David Remnick: “Un país que elige a Trump debe cuestionarse su excepcionalismo”

Los estantes de las ventas de libros en la estación ferroviaria de Penn Station, en el corazón de Manhattan, muestran las publicaciones más atractivas para los neoyorquinos este año: manuales para sobrevivir a la administración Trump; ensayos legales para interpelar al presidente en el Congreso y lograr su destitución; lecciones sobre el autoritarismo; ensayos sobre niños migrantes; guías para la resistencia civil… Son el signo de los tiempos que corren.

Desde que el multimillonario Donald J. Trump se convirtió en presidente electo de la nación más poderosa de la historia, Nueva York se encuentra en pie de resistencia. Su alcalde la declaró ciudad refugio y se niega a cumplir las órdenes federales antiinmigrantes; en los aeropuertos que sirven a la ciudad, miles de personas se manifestaron espontáneamente el día en que Trump decretó su prohibición para admitir refugiados en Estados Unidos y obligaron a los agentes migratorios a admitir a aquellos que ya habían obtenido permisos previos al decreto. Los neoyorquinos han convertido en un deporte local sacar el dedo medio al pasar frente a cualquiera de las torres de Trump. En Union Square, lugar tradicional de encuentro de krishnas, hiphoperos, predicadores y practicantes de yoga, ahora se imparten clases grupales de guitarra que preparan a los asistentes en poco tiempo para interpretar, guitarras y gargantas a coro, una canción: “Esta es una ciudad de inmigrantes… Todos somos inmigrantes”.

avid Remnick, director de The New Yorker. Foto: Brigitte Lacombe. Cortesía The New Yorker
David Remnick, director de The New Yorker. Foto: Brigitte Lacombe. Cortesía The New Yorker

Más abajo en la ciudad, si uno atraviesa el memorial para las víctimas del 11 de Septiembre, se encuentra de frente con la Freedom Tower, el edificio construido para servir de símbolo del resurgimiento, de la resistencia de una Nueva York que no se doblega. Allí, en ese rascacielos, se encuentran ahora las oficinas de la revista New Yorker, orgullosa de haber marcado la pauta durante un siglo del periodismo narrativo y la crítica de arte neoyorquinos.

Como muchos de los medios que Trump considera sus enemigos, la New Yorker advirtió durante toda la campaña de la amenaza que Trump representaba para la democracia estadounidense… y para el bienestar del planeta. Lo hizo a través de amplios reportajes para denunciar los intereses comerciales del candidato republicano; sus negocios fallidos; su estilo de trabajo; sus votantes. Lo hizo a través de análisis, de piezas de opinión y caricaturas.

A las oficinas de la revista, ilustradores y caricaturistas enviaron tantas propuestas de portadas de Trump que decenas tuvieron que ser sacrificadas. La imagen del ahora presidente fue objeto constante de sus legendarias caricaturas y hacia el final de la campaña la revista dedicó todo un número a caricaturas de Trump.

La revista, que ha alcanzado el estatus de leyenda por sus reportajes de autor y que ha presumido siempre de contar con las mejores plumas, transformó su oferta para responder a la urgencia política. De “Los mejores textos disponibles” a “Combatiendo historias falsas con historias reales”. Fue una decisión deliberada de su director, David Remnick, un reportero entrado en los cincuentas, ganador del premio Pulitzer, autor de varios libros y una de las principales figuras del mundo cultural e intelectual de esta ciudad, que sigue siendo la más vanguardista del mundo. En sus propias palabras, fue una decisión influenciada “por el momento extraordinario” que ha significado la elección de Trump.

La misma noche de la victoria del multimillonario, Remnick escribió y publicó un texto de opinión al que tituló “Una Tragedia Americana”, una expresión representativa de todos aquellos que vieron en el resultado electoral un parteaguas en la tradición democrática estadounidense. “La elección de Donald Trump a la presidencia es una tragedia para la República Americana, una tragedia para la Constitución y un triunfo, en casa y afuera, para las fuerzas nativistas, autoritarias, misóginas y racistas”, escribió Remnick esa noche. “La impactante victoria de Trump, su ascenso a la presidencia, es un evento enfermizo en la historia de Estados Unidos y la democracia liberal. El 20 de enero de 2017 despediremos al primer presidente afroamericano —un hombre de integridad, dignidad y espíritu generoso— y atestiguaremos la investidura de un fraudulento que hizo poco para rechazar el apoyo de fuerzas xenofóbicas y de supremacía blanca. Es imposible reaccionar a este momento con nada que no sea revulsión y profunda ansiedad”.

Advirtió a sus lectores que lo peor que podía pasar era que la administración Trump fuera “normalizada”; que la sociedad civil estadounidense dejara de percibir su gobierno como algo nefasto. Ni la desesperación ni el abandono, dijo entonces, eran alternativas. “Combatir el autoritarismo, denunciar las mentiras, luchar honorablemente y con firmeza en el nombre de los ideales americanos. Eso es lo que queda por hacer. Eso es todo lo que hay por hacer”.

Medio año después, con la administración Trump instalada en la Casa Blanca y produciendo más escándalos de los que una sociedad es capaz de digerir, David Remnick aceptó conversar sobre su presidente, la democracia estadounidense y el rol del periodismo.

Es un hombre afable, mucho más sereno de lo que sus escritos recientes, que pulsan con un sentido de urgencia ante la catástrofe, permitirían adivinar. Viste de jeans y camiseta, en contraste con la elegancia de quienes laboran en esta parte de la ciudad. Su oficina es dominada, a un costado, por una privilegiada vista de la punta sur de Nueva York: Wall Street, la Estatua de la Libertad, Staten Island. A la izquierda Brooklyn; a la derecha Nueva Jersey. Contrapuesto a la ventana se encuentra una pared ocupada en su totalidad por una librera llena por libros que hablan de un lector tan omnívoro como el que presume su revista: ficción, ensayo, no ficción, caricaturas, estudios musicales… muchos de ellos escritos por autores que trabajan para la New Yorker. Él mismo, como autor, tiene una producción diversa: su gran obra, con la que ganó el Pulitzer: el libro La Tumba de Lenin, sobre la caída de la Unión Soviética que atestiguó en Moscú como corresponsal del Washington Post. Pero también ha escrito sobre músicos, dramaturgos, políticos y deportistas, entre ellos un perfil de Bruce Springsteen y un memorable perfil de Leonard Cohen, publicado en octubre del año pasado, pocos días antes de la muerte del poeta-cantautor. Sobre él, la Premio Nobel de Literatura Toni Morrison escribió que “controla de tal manera su oficio que lo transforma en un arte”.

Remnick escribió también un fantástico libro sobre Muhammad Ali, llamado El Rey del Mundo, en el que aprovecha la riqueza de los personajes para explorar con el inglés, uno de los lenguajes más pragmáticos y democráticos, hasta sacarlo de sus márgenes y expandirlo. Ni siquiera en este libro sobre Ali, uno de los personajes más coloridos y politonales de la historia, utiliza Remnick proporcionalmente tantos adjetivos como los que ha escrito en los últimos seis meses para referirse a su nuevo presidente. Y ninguno de ellos es halagüeño.

La elección de Donald Trump, admite Remnick, cuestiona una de las mayores tradiciones en la mitología norteamericana: el llamado excepcionalismo americano. Es decir, esa visión cuasi religiosa que los norteamericanos heredan desde su independencia según la cual son un pueblo excepcional, moralmente superior, socialmente avanzado y políticamente puritano. Un pueblo elegido para hacer el bien al mundo y llevarlo a la libertad. Una visión que se ha perpetuado en la academia norteamericana, cuyos historiadores y politólogos producen cantidades masivas de ensayos y estudios comparativos cuyo único objetivo parece ser demostrar, justamente, lo excepcional de Estados Unidos. Un mito que ha ayudado a cohesionar a los estadounidenses pero que es poco congruente con la elección de un hombre, Trump, al que Remnick ha llamado en su revista “fraudulento; impredecible; abominable; la vulgaridad desatada; descendiente de los que no saben nada, los apocalípticos y los nativistas; plutócrata, mentiroso, misógino, racista, indecente…”.

En su más reciente artículo, publicado a finales de junio, el reportero y editor encontró, sin embargo, motivos para el optimismo: “Trump no es para siempre”. No, pero su victoria también habla del país que lo hizo presidente. Y ese seguirá ahí mañana.

-Me parece que no te gusta este tipo… Trump, ¿cierto?

Cierto ja, ja, ja.

-Ya lleva más de 100 días…

Más… Lo siento en mis huesos.

-¿Cómo?

Mira, esta no es la primera vez en la que hemos tenido a un presidente abominable y, para ser precisos, hemos tenido presidentes que hicieron cosas mucho peores que las que Trump ha logrado hacer. Hasta el momento no ha invadido Irak o Bahía de Cochinos ni ha derrocado al gobierno en Irán, como en 1953, etc. Entonces, ¿por qué hablar de él en términos alarmistas? Por la combinación de incompetencia, mentira, deshonestidad como hombre de negocios, que es la única forma en que tenemos para conocerlo, su manera descuidada de conducir la política, etc. Es digno de alarma. Él también llega como la cresta de una ola de liderazgo antidemocrático liberal que no es único, por desgracia, en Estados Unidos. No sé hasta dónde llegará en términos antidemocráticos. Generacionalmente, yo tengo 58 años, vengo de una época periodística en Moscú, me siento sacudido por una visión quizás demasiado optimista de lo que ha ocurrido históricamente. Es decir, en 1970 había 30 países considerados como democracias, para el término del milenio, en el año 2000, había unos 100. Eran democracias imperfectas, democracias nacientes. Había todo tipo de cosas que podrías describir, pero era claro que no tenías que ser Francis Fukuyama para ser optimista sobre Rusia, el Este de Europa; Europa Central; América Latina. Había una tendencia increíble. Había un montón de tendencias realmente prometedoras, incluso si eras un realista de cabeza dura, tenías que tomar nota de esto. Pero ahora estas tendencias van en reversa en Latinoamérica, en América Central, en el Este de Europa y así sucesivamente…

-Voy a detenerte por un segundo. Es solo que hiciste algo muy interesante aquí, colocando a Trump en un marco global, algo que no se ha hecho mucho, supongo que debido al sentido local de urgencia. Pero de todos modos, estas tendencias han estado ocurriendo antes de Trump.

Sí. Bueno, depende de donde quieras empezar. Si estás en Budapest, encontrarás lo mismo. Si estás en Londres, encontrarás lo mismo o en el este de Europa, encontrarás lo mismo…

-O Polonia…

Seguro. Y las razones son similares. No todas iguales, pero sí son similares. Tienen que ver con todos los problemas que conoces. La alarma por la inmigración; la alarma por las consecuencias imprevistas de la globalización; la antindustrialización; y luego la explotación de esas cuestiones por figuras demagógicas como Donald Trump. Yo crecí al otro lado de ese río (Hudson, que separa Nueva York de Nueva Jersey) y luego me moví a este lado, con algunos lugares de por medio. Y recuerdo que él era una figura cómica en mi juventud. Él era sólo un cómico pomposo, un negocio de espectáculos.

-Él era una figura cómica hace dos años. No solo durante tu juventud. ¡Hace dos años!

Sí, pero nos importaba un carajo. Era solo un programa de televisión. Y por cierto, creo que esos programas de televisión fueron muy importantes para su desarrollo. Si tuviera tiempo para pasar el verano viendo esos programas… es decir, si mi cerebro lo soportara.

-¿El Aprendiz?

Sí, solo lo vi un par de veces.

-Te recomiendo que veas sus shows de lucha libre. Es tan él …

Lo vi. Podemos hacer bromas sobre todo esto, pero él ganó. Sí, claro, el FBI; sí, Rusia… Él ganó.

-¿Cuánto tiempo te tomó llamarle presidente Trump?

El mismo día.

-Todavía no lo has llamado presidente Trump.

Claro que lo hice. Lo sé. Él ganó la presidencia, él es el presidente Trump. Lo entiendo. Esto no es cuestión de que si lo entiendo o no, o de si él es apropiado. ¿Conoces el término “Snowflakes” (copos de nieve)? Se refiere, supuestamente, a personas como yo, flojas, que eran débiles y no podían asimilar la presidencia de Trump. Yo lo entiendo.

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En el piso 38 de la Freedom Tower está la sede de la revista The New Yorker. Ciudad de Nueva York (Fuente: El Faro)

-Advertiste a todo el mundo que no normalicen esta presidencia…

¡La misma noche de la elección!

-La misma noche. Me gustaría explorar contigo qué viste en él, porque todos los adjetivos que has usado en su contra también los encuentras en otros presidentes. Los ciudadanos de este país normalizaron las acciones y las administraciones de esos presidentes…

Vamos a analizar nuestras opciones. Él ha utilizado el poder de la Constitución para firmar órdenes ejecutivas de la misma manera que Barack Obama, Abraham Lincoln o Dwight Eisenhower tenían la autoridad para dictar órdenes ejecutivas. Él es el presidente de los Estados Unidos. Lo que no quiero normalizar es su historia, lo que no quiero normalizar es su falta de conocimiento, conocimientos básicos. Lo que no quiero normalizar, sobre todo, es su uso demagógico del “Otro”, con O mayúscula, refiriéndose a la gente de color, los inmigrantes, regularizados o no, y todo tipo de personas, como los afroamericanos. Lo que está haciendo es una cosa muy vieja: les está hablando a las personas cuyas expectativas no son lo que esperaban que fuesen, con perspectivas económicas oscuras. Que miran alrededor y ven todo tipo de condiciones sociales difíciles, ya sea una adicción al opio o perder un buen trabajo en la fábrica y encontrar otro en Walmart, y les dice: “Siento tu dolor y la razón de tu dolor es esa persona o ese grupo de allá. Es la culpa de los inmigrantes que están violando a sus madres y hermanas. Es la culpa de los afroamericanos que viven de la beneficencia del estado. Es culpa de los chinos que están manipulando la moneda. Es culpa del “Otro”. Está creando un Estados Unidos del “nosotros” y “ellos”. Y aquí estamos sentados tú y yo, con la la vista más cursi posible (señala por la ventana): Allí está Ellis Island, uno de los grandes lugares de llegada para los inmigrantes a la vuelta del siglo pasado; y allá la Estatua de la Libertad. Y me perdonarás por mi sentimentalismo histórico democrático estadounidense, pero eso es… no hay una forma para ese sentimiento, que es más profundo que yo. Donald Trump representa una concurrencia que ha estado en las políticas estadounidenses durante mucho tiempo, pero nadie había llegado a ser presidente usando eso. Es por eso que creo que es importante no normalizar nuestro sentido de quién es. No es Mitt Romney, no es John McCain. Tengo todo tipo de problemas políticos con todas estas personas. No soy republicano, ¿sabes? Y no lo oculto. Pero esto está fuera del paréntesis, el gran paréntesis ideológico incluido en la política estadounidense. Esto fue más impredecible y alarmante.

-Tengo la impresión, y corrígeme si me equivoco, de que el sentido de urgencia que ha llegado después de que él tomó la oficina y la fiebre de cosas que él está firmando todos los días, le ha impedido a todo mundo hacer una reflexión profunda sobre cómo llegó él a ser presidente de los Estados Unidos.

No estoy seguro si eso es correcto.

-¿No?

Creo que la gente ha hablado sobre ello sin parar. Mira, ¡hay tanto que hablar a la vez! Cada día trae un nuevo tweet, una nueva declaración incomprensible, un nuevo escándalo. Por ejemplo, The New Yorker publicó, hace seis semanas, un artículo de investigación sobre las inversiones de Trump en los negocios en Azerbaiyán. El artículo concluía con pruebas, y sin cuestionamientos de la gente de Trump, que estaba haciendo negocios con la familia más corrupta de Bakú. Eran sus socios. Otros de sus socios eran unos hermanos iraníes parte de un grupo de amigos de la Guardia Revolucionaria Iraní, una organización que el gobierno estadounidense considera como un grupo terrorista. El autor de ese texto estuvo en CNN por un par de noches y luego quedó en el olvido, porque cada día hay algo nuevo. Si eso hubiera ocurrido con Obama o Bush, o el Bush más viejo, o Bill Clinton, un escándalo financiero de ese nivel…. Se hubieran tenido que ir. Todos los días él causa una nueva indignación porque hemos elegido vivir con esa indignación. Eso fue parte del trato. Sus electores, sus votantes encuentran mucho de lo que dice y hace atrevido, pero han elegido vivir con esto porque solo ven el lado bueno. Creo que han hecho un pacto con el diablo, pero ese es el pacto. No sólo los liberales reconocen que hay un aspecto indignante en Trump.

-Supongo que al final el punto es que él es todos los adjetivos con que lo has llamado. Es un mentiroso, deshonesto, esto y aquello… Pero él es el presidente, ¿qué dice eso sobre este país, que eligió a este tipo para ser su presidente?

Espero que diga que es una aberración. Que los candidatos republicanos eran tan débiles y él tan ameno, y que Hillary Clinton era una candidata tan débil, y que factores como la carta del FBI y los elementos rusos eran tan fuertes que todo este complejo de razones terminó con una aberración. No creo que se limite a ese pensamiento. Tenemos que admitir que hubo fuerzas más oscuras aquí. ¿Cómo se convirtió Donald Trump en político? Su primera causa política fue cuestionar la legitimidad del primer presidente afroamericano, sobre la base de dónde nació o no. Una teoría de conspiración. Fue la explotación de una teoría racista de conspiración. Y algunas personas que votaron por Trump, creo, no todas, pero la mayoría, no son racistas. El racismo de Trump no fue decisivo. Ellos eligieron pasar por alto eso, o aceptarlo, o no sentirse demasiado ofendidos por eso. Eso es preocupante. Lo mismo sucedió con la misoginia, con su actitud hacia los inmigrantes. Lo mismo con su explotación de cualquier número de cuestiones. Que por cierto, cuando las investigas a profundidad o las exploras a profundidad, le pueden o no valer una mierda. Está dispuesto a decir cualquier cosa para tener éxito. Es un fraude.

