieros está inevitablemente manejada por la psicología humana, la cual puede crear fácilmente, y en forma sostenida, precios errados (mis-pricing), como en el caso de las burbujas financieras recientes. Y lo puede hacer por periodos muy largos.

Es como haberles dado un premio de Astronomía a Claudio Ptolomeo y Nicolás Copérnico simultáneamente. Al primero, por demostrar que la Tierra es un planeta inmóvil en centro del universo, con el Sol y la Luna girando a su alrededor. Al otro, por demostrar lo contrario: que no existe un cosmos cerrado y jerarquizado, producto de la imaginación de un hombre con un terrible complejo de ombligo, sino un universo homogéneo e indeterminado y, a la postre, infinito.

Lo realmente crucial de entender, es que de haber un premio de verdad para la Economía, por la naturaleza de nuestra disciplina, la contradicción de otorgárselo a dos personas con ideas tan opuestas, debería ser la norma, no la excepción. La naturaleza de nuestra disciplina, sus métodos y evidencia empírica son tales y el rol fundamental de la ideología es tal, que estos premios deberían darse no tanto por lo que se dice, sino por la rigurosidad con la que se dice lo que se dice; esto es, otorgarlos por la pureza de la lógica, la potencia de los datos y, cuando es necesario, por la seriedad del algebra.

Eso es todo lo que le podemos pedir a nuestra ciencia económica. Nuestros Ptolomeos y Copérnicos actuales (guardando las distancias en cuanto a genialidad) están en realidad igual de distantes unos de los otros como lo estaban aquellos cuando argumentan, por ejemplo, sobre las posibles bondades de una “independencia” del Banco Central, de los orígenes de la inflación, de las fuentes del crecimiento, de la “flexibilización” deseada en el mercado laboral, del financiamiento de la educación, o de los orígenes de nuestra picante desigualdad -y de los mecanismos más eficaces para mejorarla-. Pretender lo contrario, acallando a la disidencia, es puro cuento. O como nos dice aquella gran canción: “Teatro. Lo tuyo es puro teatro. Falsedad bien ensayada. Estudiado simulacro”.

Pero una disciplina que tiene la ilusión de ser “ciencia dura” -e incapaz de aceptar el desconsuelo de ser Ciencia Social- no puede reconocer eso. Al igual que un nuevo rico que pretende ser plata antigua, tiene que hacer teatro, puro teatro. Parte fundamental de esa farsa es reprimir la controversia y disfrazar la ideología como “conocimiento”. Esto es, disfrazar la “verdad revelada” como verdad adquirida a través de un riguroso examen de la realidad.

Darle hoy el premio a Eugene Fama es una aberración y un insulto a los millones que están sufriendo las consecuencia de sus ideas

Para aquellos que opinan diferente sólo cabe hacer lo que hizo el Vaticano con Copérnico: ¡condenarlo por hereje! Por lo menos ni a él, ni después a Galileo, le pasó lo que le ocurrió al astrónomo Giordano Bruno, quien aprovechó las tesis heliocéntricas para expresar su idea de que el Universo era infinito, y de que en él podían existir infinidad de mundos similares a la Tierra. Bruno fue condenado a la hoguera por la Inquisición en el año 1600. Galileo, quien con su telescopio e increíble genialidad llevó al abandono definitivo del sistema ptolemaico, sólo fue advertido por la Inquisición en 1616, y en 1633 se le prohibió divulgar sus ideas, las que fueron consideradas heréticas. También se le prohibió enseñar y se le recluyó en arresto domiciliario. ¿Suena conocido?

Lo más importante, y lo cual no hay nunca que olvidar, es que el modelo ptolemaico no sólo se ajustaba a la perfección a la ideología y las religiones de la época, sino también a la validez de los datos que existían en su época, y al contexto científico de casi dos milenios. Entender eso, sin duda, nos puede ayudar a desmitificar las ciencias, para que decir las Ciencias Sociales, en especial, las que tienen vergüenza de serlo.

Fama: el padre de la desregulación financiera

3.- El tercer fenómeno, sub-producto de lo anterior, es la interrogante: ¿cómo alguien como Eugene Fama puede llevarse este premio, por muy virtual y sesgado que sea? Ya decíamos, de existir alguna vez un premio de Economía que sea en serio, no debería extrañar que sea otorgado simultáneamente a los nuevos Ptolomeos y Copérnicos de la profesión. Sin embargo, como muchos periodistas han informado, lo que sucedió esta semana no fue un reconocimiento a esta realidad, tan obvia, sino fue sólo un subterfugio para darle el premio a Eugene Fama, padre de la desregulación de los mercados financieros internacionales, ¡y de tantas fortunas hechas con ellos! Desregulación que, más que ningún otro factor, nos llevó al desastre de la actual crisis financiera global (ver), donde al menos otras 200 millones de personas cayeron bajo en nivel de pobreza, 50 millones perdieron su trabajo y donde los países de la periferia europea se cayeron a pedazos (en especial, porque sus oligarquías, gracias a la desregulación financiera avocada por Fama, pudieron sacar toda su plata hacia Alemania).

Eugene Fama

Como les gusta a los economistas neo-liberales, mientras suena la música, unos son los que bailan; cuando se acaba, otros son los que tiene que limpiar la mugre. ¿Se acuerdan el ’82, cuando el rescate del sistema bancario le costó a todos los chilenos un monto equivalente a más de la mitad del PIB? Hasta hoy día seguimos pagando impuestos para financiar eso. Pero según Eugene Fama, a la lista de las victimas de esta crisis hay que agregar los infortunados mercados financieros (ver). ¿Cómo es que a nadie se le ha ocurrido organizar una Teletón para ayudarlos?

Este subterfugio de juntar a Fama con Shiller, y agregar un gran econometrista que no crea polémica, permitió darle el premio a Fama y evitar que se creara una controversia tal, que pusiera aún más en discusión el futuro del premio.

Pero dejando de lado este subterfugio, ¿se merecería Fama el premio en un escenario donde se reconoce la diversidad de pensamientos en Economía? Difícil pregunta. Yo lo dudo. Ya decíamos, de acuerdo a su teoría, los precios de los activos financieros en todo momento reflejan a la perfección “toda la información disponible”. Esto es, jamás podría haber una brecha endógena en estos precios y fundamentos, para que decir una burbuja financiera. Es decir, los precios de los activos financieros se merecen un pedestal, y las “opciones” sobre acciones para sus ejecutivos son la recompensa más racional para el buen rendimiento de una empresa.

El punto clave aquí es que si por cualquier razón los mercados financieros se desalinean, siempre se van a “auto-corregir” y de forma casi instantánea. En el casino financiero, los jugadores inteligentes simplemente van a forzar a los precios de los activos financieros a ser “racionales”, haciendo exactamente lo contrario de lo que hacen en la vida real: tomar el otro lado de la acción cuando los precios empiezan a desarrollar alguna tendencia -pues, por definición, según Fama, ésta no puede tener sustancia-. En otras palabras, para la teología de los mercados financieros eficientes, un “surfista racional” no es el que se divierte cabalgando sobre las olas, sino el que se ahoga tratando de crear resacas. Hasta las ideas ptolomeicas hacen sentido al lado de eso…

Y, como decíamos, cuando le preguntaron a Fama en la citada entrevista sobre la actual crisis financiera global y el rol de las desregulación financiera, para él los 10 millones de millones de dólares en créditos hipotecarios que se otorgaron en Estados Unidos desde la desregulación financiera hasta la crisis, fueron perfectamente racionales. Lo que sucedió, según él, fue que la recesión económica complicó su servicio. Cuando el periodista le recuerda que la crisis hipotecaria vino primero y la recesión después, su respuesta fue: “No lo creo. No pudo haber sido así” (I don’t think so. How could it). ¡Para el mármol! Sí Eugene, ¡así fue! Dando vueltas el dicho, parece que si Fama no quiere ir a la montaña, la hace venir hacia él…

En cuanto al resto del mercado financiero, si Goldman Sachs creaba productos financieros diseñados a propósito para fracasar, para luego vendérselos a sus clientes como si fuesen una mina de oro, y después hacer una apuesta (un credit default swap) de que esos mismos productos iban a fallar, eso era totalmente racional y eficiente (y ético). Lo que ellos hacían era como si yo vendiese un auto a sabiendas de que los frenos están malos, sin decirle nada al comprador, y luego hiciera una apuesta (un swap) a que el nuevo dueño va a tener un accidente en los próximos seis meses. Y si se descubre el fraude, me desligo del problema disculpándome de que fui la victima y no su causante.

