De Fox el honesto, al vulgar ratero

Vicente Fox

1. La última vez que conversé con ella, en noviembre de 2000, todavía era la pueblerina Martha Sahagún Jiménez. Me había citado en el restaurante de un hotel gran turismo en el Distrito Federal. Ahí, off the record, me hablaría de los personajes que su jefe, Vicente Fox, incluiría en el gabinete. Cuando llegué, me pidió que, antes de conversar, le ayudara a tomar una decisión importante: ¿cuál gargantilla debía usar en la toma de posesión de Fox: la que tenía esmeraldas o la de oro macizo blanco? Las joyas estaban desparramadas sobre la mesa. Un diamantista adulador, me dijo, se las había regalado. Le respondí que en esos asuntos era un mal consejero. Cuando supuse que dejaríamos a un lado las frivolidades y me daría la información, me preguntó si debía tomar en cuenta una sugerencia que un reportero de modas había publicado en el periódico Reforma: eliminar el fleco del cabello, echarlo todo para atrás y pintárselo de morocha. Volví a abstenerme.

Días después, cuando Ernesto Zedillo le entregó a Fox la banda presidencial, la vi rebosante: además del vestido de un diseñador europeo, su cuello estaba adornado de esmeraldas y ya no usaba el fleco. Me hubiese gustado decirle lo que pensé desde esa tarde en el hotel gran turismo: que su obsesión por su apariencia sería su perdición. No lo hice porque nuestra amistad se rompió por esos días: antes del tiempo acordado con Martha, el miserable hombre que entonces dirigía el diario Milenio publicó los nombres del gabinete.

Entonces pasaron los días y Martha Sahagún Jiménez se transformó: le quitó la H a su nombre, le agregó el María y la boda le dio el apellido Fox.

Cuento esta historia porque desde el primer año de gobierno foxista las leyendas negras sobre Marta y sus tres hijos, que tuvo con Manuel Bribiesca, corrieron como bala perdida.

En el círculo rojo se decía que Marta y sus hijos eran unos delincuentes, pero Fox, ni duda había, era honesto. Hay decenas de teorías sobre por qué el Presidente dejaba que su mujer se le impusiera. Yo me quedo con una: estaba enamorado.
La historia hubiese quedado ahí: la de un tipo que llevó al límite de la locura su amor. Sin embargo, hace cosa de tres semanas, Fox y Marta decidieron mostrarle al país su rancho en Guanajuato. Escogieron a la revista Quién, experta en fotografiar la trivialidad de los ricos mexicanos. Más allá del lago artificial, los tragaluces de vértigo, los muebles mandados a hacer de una vez y para siempre, y la construcción de arte anacrónico, lo que a muchos nos intrigó fue de dónde había sacado tanto dinero Fox para darle carne a un esqueleto que no tenía remedio.

Si había ganado no más de 1.5 millones de dólares con su sueldo de Presidente, si casi la mitad de ese dinero lo destinó a la pensión de sus cuatro hijos adoptivos, y si tenía deudas en sus empresas por 12 millones de dólares, ¿cómo lo hizo?

Me quedo con una reflexión que, hace cosa de un mes, escribió el periodista Ciro Gómez Leyva en Milenio: El mito de Fox el honesto se acabó; falta poco para que el colectivo imaginario piense que Vicente, igual que Marta, son unos vulgares rateros.

2. El juicio de los medios, hasta ahora, ha sido irreductible: enriquecimiento ilícito.
La opinión se ha alimentado en los últimos días porque se ha comprobado que Fox sí es dueño de propiedades (cosa que él ha negado), que Marta utilizó el poder para exigirle a un empresario que le regalara a Fox un Jeep rojo (muy parecido al que tiene George Bush), que el ex Presidente obtuvo una Hummer en comodato (que no es otra cosa que un soborno de la General Motors), que dejó libre a Marta para armar una red de complicidades que beneficiaron económicamente a los hijos Bribiesca… Claro: ese se ha prestado para que cualquier dato sea sospechoso. Por eso también hay que decirlo: hay reporteros que, en la frenética pelea de las exclusivas, publican absurdos que sólo sus editores se las creen. Si Fox cometió un delito, como al parecer sucedió, los medios no deberían de caer en disparates que únicamente le dan armas al ex Presidente para defenderse en el momento apropiado.

