Los misterios que esconde la autopsia de Frei Montalva

Lo que viene en el proceso que lleva el juez Alejandro Madrid será clave, no sólo para determinar los autores intelectuales del homicidio, sino también para establecer las responsabilidades de cada uno de los hombres que formaron el cerco en torno al ex mandatario. En ese complicado puzzle, los misterios que esconde la autopsia son uno de los capítulos que falta esclarecer.

El ex presidente Eduardo Frei Montalva fue asesinado. Su muerte no fue producto de un “coma metabólico y shock séptico por peritonitis aguda posoperatoria”, sino por la acción de terceros que destruyeron progresivamente su sistema inmunológico. Así lo estableció el ministro Alejandro Madrid.

Lo que viene en este proceso será clave, no sólo para determinar los autores intelectuales del homicidio, sino también para establecer las responsabilidades de cada uno de los hombres que formaron el cerco en torno al ex mandatario. En ese complicado puzzle, los misterios que esconde la autopsia son uno de los capítulos que falta esclarecer.

Cómo se hizo la autopsia

A las 17:20 del 22 de enero de 1982 se paralizó el corazón de Eduardo Frei. Sólo minutos después llegaron los médicos Helmar Rosenberg y Sergio González -procesados por Madrid en calidad de encubridores- más el auxiliar Víctor Chávez hasta la Clínica Santa María. La autopsia que le hicieron a su cuerpo no contó con autorización de la familia y se hizo en la misma habitación, sin ninguna condición de salubridad, además de permanecer secreta por 20 años.

El juez Madrid concluyó que los procedimientos utilizados tuvieron por fin ocultar las huellas de las sustancias que lo envenenaron. De allí la importancia de aclarar en forma taxativa quién la ordenó y los procedimientos que se utilizaron en ella. El uso de formalina era la clave.

Respecto de lo segundo, y luego de examinar las fichas y registros de la autopsia, el doctor Silva Garín fue enfático en afirmar “aquí no se usó formalina, lo más probable es que solamente se realizó el retiro de órganos”.

No sólo el testimonio del auxiliar Chávez lo desmiente. Una enfermera retuvo lo que vivió aquel 22 de enero en la habitación habilitada para Frei en el segundo piso de la clínica.

María Teresa llegó ese día a las 12 horas a la clínica y fue directo a la Unidad de Cuidados Intensivos. La enfermera jefe le ordenó quedarse junto a Frei porque “venía una muerte inminente”. Procedió a registrar sus signos vitales y le colocó gasas empapadas en suero en el abdomen. Transcurrieron varias horas hasta que se percató que el ex mandatario había fallecido. Dio aviso y se retiró. Minutos después regresó. Así recordó la escena de la que fue testigo:

-Ingresaron tres personas, muy rápido y con varios utensilios. Portaban maletas, mangueras…, dejaron sus cosas en la antesala y vi cómo le instalaron un par de catéteres a la vena en ambos brazos por donde procedieron a inyectarle formalina. La que traían en varios bidones. Por otro catéter le extraían la sangre.

Nexo con Colonia Dignidad

Si en un primer momento tanto el doctor Silva Garín -quien dirigió las tres últimas operaciones de Frei y su tratamiento- como Patricio Rojas -su concuñado y amigo- negaron tener responsabilidad en la autopsia, ambos debieron después asumir su participación. Pero hay otras inexactitudes de Silva Garín en las que vale la pena detenerse.

Ha dicho que al doctor Helmar Rosenberg no lo conoce, “salvo de nombre”. Y que, una vez fallecido el ex mandatario, nunca asistió a una reunión al Departamento de Anatomía Patológica de la Universidad Católica, donde Rosenberg les habría entregado a él y a Rojas los resultados de la autopsia.

En la investigación ha quedado claro que Silva y Rosenberg sí se conocían y que incluso el trato entre ambos era coloquial. ¿Por qué Silva intentó negar un nexo con Rosenberg? No hay respuesta. Pero sí otros hechos reveladores.

El ministro Jorge Zepeda aclaró hace poco tiempo la muerte del ex agente de la DINA y enlace con la Colonia Dignidad, Miguel Ángel Becerra, el 29 de julio de 1977. Fue encontrado al interior de una camioneta en un paraje cercano a la Colonia. Zepeda logró establecer que Becerra fue asesinado con una sustancia química que en su momento no se investigó y obtuvo las confesiones de quienes participaron en el homicidio del hombre que quería escapar de Dignidad.