Por supuesto, ningún ejecutivo del Goldman Sachs terminó en la cárcel por este obsceno fraude, ni tuvo que devolver los enormes “bonos” recibidos por todo lo que ganaron con tal brillante idea. Como dijo una famosa especuladora, eso sólo le pasa a la little people”. Igual de racional y eficiente es el hecho de que se hayan ofrecido en Estados Unidos –y sólo en 2006- un millón y medio de tarjetas de crédito a personas clasificadas como “sub-prime” (personas con malos antecedentes financieros); o que se haya vendido casi medio billón de dólares (US$500 mil millones) de hipotecas basura -muchas de las cuales se vendían a personas sin ingreso, sin trabajo y sin activos (las famosas hipotecas ‘NINJA’ dadas a personas con no income, job, or assets)-.

Según Fama, jugando un rol que hace recordar al de un mandarín de la corte financiera, todo eso es de lo más racional del mundo: lógico y eficiente. (Para la estrecha relación entre mis colegas “des-reguladores” y los mercados financieros, ver la película Inside Job). Según otros, esto es el resultado inevitable de la desregulación financiera en mercados con exceso de liquidez.

Creo que un premio de verdad debería poner al menos algún límite al fundamentalismo de mercado y todas las visiones que son pura ideología. Ahora, si lo que se quiere premiar es la “teología matemática”, bueno, eso es otra cosa.

Einstein junto a Mickey Mouse

4.- Finalmente, todo esto transparenta mejor que nada lo que realmente es la Economía como disciplina, y algunos de mis colegas como voceros de grupos de interés. Siempre deberíamos tomar con mucha cautela lo que nos predican los economistas, al igual que tener mucha aprehensión a las tendencias imperialistas de la profesión en otras áreas de la vida social (en el primer gabinete de Patricio Aylwin había siete economistas, cinco de los cuales con doctorados en el extranjero). Si había problemas complejos en Salud, Educación, Obras Públicas, Energía, Transporte, o lo que sea, ¡traigan a un economista! Ojala con un doctorado en el extranjero, y si es posible, en un país anglo-sajón. No sabrán la diferencia entre una aspirina y un paracetamol, pero sin duda sabrán cómo solucionar el problema de la Salud en Chile.

Imagínense lo que debe haber sentido Peter Higgs al compartir plataforma con Eugene Fama. Alguien insolente podría decir la exageración: “Einstein junto a Mickey Mouse”. Alguien más sensato diría: “un gran científico teórico junto a un ideólogo influyente, serio, sistemático y trabajador”.

Si yo me creyese este cuento -y la tentación existe- seria tan fácil autoconvencerme de que tengo la respuesta científicamente cierta a un sinnúmero de problemas. No es que no tenga opiniones bien informadas sobre muchos de ellos, opiniones bien pensadas y definidas en innumerables horas quemándome las pestañas. El cuento es creer que esas opiniones informadas tiene el mismo status científico que el descubrimiento reciente de por qué la partícula Higgs (o Higgs boson) es capaz de explicar la razón de que algunas partículas fundamentales tengan masa, cuando las simetrías que controlan sus interacciones requieren que ellas no las tengan, lo que llevó a dos físicos a ganarse un Premio Nobel este año (uno de esos de verdad). Imagínense lo que debe haber sentido Higgs al compartir plataforma con Fama. Alguien insolente podría decir la exageración: “Einstein junto a Mickey Mouse”. Alguien más sensato podría pensar: “un gran científico teórico junto a un ideólogo influyente, serio, sistemático y trabajador”.

Lo más importante de todo es entender que cuando los economistas proponemos “soluciones”, salvo cuando es hacer lo mismo, pero mejor (por ejemplo, las convincentes propuestas de Eduardo Engel sobre como mejorar la asignación de recursos en Obras Públicas dentro del actual sistema de concesiones), lo hacemos parados en un tejado de vidrio llamado ideología. Por eso, para entender las enormes ineficiencias y sesgos del modelo en Chile, estudiar a Gramsci es tan importante como a Keynes -y quizás también a algún dramaturgo importante para poder entender la complejidad del componente circo en la ecuación “deuda, pan y circo”-.

Un amigo aquí en la universidad, gran físico teórico, con quien nos hicimos amigos por razones accidentales, se pasó su vida (desde su tesis de doctorado) desarrollando una teoría del espacio. Bastó que la NASA mandara un nuevo telescopio al espacio, para que en sus primeras mediciones mostrara que su teoría no funcionaba. En Economía somos diferentes: si la monumental crisis financiera global actual muestra que las hipótesis de Eugene Fama están totalmente erradas, no importa: el mundo es el que está equivocado, no es la hipótesis.

Fama estudio en los ’60 y ’70 el comportamiento de los mercados financieros y concluyó que eran perfectamente eficientes (ya una exageración), sin tomar en cuenta el rol en ello de la inteligente regulación financiera de la época (diseñada por Franklin Delano Roosevelt y John Maynard Keynes, la cual permitió por primera vez pasar medio siglo sin crisis financiera). Si funcionaban en forma eficiente, ¿para qué necesitamos regulación?, se preguntaba el economista de Chicago. Bueno, ¡ahora lo sabemos! Por eso, darle el premio a principios de los ’80, dada la naturaleza del premio y de mi profesión, hasta se podría entender (a regañadientes). Dárselo ahora, es una aberración y un insulto a los millones que están sufriendo las consecuencia de sus ideas.

O neo-liberal o neo-idiota

Aquí está el problema de fondo con mi profesión. Y, para variar, hay que recurrir al psicoanálisis para entenderlo. El punto central es la proposición que hacen algunos analistas de una relación inversa entra “las expectativas de entender el mundo real” y “la intolerancia con el disentimiento”. Como nos decía el presidente del Banco Central de Brasil, doctor en Harvard y socialista-renovado, la alternativa hoy en día es ser neo-liberal o neo-idiota (neo-burro). Tan simple como eso. No hay espacio para visiones alternativas. Ciencias con tejado de vidrio no pueden ser tolerantes a la diversidad de opiniones. Es tan simple como eso.

Lo fundamental es el absolutismo prevalente en mi profesión. Lo primordial no es lo que se lee, es la forma en la que se lee. No es lo que se piensa, es la forma de pensar. No es lo que se cree, es cómo se cree. El absolutismo es la diferencia entre “yo creo que esto es así”, a “esto es así”. Es la diferencia entre la búsqueda de la verdad y “La Verdad”. Lo que se cree se convierte en realidad, y lo que se cree saber se convierte en “un hecho”. La cuestión crucial aquí es que la pureza de la fe entra en conflicto con la formidable complejidad del mundo real. El miedo está en el permitir nuevas ideas o formas en el sistema de creencias tradicional: esto puede destruir la creencia misma. Este temor lleva a lo que Freud llamó el instinto de destrucción. No hay tal cosa como el derecho de las minorías o a la disidencia. La adoración de una idea -por ejemplo, como nos dice Fama su absoluta desconfianza por todo lo publico (ver la entrevista citada)- se torna tan poderosa, sagrada e inviolable, que se llega a considerar como si tuviese poderes sobrenaturales. Y los defensores de esa idea pueden actuar -a lo Robespierre- tan agresivamente como quieran. El uso sacramental de la matemática en la Economía tiene que ver con eso: una rígida devoción a una nueva liturgia.