-Un fraude que lo llevó a ser…

…electo Presidente de los Estados Unidos. Mira, Huey Long fue electo gobernador, era muy popular en el estado de Luisiana. (Trump) no es el primer demagogo que gana una elección popular. Es sólo el primero que se convierte en presidente. Mira, soy el primero en decirte que la historia de Estados Unidos es extremadamente compleja y llena de parches de tremenda oscuridad. No tengo que venir de El Salvador para reconocer eso en la historia americana. Perdóname, pero creo que sabes a lo que me refiero.

-Lo sé, créeme.

Por otro lado, creo que hay aspectos gloriosos en la historia americana.

-¿Ha cambiado tu visión del este país? No. Esa no es la pregunta correcta. ¿Ha cambiado tu visión de tus compatriotas?

Es una gran pregunta, una pregunta estupenda. Alguien en mi posición, de trabajo, de vida, de ubicación es acusado todos los días de vivir en una burbuja. Estamos en un rascacielos de Manhattan y estamos mirando al río (Hudson). Me refiero a que yo, siendo una persona objetivada, un editor y esto y lo otro.. De alguna manera no sé nada sobre este país, aparte de cenas lujosas en Manhattan y lugares… Pero también soy un ser humano que ha vivido en muchos lugares y crecí con padres enfermos con no muchos recursos, he viajado por todos lados, he trabajado como periodista y he visto mucho aquí y en el extranjero. Y supongo que lo que he hecho es tomar un… Estoy tratando de recoger mis pensamientos, es una pregunta tan buena. Tiene que hacerte pensar diferente si no los has hecho antes, sobre la pregunta del excepcionalismo americano. ¿Alguna vez viste las convenciones políticas americanas hace cuatro años?

-Sí.

Siempre destacan el excepcionalismo de Estados Unidos, como si Dios hubiera bendecido a este país de alguna manera en la que no bendijo a Francia o a El Salvador. Y por cierto, de muchas maneras, somos increíblemente afortunados: debido a la geografía, a la escala, debido a la aparición de una generación de filósofos iluminados, que fueron nuestros padres fundadores; en lugar de tiranos, o guerreros. También tuvimos problemáticos períodos, complejos, pero creo que un país que logró elegir a Donald Trump tiene que hacerse algunas preguntas sobre el excepcionalismo americano. Incluso si estás dispuesto a usar esa frase, tienes que usarla de una manera mucho más compleja y madura. Obama lo hizo y ​​yo simpatizo con él. La gente vio a un Obama que vino de las generaciones de los años sesenta, vio a un afroamericano y estaban constantemente haciendo preguntas sobre el excepcionalismo americano. Y él dijo: Si te refieres al excepcionalismo americano en el sentido de que somos excepcionales porque tenemos las mejores armas y fuimos besados ​​por Dios… No. Pero si crees y miras la historia americana como una serie de fuerzas complejas en las que la evolución fue a través del recorrido de un camino rocoso, la evolución de algo excepcional… De eso sí me puedo sentir parte. Recuerdo haber entrevistado a Obama sobre Aretha Franklin y él me dijo que su pieza musical americana favorita no era sólo “America the Beautiful”, sino la versión de Ray Charles, en la que las letra estaba en contrapunto con la forma en que Ray Charles la cantaba, lleno del dolor y de la exaltación de la vida americana. Ray Charles cantando “America the Beautiful” contiene el dolor y el revés de la realidad americana como un opuesto a Kate Smith cantando “America the Beautiful”. Kate Smith es una cantante blanca, clásica y patriótica. Y mi esperanza es que, si la historia en sus mejores momentos es dos pasos adelante y un paso atrás, este es un paso atrás y sólo podemos esperar que, por variadas razones, esto no sea tan peligroso como podría ser, y que las fuerzas del periodismo, los tribunales, tal vez el Congreso, las personas cambiando de opinión y todas las instituciones y fuerzas de la vida americana, hagan que este período tal vez no sea tan malo como podría ser. Pero mi trabajo como periodista, como voz, como una voz entre muchos, muchos, muchos es ser claro sobre lo que pienso y no tener temor.

-Como sabes, vengo de un país muy pequeño, en el que si alguien en el cuarto piso del Departamento de Estado estornuda, el país cambia en una noche. Y este es el país más poderoso en la historia de la humanidad, el país más influyente para decidir la dirección del planeta entero, y aun así cuando veo las convenciones de los partidos políticos, cuando veo los debates, las campañas, veo un debate muy provincial.

Sí, creo que parte de eso es una cuestión de geografía. Mira en un mapa, me refiero a que parte de la excepcionalidad en América o parte de su ingenuidad es que hay una frontera con Canadá, la presencia menos amenazante, más benigna que te puedas imaginar; y en muchos aspectos es lo mismo con México. Creo también que estamos pasando por un enorme debate y esto no es sólo por Trump, creo que estamos pasando por un enorme debate de un período de décadas probablemente desde, al menos Vietnam, sobre cómo usar o no la fuerza. Confieso que estoy desgarrado por esto, moral, política e intelectualmente. Invadimos Irak y fue un desastre; pensamos que teníamos operaciones limitadas para ayudar a detener las masacres en Libia y ese tipo de media invasión fue un desastre y no hicimos casi nada en Siria, debido a Irak. Y ahora no estamos haciendo otra cosa más que un desastre. Así que creo que las personas que piensan en el lugar que ocupa Estados Unidos en el mundo, y no sólo en el Medio Oriente, están divididas en tres direcciones diferentes. Tanto aquellas que son bien intencionadas como lo contrario a las bien intencionadas. Y eso no es sólo acerca de Trump. Quiero decir, mira el terrible dilema de Obama sobre Siria. Él vino a… ¿Qué fue lo que distinguió a Obama de Hillary Clinton? Irak. Esa era la única cosa política en la que diferían. Su oposición a Irak. Eso y la personalidad.

-No estoy de acuerdo con eso. Creo que su poder de inspiración…

Esa es la personalidad.

-El poder de la imaginación…

Muy bien, pero recuerda, no era nadie, fue senador diez segundos…¡Diez segundos! Dio un gran discurso, no hay duda. Y así llegó a la presidencia y extendió las intervenciones en Irak y Afganistán con resultados complicados, digamos. Y en Siria casi no hizo nada, específicamente cuando se trata de usar el ejército, y cuáles son los resultados. Una vez más, no estoy sugiriendo una cosa u otra, sólo estoy analizando lo que está sucediendo. 450 miles de personas murieron, hubo una dislocación masiva, ciudades en ruinas, cientos de cientos de miles de inmigrantes en todo el mundo, sobre todo en Europa, que ha tenido un efecto desestabilizador muy efectivo en la política. El empoderamiento de Vladimir Putin; el de Irán en Siria. Eso es lo que conseguimos por no hacer nada. Y viene alguien con cero preparación, cero capacidades de pensamiento moral, estratégico, independiente y es alarmante. El mundo es ya lo suficientemente oscuro, complejo. Y no creo que todo lo que hablemos deba ser sobre Donald Trump. Mi amigo Murray Kempton, que era un gran columnista del New York Post, solía decir que lo mejor de la mafia es que podías culparlos por todo, no sólo por sus pecados, sino por todo, porque, ¿cómo podrían responder? Ja ja ja

-Ja, ja, ja… Exactamente.

Así que Donald Trump está para ser culpado por muchas, muchas cosas y la mayoría de ellas en tiempo futuro.

-¿Cómo ha cambiado Donald Trump tu idea de la misión del periodismo y la visión de la revista The New Yorker?

Nada. No. La revista siempre permite puntos de vista, la revista cuando se trata de la política siempre ha… ¿Estás hablando de la New Yorker en mi tiempo?

-Sí, por supuesto.

Hay un valor primordial en cuanto a presión al poder cuando es apropiado. Los escritores tienen que ganarse su punto de vista con evidencia, argumento y ecuanimidad. No somos una revista primariamente polémica, no somos una revista polémica. Y siempre hemos estado interesados ​​en el nivel más alto posible de hechos y profundidad. Nuestros valores son los mismos. ¿Estamos más alarmados de los que estábamos hace seis meses? Sí, es verdad. ¿Se ha elevado mi sentimiento de la misión periodística con esta situación? Sí, absolutamente, eso es cierto.

-¿Entonces ha cambiado?

Sólo digo que nuestros valores son los mismos. Espero que nuestras prácticas sean las mismas. Pero si estás en medio de la alarma, es difícil.

-La New Yorker solía ser vendida, o anunciada o comercializada como la revista mejor escrita disponible, los mejores escritores, las piezas más exquisitas de periodismo…

No me gustaría decir… Creo que la masacre de El Mozote fue en su manera exquisita. No estaba destinada a ser una experiencia principalmente estética, aunque creo que Mark Danner hizo un gran trabajo como escritor. Pero creo que los valores de la profundidad, la verdad, la presión sobre el poder y en ese caso sobre el gobierno estadounidense, así como otras cuestiones locales están en el texto. ¿Y eso fue publicado en 1992 o 1993?

-Sí, 1993, creo. Por supuesto que no estoy diciendo que esto no se hacía. Siempre se hizo en esta revista, pero la caricatura…

Sé cuál es la caricatura de la revista. La caricatura de la revista es una pequeña arrogancia. La nariz levantada…

-No voy a jugar a la versión Truman Capote del New Yorker. Lo que quiero decir es que hay…

¡Pero incluso Truman Capote, por cierto! La obra más famosa de Truman Capote para esta revista fue sobre un asesinato. El asesinato de toda una familia, tampoco había nada delicado en esa historia tampoco. Estoy hablando de “Cold Blood”.

-Sí, lo sé.

La imagen pública de Truman Capote era algo diferente, pero Truman Capote como escritor era riguroso.

-Sí, no estoy debatiendo esto. Sólo digo que solían vender la revista así. Esta era su oferta. “Lo mejor escrito que se puede encontrar”. Ahora, su oferta es “luchar contra las historias falsas con las reales”.

Sí, me declaro culpable.

-Pero quiero decir, esto no ha pasado así porque sí. Esto salió de un…

¿Momento político?

-¡Sí!

Sí, estoy de acuerdo. Espero que todavía estemos escribiendo bien. Todavía publicamos ficción al más alto nivel. Espero que la escritura de la no ficción esté aún en el más alto nivel. Hace un mes nuestro crítico de teatro ganó un Pulitzer. El año pasado ganamos dos Pulitzer por la calidad de nuestros escritos. No por informes políticos. Por escribir. Ese es un valor que sigue ahí. Lo que acabas de señalar… Seguro. Es una manera de señalar las diferencias.

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Portada de la revista en julio de 2015. La caricatura hacía mofa de la candidatura de Trump en el partido Republicano, en momentos en que su presencia mediática comenzaba a despuntar por sus comentarios racistas.

-No soy un experto en el trabajo de David Remnick, pero…

Aún te queda vida ja, ja, ja…

-Ja, ja, ja … Pero lo que he leído de ti antes de la era del Trump, nunca vi que usaras tantos adjetivos como lo estás usando ahora, por ejemplo.

Y molestos.

-No quiero juzgarlos.

Creo que eso es cierto.

-Tenés toda una colección de adjetivos usados en ​​contra de Trump.

Eso es verdad.

-Bien merecido o no, eso no es algo que…

Mira, te diré esto: Espero estar equivocado. Espero que alguna combinación de oposición americana y tal vez incluso el eventual desarrollo interno de Donald Trump lleve a una presidencia más normal. Soy un patriota, amo a mi país, pero hay infinitas complejidades y oscuridades en esto. No es que quiera el desastre.

-Entiendo. Es obvio que ves esto como un momento extraordinario.

Así lo veo.

-Y que has pensado mucho sobre el papel de esta revista en un momento extraordinario. Supongo que eso es lo que quiero saber.

Sí, hemos tenido más piezas políticas en los últimos, no sé, cuatro o cinco meses de lo que teníamos en las previas ediciones en el mismo período. Y hay un cierto nivel de urgencia y alarma en esas piezas, debido a la naturaleza del momento. Quiero decir, no puedes ser superficial todo el tiempo. Y también creo que tengo que tener cuidado de no escribir así a menudo, porque después de un tiempo se convierte en la alarma que ya nadie escucha.

-Entiendo tu punto.

No es una decisión estética. Por cierto, esto para nosotros es algo extraordinario: He tomado una sección entera, la de Comentarios, que normalmente publica mil palabras, pero ahora tiene cinco mil palabras. Uno de los problemas, periodísticamente, no sólo en The New Yorker, sino que en general, es que la mayoría de las corrientes políticas, de derecha o de izquierda, vienen con una intelligentsia adjunta. Hay una intelligentsiaconservadora en este país. Casi toda ha sido antiTrump, lo que es interesante. Hay una pequeña intelligentsiaproTrump que se ha anunciado a sí misma. Pero, por ejemplo, si soy un productor de televisión por cable, que quiere organizar los debates que ves cada noche en CNN, es muy difícil. Hay una intelligentsia conservadora: The National Review, The American Conservative y todo tipo de revistas en las universidades y así sucesivamente. ¿ProTrump? No, muy poco.

-Pero, ¿cómo llegamos a hablar en estos términos, “proTrump” o “antiTrump”?

Tienes corrientes intelectuales pronacionalistas, no sólo aquí sino también en otros países. Pero es difícil saber qué es el Trumpismo, porque parece cambiar todo el tiempo. Él toma ideas y luego se deshace de ellas de la manera más caótica. El caos es uno de los principios del Trumpismo. Y no es tan coherente como Le Pen o Putin.

-¿No es tan coherente como Le Pen? Ahora estoy más preocupado.

Es mi trabajo ja, ja, ja.

-Pero déjame llevarte de vuelta al periodismo.

Por supuesto.

-Es obvio que es una gran sensación de alarma la que sientes, y probablemente otras personas en el país también, por el momento que están viviendo. ¿Crees que esto mueve las fronteras del periodismo?

¿Cuáles fronteras?

-Sos el director del New Yorker, has llamado a la resistencia desde estas páginas.

Sí, tengo mi propio punto de vista. Sabes, no voy a manifestaciones. No soy un político… Soy una voz editorial en el gran argumento americano. Soy eso. Y también soy alguien que está dirigiendo. Mucho más importante que el artículo del que estábamos hablando, mucho más importante, es determinar qué deberíamos hacer como revista. No estoy escribiendo, no escribo mucho. Sobre todo lo que hago es animar, dirigir y apoyar las actividades de la revista y el sitio web. Tiene que ver con el periodismo investigativo, con a quién perfilamos. Esta es una parte menor de lo que hacemos, esta no es una revista en la que la opinión es lo más importante. También quiero que escribamos acerca de por qué la gente en el occidente de Virginia o en el oeste de Pensilvania o en la zona rural de Ohio, etc., apoyó a Trump y no para presentarlos como caricaturas o como si todo el mundo se sintiera de la misma manera o todo el mundo fuera racista.

-¿Crees que los medios fallaron en hacer esto antes?

Por supuesto. Mira, no quiero hacer una encuesta aquí, la gran pregunta es si el periodismo americano la cagó. Creo que las encuestas la cagaron. Creo que hubo mucha cobertura de personas que eran partidarios de Trump. George Saunders escribió una pieza brillante para nosotros sobre los votantes de Trump. Era bastante empático en cierto sentido. Evan Osnos escribió una pieza brillante sobre las corrientes del nacionalismo blanco. Larissa Macfarquhar escribió un reportaje extraordinario desde Virginia occidental sobre Trump, los votantes proTrump y por qué se sienten así y la complejidad de por qué se sienten así. ¿La revista predijo que ganaría? No.

-No, no, pero esto no se trata de predicciones.

No tengo una encuesta, no dirijo una encuesta. Y las encuestas dijeron que era más probable que ella ganara. ¿Y sabes qué pasó? Al final hubo una serie de eventos, que pudieron o no inclinar la balanza. Así que, en retrospectiva, ¿deberíamos haber tenido aún más? Bueno, tal vez… No quiero ponerme a la defensiva. Soy sólo…

-Estoy tratando de entender lo que pasó en los principales medios de comunicación estadounidenses, la acusación tradicional de los principales medios de comunicación estadounidenses es que la arrogancia de las costas siempre les hizo dar la espalda a lo que pasaba en lo que ustedes llaman “flyover states”, todo lo que queda entre Nueva York y Los Ángeles.

Bueno, ¿dónde estaban todos los grandes periódicos? También tenemos este fenómeno muy interesante que tiene que ver con la prensa. Este es un país grande y muchos de los periódicos originales han cerrado y no han sido reemplazados. Por ejemplo, estoy señalando desde aquí a Newark, New Jersey. Una gran ciudad, 700 mil personas, sería la segunda ciudad más grande de El Salvador. Sus periódicos se han reducido a sitios web que cubren asuntos locales. Antes todos los alcaldes terminaban en la cárcel ja, ja, ja. ¿Quién los enviaba a la cárcel? ¿Los jueces que el alcalde nombra? probablemente no. ¿La comisaría de policías que los alcaldes pusieron allí? Probablemente no. ¡Era la prensa! Así que, si pierdo esos periódicos, ¿quién va a enviar al siguiente alcalde deshonesto a la cárcel? En Newark, en Amarillo Texas, sabes, lugares jodidos. La prensa se está volviendo más pequeña, más defensiva, más preocupada, menos segura, sus recursos se están marchitando y la importancia de los grandes como The Washington Post, The New York Times, The New Yorker, no disminuye. Por el contrario, aumenta, debido a la forma en que influye en la cobertura local. Quiero decir, la televisión en gran medida ¿qué hacen? Leen el New York Times por la mañana y hacen su cobertura alrededor de esas historias, una tremenda responsabilidad. Y esos gritos sobre la prensa, como sesgada, como no auténtica, son un juego viejo. ¿Recuerdas a Spiro Agnew? Tenía una frase maravillosa, él era el vicepresidente de Nixon, “Nattering nabobs of negativism”. Nattering es alguien que sesga, nabob es un idiota del negativismo, pero suena como… Es simplemente hermoso. Entonces, esta movida de convertir al tribunal en enemigo, es decir el editor, el director de la cadena… Sí, tenemos muchas fallas, comenzando por mi. Cometemos errores de arrogancia, de exactitud… De esto se trata la demagogia.

-De…

Para Donald Trump, describirme como una persona sesgada, desde el mismo corazón de los Estados Unidos, es cómico. Él es un multimillonario que vive en la Quinta Avenida en un palacio de oro que avergonzaría a la familia Perón.

