Chile crece sin pensarse

Recientemente el World Economic Forum sacó la versión 2011-2012 del índice de competitividad global, situando a Chile en el lugar 31 de 142 países. Según el informe, el país aparece localizado en una zona de “transición” desde una economía desarrollada a través “de la eficiencia”, a otra desarrollada a través “de la innovación”. A pesar de que este índice no está muy relacionado con resultados económicos reales, es interesante destacar que desde hace ya mucho tiempo el país muestra una falta de avance relativo, principalmente debido dos áreas serias de debilidad que hacen muy difícil -a mi juicio- el salto para transformar a Chile en una economía basada en el conocimiento: la calidad de la educación y de la innovación.

Nuestra debilidad en el primer ámbito es notoria (lugar 87, en calidad del sistema educacional; 123 ¡!, en calidad de educación primaria y 124, en resultados en matemáticas y ciencia). Sobre este punto, la calidad de la educación, ya se ha escrito y discutido mucho y por fin se ha transformado en la principal preocupación de la población, según la última encuesta CERC. Y todo apunta a que, finalmente, será objeto de política pública en los próximos meses, ojalá con avances sustantivos.

Por esta razón, me quiero centrar en el segundo pilar: la innovación. El informe cita explícitamente nuestra debilidad en esta área: baja inversión privada en I+D (60); capacidad de innovación (66); calidad de las instituciones que realizan investigación científica, (55) y colaboración universidad-industria, (44). Estos resultados están claramente relacionados con nuestro bajo gasto en Investigación y Desarrollo (I+D) como porcentaje del PIB (0.5%-0.6%, con una muy baja participación del sector privado). Y también, con que la productividad (como medida macroeconómica) lleva estancada ya casi más de una década.

Otro factor que incide en esta debilidad en innovación, es el bajo porcentaje de firmas que innovan y hacen I+D, cifra que ha ido cayendo (como lo muestran las últimas encuestas de innovación e I+D del país). Y esto se expresa también en que, por ejemplo, en los últimos 25 años Chile ha sido incapaz de diversificar su canasta exportadora, comenzando a exportar sólo 295 productos nuevos medibles entre 1991 y 2006, de los cuales sólo 19 han alcanzado más de un millón de dólares; y donde sólo dos son productos que escapan al ámbito de materias primas o recursos naturales(1).

Lamentablemente, hoy la política que promueve la innovación es incluso más débil de lo que era hace algunos años. Lo que más se echa de menos es una orientación de largo plazo y objetivos medibles. En particular, habría que destacar la importancia de contar e implementar una política de desarrollo de largo plazo basada en la innovación. Los esfuerzos en este sentido venían bien encaminados a través de la conformación del Consejo Nacional de Innovación y la elaboración del Libro Blanco de la Innovación y una Política de largo plazo en el tema.

Este Consejo, que tiene una representatividad diversa, tanto en términos políticos como de conocimiento, busca generar una política de Estado, de largo plazo, que integre los esfuerzos públicos y privados en la forma más sinérgica posible. Entre sus propuestas, ha buscando reestructurar la institucionalidad pública de apoyo a la innovación, simplificándola y haciéndola más accesible, además de orientar parte de los escasos recursos disponibles a la innovación para potenciar las áreas en que Chile abiertamente ha mostrado ventajas competitivas.

Bastaba, de partida, con continuar y profundizar las propuestas y políticas propuestas por el Consejo bajo el nuevo gobierno. Sin embargo, el actual gobierno ha ignorado varias de ellas, desmantelando en forma importante la política de “clusters” propuesta por el Consejo, adoptada durante la administración anterior, con una visión simplista de antítesis entre Estado y mercado, entendiendo que sólo el segundo puede guiar la innovación. El objetivo más general del gobierno, de crecer sin pensar en hacia dónde ni en cómo, tienden a confirmar esta visión. Esta preocupación ha sido además planteada en forma pública por el Consejo a propósito de la grupos conocer gente alicante.

Estas decisiones se han adoptado, no obstante que prácticamente todos los países que han realizado saltos de desarrollo significativos en los últimos 60 años, han sabido superar esta visión y han logrado construir espacios de colaboración público-privada atendiendo las múltiples fallas de mercado que tiene la innovación, y la escasez de recursos que hace imposible el desarrollo de nuevos sectores competitivos con políticas 100 por ciento horizontales, que no orienten el gasto hacia objetivos estratégicos de largo plazo.

En todos estos países, nómbreme el que quiera -Corea, Singapur, Malasia, Irlanda, Nueva Zelandia, Finlandia, Australia, Israel, China-, el Estado ha jugado un rol, por un lado colaborador del sector privado, participando activamente en el proceso innovador, incluso como co-propietario; y por otro, con una política estratégica de largo plazo para orientar los esfuerzos de innovación.