Desde este punto de vista, el quehacer cotidiano de la Economía dominante hoy en día recuerda los debates escolásticos en teología en la Edad Media. No sólo los temas en los cuales se entretiene se asemejan a los debates surrealistas medievales de cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler, sino también se asemejan en términos del uso del latín como única lengua en la que se podía discutir de teología en los debates de la época. De hecho, la Inquisición no sólo prohibió libros heréticos, sino que también prohibió traducciones de la Biblia del latín a las lenguas de la gente común. Así, el tratamiento de una cosa concreta -el latín, en un caso, las matemáticas en el otro-, no es más que una forma de “fetichismo ontológico”: como si el mero hecho de hablar en esas lenguas dé a las ideas más significado de por si. La misma idea, expresada en distintos lenguajes, parecería tener diferentes significados.

A estas alturas debería estar claro a donde voy con esta larga columna: cuando en el próximo gobierno, más que seguro el de Michelle Bachelet, sus economistas, todos con excelentes credenciales, les digan, por ejemplo, qué es lo que se puede hacer, y qué es lo que no, en términos del financiamiento de la Educación, el royalty minero o el mejoramiento de la desigualdad, recuerden que eso no es más que una opinión. Una opinión muchas veces muy bien informada, muchas veces pensada con la mayor honestidad y siempre planteada con mucha convicción, pero al fin de cuentas sólo una opinión.

Estar bien informado(a), ser honesto(a) y tener convicción (y conocer el lenguaje de la matemática) ayuda, pero de ninguna manera resuelve los problemas inherentes a ser Ciencia Social, dada la infinita complejidad de lo real-social y de la fragilidad inexorable de nuestros métodos de análisis y evidencia empírica. Cuando les digan lo contrario, acuérdense de que es sólo porque en Chile, desgraciadamente, todavía está de moda esta nueva forma de populismo: el populismo economicista. Teatro, puro teatro, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro.

 

¿Cuánto habrá que esperar para que los Chicago Boys & Asociados respondan por el botín que algunos se llevaron?

En el 40 aniversario del Golpe de Estado mucha gente e instituciones ya han pedido “perdón” por la bestialidad del golpe y por el terror de lo que vino después. Si bien nada de lo que pasó durante esos años se puede comparar con lo que ocurrió en términos del Terrorismo de Estado, tampoco hay que olvidar: i) que durante la dictadura hubo otros hechos delictuales, como la apropiación ilegal de muchas empresas públicas y bienes públicos (como el agua) por parte de algunos de los Chicago Boys, otros ministros, altos ejecutivos del régimen y parientes del dictador. ii) Tampoco hay que olvidar que hubo una importante conexión entre ambos fenómenos vía la instrumentalización del odio por parte de algunos para poder robar tranquilos y a manos llenas. Y iii) también hay que entender cómo la impunidad del saqueo del Estado por parte de ese grupo se introdujo en el ADN del “modelo”, y marca hasta hoy, en forma conciente e inconciente, algunos de los aspectos más importantes de su dinámica.  Estos son los tres temas que quiero analizar brevemente en esta columna.

Pocos quieren recordar que, en paralelo, y también como política de Estado, se desmanteló el Estado y hubo una política sistemática de desmedro de los derechos económicos de los ciudadanos. Creo que la necesidad de conocer esos hechos, castigar a los culpables y rectificar el ‘modelo’, tiene también que ver con la sanidad mental del país

Respecto de lo primero, ya a un cuarto de siglo del plebiscito -el que permitió a Chile retomar el difícil camino que ojalá algún día nos lleve de ser País a ser Nación- todavía se sabe muy poco de ese triste capítulo en nuestra historia cuando un grupo nos quiso transformar en un país bananero, de cómo se aprovecharon para eso del terror y de cómo esa corrupción dejó algo inherente en el “modelo”. En los ’90 nos decían que el silencio sobre ese saqueo era uno de los costos de una difícil transición. Si esa excusa algún día tuvo sentido (lo dudo), hoy ya tiene matices de complicidad. Si bien hoy día ya pocos ponen en duda, como solían hacerlo, de que hubo una violación sistemática de los derechos humanos -y como política de Estado-, pocos quieren recordar que, en paralelo, y también como política de Estado, se desmanteló el Estado y hubo una política sistemática de desmedro de los derechos económicos de los ciudadanos. Creo que la necesidad de conocer esos hechos, castigar a los culpables y rectificar el “modelo”, tiene también que ver con la sanidad mental del país.

Bien sabemos que el saqueo del Estado no sólo pasó en Chile, sino también en toda la región. Lo característico de lo chileno fue la hipocresía con la que se hizo. Aquellos que se habían hecho famosos por su discurso (neo-liberal) “anti-Estado”, se encargaron de confirmar sus teorías con sus acciones. Y eso marcó el “modelo” neo-liberal hasta hoy.

En estos días amargos que recuerdan el Golpe y lo que vino después -y que traen a la memoria a quienes fueron asesinados, como entre tantos, a Eugenio, mi amigo de la infancia y de la universidad, quien murió en medio de cobardes torturas que hasta el día de hoy me son inimaginables; o a Haroldo, quien en una forma kafkaiana el destino lo puso donde debería haber estado yo- deberían ser lectura obligatoria libros como el de María Olivia Mönckeberg: El Saqueo de los Grupos Económicos al Estado Chileno. Como decíamos, esta información no sólo nos ayuda a entender la ratería de lo que pasó entonces, y la instrumentalización del odio con el fin de facilitar el saqueo estructural, sino también, por qué algunos aspectos del “modelo” siguen operando de esa manera.

¿Alguien puede todavía creer que esto no tenga nada que ver con el carácter extremadamente abusivo del capitalismo criollo actual; con su falta de competencia; con los grandes “perdonazos” tributarios; con las tasas de interés usureras y la forma en la que los bancos tratan a la pequeña industria y sus clientes chicos; con la forma indiscriminada en la cual el Estado absorbió las perdidas de bancos y empresas en la crisis del ’82 (que llegaron a costar un monto equivalente a la mitad del PIB); o cómo la CORFO asumió los pasivos de muchas de las empresas privatizadas?

El libro de María Olivia muestra cómo varios altos funcionarios de la dictadura se apropiaron (o expropiaron) en forma ilícita muchas de las grandes empresas formadas por el Estado en la segunda mitad del Siglo XX, en contubernios realizados entre cuatro paredes. Como la Compañía de Acero del Pacífico, CAP; la Empresa Nacional de Electricidad, ENDESA, con su vasta red de generadoras y embalses; la Línea Aérea Nacional, LAN; SOQUIMICH, con todas las pertenencias mineras bajo protección del Fisco; ENTEL; el Instituto de Seguros del Estado y tantas otras.

Estos ideólogos de la pureza del mercado y de la suciedad del Estado también se auto-regalaron cuantos bienes públicos pudieron. Básicamente, mientras los militares se ensañaban con la ciudadanía, y ellos jugaban a ser las cheerleaders de la brutalidad, también le ponían ruedas al Estado y se lo llevaban para la casa.

El silencio en democracia no sólo llevó a que no se investigara y castigara a los responsables del saqueo, sino también a que se continuara con algunos aspectos de la piñata de los bienes públicos. Esto es, a seguir colocando varios bienes públicos en una piñata, e invitar a la fiesta sólo a los amigos del barrio. En ella se continuó colocando las agua de las lluvias, los derechos de pesca, la propiedad de las riquezas mineras (en especial el cobre), la apropiación privada de las rentas mineras y de la explotación de los otros recursos naturales, etc., etc.

En aquello días negros de la dictadura ya se sabía a rasgos generales lo que ocurría; se sucedían los rumores de que el procedimiento de tantas privatizaciones era turbio (por decir lo menos); y que las mismas autoridades encargadas de velar por el bien público terminaban quedándose con las empresas del Estado a precios ridículos. Además, esas mismas autoridades desmantelaban las regulaciones que cuidaban de la competencia y los derechos de los consumidores, creando así aquello que yo llamo nuestro “capitalismo criollo del 2 x ½” (donde en general los consumidores tenemos que pagar el doble por productos de media calidad; ver).