-Y sin embargo, logra convencer a millones…

Decenas de millones…

-…De personas que se sienten marginadas.

Esta no es una historia nueva. Es una nueva historia americana.

-Sí, entiendo eso.

Tú y tu país están acostumbrados a la alarma política, mis amigos rusos están acostumbrados a la alarma política. Mis amigos israelíes y palestinos, a los que visito a menudo, están acostumbrados a vivir en una atmósfera de decepción política. Por decir algunos. Tuvimos 8 años en los que pasamos de una gigantesca recesión a un rescate… Sabes, los liberales están alarmados porque probablemente se relajaron demasiado bajo Obama, incluyendo a Obama. El Partido Demócrata está en una condición terrible, terrible.

-Jane Mayer tiene un gran libro llamado Dark Money. Comienza diciendo que cuando Obama estaba celebraba su primera semana en la Presidencia, los hermanos Koch (multimillonarios conservadores) organizaron una reunión secreta en California, porque realmente temían que Obama impusiera 40 años de agenda progresista. Ocho años después decís que el Partido Demócrata es…

Increíblemente débil, y viejo.

-Si aquellos tipos estaban muy alarmados, estos tipos estaban bastante cómodos. Hemos estado todos confundidos. Hay una crisis mediática que confundimos con una crisis periodística, que es diferente. Comparten espacios pero son diferentes, uno es una crisis de modelo de negocio y el otro es una crisis periodística. Creo que no he visto una mejor pieza que hable de la crisis periodística como la de una de tus colaboradores, Jill Lepore, en la que habla de como los periodistas y los científicos hemos perdido nuestra posición como establecedores de hechos. ¿Crees que hay una crisis periodística?

Siempre ha habido noticias falsas, la mierda no se inventó ayer. Los periódicos norteamericanos en el Siglo XIX solían ser dirigidos por partidos políticos, la mayoría de ellos, y eran una mierda. Estaban llenos de propaganda de los demócratas, de los republicanos, de los Whigs. La teoría de la conspiración no se inventó ayer. Cuando era niño, trabajaba como pintor de casas y mi jefe solía decirme que Franklin Roosevelt seguía vivo y que los astronautas nunca aterrizaron en la luna. Y era falso. Lo nuevo es Internet y su capacidad de difundir tonterías, noticias falsas a la velocidad de la luz, de forma gratuita. Eso es lo nuevo. En el Siglo XVIII era posible que algunas especies se extinguieran, lo nuevo es cuán rápido se extinguen. Cuando me preguntas si el periodismo ha cambiado o mi actitud hacia el periodismo ha cambiado, los valores no han cambiado. Mi sentido de alerta ha cambiado, y no me refiero a esto de una manera arrogante, pero nuestro sentido de misión e importancia respecto a lo que hacemos cuando nos despertamos en la mañana o cuando vamos a la cama por la noche es más fuerte, porque hay un sentido de alarma. La mierda siempre existió.

-Sí, pero Jilll Lepore lo pone mejor que nadie. Es sólo que… Mira, hay calentamiento global,. Bueno, eso es lo que tú crees. No, está demostrado científicamente. Bueno, pero yo no creo en esos científicos, etc… Solíamos debatir sobre el hecho, el hecho no estaba en duda, teníamos diferentes opiniones y perspectivas en torno al hecho. Ahora, no hay ningún hecho en el medio.

Bueno, estábamos teniendo este argumento… He visto esto en el New York Times. El New York Times quería contratar a otro columnista conservador y entiendo por qué.

-¿Por qué?

Porque no deberías tener a todo el mundo escribiendo la misma maldita cosa. Y la teoría de su página de opinión era que tendrías un debate sobre varias cosas. Así que contrataron a un tipo del Wall Street Journal, Brett Stephens. Lo contrataron del Wall Street Journal y él es conservador y su primera columna fue exactamente lo que dijiste: “Sí, creo que el calentamiento global fue causado por el hombre, pero creo que hay opiniones extremas al respecto”. Y él quería claramente provocar al lector liberal del New York Times. Y la gente se volvió loca. ¡Loca! Hoy es el segundo columnista más importante del periódico. Él no está dudando que exista el calentamiento global en absoluto, pero al mismo tiempo, está dudando sobre los detalles, las bases del calentamiento global. Le estaba pidiendo a los lectores que se hicieran preguntas y la gente estaba guardia con esto.

-Ese es un buen ejemplo, porque no es sobre lo que piensas ni lo que yo pienso. Hay ciencia…

También hay un debate científico sobre esto. No estoy diciendo que Brett Stephens está bien o mal. Está tratando de provocar un debate sobre cosas que son discutibles, el debate científico. Pero algunas personas piensan que el cáncer fue provocado por X, otras personas piensan que es por Y. Hay algunas cosas que aún no sabemos del todo. Y también hay personas que niegan el cambio climático. Hay gente, y esto es muy polémico decir, porque vivo en una gran sociedad religiosa y por tanto estoy fuera de ello porque soy un secular de la costa, comunista, lo que sea… Pero la gente también cree en los ángeles. La mayoría de los estadounidenses creen en los ángeles y un gran porcentaje de la gente cree en la verdad literal de la Biblia. ¿Lo respeto? ¿Debo respetar eso? ¿Cómo lidio con eso?

Portada de la revista tras la llegada de Trump a la Casa Blanca. Según el autor representa su inexperiencia en el manejo de la política.
Portada de la revista tras la llegada de Trump a la Casa Blanca. Según el autor representa su inexperiencia en el manejo de la política.

-Porque tenemos un método periodístico, no vamos por creencias.

Entiendo, pero las creencias existen en este mundo.

-Sí, podemos respetarlo, pero publicamos cosas que hemos sometido a verificación a través de un método periodístico. ¿Estás de acuerdo en eso?

Sí, por supuesto.

-Me lo imaginé ja, ja, ja.

Ja, ja, ja. Tengo 18 personas sobreeducadas, alrededor de los 20 años, a los que llamamos factcheckers al otro lado de este piso. Pero aun así cometemos errores, estoy seguro. Lo sé. Mira, todo esto ha sido tratado como si fuera un nuevo debate, pero no lo es. Creo que es más intenso por la combinación de los últimos acontecimientos, Internet, Donald Trump, noticias falsas… Mira, tengo algo en mi país y creo que también lo tienes en tu país, la cultura de los tabloides. Tengo el New York Post, mucho de lo que imprime es una mierda. Esta el Sun en Londres. Un montón de cosas que salen de la boca de la gente en Fox News es una mierda. Viví en Moscú, por amor de Dios, donde está Pravda, una mierda, noticias falsas. ¡Esto no es nuevo!

-Siempre tienes Izvestia ja, ja, ja…

Izvestia, Ja, ja, ja… Exacto. Cuando voy a Moscú, me meto al internet. Quiero decir que hay un montón de tonterías. La televisión rusa.

-Todos estamos preocupados por esto. Y cuando digo “todos”, me refiero a mí, un salvadoreño que vive en San Salvador.

¿Crees que los americanos se volverán locos y te afectarán?

-No sólo la cuestión de la influencia de este país sino el rol de los medios en la democracia más poderosa.

Esta es la buena noticia, te diré esto y espero que puedas decirle esto a tus lectores: Si los últimos cien días me han enseñado algo por lo cual ser optimista, es que la democracia americana no fue inventada hace diez años y no me estarías diciendo secretos o noticias cuando me informes sobre las partes más oscuras de la historia americana. Espero que entiendan eso, pero hay instituciones en este país, hay tradiciones en este país, hay variedad de opiniones en este país que se han manifestado en los últimos meses y que son alentadoras. Mira, Trump es presidente. Estoy publicando, The New York Times está publicando, The Washington Post está publicando, CNN ha mejorado. CNN hizo cosas durante la campaña que creo que fueron terribles. Ahora son mejores. Los tribunales han hecho su trabajo, hay personas en el Congreso que han actuado honesta y decentemente. Hay republicanos que tienen batallas con el Presidente. ¿Hay otros actores cínicos? Sí. ¿Hay gente que cree en Trump? Sí. ¿Va a haber derrotas en los meses y años venideros? Sí. No soy muy optmista en que habrá mucho avance pero sí creo que hay fuerzas para mantenerla. Tengo cierto optimismo en que hay fuerzas para mantener esto controlado.

-Me parece que la sociedad civil, como tal, estaba un poco dormida, bastante cómoda cuando hablábamos de los años de Obama. Me ha sorprendido lo rápido que ha despertado.

Tal vez porque no eran los dormidos en primer lugar. Creo que están más despiertos y son más ruidosos porque tienen más que resistir, pero hay una gran tradición. Mira, ¿qué es “Black Lives Matter”? Es un movimiento nacido en los años de Obama. “Black Lives Matter” creció a partir de una situación en la que algo estaba pasando: desde siempre los jóvenes negros han sido sujetos de violencia por parte de la Policía, más que nadie, pero ahora tenemos una nueva invención, una nueva tecnología: El teléfono con cámara de video. La gente ya no podía evitarlo. Vimos a un hombre negro que huyó de un oficial de policía en el Norte Carolina y recibió un disparo en la espalda. Vimos que lo mismo ocurrió en Louisiana, Detroit, en otros lugares y un movimiento llamado “Black Lives Matter” nació. Esa es sociedad civil. Todos estos son aspectos de la sociedad civil. Así que cuando hablo del lado optimista, de la riqueza de la democracia estadounidense, está implícita. El problema con mis hermanos y hermanas rusos es que la democracia era tan joven, tan frágil, que era fácil de superar, se estrelló fácilmente. Nosotros no sólo tenemos una Constitución de 1789, sino que también tenemos profundas raíces democráticas de ese período y eso no es tan fácil de vencer.

Honduras y su experimento libertario en el golfo de Fonseca

La policía hondureña tiene dos calabozos en Amapala. Uno lo usa como bodega. El otro, casi siempre, está vacío. Amapala es una perfecta isla volcán, al fondo del golfo de Fonseca, en la que la vida aún transcurre muy despacio. En paz. Una verdadera isla en Honduras, uno de los países más violentos del mundo. Pero en esta isla no pasa nada. “La mayor parte de los casos que atendemos son por borrachos o por violencia doméstica”, dice la jefa policial. “Aquí hay poco trabajo”. ¿Ni siquiera robos? Ella mira a dos de sus compañeros agentes, asignados a la isla hace tres meses. Todos ríen: “No, casi nada. Aquí es bien aburrido”.

Mientras la tasa nacional de homicidios cerró el año pasado en 60 por cada 100 mil habitantes, en Amapala ni siquiera se ponen de acuerdo en cuándo sufrieron el último asesinato. Según la policía, sucedió hace tres años, cuando un minutero que venía de tierra firme asesinó a un pescador en una borrachera. Los pobladores concuerdan con el hecho, pero algunos creen que fue hace cuatro años, o hace más. Hablan de los anteriores homicidios como si se tratara de leyendas pasadas de generación en generación: Un marido celoso que mató a un cadete de la escuela naval que se enredó con su esposa; un hombre con discapacidad mental que arrojó una roca en la cabeza de su cuñado “que lo molestaba mucho”. Y nadie recuerda más.

Para todo el municipio, que también se llama Amapala y que incluye la mayor Zacate Grande y las otras pequeñas islas hondureñas en el golfo, la policía registró dos homicidios en 2015. Ninguno el año pasado. Amapala es el municipio menos violento de Honduras. En esta isla no pasa nada.

El letargo de la tarde es apenas roto por una parvada de guacamayas que pasa volando sobre nosotros. Pájaros rojos y hermosos que gritan con un descaro que sería suicida en Tegucigalpa o San Salvador.

La isla sería idílica de no ser por la decadencia del casco urbano, la miseria de sus habitantes y los promontorios de basura acumulándose en la playa, a la entrada de las casas alejadas del casco urbano. Porque el tren de aseo no abarca más que el centro.

A finales del siglo XIX, los alemanes constituían una colonia muy próspera y dinámica al sur de Honduras, y se establecieron en Amapala por la facilidad para comerciar a través dle puerto. Las viejas construcciones de madera alemanas se encuentran ahora en decadencia, como el resto de la isla. Foto: Fred Ramos
A finales del siglo XIX, los alemanes constituían una colonia muy próspera y dinámica al sur de Honduras, y se establecieron en Amapala por la facilidad para comerciar a través dle puerto. Las viejas construcciones de madera alemanas se encuentran ahora en decadencia, como el resto de la isla. Foto: Fred Ramos

En toda la isla solo hay un bar y un restaurante; lo demás son champas de playa que ofrecen mariscos preparados al lado de casetas que cumplen la función de baños y en los que los orines caen directamente a la arena. La mayoría de las casas del municipio no cuentan con drenaje y en algunas propiedades el agua se acumula por semanas en fétidas charcas donde los niños juegan extrayendo basura que pelean a enormes zopilotes.

Una carretera de casi 20 kilómetros circunda el volcán. A pesar de la escasa población y de los también escasos turistas, hay una epidemia de mototaxis que circulan todo el día vacíos o con mercancía. O transportando a pobladores de las áreas rurales que van al pueblo a hacer compras, o a la iglesia, o a recibir remesas en el banco. Como no hay gasolineras, algunos lancheros aprovechan los viajes a tierra firme para obtener combustible y venderlo a los taxistas.

Hay un solo cajero automático que no sirve desde hace meses; ni siquiera el hotel más caro de la isla acepta pagos con tarjeta y cuando se va la energía eléctrica, algo frecuente, se paraliza toda la actividad económica. Fuera del pequeño casco urbano, que se dedica a la burocracia y a proveer de servicios básicos a los turistas ocasionales y a quienes viven en la base naval, los amapalenses viven de una economía de subsistencia: pescan rudimentariamente para alimentar a su familia y vender; y siembran en sus pequeñas parcelas. Hay viviendas hechas con tablas de madera entrecruzadas, dejando enormes huecos por los que entra libremente la lluvia en invierno. Es una isla de pobres. Pero aquí, el gobierno hondureño y un grupo de extranjeros con ideas radicales piensan iniciar un experimento del que poco o nada saben los amapalenses.

***

Durante una reciente gira por Washington, el presidente hondureño Juan Orlando Hernández publicó en Twitter una foto en la que se encontraba reunido con algunos congresistas estadounidenses. Puede verse sentado, al fondo del salón, a un hombre calvo de mediana edad. Se llama Mark Klugmann. Es estadounidense y asesor del presidente Hernández. Ningún otro miembro de la delegación hondureña conoce tan bien algunas de las oficinas visitadas en la gira, que incluyó reuniones con el Secretario de Estado, Rex Tillerson, y el vicepresidente Mike Pence. Tres décadas después de trabajar en esas oficinas, Klugmann volvió como miembro de una delegación hondureña.

A mediados de los años ochentas fue miembro del equipo que redactaba los discursos del presidente Ronald Reagan. Experto en estrategias políticas, lleva décadas trabajando con la derecha centroamericana, prometiendo elevar los índices de popularidad de candidatos y presidentes a través de medidas efectistas y radicales.

En El Salvador fue asesor del presidente Armando Calderón Sol y durante la administración del presidente Francisco Flores se vio envuelto en un escándalo cuando el efemelenista Schafik Hándal denunció que CEPA lo había contratado por casi $30 mil dólares mensuales “para modernizar los puertos” del país. El presidente Flores explicó posteriormente que ese monto era para pagar al equipo de Klugmann, quien era, dijo el presidente, “un consultor especializado en proyectos de modernización”.

En algunas entrevistas, Klugmann se ha autodefinido como “periodista”. Pero a La Prensa Gráfica, en 2007, le aseguró ser “un consultor político de campaña”. Lo hizo en Honduras con Porfirio Lobo, durante dos campañas: la que perdió contra Manuel Zelaya en 2006 y la que ganó, después del golpe de Estado, en 2009. En El Salvador, a decir de algunos allegados al gobierno del presidente Francisco Flores, su trabajo como asesor era justamente en temas de campaña y de mejorar los índices de popularidad de presidente. Una de sus contribuciones fue el plan Mano Dura: un programa diseñado para aumentar la popularidad del presidente Francisco Flores, golpeado por las elecciones parlamentarias de medio periodo en las que Arena perdió la mayoría.

En Guatemala asesoró la campaña de Otto Pérez Molina, cuyo mensaje central era la promesa de una mano dura contra la delincuencia. Después el asesor recaló en Honduras, donde se quedó con el gobierno de Lobo, al que le montó la misma campaña. Hoy, que asesora a Juan Orlando Hernández, le ha convencido de que una de sus promesas centrales para la reelección sea endurecer las penas contra la delincuencia.

A la cabeza de un grupo de libertarios norteamericanos -entre los que se encuentra el hijo de Reagan-, y con el beneplácito de sus protectores presidentes hondureños, Klugmann tiene autoridad legal para concesionar y autorizar zonas enteras del territorio hondureño a corporaciones que tendrán su propia policía; en las que no aplicará la ley hondureña ni pagarán los impuestos previstos para el resto del territorio. El régimen, conocido como Zonas de Empleo y Desarrollo Económico, Zedes, fue presentado por el gobierno hondureño como un modelo para atraer inversión extranjera con condiciones de seguridad jurídica y pública por encima de los estándares nacionales. En otras palabras, a la medida de los inversionistas.

“Se trata de zonas francas con extraterritorialidad fiscal, con autonomía aduanera y jurisdiccional”, dice Octavio Sánchez, el principal promotor hondureño de las Zedes.

El Puerto de Amapala es la única Zede conocida hasta ahora, aunque aún no cuenta con concesionarios. Honduras prevé convertirse en el gran receptor regional de carga en el Pacífico, como parte de un megaproyecto logístico que incluye también un canal seco para transportar mercadería hasta el Atlántico. Y lo hará concesionando todo el territorio que requiera el inversionista.

Juan Orlando Hernández, un populista de derecha con políticas -y con un discurso- que recuerdan al expresidente salvadoreño Antonio Saca, ha dicho que Honduras se convertirá en una alternativa al canal de Panamá y que esa alternativa comienza en Amapala. “Aspiramos a captar no menos del 5 % de la necesidad de trasladar mercancía de un océano a otro”, dijo Hernández ante la Asamblea General de Naciones Unidas en 2014.