Para lograr orientar nuestra economía hacia la innovación no basta con promover el emprendimiento y simplificar trámites (que sin duda son políticas necesarias, pero no suficientes), sino que de partida pasa por hacernos cargo de esta debilidad y, con una visión de Estado, fortalecer y seguir la políticas propuesta por el Consejo de Innovación, implementando una política de largo plazo de desarrollo. Se requiere además, fortalecer las instituciones que permitieron traer y testear nuevos productos cuando el sector privado no lo hacía, como Fundación Chile. Y entender que el Estado es un socio fundamental del sector privado en esta dinámica y riesgosa dimensión del desarrollo.

Notas:

1) Esta información tiene como fuente la investigación y los datos usados en “New Exports from Emerging Markets: Do Followers Learn from Pioneers?”, de Rodrigo Wagner y Andrés Zahler.

¿En qué país vivimos los chilenos?

Hace unas semanas, la prensa local tituló que en 2010 el PIB de Chile superó los 200.000 millones de dólares, equivalente a un ingreso per cápita como el de Hungría –unos 12 mil dólares–, lo que nos acerca el umbral del desarrollo. Sin embargo, al mismo tiempo, un reciente informe de la OECD indica que Chile ostenta un triste último lugar en este grupo de países en cuanto a desigualdad. ¿Vale la pena preocuparnos de la desigualdad si ya tenemos un ingreso promedio como el de Hungría? ¿Viven la mayoría de los chilenos como el promedio de los húngaros? Cuando tenemos una desigualdad extremadamente elevada, como en Chile, surge el problema de que el ingreso promedio es un indicador que no refleja lo que Chile realmente es.

Una forma de entender cómo vivimos los chilenos y por qué los promedios no reflejan bien nuestra realidad es ordenar a nuestra población en 10 grupos iguales, de acuerdo a su ingreso per cápita promedio, y comparar el PIB per cápita de cada grupo con el de un país que tiene un ingreso similar. Al hacer esa comparación el resultado es impactante y refleja que, en la realidad, existen dos Chiles.

En primer lugar, solo dos de los 10 grupos –un 20% de la población chilena– siquiera se acerca a un ingreso per cápita equivalente al de Hungría. El 10% más rico (primer grupo) de los chilenos vive de hecho como en un país muy rico. El ingreso promedio de este grupo (más de $60.000 dólares per cápita, en términos comparables) es superior al promedio de Estados Unidos, Singapur y Noruega. El segundo grupo, (segundo 10% más rico), vive levemente mejor que Hungría, con ingresos similares a Eslovaquia y Croacia, países de ingreso medio-alto. Este 20% es el Chile que vive bien o muy bien.

El otro Chile, que es la gran mayoría del país, vive en un país de ingreso medio o, lisa y llanamente, en un país de ingreso bajo. En efecto, el tercer 10% de la población vive como el promedio de Argentina y México. El cuarto grupo como Kazajstán. Todavía nos queda el 60% de la población. Allí nos encontramos con ingresos equivalentes al de Perú en el 5º grupo; similar a El Salvador en el 6º grupo; Angola en el grupo 7; Bután y Sri Lanka en el 8º; similar a la República del Congo (9º); y, finalmente, similar a Costa de Marfil en el 10º grupo. En la práctica, el 60 % del país vive con ingresos promedio peores que Angola. Este es el Chile de la mayoría, nos guste o no.

Además, cuando hay mucha desigualdad puede ocurrir que a pesar de tener un ingreso promedio superior al de otro país, la mayoría de la población viva peor. Si, por ejemplo, nos comparamos con Uruguay, Chile tiene un ingreso promedio 7% más alto. Sin embargo, el 80% (más pobre) de los chilenos tiene entre un 8% y un 11% MENOS de ingreso que el mismo 80% en Uruguay! ¿Por qué, entonces, Chile tiene un mayor ingreso per cápita? Porque el 20% más rico es mucho más rico que en Uruguay (un 23% más).

Los datos presentados nos muestran que es importante mirar más allá de los promedios. Que alcanzar el “desarrollo”, es un objetivo encomiable, pero implica que al llegar a la meta al menos el 60% del país va a estar aún MUY lejos de ella. Es un imperativo a no dar la espalda a nuestra estructura económica, en extremo desigual, y a tomar medidas para enfrentarla. Esto no quiere decir que no importa promover el crecimiento económico y los aumentos de productividad. En lo más mínimo. Pero sí quiere decir que cuando existen estos Chiles tan distintos, las políticas que efectivamente empujen igualdad de oportunidades reales tienen un valor muchísimo mayor que en otras partes, donde la sociedad se beneficia de reglas parejas y oportunidades relativamente similares desde la cuna.