También, estos nuevos “capitalistas” corrompían el concepto del “capitalismo popular”, transformándolo en otro mecanismo para obtener créditos baratos del Banco del Estado. Los nuevos ricos también se trasformaban en maestros de las “sociedades de papel” y des-regulaban el mercado del trabajo, cosa que en sus nuevas empresas los trabajadores tuviesen empleos precarios y de baja remuneración. Pero entonces, la información específica y documentada de cómo esto nuevos ricos hacían fortunas de la noche a la mañana a costa del resto del país, era siempre difícil de conseguir, pues eran los tiempos del terror, sin ninguna libertad de prensa ni periodismo investigativo, sin Congreso fiscalizador y un Poder Judicial (con contadas y extraordinarias excepciones) que daba vergüenza. Ahora, por la valentía de unos pocos periodistas (¡gracias!) al menos se sabe algo más, pero aún falta mucha investigación.

¿Alguien puede todavía creer que esto no tenga nada que ver con el regalo de las pertenencias mineras (en especial las del cobre) a privados, proceso que continuó durante el periodo de la Concertación; o con la posibilidad legal de que grandes corporaciones hagan ‘aportes’ secretos a parlamentarios; o con el regalo de los derechos de pesca; o con el continuo regalo de las aguas de lluvia; o con que el 1% se pueda llevar tranquilamente el 30% del ingreso nacional; etc., etc.?

El trabajo minucioso de María Olivia y de otros pocos investigadores nos hace conocer mucho del detalle de tanto fraude. De cómo algunos Chicago Boys -ciertamente no todos- y muchos de sus amigos llegaron al sector público (literalmente) con lo puesto y salieron con los bolsillos llenos, y al mismo tiempo convencidos de que habían salvado a la Patria. Otros pocos eran “gente conocida”, con mejores apellidos, que llegaban al sector público con algo más de lo puesto, y salían con lo que siempre creyeron les pertenecía “por derecho”.  Los que más metieron la mano fueron (y son) algunos de los que más predican las virtudes del “modelo” -¡era que no!-, además de transformarse en los donantes más generosos de organizaciones como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo, intentando así replicar la antigua practica Católica-Romana de comprar “indulgencias” cuando pecadores podían comprar certificados que los declaraban libres de pecado.

En su libro, María Olivia nos cuenta el detalle de cómo estos nuevos multimillonarios terminan siendo dueños de algunas de las principales empresas del país, de grandes haciendas en el sur, de bosques vírgenes en las montañas y de valiosas minas en el norte.  También salieron dueños de nuevas actividades económicas que ellos mismos habían creado (a su medida), como de Isapres, AFPs, universidades privadas y de suculentas cuentas en paraísos fiscales (gracias a la apertura que ellos mismos hicieron de la cuenta de capital de la balanza de pagos). Todo cuadraba. La tesis central del libro del saqueo es que varios de los Chicago Boys y sus asociados actuaron cual mafia de Chicago (excepto que la violencia la sub-contrataban a los militares), con el propósito de desarticular en su propio beneficio el aparato productivo del Estado; en especifico, cómo 34 hombres decisivos (hay una sola mujer) siguen hasta el día de hoy controlando una parte importante de la economía chilena, con impunidad absoluta.

Algunos de esos hechos ya son parte del folklore nacional, como la movida de “los Josés” (Yuraszceck y Piñera). Mientras uno, desde el Ministerio de Energía, privatizaba ENDESA; el otro, desde el Ministerio de Trabajo y Previsión Social, proporcionaba los fondos para financiar la operación (con fondos de pensiones) y así transformarse en nuevos ricos de la noche a la mañana. ¿Es casualidad que también dieron de gratis los derechos de agua “no consuntivas” (aquellas que tienen la obligatoriedad de volver el caudal al río) a dicha empresa (ENDESA)? ¡Las dos cosas juntas caían de cajón! Fue una movida perfecta. Y así hay innumerables hechos vergonzosos. Pero a diferencia de las novelas tradicionales de detectives, aquí todos los crímenes quedaron impunes.

Y si “los unos” pueden cometer estos crímenes con impunidad, ¿por qué no “los otros”?  ¿Alguien puede honestamente creer que en este tipo de cosas uno puede hacer borrón y cuenta nueva (como se imaginó la Concertación), y que al permitir esa impunidad eso no iba a impregnar el ADN del “modelo”?

Hay que reconocer: ¡el neo-liberalismo es la tecnología de poder más eficiente inventada por la elite en la historia de la humanidad! Para lo que antes en América Latina se requería una dictadura, ahora se consigue fácilmente en democracia

Honestamente, ¿alguien puede todavía creer que esto no tenga nada que ver con el carácter extremadamente abusivo del capitalismo criollo actual; con su falta de competencia; con los grandes “perdonazos” tributarios; con las tasas de interés usureras y la forma en la que los bancos tratan a la pequeña industria y sus clientes chicos; con la forma indiscriminada en la cual el Estado absorbió las perdidas de bancos y empresas en la crisis del ’82 (que llegaron a costar un monto equivalente a la mitad del PIB); o cómo la CORFO asumió los pasivos de muchas de las empresas privatizadas; o con la corrupción del FUT (Fondo de Utilidades Tributarias, una medida que en teoría hace mucho sentido, pero que en la práctica terminó siendo un instrumento de evasión tributaria); o con que todavía exista un sistema de concesiones para inversión en infraestructura en el cual se asigna parte importante de los fondos de obras públicas (miles de millones de dólares) sin licitación competitiva; o con que aún exista un sistema de Aduanas que subcontrata tanto el estudio del contenido de cobre del mineral, como el del contenido de oro y plata en el concentrado a empresas que, a la vez, trabajan para las mismas mineras privadas, o incluso, son filiales de ellas; o con el realismo mágico que se les permite a las mineras privadas en su contabilidad de costos; o con el regalo (o práctico regalo) de las pertenencias mineras (en especial las del cobre) a privados, proceso que continuó durante el periodo de la Concertación; o con la posibilidad legal de que grandes corporaciones hagan “aportes” secretos a parlamentarios; o con el regalo de los derechos de pesca; o con el continuo regalo de las aguas de lluvia; o con la falta de un royalty de verdad; o con que el 1% se pueda llevar tranquilamente el 30% del ingreso nacional; etc., etc.?

Hay que reconocer: ¡el neo-liberalismo es la tecnología de poder más eficiente inventada por la elite en la historia de la humanidad! Para lo que antes en América Latina se requería una dictadura, ahora se consigue fácilmente en democracia. No debería extrañar entonces que -al menos por ahora- las dictaduras militares hayan quedado obsoletas.

Como ya decíamos: y si “los unos”, ¿por qué no “los otros”?; incluida la corrupción de parte de la ideología en ambos grandes bloques políticos (no carece de simbolismo que los presidentes de los clubes de fútbol de la Universidad de Chile y la Universidad Católica sean quienes son). Por supuesto, no es lo único, ¿pero alguien realmente cree que la ratería con impunidad en tantas privatizaciones no es un hecho indeleble en el “modelo”? ¿Alguien puede creer que todo eso no está relacionado, por ejemplo, con el escándalo casi increíble de la apropiación privada de las rentas mineras del cobre hoy en día?

Pinochet y Milton Friedman. (Fuente:http://desalmado.blogspot.com)

Ya analizábamos en otra columna cómo lo poco que ha quedado en Chile de los excedentes extraordinarios del cobre (los del mal llamado “súper-ciclo”) se deben casi exclusivamente a las contribuciones de la estatal CODELCO.  Expresado en dólares del 2012, la salida de capital por concepto de “renta de la inversión directa” (utilidades y dividendos, en su mayor parte proveniente de actividades mineras) saltó de un total de US$26 mil millones para la década 1993-2002, a US$166 mil millones en la década siguiente, la del salto del precio del cobre. Esto significa, en dólares del mismo valor adquisitivo, que la salida de recursos por este concepto más que se sextuplicó. En términos del PIB, saltaron de un promedio de 2.6% para la primera década, a uno del 9% en la segunda, llegando a un 13% del PIB en 2006 y 2007. Y en términos de las exportaciones, la salida por el concepto “renta de la inversión directa” más que se duplicó: de menos del 10% de las exportaciones de bienes y servicios en la primera década, al 23% de ellas en la segunda; llegando al 30% en 2006 y 2007, cuando salieron más de US$20 mil millones por año, cifra equivalente a 1.7 veces el PIB de Bolivia y más de dos veces el PIB de Paraguay.