Esta Zede, diseñada por la agencia de cooperación coreana KOICA, incluye además un puerto seco en el municipio de Alianza, fronterizo con El Salvador, para centralizar la recepción y distribución de contenedores que lleguen a Amapala, más los que lleguen por vía terrestre desde El Salvador, Nicaragua y Guatemala. Unos 35 kilómetros al este de Alianza, en Nacaome, los coreanos sugieren el desarrollo de un centro logístico y de vivienda para producir y satisfacer las necesidades del puerto y de miles de empleados.

En la ONU, Hernández anunció que su gobierno está construyendo una autopista que permitirá el ágil traslado de contenedores desde Alianza hasta Puerto Cortés, en el Atlántico, en menos de seis horas. Las autoridades hondureñas aseguran que más de 80 % de la autopista ya está terminada. De los otros tres proyectos, en cambio -Amapala, Nacaome y Alianza-, aún no se ha colocado una sola piedra.

infografia honduras

***

Dos estadounidenses con muy distintas carreras se disputan la paternidad de las Zedes. Uno de ellos es Klugmann. Pero es comúnmente aceptado que el concepto tiene su origen en una oficina de la Universidad de Nueva York. El profesor Paul Romer lo creó en su escritorio le llamó Ciudades Charter. Eran centros urbanos que serían construidos en lugares despoblados, convertidos básicamente en una gran zona franca con administración y legislación internacional. Era la solución, dijo, para atraer inversión a países subdesarrollados.

Poco después de la toma de posesión del presidente Porfirio Lobo, Romer se encontró con Octavio Sánchez, un joven graduado de Harvard que había escalado meteóricamente en el poder hondureño y era uno de los principales asesores de Lobo. Honduras intentaba entonces normalizar su situación política y económica, duramente golpeada como consecuencia del golpe de Estado de 2009. “El golpe nos aisló internacionalmente y no venían inversiones”, dice Sánchez. “Andábamos buscando proyectos que pudieran atraer inversiones y en ese momento nos encontramos con Romer”.

En una Ted Talk, Romer explicó su proyecto. Partía de la noción de que algunos países no pueden desarrollarse debido a sistemas de reglas y condiciones políticas que les impiden crear un entorno positivo para la inversión. Con Hong Kong como modelo, Romer pensó que ciertas regiones de un país pueden atraer capitales si funcionan bajo reglas distintas que el resto del país subdesarrollado. En teoría, esto atraerá inversionistas para desarrollar toda la infraestructura (energía eléctrica, carreteras, puertos, escuelas etc…) en la región y consecuentemente se instalarán negocios y se construirán ciudades. Atraídas por las oportunidades, muchas familias se mudarán a la nueva región para vivir y trabajar allí. En teoría. “No se trata de un nuevo colonialismo, porque no hay ni coercitividad ni concesiones especiales”, dijo Romer en su charla. Lo que el ingenuo profesor no tomó en cuenta son las razones por las cuales los países subdesarrollados lo son. Y no es por falta de reglas, sino por cómo son utilizadas. Es decir, el tráfico de influencias y la corrupción endémica en esos países, practicada incluso por las corporaciones que aterrizan desde el llamado primer mundo. Esa ha sido la historia de Honduras y esa fue, a la larga, la razón por la que Romer abandonó su proyecto allí.

“No deberían dejar a los académicos sueltos en tierras salvajes”, dijo el profesor Romer, a manera de broma, en su presentación. Eso fue exactamente lo que sucedió. Romer se involucró directamente en el proyecto hondureño y salió escandalizado.

Con miras a una entrevista formal, intercambiamos algunos correos el año pasado. En uno de ellos Romer escribió: “Me he distanciado del proyecto (en Honduras) porque, la última vez que revisé, estaba yendo hacia una dirección que yo no apoyaba. Específicamente, temo que pueda ser utilizado de una manera que creo que es intolerable, como una vía para que un pequeño grupo de personas con acceso al poder en Honduras puedan distorsionar la voz democrática de manera indefinida”. Poco después de aquel intercambio, el profesor fue nombrado jefe de economistas en el Banco Mundial. Pocos días antes de que nos reuniéramos, uno de sus asistentes canceló la entrevista alegando que, debido a sus nuevas labores como funcionario internacional, “tengo la impresión de que (Romer) no querrá discutir ese proyecto pronto”.

¿Qué pasó? Justo lo que Romer dijo en su charla que no pasaría: Antes siquiera de que las Zedes iniciaran, se otorgaron concesiones especiales. Y lo hicieron otros norteamericanos, que se embarcaron pronto en el proyecto gracias a los oficios de Mark Klugmann.

Entre muchas otras cosas, Klugmann se atribuye también la paternidad de las Zedes y se queda corto de acusar a Romer de plagio. Ha dicho que, debido al “inmediato éxito” del proyecto, “un prominente profesor con conocimiento de los medios de comunicación” inventó una versión alternativa de la paternidad. (Aunque Octavio Sánchez dice haber ido personalmente a convencer a Romer de que trajera su idea de las ciudades modelo a Honduras). El Faro intentó hablar con Klugmann por varias vías, pero nunca respondió.

“El modelo de las Zedes nació de mi experiencia en el mundo real, ayudando a países a llevar a cabo reformas económicas”, escribió Klugmann en una revista financiera de las islas Caimán.

Pero ese proyecto, para ser convertido en ley en Honduras, ocasionó eventos traumáticos para la nación.

En 1895 Amapala fue designada capital de la República Mayor de Centroamérica, conformada por Honduras, Nicaragua y El Salvador. En 1898, cuando entró en vigor la constitución, la república cambio de nombre y se llamó Estados Unidos de Centroamérica. La fugaz unión terminó ese mismo año con el golpe de estado del presidente salvadoreño Tomás Regalado, quien declaró la separación del territorio salvadoreño. Al poco tiempo Honduras y Nicaragua hicieron lo mismo. Foto: Fred Ramos
En 1895 Amapala fue designada capital de la República Mayor de Centroamérica, conformada por Honduras, Nicaragua y El Salvador. En 1898, cuando entró en vigor la constitución, la república cambio de nombre y se llamó Estados Unidos de Centroamérica. La fugaz unión terminó ese mismo año con el golpe de estado del presidente salvadoreño Tomás Regalado, quien declaró la separación del territorio salvadoreño. Al poco tiempo Honduras y Nicaragua hicieron lo mismo. Foto: Fred Ramos

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A las siete de la noche del 12 de diciembre del año 2012, tres contingentes del Ejército hondureño rodearon el Congreso Nacional en Tegucigalpa. El entonces presidente de la Asamblea, Juan Orlando Hernández, llamó a sesión extraordinaria para discutir un asunto grave: la destitución de cuatro magistrados de la Sala de lo Constitucional. Las cámaras de televisión transmitieron en vivo la llegada de los militares y la de los diputados. Honduras estaba en vilo, apenas tres años después de un golpe de Estado.

El legislativo, en contubernio con el Ejecutivo, estaba por destituir a cuatro magistrados incómodos. El pretexto: una resolución que declaró inconstitucional las pruebas de polígrafo aplicadas a agentes policiales durante un proceso de depuración.

A la 1:30 de la madrugada Hernández abrió el debate: “Es una conspiración y estamos obligados a debatir este tema. Unos de nosotros trabajando, exponiéndonos… ¡Y otros conspirando contra los que estamos haciendo por recuperar la paz y la tranquilidad! Tenemos que seguir trabajando hasta encontrar a los responsables finales de esta conspiración”.

El resto de la sesión, que duró varias horas, fue un mero trámite. Más de tres horas de intercambios y acusaciones entre diputados. Gladys Aurora López , la actual vicepresidenta del Congreso y presidenta del Partido Nacional en el poder, dijo en aquella sesión que el momento de la destitución era oportuno porque el país no había podido aplicar “otras siete leyes que declararon inconstitucionales”, entre ellas las llamadas Ciudades Modelo.

Allí mismo fueron reemplazados los magistrados y poco tiempo después las Ciudades Modelo fueron rebautizadas como Zonas Especiales de Empleo y Desarrollo, las Zedes; y tras una modificación constitucional convertidas en ley por aquel mismo Congreso apenas un mes después, el 30 de enero de 2013.

Para entonces, y tras meses de campaña pública en su contra desde los otros dos poderes del Estado, los magistrados destituidos comenzaron a sufrir amenazas y ataques armados.

“Sí, había amenazas. Alguien de las Fuerzas Armadas llamó al magistrado (José Francisco) Ruiz Gaekel y le dijo que nos fuéramos del país, que venían por nosotros”, dice Rosalinda Cruz Sequeira, una de las destituidas. “Del Congreso nos advirtieron que nos fuéramos de nuestras casas. Yo me fui a la del magistrado (José Antonio) Gutiérrez Navas, porque su esposa es española”.

Los cuatro magistrados tenían una carrera notable. Desde su cargo en la Corte Suprema de Justicia vivieron (y tácitamente avalaron) el golpe de Estado de 2009 contra el presidente Manuel Zelaya; Gutiérrez Navas, además, fue el jefe del equipo de abogados que litigó en La Haya en el diferendo con El Salvador; y Rosalinda Cruz Sequeira es, además, hija de un expresidente hondureño que también fue presidente de la Corte Suprema (Ramón Cruz Uclés).

Las amenazas, dice Gutiérrez Navas, iniciaron el día en que iban a resolver sobre las Ciudades Modelo, el 22 de agosto de 2012. “El presidente Lobo y Juan Orlando Hernández llegaron a la Corte para presionar para que el fallo no fuera de inconstitucionalidad. Nos amenazó (Lobo), que nos atuviéramos a las consecuencias. El 12 de octubre, en una recepción, me encontré con el presidente Lobo. Me dijo: ‘usted se va a tener que ir del país, pero no tendrá problemas para eso porque su esposa es española’”. El entonces presidente del congreso, Juan Orlando Hernández, los acusó públicamente de estar coludidos con el crimen organizado. Gutiérrez Navas abandonó el país.

Cruz Sequeira ha denunciado el intento de secuestro a una de sus hijas, y que dos patrullas hicieron disparos contra su casa.

Los cuatro magistrados destituidos han documentado las amenazas y denunciado ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Ni siquiera los ex magistrados confían en el sistema judicial hondureño.

El quinto miembro de la Sala de lo Constitucional, el único que votó a favor de todas las enmiendas declaradas inconstitucionales y el único que permaneció en su cargo, es hoy el fiscal general de Honduras, bajo la presidencia de Juan Orlando Hernández.

Las enmiendas constitucionales resueltas por los nuevos magistrados han sido tan controversiales que hasta el sector privado hondureño tiene reparos. Armando Urtecho, el director Ejecutivo del Consejo Hondureño de la Empresa Privada, Cohep, abandona los protocolos cuando habla de ello: “Desde que modificaron la Constitución, que no se podía modificar, pues ya pueden hacer lo que quieran”, dice. “Perdone que le sea tan franco. Pero solo en Honduras han declarado inconstitucional a la misma Constitución”.

Juan Orlando Hernández, desde su silla en el Congreso, abanderó en 2009 el golpe de Estado contra el presidente Zelaya, oficialmente destituido porque pretendía hacer una consulta popular sobre la reelección, prohibida por la Constitución. Menos de una década después, Hernández es presidente de Honduras y se encuentra ahora en plena campaña para su propia reelección, avalada ya por la nueva Sala de lo Constitucional. La de los magistrados juramentados aquella noche de diciembre de 2012 en la que el ejército rodeó el Congreso.

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No importa para dónde se camine en Amapala, uno termina siempre encontrando ruinas de lo que alguna vez fue esplendor: Al fondo de la plaza, frente al mar, se encuentra el Casino de Amapala, inaugurado en 1933 con su gran salón en el que la alta sociedad hondureña, venida desde Tegucigalpa, San Pedro o Comayagua, celebraba elegantes bailes. Ahora ha desaparecido la mitad del techo y la entrada está remendada con láminas. De los balcones se ha desprendido el cemento y apenas sobreviven vigas oxidadas por la sal marina. El salón sirve hoy de tendedero a tres familias que ocupan ilegalmente el edificio desde hace varios lustros y que dedican el día a jugar cartas en el patio frontal y la noche a dormir en camastros colocados donde antes fueran los comedores y la cocina.

Salón principal del casino de Amapala, cuya construcción inició en 1933. Tres familias sin hogar llevan décadas ocupando sus salones. En octubre de 1933,  la Revista Tegucigalpa publicó un artículo en conmemoración del centenario de la creación del puerto. “El casino estaba quedando estupendo”, decía. Foto: Fred Ramos
Salón principal del casino de Amapala, cuya construcción inició en 1933. Tres familias sin hogar llevan décadas ocupando sus salones. En octubre de 1933, la Revista Tegucigalpa publicó un artículo en conmemoración del centenario de la creación del puerto. “El casino estaba quedando estupendo”, decía. Foto: Fred Ramos

A siete kilómetros del casino, en una pequeña bahía llamada Playa Negra, se encuentra un hotel de 50 habitaciones que permanece abierto por inercia. No hay un solo huésped desde el fin de semana pasado, cuando una pareja ocupó uno de los cuartos; y del fondo de la piscina vacía crece una alfombra de hierbas. Sus vecinos en la playa son pescadores que viven en cuatro viviendas de lámina rodeadas de basura.

Amapala fue capital de Honduras y también de la efímera República Federal de Centroamérica, a finales del Siglo XIX. Era, hasta entrados los años 70 del Siglo XX, el principal puerto hondureño en la costa del Pacífico. Aquí atracó el presidente electo estadounidense Herbert Hoover, durante su viaje de buena voluntad por Centroamérica, después de visitar Cutuco en El Salvador, en 1928. En el centro del casco urbano aún se conservan algunas casas de madera de la antigua colonia alemana dedicada al comercio, en una de las cuales se hospedó Albert Einstein. Los días de prosperidad terminaron hace mucho. Pero el presidente, Juan Orlando Hernández, les ha prometido que pronto volverán.

El alcalde de Amapala, Santos Alberto Cruz Guevara, visitó Busán el año pasado, junto con los alcaldes de Alianza y Nacaome, invitados por el gobierno coreano. “Pudimos ver cómo un país devastado por la guerra pudo levantarse en 50 años”, dice. Pero no tiene claro cuál será su rol si el puerto termina bajo el marco legal de una Zede. “No nos han dicho nada de eso. Supongo por lo que vimos allá que el puerto estará en el mar, flotante, pero no hay claridad”. El alcalde no sabe si le tocará lidiar con la basura generada por un puerto de esas dimensiones, ni con las heces producidas por los trabajadores. “Ni siquiera tengo claro si ese puerto ya no será de mi municipio ni hasta dónde llegará el territorio de mi jurisdicción”, dice.

El gobierno hondureño solo le ha dicho que este es un momento idóneo para aprovechar el golfo de Fonseca (y el fracaso del puerto de Cutuco, en El Salvador) y ampliar la capacidad de recepción de carga marítima en el Pacífico. “(El puerto de) La Unión no va a dar abasto”, dice Ebal Díaz Juárez, el jefe de gabinete del gobierno de Hernández. “Honduras no renuncia a la posibilidad de un megapuerto, y Nicaragua también necesita uno”.

Pero es muy difícil imaginarse una Busán en Amapala. Lo que todos los pobladores piden es apenas un puente que una a la isla con tierra firme para que el comercio fluya, para que lleguen los buses y las pipas con gasolina y los carros con turistas. Ese es su sueño.

Según el Instituto Nacional de Estadísticas, las principales actividades económicas de los amapalinos son la agricultura, silvicultura, caza y pesca que sustentan a un 53% de la población total del municipio. Foto: Fred Ramos
Según el Instituto Nacional de Estadísticas, las principales actividades económicas de los amapalinos son la agricultura, silvicultura, caza y pesca que sustentan a un 53% de la población total del municipio. Foto: Fred Ramos

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Mark Klugmann conoció a Octavio Sánchez en la Casa Presidencial de Lobo. Sánchez le atribuye una maniobra extraña que terminó sacando al profesor Romer del juego. De acuerdo con esta versión, Klugmann convenció al presidente Lobo de otorgarle una Zede a un empresario estadounidense llamado Michael Strongman, para fundar en Honduras un parque de alta tecnología. Strongman es, como Klugmann, un libertario.

Debido a las controversias generadas por la posible concesión de una Zede de manera arbitraria y sin procesos, Strongman ya no pudo invertir en Honduras. Klugmann, sin embargo, se quedó al frente de un grupo diseñado para arbitrar todo lo concerniente a las Zedes.

El llamado Comité para la Adopción de las Mejores Prácticas, o CAMP, fue creado por decreto ejecutivo en enero de 2014 y posteriormente convertido en ley por la Asamblea Legislativa. Entre sus funciones está la de producir un listado de nombres de jueces expertos en derecho británico, es decir, al menos en un principio, extranjeros, para que el Consejo de la Judicatura elija de entre esa lista quiénes aplicarán las leyes británicas en los tribunales instalados por las Zedes.

El CAMP está compuesto por 21 miembros, nombrados por el presidente Lobo y ratificados por el Congreso. El decreto que oficializa su nombramiento parece la lista de invitados a una reunión de libertarios en California o en las islas Caimán. De los 21 miembros solo hay cinco hondureños; entre ellos Octavio Sánchez; el jefe de gabinete Ebal Díaz y el expresidente Ricardo Maduro. Los demás son todos extranjeros, traídos por Klugmann. Y todos libertarios. Entre ellos está Michael Reagan, el hijo del expresidente estadounidense; y Grover Norquist, veterano del escándalo Irán Contra, colaborador cercano del republicano Newt Gringich y fundador de la organización Americans for Tax Reform, que se opone a todo tipo de impuestos.

Además están los libertarios Surse Pierpoint, exgerente de la Zona Libre de Colón, en Panamá; Lars Seier Christensen, un banquero danés; y Barbara Kolm, académica austriaca, cuyo nombramiento el gobierno hondureño tuvo que salir a defender después de que en Austria se le vinculara con el partido nacionalista.

Hay dos latinoamericanos no hondureños, libertarios también, y ambos profesores eventuales de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala: el peruano Enrique Ghersi; y el argentino nacionalizado estadounidense Alejandro Chafuen, columnista de Forbes y presidente de Atlas Networks, una organización en Estados Unidos que promueve alianzas entre tanques libertarios de pensamiento; es miembro de varias organizaciones de este tipo.