Hasta ahora, el único argumento sólido que Fox ha utilizado en su defensa es: “todo está en mis declaraciones patrimoniales, revísenlas para que dejen de hablar mentiras”.

Supongo que ningún medio reparó en las declaraciones patrimoniales porque, a priori, se creyó que no iba a encontrase nada de corrupción ahí. Además, los reporteros que en su momento cubrieron las actividades de Fox, nunca informaron de alguna irregularidad. Al contrario: hasta les pareció un buen gesto que un Presidente mostrara, por vez primera en México, su patrimonio.

La verdad era otra.

En emeequis, el semanario donde laboro, se decidió revisar las declaraciones patrimoniales. Si no encontrábamos nada, ni hablar. Aceptaríamos que informativamente quedaríamos rezagados en el ventarrón.

Eso sí: antes de trabajar, hurgué entre los medios mexicanos para comprobar si nadie lo había hecho. Encontré que sólo Proceso, el más importante semanario en México, lo había intentado. Pero por falta de tiempo o qué sé yo, el reportero decidió reparar en datos curiosos, en datos para la anécdota: el salario del ex Presidente, un auto Jetta que le fue robado, una cuenta de cheques con cero pesos…

Entonces seguí la ruta. Y los resultados fueron sorpresivos.

Primero, me perturbó que Fox tuviera dos diferentes declaraciones patrimoniales: una, que entregó a la prensa y subió a la página web de Presidencia; otra, que dio a la Secretaría de la Función Pública, la encargada en sancionar a los servidores públicos. Ninguna concuerda. En una se dan cifras que en la otra no, se omite la propiedad de vehículos, de casas, se ignoran cuentas bancarias o no se explican de dónde obtuvo ciertos ingresos. ¿Por qué no lo vimos antes?

Luego, cuando fui al rubro de ingresos obtenidos, pensé que sólo estaría el salario que percibió como Presidente. Y no. También declaró, en sus seis años de gobierno, más de 1.5 millones de dólares por actividades empresariales. Eso no sería grave si el artículo 89 de la Constitución Política Mexicana prohibiera al Ejecutivo tener otro trabajo que no sea el de Presidente. Y Fox lo contravino. Si hago la suma, entiendo por qué no dejó de ser empresario: ganó más en sus compañías de verduras que como mandatario.

En aquellas versiones originales y piratas de sus declaraciones patrimoniales, también reparé que Fox había recibido en 2004 y 2005 un cobro por casi 80 mil dólares de seguro de separación del cargo. Pensé que en este México donde todo lo chueco es lo derecho, los presidentes tenían ese privilegio: cobrar el retiro aunque siguiera trabajando. Pero Mario Di Costanzo, un economista que trabaja directamente para Andrés Manuel López Obrador, me sacó de la duda: es ilegal, y eso se sanciona en la Ley de Responsabilidades de Servidores Públicos.

El último dato fue igual de extraño: Fox había cobrado cerca de 300 mil dólares por “asesoría”. ¿Pues a quién asesoró el Presidente de México?

Quién sabe si todo está en sus declaraciones patrimoniales, pero las violaciones a la ley, sí.

Creo que las autoridades no deberían de buscarle más: en las declaraciones patrimoniales, Fox confiesa delitos. Eso bastaría para fincarle juicio político o, cuando menos, inhabilitarlo de por vida como funcionario público. Claro: no creo que eso le interese.

3. En la primera semana de octubre pasado, Fox empezó a promover su libro Revolution of hope en Estados Unidos. Con Larry King y Jon Stewart se regodeó. Los Angeles Times lo incluyó en la tapa del diario. El programa radiofónico The Leonard Lopate Show lo entrevistó y le dejó decir lo que quiso. Pero las cosas empezaron a complicarse cuando acudió a la cadena Fox para el programa de O’Reilly, un conocido presentador estadounidense, xenofóbico y antiemigrante. Aquella charla terminó muy mal: O’Reilly le reclamó la falta de una política social para frenar el tráfico de drogas y la emigración. Fox lo acusó de intolerante y de paso dijo que el gobierno de Bush era igual de corrupto que el mexicano.