Y todo eso, básicamente, para que empresas rentistas extranjeras se molesten en hacer cosas tan elementales como producir cobre con el mínimo posible de procesamiento local: el concentrado, un mineral con un contenido de metal de aproximadamente un 30%, resultado de una flotación rudimentaria del mineral bruto pulverizado.

De hecho, las grandes mineras privadas se han apropiado en cada uno de los últimos siete años de excedentes del orden de magnitud del total de sus inversiones precedentes. En otras palabras, han recuperado sus inversiones siete veces en este período, sin considerar los excedentes retirados en años anteriores.

Una cosa es que las mineras privadas quieran llevarse un retorno adecuado a su inversión (digamos un 15% anual en relación a su inversión en maquinaria y equipos, camiones, edificios, etc.); y otra, muy distinta, es que también quieran llevarse la renta minera (que en los últimos siete años ha hecho subir ese porcentaje del [digamos] 15% a más del 100% anual, renta que incluso en la actual Constitución pertenece a todos los chilenos).

¿Y el así llamado royalty?  Esa tomadura de pelos no llega al 2% de las utilidades de las mineras, las cuales pagan royalties de verdad en casi todos los otros países del mundo donde operan, y en algunos casos pagan hasta 30 a 40% de sus ganancias en sus países de origen. ¡Ni los países bananeros eran tan generosos!

Las grandes mineras privadas se han apropiado en cada uno de los últimos siete años de excedentes del orden de magnitud del total de sus inversiones precedentes. En otras palabras, han recuperado sus inversiones siete veces en este período, sin considerar los excedentes retirados en años anteriores

Los mismos académicos y políticos que justifican eso, con argumentos cada día más realista-mágicos, son los mismo que cuando se trata de financiar la educación universitaria gratis dicen que eso (supuestamente) es una locura; que el terminar con la pobreza en Chile con un subsidio monetario similar a lo “bolsa-familia” brasilero -lo cual costaría menos del 1% del PIB- es sólo populismo barato; que hacer algo serio con las pensiones, ya que la mayoría de las pensiones privadas no dan ni siquiera para tener un nivel de vida sobre la línea de la pobreza, es injustificado, ya que el problema actual se debe a que la gente no le pone suficiente empeño…  En fin, lo que nos quieren hacer creer (y lo que trágicamente la mayoría de la elite de la Concertación se compró) es que para que el “capitalismo” funcione, no sólo hay que tener a los ricos contentos, sino con impunidad, con derecho a hacer lo que quieran, cuando quieran y como quieran: la democracia del 1%, para el 1% y por el 1%.

¡Que diferencia con el Asia! donde todavía creen (a pesar de lo que les insiste el Consenso de Washington) que para hacer funcionar el capitalismo hay que tener a la elite “en puntillas”.  Donde todavía creen que para hacer funcionar el capitalismo, el Estado tiene que “disciplinar” a la elite capitalista. Donde creen que la elite capitalista no sólo tiene que llevarse una proporción mucho menor del ingreso nacional (ver), sino también invertir una proporción mucho mayor de su ingreso (ver).

Parte de la tragedia actual en Chile es que la impunidad de la ratería de algunos Chicago Boys & Asociados quedó en la médula del “modelo”. El gran desafío para el próximo gobierno es ser capaz de parar la piñata pública (aquella que regala los bienes públicos a los conocidos de siempre) y de esa manera poder financiar una educación gratuita de buena calidad, una salud pública que corresponda a país civilizado, una infraestructura que permita el desarrollo de las fuerzas productivas del país, unas telecomunicaciones que no sean la vergüenza actual, y una energía que no cueste el absurdo de hoy.  Esto es, ser capaz de financiar una inversión publica en capital humano y físico que corresponda a un país que tenga un mínimo de respeto consigo mismo.

Cómo fue que nos graduamos de país de “ingreso alto” sin salir del subdesarrollo

Hasta hace muy poco los titulares en Chile eran casi unánimes: alto crecimiento, baja inflación, casi pleno empleo. La mera posibilidad de que todo eso colgara de un hilo (de cobre) se descartaba de plano. El gobierno se preparaba para iniciar un año electoral afirmando que el país está de vuelta al dinamismo de los ’90, pero esta vez en forma “sostenible”. Era fácil ignorar a quienes opinábamos distinto. Como ya decía en otra columna, es difícil recordar un momento en el cual el discurso hegemónico corresponda a una percepción tan falsa sobre la situación real de la economía (la prosperidad virtual que había en 1981 sale segunda). Pero de repente, las predicciones de algunos “pesimistas” comenzaron a ser realidad; el precio del cobre comenzó a bajar, la contribución fiscal de este sector se esfumó de la noche a la mañana, el déficit de cuenta corriente comenzó a preocupar, se desplomó la inversión y la “exuberancia irracional” oficial se evaporó como aire caliente.

Sin embargo, cuando el desánimo amenazaba con convertirse en epidemia, el estado de ánimo neoliberal tuvo la suerte de que la caballería llegara al rescate en la forma del Presidente del Banco Mundial, declarando que la economía chilena había pasado al estatus de “ingreso alto” por lo bien que se hacían las cosas. Chile se graduaba de economía desarrollada, con todos los honores del caso y vencía de paso la famosa trampa del ingreso medio. ¿Evidencia? Nuestro ingreso nacional bruto por habitante habría pasado los US$20 mil por persona, llegando a la intrigante cifra de US$21.590; y habría pasado los US$12.616, vara en dólares corrientes. Para llegar a la primera cifra, el Banco Mundial tomó el ingreso medido en forma habitual (US$ 14,280) y lo ajustó en algo más de un 50% para que reflejara la llamada “paridad de poder de compra” (en inglés, el famoso PPP o purchasing power parity).

En cuanto al bullado anuncio del Presidente del Banco Mundial, hay que entender que éste sólo indica que la élite económica, en términos de capacidad de consumo, tiene un nivel de vida aún mejor de lo que muestran las cifras en dólares corrientes. Para los tres cuartos de los chilenos, el cuento es otro

Lo sorprendente fue que el Banco Mundial, gobierno, colegas economistas, la clase política, etc., asumieran de plano que habíamos pasamos la vara de los US$ 20 mil por persona sólo por logros como mayor modernidad, eficiencia, adelanto, mejores instituciones. A nadie se le ocurrió preguntarse si podría haber otras razones, especialmente algunas mucho menos glamorosas. En lo fundamental, ¿teníamos que hacer un ajuste hacia arriba tan alto, 50%, debido a razones positivas o a la persistencia de algunos aspectos negativos de nuestra economía? ¿Esa gran brecha entre las dos estadísticas (US$ 7,310 de diferencia) era un signo de desarrollo, o uno de persistencia de algunos aspectos de nuestro subdesarrollo?

Uno podría argumentar que esa falta de reflexión no debería sorprender. El discurso neoliberal siempre se ha caracterizado por su falta de curiosidad, su simpleza unidimensional. El economista Joseph Stiglitz dice que eso es uno de sus mayores atractivos.

Quizás por eso los titulares que siguieron, en especial después de las movilizaciones populares, hacían las preguntas típicas de autocomplacientes, el tipo de preguntas que sólo hacen las personas que califican como “hombres de estado” (nunca he visto usar este término para una mujer): ¿Porqué habrá tanto clima de ingratitud en un país con ingresos tan altos?  ¿Será que mientras más se tiene, más se quiere?  ¡Miren todos esos disturbios callejeros!  ¿Cómo hacerle entender a la gente que “es de bien nacido ser agradecido”?