Los libertarios creen en la mínima, prácticamente nula intervención del Estado en la vida de los ciudadanos y en la eliminación total de los impuestos porque estos, dicen, atentan contra los derechos y la libertad de los ciudadanos. Algunos libertarios son miembros del ala más derechista del partido Republicano de Estados Unidos; otros influyentes empresarios y cabildeadores.

Hasta el final de la Guerra Fría eran considerados un grupo extremista y marginal, pero han ganado mucha influencia en los últimos años en el Partido Republicano a través del llamado Tea Party y, desde el triunfo de Obama en 2009, han multiplicado su capacidad de financiamiento y de influencia para resistir a la agenda progresista. Tienen mucha presencia en la administración Trump.

Entre sus principales financiadores y líderes están los hermanos Koch, propietarios de Koch Industries, uno de los mayores capitales globales y quienes han liderado en los últimos años los esfuerzos por imponer la agenda libertaria en la política estadounidense.

¿Pero qué hacen en Honduras tantos libertarios? Octavio Sánchez dice que todos aceptaron de buena voluntad formar parte del CAMP, atraídos por Klugmann, aunque algunos de ellos ni siquiera sabían qué implicaciones tendría su nombramiento. “Esos son los que fueron ratificados por el Congreso, sí, pero en ese listado hay ya uno fallecido y otros que nunca han asistido a ninguna convocatoria, por lo que una nueva lista deberá ser aprobada pronto”.

A juzgar por las recientes fotografías de Washington, el perfil de los miembros del CAMP no cambiará mucho, porque Klugmann sigue siendo un hombre muy cercano al poder. Fue Klugmann quien los invitó a participar en este proyecto, en el que se combinan todos los elementos por los que abogan los libertarios: mínimos o nulos impuestos y una mínima intervención del Estado, apenas en la figura del CAMP, que son justamente ellos.

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El artículo 22 de la ley de creación de las Zedes es el más controversial. Advierte que ellas “deben establecer sus propios órganos de seguridad interna con competencia exclusiva en la zona, incluyendo su propia policía, órganos de investigación del delito, inteligencia, persecución penal y sistema penitenciario; así como la vinculación con la estrategia de seguridad del país”.

Esto significa que los concesionarios, aquellos que tengan suficiente poder económico para invertir en un proyecto de esta envergadura, tendrán no solo un régimen libre de impuestos, sino también un sistema político, jurídico y de seguridad pública a su medida. De manera, aclara la ley, “exclusiva”.

El artículo es de especial preocupación en un país cuyos más grandes capitales sostienen graves conflictos con campesinos por la tenencia de la tierra, como en la zona del Bajo Aguán .

“No le des muchas vueltas. Las Zedes son una repetición grotesca del enclave bananero”, dice Víctor Meza, ex ministro del depuesto gobierno de Zelaya y director ejecutivo del Centro Hondureño de Documentación. “Como el enclave bananero, pero con más facultades”.

Entre las facultades de los concesionarios de las Zedes están las de comprar tierras de privados para ser explotadas en el proyecto y, en caso de que estos se nieguen a vender, pueden expropiar. Es decir, si un concesionario es autorizado para desarrollar un proyecto agroindustrial en una zona poblada, o cuyas tierras están en disputa, el régimen especial de las Zedes permite que el concesionario obtenga las tierras. Comprando o expropiando.

Los conflictos podrían estar más cerca de lo previsto: Frente a la isla del Tigre se encuentra Zacate Grande, probablemente la parte del municipio de Amapala donde más resistencia hay contra el puerto. Decenas de pescadores de la comunidad de La Flor mantienen allí un litigio legal contra la familia Facussé, una de las más poderosas de Honduras, que reclama la propiedad de las tierras. Bertín Osorio, uno de los pescadores, nació en esta playa. También, dice, su papá y su abuelo. Pero, de la nada, una noche de 2005 la policía llegó a su casa y a las de sus vecinos y detuvo a 12 personas. Los acusó de usurpar las tierras de la familia Facussé. Recobraron su libertad con medidas sustitutivas. “Imagínese si esto es ahorita qué pasará cuando vengan todos esos inversionistas a quererse quedar también con nuestras tierras”, dice.

Uno de los líderes de la comunidad es Pedro Canales, un hombre mayor al que este conflicto le tiene visiblemente mermado de salud. “Hace 25 años los ricos nos despojaron de las playas de Zacate Grande bajo promesas de desarrollo. Hoy estamos en resistencia porque no nos quieren dejar vivir en ningún lado. ¿Ha visto la maqueta del puerto de Amapala? Uno se pregunta: ¿Adónde va a vivir uno? ¿Desarrollo para quién va a ser ese?”.

Osorio y Canales y los demás pescadores viven, por tierra, lejos de todo. Pero con sus lanchas navegan por las aguas de tres distintos países. Frente a su casa hay más de 20 metros de playa cuando la marea es baja. Pero cuando sube llega hasta su pequeño muro. Hoy hay una bandada de garzas pescando moluscos en la playa húmeda. Enfrente, hay un pequeño islote unido a tierra firme por un puente de concreto, que mandó a hacer la familia Facussé cuando reclamó estas tierras. Ese islote, antes campo lúdico para las familias de los pescadores, hoy es zona prohibida.

“Los pobladores tienen miedo de que les expropien sus tierras y tampoco sabemos cómo va a quedar el tributo al municipio”, dice el alcalde de Amapala, Santos Cruz.

A esto es a lo que le temen también los magistrados destituidos, que creen que su expulsión solo puede ser explicada por la obsesión de los grupos de poder en aprobar las Zedes para beneficiarse.

El gobierno dice estar consciente de los históricos problemas que siembran sospechas sobre el proyecto. “Los ricos se han hecho ricos a costa de los contratos del Estado”, admite Ebal Díaz, el jefe de gabinete del presidente Hernández; “Honduras sufre de la concentración de la riqueza en pocas manos y necesitamos una ley para limitarla”. Pero esa ley ni siquiera ha sido propuesta por nadie. En cambio la de las Zedes es ya parte de la legislación hondureña.

La idea de las Zedes, repite Octavio Sánchez, surge de la necesidad de atraer inversión extranjera. “Esa es la idea”.

Ebal Díaz, el secretario presidencial, asegura que ya hay varias iniciativas para obtener una ZEDE. Se niega a decir cuáles son. Le pido que al menos me diga de qué países provienen esos capitales dispuestos a invertir en Honduras bajo este nuevo régimen. “Los tres más fuertes son grupos hondureños, dueños de las tierras”.

Ver la versión original de este reportaje publicada por El Faro

 

El martirio de Romero

Colgadas en la pared de mi escritorio hay copias de dos de las varias amenazas de muerte que recibió monseñor Óscar Romero durante sus tres años de arzobispado. Una, firmada por la “Unión Guerrera Blanca” y dirigida a “Mentado Arzobispo Romero”, lo condena a muerte “igual que hemos matado a tanto cura comunista”. La otra, firmada por La Falange, es de mayo de 1979 y tiene una enorme suástica, “símbolo del enemigo acérrimo del comunismo” y un texto en el que le advierten al arzobispo de San Salvador que “está a la cabeza de un grupo de clérigos que en cualquier momento recibirán unos 30 proyectiles en la cara y en el pecho”.

Desde Rutilio Grande, en 1977, hasta los sacerdotes jesuitas en 1989, más de veinte religiosos católicos fueron asesinados en El Salvador por cuerpos de seguridad o fuerzas paramilitares (escuadrones de la muerte); otros fueron expulsados del país; otros más detenidos y torturados. Aquella parte de la iglesia católica salvadoreña dispuesta a asumir las conclusiones del Concilio Vaticano II y de las conferencias de Medellín y Puebla se convirtió en la enemiga de todos aquellos que querían mantener un sistema de privilegios para unos pocos y sufrimiento e injusticia para la mayoría.

Debido a que los asesinos de Romero eran gente de extrema derecha, y sobre todo a que uno de ellos, el mayor Roberto D’Aubuisson, se convirtió después en político, fundador y líder histórico de Arena y en presidente de la Asamblea Legislativa, el crimen quedó en la impunidad y la figura de Romero fue minimizada durante las dos décadas en las que ese partido gobernó El Salvador. En el resto del mundo, en cambio, la figura de Romero solo ha ido creciendo.

Copias de dos amenazas de muerte que recibió monseñor Romero durante sus tres años de arzobispado. Una, firmada por la “Unión Guerrera Blanca” y la otra, por La Falange.
Copias de dos amenazas de muerte que recibió monseñor Romero durante sus tres años de arzobispado. Una, firmada por la “Unión Guerrera Blanca” y la otra, por La Falange.

Ahora, la barbarie del crimen es tan evidente que hasta el presidente de Arena ha reconocido la figura de monseñor Romero como líder espiritual del país y su candidato a alcalde ha incluido entre sus promesas de campaña erigir una plaza en homenaje al arzobispo. Aún parecen lejos de asumir también la responsabilidad de su líder histórico en el crimen (y en muchos otros), pero el reconocimiento de la figura de Romero es un gran síntoma, que va de la mano con el reconocimiento oficial de su martirio hecho por el Papa Francisco.

Sé que es, o debería de ser, un día de celebración para todos los miembros de la comunidad católica salvadoreña. No voy a hablar hoy de aquellos católicos que no celebran. Pero hablar de su beatificación o su canonización, desde una perspectiva puramente católica, me parece hoy muy poco. El martirio de Romero debe ser una fiesta ecuménica, en la que participen católicos, evangélicos, judíos, musulmanes, agnósticos y ateos (conozco a un par de personas que no creen en Dios pero sí creen en monseñor Romero y le rezan. Por más incongruente que parezca no es anormal. En México hay más devotos de la virgen de Guadalupe que católicos.)

Y es una fiesta de todos porque, más allá del aspecto religioso, el reconocimiento del martirio de Romero es una reparación histórica: el establecimiento inequívoco de que, en su defensa de los pobres y los indefensos, y en su denuncia de las graves violaciones a los derechos humanos, monseñor Romero actuó inspirado en la doctrina social de la Iglesia y no en el marxismo, como pretendieron establecer sus enemigos para justificar el odio que los llevó a asesinarlo o a justificar el crimen. Romero se mantuvo apegado a los principios más elementales del cristianismo y del humanismo. Mediante su defensa de los más desprotegidos, mediante su sacrificio por los más pobres, actuó a semejanza del fundador de su iglesia.

Eso lo convirtió en una amenaza para todos aquellos que pretendían mantener sus privilegios a costa de la eliminación sistemática de cualquiera que los pusiera en riesgo. “Si me matan -dijo- resucitaré en el pueblo salvadoreño”.

Entre sus enemigos estaban no solo la ultraderechista y los jefes militares de aquellos años. Hay también otro grupo, mucho más oscuro y del que poco se habla: uno compuesto por varios obispos y sacerdotes que, en una alta traición a los principios cristianos y humanos más elementales, bendijeron literalmente la represión, conspiraron contra Romero y llevaron la conspiración hasta Roma, y callaron ante el asesinato de sus propios hermanos. Abandonaron a su arzobispo.

La historia suele ser lenta para colocarlo todo en su lugar. Pero siempre termina haciéndolo. Hoy monseñor Romero es objeto de reconocimiento universal mientras los entonces todopoderosos coroneles Guillermo García, Eugenio Vides Casanova y Nicolás Carranza -quienes protegieron a D’Aubuisson y lo liberaron cuando fue capturado en la finca San Luis con el plan del operativo para asesinar a monseñor- han enfrentado juicios en Estados Unidos y fueron encontrados culpables de delitos de lesa humanidad. Veinte oficiales, entre ellos casi toda la cúpula de la generación militar conocida como La Tandona, esperan juicio hoy en Madrid por el asesinato de otros sacerdotes, los seis jesuitas masacrados por el Batallón Atlacatl en 1989; y debido a una orden de captura internacional no pueden abandonar El Salvador, el único país en el que están (vaya paradoja) seguros.

En el 2010, el expresidente de Estados Unidos Jimmy Carter revisó el diario de sus años en la Casa Blanca e hizo una anotación, treinta años después, que considero pertinente citar completa: “Cuando llegué a la presidencia, la mayor parte de los regímenes en América del Sur y Centroamérica eran dictaduras militares. Históricamente, los presidentes estadounidenses, tanto Demócratas como Republicanos, apoyaron a los dictadores y se opusieron enérgicamente -a veces con la ayuda de tropas estadounidenses- a cualquier levantamiento popular indígena o de minorías que amenazara el statu quo. Las razones para esto eran obvias. Muchos de estos líderes habían sido entrenados en West Point o Annapolis, hablaban inglés, familiarizados con nuestro sistema de libre empresa y dispuestos a formar sociedades lucrativas con corporaciones estadounidenses que tenían interés en los recursos naturales de esos países. Estos incluían bananas, piñas, bauxita, hierro, estaño, maderas exóticas. Era políticamente conveniente tildar, a los indígenas o a otros grupos, de comunistas o simplemente revolucionarios. Los sacerdotes católicos que apoyaban a los ciudadanos pobres y subyugados eran condenados por El Vaticano como practicantes de la teología de la liberación…”

La historia tarda, pero alcanza.

Hoy contamos con suficientes pruebas testimoniales y documentales contra D’Aubuisson, incluyendo las confesiones de su jefe de seguridad, de su chofer y un testigo accidental.

Pero no fue D’Aubuisson el único responsable del crimen. Escondidos a su sombra permanecieron siempre los otros dos organizadores del asesinato: el Capitán Eduardo Ávila Ávila, quien se suicidó años después atormentado por sus incontables crímenes; y Mario Molina, un piloto civil que sigue vivo, hijo del expresidente Arturo Armando Molina.

Escondidos también están quienes financiaron esta y otras operaciones de los llamados escuadrones de la muerte: empresarios millonarios, poderosos, impunes. Que se aprovecharon de su dinero, su poder y su impunidad para disponer de la vida de muchos otros seres humanos. Ninguno ha pagado por sus crímenes.

Pero siempre llega el juicio de la historia. Por eso es tan importante la declaración del Papa Francisco.

En mayo de 1977, Romero encabezó la misa de exequias para el sacerdote Alfonso Navarro, asesinado pocos días antes por un escuadrón de la muerte autodenominado Unión Guerrera Blanca (autor de una de las amenazas contra monseñor que cuelgan en mi pared). Se cumplían además dos meses del asesinato de su amigo personal, el sacerdote Rutilio Grande. Allí Romero dijo: “Si a la Iglesia no se le puede creer, si a los sacerdotes se les está confundiendo con guerrilleros; si a nuestra misión evangélica se le está confundiendo con marxismo y comunismo, eso no es justo, hermanos. Pero si la calumnia llega a cundir, decimos entonces a las otras fuerzas morales que quedan en el mundo: ¿y ustedes qué hacen?”. Su propia Iglesia tardó treinta y cinco años en responderle. Lo ha hecho hoy Francisco.

Así matamos a monseñor Romero

El mayor D´Aubuisson fue parte de la conspiración para asesinar a monseñor Romero, aunque el tirador lo puso un hijo del ex presidente Molina, dice el capitán Álvaro Saravia. 30 años después, él y otros de los involucrados reconstruyen aquellos días de tráfico de armas, de cocaína y de secuestros. Caído en desgracia, Saravia ha sido repartidor de pizzas, vendedor de carros usados y lavador de narcodinero. Ahora arde en el infierno que ayudó a prender aquellos días cuando matar “comunistas” era un deporte.

Comienza a leer despacio, en voz alta: “Algunos años después de asesinar a monseñor Romero, el capitán Álvaro Rafael Saravia se quitó el rango militar, abandonó a su familia y se
 mudó a California”. En la mano sostiene varias páginas con la impresión de una nota periodística publicada hace cinco años. Se reacomoda los lentes -dos grandes vidrios sostenidos por un alambre-. Tiene las uñas rotas y sucias, y los ojos muy abiertos y agitados. Alertas. Vuelve a leer el primer párrafo. “Algunos años después de asesinar a monseñor Romero, el capitán Álvaro Rafael Saravia…” Hace una pausa y repite ese nombre, que no ha dicho en mucho tiempo: “El capitán Álvaro Rafael Saravia”.

Levanta la cabeza y me mira fijamente.
-Usted escribió esto, ¿verdad?

-Sí.
-Pues está mal.

-¿Por qué?
-Aquí dice “Algunos años después de asesinar a monseñor Romero”. Y yo no lo maté.

-¿Y quién lo mató?
-Un fulano.

-¿Un extranjero?
-No. Un indio, de los de nosotros. Por ahí anda ese.

-Usted no disparó, pero participó.
-30 años y me voy a morir perseguido por eso. Sí, claro que participé. Por eso estamos hablando.

Tiene las manos gastadas por la miseria y el trabajo del campo. Unas manos que nada tienen que ver con las de aquel piloto de la Fuerza Aérea convertido en lugarteniente del líder anticomunista salvadoreño Roberto d´Aubuisson, y después en repartidor de pizzas, lavador de dinero para la mafia colombiana y finalmente en vendedor de autos usados en California. Ahora ya no es nada de eso. Perdió un juicio al que no asistió, en el que fue encontrado culpable del asesinato de monseñor Romero.

-Cuénteme cómo fue.
-Se lo voy a contar todo, pero despacio. Esto es largo.

***

En 1979, Saravia, un indisciplinado capitán de aviación, querido por todos sus compañeros pero demasiado inclinado por el alcohol y las reyertas, terminó convencido por el mayor Roberto d´Aubuisson de trabajar con él en la formación de un frente anticomunista. Lo convenció en las visitas que D´Aubuisson, un mayor del ejército experto en inteligencia contrainsurgente, hacía a los cuarteles de la Guardia Nacional para reclutar a los oficiales para su lucha.

El mayor D´Aubuisson fundó un par de años más tarde el partido Arena y se convirtió en el máximo líder de la derecha política salvadoreña. Fue también el presidente de la Asamblea Constituyente de 1985 y prominente miembro de la Liga Anticomunista Mundial.

El capitán Saravia aún recuerda cómo, sentados en la arena de una playa salvadoreña y con una botella de ron entre ambos, D´Aubuisson lo terminó incorporando a su movimiento. Se perdió 15 días con él, se fueron a Guatemala, y le pusieron sueldo, un carro y lo demás que necesitara para cumplir el encargo del mayor: “Me vas a llevar unas cosas a mí, particulares”.