La nota, acá en México, fue ésa: la escaramuza de barriada entre dos hombres bravucones.

Pero luego un mejor espectáculo.

El martes 16 de octubre, Fox acudió a la cadena Telemundo para una entrevista con el conductor Rubén González Luegas. ¿Qué pasó entonces? Muchos lo saben: el ex Presidente explotó cuando se le preguntó por sus propiedades. Se levantó, le dijo viejo y pobre imbécil a González, y se retiró.

En México, un diario vespertino, de ésos que contabilizan a los muertos o titulan con burla su nota principal, dijo: ¡Enloqueció!

¿Fox está loco?

Se lo pregunté a un psicoanalista mexicano: José Antonio Lara, doctorado en la Escuela de Psicoanálisis de Barcelona y quien últimamente se ha interesado por diagnosticar a los políticos mexicanos.

En resumen, el médico me dijo:
Fox sufre esquizofrenia simple, rasgos de perversión, narcisismo exacerbado y trastornos disociativos. Me explicó cada patología con ejemplos concretos. Hasta buscó las semejanzas con otros ex presidentes mexicanos. De todo lo que hablamos, me llamó la atención la reflexión que hizo sobre por qué los Fox le abrieron las puertas a la revista Quién para mostrar su rancho: “Nos enseñaron el miembro. Para los psicoanalistas, gente con delirios de grandeza es lo que hacen. Es como el chico que va al parque, se baja los pantalones y se saca el pene. Esa misma actitud tuvieron los Fox”.

Sé que la suya no es una verdad absoluta, pero le creí.

A Fox ya no le sirve el Prozac.

4. Las sospechas de que Fox y Marta acumularon un enriquecimiento ilícito e inexplicable, trajeron consigo que en el Congreso se creara una comisión para investigar al ex Presidente. La izquierda mexicana (el Partido de la Revolución Democrática) cree que existen suficientes elementos para que Fox termine en la cárcel.

Seguro las hay, pero no creo que eso ocurra.

Quienes tienen la mayoría en esa comisión son legisladores que pertenecen a Acción Nacional (el partido de Fox y del actual presidente Felipe Calderón) y al Revolucionario Institucional, el eterno PRI (quien ha hecho todo lo posible para que dos de sus gobernadores no sean derrocados: Ulises Ruiz y Mario Marín. El primero está vinculado a una serie de asesinatos en Oaxaca; el segundo, en Puebla, utilizó el poder para complacer a su amigo libanés Kamel Nacif: ordenó arrestar a la periodista Lydia Cacho, luego de que ésta investigara que Kamel está relacionado con una red de pederastia y pornografía infantil.

Otro dato que sustenta mis sospechas: para que a Fox se le pueda fincar juicio político, el Congreso tiene hasta el 30 de noviembre. ¿Por qué? Porque, según la Constitución mexicana, cuando un Presidente deja su cargo sólo se le puede acusar de traición a la patria en el año siguiente. Así se salvó Carlos Salinas de Gortari.

Quisiera equivocarme, pero Fox la va a librar. No sé si Marta y sus hijos Bribiesca también. Al final, quizá todo dependa de Calderón: como su triunfo sobre López Obrador no está del todo claro, la legitimidad que tanto busca se la puede dar el caso Fox.

Mientras eso ocurre, el roadshow de Fox sigue. Ahora está en Canadá. Desde allá declara que un senador priista, Manlio Fabio Beltrones, está atrás de la campaña de desprestigio y lo acusa de narcotraficante. Desde allá ordena que su página web (centrofox.org.mx) sirva como trinchera: a diario saca un comunicado para reiterar su honestidad y explicar el origen de sus propiedades.

Pero acá en México el mito de que era honesto sigue resquebrajándose y acercándose al de un vulgar ratero.

Alejandro Almazán es periodista de la revista EMEEQUIS de México, dos veces ganador del Premio Nacional de Periodismo de México