Lo que se calla -quizás ni siquiera se han dado cuenta- es que esta supuesta buena noticia, ingresos tan alto en términos PPP, tiene una paradoja bastante peculiar, como una moneda con dos caras. Una para celebrar, la otra para reflexionar. Una que da energía para seguir empujando hacia delante; la otra indica que vamos por un camino muy errado. Pero en eso los chilenos no estamos solos: esta paradoja nunca la he visto mencionada en otra parte del mundo: para una economía del nivel de ingreso de la chilena, mientras mayor es el ajuste hacia arriba que se tienen que hacer, mientras mayor es la brecha entre los dos tipos de ingreso, mayor es la indicación que algo anda mal. ¡Cómo puede ser que hasta ahora parece que a nadie se le ha ocurrido eso!

Ya decíamos que el discurso neoliberal se caracteriza por su simpleza unidimensional, esto es, su incapacidad de reconocer y tratar de entender la complejidad de lo real. En cambio, esa capacidad es la marca registrada de Keynes y sus discípulos (los de verdad, no los que ahora mencionan su nombre en vano para justificar subsidios siderales destinados solamente a mantener dinosaurios financieros en cuidados intensivos). Y como la teoría económica convencional ha sido capturada por la ideología neoliberal, igual termina siendo caracterizada por su falta de profundidad y alcance. A muchos de mis colegas no les queda más alternativa que dedicarse a contar cuentos. Si García Márquez hubiese sido un economista neoliberal, lo más probable es que igual se hubiese sacado el Nobel, pero por su capacidad de inventar cuentos económicos realistas-mágicos que acomoden la realidad a la ideología.

1. ¿Qué es el famoso PPP?  ¿Qué es lo que realmente revela la gran diferencia que hay entre las dos mediciones del ingreso?

Lo básico de esta técnica está basado en una idea desarrollada por primera vez en el siglo XVI en la Universidad de Salamanca. La idea básica del ajuste de un dólar al otro es reflejar cuantos dólares más yo tendría que gastar en Estados Unidos para mantener un estándar de vida similar (en términos de consumo) al que tengo en Chile.

Si cuando viajo a Estados Unidos el dólar que llevo me compra menos bienes y servicios de los que me compra en Chile, especialmente servicios que no se pueden importar, mi dólar tendrá menos poder de compra de lo que tiene en Chile. Por ello, comparar ingresos entre  dos países en términos de “dólares corrientes”, de los verdes, de los que uno se puede guardar en el bolsillo, no refleja eso y no es una buena vara de comparación. Por eso también expresamos ingresos en dólares virtuales tipo PPP, los ficticios, los que reflejarían “paridad de poder de compra” entre los dos países. Un dólar “a la par” en su capacidad de compra.

El problema que quiere resolver el cálculo del dólar tipo PPP es muy simple. Cuando llego a Santiago, el taxi desde el aeropuerto me cuesta un sexto de lo que me cobra el taxi al aeropuerto en Londres (siendo distancias similares). Y como en Santiago hay más controles sobre la cantidad de taxis que en Londres, con los radio-taxis (no los negros), no se le puede echar la culpa a la falta de competencia. Y si uno piensa que el costo del auto, la bencina, los repuestos, etc. son similares en las dos ciudades, ¿que es lo que explica la enorme diferencia?

No hay que ser un erudito en la “Dismal Science”, o “Ciencia Lúgubre” -como un historiador victoriano llamo a la Ciencia Económica- para saber lo fundamental de la respuesta: el bajo ingreso del chofer -y el del mecánico que arregla el auto, y el del que pone la bencina, y el del que lo lava, etc. El ingreso por habitante en Inglaterra, medido en la forma corriente (US$ 38,250), es 2.7 veces el chileno (US$ 14,280).  Pero en términos PPP esa diferencia cae a sólo 1.7 (Inglaterra: US$ 35,800, Chile: US$ 21,590), pues mientras que en Inglaterra el ingreso por habitante es similar en las dos formas de cálculo, en Chile el medido en término PPP sube en un 50%.

Sin embargo, en el caso del taxi, como en el de muchos otros servicios, la calidad del producto es la misma en los dos países. Entonces, ¿Por qué tanta diferencia de precio? ¿Por qué en lugar de reducirse la diferencia por la similitud de la calidad del servicio, salta como a seis veces?  Más aún, de la forma en la que manejamos los chilenos, seguro que nuestro taxista, para subsistir, termina siendo mucho mejor conductor que el londinense, y en teoría los ingresos deberían reflejar las habilidades adquiridas.

Otro ejemplo. El costo de un litro de cerveza en Inglaterra es similar al de un supermercado en Chile, pero el costo de una “pinta” en un pub es mucho más caro en Inglaterra que en un local criollo. Aquí la explicación es mas fácil: la cerveza se puede importar, pero no el pub. La diferencia salarial de los que atienden el local no es la única razón, pero en la lista de cosas que explican esa diferencia de precio no cabe duda que es la más importante. Hay otras razones, las del tipo de cosas de las cuales nos gusta hablar tanto a los economista, como costos de transacción, las imperfecciones de mercado, las barreras a las importaciones, los patrones de consumo, la estructura tributaria, etc., etc. Pero no cabe duda cuál es, por lejos, la “top 1”, especialmente cuando se trata de países de ingreso medio alto o alto a secas, como supuestamente lo ha logrado Chile. Si bien en un país pobre la diferencia salarial es aún mayor, también lo son la gran cantidad de otras cosas que hacen que un dólar corriente -de esos de color verde- sea tan diferente a un dólar virtual o hipotético, como el PPP -los cuales son aún más virtuales que los bitcoins.

A medida que un país sube de ingreso, en especial si llega a uno alto, esa diferencia debería desaparecer progresivamente, hasta eliminarse completamente (como en Inglaterra). Y si continúa, como en Chile, la persistencia de una diferencia salarial exagerada, que yo llamo “atraso salarial” (cuando la diferencia promedio de productividad entre dos países se reduce más rápido que la salarial), es lo fundamental.

En otras palabras, las diferencias en el ingreso por habitante entre países, cuando se la mide en términos PPP reflejan por una parte diferenciales de productividad, pero, por otra, diferenciales “adicionales” por el tipo de problemas ya mencionado. Y, como decíamos, a medida que crece el ingreso de un país, estas diferencias deberían desaparecer; por eso el ingreso en Europa es el mismo si se lo mide en la forma corriente o en términos del PPP.

Según las últimas cifras del Banco Mundial los bienes y servicios vendidos en Chile son, en promedio, la mitad más baratos que en los Estados Unidos -algunos, especialmente los bienes que se pueden importar, como los autos y los televisores, son relativamente similares; otros, especialmente los servicios, son mucho más baratos. Por tanto, el ingreso por habitante en Chile en términos de “paridad de compra” es 50% más alto que el que refleja la cifra en dólares normales. Cuando viajo, el dólar que llevo me compra 50% más bienes y servicios en Chile (especialmente los segundos) que en los Estados Unidos. De ahí sale la celebrada cifra que en términos PPP el ingreso por habitante en Chile es de US$ 21.590, mientras que el calculado a dólares corriente es US$ 14,280.

2. ¿El ser un país, supuestamente de ingreso alto, es algo que se debe celebrar?

A la élite, en lugar de pagar salarios que correspondan a país de ingresos medio-alto, le es mucho más entretenido pagar salarios de país de ingresos bajo y mantener la demanda efectiva (fundamental para su acumulación), prestándoles a los trabajadores la diferencia a tasas de interés de país subdesarrollado

Ya decíamos: si un ciudadano estadounidense viene a Chile, le regalamos un bono: puede comprar más con el mismo dólar, mientras que si un chileno va a los Estados Unidos, con el mismo dólar puede comprar menos. Pero como en Estados Unidos el ingreso es igual medido de las dos formas, el problema está en Chile. La brecha entre las dos formas de medir ingreso ocurre en nuestro país, no en nuestros colegas de la OECD. Es como ser miembro de un club sin tener las características de los demás miembros; calificamos de ingreso alto (más de US$ 20 mil por habitante) sólo por malabarismos estadísticos. ¿Y estos malabarismos -o ajustes hacia arriba en la forma de medir nuestro ingreso PPP- reflejan una realidad que nos debería dar orgullo o vergüenza? ¿No será que nuestra vanidad de haber pasado a la primera división se base en razones de dudosa reputación?