D´Aubuisson murió en 1992 de cáncer en la lengua, tras haber llevado a su partido a la presidencia de El Salvador y poco después de la firma de los Acuerdos de Paz que pusieron fin a la guerra civil. Para entonces, el capitán Saravia ya vivía en Estados Unidos, se había librado de un juicio en El Salvador por el asesinato de monseñor Romero y de otro en Estados Unidos por lavado de dinero. Se mudó a Modesto, una pequeña ciudad en el centro de California, y ahí vendió carros usados hasta 2004.

En octubre de ese año comenzó a huir de sí mismo, cuando el Centro para la Justicia y la Rendición de Cuentas (CJA), una organización no gubernamental con sede en San Francisco, California, le metió un juicio civil que lo encontró culpable del asesinato de monseñor Romero y lo condenó a pagar 10 millones de dólares a los familiares. Saravia desapareció poco antes del juicio y ahora vive oculto. Ha vuelto a un país en el que se habla español.

De él me dijo alguna vez un viejo arenero con fama de duro: “Saravia estaba loco. Te veía con un dolor de muelas y te preguntaba qué te pasó. Le decías que un dentista te jodió y al siguiente día el dentista estaba muerto”.

El capitán Álvaro Rafael Saravia fue un activo miembro de un grupo señalado como responsable de asesinatos y torturas, un escuadrón de la muerte. “Un sicópata”, lo llama Ricardo Valdivieso, uno de los fundadores de Arena.

El Archivo Nacional de Seguridad de Estados Unidos consigna información de la embajada de ese país en San Salvador, notificando a Washington el secuestro y asesinato de Carlos Humberto Guerra Campos en 1985. Su familia pago el rescate, pero él nunca apareció. Según la embajada estadounidense, los secuestradores fueron el Capitán Álvaro Saravia y “Tito” Regalado, el hombre que posteriormente sería jefe de seguridad de la Asamblea cuando D’aubuisson asumió la presidencia del Órgano Legislativo.

Saravia vivió rodeado de secuestradores y asesinos, pero niega su participación en este u otro asesinato. “Yo no dirigí nunca una operación para ir a matar a nadie. Se lo digo francamente”. Se le olvida que estamos sentados aquí precisamente porque participó en el asesinato más trascendente de la historia de El Salvador.

No niega la participación de su jefe, el mayor Roberto d’Aubuisson, en operativos clandestinos para matar a seres humanos, pero alega que esto lo hacía mediante contactos en otros cuerpos de seguridad.

En su agenda, que le fue capturada en la finca San Luis pocos días después del asesinato de monseñor Romero, están consignadas varias listas de armas y el teléfono de un hombre llamado Andy. Andy del Caribe. Un traficante de armas estadounidense que traía desde su país, por tierra, camionetas llenas de armamento que disfrazaba bajo revistas Playboy que regalaba gustosamente a los agentes de aduanas en todas las fronteras. Esas armas, dice Saravia, eran para su uso personal y para armar a los miembros del Frente Amplio Nacional, el FAN, que lideraba D’Aubuisson antes de fundar ARENA.

De su rompimiento con el mayor al que servía hay dos versiones. Una es la suya, según la cual se cansó de esa vida agitada y no sentía ya la confianza de D’Aubuisson, por lo que partió a Estados Unidos. Otra es de Ricardo Valdivieso, fundador de Arena y ahora director del Instituto Roberto d’Aubuisson: un día, durante las largas temporadas que pasaban en Guatemala conspirando, les llamaron de una cantina en Izabal para decirles que el capitán Álvaro Rafael Saravia estaba peleándose con varios hombres. Cuando lo fueron a traer, Saravia golpeó también a D’Aubuisson, y ahí acabó la relación.

Del asesinato de monseñor Romero, Saravia alega que él no participó en la planificación, y pretende probarlo asegurando que el día del crimen él no llevaba más armas que las dos que portaba siempre. “Si usted mata es porque va a tener… anda con un machete aunque sea en la mano, un cuchillo, una gillette, un tenedor, cualquier cosa, lo que le vaya a meter, un lapicero, pero usted no me viene a mí a decir fijate que necesito un carro… “.

No hay órdenes de captura en contra del capitán Saravia, salvo en Estados Unidos, donde lo buscan para deportación. Pero no importa porque no está ahí. Hace algunos años habló con el periódico estadounidense The Miami Herald para adelantar que había pedido perdón a la Iglesia y que contaría todo en un libro. No dijo que donde vive ni siquiera hay papel y que el vecino más cercano que sabe leer y escribir vive a 20 minutos de su casa. A falta de libro, quiere contar todo en una entrevista.

Nos citamos la primera vez en un pequeño hotel, de un pequeño pueblo, al que llegó después de cinco horas en las que combinó la caminata a campo traviesa, el aventón en pick ups y dos buses. Yo lo recordaba como aquel hombre gordo, con relieves en la papada, el bigote y el cabello rubio que aparece en el cartel de “Se Busca” que publicó el Departamento de Migración y Aduanas de Estados Unidos en 2004, “por sospechas de violaciones de derechos humanos”. Esa foto, en la que el cuello y el torso se confunden adentro de una camisa hawaiana, adornó mi refrigerador durante más de un año, mientras lo buscaba en California. Así esperaba encontrar a uno de los asesinos de monseñor Romero. Gordo, bronceado y con una camisa hawaiana. Me topo en cambio con un anciano demacrado, flaco, con la piel marchita y lacerada; el rostro oculto detrás de una barba canosa y silvestre, y con un profundo olor a rancio. Qué pequeño se ve.

-¿Y por qué quiere hablar ahora?
-Por mis hijos. Es que hasta ellos me ven como Hitler.

Por primera vez desde que empezamos a conversar, Saravia agacha la cabeza. Aprieta la boca. Está solo en esta mesa en la que también estoy yo. Y soy yo quien rompe el silencio.

-¿Hace cuánto no habla con ellos?
-¡Uffff! ¡Ufff! ¡10 años! Me recuerdo de ellos todos los días. Aunque hasta miedo tengo de hablarles yo.

Durante las siguientes jornadas el capitán Saravia confesará también otros motivos para hablar: de todos los involucrados, es el único juzgado y el único que vive escondido. Amado Garay, el chofer, también vive oculto, pero en condición de testigo protegido de Estados Unidos. Pero es preciso subrayar algo: la primera condición para vivir escondido es estar vivo. Otras cinco personas involucradas en este crimen, o en su ocultamiento, no pudieron esconderse. Una murió decapitada, otra se suicidó, otra desapareció, a otra la mataron en un retén en la carretera. Otra terminó en pedacitos. En Guatemala. Eso dicen. Pero de esta última no hay nombre ni certificado de defunción.

Es cierto, Saravia es el único que vive escondido. Ha intentado, en reiteradas ocasiones, comunicarse con algunos de sus antiguos compañeros de lucha, pero nadie le ha respondido. “30 años han pasado y sigue la misma mierda. Ya no tengo nada que ocultar. ¿Para qué? Ya más hecho mierda de lo que estoy, cómo voy a estar. ¡Nada! A mí se me hace que hay una conspiración de que no quieren saber quién putas mató a Romero”.

Él mismo ha sido parte de esa conspiración, pero ahora está solo. Su único amigo es un hombre que tiene un viejo pick up y una pequeña propiedad rural. Ahí hay una cabañita de madera, parecida a la del Unabomber, compuesta por cuatro paredes con una ventana que protegen un piso de tierra y nada más. Ahí vivió Saravia más de un año, hasta que se metieron los ladrones y le robaron un cincho y una camiseta y un machete, que era lo único que tenía.

La segunda vez que nos vemos, en el mismo hotel, baja de su cuarto 15 minutos después de la hora convenida. Viene pálido.

-¿Qué le pasa, capitán?
-Acabo de verme en el espejo. Tenía cinco meses de no verme en un espejo.

***

Ahora comienza a hablar. Me deja sacar una grabadora y dice: “Dele, Carlitos, que esto se va a poner bueno”. Quiere mencionar nombres. Solo hace una solicitud: “Que los capturen. ¡Que les peguen una apretada de huevos como hacían antes, a ver si no cantan!”

El juicio en su contra se basó principalmente en dos elementos: uno, el testimonio de Amado Garay, el chofer que condujo al asesino hasta la iglesia en la que monseñor Romero daba misa el 24 de marzo de 1980; y dos, la agenda que el ejército le capturó en marzo de ese mismo año, en la que se consignaba un operativo llamado Operación Piña cuyas características coinciden con las del asesinato. “No he visto esa agenda desde que me la quitaron”, admite Saravia. “Yo no podía andar en la cabeza todas mis cosas, así que las anotaba en una agendita, era natural que las anotara. Ahí estaba la Operación Piña, que la habíamos llevado desde hace tiempo, que recogíamos unas granadas en la frontera con Guatemala”.

Le enseño una fotocopia de su agenda y el capitán recibe un golpe del pasado. La observa detenidamente. La Operación Piña incluye un tirador. Extraño porque no se necesita un tirador para ir a recoger granadas a la frontera. “Sí, eso es cierto”, admite. Sigue observando esa paginita, con el título Operación Piña y, de pronto, el capitán Álvaro Rafael Saravia tiene una epifanía. “Esa no es mi letra. Esa es la letra de Roberto”.

La letra, efectivamente, es distinta a la que aparece en las demás páginas de la agenda. ¿Por qué habría consignado Roberto d’Aubuisson la Operación Piña en la agenda de su lugarteniente? Saravia no lo sabe, pero hay alguien que sí.

En 1980 el coronel Adolfo Arnoldo Majano era miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno y uno de los últimos militares que aún creían en una salida negociada al conflicto. Fue él quien ordenó la captura de D´Aubuisson y sus seguidores en la finca San Luis, de Santa Tecla, y quien primero tuvo acceso a la agenda Saravia y a su contenido.

“La Operación Piña coincide con los datos de lo que pasó”, dice Majano, “pero no estaba en la agenda de Saravia. Eso es un papel capturado a D´Aubuisson. El oficial del Estado Mayor que me ayudó a sacar las fotocopias lo juntó con las páginas de la agenda para que no se perdiera”.

La Operación Piña aparece escrita en un papel en blanco, sin impresiones de la agenda, y con un sello al borde de la página que corresponde a Mariscos Tazumal, una empresa pesquera fundada por D´Aubuisson y Fernando “El Negro” Sagrera.

Fue D´Aubuisson, y no Saravia, el autor de esa lista que, de acuerdo con la Comisión de la Verdad y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, corresponde al homicidio de monseñor Romero. Esta es la lista:

Operación Piña:
1. Starlight
1. 257 Robert*s
4. Automáticos
Granadas
______________
1. Motorista
1. Tirador
4. Seguridad

El Starlight es una mira telescópica para rifles de precisión, necesarios para una operación de este tipo. De la calle al altar de la Iglesia de la Divina Providencia hay unos 35 metros, y el tirador necesitaba una mira telescópica.

El 257 Roberts es un rifle calibre 25 fabricado por la casa Remington, muy utilizado para tiro de precisión con mira telescópica. Es dudoso que haya sido el rifle con el que fue asesinado monseñor Romero. La autopsia revela que recibió un proyectil calibre 22 en el corazón. Pero el tirador no salió del equipo de D´Aubuisson, sino del otro conspirador: Mario Molina, hijo del ex presidente Arturo Armando Molina. Mario Molina aportó el asesino, el arma y el equipo de seguridad.

Los cuatro automáticos y granadas estaban en la lista como parte del armamento de los cuatro elementos de seguridad que acompañarían el operativo.

El motorista salió del equipo de D´Aubuisson, bajo la supervisión de Saravia. Amado Garay, un ex soldado oriundo de Quezaltepeque, condujo al asesino frente a la puerta de la iglesia y después lo llevó a un lugar seguro. Garay -hasta hoy el único de los participantes en la operación que había dado su testimonio- vive en Estados Unidos bajo el programa de protección de testigos.

El tirador es salvadoreño, ex guardia nacional y era miembro del equipo de seguridad de Mario Molina. El 24 de marzo, de un disparo certero, acabó con la vida del arzobispo de San Salvador.

Saravia solicita que los capturen. Hace una segunda solicitud al día siguiente. Me pide que lo lleve a la ciudad más cercana que tenga un Burger King. Cuando vivía en Modesto, California, cerraba la venta de autos y camino de su casa pasaba todos los días comprando una Whopper doble. Esta vez, aquí, me pide un favor especial:

-¿Me podría comprar dos?

-Tiene usted hambre, capitán.
-La otra es para mañana. Me la quiero llevar a la montaña.

-Pero de aquí a mañana se le va a podrir.
-Si yo todo lo que como está podrido, no se preocupe.

***

Para encontrar a Saravia hay que bajar al infierno. Hace varios kilómetros que se terminó el mundo y en este paraje solo habitan gentes con deseos de despedazarse a machetazos y emborracharse para engrosar el número de viudas o al menos mitigar el dolor de las gusaneras. La hombría, aquí, se mide por muertos. Allá va Danilo, que ya mató a tres; Tomás acaba de regresar, andaba huyendo porque mató a su hermano.

El paisaje parece copiado de un cuadro naturalista del siglo XIX. Bosques de pino apenas interrumpidos por pequeños páramos en los que se alzan aldeas, verdes y hermosas si no fuera porque han sido levantadas por la miseria y el garrote. Los niños deambulan desnudos y las mujeres a los 30 años parecen ancianas, sin dientes, con las manos curtidas y los pechos caídos de tanto amamantar criaturas.

Una niña de cinco años se acurruca para defecar en el monte. El microcosmos que se apoderó hace tiempo de su sistema digestivo desecha los alimentos en forma de una diarrea verde, apestosa. No ha terminado cuando ya algunas moscas comienzan a invadir la escena. Al acecho, un perro espera a que la niña termine para alimentarse de esa plasta verde. Esta es la cadena alimenticia de la miseria. Aquí no se desperdicia nada.

Solo las moscas tienen la nutrición adecuada. Enormes y ruidosas, se aparean para después desovar en la espalda de las vacas, de los perros, de los niños. A los pocos días, la picadita se va abultando y adquiere vida propia. Es un tórsalo que comienza a moverse solo en la espalda de la vaca, del perro, del niño. Y pica, pica, pica con desesperación hasta que duele de tanto rasparse la espalda. Son gusanos que solo salen a pedazos, exprimiéndolos como una espinilla gigante, morada.

En esta tierra de morenos curtidos por el sol y disminuidos por el hambre y el trabajo del campo, vive El Gringo, un hombre blanco curtido por el sol y disminuido por el hambre y el trabajo del campo. Cuando llegó aquí, hace tres años, pesaba 282 libras. Ahora pesa 165, come de lo que le regala una vecina y aprovecha las pocas monedas que gana cuando le sale trabajo para comprar alcohol trasegado que le permita recordar su nombre y olvidar de dónde viene y por qué está aquí. La única persona que le ha tendido la mano en este macondo recuerda cuando apareció por aquí: “Cuando vino ni siquiera sabía usar el machete”, dice, burlándose.

El Gringo vive en una pequeña casa de bahareque, con ventanas de madera sin vidrio y con apenas tres prendas de vestir colgadas de una pita que atraviesa el cuarto. Una colchoneta roída y sucia le sirve de cama. Vive aquí de prestado. La dueña de la vivienda barre, mientras le cuenta que alguien le quiere quemar la casa. “Le estuvieron tirando piedras pero ninguna cayó en la ventana, yo pensé que se la iban a destruir”, dice. Los atacantes son algunos de los 10 hijos que ella trajo al mundo y que amamantó y crio hasta cuando tuvieron edad suficiente para asesinar a su propio padre. “De los 10, cinco me salieron buenos”, cuenta. Una noche, hace tres meses, dos de los otros cinco se sentaron a beber en familia con su padre. La conversa terminó en reyerta, hubo gritos y amenazas. “Lo salieron a perseguir y le pegaron con un palo. ¡Ay no!, les dije, ya me lo mataron. Pero no me hicieron caso. Ahí quedó el viejo. Muerto”. Ella misma los fue a denunciar a la policía, que los capturó días después pero que los dejó libres hace dos semanas. Han jurado volver para matar a su mamá.

“Tenga cuidado”, le dice la anciana al Gringo. “Una de mis hijas le va a quemar la casa para quitármela”. Esta mujer no sabe que El Gringo es salvadoreño. Ni que se llama Álvaro Rafael Saravia. Tampoco sabe que es piloto de aviones. Ella nunca ha visto un avión. Tampoco sabe que El Gringo participó en el asesinato de un arzobispo. Pegada a su falda camina su nieta, huérfana de padre, que tiene una hermosa sonrisa y una infección en un ojo.

30 años después de asesinar a monseñor Romero, el capitán Álvaro Rafael Saravia está en el infierno.

-Claro, es un castigo. Todo donde estaba metido yo era una podredumbre, todos andaban detrás del dinero como sea. Los medios no importaban, pero querían dinero. Enriquecerse.
-Usted también.

-Yo también. ¡Claro! Vaya a verme ahora. He aprendido a vivir con lo que tengo. He vivido con la gente que realmente sufre. Pero sufre una calamidad espantosa. ¡La peor desgracia del mundo! ¡La pobreza! ¿Cómo no iba a ser guerrillero el hombre si estaba viendo que sus hijos se estaban muriendo de hambre? Y cuando iban a cagar cagaban lombrices. Yo agarro mi fusil y me voy a la verga. No lo espero dos veces. Ni tres. Ni necesitan convencerme mucho.

-Hoy la está viviendo.
-La estoy viviendo. En carne propia. Si algún día yo pudiera hacer algo por esa gente lo hago. Aún tomar las armas.

-Cómo da vueltas la vida.
-Ha dado vuelta mi vida. Terriblemente. Y he sufrido a la par de esa gente: que no hay maíz. Vayan a cortar guineos pues. En veces hay maíz y no hay con qué. Entonces a la tortilla hay que echarle sal. Entonces se come con sal. Y en veces no hay. Yo tengo una familia enfrente. A veces me dejan unas cuatro tortillas. Y si eso es ser comunista… Es comunista. En aquel tiempo para todos los que estaban es comunista. Que lo saca, lo trompea de la casa y decirle hijueputa vos andás con la guerrilla. Cambia la vida. Esto no es vida.