El juez también estableció la fabricación de sustancias químicas letales bajo el mando de Paul Schäfer, y los contactos que el doctor Hartmut Hopp -ex vocero de Schäfer- tuvo con el químico Eugenio Berríos, quien realizaba similar trabajo en el laboratorio de la DINA y luego en otro de dependencia del Ejército.

Lo que complica el cuadro es que Hopp también tenía un estrecho nexo con los doctores Rosenberg y González en el Departamento de Anatomía Patológica de la UC. La persona a cargo de cobrar los exámenes que allí se realizaban y que enviaban distintos centros hospitalarios, entre ellos la Clínica Santa María, recuerda muy bien que había un solo caso excepcional: las pericias a las muestras que traían Hopp o su esposa, la enfermera Esther Witthahm, eran gratis.

Otros profesionales de la UC indican que Hopp se relacionaba con el doctor Rosenberg, con el cual hablaba en alemán. Un dato anexo agrega una auxiliar del mencionado departamento de la UC: Hopp también se entendía con el doctor Sergio González, el otro médico de la autopsia que permaneció oculta durante 20 años.

El nexo se vuelve explosivo a la luz de una nueva constatación. El doctor Hopp también iba al Instituto Bacteriológico a buscar insumos para sus experimentos. Fue en la misma época en que el Bacteriológico tenía un convenio con el Hospital Clínico de la Universidad Católica para realizar estudios de hongos y levaduras. Eso fue precisamente lo que ocurrió con las muestras de Proteus y hongos -como Cándida- que le detectaron a Frei y que la Clínica Santa María envió al Bacteriológico. Pero su destino final fue el Hospital Clínico de la Universidad Católica. Allí se juntarían los resultados de la autopsia secreta que le practicaron Rosenberg y González a Frei y las muestras de los gérmenes que supuestamente le causaron la muerte al ex mandatario, enviadas por la Clínica Santa María. Todos bajo el mismo control.

Quizás la información que falta en este puzzle está en las fichas de Paul Schäfer incautadas por el juez Zepeda. Allí hay una de Eugenio Berríos, quien también asesinó con gas sarín, como ha quedado probado en el juicio, al conservador de Bienes Raíces de Santiago, Renato León Zenteno (noviembre de 1976). Ésa y otras fichas en manos de Zepeda prueban la complicidad entre la DINA y los hombres de Schäfer, la que incluyó la fabricación de sustancias letales para eliminar sin huella a personajes molestos.

*Este reportaje fue publicado originalmente por la revista Qué Pasa.

Publicado por

Mónica González

Premio Nacional de Periodismo 2019, Ex directora de CIPER (2007-2019). Fundó y dirigió la revista Siete+7 y el Diario Siete. Fue subdirectora y editora de investigación del diario La Nación, subdirectora de revista Cosas y reportera de investigación en las revistas Cauce y Análisis. En sus inicios trabajó en el diario El Siglo y en la revista Ahora. Corresponsal en Chile para el diario argentino Clarín (desde 1995). Es autora de los libros Bomba en una calle de Palermo (1986), junto a Edwin Harrington; Los secretos del Comando Conjunto (1989), con Héctor Contreras; Chile entre el Sí y el No (1988), junto a Florencia Varas; y La Conjura. Los mil y un días del golpe (2000). Junto a Patricia Verdugo y Ricardo García, autora de la historia sonora de 1973 “Entre el dolor y la esperanza”. Ha recibido el premio “The Louis M. Lyons Award for Conscience and Integrity in Journalism”, de la U. de Harvard (1988), el Premio Anual de la Comisión de Derechos Humanos de España (1985), el premio María Moors Cabot de la U. de Columbia (2001), el premio Dan David de la U. de Tel Aviv (2006), el premio “Homenaje” de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (2006) y el premio Periodismo de Excelencia al mejor reportaje de 2008 que entrega la Universidad Alberto Hurtado de Chile (con Cristóbal Peña y Francisca Skoknic). En 2010 recibe el Premio Mundial Unesco-Guillermo Cano de la Libertad de Prensa.

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