A la pregunta de que si la brecha entre la medición de ambos ingresos debería ser algo para celebrar hay que agregarle otra: ¿de serlo, esa celebración debería ser colectiva o de unos pocos?

Sin duda en algunos aspectos la economía chilena ha avanzado mucho; sus instituciones son más sólidas, con excepciones, por supuesto: la forma en que Aduanas trata las exportaciones de cobre concentrado nos recuerda los países bananeros. El Servicio de Impuestos Internos, como quedó claro recientemente, tampoco saca muy buena nota; tampoco parece preocuparle demasiado que la evasión del impuesto de Primera Categoría haya pasado el 30% del total (ver M. Jorratt, “Gastos Tributarios y Evasión Tributaria en Chile: Evaluación y Propuestas”, 2012. Para otros ejemplos de evasión tributaria global a gran escala, incluido en Chile, en especial por grandes corporaciones como Google, Apple, Vodafone, Amazon y Starbucks). Pero también hay avances, y esos explican en parte el alto nivel de ingreso a dólares corrientes.

Pero, como siempre, también en esto hay cosas técnicas que complican la medición. Entre ellas está si el dólar corriente refleja un precio de equilibrio; el rol del precio del cobre, en especial cuando está en las nubes sólo en forma temporal, tiene que ver con ello. También, la gran entrada de capitales rentistas golondrinas distorsionan el tipo de cambio; y la política de tipo de cambio flexible del Banco Central también es relevante. En fin, como en los cigarrillos, hay que hacer un sin numero de advertencias.

Estas advertencias se incrementan geométricamente cuando pasamos de ahí a calcular la diferencia entre el ingreso medido en la forma corriente y la virtual (el PPP). Para variar, hay diversas metodologías para hacer esa conversión de un dólar a otro. También hay productos que no existen en los dos países: ¿cuál es el precio de una empanada en Estados Unidos?  ¿O el de un “sándwich cubano” en Chile (para que decir, uno equivalente al que sirven en Nueva York en la esquina de las calles 8ava y 19 en Chelsea)?  Y si cuesta conseguir algunos precios, ¿cómo calculamos “capacidad de compra”?  Así sucesivamente.

Sin embargo, lo relevante de esta columna no es discutir estos problemas técnicos  -aquellos que sólo les interesan a economistas y estadísticos-, sino analizar los problemas que hacen de la gran noticia de ser país de ingreso alto en PPP algo mucho menos glamoroso de lo que parece. Algo que el discurso neoliberal ignora. Me refiero a la paradoja de la diferencia que mide el PPP: a su componente realista-mágico. Ya decíamos que lo que uno espera es que a medida que el ingreso de un país se acerque al de los Estados Unidos, la diferencia en el ingreso por habitante medido en los dos tipos de dólares se debería reducir rápidamente, hasta desaparecer. La pregunta del millón de dólares es ¿pero, por qué hay países “porfiados”, como Chile? Aquellos donde la gran diferencia entre las dos mediciones del ingreso continúa y continúa; donde el crecimiento no hace mella a esa diferencia  o si lo hace, lo hace en forma mínima.

3.-  ¿Es la persistente brecha entre las dos formas de medir el ingreso per capita un signo de desarrollo o de subdesarrollo? ¿Por qué Chile es un país tan “porfiado” en este sentido?  La peculiar paradoja del cálculo del PPP.

En Europa el ingreso por habitante es prácticamente igual medido de las dos formas. En otros, como Japón, los servicios llegaron a ser tan caros que se les pasó el tejo: su ingreso en dólares PPP es 25% menor que en dólares corrientes: los dólares corrientes compran menos en Japón que en los Estados Unidos. Al revés en Chile, a pesar de que nuestro país supuestamente también es de ingreso alto y está en la misma organización (OECD). ¿No será que la razón principal por la cual el ingreso por habitante en Chile pasó los U$20 mil es, paradojalmente, sólo porque seguimos con servicios excesivamente baratos?  ¿Y eso no por eficiencia, sino por simple atraso salarial?

Por eso, a la pregunta de si ese anuncio se debe celebrar, la respuesta es tan simple como obvia: sí en la cota mil; no en La Pintana. Como podría decirse, la respuesta es positiva si somos chilenos de numerador, negativa si somos de denominador, siguiendo una estadística que sugiero como la mejor para medir la distribución del ingreso: la división entre lo que gana el 10% más rico y lo que gana el 40% más pobre.

Un ejemplo. Cuando alguien muy cercano estaba recientemente enferma en Chile, la agencia cobraba por el turno de noche de una enfermera lo mismo que pagaba en ese momento por hora una amiga enferma en Londres. Los servicios, por ser intensivos en trabajo, tienden a ser más baratos en países de menor ingreso; ¿pero por qué tanto más baratos (como el taxi)?  Está claro, yo me corto el pelo, voy al dentista, me hago mis exámenes médicos, paso mis negativos viejos a formato electrónico en Chile; ¿pero hago eso sólo porque Chile tiene un ingreso menor al británico?  ¿O lo hago porque los servicios en Chile son ridículamente más baratos? Por esta razón, en términos individualistas, para alguien de mi nivel de ingreso, mientas más alta es la brecha entre el ingreso por habitante en Chile en términos de dólares corrientes y los PPP, más consumo puedo lograr con los mismos dólares corrientes. Sin embargo, la tortilla se da vuelta para la enfermera, el chofer de taxi, el peluquero, la tecnóloga medica, el mozo de restorán, el nochero del edificio, el que me echa bencina al auto, la que teje mi chaleco, etc. Lo único que ellos quisieran es que sus ingresos fuesen iguales, medidos de una forma u otra, como en la mayoría de la OECD.

Nunca me voy a olvidar que durante el gobierno de Ricardo Lagos, por escasez de mano de obra, comenzó a subir el sueldo de las empleadas domésticas. ¿Qué se hizo? Abrir de inmediato la inmigración a nanas peruanas. Muchas cosas son posibles en Chile, sin embargo, una clase media a la que no le alcanza para tener empleada doméstica no es una de ellas. Si bien con esa medida mejoró la cultura culinaria en Chile, el gobernante “socialista” aseguró también que la brecha en el ingreso por habitante medido en los dos tipos de dólares siguiese en las nubes. ¿Cómo se podría definir a un socialista renovado?  Aquel que no tiene urgencia en que se reduzca la diferencia entre las dos mediciones del ingreso.

De esta perspectiva, una estadística que nunca he visto citar en Chile –nunca- es que si uno mira las cifras del Banco Mundial (excluyendo sólo a islas pequeñas, como los paraísos fiscales y un par de países ex comunistas), ningún país que tenga un ingreso por habitante PPP similar al chileno tiene tanta diferencia entre el ingreso por habitante a dólares corrientes y a dólares ficticios, los PPP. ¡Ninguno!

¿Es eso algo para estar contentos o para ir al Quita Penas? Déjeme darle una clave: el país que nos pisa los talones es Sudáfrica. En otras palabras, esa gran diferencia entre las dos estadísticas  -un 50%- es también un buen indicador de nuestro subdesarrollo: de la persistencia de nuestra mala distribución del ingreso. De lo porfiada que es nuestra increíble desigualdad. De cómo el 1%, desafiando las leyes evolutivas de la economía, es capaz de seguir apropiándose de casi un tercio del ingreso nacional –y el 0,1% más rico, de un 17%; y el 0,01% más rico de más de 10% del total.