***

Debajo de la cama de Álex “El Ñoño” Cáceres hay dos botellas de whisky y tres de champán. Las esconde cada vez que se va de viaje, pero sus inquilinos saben perfectamente dónde encontrarlas. En esta casa de la colonia San Benito, los hombres que conforman el equipo de seguridad de Roberto d´Aubuisson pasan algunas noches aprovechando que el propietario vive en Miami.

Fernando “el Negro” Sagrera y el capitán Saravia destapan una botella de whisky y comienzan su propia fiesta. Su jefe se ha ido a San Miguel todo el fin de semana, a la casa de unos amigos. Aún no ha vuelto.

Afuera, en el parqueo y la caseta de seguridad de la casa, hay al menos 12 hombres esperando instrucciones. Es domingo, un día tranquilo para la fiesta pero agitado para la política porque es el día en que el arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero, celebra misa en catedral y aprovecha la homilía para hablar sobre la situación del país. “Se hablaba de que la homilía de Romero, que era un hombre que estaba alebrestando a la gente… Eso era comidilla del día en todos lados, la homilía de Romero”, recordará después el capitán Saravia.

Este domingo, 23 de marzo de 1980, monseñor Romero ha dicho unas cosas tremendas. Le habló a los soldados, a los guardias nacionales, a los policías… a todos los cuerpos de seguridad, para decirles que no deben matar a sus hermanos campesinos. Les dijo que la ley de Dios prohÍbe matar y que esa ley prevalece sobre cualquier otra. Que no deben obedecer ninguna orden de matar a nadie. “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, ¡les ordeno, en nombre de Dios: cese la represión!”.

Para el grupo al que pertenecen los dos que ahora beben whisky escocés, estas palabras solo pueden provenir de un comunista. Y el comunista es el enemigo. Es hora de matarlo. Pronto. Aún hay whisky para rato, cortesía de Álex Cáceres.

***

Temprano en la mañana del 24 de marzo de 1980, el capitán Eduardo Ávila Ávila entra a la casa de Álex “El Ñoño” Cáceres y despierta a Fernando Sagrera y al capitán Saravia. Lleva en la mano un ejemplar de La Prensa Gráfica, abierto en la página 20, como prueba de que hoy es un buen día para matar al arzobispo. Esa página repite varias veces los dos apellidos del capitán Ávila Ávila. El periódico anuncia una misa conmemorando el primer aniversario de la muerte de la señora Sara Meardi de Pinto. Su hijo, Jorge Pinto; sus nietos y las familias Kriete-Ávila, Quiñónez-Ávila, González-Ávila, Ávila-Meardi, Aguilar-Ávila y Ávila-Ávila, entre otras, invitan “a la santa misa que oficiará el Arzobispo de San Salvador, en la Iglesia del Hospital de la Divina Providencia, a las 18 horas de este día”.

El capitán Eduardo Ávila Ávila les informa el plan: en esa misa será asesinado monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez. Ya todo ha sido coordinado con Mario Molina y Roberto d´Aubuisson.

D’Aubuisson no está en esa casa. Se ha ido el fin de semana para San Miguel, a descansar a la casa de la familia García Prieto. Les dará las órdenes por teléfono. Ávila les notifica primero que ya tiene al tirador: un miembro del equipo de seguridad de Mario Molina; sólo necesita un vehículo. Eso les toca a ellos. “Mario Molina nos mandaba a pedir un carro… que había que contactar a Roberto (d´Aubuisson). El Negro Sagrera se puso a hacer unas llamadas y averiguó dónde se encontraba. Le hablamos por teléfono. El Negro Sagrera me dijo: ‘Quiere hablar contigo’ . Le dije ‘mire, mayor, ¿y de qué se trata esto? A mí me parece raro que nos vengan a pedir un carro’. Las palabras de él fueron: ‘¡Hacete cargo!’. Bueno, está bien, mayor, lo vamos a hacer. Pah. ‘Sí, ahí te lo voy a llevar, ¿a qué horas nos podemos juntar para darte el carro, pues?’, le dije (a Ávila). ‘Mirá -me dijo-, si con seguridad nos vemos unos… pongámosle una hora antes de la muerte de Romero’”. A las 5 de la tarde, en el estacionamiento del hotel Camino Real.

***

Mario Ernesto Molina Contreras nació en cuna de oro. Así se refieren a él y su familia oficiales activos y retirados del ejército. Hijo del coronel Arturo Armando Molina, uno de los militares más poderosos en El Salvador del siglo XX y que presidió el país entre 1972 y 1977, Mario Molina creció con las comodidades con las que crece el hijo de un presidente militar salvadoreño del siglo XX: con seguridad, impunidad y dinero asegurado; con el sello de nobleza militar; con viajes al extranjero; con los beneficios de ser la parte más alta de la escala social de los uniformados.

Hijo del coronel Molina y hermano del general Jorge Molina Contreras, que fue ministro de Defensa del presidente Antonio Saca, Mario llevó una vida privada y apartada de la disciplina militar.

En la Casa Presidencial de su papá conoció a dos hombres con los que pocos años después coincidió en los movimientos ultraderechistas y que terminaron también involucrados en el asesinato de monseñor Romero: Roberto d´Aubuisson revisaba y ordenaba los archivos de inteligencia y Álvaro Rafael Saravia formaba parte del equipo de seguridad de avanzada del presidente Molina.

En esa Casa Presidencial, según Saravia, se reunió un grupo de guardias nacionales que posteriormente conformaron el equipo de seguridad privado de Mario Molina y de donde salió el hombre que terminó con la vida de monseñor Romero. “Eran miembros numerarios de la Guardia Nacional que le daba protección al presidente de la República. Ahí estaba gente civil. No andaban uniformados. Acompañaban al presidente en las giras. Entonces Mario Molina era el hijo menor de ellos. Ya le quedaron específicamente a él de seguridad porque ya los conocía”.

Molina, mencionado en el informe de la Comisión de la Verdad y en el de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, ha logrado mantener un bajo perfil durante todos estos años, alejado de la vida pública.

Su hermano Jorge, el ex ministro de Defensa, ni siquiera está seguro de que el hombre mencionado en el informe de la Comisión de la Verdad sea su hermano: “¿No será otro Mario Molina? Hay muchos que se llaman así”. El general informa que su hermano Mario se encuentra fuera del país.

Pocos de los involucrados han dado alguna vez su versión de los hechos. El capitán Ávila Ávila se pegó un balazo pocos años después; el mayor D´Aubuisson murió de cáncer y Mario Molina nunca ha contado su historia. Ahora habla Saravia, el lugarteniente de Roberto d´Aubuisson, quien confiesa su participación en el crimen y el involucramiento de su jefe.

***

La casa del empresario Roberto Daglio es, como varias de las casas de seguridad, un centro de diversión para algunos de los hombres que rodean al mayor D´Aubuisson. Aquí se realizan entregas de drogas, por las noches llegan camionetas con prostitutas y corren el alcohol y la cocaína. La seguridad hecha fiesta para treintañeros casados, armados y en plena fiebre anticomunista.

El dueño casi nunca está. Roberto “Bobby” Daglio, un hombre de negocios y piloto aviador, pasa la mayor parte del tiempo en Miami, Florida. Abrir su casa a los grupos ultraderechistas es solo una de sus muchas maneras de apoyar la lucha anticomunista desde la distancia.

Según documentos desclasificados del Departamento de Estado de Estados Unidos, Daglio pasó los primeros años de la década de los 80s reuniéndose en Miami con otros empresarios ultraderechistas en un grupo denominado “Miami Six”, que financiaba operaciones ilegales del grupo de D´Aubuisson. Ese grupo se dedicaba al terrorismo: ordenaba asesinatos, secuestros y la colocación de artefactos explosivos, financiaba a los escuadrones de la muerte y tenía como objetivo destruir cualquier intento de reforma en El Salvador y acabar con todos los comunistas.

Los otros integrantes de este grupo eran, según los documentos del Departamento de Estado que datan de 1981, el propietario de El Diario de Hoy (al que identifica en algunos documentos como “Viera Altamirano”, en otros como “Enrique Viera Altamirano” y en otros más simplemente como Enrique Altamirano, quien aún es director de El Diario de Hoy, el periódico de la extrema derecha salvadoreña); Luis Escalante; Arturo Muyshondt y los hermanos Salaverría (Julio y Juan Ricardo).

En Miami, Daglio fundó con Enrique Altamirano la “Freedom Foundation”, o Fundación para la Libertad. Contrataron a la consultora Fraser para hacer lobby en Washington. Fraser se comprometió a cambiar la percepción estadounidense sobre El Salvador, influenciada por “periodistas amarillistas” que titulaban sus notas sobre El Salvador con “el asesinato de monjas estadounidenses y fotos de militares salvadoreños cometiendo excesos”, y no por el “significante esfuerzo del sector privado por responder a las legítimas aspiraciones y deseos del pueblo salvadoreño”.

El 24 de marzo de 1980, en la casa de Daglio, en San Salvador, Saravia coordina la entrega del automóvil desde el cual se disparará contra el arzobispo. Es un Volkswagen Passat, rojo, cuatro puertas, donado a D´Aubuisson meses atrás por Roberto Mathies Regalado, propietario de la agencia Volkswagen, como un apoyo a la lucha anticomunista. Nadie recuerda a nombre de quién estaba matriculado ese vehículo. Sarava también tiene que localizar a Amado Garay, su chofer, para que conduzca el carro.

“Tenía que localizar a Garay, tenía que localizar en qué carro iba a ir… Y desgraciadamente fue en ese carro rojo. O el carro que hubiera sido se hubiera sabido. No sabíamos la planificación. Íbamos a entregar un carro. Claro, sabíamos para qué se iba a ocupar el carro”, recuerda Saravia.

A las 4:30 de la tarde, en el estacionamiento de la casa de Daglio, Amado Garay espera paciente indicaciones de su jefe. Una empleada doméstica se asoma por una puerta de servicio para ofrecerle un pan y un refresco. Saravia y Sagrera están adentro de la casa.

Pocos minutos después, Saravia le ordena que conduzca el Passat hasta el estacionamiento del Hotel Camino Real. Pero antes de que Garay se suba al carro, entra a la casa un hombre fornido, bajo y con voz ronca. Es amigo de Sagrera, pero ha llegado a recoger un encargo. Este es, probablemente, el momento más estúpido en la vida de Gabriel Montenegro. El momento más equivocado, en el lugar más equivocado y con el vicio más equivocado. Una torpeza que va a lamentar el resto de su vida.

Aquí interviene, entonces, su amigo Fernando Sagrera. Le pide que los lleve a entregar el carro. Y se van, los tres, detrás de Garay, al estacionamiento del Camino Real.

No hay mucha vigilancia en el estacionamiento del Camino Real. Es un lugar movido, pero en el que a nadie le extraña ver a hombres armados en marzo de 1980. No hay restricciones de ingreso y está bien ubicado. A veces, algunos desconocidos pasan arrojando cadáveres a la entrada del hotel, pero los tiran afuera, en la calle. No entran.

Ambos carros se estacionan. Garay se queda en el Passat rojo y Montenegro en la Dodge Lancer blanca. El capitán Saravia y El Negro Sagrera se bajan a encontrarse con cinco hombres que ya están ahí, en una camioneta blanca. Un hombre alto, delgado, barbado, se sube en el asiento trasero del Passat rojo. Lleva un fusil.

-Lo metieron al carro y ahí les dije: ‘Bueno, sacate al motorista porque el motorista lo voy a llevar yo’. No, pero es que no tenemos, que tiene que manejar, porque el carro pidieron ustedes, no, que no sé qué. Entonces se metió el Negro Sagrera, como siempre, en esa mierda… ‘Mirá, hombre, dale, que no sé qué, que ya están en esto, que no puede fallar este asunto’. Por último, ¡otra vez vuelvo a meter las patas yo! Al ver que iba a fallar todo… ¡Andate, pues! Entonces viene Garay y se va. Se van para la iglesia.

-¿Y usted se queda ahí?
-No. Nosotros nos vamos a buscar la iglesia. Porque no conocía ni el Negro ni el Bibi ni yo dónde quedaba.

-¿Quiénes van a buscar la iglesia?
-Los tres que estábamos en el carro. Encontramos la iglesia después de un rato y nos parqueamos enfrente. No enfrente, aquí (a un costado de la entrada).

-Y no lo habían matado todavía.
-No. Ahí estábamos parqueados nosotros, no habíamos pasado ni cinco minutos cuando se oyó el disparo. Si es que esos fueron llegando y matándolo.

-¡O sea que usted estaba enfrente de la iglesia cuando lo mataron!
-Sí, estábamos nosotros. Ahí estaba el Negro Sagrera, Bibi Montenegro y yo en la parte de atrás del asiento del carro.

-¿Y veía?
-No, no, no. Solo la entrada se miraba. Y el carro estaba parqueado, ese Volkswagen. El carro salió para abajo y dobló a donde estábamos nosotros. De ahí se perdió y nosotros dijimos vámonos.

-¿Y por qué decidieron ir?
-Bueno, nosotros fuimos… hasta imbécil parece ser tal vez… Por saber, por curiosidad, por ir a ver. Ridículo, ¿verdad? Ridículo.

***

Se presenta como un fascista. Lleva una gorra que dice “KGB. We are still watching you”, jeans y una camisa de leñador. Porta un bigote blanco y tupido, cuyos extremos rozan la barbilla, en un estilo que los expertos llaman “camionero” o “trailero”. Gabriel Montenegro, un hombre que lleva casi 30 años viviendo en Norteamérica, acude a la entrevista sin saber exactamente de qué vamos a hablar. “No soy nazi, soy fascista, que es distinto”, dice, para abrir el encuentro. “Creo en las organizaciones de los gremios, y controladas desde arriba. Como en los tiempos de mi general Maximiliano Hernández, que no había mareros. A los ladrones la primera vez el primer dedo. La segunda vez el otro, y así hasta la mano. A los violadores los castraban y a los asesinos les aplicaban la ley fuga”.

Cuando le digo que sé dónde estuvo él el 24 de marzo de 1980, su primera reacción es negarlo. “Eso es falso”, dice. Después pide acogerse a “la Quinta Enmienda”, una provisión estadounidense que da derecho a guardar silencio para no autoincriminarse. Comienza a ver nerviosamente a su alrededor. Con una paranoia que se contagia. Yo también comienzo a ver alrededor, buscando entre las mesas de esta cafetería una mirada torva ocultándose detrás de un periódico o alguien hablando solo, con la boca torcida y un alambre discreto alrededor de su oreja. No encuentro nada. Sigo la mirada de Montenegro, como quien busca algo en el cielo sólo porque la persona de al lado dirige su mirada hacia arriba. En una mesa contigua hay dos chicas que recién estrenan la mayoría de edad. Una lleva falda escocesa a cuadros y una camisa manga corta, blanca. La otra parece recién bañada, lleva jeans y una camiseta amarilla. Toman café y conversan como conversan todas las chicas de esa edad, con una seguridad adulta, madura para sostener el cigarillo y darle una bocanada, pero con la sonrisa naïf que devela que aún no han terminado de desarrollarse. Montenegro les fija el reojo. Las observa, intentando que ellas no vean que él las está viendo. A mí no me parecen agentes de nada, pero él sabe más que yo de estas cosas. Las colegialas se han convertido ya en sospechosas.

Montenegro enciende su tercer cigarro en 15 minutos, y yo comienzo a leerle el testimonio de Saravia. Da un trago a su botella de agua, observa con dureza a las agentes de la mesa contigua y fuma con intensidad. Le tiembla la quijada. Cuando termino, la sangre se le ha subido a la cabeza y parece que va a estallar en cualquier momento. “Llevo 30 años huyendo de ese día”, dice. En eso se parece al Capitán Saravia. “Ni siquiera mi familia sabe que yo estuve ahí. Pero no le voy a dar declaraciones”. Nos despedimos con su confesión sin narración. Al siguiente día, Bibi Montenegro llega al mismo café, pero dispuesto a contarme su 24 de marzo de 1980.

“Yo llegué a esa casa a recoger ciertas cosas que eran para mi consumo, ellos me pidieron un ride y yo se los di. Les dije hay que esperar a esta persona, me dijeron no te preocupés, aquí tenemos nosotros un poco, venite, danos el ride”.

Bibi Montenegro conduce su camioneta Dodge Lancer blanca hasta el estacionamiento del Camino Real. Anda armado con una Colt 45, y cargado con su medicina. A su lado, Fernando Sagrera. Ha traído un arma automática, una subametralladora Hechler & Koch MP 5. Atrás, un hombre del que Bibi Montenegro había escuchado muchas historias, pero al que mira por primera vez: Álvaro “el Chele” Saravia. Este lleva las dos pistolas que siempre carga: una en la cintura, 45 gold K, y otra en el tobillo, la 380. Cuando llegan al estacionamiento del hotel, Montenegro estaciona su camioneta muy cerca del Volkswagen Passat que conduce Amado Garay, y sus dos acompañantes se bajan a discutir con otros hombres. Bibi se queda en el carro, inspeccionando su medicina. Alcanza a ver a un hombre alto y barbado, con un rifle, meterse al Passat, y cuando Saravia y Sagrera regresan, el Passat arranca y se va. Montenegro y sus acompañantes deciden ir también a la Divina Providencia.

-Yo creí que se iban a dar verga con algún militar o algún hijueputa que lo cuidaban. Yo andaba preocupado por mi asunto que fui a traer y nada más -dice Montenegro.

Partieron a la colonia Miramonte y se detuvieron dos veces en el camino para preguntar dónde quedaba la iglesia. Cuando la encontraron, se estacionaron a unos 50 metros de la entrada, sobre la calle.

-Me miraban a mí bastante nervioso y yo les decía: ¡Puta, miren, aquí nos puede agarrar la policía con estas cosas y va a ser un problema!

Saravia y Sagrera volvieron a bajarse del carro. No llegaron hasta la puerta de la iglesia. A casi una cuadra de distancia, esperaron apenas unos segundos hasta que se escuchó el disparo que mató a monseñor Romero. Uno solo. Un estruendo que algunos de los presentes en la misa recuerdan como un bombazo. Una explosión potente, sin silenciador. Un estallido que Gabriel “Bibi” Montenegro no alcanzó a escuchar. Él seguía adentro del carro, concentrado en su medicina.