Mi hipótesis central es que no es de extrañar que ese 1% en Chile -aquél que cree que la democracia es el gobierno del 1%, para el 1% y por el 1%- se apropia de un porcentaje del ingreso nacional que es también alrededor de un 50% más alto de lo que logra captar el 1% más rico en los Estados Unidos. ¿Casualidad que las dos brechas sean similares?  Lo dudo.

Mientras la actual ideología neoliberal continúe hegemónica  (aquella, que como nos decía Foucault, tiene su cimiento -a diferencia diametral del keynesianismo- en creer que el “capitalismo” es un sistema en el cual el Estado y sus instituciones deben estar hechas a la medida para apoyar los intereses rentistas del gran capital, nacional o extranjero) difícil que eso cambie, cualquiera sea el conglomerado político que esté en el gobierno. El gran logro de los estudiantes fue lograr empujar el centro de gravedad ideológico en Chile. Está por verse cual de las tres leyes newtonianas del movimiento va a predominar.

El pecado original de esa ideología está en su convicción de que para que el capitalismo funcione hay que tener a los ricos contentos, con derecho a hacer lo que quieran. ¡Qué diferencia con la ideología (neo-confucionista) de algunos países en Asia, donde lo fundamental es tener al 1% “en puntillas”!  Donde para ganar plata hay que hacer algo útil, aceptando la “coordinación de la inversión” por parte del Estado (a lo capítulo 12 de la Teoría General de Keynes), y ayudado por las políticas macroeconómicas pro-crecimiento (a lo Libro 1 del mismo texto).

Por tanto, la gran noticia que nos trajo Jim Yong Kim, el presidente del Banco Mundial (que nuestro ingreso por habitante en términos virtuales ya pasó los US$ 20 mil), debería destapar botellas tanto en la cota mil, como en La Pintana. En el primero, botellas Dom Perignon; en los segundos, las de tres tiritones, para pasar la pena.

Más aún: imagínense que mañana volviésemos a tener en Chile un régimen “autoritario” (da escalofrío sólo pensarlo), uno capaz de bajar el salario mínimo en forma significativa y capaz de hacer eso sin mayor resistencia popular; esto es, al menos en el corto plazo, bajar los salarios sin mayor efecto en los niveles de producción. ¿Qué efecto tendría eso en la brecha entre las dos formas de medir nuestro ingreso por habitante? La respuesta paradojal es que si el ingreso se mide en términos de “paridad de poder de compra”,  tendría el efecto perverso de subir el ingreso chileno por habitante. La razón es obvia: si el precio de la mayoría de los servicios es un mark-up, o margen sobre los costos de producción, lo más probable es que yo terminaría pagando aún menos por mi taxi al aeropuerto, mi peluquero, mi dentista, mis exámenes médicos, mis ida a restorán, el lavado del auto, la costurera, etc. Y el cuento de los economistas y políticos neoliberales, aquellos que se encuentran en ambos conglomerados políticos, sería sin duda que ese aumento en el ingreso por habitante PPP reflejaría un aumento en el bienestar nacional…  Para el Guinness Book of World Records, sección tomadura de pelo. Para ser más precisos, esa trampa reflejaría un aumento en el bienestar de unos pocos, y en el malestar de la mayoría.

Por tanto, si se empeora la distribución del ingreso, sube el ingreso nacional, versión PPP; y si se mejora en forma significativa, caemos bajo la vara mágica de los US$ 20 mil por habitante -y dejamos de ser país de ingresos alto…  Es como decirle a un equipo de fútbol que si continua jugando mal, o mejor aún, si juega peor, puede continuar jugando en primera división; pero si trae a Bielsa y empieza a jugar bien, cae a segunda división. ¡Lo más lógico que hay! Aún para cuento de economista, se pasó de la raya.

Muchos de esos cuentos de economista, como diría Sartre, son de mala fe –“mala fe” no en el sentido corriente en el cual se usa este concepto, sino en el que él lo usa (mauvaise foi): esto es, el de contar cuentos no sólo para convencer a otros, sino también con el fin de auto-convencerse a si mismo. Y el hecho de que la percepción económica hegemónica en Chile tenga esas características se demuestra en la forma unidimensional como se celebró nuestra graduación a país de ingreso alto (en términos PPP) -tan unidimensional como si hubiésemos celebrado a la Sub 20 ganar el mundial en Turquía. El resto, como nos advierte Carlos Peña en una de sus columnas, son majaderías “de profesor universitario”, de aquellos que pueden descarriar el programa centrista de Bachelet. Aquellas “personas que viven en medio de una inconsistencia: tienen más capital cultural que económico [en esto, me declaro culpable]. Son trabajadores de la industria cultural, profesores universitarios, gimnastas de la reflexión”.

El problema básico de muchos economistas de la Concertación, o de la Nueva Mayoría, es que en su “renovación a marcha forzada” se olvidaron del mensaje fundamental de Wittgenstein en materias de políticas públicas: ¡la necesidad de mantener el sentido de urgencia!

En cuanto al bullado anuncio del presidente del Banco Mundial, hay que entender que éste sólo indica que la élite económica, en términos de capacidad de consumo, tiene un nivel de vida aún mejor de lo que muestran las cifras en dólares corrientes. Para los tres cuartos de los chilenos, el cuento es otro. Cuando la brecha entre las dos mediciones del ingreso por habitante desaparezca, entonces la gran mayoría del pueblo chileno también podrá festejar una subida del ingreso nacional en términos PPP. Mientras tanto, el 1% tiene un nivel de ingreso de élite de país desarrollado y tiene, además, su consumo subsidiado en forma adicional por los bajos precios de los servicios -cuyos precios son de país subdesarrollado. Como ya decía en otro trabajo (ver), en Chile sólo las capas medias viven en un país de ingresos medios. ¿Y el resto? Unos pocos en el paraíso terrenal neoliberal; la mayoría, en las tinieblas del neoliberalismo global -con su persistente “atraso salarial”.

Y para la élite, los del numerador, en lugar de pagar salarios que correspondan a país de ingresos medio-alto, unos que ayuden a igualar la medición del ingreso entre los dos tipos de dólar, le es mucho más entretenido pagar salarios de país de ingresos bajo y mantener la demanda efectiva (fundamental para su acumulación), prestándoles a los trabajadores la diferencia -a tasas de interés de país subdesarrollado.

En resumen, el envoltorio en el cual se presentó la noticia de que el ingreso por habitante en Chile pasó la marca de los US$ 20 mil en términos del PPP, por su paradoja, no debería ser para la gran mayoría más que otro cuento de los economistas ortodoxos. Hay tantos más: la educación superior gratuita es una locura; la mala distribución del ingreso se debe sólo a problemas en el acceso y calidad de la educación; “la piñata de bienes públicos” (como la llamo yo) no tiene nada que ver con nuestra gran desigualdad en la distribución de ingreso y su persistencia (ver columna);  terminar mañana mismo con la pobreza en Chile, con un subsidio monetario a lo “bolsa-familia”, es algo que no podemos financiar (aunque costaría menos del 1% del PIB); si se les cobra un royalty de verdad a las mineras privadas, tendríamos una estampida en la inversión extranjera; hay que regalar, en lugar de licitar, los derechos de pesca; es perfectamente normal que continúe un sistema de concesiones para inversión en infraestructura en el cual se asignan miles de millones de dólares sin licitación competitiva; el libre movimiento de capitales “suaviza” el ciclo del consumo; los controles de capital son, por definición, ineficientes (ni Ken Rogoff, ¡economista de Chicago y del IMF!, piensa eso); si la mayoría de las pensiones privadas no dan ni siquiera para tener un nivel de vida sobre la línea de la pobreza, es porque la gente no le pone suficiente esfuerzo; el mejor mecanismo para proveer de salud a la mayoría es el mercado; para que el “capitalismo” funcione hay que tener a los ricos contentos, con derecho a hacer lo que quieran, cuando quieran y como quieran, etc.

En fin. Hay tantos cuentos donde escoger, que este episodio de la graduación de Chile como país de alto ingreso merece cerrarse como corresponde: “y pasó por un zapatito roto, que mañana les cuento otro”.