Saravia y Sagrera se subieron y la Dodge Lancer blanca, con Gabriel Montenegro al timón, partió de regreso a la casa de Roberto Daglio. El conductor no recuerda la conversación en el carro. “Yo iba tan fuera de mí, porque yo había estado tomando mi medicina, que yo no iba poniéndole atención a eso. Yo iba poniéndole atención a que no hubiera un retén. Y yo todavía pregunté: ‘¿Qué pasó?’ ‘No, nada, dale. Andá a dejarnos’. ‘¿Y ahí va a estar la persona?’ ‘Sí, hombre, no te preocupés, quedate con lo que te dimos.’ ‘Ah, vaya, vergón pues’”.

Tres décadas y ocho operaciones de corazón después, Gabriel Montenegro enciende otro cigarillo. Suspira y los ojos se le humedecen. Le tiemblan la quijada y el bigote. Aprieta los dientes. El cigarro parece sostenido por una mano con Parkinson. Tiene cólera, dice, contra los que le cambiaron la vida ese día. “Si yo hubiera sabido a qué íbamos, quizás no hubiera pasado. Hubieran sido otros los dos muertos”. Otros dos, en un carro en el que iban tres. “Hubiera hecho lo imposible por evitarlo. Sin embargo, como me tuvieron a mi de pendejo ahí, a un pobre adicto dándole su droga. Pero ahora tengo 27 años de estar limpio, gracias a Dios y de los amigos que están allá arriba”.

Según él, hasta el siguiente día se enteró de dónde había estado la tarde anterior. Supo que había ido a matar a monseñor Romero y se alejó para siempre de aquel círculo de salvadores de la patria, de drogas y prostitutas.

Le pregunto si alguna vez le reclamó a D´Aubuisson y a su gente por el crimen. “Sí. Se los reclamé. Y me recordaron que todos los días aparecía gente en las calles. Después en las noticias salió de un carro blanco. Entonces yo le hablé a una amistad y le dije ‘¡Puta, mi carro es blanco, cabrón!’… ‘Deshacete de ese carro y te damos otro’, me dijo. Y ahí cambió mi vida, pues”.

***

Fernando Sagrera y Álvaro Rafael Saravia eran inseparables. Así los recuerda Marissa d’Aubuisson, hermana de Roberto y creadora de la Fundación Romero. “A todos lados iban juntos, siempre los veía con Roberto”, dice. Saravia en el asiento de adelante, junto al mayor. Sagrera en el de atrás.

Una vez, coincidió con su hermano en la casa de su mamá. Afuera, en una camioneta Cherokee, Saravia vigilaba. Marissa se acercó a hablar con él. “Le dije que si estaba blindada y me dijo que sí, pero que la mayor protección era la pintura. ¿Por qué?, le pregunté. ¿Es antibalas? No, me dijo. Pero tiene tantas capas de pintura que ya resiste todo. Un día es gris y al otro día negra”.

Otro día, su hermano insistió en llevarla a su casa. Ella se negó, porque no creyó muy conveniente para su seguridad personal que los vecinos se enteraran del parentesco con el mayor. Pero ante la insistencia de su hermano, se subió a la camioneta. “No se podían poner bien los pies, porque venía forrada de armas”, dice.

Estacionaron el carro a varias cuadras. Sagrera y Saravia se bajaron, y caminaron con ella hasta su casa. En esos días los dos estaban gordos. El Chele y el Negro. “Es que Roberto no podía dar un paso sin que anduvieran estos dos atrás. Para todos lados iban juntos”.

***

Fernando Sagrera siempre ha sido hombre de llegar temprano a casa. A las 7 u 8 de la noche. No sabe qué hacían sus amigos después de esa hora, pero él, dice, jamás se metió en nada. Por eso le extraña que tres personas distintas -Amado Garay; el capitán Saravia y Bibi Montenegro- lo involucren con los hechos. “Yo no tengo nada que ver”.

Le extraña más aún el hecho de que estas tres personas no tienen comunicación entre sí, y que dos de ellas coincidan en su versión “difamatoria” justo 30 años después. Le extraña tanto, dice, como cuando lo interrogaron de la Comisión de la Verdad por este mismo crimen, y él les aclaró que no había tenido nada que ver, y aún así lo mencionaron en su informe. O enterarse, justo ahora, de que también es señalado en el informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Pero todas estas acusaciones son falsas. ¿Dónde estaba, entonces, Fernando Sagrera, el 24 de marzo de 1980? “No me acuerdo. Si para mí es un día común y corriente. ¿Cómo me voy a estar fijando qué pasó?”

De Saravia nunca fue amigo, “porque estaba loco. Ese es un alcohólico demente”. Fue, eso sí, amigo de Roberto d´Aubuisson. Muy amigo. “Ese es mi pecado. A Saravia solo lo veía cuando me daban ride a algún lado”.

Tampoco ha matado a nadie, ni participó en operaciones clandestinas. “Fui borracho y pendenciero, eso sí. Pendenciero de esos de darse verga. Pero nada más”.

Sagrera tiene un rostro que no debió haber parecido inocente ni siquiera cuando era un bebé. El ceño fruncido, dos bolsas oscuras debajo de los ojos y un bigote cano componen la fachada de un hombre que durante toda su vida fue conocido como rudo, malencarado y poco sofisticado. “Siempre fue rústico”, dice un amigo suyo.

En 1979, cuando abrieron la pista de carreras de El Jabalí, Fernando Sagrera se asoció con Elías Hasbún y juntos formaron un equipo de autoracing que competía con un Aston Martin propiedad del terrateniente Juan Wright. El carro era ligero, y para llevarlo a la meta de salida Sagrera lo halaba con una cuerda y se paseaba frente a los pits de los demás corredores, amedrentándolos con el Aston Martin a cuestas. A su equipo de carreras, los demás competidores lo bautizaron como los “Really Rotten”, los verdaderamente podridos.

Tiene el cuerpo marcado por las huellas de una quemada. Cuando Napoleón Duarte ganó la presidencia sobre el candidato de Arena, que era Roberto d´Aubuisson, en 1984, Sagrera intentó hacer una barbacoa de documentos de la campaña, y el fuego se le vino encima. Tuvieron que llevarlo a Estados Unidos, a un hospital militar, a curarlo, a pesar de que él no era estadounidense y de que ni siquiera tenía visa de ese país. Lo metieron por el sistema militar.

Mientras estaba postrado, recuperándose, lo vinieron a interrogar hombres que, cree él, eran de la CIA. “Más que todo andaban detrás de las armas que entraban aquí a El Salvador, (creían) que yo las traía y yo las financiaba”. Ante la presión de los interrogatorios, dice, se fugó del hospital. “Para salirme del hospital me hice chero de un gringo, me fui a las 9 de la mañana y él me tuvo en su casa. Y me obligaron a venirme clandestinamente”.

Sagrera fue, según el capitán Saravia, “la única baja que tuvimos durante toda la guerra”. Además de la quemadura, Sagrera recibió un balazo que él mismo se pegó, sentado en una camioneta.

Sobre el asesinato de monseñor, Sagrera no recuerda mucho. A pesar de que antes ya ha dicho que le extraña haber visto su nombre en el informe de la Comisión de la Verdad, ahora dice que ni siquiera sabía que su nombre aparece en el informe de la Comisión de la Verdad. Porque no lo ha visto. “¿A usted no le sucede que cuando usted no tiene en algo que ver, usted no ocupa la palabra ‘a mí me vale verga porque yo no tengo nada que ver en eso?’”

De Bibi Montenegro tampoco fue amigo. Le digo que yo sé que el 24 de marzo él iba en una Dodge Lancer blanca, rumbo a la iglesia de la Divina Providencia.
-Fíjese que no me cuadra. No me acuerdo, no tengo… no sé.

-Había una tercera persona en ese carro, un amigo suyo. ¿Lo recuerda?
-No.

-Bibi Montenegro.
-¿Este Montenegro de cuáles Montenegros?

-Bibi Montenegro, su amigo.
-Vaya le negaría que no… hoy ya me hizo clic, ¿veá? Sí lo conozco, pero no somos ni amigos ni nada. Yo lo he visto cinco veces en mi vida… tal vez, cuatro.

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Elías Hasbún recuerda con mucho entusiasmo los días de los “Really Rotten” en El Jabalí. Él y Sagrera, corriendo juntos, y el tercer amigo en el apoyo: Gabriel “Bibi” Montenegro. “Siempre llegaba, como éramos muy amigos, llegaba con su esposa a todas las carreras. El Bibi era como el fan del equipo, después nos íbamos juntos todos”.

Hasbún, conocido como “Urly” en el mundo de los automóviles, todavía corre y todavía, también, mantiene un tallercito especializado en autos de carrera. En 1980 el taller Voglione ocupaba un local alquilado en la colonia La Rábida de San Salvador, a una cuadra de la embotelladora Canada Dry. Ahí varios talleres operaban en el mismo espacio, abierto. Hoy ese edificio es la ampliación de la fábrica de plásticos Mondini. Ahí, asegura el capitán Saravia, llevaron el Passat rojo cuatro puertas desde el que fue asesinado monseñor Romero: “Se le dio la misión al Negro Sagrera, de decirle mirá que ese carro hijueputa que no… Que se bote, que se queme. Detrás de la Canada Dry hay una calle. En esa calle hay un taller. El Negro Sagrera dice que a ese se lo llevó. Que a esta persona de aquí se lo llevó para que lo destruyera”.

Hasbún dice que no recuerda quién llevó ese carro. “Sí me acuerdo que lo vi ahí, un Passat rojo. Nuevito. Un día llegó y después me enteré que estaba metido en lo de monseñor Romero, pero ya no pregunté más porque en esos días era peligroso andar averiguando. Me quedé calladito”. El carro, dice Hasbún, permaneció casi un mes en ese taller, hasta que un día desapareció y no supo nada más.

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Dos o tres días después del asesinato de monseñor Romero, el grupo de D´Aubuisson sostiene una reunión en la casa de Eduardo Lemus O´byrne. Saravia conoce de esta reunión, porque él mismo, saliendo de ahí, fue a pagarle al hombre que disparó contra monseñor Romero. Fue a pagarle por sus servicios.

“Yo no conocía al tirador. Ese día lo vi yo en el carro, meterse al carro de barba. Y después le fui a entregar yo personalmente los mil colones que le entregó, que los pidió prestados D´Aubuisson a Eduardo Lemus O´byrne. En la casa de él estábamos nosotros cuando llegaron a decirle que… ¡A cobrar! Y Roberto d´Aubuisson jamás manejaba dinero. Le prestó mil colones a este para entregárselos.”

Eduardo Lemus O´byrne es un conocido empresario salvadoreño. Ha sido presidente de la Asociación Nacional de la Empresa Privada, propietario de granjas avícolas y un hombre muy conocido en los círculos empresariales centroamericanos.

Fue un acérrimo enemigo de la reforma agraria, desde los tiempos del coronel Molina, y se acercó, casi de manera natural, al grupo de D´Aubuisson. De Saravia y Sagrera dice: “Esos eran unos matarifes. Yo con ellos nunca tuve nada que ver. Yo defiendo principios, pero estos se habían vuelto guerreros y mafiosos”. Asegura que nunca, nunca le dio dinero a D´Aubuisson y que, si le hubiera pedido mil colones para dárselos al asesino de Romero, sin duda lo recordaría. “Y no, no recuerdo esa reunión. Esa reunión nunca pasó”.

Lemus O´byrne se separó de D´Aubuisson y los fundadores de Arena poco después. El 14 de septiembre de 1982, su cuñado, Julio Vega, piloto aviador, desapareció en una pista aérea en Guatemala. “Creo que lo eliminaron porque andaba traficando armas para el FAN”, dice Lemus. El FAN era el Frente Amplio Nacional, un movimiento paramilitar dirigido por D´Aubuisson que sentó las bases de Arena.

La viuda de Vega se casó poco después con D´Aubuisson, y Eduardo Lemus O´byrne aún no descarta que haya alguna relación entre el homicidio y la relación amorosa. Solo eso explica que, cuando uno de sus amigos comenzó a investigar el crimen, pronto fue amenazada su vida: “Lo trató de matar el grupo de D´Aubuisson, Sagrera y Saravia. Entonces yo le dije a Roberto: conmigo no estés jodiendo, que yo sí te voy a quebrar el culo”.

El capitán Saravia insiste en que el dinero lo puso Lemus O´byrne. “Dio los mil pesitos. Yo mismo se lo fui a entregar. Llegué donde él y le dije, mirá, dice Roberto d´Aubuisson que no quiere saber ni mierda de vos, que te arreglés con tu jefe”.

El dinero se lo fue a entregar al estacionamiento de un pequeño centro comercial en el oeste de San Salvador, llamado Balam Quitzé. Ahí lo esperaba el tirador, ya sin barba, acompañado de Walter “Musa” Álvarez, un extraño hombre que murió asesinado poco después.

“Dio el pisto. Dio los mil pesitos, se los fui a dejar yo y le dije lo siguiente. ¡De ahí yo jamás! De ahí lo empecé a ver a este, a cómo se llama, al, al… llegaba a las oficinas de Daglio, así pasaba. Y (Jorge) “el Chivo” Velado ya era un hombre de edad, andaba con él exhibiéndose. El tipo en la calle y él manejando. Y no sólo lo vi yo, pues. Y le ha de haber dicho a la gente “este fue el que lo mató”. Él sabe los movimientos correctos de él”.

Jorge Velado es ya un hombre mayor. Fue fundador de Arena y trabajó al lado de D´Aubuisson durante muchos años. Pero eso, dice Velado, nada tiene que ver con el asesinato de monseñor Romero. Solo después de varias semanas de intentos de hablar con él, Velado acepta hacerlo brevemente y por teléfono. “Yo no conocí a ese Saravia, y no me anduve paseando con nadie nunca. Yo de eso no tengo nada que decir”.

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Marissa d´Aubuisson recuerda otra escena: pocos días después de la muerte de monseñor Romero, comenzaron a circular los rumores de que Roberto d´Aubuisson había ordenado el asesinato.

Su hermana mayor decidió averiguarlo y confrontó al hermano paramilitar. “Roberto, dicen por ahí que vos tuviste algo que ver con la muerte de Romero”. El mayor D´Aubuisson respondió: “Mirá, mejor callate si no sabés, porque al que mató a ese hijueputa le van a hacer un monumento”.

El asesinato, y los rumores del involucramiento de D´Aubuisson en los escuadrones de la muerte, ayudaron a consolidar su liderazgo entre las filas de la extrema derecha salvadoreña, y lo convirtieron en ícono de la lucha anticomunista.

Algunos años después de participar en el asesinato de monseñor Romero, el mayor Roberto d´Aubuisson se convirtió en candidato presidencial, presidente de la Asamblea Constituyente de 1985 y figura mítica, padre y guía de la derecha salvadoreña. El partido que fundó, Arena, gobernó El Salvador durante 20 años, hasta que en marzo de 2009 fue derrotado en las urnas por la ex guerrilla, el FMLN.

Saravia, trastornado por el giro que ha dado su vida y su contacto directo con la pobreza y la marginalidad, ha cambiado ya también su manera de ver el mundo. Ahora quisiera fusilar al mismo hombre al que él le entregó mil colones. “¡Que lo fusilen!… Porque no hay pena de muerte en El Salvador, pero merece la muerte. Quisiera creerlo así y quisiera confrontarlo. Porque él sabe. Y si está vivo, ¿qué mejor que agarrarlo?”

Sobre la participación de Roberto d´Aubuisson: “Me dijo: ‘Hacete cargo’. Hacete cargo de entregar el carro, pues. ¿verdad? Ahora, que a la larga, ¿sabe qué pensé yo? Esa fue una orden de matar, pues. ¿Verdad? Yo lo pensé. Yo lo pensé. Yo no sé ciertamente si D´Aubuisson se metió en ese asunto y el pendejo fui yo, que en todo estoy yo, sabiendo lo que sé y lo que le estoy contando quiero saberlo también, y si no me cago en la madre de D´Aubuisson yo. ¿Ah? Por lo menos tengo más…”.

El padre Jesús Delgado, biógrafo de monseñor Romero y quien desde hace años promete que algún día, en un libro, revelará quiénes ordenaron el asesinato del arzobispos, asegura que el mayor Roberto d’Aubuisson fue solo una pieza operativa, no el autor intelectual del asesinato. “A Duarte se le hizo muy fácil descargar toda la responsabilidad en una sola persona. D’Aubuisson sí participó, pero no lo ordenó”, dice.

Con el capitán Saravia pactamos un nuevo encuentro en una cafetería de pueblo. Cuando él llegó, me encontró sentado a una mesa justo debajo de un cuadro que representaba la última cena. Se detuvo a verla.

-¿Por qué se vino a sentar aquí?
-Era la única mesa que quedaba libre, capitán.

-¿Ya vio? Se vino a sentar debajo de la última cena. Eso tiene que ser una señal.
Me dijo que quería una foto bajo la última cena, y se la tomé con un celular. Abusé y le pedí que posara frente al cartel de Se Busca en el que aparecía su foto, y aceptó. Ya en esas, le dije que la próxima vez vendría con un fotógrafo, y aceptó también.

La última vez que nos reunimos, recién había terminado una labor agrícola que le dejó unos cuantos reales machete en mano. Lo encontramos rasurado, con el cabello recién cortado y unas gafas nuevas. “Ahora sí, tómenme las fotos que quieran”.

Aprovecho para ponerle la grabación de la última misa de monseñor Romero. El capitán frunce el ceño, y escucha atento. Monseñor dice sus últimas palabras: “Que este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo. Unámonos pues, íntimamente en fe y esperanza, a este momento de oración por doña Sarita y por nosotros”.

Se escucha una explosión y el capitán Saravia se estremece. Da un pequeño brinco en la silla. Una corriente eléctrica recorre su cuerpo y se detiene en sus ojos, que ahora sí se abren completamente detrás de sus gafas nuevas y se humedecen. Me mira fijamente sin decir nada por un par de segundos. Respira profundamente.

-¿Ese es el disparo?
-Sí, capitán. Ese es el disparo.

**Lea el reportaje publicado originalmente por El Faro.net